León de Greiff: exótico, utópico y quimérico
Su interés se refiere a todas las regiones de la cultura antigua y moderna,
en las que tiene no simple información comprensiva, sino pasmosa
erudición que parece especializada en muchos campos.[1]
Juan Lozano y Lozano [2]
Este año 2026 se levanta como un tiempo de resonancias profundas; una de ellas, recordar a León De Greiff, un territorio entero del lenguaje. Un hombre que entonó, nombró y reinventó un peculiar universo, con una palabra melódica nunca antes escuchada. Fue un poeta que no se conformó con el idioma heredado y decidió forjar uno propio, hecho de arcaísmos, neologismos, ironías, fulgores y sombras.
En él convivían el juglar y el erudito, el bohemio y el sabio, el músico secreto y el lector insaciable.
Un hombre de profundos silencios, de gestos medidos, de una timidez casi antigua. Era un ser que prefería la penumbra amable de una conversación íntima al estruendo de los homenajes; alguien que se sabía distinto, pero no por ello altivo.
Su ternura no era evidente a primera vista: era una ternura que se insinuaba en la mirada, en la forma pausada de escuchar, en la delicadeza con que trataba a sus amigos, a su familia, a los jóvenes poetas que se le acercaban con respeto. Era una ternura que no necesitaba palabras, porque se expresaba en la lealtad, en una suave ironía, en la hospitalidad discreta de quien abre la puerta sin hacer ruido.
Y su timidez —esa timidez que convivía con la vastedad de su imaginación— era la de los espíritus verdaderamente sensibles. No era retraimiento, sino pudor; no era distancia, sino una forma de proteger la llama interior que alimentaba su poesía. En él, era una manera de estar en el mundo sin imponerse, de observarlo con la discreción de los espíritus sabios.
Así era León de Greiff: un hombre de carácter firme y profunda sensibilidad, un poeta que escondía su ternura detrás de una inesperada y fugaz sonrisa, sostenida por un humor singular. Un explorador de palabras para convertirlas en versos sin estridencias ni alardes.
León De Greiff nace el 22 de julio de 1886 y muere el 11 de julio de 1976. Al 2026, han pasado ciento cuarenta años desde que el poeta llegó a este mundo y cincuenta de su partida, sin embargo, su presencia sigue siendo una llama que no se apaga, medio siglo después de su deceso permanece. No hablamos de pérdida, hablamos de legado. No hablamos de un adiós, hablamos de una voz que sigue encendida.
Lo evocamos desde aquel primer instante en que inició su existencia. Desde la aurora de su trayecto, no desde la sombra de su tránsito, porque la muerte de los hombres ilustres no se celebra, se honra con respeto, pues su verdadera vida continúa en la obra que nos dejaron, en la singular manera de escribir poesía, en la huella indeleble de su imaginación.
El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno criticaba la costumbre de “celebrar” muertes, pues consideraba que la muerte debía ser recordada con recogimiento, no con festividad. Borges también expresó que las fechas de muerte no deberían festejarse, sino conmemorarse, porque la muerte no es un logro sino un cierre inevitable; y porque es un acto de memoria, no de celebración.
León De Greiff viene de una conjugación de raíces nórdicas y americanas, una intersección de orígenes donde se encuentran la severidad de los ancestros escandinavos y la calidez de las raíces antioqueñas. En su hogar la música y la conversación eran parte de su cotidianidad. No hubo presagios ni cometas, pero sí una atmósfera de curiosidad y humanismo; la familia De Greiff era conocida por su cultura, su carácter excéntrico y su inclinación por las artes. Desde el primer día, el niño llegó rodeado de libros, de instrumentos, de voces que discutían sobre política, literatura y genealogías remotas.
Lo bautizaron Francisco de Asís León Bogislao De Greiff Haeusler, un nombre largo, casi profético, que parecía anunciar una presencia eterna, un eco vibrante, una señal orientadora en el vasto territorio de la literatura. Ese “Bogislao”, heredado de la tradición familiar, con una cadencia que sugería autoridad, misterio y singularidad como si perteneciera a un personaje de saga nórdica o a un viajero de tierras lejanas. Dicen que, durante el bautizo, un pariente comentó que aquel niño “traía un aire antiguo” con una memoria previa y que traía consigo un idioma secreto que solo él conocía. Nadie imaginaba que ese niño, envuelto en mantillas y albor apacible, sería el creador de uno de los universos poéticos más vastos y originales de la lengua española.
Cuando León de Greiff era niño y luego adolescente, la educación en Colombia estaba dominada por órdenes religiosas —franciscanos, jesuitas, salesianos—, y la moral católica constituía el eje del molde pedagógico. La disciplina era rígida: castigos físicos, memorización mecánica y obediencia absoluta. El maestro representaba una autoridad incuestionable. En Medellín, este control era aún más marcado: la Iglesia ejercía una influencia mayor que en otras regiones, con un ambiente profundamente conservador, clerical y moralista.
En contraste, su hogar era un verdadero hervidero de cultura. Allí convivían violines colgados en las paredes, el piano en el salón, partituras abiertas, libros en sueco, alemán y francés, discusiones políticas encendidas y visitas constantes de músicos y de intelectuales. Ese ambiente, vibrante y cosmopolita, lo formó más que cualquier colegio, ofreciéndole una libertad intelectual poco común en la Medellín conservadora de 1905 a 1910.
Con su rebeldía y un temperamento silencioso por fuera, pero volcánico por dentro, León no encajaba ante una autoridad carente de inteligencia. Mientras sus profesores insistían en la disciplina y el memorismo, él ya leía poesía simbolista, exploraba las sagas nórdicas y se sumergía en la filosofía moderna. Amante furtivo de la música, escuchaba a Wagner, Grieg y Beethoven con fascinación; estudiaba armonía por su cuenta y tocaba el violín con una pasión que mantuvo siempre en secreto.
La música fue su amor más fiel, pero también el más oculto. Era, en muchos sentidos, demasiado moderno para su época y para su ciudad; chocaba inevitablemente con un sistema que pretendía uniformarlo.
Una anécdota, cuenta que un profesor, cansado de verlo distraído, le dijo:
—Usted vive en la luna, De Greiff. Y León respondió:
—En la luna hay más orden que en esta clase.
Lo expulsaron por insolente. En su casa, sin embargo, celebraron la frase: sabían que su inteligencia no cabía en aquellos estrechos moldes.
Por afinidad, comenzó a reunirse con otros jóvenes, entre ellos Ricardo Rendón y Fernando González. Coincidían en que la literatura antioqueña de la época era moralizante, costumbrista, predecible y obediente a la Iglesia. Como consecuencia y desde un acto de autonomía intelectual con espíritu provocador y transgresor, nació la Revista Pánidas, concebida como un manifiesto colectivo que proponía modernidad, libertad, ironía, música, experimentación y un paganismo simbólico que desafiaba el orden cultural dominante.
Medellín reaccionó ante esta iniciativa con escándalo, burla, alarma moral y, al mismo tiempo, con cierta fascinación. Los sectores conservadores calificaron al grupo -constituido por 13 miembros que se hicieron llamar los pánidas-, de inmoral, peligroso, pagano y traidor; pero, para una minoría inquieta, estos jóvenes representaron un soplo de aire fresco: libertad, modernidad y rebeldía en una ciudad acostumbrada al conformismo cultural.
La Revista Pánidas publicó solo diez números entre el15 de febrero y el 20 de junio de 1915, pero bastaron para marcar un hito. León, dio allí a conocer sus primeros textos literarios importantes, firmados con varios de sus seudónimos: Matías Aldecoa, el más frecuente, era su máscara melancólica y musical; Leo le Gris, más irónico, afrancesado y juguetón; Gaspar von der Nacht, de resonancia nocturna y misteriosa, reflejo de su fascinación por lo nórdico; y Ramón Antigua, menos utilizado pero presente en algunos textos. Cada número de la revista era casi un acto heroico por la escasez de recursos, todos, “los trece”, aportaban sus ahorros. En los cafés donde se reunían —El Globo, La Bastilla, Versalles— organizaban pequeñas colectas haciendo honor a un espíritu espontáneo y fraterno.
Cuando León llegó a Bogotá, una ciudad fría pero intelectualmente más abierta que Medellín, se encontró con cafés donde se hacían tertulias nocturnas con músicos, caricaturistas, periodistas, contradictores inteligentes, en este ambiente su forma de ser era virtud. Bogotá fue para él una segunda adolescencia, pero esta vez sin jaulas. Ingresó a estudiar Derecho en la Universidad Libre, por un tiempo breve sin terminar la carrera, que definitivamente, no era su vocación.
Durante el día, León de Greiff llegaba al Banco Central con la puntualidad de quien cumple un deber, no una obligación. Entraba por la puerta principal con su figura alta, ligeramente encorvada, el bigote espeso y los lentes redondos que le daban un aire de funcionario distraído. Saludaba con un gesto mínimo, casi un murmullo, y se instalaba en su escritorio de madera oscura, donde lo esperaban libros contables, sumas interminables y el rumor constante de las máquinas de escribir.
Su rutina era meticulosa: revisar balances, firmar comprobantes, cuadrar cifras. Lo hacía con una eficiencia silenciosa, pero mientras su mano avanzaba sobre los números, su mente vagaba por otros territorios: una estrofa que se insinuaba, un nombre inventado que evocaba un personaje, una melodía de Grieg que regresaba como un visitante fiel. A veces, en medio de un cálculo, levantaba la vista y se quedaba unos segundos suspendido, como si escuchara algo que nadie más oía. Luego volvía al papel, disciplinado, casi ascético.
Al caer la tarde, cuando el banco cerraba y la ciudad empezaba a cambiar de luz, León guardaba sus cosas con una calma ceremoniosa. Salía a la calle y emprendía su ruta caminando por la Carrera Séptima, donde los tranvías tintineaban y los vendedores voceaban sus mercancías. Bogotá, todavía pequeña pero ya inquieta, lo recibía con su rumor de polvo, frío y campanadas de iglesia anunciando el ángelus al caer la tarde.
Su destino era casi siempre el mismo: un café del centro —El Automático, La Gran Vía, El Pasaje— lugares donde la bohemia bogotana respiraba con su latido singular e inquietante. Allí lo esperaban mesas gastadas, lámparas amarillentas, humo de cigarrillo suspendido en una íntima niebla y un susurro permanente de voces que se infiltraba por su abrigo. Se quitaba el sombrero, saludaba con un gesto breve y buscaba el sitio donde ya lo esperaban Rendón, Vidales y Zalamea. Tazas de café negro y, casi siempre, una botella de licor que pasaba de mano en mano a manera de un breve rito clandestino.
Ricardo, con su humor ácido, era casi siempre el primero en destaparla. Levantaba la botella, la inclinaba tímidamente y tomaba un sorbo largo, directo y sin ceremonia. Luego la pasaba a la izquierda, como si entregara una antorcha. Ese gesto —simple, casi primitivo— era el lamparazo, una práctica tradicional de la bohemia: un pacto silencioso entre quienes preferían la lucidez del exceso a la modorra de la moral. Cuando la botella llegaba a León, él la tomaba con serenidad y juego. Se acomodaba los lentes, alzaba una ceja y bebía un trago breve, pero firme, como quien afina un instrumento antes de interpretarlo. Después, con la voz baja, pronunciaba un verso, una ironía o citaba a los simbolistas. A veces sacaba un cuaderno y anotaba algo súbito; otras, simplemente escuchaba, con esa mirada profunda que parecía atravesar cada instante y perderse en un mundo interior. De esos encuentros informales nacieron Los Nuevos, con el propósito de no heredar las tendencias de la literatura del siglo XIX, , reconocidos como una generación literaria que buscaba abrazar las vanguardias.
Hablar de León De Greiff en Los Nuevos es hablar del momento en que su voz —ya formada en la bohemia Pánida— se vuelve central, madura y decisiva para la modernidad literaria colombiana. Su estilo, lenguaje y formidable imaginación rompieron con formas tradicionales de escribir poesía. Su presencia daba prestigio, dirección y tono al movimiento. Por esta época escribió y consolidó su primer gran libro, Tergiversaciones (1925), obra clave de la poesía colombiana del siglo XX. Con el tiempo, León se convirtió en un símbolo de la modernidad literaria, un referente para Piedra y Cielo, una influencia para Mito, un faro para el Nadaísmo. Encarnaba exactamente lo que el grupo buscaba: modernidad sin servilismo, libertad sin estridencia, cultura sin pedantería, humor sin frivolidad, música sin solemnidad.
Una curiosidad casi secreta de León De Greiff es que en el pleno periodo de Los Nuevos escribió, entre 1926 y 1927, la novela policiaca “El misterio del cuarto 215”, que en algunas versiones circuló también como La pasajera del Hotel Granada, probablemente un subtítulo o una variante editorial. Una rareza absoluta dentro de su obra, escrita además en un momento muy particular de su vida. Fue un juego literario, un experimento, un divertimento intelectual.
La historia se desarrolla en el Hotel Granada, uno de los hoteles más elegantes de la Bogotá en los años 20, ubicado en la carrera Séptima con calle 14, era un edificio imponente, de estilo republicano, con: salones de baile, restaurante de lujo, bar nocturno, habitaciones amplias que albergaba a huéspedes extranjeros, diplomáticos, artistas y políticos.
Allí ocurre un crimen o desaparición misteriosa en la habitación 215. La trama sigue la investigación, personajes ambiguos, pistas falsas que no conducen a nada en una atmósfera citadina y nocturna. No es una novela policiaca “clásica” al estilo de Conan Doyle o Agatha Christie, es más bien: irónica, juguetona, llena de guiños literarios, con ambientes densos, y con ese lenguaje barroco y musical tan propio de León. Es como si el género policiaco hubiera pasado por el filtro de su imaginación. El gusto por las identidades múltiples, característico de su poesía, se encarna en los personajes y en la ironía narrativa, como en sus poemas, la noche, las sombras, los pasillos, la penumbra y el misterio son protagonistas. Además, ese humor fino, culto, irónico, que atraviesa su obra literaria, está presente en cada página de la novela.
Pero… ¿Por qué escribió una novela policiaca? En los años 20, la novela detectivesca vivía un boom internacional. El género atravesaba por un auge mundial. León, lector voraz, estaba atento a esto. También fue un experimento literario. El escritor disfrutaba jugar con formas, máscaras y géneros y la novela policiaca le permitía parodiar, ironizar, mezclar registros, divertirse con el lenguaje. Otra razón es que puso a prueba un texto que se vendiera fácilmente. La novela es casi un documento urbano de esa Bogotá nocturna, elegante y misteriosa de aquellos años. Circuló como manuscrito entre amigos. En De Greiff se consideró una curiosidad. Solo décadas después se recuperó y se publicó de manera limitada. Hoy es una rara joya, buscada por estudiosos y lectores curiosos.
Inventor de una estética literaria particular De Greiff empleó palabras de poco o ningún uso, utilizó formas totalmente innovadoras en el verso, creó vocablos sonoros sustentados por las últimas acepciones del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua y combinaciones de raíces latinas, griegas y otros idiomas.
En la obra de León de Greiff, la presencia de formas musicales —sonatas, preludios, fantasías, rapsodias, cancioncillas, nocturnos, suites, fugas, fuguetas, sonatinas— constituye lo que la crítica ha llamado con acierto “el sinfonismo greiffiano”, un proyecto estético en el que el poeta intenta trasladar a la palabra las estructuras, tensiones y modulaciones propias de la música clásica. No se trata de simples alusiones temáticas, sino de una verdadera transposición formal: De Greiff organiza sus poemas siguiendo patrones rítmicos, contrastes tonales y movimientos internos análogos a los de una composición musical. Un ejemplo paradigmático es Fantasía cuasi una sonata, pieza que dialoga estrechamente con la sonata Claro de luna de Beethoven, no solo por su atmósfera nocturna y contemplativa, sino por la manera en que reproduce la progresión emocional y la arquitectura tripartita de la obra. En este gesto, De Greiff no imita la música: la interpreta, la reescribe y la convierte en materia poética, haciendo de la página un pentagrama y del poema una partitura verbal. Su sinfonismo es, por tanto, una poética de la correspondencia entre artes, donde la música se vuelve modelo de libertad formal, de intensidad expresiva y de invención ilimitada.
Su universo simbólico está poblado de animales totémicos —felinos, briosos corceles y una amplia variedad de aves como el búho, el cuervo, el pingüino o el albatros— que funcionan como emblemas de fuerza, misterio o libertad. El mar aparece como una evocación de tiempos remotos, mientras que los metales condensan emociones profundas y resonancias míticas. En su galería femenina conviven nombres que remiten a la novela de caballería —Morgana, Bibiana, Melusina— con figuras bíblicas, históricas o legendarias como Salomé, Cleopatra o la reina de Sheba, configurando una constelación simbólica que mezcla lo arcaico con lo fantástico. El tema amoroso se despliega a través de nombres que sugieren seducción y enigma —Altaclara, Xatli, Xeherazada, Carlota, Oriana, Clòe, Agnés—, donde la mujer aparece como presencia fascinante, musa, mito y metáfora. Todo este repertorio, unido a su ironía, su cosmopolitismo lúdico y su libertad formal, define una estética que convierte la poesía en un territorio de invención ilimitada, donde la erudición se vuelve juego y la imaginación se desarrolla en un mundo propio.
“Las condecoraciones se pueden usar sin frac”
Cuando León de Greiff dijo —burlonamente— que “las condecoraciones se pueden usar sin frac”, desacraliza los honores oficiales, que nunca lo impresionaron y reivindica su libertad personal, su derecho a no tomarse en serio los rituales sociales. Para él, las medallas, los diplomas y los reconocimientos eran accesorios externos, casi decorativos, que no tenían nada que ver con la verdadera dignidad del poeta. Por eso podía “usarlas sin frac”: sin ceremonia, sin solemnidad, sin protocolo. Era su manera de decir: “los honores no me honran; yo los desordeno y los vuelvo juego”.
En coherencia con esa actitud, León inventó una lista delirante de “condecoraciones” que decía haber recibido: la Cruz del Sur, el Dragón enfermo, el Grillo desolado, el Gato que pelotea, la Foca sitibunda, el Oso Polar, el Asno de Burilán, el Cisne de Pésaro, la Cacatúa melancólica, y la del Último nacido del viejo cisne y Leda.
Estas “condecoraciones” no existen, por supuesto. Son parodias, invenciones, juguetes verbales. Con ellas, De Greiff se burla de la pompa oficial, ridiculiza la solemnidad de los premios, convierte el honor en humor, y reafirma su independencia estética. Es un gesto profundamente greiffiano: transformar la realidad en fábula, la autoridad en ironía, la medalla en mito.
León de Greiff fue postulado en varias ocasiones, al Premio Nobel de Literatura especialmente entre las décadas de 1950 y 1970, por: académicos colombianos, críticos literarios latinoamericanos, instituciones culturales, y algunos escritores europeos que admiraban su obra. Su nombre circuló en la Academia Sueca —Svenska Akademien, institución fundada en 1786 y encargada de otorgar el Premio Nobel de Literatura—porque su obra era considerada una de las más originales de la lengua española: un ejemplo de modernidad poética, un universo verbal único, una síntesis entre música, ironía y erudición, una voz absolutamente inconfundible. En Europa, especialmente en Suecia y Noruega, su poesía llamó la atención por su sinfonismo, su barroquismo lúdico y su cosmopolitismo. Para muchos lectores nórdicos, De Greiff encarnaba la figura del “poeta nórdico tropical”: un raro, un excéntrico genial cuya obra desafiaba cualquier clasificación convencional. León de Greiff fue, sobre todo, una voz irrepetible, un espíritu que convirtió la poesía en un instrumento afinado para explorar la vastedad del alma humana.
[1] Tomado del artículo “León De Greiff en persona”, publicado en El Tiempo, Bogotá, 9 de mayo de 1975
[2] Juan Lozano y Lozano. (1902-1980) periodista, ensayista y diplomático colombiano. Una de las voces más influyentes del periodismo y el ensayo cultural en Colombia.