Libros y bibliotecas: fulgor del conocimiento
Universidad Nacional de Colombia
Contexto: Cátedra Aleph (modalidad: Seminario); Código: 4050078-1
Undécima versión, segundo semestre académico de 2007
Prof. Carlos-Enrique Ruiz
Tema de la undécima versión:
“Libros y bibliotecas: fulgor del conocimiento”
Lema fundamental de la Cátedra:
Leer, meditar y compartir, para comprender y transformar
El amor por la lectura se aprende, pero no se enseña. Nadie nos puede obligar a enamorarnos.
Alberto Manguel
Lo que necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente como la muerte de una persona a quien hubiésemos amado más que a nosotros mismos, como si fuésemos arrojados a los bosques, lejos de los hombres, como un suicidio; un libro tiene que ser para el mar helado que llevamos dentro.
Franz Kafka
Antecedente
La “Cátedra ALEPH” fue instituida mediante Resolución CFIA-134, del 31 de julio del 2002, como “Curso de contexto”, con el propósito de aprovechar la experiencia y trayectoria de la “Revista ALEPH” como publicación periódica, con 41 años de existencia y 142 ediciones (al tercer trimestre de 2007), creada en la sede Manizales de la Universidad Nacional de Colombia en 1966. En la misma disposición se designó a C.E.R. como director, en calidad de “profesor especial ad-honorem”. El objetivo fundamental de la Cátedra es promover el desarrollo de formas de pensamiento racional, crítico, de libre examen, con auspicio de lectura sistemática y grata, a partir del análisis de textos aportados como referencia fundamental, al igual que de otros surgidos en la dinámica del semestre.
Se han realizado las siguientes versiones:
-# Segundo semestre de 2002 (1ª versión), bajo el tema “La comprensión unitaria”. (Memorias, volumen I). La conferencia de apertura estuvo a cargo del Prof. Dr. Marco Palacios.
-# Primer semestre de 2003 (2ª versión): “Proceso que pueda llevarse en Colombia para alcanzar la paz, con maneras sensatas de solucionar conflictos”, con base en el estudio y debate del libro “Más allá del conflicto”, de Luis-Carlos Restrepo. (Memorias, volumen II). Esta versión se abrió con la conferencia exclusiva del Alto Comisionado para la Paz, Dr. Luis-Carlos Restrepo.
-# Segundo semestre de 2003 (3ª versión): “Nexos entre la creación literaria y la teoría del perdón”, con apoyo en antología de Harold Bloom: “Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes”, y “Los límites del perdón” de Simon Wiesenthal. (Memorias, volumen III)
-# Primer semestre de 2004 (4ª versión): “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, como antesala del cuarto centenario de la magna obra. (Memorias, volumen IV)
-# Segundo semestre de 2004 (5ª versión): “Albert Einstein: el científico y el humanista” (Ciencia y Cultura), con apoyo en el libro: “Mis ideas y opiniones”, de A. Einstein. (Memorias, volumen V)
-# Primer semestre de 2005 (6ª versión): “¿Cómo se aprecia el mundo a través de la Cultura?”, con base principalmente en los libros: “Inteligencia genial. Siete principios claves para desarrollar la inteligencia, inspirados en la vida y obra de Leonardo da Vinci”, de Michael J. Gelb, y “Breve historia de la cultura”, de Ernst H. Gombrich. (Memorias, volumen VI)
-# Segundo semestre de 2005 (7ª versión): “Don Quijote y Sancho, y los inquietos de todas la épocas”, con lectura extensiva de “La Caverna” de José Saramago, y de “El día señalado” de Manuel Mejía-Vallejo. (Memorias, volumen VII)
-# Primer semestre de 2006 (8ª versión): “Ciencia y Humanismo – ¿Respeto o tolerancia?” Se trabajó en especial el texto: “Tolerancia y responsabilidad intelectual”, de Karl Popper. (Memorias, volumen VIII)
-# Segundo semestre de 2006 (9ª versión): “Una mirada a Colombia desde la Cultura”. En especial se trabajaron dos ensayos de Rubén Sierra-Mejía: “Elogio de la lectura ociosa” y “Simulación y cultura”. (Memorias, volumen IX)
-# Primer semestre de 2007 (10ª versión): “Cultura ciudadana y Cien años de soledad”. Se dispuso de la “Cartilla moral” (1944) de Alfonso Reyes, como guía fundamental. (Memorias, volumen X)
Descripción del método
-* Se parte de la lectura personalizada de textos seleccionados con anterioridad
-* En cada sesión habrá ponentes (informes de lectura) que expondrán su personal comprensión, con los nexos científicos, culturales, históricos, políticos, etc. que cada uno pueda establecer con plena libertad.
-* Se asignan relatores para cada sesión, quienes registrarán el desarrollo de los análisis y debates, con presentación escrita y pública de informe (informes de relatoría), en sesión siguiente, con el correspondiente examen libre del grupo.
-* Ocasionalmente se contará con la participación de expositores invitados.
-* El aporte final estará representado en las Memorias de la Cátedra ALEPH: volumen XI (II, 2007).
-* La nota o calificación, para los fines propios de la Universidad, se obtendrá en función de las evaluaciones en cada sesión de los “informes de relatoría” y de los “informes de lectura”, y en la última sesión del semestre se establecerá la evaluación integrada, con la participación de los mismos estudiantes, sin la modalidad de “exámenes”, en ningún caso.
-* Conservo la idea de publicar, al término de cada semestre, un volumen de los “Cuadernos de la Cátedra Aleph”, con escritos escogidos de los estudiantes, objetivo que no ha sido posible cumplir en las versiones anteriores.
Es de anotar que la Cátedra no se realiza a través de la forma tradicional de “clases”, sino de “sesiones”, para distinguir entre el método recitativo tradicional, repetitivo, donde el estudiante es apenas pasivo receptor, y la participación activa que bien se facilita en la modalidad de “seminario”. Cada sesión será productiva si los participantes llegan al “aula del estudiante de la mesa redonda” habiendo leído, con meditación propia, los materiales que correspondan, y con la disposición de buen ánimo para el diálogo de libre examen. De esta manera se tendrá, en cada sesión, un “informe de relatoría” como documento testimonial de la participación inteligente del grupo.
Cátedra Aleph, entonces, es nombre genérico que se realiza en versiones, y cada una de éstas por medio de sesiones. Al final se tendrán las Memorias conformadas por los aportes en “informes de lectura” y en “informes de relatoría”. Los “informes de lectura” responden a la necesidad de encontrar y exponer las ideas, o asuntos fundamentales, contenidas en el documento de que se trate, con examen crítico de ellas. Los “informes de relatoría” deben recoger, en síntesis, lo ocurrido en cada sesión, con los aportes esenciales que se hayan hecho en las exposiciones y debates de los participantes. Ambos informes deben responder a una cuidada redacción e impecable ortografía.
Cupo máximo: 25 personas
Lugar: Aula del estudiante de la mesa redonda en el edificio de Postgrados (I-304), los martes a partir de las 8 de la mañana.
El tema de la undécima versión
Se cuenta que en medio de atroz contienda bélica le pidieron a Winston Churchill autorizar el cierre de la biblioteca británica y él respondió: estamos en guerra justo para que la biblioteca permanezca abierta. Lección imperecedera. Los libros y las bibliotecas son en las culturas puntal de asombro, oportunidad para la búsqueda incesante de respuestas y soporte en transformaciones sociales. Y por desgracia son también objetivo militar en guerras, como en Londres, en Sarajevo, en Beirut,… en Bojayá, y en tantos lugares del planeta.
Desde que mi adorada maestra de primeras letras, la señorita Margarita Gómez, me sedujo con «La alegría de leer», no he parado en la obsesión de lector y de acariciador de ese misterioso y real objeto que es el libro. Las librerías y las bibliotecas me atraen, con poder magnético. Me pierdo entre sus estanterías y quiero tomar entre las manos los libros, uno tras de otro, todos. En las ciudades las bibliotecas son los sitios que primero localizo, y a ellas llego con reverencia y curiosidad. Son muchas las obras que se ocupan del tema. Borges, por supuesto, es ejemplo mayor. Y de manera más cercana Harold Bloom y Alberto Manguel, éste con dos exquisitas producciones: «Una historia de la lectura» y «La biblioteca de noche», las cuales nos entretendrán en la décimo-primera versión de la «Cátedra Aleph», en el segundo semestre académico del presente año.
Mi experiencia más reciente la tuve en abril al visitar, con Livia, la Biblioteca Pública de Nueva York (NYPL) para entrevistar en ella a personalidad que descubrí por conferencia y diálogo público que tuvo en Barcelona. Se trata de Paul Holdengräber, licenciado en filosofía y derecho, doctorado en letras con tesis sobre Walter Benjamin y ejercicio profesoral en literatura comparada. Por su enorme capacidad gestora se le contrató en la NYPL donde creó programa («Live from the NYPL») para atraer gente sin distingos de niveles sociales o en edades, con el único propósito de hacer sentir la pasión por el conocimiento. Ha llevado figuras del mundo de la Cultura, en los diversos campos, sometiéndolos en público a diálogo y debate. Por ese escenario han pasado Bill Clinton, Harold Bloom, Werner Herzog, Salman Rushdie, Isabel Allende, Alma Guillermoprieto, Günter Grass, Julia Álvarez, Alberto Manguel, John Updike, Amartya Sen, Baltasar Garzón,… Encuentros en los que se examinan temas cruciales de nuestro tiempo y de las culturas.
Paul Holdengräber me sorprendió por la recia formación intelectual y por el entusiasmo contaminante, con arraigado optimismo en los destinos de la humanidad, con la Cultura en el eje conductor. En la conversación que sostuvimos por espacio de dos horas y media expresó frases sorpresivas como éstas: “Considero que cualquier persona puede sentir el placer del conocimiento. El conocimiento es una sensación más fuerte que la pasión sexual. Hay que ganar audiencia para su disfrute. La idea de Platón es que el conocimiento es erótico… El buen profesor es el que provoca el deseo por el conocimiento… El libro no es una manera de aislarte, el libro es una oportunidad de estar con el mundo.” [La entrevista completa puede leerse en la edición No.141 de la Revista ALEPH, de abril/junio, 2007; [->https://www.revistaaleph.com.co/article.php3?id_article=132]]
Actividades de esta naturaleza llevan a creer que la biblioteca no debe ser un lugar meramente receptor, sino, por el contrario, con capacidad de promoción intensa de la vida del libro, portador de conocimiento, con el protagonismo de los más calificados y entusiastas voceros, autores o no, pero sí con formación de pensamiento y capacidad de compartir. Es decir, la biblioteca debe desplegar ingenio de convocatoria, haciendo sentir su existencia en el entorno, con singular dinámica.
En mi tiempo de servicio en la Biblioteca Nacional de Colombia, guardadas las proporciones, establecí programa en algo parecido que llamé «Jueves de la BN», con conferenciantes invitados semana a semana, en diálogo con el público. Análogo hice en universidades donde tuve asiento de dirección, con los ciclos «Grandes temas de nuestro tiempo», entre otros. O con el proyecto “Cátedra del pensamiento” en el Centro de Estudios Regionales, CRECE.
El libro no pasará. Su efecto benéfico hace parte de la cadena que se prolonga con los medios virtuales, en sentido de complementariedad. Las modalidades nuevas no descontinúan las anteriores, las superan pero enriqueciéndolas en significados. Como lo advierte Manguel, la existencia de libros y bibliotecas «es una de las pruebas más felices, más conmovedoras, de que poseemos, a pesar de todas las miserias y pesares de esta vida, una fe íntima, consoladora, quizá liberadora,…»
Referencias bibliográficas
1. Revista ALEPH, con cuarenta y un años de ediciones (fundada en la UN-Manizales en 1966), 141 números hasta el segundo trimestre de 2007.
2. Jorge-Luis Borges . El Aleph. Múltiples ediciones
3. Jorge-Luis Borges. La biblioteca de Babel. Múltiples ediciones
4. Jorge-Luis Borges. La biblioteca total. Múltiples ediciones
5. Alberto Manguel. La biblioteca de noche. Grupo Editorial Norma, Bogotá 2007
6. Alberto Manguel. Una historia de la lectura. Grupo Editorial Norma, Bogotá 1999
7. Harold Blomm. Cómo leer y por qué. Grupo Editorial Norma, Bogotá 2000
8. Ivan Illich. En el viñedo del texto. Ed. FCE, México (2002, 2004)
9. Fernando Lázaro-Carreter (Coordinador). La cultura del libro. Ediciones Pirámide, Madrid 1983
10. Agustín Millares-Carlo. Introducción a la historia del libro y de las bibliotecas. Ed. Fondo de Cultura Económica FCE, México 1971 (primera edición), 1975 (primera reimpresión)
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En el Prefacio del libro “Cómo leer y por qué”, de Harold Bloom, se dice:
“No hay una sola manera de leer bien, aunque hay una razón primordial por la cual debemos leer. A la información tenemos acceso ilimitado; ¿dónde encontraremos la sabiduría? Si uno es afortunado se topará con un profesor particular que lo ayude; pero al cabo está solo y debe seguir adelante sin más mediaciones. Leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos en mi experiencia, es el placer más curativo. Lo devuelve a uno a la otredad, sea la de uno mismo, la de los amigos o la de quienes pueden llegar a serlo. La lectura imaginativa es encuentro con lo otro, y por eso alivia la soledad. Leemos no solo porque nos es imposible conocer bastante gente, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la comprensión imperfecta y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional.
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“La mejor forma de ejercer la buena lectura es tomarla como una disciplina implícita; en última instancia no hay más método que el propio, cuando uno mismo se ha moldeado a fondo…….. / Dado que para mí la cuestión de cómo leer nunca deja de llevar a los motivos y usos de la lectura, en ningún caso separaré el ‘cómo’ y el ‘por qué’. En ‘¿Cómo se debe leer un libro?’, el breve ensayo final de su Lector Común (Volumen II), Virginia Wolf hace esta encantadora advertencia: ‘Por cierto, el único consejo que un persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos’. Pero luego añade muchas disposiciones para el gozo de la libertad por parte del lector, y culmina con la gran pregunta: ‘¿Por dónde empezar?’ Para llegar a los placeres más hondos y amplios de leer, ‘es preciso no dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes’. Parece pues que, mientras uno no llegue a ser plenamente uno mismo, recibir consejos puede serle útil y hasta esencial…”
Ref.: Harold Bloom. Cómo leer y por qué. Ed. Grupo Editorial Norma, Bogotá 2000
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“Leer será en el futuro un acto de rebeldía”
MARÍA LUISA BLANCO – Mondion – “El País”, Madrid 13/01/2007 [elpais.com]
Autor de Una historia de la lectura (Lumen), libro que marcó un hito en el universo lector, toda la obra de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) no ha hecho más que recrear el mundo del libro y de los grandes autores que lo protagonizan. En los próximos días publicará La librería de noche (Alianza), un recorrido por las grandes bibliotecas del mundo: desde la legendaria Biblioteca de Alejandría fundada por los ptolomeos en el siglo III antes de Cristo, hasta las bibliotecas de las que disfrutamos en la actualidad, para recalar, finalmente, en la figura de la biblioteca como hogar, ese lugar al que siempre se vuelve.
«El capitalismo actual no puede permitirse un consumidor lento, y la literatura requiere lentitud»
«El amor por la lectura se aprende, pero no se enseña. Nadie puede obligarnos a enamorarnos»
El amor por el libro nació en Manguel de forma espontánea y muy pronto, según recuerda: «Yo era un pequeño adulto, me crió mi nodriza, con la que aprendí el inglés y el alemán, mis dos lenguas maternas, y ella, que no tenía muy claro lo que era un niño, ponía libros a mi disposición y una vez a la semana me llevaba a comprar uno. Pero el apasionamiento por ellos era cosa mía, enseguida reconocí que los libros eran una forma de abrirme al mundo. Pasé la infancia de país en país, y volver cada noche a mis libros era una forma de volver a lo conocido». Hijo de diplomáticos, fue seguramente durante esa infancia errante cuando se gestó lo que hoy es un sueño cumplido: la construcción de un edificio que albergara su propia biblioteca.
El lugar elegido por el autor del Diccionario de lugares imaginarios se llama Le Presbytère y está situado en Mondion, un pueblecito cerca de la ciudad francesa de Poitiers, encaramado en una colina al sur del Loira. Lo que Manguel encontró en esta antigua propiedad de la Iglesia, que perdió sus posesiones después de la Revolución Francesa, era apenas un muro que la separaba de la propiedad colindante. Hoy es una magnífica nave construida en piedra arenisca, contigua a la cual está la propia vivienda del escritor que queda adosada a los muros con vidrieras de la iglesia del siglo XV. Nada más entrar se aprecia que se trata de la biblioteca de un romántico. Salpicados de detalles y complicidades personales, los anaqueles de la biblioteca se distribuyen en dos pisos. El escritor trabaja en el de arriba, asomado a una vista envidiable sobre su jardín: una amplia pradera con abedules, abetos y pinos de diferentes especies. Manguel hace notar cómo se oye el silencio. Y es cierto que en este lugar épico, en cuyo horizonte próximo se encuentran las tumbas de Leonor de Aquitania y de Ricardo Corazón de León, algo hay de esa cualidad de ultratumba.
Muy próximos a su escritorio están los libros de literatura española y portuguesa y sus libros de referencia: autores clásicos, ejemplares de libros sobre el libro, coleccionados mientras escribía su historia de la lectura, y títulos de literatura árabe. Entre las distintas ediciones del Quijote, una de 1782, que compró en una librería de viejo en Madrid, en la que destaca un curioso retrato real del imaginario narrador del Quijote Cide Hamete Benengeli. Una foto de la tumba de Borges en Ginebra, un retrato del propio Manguel realizado por Silvina Ocampo cuando él tenía 17 años y una variada colección de fotos de sus hijos y amigos completan el ambiente que rodea al escritor. El grueso de la colección de libros se encuentra, sin embargo, en el piso inferior.
Como corresponde a una biblioteca tan personalizada, la mayoría de los volúmenes tienen su propia historia. «Los cuentos de los hermanos Grimm fue el primer libro que compré», cuenta Manguel. «Aprendí a leer en Israel, donde mi padre era embajador y yo podía ir a la librería de al lado de nuestra casa y elegir los libros que quisiera. Tenía cinco o seis años cuando compré este ejemplar». Además, diversas ediciones firmadas de Juan Ramón Jiménez, todo Pérez Galdós en las ediciones de la Biblioteca Castro, las obras completas de Kipling firmadas por el autor, varias obras de Borges dedicadas, así como un libro del propio Kipling que perteneció al autor de El Aleph y que éste le regaló a los 17 años, cuando Manguel dejó Buenos Aires.
El punto de partida de su nuevo libro, La biblioteca de noche, es la pregunta por el sentido del universo, pero ¿por qué esa necesidad de encontrar un sentido?: «Los seres humanos podemos ser definidos como animales lectores. Creemos que el mundo natural hay que descifrarlo. Vivimos en esa paradoja: saber por un lado que este mundo no tiene ningún sentido y preguntarnos el porqué de las cosas». Las respuestas, a Manguel no le cabe duda, están en los libros. Por eso lamenta que hoy el libro no goce del prestigio de otro tiempo: «Las calidades que tiene la tecnología, por razones económicas, son las que nuestra sociedad pone por delante. Hace cincuenta años la biblioteca estaba en el centro de la sociedad, nadie discutía que leer era importante, pero el capitalismo salvaje actual no puede permitirse un consumidor lento. La literatura, en cambio, requiere lentitud, requiere que te detengas, que reflexiones, que nunca alcances una conclusión. Nunca puedes saber si Don Quijote está loco o no. Como sociedad tenemos que decir que el acto intelectual es importante. No puedes pedir a un adolescente que lea cuando le estás diciendo que toda actividad que no te dé una ganancia inmediata y visible es inútil. Creo que no existen seres humanos no lectores. En la sociedad actual es como si fuésemos misioneros de una religión en la que la iglesia central ya no cree».
Una de las bibliotecas preferidas de Alberto Manguel es la Biblioteca Circular de Aby Warburg, en Hamburgo, a la que dedica un capítulo de su libro. Heredero de una gran fortuna, Warburg lo dejó todo en manos de su hermano con la condición de que le diera el dinero suficiente para mantener su biblioteca y comprar todos los libros que quisiera. El lema de este hombre singular era «Vive y no me hagas daño». Pero hay otras bibliotecas que a Manguel le parecen ejemplares: «La London Library, una biblioteca privada circulante que envía los libros que quieras allí donde estés y compran los libros que tú necesitas, una librería para la que los libros no son piezas de museo. Y las bibliotecas circulantes de Colombia, los biblioburros para acceder a las poblaciones perdidas de la sierra. Alguien del pueblo cuida la bolsa y luego vuelven a recogerlas al cabo del tiempo».
Los libros nunca se han llevado bien con el poder, por eso el escritor insiste en la necesidad de la lectura como elemento de protección: «La historia del libro corre paralela a la de la censura. Una de las cosas esenciales que proporciona la lectura es aprender a pensar, y no hay nada más peligroso para el poder que un pueblo pensante. La tarea del político es más fácil frente a un pueblo idiota, educarnos en la estupidez es quitarnos los libros, y eso siempre ha sido tarea de dictadores». Pero en la actualidad Manguel subraya otras formas de censura: «El editor cuya vocación era la literatura ya no puede trabajar de la misma manera porque tiene que conseguir un provecho financiero, y eso elimina el 90% de la literatura. Si Borges se presentase hoy con un nuevo libro no podría publicarlo. Ahora un editor se fija en las ventas anteriores de ese autor y si el anterior no se ha vendido, no se publica. Esta situación se complica porque ahora también son los compradores para las grandes superficies los que deciden. En el mundo anglosajón, a la mesa del editor se sienta el crítico, el gerente y ese comprador que opina sobre el libro, y si aceptan sus condiciones compra 50.000 ejemplares, que, además, puede devolver. Estamos en esa situación y las consecuencias serán catastróficas».
¿La lectura queda finalmente como un acto de rebeldía? «Siempre lo ha sido. Primero porque se valora la acción y no la inacción y porque conduce a la reflexión, y eso siempre es peligroso. Y porque a través de la lectura empezamos a conocer quiénes somos. En el futuro, leer será no sólo un acto de rebeldía, sino también un acto de supervivencia. Si como lectores nos resignamos a que nos impidan leer la buena literatura nos vamos a condenar a ser menos humanos. Es un riesgo que, por supuesto, no podemos correr. Ya estamos al borde de la catástrofe porque hemos destruido el mundo natural y ahora estamos haciendo todo lo posible para destruir el mundo intelectual. Hay que actuar ahora. Pero ahora quiere decir hoy». El lema que preside la biblioteca de Le Presbytère es «Lee lo que quieras», porque Alberto Manguel no cree que el amor a los libros se pueda enseñar: «El amor por la lectura es algo que se aprende pero no se enseña. De la misma forma que nadie puede obligarnos a enamorarnos, nadie puede obligarnos a amar un libro. Son cosas que ocurren por razones misteriosas, pero de lo que sí estoy convencido es que a cada uno de nosotros hay un libro que nos espera. En algún lugar de la biblioteca hay una página que ha sido escrita para nosotros».
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Ref.: “La Nación”, Buenos Aires, domingo 5 de agosto de 2007
[->http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/cultura/nota.asp?nota_id=931548origen=premium]
Los libros y el reino del azar
Fragmento de La biblioteca de noche (Ed. Norma), de Alberto Manguel, donde el autor reflexiona sobre las extrañas peripecias de los volúmenes que colman estantes y repisas sujetos al orden o al caos
Por Alberto Manguel
Una biblioteca no es sólo un lugar de orden y de caos; es también el reino del azar. Los libros, aun después de tener asignado un estante y un número, conservan una movilidad propia. Abandonados a sus propios recursos, se reúnen formando agrupaciones inesperadas obedeciendo a reglas secretas de similitud, genealogías nunca registradas o intereses y temas comunes. En rincones desatendidos o en montones apilados junto a la cabecera de nuestra cama, en cajas de cartón o en estantes uniformes, a la espera de ser clasificadas y catalogadas en un día futuro muchas veces aplazado, las historias que los libros encierran se agrupan en torno a lo que Henry James llamó un «propósito general», que a veces escapa a la comprensión de los lectores: «El hilo en que estaban enfiladas las perlas, el tesoro enterrado, la figura en el tapiz».
Para Umberto Eco una biblioteca debería participar de la azarosa condición de un rastro. Los domingos por la mañana se instala un chamarilero en un pueblo vecino al mío. No tiene las pretensiones de los reputados rastros de París ni el prestigio de las ferias de antigüedades que se celebran regularmente en toda Francia. El chamarilero reúne un batiburrillo de objetos, desde enormes muebles rústicos del siglo XIX hasta trozos de encaje y brocado antiguos, desde piezas desportilladas de porcelana o cristal a tornillos oxidados y herramientas de jardinería, desde óleos lamentables y fotos de familias anónimas hasta coches en miniatura abollados y muñecas de plástico tuertas. Estos campamentos comerciales recuerdan las antiguas ciudades en ruinas imaginadas por Stevenson desde una perspectiva infantil, en su poema «Travel»:
Allí iré cuando sea hombre
en una caravana de camellos,
y entre sombras haré un fuego
en un cuarto polvoriento;
pintados en las paredes
veré héroes, luchas y ritos,
y en un rincón, los juguetes
de antiguos niños de Egipto.
En esta chamarilería, mi interés se centra generalmente en los cajones llenos de postales, estampas, calendarios, y, especialmente, libros. A veces éstos se exhiben bajo un rótulo obvio: historia de la región o esoterismo, cría de animales o historias de amor. Pero por lo general se mezclan al azar traducciones de Homero del siglo XVIII encuadernadas en piel con manoseados ejemplares de las obras de Simenon de la época de la guerra, novelas firmadas por el autor (yo encontré en una caja de «2 a 8 euros» un ejemplar de Chéri de Colette, publicado en 1947, que lleva la misteriosa inscripción «A Gloriane, que intenta ‘recomponer mujeres y milagrosamente lo consigue») con incontables best-sellers americanos olvidados hace largo tiempo.
Los libros se reúnen debido al capricho de un coleccionista, a los avatares de una comunidad o al paso de la guerra y el tiempo; debido a la negligencia, al cuidado, a la imprevisibilidad de la supervivencia o a la azarosa selección del gremio de los chamarileros, y pueden pasar siglos antes que su agrupación adquiera, a los ojos de un lector, la forma identificable de una colección. Toda biblioteca, como descubrió Dewey, tiene que estar sujeta a una ordenación, y, sin embargo, no toda ordenación está voluntaria o lógicamente estructurada. Hay bibliotecas que deben su creación a una afectación del gusto, o a regalos o encuentros casuales. En el desierto de Adrar, en la Mauritania central, las ciudades-oasis de Chinguetti y Ouadane albergan todavía docenas de antiguas bibliotecas cuya ordenación, cuya existencia incluso, se debe al azaroso paso de caravanas que transportaban especias, peregrinos, sal y libros. Desde el siglo XV al XVIII, estas ciudades constituían escalas obligatorias en el camino a La Meca. Los libros en ellas depositados a lo largo de los años por motivos de comercio o de seguridad (tesoros entre los que se contaban obras de las famosas escuelas coránicas de Granada y de Bagdad, de El Cairo y de Meknès, de Córdoba y de Bizancio) se conservan ahora en las casas particulares de varias familias destacadas. En Chinguetti, por ejemplo, un oasis que se jactaba de tener doce mezquitas y veinticinco mil habitantes durante su edad de oro en el siglo XVIII, cinco o seis familias entre las tres mil almas que permanecen en él conservan para el lector curioso más de diez mil volúmenes de astronomía, sociología, comentarios del Corán, gramática, medicina y poesía, según datos de Th. Monod ( Méharées ). Gran parte de esas obras se pidieron prestadas a sabios viajeros y fueron copiadas por los bibliotecarios de estas eruditas ciudades; en ocasiones, por el contrario, eran estudiantes los que llegaban a ellas y pasaban meses copiando uno de los libros conservados en los estantes de la biblioteca.
En Ouadane, cuenta A. M. Tolba ( Villes de sable. Les cités bibliothèques du désert mauritien ), se narra la historia de un mendigo que, a comienzos del siglo XV, llegó a las puertas de la ciudad hambriento y vestido de harapos. Lo llevaron a la mezquita, lo vistieron y alimentaron, pero nadie consiguió que revelara su nombre o la ciudad en que había nacido. Lo único que parecía importarle era pasar largas horas entre los libros de Ouadane leyendo en completo silencio. Finalmente, después de ser testigo durante varios meses de tan misteriosa conducta, el imán perdió la paciencia y le dijo: «Está escrito que aquel que reserva sus conocimientos para sí mismo no será bien recibido en el Reino de los Cielos. Cada lector no es más que un capítulo en la vida de un libro y a menos que pase sus conocimientos a otro es como si condenara al libro a ser enterrado vivo. ¿Deseas esa suerte a los libros que tan bien te han servido?». Al oír esto el hombre abrió la boca y pronunció un largo y maravilloso comentario del texto sagrado que tenía ante él. El imán cayó en la cuenta entonces de que el visitante era cierto famoso erudito que, harto de la sordera del mundo, había prometido callar hasta que llegara a un lugar en que se apreciara verdaderamente la sabiduría.
En ocasiones, el punto de partida de una biblioteca es imponderable. En el año 336 d. C., un monje budista, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, se aventuró a peregrinar a lo largo de la Ruta de la Seda entre el desierto de Gobi y los yermos de Taklimakán, en la vasta zona del Asia Central que, dos siglos antes, el geógrafo griego Pausanias había llamado la tierra de Seres, remitiendo así a la palabra griega que designaba el gusano de seda. Allí, entre la arena y las piedras, el monje tuvo una visión del Señor en medio de una constelación de mil puntos de luz (que los no creyentes han tratado de explicar como el efecto del sol en los fragmentos de pirita diseminados sobre las laderas de las montañas de la región). Para conmemorar este acontecimiento, el monje excavó una cueva en la roca, enyesó las paredes y las pintó con escenas de la vida de Buda.
Durante los mil años siguientes, casi quinientas cuevas se abrieron en la roca y se embellecieron con exquisitos murales y refinadas estatuas de arcilla, dando lugar al famoso Santuario de Mogao de China occidental. Estas imágenes, esculpidas y pintadas por sucesivas generaciones de devotos artistas, registran la transformación de la iconografía budista china y tibetana, esencialmente abstracta, en una religión figurativa que exigía la representación de historias fabulosas relativas a dioses aventureros, reyes ambiciosos, monjes ilustrados y héroes embarcados en búsquedas místicas. Con el tiempo, el santuario recibió diferentes nombres, entre ellos el de Mogaoku, o «Cuevas de Altura Inigualable», o el de Qianfodong, o «Lugar de los Mil Budas» (véase J. Giès y M. Cohen, Sérinde. Terre de Bouddha ). Más tarde, en el siglo XI, probablemente con el fin de que no fuera objeto de la codicia de ejércitos extranjeros, una colección formada por más de cincuenta mil manuscritos y pinturas de valor incalculable fue escondida y encerrada en una de las cuevas de Mogao, transformando así ese lugar de manera totalmente fortuita en «el primer y mayor archivo del mundo de documentos de papel y en la única biblioteca budista de su tiempo» (S. Whitfield y U. Sims-Williams, The Silk Road: Trade, Travel, War and Faith ), la cual habría de permanecer intacta durante siete siglos.