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Literatura puertorriqueña: a las dos orillas del Atlántico

La organización social del colonialismo en los territorios llamados América, el Caribe y las Antillas, forjó historias entremezcladas, culturas híbridas y nuevos lenguajes. El hecho, ya bien sabido, de la expansión europea iniciada en 1492 que impuso instituciones políticas, económicas, religiosas y culturales en esta región, trajo consigo cambios desconocidos tanto a las sociedades vernáculas como a las que se iban conformando.

Algunas instituciones adquirieron características peculiares, adaptaciones a las condiciones realmente existentes, y no conforme a lo planeado, como en el caso de la religión católica que resultó fundiéndose con elementos de las religiones indígenas y africanas; generó un sincretismo alejado de las prácticas ejercidas dentro de los cánones ortodoxos. Igualmente, las expresiones artísticas han estado intrínsecamente relacionadas con estos procesos de colonización. Así es que a partir del contexto de estos entrecruces, nuestro interés es trazar un esbozo sobre la literatura puertorriqueña -a los dos lados del Atlántico- teniendo en cuenta su permanente ocupación hispano-estadunidense, lo cual nos lleva a formular las siguientes preguntas: ¿hasta dónde puede la literatura dar una orientación a su sociedad? o ¿contribuir en estas condiciones políticas a definir un concepto de nacionalidad? Aunque las respuestas pueden encerrar los mismos enigmas y complejidades por el marco histórico que ha moldeado a Puerto Rico desde 1898 -ante la influyente presencia político-militar y económica de los Estados Unidos-, es notable resaltar que en el mapa cultural la sociedad puertorriqueña es hispanohablante y la orientación de su literatura ha mantenido correspondencia con esa realidad lingüística.

Dentro de esta perspectiva lo llamativo es que, al contrario de lo que suele ocurrir en cualquier proceso de colonización, la lengua española no ha podido ser desplazada al interior de Puerto Rico. En parte, esto se hace comprensible por los cuatro siglos de tutela española; pero por otro lado, y a partir de 1898, podemos apreciar que el lenguaje español es el fundamento de una alternativa socio-histórico real que se convierte en una forma de resistencia o de negación del otro. Por supuesto, que en el contexto étnico-cultural hispanoamericano, la negación del otro se remonta al período de descubrimiento, conquista, colonización y evangelización, y recorre las tensiones entre la península ibérica (España y Portugal) y el Nuevo Mundo (América Latina y el Caribe). Sinembargo, de esta negación ha emanado paralelamente el fenómeno del multiculturalismo que se ha transfigurado a lo largo de nuestra historia en procesos de integración social y cultural. En este sentido, pudiéramos decir que Hispanoamérica, en general, y Puerto Rico en particular están marcados por los rasgos multiculturales, en la medida que la diferencia se constituye en eje de fusión y a su vez de resistencia. El escritor mexicano Carlos Fuentes señala que él tiene, para Hispanoamérica: «una denominación muy complicada, difícil de pronunciar pero comprensiva por lo pronto, que es llamarnos indo-afro-iberoamérica; creo que incluye todas las tradiciones, todos los elementos que realmente componen nuestra cultura, nuestra raza, nuestra personalidad.»[[Entrevista de Sergio Marras, América Latina, marca registrada, Barcelona: Ediciones B, 1992., p. 34.]] El encuentro de culturas ha producido obviamente una síntesis cultural que se evidencia en producciones estéticas, tales como el llamado barroco latinoamericano del siglo XVIII, o el muralismo del siglo XX. Este tejido intercultural se expresa también en la música, los ritos, las fiestas populares, las danzas, el arte, la literatura; y también permea las estrategias productivas y los mecanismos de supervivencia.

En la literatura puertorriqueña del siglo XIX se hallan representaciones estéticas de resistencia a la colonización española. Este sentir nacionalista, de la toma de conciencia política, del cuestionamiento y rechazo de la intervención extranjera hispana, tuvo su referencia concreta en figuras intelectuales como Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances y Lola Rodríguez de Tío, quienes a la par de sus hermanos cubanos, se dieron cita a fin de lograr la emancipación del oprobio español. Aunque el material bibliográfico sobre esta hermandad isleña es escaso, contamos con un significativo registro del crítico cubano Emilio Jorge Rodríguez en el cual ilustra este espíritu anticolonialista ejemplificado por Francisco Gonzalo Marín, poeta puertorriqueño, que murió en combate en las montañas de Cuba.[[Ver Emilio Jorge Rodríguez, «Apuntes sobre la visión del emigrante en la narrativa puertorriqueña» en Primer seminario sobre la situación de las comunidades negra, chicana, cubana, india y puertorriqueña en Estados Unidos. Habana: Editora Política, 1984.]] El ejemplo de Francisco Marín es equiparable al de José Martí que luchó con su pluma por la soberanía de Puerto Rico sin que la llegase a ver. Por ahora, es el registro literario el que nos permite reconocer esta resistencia, a través del lenguaje, el cual ocupa un lugar predominante, porque toda sociedad se expresa a través de la forma verbal de aquello que la oprime física y moralmente. No menos consecuente y explícito fue Hostos, quien en 1889 nos describe así el panorama desolador de Puerto Rico:

La población está depauperada: la miseria fisiológica y la miseria económica se dan de la mano: el paludismo que amomia al individuo está momificando a la sociedad entera; esos tristes esqueletos semovientes en la bajura y en la altura atestiguan que el régimen de reconcentración fue sistemático en el coloniaje; esa infancia enclenque: esa adolescencia pechihundida; esa juventud ajada; esa virilidad enfermiza; esa vejez anticipada; en suma, esa debilidad individual y social que está a la vista, parece que hace incapaz de ayuda a sí mismo a nuestro período.[[Eugenio María de Hostos, «El propósito político de la Liga de Patriotas», Obras Completas, Vol. V, La Habana, 1939, pp. 26-27.]]

Como se puede apreciar, la semblanza que registra Hostos es producto de la creciente fragilidad de la sociedad puertorriqueña ante el socavante coloniaje. Pero su intención, no era la de herir sensibilidades sino la de crear los fundamentos institucionales que despertaran conciencia, pues no se trataba de un mito sino de la realidad concreta. A través de su extensa obra literaria podemos tener noción de cómo sus planteamientos develan un profundo interés por quitarle el velo a su pueblo para construir una sociedad libre y pensante. De ahí que en repetidas ocasiones, hiciera mención del poder de la palabra, a fin de «servir inmediatamente a mi país -escribe Hostos- olvidado, vejado, escarnecido.»[[Eugenio María de Hostos, La Peregrinación de Bayoán (1863). Edición del Instituto de Cultura Puertorriqueña: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1988., p.77.

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Al pasar el umbral del siglo XX, la literatura puertorriqueña continuó en un período de auto-examen, de búsqueda en las esencias colectivas. Pero al mismo tiempo surgía uno de los dilemas que conlleva la migración masiva de puertorriqueños a los Estados Unidos. Esto indudablemente suscitó una serie de ramificaciones que afectó la producción cultural ante el continuo trasegar de la isla al continente americano. Una nave «al garete» llamó el ensayista Antonio Pedreira a la isla.[[Antonio S. Pedreira, Insularismo: ensayos de interpretación puertorriqueña (1934). Edición de Mercedes López- Baralt. San Juan: Editorial Plaza Mayor, 2001. p. 97.]] Una isla pequeña, colonizada y medio olvidada por España hasta el siglo XIX, que había servido como baluarte militar y que había permanecido «muy fiel y muy leal» a la Corona a través de escaseces, guerras, ataques piratas y calamidades administrativas, entraba ahora a formar parte de otra realidad completamente diferente. «Somos una generación fronteriza», escribió Pedreira, «batida entre un final y un comienzo».[[Pedreira, op.cit., p. 173.]] Ya la Ley Jones de 1917 les había dado la ciudadanía estadunidense a los puertorriqueños y se comprendía mejor el alcance de un plan abarcador de americanización cuya arma principal fue la enseñanza pública. Pedreira, cuya obra -escrita durante una vida muy corta (1899-1939)- incluye una valioso estudio titulado El periodismo en Puerto Rico, además de biografías sobre Hostos y José Celso Barbosa y el ensayo La actualidad del jíbaro,[[Jíbaro es el nombre dado a los habitantes del campo en Puerto Rico. Dicho término es equivalente a la definición de guajiro en la isla de Cuba, y es el sinónimo de campesino en el diccionario de la Real Academia. En 1845 Manuel A. Alonso publicó un libro que se intitula El jíbaro y en el cual el autor presenta una variedad de relatos que explican la vida cotidiana del jíbaro.]] batalló igualmente con su pluma en aras de crear conciencia a fin de que la sociedad puertorriqueña lograra su autonomía política y cultural. En su ensayo Insularismo, se refleja ese intento serio de interpretar la realidad puertorriqueña a la luz de su pasado y de su presente conflictivo. Describe un cuadro bastante pesimista del puertorriqueño, de su carácter nacional y de la trayectoria de su historia. Importante como reflexión crítica que se constituye quizás en el primer intento serio en el siglo XX para explicar una hispanofilia que utilizaría su generación entera como bandera a enarbolar contra la cultura anglosajona: «La juventud de hoy- señala Pedreira- parece una generación de inválidos, porque se mueve dentro de una laxitud de operaciones sin poder tomar el peso exacto de esta realidad».[[Pedreira, op.cit., p. 174.

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En este contexto, la búsqueda de una expresión propia es notable por el ingrediente crítico ante la situación política de Puerto Rico. Pero a su vez, hallamos intentos análogos en la recuperación de valores regionales, autóctonos y latinoamericanistas que se vieron reflejados, por ejemplo, en la obra de otros autores como Luis Llórens Torres. Fue vate consagrado y plantado firmemente de una afirmación colectiva en aquellos momentos de zozobra.[[La Ley Foraker de 1900 había limitado enormemente la autonomía obtenida por la Carta Autonómica de 1897; el régimen imperante reafirmaba aún más el colonialismo con un gobernador nombrado por Estados Unidos que administraba el país con la ayuda de un Consejo Ejecutivo.]] Como respuesta a esta situación, Lloréns Torres creó una historia halagadora y afirmativa para un pueblo colonizado; celebró y cantó a los héroes antillanos y americanos, creando para Puerto Rico el mito de una hidalguía vinculada a la libertad latinoamericana. Esta estrategia se puede percibir en su poema «Bolívar» que reza así: «Político, militar, héroe, orador y poeta/ Y en todo grande. Como las tierras libertadas por él,/ que no nació hijo de patria alguna/ sino que muchas patrias nacieron hijas dél./ Tenía la valentía del que lleva una espada./ tenía la cortesía del que lleva una flor, / y entrando en los salones arrojaba la espada,/ y entrando en los combates arrojaba la flor. /Los picos de los Andes no eran más a sus ojos,/ que signos admirativos de sus arrojos./ Fué un soldado poeta. Fué un poeta soldado./ Y cada pueblo libertado, era una hazaña del poeta / y era un poema del soldado. / y fué crucificado!».[[Luis Lloréns Torres, Obra Completa, Vol. 1, San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1973. p.27.]] Es claro que el mensaje de Lloréns Torres privilegia ciertos contenidos de amplia dimensión histórico-cultural sin ir en desmedro de otros

más locales; su propósito adquiere aguda relevancia de recordar el sueño de Bolívar, el de hacer esfuerzos por constituir una solidaridad latinoamericana tomando en cuenta condiciones y problemas comunes entre los países hermanos.

Estos ejemplos nos llevan de nuevo a recordar el año 1898, que tiene para los puertorriqueños, como la moneda, dos caras: la una, trágica: año de la invasión norteamericana, con la consecuencia de la toma por asalto de la isla como botín de guerra; la otra, esperanzadora: ese mismo año nace en Guayama, ciudad costera del sudeste, el que habría de convertirse en su poeta mayor, Luis Palés Matos. Treinta años después, se encuentra en plena producción una figura totalmente diferente, tanto en su sesgo ideológico como en sus preocupaciones estéticas. Aunque su obra no ha sido ampliamente valorada en la historiografía literaria, no se puede desconocer que se trata del mejor poeta, quizá, que Puerto Rico haya tenido y uno de los más sobresalientes innovadores, también, en lengua española. Su obra poética consistió de un solo poemario publicado en vida, Tuntún de pasa y grifería (1937). Con un talento poético extraordinario, sinembargo, recogió otra raíz de la cultura negra (o afro) puertorriqueña, y le dio una expresión poética singular.

Si reconocemos que la literatura desde una perspectiva lingüística cumple una función poética inmanente al lenguaje, Palés Matos fue un vanguardista singular, se adelantó a los movimientos que reflejan el interés suscitado por el arte negro entre los artistas plásticos de principios de siglo, especialmente los cubistas, estimulados a su vez por las investigaciones que sobre las civilizaciones africanas hicieron antropólogos como Leo Frobenius. La música negra (el jazz) y su difusión a través del nuevo invento del gramófono contribuyó al interés en la cultura africana. El poeta de Guayama, por lo tanto, se insertó desde muy temprano en una corriente que no provenía exclusivamente de un origen hispánico. Lo hizo por dos vías: la vivencial (su propia experiencia en un pueblo donde una proporción significativa de la población es de ascendencia afro y donde se conservan -o conservaban- cuentos y tradiciones africanas, como los que le contaba la cocinera de su casa) y la literaria. Así empieza su poema Bombo: «La bomba dice: ¡Tombuctú!/ Cruzan las sombras ante el fuego./ Arde la pata de hipopótamo/ en el balele de los negros./ Sobre la danza Bombo rueda/ su ojo amarillo y soñoliento,/ y el bembe de ídolo africano/ le cae de cuajo sobre el pecho./ ¡Bombo del Congo, mongo máximo/ Bombo del Congo está contento!»[[Tuntún de pasa y grifería. San Juan: Biblioteca de autores puertorriqueños, 1937, 1950, 1966, 1974, p. 33.]] Antillana, en el más pleno sentido de la palabra, es su poesía, síntesis cultural de un mestizaje racial, lingüístico y de actitudes.

La poesía de Palés Matos representa una clara notabilidad respecto a la vertiente central del carácter intelectual puertorriqueño de su tiempo. Se posesiona en un amplio horizonte en el que se encuentra con otros escritores del Caribe del siglo XX, notablemente Nicolás Guillén cuya obra insiste en la integralidad del componente africano en la definición de la cubanidad, o Vic Reid, novelista jamaicano, cuya novela The Jamaicans (1976) reclama para los cimarrones del período de la conquista británica de la isla de los españoles la primera conciencia de ser jamaicanos. En un sentido general, Palés Matos pone de presente sin pretensiones nacionalistas que Puerto Rico comparte con el Caribe una historia común de colonialismo y de (des)encuentro de culturas bien distintas, pero en un sentido muy específico comparte también la experiencia del desplazamiento de africanos, la esclavitud, el racismo y el conflicto de culturas africanas con la europea que se impuso como dominante y hegemónica.

Ante las incoherencias político-históricas que llevan a Puerto Rico en un vaivén de ser un fuerte militar español a un territorio anexo a los Estados Unidos, con la posibilidad de convertirse en el estado número 51 de la unión americana, surge una literatura vigorosa y significativa que intenta romper todos los esquemas y plantea la necesidad de que se tome conciencia de su estado de colonia. En este dilema giran no sólo los aspectos culturales, raciales o sociales, sino también la postura desafiante de la mujer que formula metas para consolidar un país autónomo e independiente. Dentro de la generación de la década de 1930, cabe destacar el nombre de Julia de Burgos como una de las poetas sobresalientes en el mapa de letras puertorriqueñas. Su poesía expresa al igual que la de sus coetáneos una voz de rebeldía contra las injusticias socio-políticas y culturales de su sociedad, pero también voz precursora por los derechos de la mujer. Su grandeza radica en que la mayoría de sus versos nos transmiten la condición social de la mujer que busca su independencia, como ser pensante, ante un entorno cultural asfixiante. En su poema “A Julia de Burgos” se percibe su inconformismo en el que nos dice: “Tú eres como tu mundo, egoísta; yo no; que todo me lo juego a ser lo que soy yo”.[[Julia de Burgos, Poema en veinte surcos, San Juan: Imprenta Venezuela, 1938, p.3.]] De hecho, esa visión precursora de Julia de Burgos fue punto de partida de una serie de instituciones que reforzó el talante de resistencia de esa intelectualidad artística militante. La Asociación de Mujeres Graduadas de la Universidad de Puerto Rico fundó la revista Asomante (1945-1985), que dirigió por muchos años Nilita Vientós Gastón, proveyendo no sólo un vehículo para la creación puertorriqueña sino también una apertura hacia el mundo intelectual del exterior. El Instituto de Cultura Puertorriqueña, fundado en 1955, bajo la dirección del Ricardo Alegría, enfatizó la conservación y la afirmación de lo propio y, mediante festivales de teatro y esfuerzos editoriales, proveyó de nuevos foros a los intelectuales y escritores. Otros escritores que marcaron la centralidad del momento fueron, entre otros, José Luis González, Abelardo Díaz Alfaro, Pedro Juan Soto, Emilio Díaz Valcárcel y René Marqués. Este último fue especialmente representativo de la época. Narrador, dramaturgo, ensayista, antólogo, guionista y crítico, Marqués institucionalizó una actitud de protesta ante un cambio que percibía como enajenante. En obras teatrales como La Carreta y Los soles truncos puso de manifiesto las consecuencias sociales de la modernización y de la migración.

Como ha sucedido en el resto de Hispanoamérica las expresiones artísticas y académicas han estado estrechamente relacionadas con los procesos políticos que por lo general, de manera antagónica, buscan definir la identidad socio-cultural. El fenómeno de la migración puertorriqueña y su constante vaivén entre el lado de allá (la isla) y el lado de acá continental (EU), ha permeado indudablemente el campo cultural. Esto de por sí, representa una de las mayores disyuntivas en cuanto a la noción de identidad. Concepto largamente discutido, variable, que se reconstruye y redefine en forma permanente; pero para percibirlo de manera más cabal hemos recurrido a las fuentes que han investigado este asunto al interior de la comunidad puertorriqueña. Por ejemplo, Ángel Rivera en su estudio señala que hay una identidad doble: el ochenta por ciento se considera étnicamente puertorriqueño y un veinte por ciento estadunidense en un sentido más político.[[Ángel Israel Rivera, Puerto Rico: Ficción y Mitología en sus Alternativas de Status. San Juan: Ediciones Nueva Aurora, 1996. p. 192.]] El análisis de Rivera es revelador en la medida que apunta a una de las discusiones medulares abordada desde la sociología y la antropología cultural, es decir, la puertorriqueñidad en la isla y en los Estados Unidos. En relación con esta situación de pluralidad y vaivén de la identidad de la literatura puertorriqueña, se puede concebir la existencia no sólo de una sola vertiente a través del tiempo, sino de vertientes paralelas que han sobrepasado la idea de uniformidad. No podemos olvidar que la literatura del movimiento intelectual de 1930, de Pedreira, Burgos, Corretjer y Palés Matos, entre otros, se constituye en una plataforma de ruptura contra “el establecimiento” y con los modelos de la literatura española; con la literatura nacionalista, y con la poesía de vanguardia se opuso a toda la literatura existente, como asimismo la incorporación de elementos afros, femeninos, y migrantes en la institución y el sistema literario del país lo cual perfilaron una literatura que buscaba sus propios rasgos y expresiones ante la presencia y orientación extranjerizante de la vida ciudadana. Años después otros intelectuales continuaron reflexionando sobre el entorno histórico cultural de Puerto Rico: René Marques “El puertorriqueño dócil: literatura y realidades psicológicas” (1962), José Luis González “El país de cuatro pisos” (1980), Arcadio Díaz-Quiñones La memoria rota (1993), Edna Acosta-Belén, Puerto Ricans in the United States: contemporary portrait (2006); planteamientos teóricos sobre identidad puertorriqueña que, de hecho, se constituyen en punto de referencia importante de la producción literaria tanto en Puerto Rico como en las comunidades diaspóricas.

Como hemos venido señalando, ciento diez años de vínculo histórico con los Estados Unidos, y desde 1952 bajo el emblema de estado libre y asociado, se ha creado un sentir justificado, o no, en su población que se ha visto reflejado en un corpus literario que abarca temáticas y problemas a las dos orillas del Atlántico. En palabras más tropicales son dos ramas que provienen de la misma palmera. Por un lado, pareciera que se borran fronteras pero por otro es reconocible el rasgo singular de lo puertorriqueño, y por otro el fenómeno de lo mixto. Juan Flores, sociólogo y profesor universitario, argumenta que los puertorriqueños responden a los Estados Unidos en tres etapas: la primera en un “estado de abandono”, mudándose del ambiente tropical de Caribe a los gélidos climas de Nueva York o Chicago. Después del abandono viene el encanto que se produce de los contrastes de la abarrotada afluencia cultural neoyorkina y la imaginada y exuberante cultura de la isla. Y en vez de asimilación, los puertorriqueños ante el rechazo que se expresa en su contra por miembros de la comunidad anglo, Juan Flores subraya que un tercer momento que es el de afianzarse en sus culturas ancestrales la africana y la taína.[[Juan Flores, Divided Borders: Essays on Puerto Rico Identity (Houston, Arte Público, 1993, p. 187-188)]] A tenor de lo anterior, Ronald Fernández, profesor y acucioso investigador de la historia puertorriqueña, puntualiza que los primeros gobiernos de los EU -luego de la invasión de 1898- tuvieron total autoridad sobre Puerto Rico y su gente y la isla devino en una colonia a la que se intentó americanizar a toda costa. Desde el general Milles quien deletreaba mal el nombre de la colonia «Porto Rico», por ejemplo, llevó a los propios isleños a repetir el mal deletreo de su propio país (documentos registrados testimonian este fenómeno en los archivos nacionales de 1932). Los colegios de primaria y secundaria en Puerto Rico, apunta Fernández, se llamaban Washington, Lincoln, Jefferson que no contenía significado alguno para los puertorriqueños.[[Ronald Fernández, America Beyond Black and White: How Immigrants and Fusions are Helping Us Overcome the Racial Divide, University of Michigan, 2007, p. 167.]]

El asunto de la construcción y representación de identidad colectiva puertorriqueña se debate y formula entre dos espacios lingüísticos y culturales. Esto puntualiza la coyuntura actual de la comunidad puertorriqueña (y en este caso especialmente la de los intelectuales), la cual transita entre un espacio y otro (Puerto Rico y los Estados Unidos) visibilizando crecientemente los diferentes contextos a partir de los cuales se imagina y se narra la puertorriqueñidad. En el movimiento oscilante de intelectuales entre la isla y el territorio continental va dando lugar crecientemente a un diálogo de saberes entre aquellos radicados «aquí» y «allá» y aquellos que transitan continuamente entre los dos espacios. Para algunos intelectuales la capacidad de posicionarse simultáneamente «dentro» y «fuera» aparece como privilegio, dando lugar a reflexiones teóricas que invitan a pensar lo que implica construir nuevos significados en nuevos espacios y cómo éstos impactan la conceptualización de lo que es el ser puertorriqueño. De ahí se ha configurado una compleja red de relaciones bidireccionales en la cual la producción de discursos sobre la puertorriqueñidad si bien presenta una contextualización generalmente referida a la particular ubicación geográfica del intelectual, en años recientes también manifiesta una inquietud por articular dinámicas particulares en cuanto al coloniaje permanente que trascienden las problemáticas localmente específicas.

Del lado continental, en los Estados Unidos, hay voces que sobresalen en el ámbito de las letras, Tato Laviera, Naomi Ayala, Pedro López Adorno, Vilma Maldonado-Reyes, Magdalena Gómez, Jack Agúeros, Rosario Morales, Sandra María Esteves y Martín Espada, entre otros tantos. El panorama de la literatura puertorriqueña en EU tiene otras facetas interesantes. Una es la negritud que aparece en la poesía de Tato Laviera, en sus ritmos, en su vocabulario y en su postulado de que la literatura afro al lado continental es en realidad una, no importa que provenga de un mundo hispanoparlante o anglosajón. Narradores como Ed Vega, por otra parte, utiliza el sarcasmo con el que se traspasa el lenguaje académico y genera confrontación con el inglés purista; otros, como Jack Agueros, intentan darle cabida a personajes que luchan por alcanzar la “normalidad» en una sociedad hostil. En la obra poética de Martín Espada se exaltan su sentido del humor, su espíritu festivo, pero sobretodo su impetuosidad, su movilidad, su intranquilidad. En ella reúne con fina maestría elementos de los dos mundos: la naturaleza de la isla, las montañas de Jayuya, los rincones del viejo San Juan, las calles de Harlem o la celebración de “Acción de Gracias” en las tierras de la Nueva Inglaterra. Aunque su obra la escribe en inglés, la musicalidad, los temas y las expresiones insertas en español, le dan un carácter armónico, como propuesta a que las aguas del Atlántico desparezcan para ofrecernos en sus libros un territorio unido.[[Ver Martín Espada Alabanza, New YorK: Norton, 2004 y The Republic of Poetry, Norton, 2006.]] La obra de Espada es uno de los ejemplos significativos en la literatura puertorriqueña que se produce en los EU por varias razones. Una es que la lengua española, a través de la cual se tiende un vínculo con la cultura hispanoamericana, no se abandona y como lo anota Juan Flores es un punto obligado de referencia.[[Juan Flores, «Puerto Rican Literature in the United States: Stages and Perspectives» en ADE Bulletin, (Modern Language Association), No. 91, 1988, p. 44.]] La segunda, es que tanto el lenguaje poético de Espada, como Ayala o Laviera emana de su entorno, de su comunidad que se expresa de manera mixta, mezclada, lo cual hace que para entenderlo a cabalidad se conozca su esencia, esto es, su raíz hispanoamericana. En el horizonte de producción de estos creadores y creadoras, también llamados puertorriqueños – e independientemente de la manipulación política- hallamos un corpus literario en el que hay un abanico intralingüístico que es parte de la resistencia y la diferencia que sigue reconfigurando la constitución de la identidad puertorriqueña a los dos lados del Atlántico.

El entrecruce lingüístico y la producción literaria engloba a los dos idiomas, español e inglés, aunque no todo lo publicado aparece en estas dos lenguas. Sinembargo, se puede confirmar que el contexto geográfico no ha limitado el uso de uno u otro idioma. Por ejemplo, al lado de allá, la narradora Ana Lydia Vega en su colección de cuentos Encaranublado y otros cuentos de naufragio (1983), ha creado historias en los que explota en su máxima expresión la mezcla del inglés y el español. Se trata de una literatura mestiza, con un mestizaje cultural del tipo que tan bien conoce la España que pasó por la dominación musulmana y del que conoce también la región caribeña, cruce de culturas y de diferencias, como ha señalado, el crítico cubano, Antonio Benítez Rojo en La isla que se repite.[[Ver Antonio Benítez Rojo, La Isla de Repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna, Hanover: Ediciones Norte, 1989.]] Por otra parte, Luis Rafael Sánchez -dramaturgo, ensayista y novelista- se propuso escribir «en puertorriqueño», como dijo el crítico Efraín Barradas con lo cual se refuerza la idea de resistencia y diferencia. La novela La guaracha del Macho Camacho (1976) y el libro de ensayos La guagua área son ejemplos representativos en los que afloran una vez más los elementos de la identidad puertorriqueña. Tanto en la novela como en los ensayos se entrecruzan personajes que arrastran con mundos disímiles: lo «gringo» y lo «caribeño». Pero la fuerza de su fundamento radica en el uso del lenguaje coloquial, del humor y sin duda, éste último surge como un elemento definitorio de la identidad del puertorriqueño, y está en clara oposición con la idiosincrasia del norteamericano, quien «parece inmune a la risa»[[Luis Rafael Sánchez, La guagua aérea. Editorial Cultura. Atlanta, Georgia, U.S.A., 1994, p.16.

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En el contexto estadounidense, la pregunta por la identidad puertorriqueña se seguirá planteando durante mucho tiempo, pues su actual composición no le permite la posibilidad de proponer una identidad única, que por lo general se piensa también estable y definida. Desde puntos de vista pluralistas y menos etnocentristas, en la actualidad la tendencia se encamina a reconocer identidades plurales, incluso indefinidas, inestables o soñadas desde diversas utopías culturales, sociales o políticas. Desde esta perspectiva, las identidades constituyen uno de los aspectos básicos de la cultura de una sociedad, y por ello se manifiestan a través de los lenguajes o sistemas de modelización primarios y secundarios de ella, cabría decir, la lengua natural y la literatura; la última ocupa un lugar central en la cultura porque es el arte del lenguaje verbal derivado de la lengua, pero que incluye otros elementos de orden estético y contextual, como la escritura, el ritmo, la eufonía, las connotaciones, la ficción, conformados según las convenciones y reglas artísticas de cada época y sociedad. Quizá el destino de la literatura puertorriqueña sea la continua integración de nuevos influjos sin desechar las raíces: el movimiento constante, el vaivén que podríamos identificar, como lo hizo Palés Matos a través de su poesía sonora y rítmica, es decir, de abrazar culturas afines: tanto la de sus hermanos caribeños, antillanos, como la de los estadunidenses.

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Edición No. 145