Los animales también pueden ser artistas
Reseña de libro de B.A. Scharfstein, publicada en Haaretz, el 06.VI.07. Traducción del hebreo: Lia Master.
Sus pinturas se exhibieron por primera vez en Londres en 1957, bajo la etiqueta de trabajos abstractos líricos o expresionistas abstractos. Se dice que Picasso y Miró compraron sus lienzos y que un coleccionista de arte contemporáneo de origen norteamericano compró tres de sus pinturas en una subasta, en el año 2005, por un valor de 26.352 dólares. El nombre del artista era Congo, un chimpancé.
No se trata sólo de una anécdota. El arte no les pertenece exclusivamente a los seres humanos, sino también a otros animales. Ésta es la principal tesis del nuevo libro de Ben Amí Sharfstein, Profesor Emérito de la Universidad de Tel Aviv, galardonado en el 2005 con el Premio Israel de Filosofía. Ya se trate de pinturas hechas por elefantes o por chimpancés, de pájaros cantando a dúo, de garzas japonesas que bailan sin tener ningún motivo aparente fuera del puro gusto o de los cantos de las ballenas, los animales crean arte y lo disfrutan, asegura Sharfstein.
En su libro «Pájaros, elefantes y otros artistas», Sharfstein, que es él mismo pintor, proporciona varios ejemplos de arte animal que ha sido observado y documentado por otros investigadores. ¿Pero puede realmente llamarse artista a un animal? Las opiniones de los filósofos mismos se encuentran divididas acerca de qué se entiende exactamente por arte. En años recientes un número en aumento de investigadores de los animales y antropólogos ha cuestionado la distinción tradicional que se hace entre el ser humano y los otros animales, esa que afirma que ningún animal fuera del hombre posee cualidades tales como la conciencia, la cultura, la inteligencia y el lenguaje.
Pero a pesar de que los filósofos se muestran partidarios de admitir que los animales pueden producir cosas agradables y bellas, por lo general se niegan a reconocer estos objetos como arte y afirman que el arte es un dominio únicamente de los humanos. «Esto no es más que arrogancia basada en el prejuicio», afirma Sharfstein. Desmond Morris, el experto británico en comportamiento animal, llevó a cabo experimentos con primates y monos capuchinos que hacían garabatos y pintaban. Algunos de ellos no mostraron ningún interés en estas actividades, mientras que otros se dedicaron a la pintura con total concentración. No estaban interesados en el producto terminado y no recibieron ninguna recompensa por tomar parte en la actividad, más que el hecho mismo de participar.
Morris se concentró en Congo, el chimpancé. Informó que Congo, igual que un artista humano, escogía cuidadosamente dónde colocar su pincel sobre el lienzo y repetía patrones temáticos con pequeñas variaciones. En un lapso de más de dos años Congo desarrolló su estilo. Sus pinturas estaban marcadas por la forma de un abanico, al cual algunas veces le agregaba un segundo abanico con modificaciones. A medida que pasaban las semanas, su confianza iba en aumento y cada línea o punto de color era situado exactamente donde él quería que estuviera, resume Morris.
Sharfstein dice que el proceso experimentado por Congo se conoce como «maduración estética» en los humanos. ¿Pero se trata realmente de arte? Después de todo, mucha gente pinta y en la mayoría de los casos su trabajo no es llamado una «obra de arte». Hay quienes afirman que el arte no puede ser atribuido a una criatura que no tiene conciencia de su propia experiencia. Los pájaros, por ejemplo, no tienen una «experiencia musical».
Sharfstein está de acuerdo con la lógica que tienen estos argumentos, pero opina que no son decisivos. Por una parte, se le atribuye al ser humano una libertad excesiva de los impulsos biológicos y, por otra parte, se ignora el hecho de que aquello que vemos como respuestas automáticas e innatas, no ha sido desglosado y comprendido de manera terminante. Estas respuestas pueden ser sorprendentemente flexibles a la adaptación a circunstancias cambiantes, bastante semejantes a lo que llamamos «inteligente» en los humanos.
Sharfstein asevera que mientras el mono está interesado en el proceso más que en el producto final, el hombre se interesa tanto en el proceso como en su resultado. En segundo lugar, tanto el hombre como el mono organizan sus pinturas de modo similar. El arte del mono revela equilibrio, ritmo y patrones temáticos. No existe ninguna manera de diferenciar entre una pintura hecha por un hombre y una hecha por un mono. Sharfstein sabe que este tipo de argumentos también puede ser usado para atacar el arte contemporáneo, «pero prefiero verlos como indicadores de la interesante proximidad entre el arte y sus fuentes pre-humanas».
(Escribe: Tamara Traubman; reseña de libro de B.A. Scharfstein, publicada en Haaretz, el 06.VI.07. Traducción del hebreo: Lia Master). Sus pinturas se exhibieron por primera vez en Londres en 1957, bajo la etiqueta de trabajos abstractos líricos o expresionistas abstractos. Se dice que Picasso y Miró compraron sus lienzos y que un coleccionista de arte contemporáneo de origen norteamericano compró tres de sus pinturas en una subasta, en el año 2005, por un valor de 26.352 dólares. El nombre del artista era Congo, un chimpancé.
No se trata sólo de una anécdota. El arte no les pertenece exclusivamente a los seres humanos, sino también a otros animales. Ésta es la principal tesis del nuevo libro de Ben Amí Sharfstein, Profesor Emérito de la Universidad de Tel Aviv, galardonado en el 2005 con el Premio Israel de Filosofía. Ya se trate de pinturas hechas por elefantes o por chimpancés, de pájaros cantando a dúo, de garzas japonesas que bailan sin tener ningún motivo aparente fuera del puro gusto o de los cantos de las ballenas, los animales crean arte y lo disfrutan, asegura Sharfstein.
En su libro «Pájaros, elefantes y otros artistas», Sharfstein, que es él mismo pintor, proporciona varios ejemplos de arte animal que ha sido observado y documentado por otros investigadores. ¿Pero puede realmente llamarse artista a un animal? Las opiniones de los filósofos mismos se encuentran divididas acerca de qué se entiende exactamente por arte. En años recientes un número en aumento de investigadores de los animales y antropólogos ha cuestionado la distinción tradicional que se hace entre el ser humano y los otros animales, esa que afirma que ningún animal fuera del hombre posee cualidades tales como la conciencia, la cultura, la inteligencia y el lenguaje.
Pero a pesar de que los filósofos se muestran partidarios de admitir que los animales pueden producir cosas agradables y bellas, por lo general se niegan a reconocer estos objetos como arte y afirman que el arte es un dominio únicamente de los humanos. «Esto no es más que arrogancia basada en el prejuicio», afirma Sharfstein. Desmond Morris, el experto británico en comportamiento animal, llevó a cabo experimentos con primates y monos capuchinos que hacían garabatos y pintaban. Algunos de ellos no mostraron ningún interés en estas actividades, mientras que otros se dedicaron a la pintura con total concentración. No estaban interesados en el producto terminado y no recibieron ninguna recompensa por tomar parte en la actividad, más que el hecho mismo de participar.
Morris se concentró en Congo, el chimpancé. Informó que Congo, igual que un artista humano, escogía cuidadosamente dónde colocar su pincel sobre el lienzo y repetía patrones temáticos con pequeñas variaciones. En un lapso de más de dos años Congo desarrolló su estilo. Sus pinturas estaban marcadas por la forma de un abanico, al cual algunas veces le agregaba un segundo abanico con modificaciones. A medida que pasaban las semanas, su confianza iba en aumento y cada línea o punto de color era situado exactamente donde él quería que estuviera, resume Morris.
Sharfstein dice que el proceso experimentado por Congo se conoce como «maduración estética» en los humanos. ¿Pero se trata realmente de arte? Después de todo, mucha gente pinta y en la mayoría de los casos su trabajo no es llamado una «obra de arte». Hay quienes afirman que el arte no puede ser atribuido a una criatura que no tiene conciencia de su propia experiencia. Los pájaros, por ejemplo, no tienen una «experiencia musical».
Sharfstein está de acuerdo con la lógica que tienen estos argumentos, pero opina que no son decisivos. Por una parte, se le atribuye al ser humano una libertad excesiva de los impulsos biológicos y, por otra parte, se ignora el hecho de que aquello que vemos como respuestas automáticas e innatas, no ha sido desglosado y comprendido de manera terminante. Estas respuestas pueden ser sorprendentemente flexibles a la adaptación a circunstancias cambiantes, bastante semejantes a lo que llamamos «inteligente» en los humanos.
Sharfstein asevera que mientras el mono está interesado en el proceso más que en el producto final, el hombre se interesa tanto en el proceso como en su resultado. En segundo lugar, tanto el hombre como el mono organizan sus pinturas de modo similar. El arte del mono revela equilibrio, ritmo y patrones temáticos. No existe ninguna manera de diferenciar entre una pintura hecha por un hombre y una hecha por un mono. Sharfstein sabe que este tipo de argumentos también puede ser usado para atacar el arte contemporáneo, «pero prefiero verlos como indicadores de la interesante proximidad entre el arte y sus fuentes pre-humanas».