Los miserables
(Escribe: Álvaro Castillo-Granada). Nunca me había demorado tanto leyendo un libro. Tampoco nunca había querido tanto que no se acabara. Generalmente leo muy rápido. Hay un momento en la lectura en que el tiempo y el espacio se anulan para dejarnos instalados en la realidad que se nos cuenta y en la cual transcurrimos en el texto. Es un momento maravilloso que no sucede con todos los libros. Algunos nos dejan salir, mirar al techo, levantarnos a mirar por la ventana para ver si va a llover o no, servirnos un café o encender la televisión. Cualquier pretexto es válido para abandonarlos. Con este sucedió todo lo contrario: me atrapó de tal forma que, aún después de cerrarlo y continuar en la ruta, nos seguimos (los dos) habitando. Varias veces escuché hablar de él. Supe, también, que se ha convertido en películas, obras de teatro o series de televisión. Por suerte jamás vi completa alguna de ellas. Fue en Cuba donde, a lo largo de muchos viajes, su presencia se hizo constante y múltiple. Si las cuentas no me fallan creo que si sumo el tiempo que he estado en Cuba, a lo largo de catorce años ya, he vivido casi dos años allá. Mucho. Me hablaban de él toda clase de personas, de los más variados oficios, siempre con la misma pasión y entusiasmo. Hablar de él, contarlo, les dibuja, sin excepción, una sonrisa de entusiasmo y fervor en la mirada. Lo están viendo. El momento definitivo fue cuando Laura, hija de Luis y Carmen, hermana de Claudia, me dijo una noche en la sala de su casa, mientras esperábamos la comida: «Álvaro, yo no puedo creer que tú que has leído tantos libros no hayas leído Los miserables«. Me dio vergüenza. Y añadió: «Si quieres te lo presto…». Le dije: «Mejor no, es demasiado largo y voy a quedar empezado. Cuando regrese a Bogotá lo consigo y lo leo. Te lo prometo». Otra vez (ahora no sé si fue antes o después) Antón Arrufat me contó la historia del maestro de obra que estaba trabajando en su casa que le dijo, al ver la cantidad de libros que había en su biblioteca, que él sólo tenía un libro que leía todos los años: Los miserables. A mi regreso conseguí, ya no recuerdo dónde ni cuánto me costó, la edición de dos tomos del Círculo de lectores, traducida por H. G. Simón, de 1.271 páginas. De eso van a ser ya dos largos años. Ayer lo terminé. Empecé a leerlo y de inmediato me atrapó la sensación de que todo lo que me estaban contando me concernía. Me instalé de tal manera en él que decidí/sentí que debía/quería demorar lo más posible la lectura, dilatar ese placer al máximo, habitarlo por mucho tiempo. Lo primero que me sorprendió es que no había problema alguno al volver a él después de dejarlo durante algún tiempo: no necesitaba regresar páginas para recordar en qué iba, en dónde estaba. Dejar la lectura era suspender su tiempo. Retomar su lectura es reanudar el tiempo. Ahora recuerdo que el día que Laura me dijo eso, Luis me había invitado a comer con unos amigos que iban a llevar sierra y él iba a cocinar. No sólo es igualito a Carlos Marx (en serio). Es, además, un chef. Alguien que disfruta cocinando y compartiendo con los demás. Ese día tuvimos que salir varias veces a buscar ingredientes al agro o a la bodega. Y en cada una de esas salidas nos comimos un helado de chocolate maravilloso que vendían en una esquina. Cuando ya íbamos para el cuarto dijo: «Creo que ya sería un abuso…». Asentí con nostalgia. Leer Los miserables es escuchar y ver verdades que nos hablan a todos, directamente y de frente. Lo llevé conmigo a muchos a muchas partes. Uno, dos capítulos como máximo, en cada jornada de lectura. Y ya. Hasta donde Patricia estuvo dando vueltas, esperando su momento. Y mi letra microscópica cubrió páginas con las frases que más me llegaban, golpeaban. Siempre su lectura fue en el instante perfecto. Deseado. Lo cerraba y me decía: «No quiero que se acabe…no quiero terminar…». Hasta ayer, 11 de enero de 2008. Cerré la última página con lágrimas y con la satisfacción del deber cumplido. ¿Qué es lo que tiene Los miserables? ¿Por qué me atrapó así? Creo, primero, que es una obra donde nos enfrentamos a la totalidad de un mundo. Todo está ahí. Todo cabe ahí. Y el autor nos hace partícipes y testigos de ese universo. Segundo, ese mundo está esperando por nosotros para volver a ser: no importa cuándo ni dónde fue escrito, lo que cuenta hace parte de todo ser humano y, como tal, es un espejo donde verse. Nos confronta y nos enfrenta contra lo peor y lo mejor del ser humano. No es posible salir impune de su lectura. Lo cuestiona todo. Y tercero, es un libro que, gracias a su narrador que viene y va, lo sabe casi todo, ignora muy pocas cosas, comenta, inventa, se distrae, delira, divaga, se ríe, es totalmente contemporáneo. Moderno. El tiempo no envejece a Los miserables. Jean Valjean, Cossette, Javert, Gavroche, Marius son personajes inolvidables. Entrañables. Son y estamos en ellos. El narrador, que es el autor pero no es Victor Hugo, nos muestra un mundo que es todos los mundos. Todos los recursos que emplea lo hacen verosímil. Termino de leer Los miserables, sus voces me siguen hablando, están ahí, en mí, conmigo, aguardando a que algún día decida volver a tener en mis manos al libro que los contiene para de nuevo empezar a conversar. Leer este libro es sumergirse en una aventura, un viaje interminable. No somos los mismos después de haberlo leído. Queda pendiente siempre leerlo otra vez. Ya hace parte de los que me llevaría a la isla desierta. Y no exagero: tal vez sólo lo llevaría a él. ¿Para qué otro? Es más que suficiente. Gracias Laura: leer Los miserables hace más rica mi vida./ (para Laura Toledo)
(Escribe: Álvaro Castillo-Granada). Nunca me había demorado tanto leyendo un libro. Tampoco nunca había querido tanto que no se acabara. Generalmente leo muy rápido. Hay un momento en la lectura en que el tiempo y el espacio se anulan para dejarnos instalados en la realidad que se nos cuenta y en la cual transcurrimos en el texto. Es un momento maravilloso que no sucede con todos los libros. Algunos nos dejan salir, mirar al techo, levantarnos a mirar por la ventana para ver si va a llover o no, servirnos un café o encender la televisión. Cualquier pretexto es válido para abandonarlos. Con este sucedió todo lo contrario: me atrapó de tal forma que, aún después de cerrarlo y continuar en la ruta, nos seguimos (los dos) habitando. Varias veces escuché hablar de él. Supe, también, que se ha convertido en películas, obras de teatro o series de televisión. Por suerte jamás vi completa alguna de ellas. Fue en Cuba donde, a lo largo de muchos viajes, su presencia se hizo constante y múltiple. Si las cuentas no me fallan creo que si sumo el tiempo que he estado en Cuba, a lo largo de catorce años ya, he vivido casi dos años allá. Mucho. Me hablaban de él toda clase de personas, de los más variados oficios, siempre con la misma pasión y entusiasmo. Hablar de él, contarlo, les dibuja, sin excepción, una sonrisa de entusiasmo y fervor en la mirada. Lo están viendo. El momento definitivo fue cuando Laura, hija de Luis y Carmen, hermana de Claudia, me dijo una noche en la sala de su casa, mientras esperábamos la comida: «Álvaro, yo no puedo creer que tú que has leído tantos libros no hayas leído Los miserables«. Me dio vergüenza. Y añadió: «Si quieres te lo presto…». Le dije: «Mejor no, es demasiado largo y voy a quedar empezado. Cuando regrese a Bogotá lo consigo y lo leo. Te lo prometo». Otra vez (ahora no sé si fue antes o después) Antón Arrufat me contó la historia del maestro de obra que estaba trabajando en su casa que le dijo, al ver la cantidad de libros que había en su biblioteca, que él sólo tenía un libro que leía todos los años: Los miserables. A mi regreso conseguí, ya no recuerdo dónde ni cuánto me costó, la edición de dos tomos del Círculo de lectores, traducida por H. G. Simón, de 1.271 páginas. De eso van a ser ya dos largos años. Ayer lo terminé. Empecé a leerlo y de inmediato me atrapó la sensación de que todo lo que me estaban contando me concernía. Me instalé de tal manera en él que decidí/sentí que debía/quería demorar lo más posible la lectura, dilatar ese placer al máximo, habitarlo por mucho tiempo. Lo primero que me sorprendió es que no había problema alguno al volver a él después de dejarlo durante algún tiempo: no necesitaba regresar páginas para recordar en qué iba, en dónde estaba. Dejar la lectura era suspender su tiempo. Retomar su lectura es reanudar el tiempo. Ahora recuerdo que el día que Laura me dijo eso, Luis me había invitado a comer con unos amigos que iban a llevar sierra y él iba a cocinar. No sólo es igualito a Carlos Marx (en serio). Es, además, un chef. Alguien que disfruta cocinando y compartiendo con los demás. Ese día tuvimos que salir varias veces a buscar ingredientes al agro o a la bodega. Y en cada una de esas salidas nos comimos un helado de chocolate maravilloso que vendían en una esquina. Cuando ya íbamos para el cuarto dijo: «Creo que ya sería un abuso…». Asentí con nostalgia. Leer Los miserables es escuchar y ver verdades que nos hablan a todos, directamente y de frente. Lo llevé conmigo a muchos a muchas partes. Uno, dos capítulos como máximo, en cada jornada de lectura. Y ya. Hasta donde Patricia estuvo dando vueltas, esperando su momento. Y mi letra microscópica cubrió páginas con las frases que más me llegaban, golpeaban. Siempre su lectura fue en el instante perfecto. Deseado. Lo cerraba y me decía: «No quiero que se acabe…no quiero terminar…». Hasta ayer, 11 de enero de 2008. Cerré la última página con lágrimas y con la satisfacción del deber cumplido. ¿Qué es lo que tiene Los miserables? ¿Por qué me atrapó así? Creo, primero, que es una obra donde nos enfrentamos a la totalidad de un mundo. Todo está ahí. Todo cabe ahí. Y el autor nos hace partícipes y testigos de ese universo. Segundo, ese mundo está esperando por nosotros para volver a ser: no importa cuándo ni dónde fue escrito, lo que cuenta hace parte de todo ser humano y, como tal, es un espejo donde verse. Nos confronta y nos enfrenta contra lo peor y lo mejor del ser humano. No es posible salir impune de su lectura. Lo cuestiona todo. Y tercero, es un libro que, gracias a su narrador que viene y va, lo sabe casi todo, ignora muy pocas cosas, comenta, inventa, se distrae, delira, divaga, se ríe, es totalmente contemporáneo. Moderno. El tiempo no envejece a Los miserables. Jean Valjean, Cossette, Javert, Gavroche, Marius son personajes inolvidables. Entrañables. Son y estamos en ellos. El narrador, que es el autor pero no es Victor Hugo, nos muestra un mundo que es todos los mundos. Todos los recursos que emplea lo hacen verosímil. Termino de leer Los miserables, sus voces me siguen hablando, están ahí, en mí, conmigo, aguardando a que algún día decida volver a tener en mis manos al libro que los contiene para de nuevo empezar a conversar. Leer este libro es sumergirse en una aventura, un viaje interminable. No somos los mismos después de haberlo leído. Queda pendiente siempre leerlo otra vez. Ya hace parte de los que me llevaría a la isla desierta. Y no exagero: tal vez sólo lo llevaría a él. ¿Para qué otro? Es más que suficiente. Gracias Laura: leer Los miserables hace más rica mi vida./ (para Laura Toledo)