Los sueños dorados
“Göttliches trift unteilnehmende nicht”
(“No atañe lo divino a quienes no lo sean”)
DIE TITANEN. Hölderlin.
“Qué escarramán tan horrible…
era la muerte que venía por él”
Tomás Carrasquilla
Con él, todos los suyos se equivocaron de siglo. Ciegos, lelos, embebidos por su desesperante grandeza, aplastados por monumentos de pompa, ruinas rancias, calles empinadas y agujas de catedral gótica, inútiles, aburridos, los habitates de esta ciudad estaban condenados a caer sin vértigo ni arrepentimiento en el abismo de su propia verdad.
Los rodeaba un país que burló sus inconsecuencias como si no hubiera pecado y guardara en su pegajosa compostura, el aviso de la redención, la condena o el ridículo. Eran pocos, pero grandes frente al juicio que atravesaba calles: imprecación al fofo orgullo, a las feas catedrales de hormigón, a la fastuosa impostura que se hundía en los suelos volcánicos como una lombriz de tierra, descreída y temerosa, recatada y digna ante el peligro exterior; retahíla malévola de cafres y sabandijas; romería de infamia escondida en el oscuro acecho de la intimidación.
Lo vio todo y lo supo todo esa noche al borde de la quebrada de Olivares, en el puente cerrado. El cielo negro y opaco se cernía sobre él como el fuego sobre la ciudad almacenada en el filo de los Andes. Ardía el fuego en la ciudad (el incendio de 1925), devastando los mercados repletos de especias, viandas, cereales y canastas de paja; introduciéndose aquí y allá en un incesante revuelo de llamaradas que arremetían contra la vieja catedral, deshaciendo una a una sus cúpulas, explotando los murales y vitrales en un reguero de vidrios y tinta ; gritaban las gentes que se amontonaban en las calles empantanadas, resbalándose unas detrás de otras entre las mangueras raquíticas del cuerpo de bomberos. Lo vio todo, lo supo todo, las gentes huían de las inundaciones con un fardo debajo del brazo dispuestos a chuzar y a agredir a quienes osaran pelearles su mezquina ración; vio las gentes ocultándose mutuamente la mirada, escondiéndose de los otros y él mismo como un aburrido gracioso que encontraba por fin un secreto recodo de ciudad para esconderse del ridículo que provocaba públicamente.
Había ido al puente de Olivares como tantas otras noches esperando ver ese túnel largo y azaroso que zigzagueaba desde hacía tantos años, la luz que le enseñara su dirección. Supo entre el agua y el fuego que en esa oscuridad arrullada por los grillos y el croar de las ranas, el zumbido de los zancudos y el olor vegetal, estaba preso entre dos corazonadas.
Su madre tuvo que encerrase solitaria, purpúrea, morada, arrepentida como un santo cubierto de telas violetas en un cuarto oscuro de la finca de Petronio Zuluaga. ¿Cuántas veces después de su pecado (el pecado de ser mujer, nada más) hubo de arrepentirse con sinceridad en las acogedoras salas de las viejas, rugosas y callientas amigas? Ella y las suyas unieron sus lágrimas y su negligencia por las flores que otrora cubrieran patios y mercados de la galería central, como presagios opacos de ojos muertos, inútiles, arqueados por la fatiga del desprecio, miopes, cataráticos, reducidos al miserable papel de captar imágenes ennaftalinadas de poltornas y pianos relucientes, floreros, telarañas de lana, cortinas, macramés, tejidos de crochet para mesitas de centro, fieles ojos de leonas sobrepasadas, comprobación de una pena que no fue castigo personal, sino purgatorio de pecados vividos, cometidos y divulgados en este pueblo neblino. ¿Acaso, preguntan los más lúcidos, acaso son las pobres viejas, las únicas pecadoras imperecederas de una ciudad sin nombre ni genealogías añejas?
En su encierro, muy lejos de sus hijos, ella sentía arreciar la lluvia en las calles, el granizo golpear las marquesinas rodando por las canaletas verdes, ruido de goteras sobre sus oídos cerrados: música lejana y monótona que arrastra en su liquidez marina la escoria de la blasfemia.
Su vida era simple: recibir dos amigas de exilio en una salita oscura, hablarles, ofrecerles chocolate por las tardes. De mañana, cuando cantaban los primeros gallos que aún picoteaban sobre la ciudad, entre el rezo de las camanduleras, recibir su “cáliz” amargo, luego huir de la noticia o encontrarla, rezar oraciones antes de ir a misa, oler la tinta fresca del diario y aprovechar la mañana y los huevos fritos y el café, para acelerar su inactividad, observando su panza gusanienta, arrugada como uva pasa, que sólo sirvió para parir adefesios, rozar las varandas desteñidas, regresar en su carne como barcarola, perdición marinera, naufragio de nautilos, percibir albricias matutinas esperando la noticia del perdón.
Aunque él lo sabía, se resistía a creerlo. A pesar de tanto tiempo derrochado en su andanzas por Europa, no olvidó que tras los visillos opacos de las ventanas del cuarto de arriba, donde ahora repartía turrones y trufas (el cuarto de la adolescencia, esa inseguridad hecha vida), se veía cruzar las muchachas del colegio Isabel la Católica, con el uniforme azul y el camafeo de abejas.
Había vuelto a la ciudad, causa de causas, insomnio de insomnios, vertedero de pesadillas, dispuesto a acompañarse de notarios, abominables secretarios de juez, terrosos personeros de caspa transidos, de grasa brillados, aposento de noches y cuervos y espantapájaros, eco de perros sarnosos e hidrópicos, trastabillamiento de rezos y de comuniones, de ascenciones y traicioncillas, de mentirillas y cuchicheo de correveidiles, señoritas de sombreritos preguntándole a otra por qué fulanita de tal había salido con sutanito a las diez, risitas de unos y lágrimas de otros, discursitos y mezquindades pequeñas pasando de un lado para otro, corriendo de sala en sala, de chocolate en tamaleada, de natillita a pavito relleno, ciudad alejandrino recitado, ciudad soneto crapuloso, ciudad endecasílabo babiento, ciudad endecha pelechona, ciudad sinalefa fofa, ciudad silogismo, sosa enmienda de torres negras pinceladas con un juego de araucarias y cipreses. Había vuelto por el ruego de su padre, el ambiguo.
La comida de recibimiento se ofreció en el patio de primaveras; todo estaba dispuesto sobre una mesa grabada en relieve, cuyo mantel hacía resaltar las bandejitas de ensalada, cidras para frijoles de tugurio, coles verdes para cocinar en aguasal, zanahorias, pepinos berrugones, rábanos, tomates obesos partidos en forma de estrella con la barriga desparramada en el arroz, carne de gallina sarabeada, muslo, pechuga, costillal, ala, pata, molleja, tripamenta, rabo, pescuezo, naturaleza muerta, hosca, aroma de mala suerte. Cuando fueron a la mesa, ninguno de los comensales se había descubierto. Los abuelos comprendían su infamia apesadumbrados por la obligatoria paciencia de la muerte venidera; los padres obsequiaban con su diligente diplomacia a unos jóvenes, que unidos en el azar, sufrían por esa mujer ausente, perdida en su horrible vestidura de fracaso doméstico. Al condenarse los había condenado. Perdida en lo inocuo y en lo antihigiénico, llena de pecas seniles, arrugas a destiempo, malos olores, desgarbamientos y barrigas prematuras, denegó toda posiblidad de salvación en la queja repetitiva de dolores, lumbagos, reumatismos. La comida comenzó esa noche con el balanceamiento de las bombas de fantasía, el cuidadoso reguero de serpentinas y confetis, los ventarrones del sur que con suma delicadeza sobaban las marquesinas de la estancia y las hojas del magnolio del patio. La nube, cumplida siempre en su nocturno rezago ciudadano había dejado hilachas de agua en las montañas cercanas, como si supiera que esta noche era la noche y toda insidiosa intromisión acuática fuera bautizo de grandeza.
Un sonido de copas tintineantes y carrasposos estornudos fue suficiente para que todo comenzara y el vaiviene de vecinos y amigos atareados en la misión de saludar lo insalubre y abrazar lo inabrazable se cimió como pretexto de fiesta, entrevere de corazones. Nadie habría de pronunciar la palabra que correspondiese al secreto de los mismos ni tampoco, del fondo de esa nuca triste reposada sobre el espaldar, podía saberse si la noche era noche o si el día fiesta, aún menos si era día de muerte o despedida; noche que los ciros ofrecían en su helada y tiritante blancura. Aquello fue un murmullo de voces, no una fiesta. Nadie había visto a Emilio, padre de Bernardo, hijo de Naciancemo I, misterioso como siempre en su trágico encierro. No estaba allí, pero su ausencia era concreta y puntual como una estancia pesada.
Instantes después, todos dirigieron sus miradas hacia el corredor de atrás que estaba iluminado por una luz anaranjada como en las lunas de las enciclopedias ilustradas a colores. Bernardo también dirigió la suya, depositando su copa en su mesa de caoba.
En medio del tumulto apareció la enjuta y recia figura de Don Emilio, en la puerta que daba al corredor de atrás, con la mirada perdida de quienes todo han visto, mirando al grupo de comensales con la certeza de su verdaera inocuidad. Nadie supo si había mirado alguna vez en su vida, si sus retinas y sus músculos ópticos se habían cuadrado un instante frente a la cosa, pegándose al mandarino o al guamo, adhiriéndose al reloj, captando el camafeo azul, fotografiando el retrato de los abuelos, la bicicleta. No había mirado nunca, como si supiera anticipadamente, mucho antes de que naciera, qué cosa vería a una hora precisa de un día en un mes y un año cualquiera.
Tampoco habría de reir (ya otros habían llorado y reído por él), ni de preocuparse por su hijos que le habían abandonado hacía tantos años dejándolo entre mujeres perdidas, desquiciadas, mequetrefe extraño, pelele pelado, vergonzante herida, mueca, débil pálpito de pálpitos. De qué valían las palabras malbaratadas, cuando un hombre debe guardar en su silencio la profunda verdad y la rica mentira ?.
“Quiero irme”, le disparó Bernardo a quemarropa, antes de que inteviniera. “Estoy enamorado”, agregó.
Sobre los tablones brillantes del corredor de atrás se observaron las sombras de las mandíbulas silenciosas de Emilio cuando respondió sin mucho esfuerzo, “qué bellos son los treinta años, para dejarlos en manos de jóvenes de treinta años….. de qué barbara ambigüedad estás enamorado que has olvidado hasta tu propio origen?”
Bernardo no tardó en responder como si ya tuviera en las cuerdas vocales la frase necesaria: “no me importa si es una bárbara ambigüedad, es amor”.
“Escucha –le dijo Emilio- escucha, te llevaré por este camino empedrado que desciende despacio sobre tierra roja de volcán zalamero y dormido, furioso e iracundo vomitador, tierra roja, barro de la cerámica, barro del cacique, barro resbaloso por donde puedes caer si está lloviznando, Bernardo, hijo, sobre quien he construido mi ilusión. Te llevaré a verla, no gritarás, no alcanzarán tus pulmones a recoger tanta respiracion contenida. Todos me acusan, me inculpan porque ella está en la finca de Petronio Zuluaga, más allá del puente de Olivares, entre el chircal y el árbol de brujas y el tiritar cosquilloso de luces pueblerinas en la noche, te llevaré despacio, Bernardo, hijo, en quien se ha frustrado mi última esperanza, para que veas y sepas que morí hace tiempo eperando tu regreso para darte el lío, pues no hay otro remedio, cargarás con tu madre. Debí morir hace mucho, creo, porque ya no veo aunque vea, no escucho aunque oiga, no hablo aunque diga, soy un fantasma de carne y hueso esperando desde la mañana de los tres nevados, hasta el verde atardecer de cañaduzales; te llevaré ahora mientras ellos cantan, ríen y celebran tu llegada, tu muerte. No intento convencerte, pues todo está decidido: hay dos lucideces, la de quien vive como sombra de otros, los que admiran y la de quien es sombra propia y vive sólo para sí, porque ni siquiera podría admirarse. Debes entenderlo. Te llevaré de noche para que la veas postrada en su cama, domida, encerrada con su piel mortecina; te llevaré por aquí en medio de casitas pobres y fogones de carbón, tiendas y abundancias, gentes que reptan en la oscuridad y zumban apegados a una vida de protozoarios; te llevaré por el puente de Olivares a donde tu venías a pensar en los suicidados; te llevaré yo, no de la mano como hace tantos años, sino hombro a hombro, porque he sobrevivido demasiado, he perdido tantas ilusiones, que comienzo a repetir las que me iniciaron en la tarea de soñar este túnel tan largo; te llevaré para que la veas allí postrada, pobrecita, tirada en la esquina de un cuarto de altas paredes blancas y viejas vigas desde donde cuelgan matas y enredaderas y pencales de suerte, te llevaré a la finca de Petronio Zuluaga”.
Bernardo se le acercó tomándolo del brazo, “no quiero traicionarte”, le dijo.
“No, no es problema de traición”, respondió y Emilio, “el mundo es una incesante sucesión de juventudes frustadas, una larga y penosa añoranza, sólo se salvan los que renuncian. Tú tambien estás perdido, nos hundimos los dos. Te sugerí la gloria como a los titanes, te mostré el blanco de los nevados en la noche oscura, te mostré las torres de la catedral y te dije, eso es grandeza. Hace muchos años de aquello, un 24 de diciembre por la noche pasando por el parque infantil, había juegos, burritos, canoas bajantes, columpios, chocitas de paja, obleas con mermelada.Tantos años Bernardo, tantos, por dios, quédate, no me dejes solo con Hortensia, no me dejes solo con esa eczemoza (ecce femina), por favor, es comodidad, lo se pero no soy el primer egoísta”.
“Calma, calma Emilio”, le dijo Bernardo, “no vas a desmoronarte después de tatos años de fortaleza”.
“He sido un eterno desmorone, los dioses tambien se desmoronan…. ¿Aún crees en las apariencias ? El viejo lo contempló mientras tiraba al suelo el resto del tabaco para apachurrarlo con sus zapatos. Tragó saliva mirando lentamente los ojos de Bernardo, con la cabeza inclinada, lívido, desanudando luego su corbata para abrir la camisa blanca de lino con los dedos blancos y largos de la muerte. Eran las diez y media de la noche en todos los relojes.
Emilio bajó por las ecaleras que daban al patio de atrás. El instante durante el cual el conjunto cesó de carraspear las guitarras y tiples y las gentes limitaron sus decires a una simple interrogación meditada, pareció casi una vida, al menos más que una noche. Bernardo se dirigió hacia el corredor de macanas verdes circundado por enredaderas en donde había llorado muchas veces ante la perspectiva de vivir. El agua de las borrascas de mayo caía adquiriendo una extraña cristalinidad indiferente al seco viento de la malhadada franqueza.
Los dos salieron por detrás hacia la casa quinta de Petronio Zuluaga. Recorrieron su continente propio perdido en los túneles de una falsa genealogía, vieron una extraña vía de carriles cruzada por automóviles que lograban velocidades inimaginables, “allá será el futuro”, “no serán como nosotros en todo caso, vestirán distinto y hablarán distinto. Tu estás más cerca de mi que de ellos y tus chaquetas de cuero son sólo una mueca. La droga de los nuevos no será la lírica, será la indiferencia”.
Las gentes volvieron otra vez a moverse y a hablar. La ciudad serena continuó dormitado como dormitó el ciprés de la fundación o como descansó el puente sobre las aguas de la quebrada de Olivares. En la puerta de la finca de Petronio Zuluaga, quinta olvidada en la periferia de la ciudad, había una guacamaya arisca y un balde de agua estancada. Los dos entraron sigilosamente para no llamar la atención, salvo la de Petronio, quien los recibió muy contento, como casi todas las tardes a la hora de la merienda.
Rectangular, con corredores de macana extensos cubiertos de enredaderas fucsias y piso de tablas blanqueadas por el polvo que los arrieros traían en sus alpargatas de fique, antes de que Emilio les echara discursos en griego, la casa era un sereno refugio de azahares. Un silencio tranquilo aposentaba a los ariscos y tranqulizaba a los timoratos junto a la ciudad andina. Emilio señaló la puerta pintada de granate, que estaba cerrada y lucía un aldabón con la figura de un león rugiente.
“Prepárate”, le dijo a Bernardo, “ella está allí y no podrá salir, está adentro cubierta de psoriasis y eczema, monstruosa. Ella está allí sin llorar, como todos nosotros, salvo que para ella no se hizo el mundo exterior (como para tantos cubiertos por el eczema de la máscara); está tranquila, pero nadie la conocerá pues ha perdido el hábito de las visitas, los diálogos de señoras sobre asuntos cotidianos, pequeñas tragedias domésticas, a las que nos reducimos en fin de cuentas; ha perdido el hábito de los hermanos o los primos, la costumbre de los tíos locos o los hijos descarriados y calaveras, ha pedido la cara y la vergüenza, que siempre es un orgullo de más. No le digas nada, obsérvala únicamente y no me perdones nunca el que te la haya mostrado. Mejor hubiera sido para ti perderte al otro lado del mar. Te he perdido reclamándote, aunque yo nunca quise reclamarte, no me perdones el habértela mostrado, como la vas a ver ahora cuando abramos la puerta y no se atreva a saludarte, con su íntima y tímida monstruosidad”.
Aquel cuarto oscuro donde se veía el bulto, estaba poseído por el azul. La luz de afuera, la luz de esa noche, la luz de los cocuyos entraba por una ventana de vidrio esmerilada. Allí estaba Hortensia, allí estaba la prueba.
Bernardo corrió hacia atrás de la casa con deseos de gritar, terminando en la otra esquina del corredor, donde una mula le lamió la mano que tenía posada sobre la chambrana con la lengua pegajosa. Al otro extemo, Petronio y Emilio lo miraron despidiéndose, alejándose de él, sumido ahora en el verdadero desmorone, como una sombra en los varandales, despeñada creciente de acusaciones.
La lluvia arreció cerca de las diez de la noche cuando los dos regresaban camino del puente de Olivares cruzando cruces blancas de muertos blancos, camino de lodazal tenebroso, aro de infierno, dantesco refugio de los sin salvación. La lluvia les cayó primero lenta e insitente y luego fuerte y metálica, empapando sus vestidos de paño.
Silenciosamente, delicados como el abrirse de una caléndula o el amanecer de una larva de mariposa, llegaron a punto, antes de que el ventarrón les impidiera tantear el camino, cuidando de no resbalar por un precipicio o encontrarse un cerco de púas en el que pudiesen quedar engarzados. A unos metros estaba el puente de Olivares, la casita de techos de teja española para escampar a los arrieros que aún quedaban en los parajes y las mujeres y los hombres sorprendidos por la lluvia en su regreso a sus fincas.
¿Verían los dos, el viejo carente de herencias y el heredero del cáliz, ese siglo al que debieron pertenecer ? ¿Lo verían bajo el piso de madera, en medio de los remolinos y el sonido acechante de las aguas, las piedras, el silencio, el miedo? ¿Verían dibujarse el mundo en las turbias aguas; trepanamiento de pasado y futuro? ¿Observarían la motocicleta futurista? ¿El edificio rascacielo? ¿La autopista ? ¿La música estridente? ¿El verso libre? ¿La confesión pública? ¿Los “quiméricos cármenes en los que se alberga todo el amor, y la serenidad y el belleza”? ¿El “Soñador… vagabundo… que, a través de la copa, quién sabe en que castillo de ilusión pone asedio, sin sospechar que todo se lo llevó la trampa”? ¿Verían acaso el musgo crecer sobre esa grey de fe que es la ciudad?
Fue en ese instante, cerca del puente, o tal vez en sus bordes, cuando Emilio desapareció en medio de la amenaza sin que Bernardo encontrara su paradero tras muchas horas de búsqueda en compañía de Petronio, invitados y bomberos.
Fue poco antes de llegar al puente – declaró a la policía – cuando sintió su ausencia. La lluvia caía a cántaros como todas las noches y rápidamente trataban los dos de acercarse sin dramatismos al refugio del puente, empapados sus vestidos y empantanadas sus botas de caucho. Había un árbol allí, lo último que vio antes de sentirse desolado como nunca, hundido, con deseos de desaparecer por esa trocha hacia confines distintos donde no hubiera de sufrir. No supo más de él, mientras abajo el siglo equivocado bullía de remolinos y los miembros del cuerpo de bomberos, los médicos legistas y los periodistas iniciaban su búsqueda.
París, Buttes Chaumont, 1979