Marcela del Río y sus respuestas a la Esfinge
Todos los latinoamericanos somos hojas, ramas y frutos del mismo árbol.
Marcela del Río
I.
La escritura es un arte, y como tal conlleva secretos de amores, de ilusiones y desilusiones. Maneras de conversar, de extrovertir y de introvertir. En especial es un monólogo. Se habla consigo mismo, que de pronto sale al espacio de las cosas y encuentra ojos y oídos receptores de luces y sonidos. Y el súmmum de ese arte es la Poesía que hace de las palabras y los sonidos formas de embeleso y cautiverio, en espacios multidimensionales, salidos de espíritus forjados en la tenacidad de los días, con expresión en tiempos de memorias y olvidos.
Marcela del Río (n. 1932) es una figura académica e intelectual del primer orden, carente de publicidad y de notoriedad mercantil. Patrimonio insoslayable de la cultura hispanoamericana. Su obra es extensa, cálida y calificada. Pluma avezada la suya que recorre el ensayo, el teatro, la poesía, la narrativa,… la pintura. Heredó de Don Alfonso Reyes, su tío, y de sus padres, la vocación por la sabiduría y la pasión laboriosa por la escritura, en el compartir de aulas y de indagaciones con el método de la intuición, en pesquisas deslumbrantes. Es PhD de la Universidad de California (en Irvine) y Profesora Emérita de la Universidad Central de Florida (en Orlando). Preside en México la Fundación que lleva su nombre.
Sus obras son innovadoras, de potente creación, en la rareza por ejemplo de su “Opus nueve” (1978) que reúne nueve obras de teatro, -incluso del teatro documental- a la manera inversa de la cronología, bajo su idea de estudiar la historia comenzando por el ayer, seguido de la semana anterior, el mes anterior, el año anterior, el siglo anterior, hasta el comienzo, con explicaciones de lo acontecido. En ese volumen está palpitante la poesía, como el caso de ese bello soneto, en la voz de “Urania”, con música para violín y cinta magnética: “Desde el séptimo cielo he navegado/ en rayos de zafiro y lasser gamma/ para ofrecerte el cosmos que se gana/ escapando al troquel predestinado./…” (en “Sol nostrum”)

Más novedosa aún su novela “La cripta del espejo” (1988), con documentación histórica y mirada crítica del acontecer en México, con la confrontación de los modelos capitalista y socialista, en plena independencia ideológica, que cuestiona la confrontación del mundo en bloques ideológicos, económicos y militares, sin dejar pasar de largo el acontecimiento cruel de “Tratelolco” en 1968. Narración con diálogos que entrecruzan la realidad y la ficción, con sentido creador.
Su novela “Proceso a Faubritten” (1976) despierta el asombro más sorprendente, por la manera de combinar historia, ciencia, ensayo, diarios, fábulas, todo asido a una realidad extraña que trasciende la palabra. “Obra deslumbrante” como la calificó Juan-José Arreola. Mueve ideas con soltura de erudición y de capacidad comunicativa. Narradora feliz, con capacidad de atrapar al lector. Despeja de cualquier duda la crueldad del “Tercer Reich”.
Pero con este escrito lo que quiero es llegar a su poesía. Diestra en el verso libre y en especial en el soneto. Su “Homenaje a Remedios Varo” (de escritura en 1984, con publicación en 1993, obra galardonada), pone en evidencia su sensibilidad con las artes plásticas en especial con la pintura de Remedios Varo, española nacida en 1913, de la generación del transtierro, muerta en México a la temprana edad de cincuenta años. Conmueve lo delicado y profundo de la expresión, en especie de poner pinceladas con cuidado sobre un lienzo hecho de espíritu, en matices de conciencia y voluntad. Recorre el destino, lo inesperado de la presencia, la música de acordes íntimos y voluptuosos, en rebeldía con leyes de la física, en una secuencia desde unos primeros pasos de imaginación hasta el trasiego por espirales y desiertos, por figuras de la realidad fantasmal y de los supuestos delirios. Imágenes que satinan de poesía el mundo de los hechos, con especulación altiva en el pensamiento y holgura de horizontes, compungidos en la intimidad. Trasunto de álamos, con la Nada como negación de Vida y Muerte. Labertintos en los instantes de estupor, con vuelo de mariposas, en encuentros desolados por los rituales. Pero la armonía se entremezcla con la música y asoman los espectros de antepasados, ante los ojos pávidos. La matemática y la geometría retan la luz y tornan en alquimista la magia de la vida. En el árbol se dan también los besos por ramas que se encuentran con sigilo al ritmo inesperado del aire.
La certeza en la poesía de Marcela, encuentra asidero en la pintura de Remedios Varo, con recorrido por islas y nieblas, llamas y caminos, con resistencia a la extinción de la vela una vez encendida. Abismos y escombros trazan líneas oscilantes, en versos rítmicos con visos en la transformación personal. Y si alguien se entretiene con la detención del tiempo será porque los relojes se amotinan en medio de sueños o delirios. La ciencia entra a ser considerada como un designio de locura. El amor hecho recuerdo se confunde con el soplo de la vida, entre sombras que compiten con la fragilidad del existir, entre ruinas y renaceres corpulentos por ciudades que se mueven a la manera de nubes despaciosas.
Este poemario me impacta por la manera como dibuja en palabras de sentimiento las pinturas de la Varo, con trazos de elocuencia en colores desvanecidos por la sensatez de lo real. Recursos de la magia y la alquimia a la manera de apelación ante fallidos asomos de la ciencia, entre presentimientos y tiempos desvanecidos en la memoria. Si dependiese de nuestras manos, en fantasía de creación, desde la perversidad a la soberbia pasarían al rincón de lo inútil, con atmósfera de silencio sin triunfalismos agoreros, ni arrogancias de pedestal. Las palabras se convierten en un encuentro fatal, con única salida al mirador de las estrellas. Hiroshima resuena en lápidas sin sueño, con recuerdo de tormento al mirarse los culpables en el espejo.
En el poemario aparecen situaciones y deseos, frustraciones y desencantos, con esperanzas desfallecidas, pero no deja de concebir el propio destino como un acontecer de las propias manos, con voluntad feliz o coincidencia desafortunada, en los encuentros. El viento resulta cómplice y sojuzgada la música. Persona hecha mármol encara su encuentro con la ilusión de fuego, al escapar de conveniencia supuesta, en brazos de la amante. La piedra se vuelve reflejo del olvido, en su construcción cotidiana. “La palabra es el verbo/ y el verbo:/ látigo de luz en la mano del arcángel”. El tiempo resulta ser irresistible en el umbral, con la elegía al final que evoca la compañía amorosa y estimulante de quien tuvo a su lado, en seguros pasos, con empatía plena y violín, reacción de gritos de soledad por la pérdida irrecuperable. “Soy dos ojos abiertos a tu Nada/ y una Nada perdida en tu memoria”.
“De camino al concierto” (1984) es otra obra de Marcela, un monólogo, identificado como Diorama teatral, en recuerdo de su esposo, el violinista Hermilo Novelo, fallecido en accidente (1983) camino de un concierto en gira por México. De la cual Othón Castillo expresó en un diario de Los Ángeles: “[se trata de] una obra de gran aliento creativo, cuajada de amargura y belleza, por donde ronda un aliento sutil de poesía, al evocar las esperanzas, realidades y desesperanzas, de quien fuera el compañero de toda su vida, el más grande violinista de México”. Obra estremecedora, con protagonista “El violinista”, desenvuelta en sala de cuidados intensivos del Seguro Social. Aquel personaje dice dirigiéndose al público: “Díganme ¿soy yo ese cuerpo maltrecho, abierto y cosido, fracturado, hinchado, morado y apenas respirando? No, yo soy algo más que la suma de mis huesos, mi sangre y mi piel. Soy también pasión y pensamiento, conciencia y anhelo de Ser… Sólo lo que se hace con pasión vale la pena de vivirse.” Seguidas las palabras con el primer movimiento del Concierto No. 1 de Brahms. Es una puesta en escena de la vida y la obra de un gran artista, con el dolor del alma y la efusión de acción y palabra, de la autora.
Otro poemario de Marcela se intitula: “Trece cielos” (1982), galardonado con “Premio Olímpico de Poesía” (México, 1968), preciosa colección de sonetos a la manera de una epopeya, con apoyo en el mito solar Hitzilopochtli-Quetzacóatl, que va del Dios-Sol de la mañana, de los aztecas, salvaje y guerrero, alimentado de corazones, al Dios-Sol del crepúsculo, de los toltecas, un tanto femenino que se nutre de mariposas. La autora muestra un gran conocimiento de las culturas aborígenes, mayores, de México, con significados que retoma de los mitos, para cantar el desarrollo desde el exordio, las cuatro eras, Sol de movimiento, caída de Quetzacoatl, de Chicomoztoc a Tenochtitlan, las cuatro estaciones del Imperio, los augurios y pronósticos sobre la caída del Imperio, en el Mictlan o la región de los muertos, con clausura en dos sonetos encadenados dedicados al dios Ometéotl, en el ámbito del cielo que habita conocido como Omeyocan.
No es mi intención repasar la totalidad de la obra de la excelsa escritora, pero si quiero detenerme un poco más en su más reciente libro: “Marcela del Río Responde a la Esfinge”, en vía de edición. Un conjunto de respuestas a los enigmas con recorrido por el planeta Tierra, el nacimiento de la Naturaleza, con sus elementos aire, fuego, agua, los desarrollos de esa vida en la cadena bacteria, alga, liquen, semilla, musgo, manglar, rosa, manzano, bosque, de Wamsutta a Quetzacoatlus, orquídea; la vida animal acuática: charnia, medusa, estrella de mar, coral, delfín, tiburón, pez espada, ballena, caballito de mar, árbol con escamas, serpiente; la vida animal terrestre y aérea: tiktaalik, salamandra, tortuga y avestruz, garza, escorpión, mono, abeja, colibrí, paloma, quetzal, águila. Con una segunda parte dedicada al nacimiento del humano y del mito, que comprende: nacimiento humano, maternidad, paternidad, divinidad masculina (Nanahuatzin-Quetzalcóatl), divinidad femenina (Coatlícue), la virgen de Guadalupe. Y termina con los Tiempos de la vida y de la historia: Malitzin.
Se trata de una gran epopeya de la creación, sin los desbordes de un Carlos Argentino Daneri, en “El Aleph” de Borges”, ni con los referentes del “Polyolbion” del poeta inglés Michael Drayton. Marcela hace trabajo poético de asombro, de sostenido ritmo, con secuencia a la cual uno puede desprenderse de la titulación, señalada con números romanos en los textos, de remitirse al contenido que aparece al final, antes registrado. Una novedosa epifanía que surge de la historia y de los mitos, con recorrido pausado y profundo, de respirar hondo a cada tramo. Especialista en el decir creativo, con alusiones al origen de universos, constelaciones, planetas, especies vivientes. De conjunto un poema de magnitud colosal, entrelazado con la música, quizá una sinfonía de colores y abismos. Originado y con crecimiento en el fuego, en combinación de elementos propicios a desencadenar sentidos. Símbolos de energía oscilante y continua, en sostenida permanencia, sujeta a los cambios en mutaciones de sorpresa.
Los sueños se hilvanan con las olas, en un susurro de melodías inasibles. En los orígenes de la vida, la molécula proveniente de algún desconcierto encadenado de casualidades, pensada en la sorpresa que columbra abismos de enseñanza inaprensible. De pronto, la tristeza en el trasunto de asimilar el origen y el destino, la razón de estar ahí. El espejo brota como figura para reflejar el bosque, entre alboroto de mariposas y luciérnagas, mediando el libar de la abeja entre las rosas esparcidas con la belleza causal.
El libro lo remite a uno al recuerdo de lo expresado por Tomas Tranströmer: “Un poema no es otra cosa que un sueño en la vigilia”. Y así transcurre la obra en sus cuarenta y cinco apartados, casi identificados por poemas, con la excepción de algunos donde se encadenan varios con el hilo conductor que nombra cada apartado. Son sueños en la lucidez del día y la noche, con el despertar continuo de la imaginación y la palabra precisa en eslabones para recoger las ideas, las imágenes, el contexto que da atmósfera a cada verso, a cada poema.
Graciela Maturo, ensayista/poeta argentina, a su vez se pregunta: “¿Por qué la poesía?”, y responde: “Será porque expresa lo más profundo e inalienable del hombre, porque es una manera de trasvasar al lenguaje la contemplación de la realidad y de uno mismo.” En el caso de Marcela del Río la poesía se adentra en los orígenes de los seres y las cosas, con sentido integrador, como quien busca la comprensión unitaria, abstraída en la realidad palpada en la historia y en lo circundante, con la proximidad más absorbente.
Y para no ir más lejos, de recordar a Antonio Machado, en su comprensión precisa: “La poesía es la palabra esencial en el tiempo.” Adam Zagajeweski a su vez reclama que “el poeta debe hablar con la verdad, pero no sobre un hecho objetivo”, es decir, la verdad en la poesía es una abstracción de la realidad, con elementos de creación que hacen de la palabra un símbolo para aprehender las querencias, los desafectos, las situaciones que vive el poeta, al captar el mundo a su manera, incluida la lucha por la existencia. El poeta al crear es un combatiente en soledad, enfrentado a los enigmas y a los fantasmas. De su actuación dependerá la afirmación del propio yo, develado en los versos, con sentidos ocultos y descripciones realistas en ocasiones.
En la poesía de Marcela del Río están esos elementos, con el juego de las ideas, en rescate de símbolos y sentidos de culturas ancestrales, de milenios, testimoniadas en los cantos, en las leyendas, en los mitos, en sus objetos supérstites. Pero a la vez, con el brotar secuencial de seres en ámbitos de discordia, el combate por la sobrevivencia, con los antecedentes de catástrofes y de extinciones. En sus respuestas a la Esfinge se concentra su saber, con la recreación encadenada de elementos que van configurando seres, ambiente natural y sentidos por los interrogantes que persisten con palpable incertidumbre. Vive el sueño de ónix y el albor de su vigilia umbría cuando sueña. Siente huir las algas y los caracoles, en medio de una playa en delirio. Con sensato atrevimiento capta filosofía en el mar y sus séquitos. El amor salta a la vista cuando describe, por ejemplo, a la ballena, en un sino y en la desventura, con ampliación de dádiva, con abrazo quemante de la roca.
A la rosa la capta inaprensible, siempre alejada de lo que pueda decirse de ella. La nostalgia brota en medio de lo fúnebre de los augurios, en el rodar de la semilla como rodajas de esperanza. Nos recuerda también que al nacer la célula ha nacido de igual modo el llanto, la muerte, lo inerte de la piedra en su quietud y la vida insular y categórica del rocío. De pronto se le asoma de nuevo la idea de la clausura de los días: “La muerte es un páramo de nieve blanca/ que cubre nuestras culpas y el olvido/ de rencores y voces y recuerdos”.
El capítulo que dedica al “Nacimiento de la humanidad, del mito y la religión”, está configurado por sonetos de fina estructura, con reflexión de profundidad y manejo de las relaciones entre la naturaleza, los seres que habitan, incluido el “homo sapiens”, en el misterio del tiempo, al punto de pensar que la eternidad cabe en un segundo, en un instante que concentra las secuelas de todo un pasado, con sentido avizor de un porvenir incierto. Las divinidades acompañan el canto, entre vientos huracanados y fervor por la antiviolencia, con siembra de vida con los instrumentos vitales a la defensiva.
Lo apocalíptico de las sombras surge en lo que tuvo vida un día, con desaparición de la mirada y vuelta polvo en las barrancas. De toda opresión sin señalamiento de culpa, brota el sentimiento de la solidaridad. Los sueños siguen, a veces delirios o suspiros, que concluyen cuando el alba da despunte a un nuevo día, auncuando la vigilia mata el sueño. A lo largo de los poemas no dejan de surgir interrogantes sin solución. Se pregunta: “¿El sueño es la dicha o la agonía?/ ¿Es un goce el amor?/ ¿Es un sueño la vida?” Pero resulta que el sueño puede ser la nostalgia de un bien perdido, y la vida suele ser una larga espera similar al contenido del silencio.
La lectura de la obra de Marcela remite, en trechos, a pensar en el sentido o razón de ser de la poesía. Y a veces hay que acudir a voces autorizadas para refrendar ese conocimiento que ella practica. Octavio Paz, de honduras poéticas unidas a la clarividencia en el pensamiento, pensó que “la misión de la poesía es sacar a la luz lo que está oculto en los repliegues del tiempo”. Y es la tarea acometida por la autora de marras. Ella indaga por el mundo de las cosas y de los hechos, se pregunta y crea divagaciones al ritmo de un espíritu seducido por el anhelo en encontrar formas que acompañen la música del alma, en réplica de la música del Universo. Marcela acude a la diosa Ixchel para hacer memoria de aquella capacidad para doblegar las maldades y tapizar con bondades los sueños. Por este camino llega a concluir que “Es pirata el que roba un amor, pero es un dios quien lo origina”. Sabiduría apegada a la azul brisa de la mañana, con camino alejado del sucumbir, en busca de un núcleo vital que dé soporte al devenir.
Fernando Pessoa no deja pasar la idea fundamental de asombro en la poesía, producto de un ser atónito ante las cosas. En Marcela cada verso es de asombro, luminosas palabras que recrean voces de la tierra y de la mitología, de los impulsos y los quebrantos, en proceso de interiorización que clama desde la música en acordes de esperanza. Sinembargo el mismo Pessoa tuvo también la idea de ser la poesía un cantar sin música, en la palabra de quien conozca el alma de las cosas, con esfuerzo en rememorar conocimientos, y hasta negándolos. He ahí la creación, con movimientos entre la verdad, el conocimiento, y suposiciones a la manera de formas deletéreas.
Octavio Paz asimismo insistió en ser la poesía la experiencia original, en tanto hay un sentirse extraño, otro, con develación del hueco donde se manifiesta lo otro. Así como Marcela intuye al animal marino que hipnotiza a su presa antes de devorarla; es el hueco de la ensoñada realidad. Pero también ella oye el grito de la ciudad desde sus labios. Y sigue el camino sin atisbar la Luna, en medio del desconsuelo por la falta de amor, entre lugares ajenos a la sombra de vida. En algún momento alcanza a percibir “Sepulcros de discursos/ Panteones de verdades/ Racimos de traiciones/ Manojos de mentiras”.
Borges a su vez considera que la poesía no es ajena al pasado y tampoco de la nostalgia, a manera de pátina. Lo de evocar es quizá un deseo inalcanzado, o un presumir de condiciones fingidas. La imaginación se fortalece con el temple del espíritu en ansiedad por la búsqueda de caminos en la palabra del silencio. Borges acude a lo significativo del dolor en la poesía, sin desconocer los momentos de gozo, y refuerza en su parecer el valor de las alusiones en ficciones, en parábolas, en metáforas, sin caer en el realismo descriptivo.
Los filósofos no dejan de buscar el origen y el sentido de la poesía, para abundar en explicaciones sobre lo inasible. Así, Karl Jaspers la identifica con “el órgano por el cual aprehendemos el espacio cósmico y todos los contenidos de nuestra esencia, de la manera más natural y más simple”. Que evoca a uno de los nuestros, a Andrés Holguín, pensador, poeta, traductor, cuando penetra en la relación entre poesía y pensamiento, al remitirnos a la gran poesía de Eurípes, Dante, Villon, Calderón, Shakespeare, Goethe, Claudel, Rilke, en quienes encuentra, con su ejercicio, “una aprehensión e interpretación de la realidad, viviente captación de lo existente”, y establece parentesco por el objeto entre la poesía y la filosofía, con distintos tratamientos.
En la obra de Marcela del Río se conjugan esas apreciaciones, aún más, ha sido construida con huellas digitales, para utilizar una expresión de Neruda. Una poesía que desenmascara las flores en las tumbas, sin disfraz para los derrumbes ocultos en los corazones. Mira la ciudad en un espejo de lumbre y de cenizas, sin desconocer la sombra que es el cuerpo ni la tiniebla que es la urbe. Pero en el nacimiento del Sol hay una esperanza, en tanto las flores miran ese despertar cada mañana. Las mujeres palpitan, con despertar del sueño, y los hombres se aventuran a encontrar cielo y nube, desde la ceniza ardiente. A la ceiba le atribuye respuestas que miran al frente, en busca de un nuevo destino.
El libro en el que Marcela busca responder las preguntas enigmáticas de la Esfinge, es un conjunto de tejido armonioso, con protagonismo de formas de la Naturaleza, del Universo, de los seres vivientes con capacidad de sufrir, gozar y de expresarse en formas múltiples, congregado todo aquello en un sistema laborioso de palabras que acentúan con su ritmo la vocación de lectura en voz alta. El silencio de eternidad se hace canto, y los momentos vuelven en regocijo la aventura de los personajes en el mito, en la leyenda, en la realidad contante y sonante. Es la magia de la revelación por la palabra de todo lo que estaba oculta, que supera al drama y a la novela, en el parecer de José Saramago. La obra de Marcela hace fe de esa concepción. Y dice más de lo que enuncia, como en la sabiduría de Johannes Pfeiffer. Asimismo confirma la idea de María Zambrano, quien estima la poesía como “huida y busca, requerimiento y espanto; un ir y un volver, un llamar para rehuir, una angustia sin límites y un amor extendido.”
También Marcela hace gala en su obra de ese saber expresado por Kafka: “esto es poesía: la verdad vestida con palabras de la amistad y del amor.” Toda la obra de Marcela del Río es justo eso, un desarrollo incansable, con variantes, del amor y la amistad, de la manera misma como concibió obra de arraigo en esas cualidades, a la muerte accidental de su esposo, el gran violinista Hermilo Novelo, ocurrida en 1983, y que plasmó en el monólogo “De camino al concierto” y en la elegía con la que concluye su poemario “Homenaje a Remedios Varo”.
Tuve la fortuna de estar con ella en su residencia de Ciudad de México, en 1988, y de grabar amplia y jugosa conversación que publiqué en mi serie de Reportajes en la Revista Aleph No. 68 (enero/marzo, 1989), pp. 55-64. Y se han publicado las siguientes contribuciones suyas en el mismo medio:
DEL RÍO, Marcela. Espejo (manuscrito autógrafo). Aleph 68, enero/marzo 1989, interior de carátula.
DEL RÍO, Marcela. Visión familiar. Aleph 69, abril/junio 1989, pp. 47-51.
DEL RÍO, Marcela. Luz emergente (manuscrito autógrafo). Aleph 70, julio/septiembre 1989, pp. 32, 34.
DEL RÍO, Marcela. El discurso del exilio y la angustia de la identidad en Ifigenia cruel. Aleph 93, abril/junio, 1995, pp. 24-35.
DEL RÍO, Marcela. Quijotismo en el siglo XXI: ¿será que las ideas también mueren? Aleph 129/130, abril/septiembre, 2004, pp. 162-164.
DEL RÍO, Marcela. Huellas del tiempo (poemas). Aleph 163, octubre/diciembre 2012; pp. 39-45
Este ejercicio de visitar la obra de Marcela del Río Reyes es apenas un emotivo reconocimiento y homenaje a personalidad de alta formación intelectual, con bagaje académico calificado y escritura constante con diversas expresiones, pero con eje conductor la poesía, en tanto misterio que hace palpable las ambiciones y deseos, las tragedias de la vida y la naturaleza, los tropiezos y las alegrías, a la manera de simular nuevas realidades, o de asirlas con interpretaciones evanescentes, diluidas en sortilegios, que pueden ser metáforas, evocaciones, postulados inciertos de la memoria.
II.
En memoria de la Esfinge
-Sentimiento de epifanía que perpetúa la creación-
Te busco en la ciudad de piedra,
último seno todavía blando,
en la ciudad de piedra donde el cielo
se rompe en las paredes.
Alfonso Reyes
Azares de la historia y sus misterios
han perpetuado siempre los prodigios
de la leyenda en vuelo de los tiempos,
que sueña en pleno cielo sus delirios.
Marcela del Río Reyes
1.
La superficie de las cosas desliza el tiempo
con toques de ausencia en el entramado de los días
Transcurre y discurre el Todo
con despojos a cada paso
al quedar el antes como refugio escurridizo
de la memoria.
Imágenes y palabras escudriñan los rincones
de las vidas
para ocultar sensaciones de ocasión
en lo más recóndito del subconsciente
Las huellas del tiempo expiden llamado
a lo imperturbable
con cuestiones de peregrinos y forasteros
En lo fugaz está la sombra del desatino
que sumerge las voces en pozos de holocausto
De largo pasan las sombras de palabras
en simulación de duelo
al amparo de rituales de cortesía
y la conducta del silencio hace carrera
en los subproductos de los encuentros fortuitos
El pulido de superficies en las cosas
obedece al descuido del tiempo
con su pátina dejada al parecer de las circunstancias
Lo terrible del Todo está en el sentido/ de las voces cautivas
2.
Nace la célula y con ella el llanto,
la muerte y la nostalgia de la vida:
la vida inerte de la piedra inmóvil,
la vida yerma del puro rocío.
Marcela del Río Reyes
Desde el No y la Nada surge el Todo
con la gradualidad del desconcierto
Cada paso es sorpresa impensable y en acumulación
mientras el tiempo configura lo existente
en las formas debidas al azar
Detrás y antes del Todo está la Nada
y esa conjunción representa la existencia
de lo inexistente
y la inexistencia de lo existente
Vestigios de nanopartículas constituyen el muestrario
de acontecimientos sin descripción
La escala se reproduce con secuencias de surgimiento
de lugares y especies
mientras otros y otras desaparecen en lo oculto del misterio
Pulso de cifras incontables multiplica el afán
de los seres por su lugar
De pronto/ el mundo adquiere identidad
de complejidad y problema
con miradas atónitas víctimas del escepticismo
o de lo ecléctico en palabras de suposición
Alcanzada la hora de los deseos y las promesas
el silencio acobarda las miradas
y los labios presuponen el rumor de olas lejanas
3.
Tal vez la eternidad es luz efímera
como efímera es la concepción,
la madurez, la muerte de una espiga
tal vez el ser efímero, es lo eterno.
Marcela del Río Reyes
Divagación en el contexto del silencio/ evoca suplicios
y quimeras a lo largo de los sueños
Vaguedad en la rosaleda descubre la penumbra
con los visos de lo evanescente
y melodías en la memoria de lo lírico
Trasunto de incidentes hacen de lo precavido
un arsenal de cuestiones inútiles
y en el camino las cargas se acomodan
a la antigua usanza de las compensaciones
Divagar en el olvido es apostarle a lo inútil
de la comprensión
entre relictos de marañas con el sello de la paleografía
Nada es perecedero a los ojos de la inmortalidad
en el vagabundear de colosos venidos a menos
El desprecio congrega la atención de ojos
en espíritus estrábicos
víctimas de lo incandescente de los odios
no tan venidos a menos
Pasan las conjeturas al plano de las onomatopeyas
y en la sonoridad del descuido se rubrica el silencio
de las serranías
Golpes de opinión encandilan a su vez
la alumbrada del bienestar/ sujeto a prueba
entre convites de insularidad y lejanía
El cuento está en regodear momentos
para el entendimiento en la espera
4.
Azares de la historia y sus misterios
han perpetuado siempre los prodigios
de la leyenda en vuelo de los tiempos,
que sueña en pleno cielo sus delirios.
Marcela del Río Reyes
Apostillas del silencio en el apremio de los días
bajo nubes de clemencia enrarecida
Las palabras se hacen fortín de lo exótico
por calles de ciudad enmudecida
y desde las colinas se apresta la divisa
sobre valles aluviales y alcores desvanecidos
En lo fugitivo de las palabras/ y del silencio
está el encuentro del enigma sin resolver
con figuras desdibujadas por la niebla
A su vez/ las nieblas divagan en el fortín de las montañas
En Aleph, Manizales (Colombia), junio/noviembre de 2017
Comentario:
“Querido Carlos-Enrique:/ Me has dado con tu ensayo-poema, una verdadera Navidad, me siento renacida con tus letras. ¡Que extraordinaria sensibilidad la tuya y qué manera de expresarla! Me has dejado sin palabras, porque no encuentro aquellas que puedan calificar con justicia, la excelencia de tu comprensión, sabiduría y capacidad poética. Leer tu ensayo-poema ha sido para mí como cruzar otro umbral, desconocido hasta ahora para mí, el que hay entre el verbo y el espíritu./…/ No te puedo agradecer tu ensayo-poema con un simple «Gracias» y sin embargo, creo que es la única forma de hacerlo: ¡GRACIAS! Aún estoy bajo la fascinación de su lectura./
Un abrazo con mi admiración y afecto,/ Marcela del Río Reyes” (México, 25.XII.2017; 12:52 p.m.)