Marco-Antonio Campos o la amistad
No fue en agosto de 1988 que sucedió, ni fue en Cefalonia, como lo dice un poema de Marco-Antonio Campos.
El poeta, sinembargo, pospone la llegada. Comprende que esa llegada es quizás el fin. Campos va y vuelve por el mundo, suspendido en la nostalgia, atravesado por la curiosidad planetaria. En Nueva York observa el tumulto humano y concluye sobre las injusticias y lo saqueos que ayudan a edificar los imperios. En Jerusalén reconoce que la ciudad de Dios sigue siendo la ciudad del infierno, a pesar de que haya voces que floten en la atmósfera y pidan que algún día los muros de sangre se llenen de cantos de niños y de adolescentes. Y en este trasegar, surge México. El de los fantasmas de la infancia de Campos, la tierra del amor ya gastado, el lugar de las luchas sociales que han dejado el regusto de la derrota, la casa de la descreencia desde donde se escribe el poema.
Campos deambula y su escritura se teje de pasos incansables. Pero esos pasos jamás son la estancia del solitario. Al contrario, significan la posibilidad de hablar con los otros. Sus versos pertenecen, por ello mismo, a la fraternidad de los poetas andariegos. De esos hombres cuyos perfiles físicos son devorados por el polvo, pero cuya palabra deja su impronta sobre el tiempo. De algún modo, la poesía de Campos es una conversación con espectros. Pero ¿qué gran poesía no lo es? La ambición del poema, su más arriesgada y acaso más inútil ambición, es sobrepasar los límites de la muerte y enfrentar al olvido, esa inexorable forma de la memoria. El poeta es consciente de esta circunstancia y para superarla propone pláticas con humanos ya muertos. Extraña sensación la que otorgan estos cuatro poemas de “Con el cuello cortado”: son diálogos con apariciones que Campos y el lector logran ver en el instante que ya mismo se desvanece.
Gonzalo Rojas, a propósito de “Concierto”, el libro dedicado a sus poetas y amigos entrañables, dice pertenecer al coro. Que es como decir a la gran minoría de los malditos, al grupo de los errantes iluminados, a los que se hermanan en la perplejidad, a esas sombras hermosamente infelices, al coro de los que saben que Itaca es un extraño paraíso sin luz. A este grupo pertenece también Marco Antonio Campos y, por supuesto, las presencias con quienes habla en “Con el cuello cortado”. Cuatro poemas que son hilos de versos, puentes de una bella y desgraciada fraternidad. Campos transita los hospitales donde mueren Van Gogh, Rimbaud, Vallejo y la farmacia en donde Trakl tuvo “las imágenes claras y puras del infierno”. Y en tanto lo hace, sus pasos, y las palabras que se desprenden de ellos, son espejismos que otorgan una fuerza consoladora a quienes leemos.
Pero lo que realiza Campos, al recorrer estos parajes de la locura y la muerte, además de homenajear a los hermanos “sin albergue por la tierra”, a aquellos “exiliados por la voluntad de la desdicha”, es dialogar con la poesía. Su nomadismo, una vez más, busca la esencia de lo visto. Así lo visto sea eco, lejana huella, perdidos pasos. Quizá no hay mejores espacios para rastrear la escurridiza esencia de la poesía que estos hospitales de Arles, Marsella y París y esta farmacia de Salzburgo. Campos sabe, y en tal matiz reside la solitaria belleza de estos poemas, que hablar con la poesía es mirar sombras, es preparar nuevamente las mortajas, es mitigar la miseria, es soplar un verso en el instante de la muerte. Se leen los poemas de “Con el cuello cortado” como si se estuviera caminando la arisca y desgarrada parcela de la poesía. Pero Campos ofrece en este itinerario de padecimientos una suerte de apoyo. Sus poemas dicen que ser poeta es ejercer la amistad en medio del arrasamiento de los hombres y las cosas. Esa amistad que deja a un lado el espanto y detiene la cadena de los abismos y las persecuciones. Para así pronunciar en el oído del amigo, que se ha extraviado en el tiempo y en el espacio pero cuyo encuentro sucede en la escritura, la esencial palabra.
