Marguerite Yourcenar en el Ensayo
Los dioses griegos sufrían de su belleza vacía,
cansados del incienso invisible alrededor;
la dulce tibieza de las tardes no llenaba sus venas
y en sus lívidas frentes de apio y de verbena
ceñía el dolor de ser sin haberlo sabido.
Marguerite Yourcenar
(en “Las caridades de Alcipo”, II)
En un texto que escribió Marcel Proust sobre la lectura cita a Descartes para considerar como los buenos libros son una conversación con las personas más honestas de los tiempos pasados. Y agrego, también de las actuales. Y a su vez Proust asevera que la lectura está en el umbral de la vida espiritual, de manera incitadora, en especie de llaves que nos abren espacios donde no sabíamos entrar, con efectos saludables.
Todo tiempo es bueno para leer, y en esta labor se encadenan obras y autores, sin término. Y la vida espiritual se enriquece en ese diálogo con las páginas, con los personajes, con las ideas, con la siempre opción de volver atrás, que es un modo de ir adelante. Y si disponemos de estudiantes, como me ocurre en la “Cátedra Aleph”, la motivación es mayor para conversar. Por estas semanas que corren yo he estado dedicado a un voluminoso libro de Margarite Yourcenar, con la recopilación de sus Ensayos, y alterno con los siempre cercanos Ensayos de Montaigne, bastante de poesía, incluso escuchando la voz de Raúl Gómez-Jattin con sus poemas dramáticos y categóricos, a la vez amorosos, con recuerdos y escenas de nostalgia, elaborados en una vida a su vez dramática, con resultados de una belleza conmovedora.
Marguerite Yourcenar (1903-1987) es autora ya clásica del siglo XX por obras monumentales como las “Memorias de Adriano”, cuya lectura en cada página estremece el alma. Poeta y narradora, con obras cada una singulares, piezas maestras. Y en el ensayo muestra erudición, capacidad de investigar y escritura de análisis, con evidencias de manejar relaciones, contextos, en sabiduría histórica. Sus ensayos se agrupan en cuatro partes: “A beneficio de inventario”, “El tiempo, gran escultor”, “Peregrina y extranjera”, y “Una vuelta por mi cárcel”. Demuestra un gran dominio de la cultura clásica griega, a la que alude como referente cuando analiza aspectos de obras con descubrimiento directo o implícito de conexiones. En la primera parte hay dos estudios de asombro, uno donde analiza con detalle la obra total de Konstantino Kavafis, y el otro sobre Thomas Mann. En ambos se ocupa de los contrastes, en lo sobresaliente y en los dejos de calidad cuestionada. Escudriña las obras hasta relacionar detalles con la biografía de los autores. El que dedica a Kavafis es un robusto ensayo, que me atrevo a calificar de modélico, con aparato crítico de rigor.

Kavafis permitió que en vida se publicaran pocos poemas suyos, y en toda su obra hay una constante en lo impersonal de los enunciados y en cierta forma secreta, con escrituras no directas sino en alusiones o claves, con la aseveración del propio autor de ser testimonial de su vida. Yourcenar lo califica como un “alma amorosamente encerrada en lo humano”, en un lenguaje que también identifica de “seco”. Obra que no se aventura a las grandes perspectivas históricas, pero si con meditación sobre el destino, y anclaje en alusiones a clásicos romanos y griegos, con un procedimiento que se emparenta con el de Montaigne por esos referentes. La autora también alude al humanismo de Kavafis que en nada se parece al preponderante en Occidente, heredado de Roma, del Renacimiento, de lo académico del siglo XVIII, mientras que el humanismo de aquel tiene conexiones con Alejandría y Asia Menor, en menor grado con Bizancio.
La ensayista señala el interés temprano de Kavafis por la idea y sentido del destino, con poemas donde evidencia las sensaciones de desconfianza, de aceptación, de resignación, de impotencia y de audacia prudente, incluso con alusión a la incomprensible perfidia de los dioses. Señala también como Kavafis tuvo la suerte de nacer en Alejandría, ciudad caracterizada por el agite y el ruido, con los contrastes agudos de riqueza y pobreza, sin las ruinas que seducen por ejemplo de Grecia, país de su nacionalidad. Y fue su ciudad amada. Reconocimiento especial hace por la belleza de sus poemas amorosos, eróticos, expresivos en sus experiencias voluptuosas, despojados de lirismo.
Margarite Yourcenar redondea la apreciación de la poesía de Kavafis, al calificarla de “poesía de viejo cuya serenidad ha tenido tiempo de madurar.” Y agrega: “Hagamos lo que hagamos, siempre volveremos a esa célula secreta del conocimiento de uno mismo, a la vez estrecha y profunda, cerrada y traslúcida, que suele ser la del voluptuoso o del intelectual puro.”
El estudio que hace la Yourcenar sobre la obra de Thomas Mann es igualmente formidable, con el estudio de rigor en las obras y en las conexiones entre ellas, la vida del autor y los fenómenos de su tiempo. Comienza por identificarlo como un clásico moderno, por cuanto su obra es leída y releída, analizada una y otra vez, pasado el tiempo. Sigue presente. En especial Mann es más reconocido por su obra “La montaña mágica”, la que la analista considera como una meditación notable de persona asediada por su propia muerte, con sesgos de amor. Asimismo, la obra hace una descripción meticulosa de un sanatorio de 1912, en la Suiza alemana. Con el estimado de ser esa obra especie de metáfora de la “Ciudad del Mundo”, al igual que la considera una “epopeya de un Ulises del abismo interior”. A Hans Castorp, el personaje principal de la novela, lo identifica en el comienzo de la obra como inseparable de una clase social, arcaica, de comportamientos sociales aprobados, pero que al tiempo resulta ser una clase desvanecida y atrofiada. Al principio, Castorp no padece el desespero sino la autosatisfacción. En estas consideraciones ve el reflejo de la personalidad de Mann en su condición burguesa, enfrentado en la obra a la aventura del espíritu, con retorno a sí mismo.
También la autora identifica en “La montaña mágica” el triunfo del pensamiento demoníaco sobre el pesimismo y la condición estoica. Castorp aprende a vivir, con apego a la ciencia que le lleva a comprender su propia condición humana. Merodea la “sabiduría hermética” ligada a las “ciencias ocultas”. Al final de la novela, Castorp incursiona con entusiasmo en la guerra, en busca de la realidad y de la solidaridad a manera de compañía. Se trata de 1914, con la identificación histórica de la “primera guerra mundial”. Asimismo, Mann después de narrar los progresos en la formación del espíritu del protagonista, repudia las investigaciones de este por considerar que incursiona en los territorios del mal.
Yourcenar, después de establecer conexiones con otras obras de Mann, considera que “La montaña mágica” representa una realidad asemejada a una vida de temer, auncuando en cierto momento Castorp en un sueño tiene la visión de la belleza del mundo. La obra oscila entre polos opuestos, la santidad y el crimen, la rebeldía y el conformismo, como disyuntivas.
De igual modo, la ensayista se ocupa de tratar otras obras de Mann, como “Los Buddenbrooks”, “La muerte en Venecia”, la tetralogía de “José”, el “Doctor Fausto”, “Carlota en Weimar”, “Las confesiones del caballero de industria Félix Krull”, etc., no sin incursionar sobre temas de sus obsesiones: la ambigua condición del artista, la duda sobre el carácter de la inteligencia, su preocupación por los límites de la conciencia, de la comprensión o del entendimiento y la decisión por aprender a vivir. La analista tiene la impresión “de que Mann, al igual que Balzac o Proust, pertenece a esa clase de grandes novelistas en cuya obra se superponen, al admirable realismo en todos los terrenos, unas secuencias casi oníricas en el momento en que entra en juego el erotismo, secuencias en las que ya no tienen importancia las reglas de la verosimilitud.”
Como parte curiosa de la obra, refiero la comparación que hace Marguerite Yourcenar de la música en Thomas Mann y en Marcel Proust, de la manera como tiene manifestación en las obras de los dos. Considera que en Mann la música y el erotismo son de esencia mágica. Y Proust es el más músico de los dos, sensible a la estructura matemática de ella, en su belleza.
Después del estudio pormenorizado de la producción de Mann, llega a la conclusión al identificarlo perteneciente “a ese grupito de espíritus prudentes y tortuosos por naturaleza, a menudo secretos por necesidad, temerarios, según parece, a pesar de ellos mismos”, compulsivos, en simultaneidad conservadores y subversivos, por la obsesión de interpretar cada vez de nuevo el pensamiento y el comportamiento humanos.
Otros capítulos del libro “Ensayos” están dedicados a reflexionar sobre observaciones en viajes por varios continentes, con apreciaciones de las diversas formas culturales, las expresiones religiosas; discernimiento sobre la novela histórica, el tiempo, el “sueño de Durero”, el fracaso como consideración de nobleza, los juegos eróticos y místicos de la “Gita-Govinda”, obra lírica del poeta Jayadeva (s. XII) dedicada a una aventura de Krisna, con especial conocimiento de las tradiciones vernáculas de la India. Y en algún aparte se refiere a la “Declaración de los derechos humanos”, para insistir en la necesidad de promulgar y reafirmar Leyes con el contenido de verdad, que sinembargo serán infringidas, pero con respuesta en la conciencia de los transgresores de haber obrado mal. E invoca la conveniencia de ser subversivos, en el sentido de la necesidad de rebelarnos contra la ignorancia, la crueldad, la indiferencia.
Apartado singular está elaborado con pensamientos escritos en un jardín, en tonos reflexivos y poéticos, por ejemplo cuando expresa: “En un abrir y cerrar de ojos el agua pesada asciende como el humo, como el vapor, como el alma.” Y la alusión a esa gran llama que llevamos dentro sin conocer su naturaleza.
Rinde homenaje a Jacques Masui (1909-1975), el autor de “Experiencia de un caminante”, experto y creador de libros relativos al “yoga”, sobre la base de una tradición en la Yourcenar de estudiosa de la sabiduría oriental. Califica a Masui de haber pertenecido al selecto grupo de espíritus modestos, sencillos, prudentes, recatados, solidarios, que alcanzaron sosiego sin posible perturbación.
Los capítulos que dedica a los viajes, “Peregrina y extranjera” y “Una vuelta por mi cárcel”, son deliciosos en sus crónicas, con testimonios de sus recorridos por Grecia, Sicilia, Estados Unidos, Alaska, Italia, Francia,… con reflexiones y estudios especiales sobre Henry James, Jorge-Luis Borges, Mozart, Virginia Wolf, Oscar Wilde,… Intercala un catálogo de los ídolos, para ubicarlos en su comprensión; allí están Narciso, Hermes, Ícaro, Ganimedes, Diana, Afrodita (que la identifica con la voluptuosidad de las olas), Psique, Helios, Safo, Orfeo, Hermafrodita, Perséfone, Diana de Éfeso,… A Psique lo caracteriza por sus alas de mariposa y sus alma de abeja. A Diana de Éfeso le dice: “eres dura, insensata, alegre, pero tus ojos fríos juzgan a los vivos.”
Muy especial es el capítulo “Una vuelta por mi cárcel”, con maravillosas crónicas de sus viajes, de atenta observadora, con reflexiones de pensadora ilustrada. De manera singular se ocupa de compartir con los lectores su visita al Japón, de octubre a diciembre de 1982. Con el complemento de relatos de viajes a San Francisco, a Canadá y Alaska, y su experiencia en un crucero por el archipiélago de Hawai. El volumen incluye también al final la conferencia que pronunció en Tokio, en octubre de 1982, intitulada “Viajes en el espacio y en el tiempo”.
Sus pensamientos propios, y los que acoge, son de una creatividad de pasmo. Así, al estudiar la tradición que tuvo expresión en Matsuo Basho (1644-1694), recoge este, en el epígrafe respectivo: “El día y la noche son los viajeros de la eternidad”. Se refiere a él como el personaje que vivió, más que otro, la eternidad del instante. Recuenta la condición de viajero que tuvo Basho, quien se desplazaba con sus propios arreos, ligero de equipaje. Alude a la técnica en poesía que empleó aquel, el “haiku”, en esa condición de estimar la amistad como jalonadora del camino. Expresa que en esa época la poesía se consideraba un “modo de vida” y un “juego de sociedad”, lo que no corresponde a los tiempos actuales. Yourcenar recorre el barrio de Kioto donde Basho tuvo su último trajinar. Recuerda esa última noche de Basho en su piecita, con la lámpara apagada, caminando en torno al brasero. Y al término de esa bella semblanza, Yourcenar dice: “La naturaleza es amada pese a sus aspectos penosos, o a veces incongruentes, que los poetas de Occidente silenciarían con discreción.” Y recoge el que piensa pudo haber sido el último haiku de su creación, el más bello:
Su muerte próxima
Nada la hace prever
En el canto de la cigarra.
No puedo pasar de largo sin referirme al ensayo que le dedica a Borges (“Borges o el vidente”), en el capítulo “Peregrina y extranjera”. Comienza por aludir a la imagen del “poeta ciego” en la historia de la cultura. Están Valmiki, el autor del “Ramayana”, algunos de los “escaldos escandinavos”, semejante en los “rapsodas griegos”, el busto de Homero, como ciego vagabundo, en retrato de Rembrandt sobre cuya cabeza posa Aristóteles su mano. Identifica en Borges la “noble modestia”, al reconocerse igual a todos; modestia que también califica de “orgullosa”. Valora sus ensayos críticos en mayor grado por no desviarse del propósito con denigraciones y desvíos de distracción. Reconoce en Borges como al llegarle la ceguera potencia sus cualidades de cordura y clarividencia. En su encuentro con él, registró lo que le dijo relacionado con la creencia de que los ciegos ven todo negro; no, le manifestó, “yo me levanto y me acuesto envuelto en una espesa niebla amarilla que todo lo cubre… ¡Ah, si yo pudiera contemplar una hermosa noche negra!”
Borges llega a la dirección de la Biblioteca Nacional, ya ciego, en medio de 900.000 volúmenes, al suceder a Paul Groussac también ciego. Refiere a propósito el “Poema de los dones”, creado en coincidencia con ese arribo, donde dice: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ Esta declaración de la maestría/ De Dios, que con magnífica ironía/ Me dio a la vez los libros y la noche. (…)” Situación que lleva a la autora a reflexionar: “Nuestro destino es nuestro; tan nuestro es que nos modela y nos destruye. Pero no olvidemos que también a otros pertenece…”
Menciona la alusión de Borges a su ceguera en algunos otros poemas, en los que de manera discreta refleja quizá la angustia que conservó en silencio. Así, “… Ya no hay una/ Luna que no sea espejo del pasado./… pero no basta ser valiente/ Para aprender el arte del olvido./…”
Valora el acompañamiento inteligente que le dio, desde muy joven, María Kodama. Borges no fue dado a los enamoramientos, y Yourcenar recoge la expresión de este: “enamorarse era crear una religión cuyo dios decaería”. Examina también la manera como Borges no registró en su obra malas cosas de su vida, como la destitución que le propició el dictador Perón, al promoverlo de sus funciones en la “Biblioteca Miguel Cané” a inspector del mercado de pollos, por los antecedentes antiperonistas, su condición de intelectual y escritor con voz pública. Pero si registra el cuento de Borges, “El simulacro”, donde aparece el personaje “Perón”, hombre errante de pueblo en pueblo, atuendado de negro, que lleva un ataúd con una muñeca de cera que dice llamarse “Evita”. Y en el cuento concluye recordando que ambos personajes representan al dictador y su mujer, no más auténticos.
Marguerite Yourcenar acompaña esta alusión con reflexión suya: “Todo hombre algo enterado de los incesantes cambios y de la complejidad casi infinita de las cosas, se siente poco a poco invadido ante la Historia por el sentimiento de lo horrible y de lo absurdo.”
Trata, con debido cuidado, el ensayo, la poesía y los cuentos de Borges. A estos los clasifica en tres grupos: 1. Los cuentos eruditos (“epistemológicos”), de gran dificultad para su lectura: “Pierre Menard, autor del Quijote”, “La busca de Averroes”, “Los teólogos”,… 2. Los cuentos fantásticos, los más difundidos y reconocidos: “Las ruinas circulares”, “El Aleph”, “Deutsches Requiem”, “El Zahir”, “La escritura de Dios”, “El inmortal”, “El milagro secreto”, “La biblioteca de Babel”. “El congreso”, “La secta del Fénix”, “La lotería de Babilonia”,… y 3. Los cuentos con personajes y escenario de Argentina: “El encuentro”, “La noche de los dones”, “El otro duelo”, “El hombre de la esquina rosada” y “El Sur”. Al mencionar los representativos de cada grupo, los examina con síntesis de ellos y apreciación global. Por ejemplo “El Aleph”, que lo ubica en el segundo, estima que puede no ser más que la visión de un alucinado. Termina este estudio refiriendo un sueño de Borges, que la lleva a emparentar el tema con “La vida es un sueño”, de Calderón, para preguntarse, “si toda la vida lo es, ¿no será la muerte tan sólo un despertar?”
Hay seis bellos poemas en prosa en el apartado intitulado “Serie de estampas para Ku-Ku-Hai”, que ella misma identifica al final en una nota como escritos a edad temprana, con reconocimiento a su afición predilecta por las literaturas orientales que tuvo también desde muy joven, al igual que la perseverancia en dos temas: el amor y la muerte. En esa misma nota utiliza las dos expresiones: “poemilla” y “ensayo”, dos manera de considerar esas creaciones singulares. En el primero alude a quien, cercano, nació en la ciudad de las puntiagudas torres, a orillas del Arno, “ciudad donde la fe luce tenue detrás de todas las cosas”. Pasa por la noche de la epifanía con el nacimiento de Jesús, hasta aludir a María Magdalena con el paso final de registrar su llanto ante el crucificado, considerándola como la “amante de Dios”.
En el segundo, comienza con la referencia a Buda, al que califica de “pálido asceta de las manos abiertas”. Dilucida el tema de Dios, con la consideración de quienes lo aprecian como el infinito sin límite alguno, en el espacio vacío del que salió el Universo. Y anota lo ambiguo de personas que ruegan a Dios para que les haga un milagro, sin tomar en cuenta el propio milagro que es estar con vida, ni observar la maravilla en la existencia de los animales, los pájaros y las plantas. Para terminar señala que quizá san Francisco habría ubicado en sitio pequeño al Buda en su “Cántico de las criaturas”.
En el tercero, considera que se tienen mil almas, entre ellas la olfativa que percibe el mundo en una maraña de perfumes. Está igualmente el alma digestiva, con circunvalaciones en el apetito de la conciencia buena. Los cuerpos trabajan para vivir, con sensaciones entre gozo y sufrimiento, y la autora imagina el infinito en lo concéntrico de su corazón. Es una alusión a un otro que ama, con reflejos de lo esencial en el egoísmo que da soporte al amor. En ese divagar toma referencia de las mujeres de la Edad Media llevadas a efigies. Y regresa a observar la persona amada que al mirarla observa en sus ojos grandes “esa religión de los débiles a quienes el miedo, la gratitud y la esperanza hicieron un día inventar a Dios.”
En el cuarto, recrea la noche interpretándola de ser una dama de tristes magias, que suele borrar el tiempo y la distancia. Evoca también la Luna llena con metáfora de apreciarla redonda, reluciente y “pálida como la máscara de una enamorada en el barco de flores de las noches veraniegas.” Hace reminiscencia de Li-Tai.Po en aquella escena de andar seguido de su perrito, “ebrio de vino y de tristeza”, que al ver en un estanque el reflejo blanco de la Luna, se arrojó a él y “muy pronto el cuerpo del poeta flotó a la deriva de la noche.”
En el quinto hace quizá recuerdo del amor de un oriental, con diferencias de culturas, sujetos ambos de los azares del destino, del universo. Ella, descendiente de cazadores de las Galias, gentes atraídas por la majestad de las catedrales, y él de unas tierras amarillas, con mujeres del Timur que cruzaban territorios de abismos, el desfiladero de Pamir. Con la escena final de la Gran Muralla china, e idea el recuerdo de alzar en brazos el cuerpo de aquel, resultado de toda la historia.
Termina el apartado, el sexto poema, recordando el amor con alguien poseedor de olvido, que resulta ser una mascota, el perro de compañía. Alude a la muerte, con destino al otro lado del tiempo. Y de morir, no irá sola, puesto que en ese trance nos llevamos en fantasmas a quienes amamos y quizá también nos amaron. Asimismo evoca a las criaturas de su apego, el cachorro, el perro que nunca le faltó en cercanía, en sucesión un pequinés, un pastor irlandés, varios settetrs, varios ‘épagneuls´, sin olvidar el más pequeño de bellos ojos redondos. Aquí lo observa en otras manos ingresar a una iglesia en Nápoles. En Asia mira su pasear por las pagodas, “donde la sombra es como el misterio y la luz como una sonrisa.” Percibe a la mascota a los pies de un Prefecto con vestimenta amarilla, invocando que no le pida nada, menos la felicidad, puesto que “es tarea nuestra el obtenerla y no de los dioses el otorgarla.” Le pide no escuchar las palabras del predicador cuando se refiera a la muerte como un largo sueño, puesto que “la nada es solo una ilusión como la vida”. Termina con la expresión del sosiego en el frío de la inmensa noche, sin alterar ningún cuerpo celeste ni impedir que “tantos corazones de hombres, niños o animales hayan latido hasta romperse.”
Como se dijo antes, el libro termina con la reproducción de la conferencia que Marguerite Yourcenar pronunció en el Instituto Francés de Tokio , el 26 de octubre de 1982, bajo el título “Viajes en el espacio y en el tiempo”. Refiere en ella la pasión por viajar, en la doble condición de ganancia y de aventura, también por la circunstancia del regreso como Ulises. Menciona personajes de sus obras sujetos a esa pasión, como Adriano, Zenón, Nathanaël,… Los viajes los considera oportunidad para adquirir información sobre la actualidad del mundo y reconocer la historia en los vestigios que ha dejado, como comparecencia del mundo en lo que ha sido. Involucra su idea de los caminos entrecruzan espacio y tiempo. Menciona a Michel de Montaigne, tan apegado a la casa pero de buenos viajes cuando tuvo ocasión, así en los recorridos por Alemania e Italia, con testimonio de meticuloso cronista en su “Diario del viaje a Italia”. Asimismo alude al viaje de Goethe por Italia atraído por las ruinas en los campos de Roma y por las antigüedades incluidas las del Vaticano, al recorrido de Chateaubriand por Italia y Atenas, a Flaubert por Egipto, al cineasta Vittorio de Sica sobre su célebre película situada en Roma, sin mostrar los atractivos para el turista.
Viajeros que antecedieron como los románticos que iban en busca del orden y la belleza, especie de “tierra pura” en la expresión budista.
Redondea la exploración sobre los viajes, en el tiempo y en el espacio, con la convicción de ser subjetiva toda impresión y de lo que se tiene en cada lugar es un encuentro con uno mismo.
Margarite Yourcenar está consagrada entre los grandes escritores de nuestro tiempo, en la condición de estimarse su obra como clásica por la perduración y estima en sucesivos lectores. Sus ensayos, narrativa, poesía, crónicas, traducciones son una muestra de sabiduría, creatividad, capacidad comprensiva y riqueza idiomática en la exposición, con maneras cautivantes. De actitud moral ejemplar. Fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa de la Lengua.

En Aleph, a 06 de abril del 2020