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María Cano, la Virgen Roja

Fragmentos de los capítulos  III y V (Bogotá: Random House Mondadori, 2017)

Cap. III

(…)

El despertar de su conciencia social

María necesita ampliar cada vez más el contacto con la gente. Necesita sentirse útil. El encuentro con sus primos, las conversaciones con Tomás y las lecturas que él le recomendaba le despertaban cada vez más la conciencia social y la necesidad de hacer, no solamente de conversar y escribir. ¿Qué sabía hacer ella? ¿Qué era lo que mejor hacía? Leer, por supuesto. Sabía, por su propia experiencia, que leer era la mejor manera de salir de la ignorancia, de ampliar el conocimiento sobre el mundo y los seres humanos, de desarrollar un pensamiento propio. Muchas veces había discutido tanto con Tomás como con el grupo de la tertulia acerca de la relación entre pobreza y educación. Esta era, además, una profunda convicción de su padre. La educación no sólo ampliaba las oportunidades de trabajo de la gente, sino que contrarrestaba la manipulación de los políticos y los poderosos.

Medellín y otras poblaciones antioqueñas tenían una tradición lectora de la que no eran ajenas María ni su familia. El interés por la lectura se hace evidente de diferentes maneras: la profusión de bibliotecas públicas que se dio entre 1850 y 1930. La historiadora Patricia Londoño logró identificar 118, de las cuales, la mayoría correspondía a Medellín. Otras formas de hacerse evidente la tradición lectora fueron:

“[…] la cantidad de periódicos y revistas regionales que abrieron sus páginas a la literatura, los círculos literarios y artísticos se crearon, con mayor o menor formalidad, en tiendas de libros, cafés, bibliotecas y residencias privadas. Algunos tenían nombre y unos pocos hasta inscribían socios, elegían directivas y celebraban reuniones periódicas”[i]

El café El Globo, donde se encontraban los Panidas, abrió una biblioteca para el público en la calle Boyacá. Su dueño, Pacho Latorre, la anunciaba como “la mejor de Medellín. Mil ejemplares casi todos nuevos y todos limpios y en buen estado. Obras científicas, viajes, novelas, historia, poesía, etc. etc. de los más connotados autores. Tenemos el gusto de ofrecerla al público y muy especialmente a las damas de esta Capital”.[ii]

María conocía la historia y el impacto de la famosa biblioteca del Tercer Piso, que era la biblioteca pública más famosa en Antioquia, tanto por su calidad y cantidad de libros como por la anécdota que había detrás del nombre. Fue creada en 1893 en Santo Domingo, un pueblo del nordeste antioqueño de unos 10.000 habitantes. Fue creada por un grupo de amigos de Francisco de Paula Rendón, entre los que se destacaba Tomás Carrasquilla, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América.

Funcionaba en un segundo piso, pero el tercer piso era imaginario y fue producto del asombro de un joven de Santo Domingo que visitó a sus parientes de Medellín y conoció por primera vez una lujosa residencia de tres pisos. Era la mansión de los Bedout. El joven no paró de hablar del tercer piso, hasta el punto que la nueva biblioteca decidió crear un tercer piso imaginario, y así fue bautizada: la biblioteca del Tercer Piso.[iii]

La biblioteca del Tercer Piso ofrecía lecturas “sanas, variadas e instructivas” a los socios, que pagaban cuotas fijas, o bien las alquilaba a los no afiliados. Fue todo un éxito. El salón, decorado con mapas, retratos y planos, abierto entre las 6:30 y las 9:00 p.m., era frecuentado por los numerosos lugareños amigos de la lectura o la conversación. Al segundo año contaba con 700 volúmenes y 103 socios, incluidas cuatro mujeres. En 1908, la biblioteca fue cedida al municipio, y en 1917 tenía ya 3.000 volúmenes, sin contar los álbumes, folletos, manuscritos y colecciones de prensa”.[iv]

Conocedora de esta tradición y convencida del poder de la lectura, María aprovecha su espacio en El Correo Liberal para exponer sus convicciones y compartir su sueño, en una nota con el título «Pan Espiritual»:

Leer: Es innegable que por rudimentario que sea un cerebro, por dormida que esté un alma, es éste siempre un placer y un bien. He ahí esa gota ansiosa: Nuestro pueblo amado. Pueblo, corazón sencillo y blando, que la mano del amor puede modelar y la mano de la belleza puede fecundar. Pueblo poeta que siente sus alas crujir en la cárcel ruda de la ignorancia, golpear estremecidas cuando las acaricia viento de bienestar y de saber. Vigoricemos su espíritu, hagámosles comprensivos, conscientes. No nos abroquelemos en el sofisma de que es abrir en su cerebro la fuente torturadora del análisis. Es tortura pero es vida, es fuerza motriz. El saber es mano que cuando estruja modela. Así de recio en informe granito hace la esbelta columna que sostiene el templo de la civilización. He aquí mi anhelo: Abrir una biblioteca gratuita para el pueblo. Que los periódicos manden sus ejemplares, las librerías algunos libros escogidos sabiamente. Que puedan ellos en sus horas de descanso encontrar allí un rato de esparcimiento sano.

A lo que respondió El Correo Liberal:

Apoyo caluroso y franco merece la noble idea que María Cano preconiza en las anteriores líneas. Por nuestra parte estamos listos a prestar nuestro apoyo y nuestro entusiasmo a la idea generosa, y excitamos a nuestros colegas para que hagan otro tanto.

A los pocos días, María recibe una carta de la administración de la Biblioteca Municipal, en la que le ponen a su servicio las instalaciones para que pueda realizar su sueño; le informan que esta institución tiene las puertas abiertas para todos los habitantes de la ciudad, y por supuesto para los obreros, y le solicitan, además, apoyo con obras que enriquezcan la colección existente. María se siente emocionada. Sus hermanas se alegran de verla tan contenta reuniendo libros de la biblioteca personal y de la de su padre para donar. ¡Que los libros circulen!

-“¡Voy a empezar por este… no, mejor por este otro!”.

La Rurra, con su parsimonia y sabiduría, le pide que espere a ver qué tipo de lectores va a encontrar, para seleccionar el material. Antes de lanzarse a la aventura, visita varias veces la biblioteca, a la salida del periódico. Mira los espacios, revisa la colección para ver qué tiene y qué falta, observa a la gente que llega a consultar, a leer. Se sorprende de encontrar gente muy diversa. No sólo estudiantes.

El 5 de mayo de 1924, publica otra nota en el periódico invitando a los obreros a que vayan a la biblioteca, donde ella misma se ofrece a leerles. Titula la nota: “Por los Obreros”:

Yo os amo […] Yo quiero gustéis conmigo el placer de leer. Al paso de mi vida frente a vuestra vida sencilla y noble, mi alma os ha sonreído muchas veces al contemplar la avidez con que saciáis vuestra hambre de leer. Hambre sagrada. Estrella en la ruta sombría. Y he pensado en vosotros. He querido a vuestro lado sentir los bellos libros. Hay una biblioteca del Municipio a la que tenéis entrada. Acaso muchos lo ignoráis; acaso ninguno ha encendido en vosotros ese anhelo, ninguno os ha mostrado el rico tesoro a que tenéis derecho. Yo he conseguido se me permita llevar allí los bellos libros que he saboreado. Y más aún, se me ha prometido enriquecer más la biblioteca con libros que serán fuentes de bien para vosotros. Yo os invito a que vayáis todos. Los ancianos y los niños me tendrán a su lado para ayudarles. Leeré a los que no puedan hacerlo. Me diréis que la lucha ruda por el pan fatiga el alma. Yo os digo: Allí encontraréis la serenidad. Cuántas veces habéis olvidado con una buena lectura vuestras inquietudes y al calor de las nobles vidas que miráis surgir del libro, brota en vuestros corazones una virtud nueva, un heroísmo más. Y en veces la chispa del genio en idea creadora. A vuestras almas indómitas, quiero que llegue también ese deleite de leer. Quiero que vuestras inteligencias precoces no se extravíen. Acudid. Vuestros corazones como abejas, acendran miel purísima que ofrecéis en panal rico a los maltratados de la vida. Tesoro que otorgáis con sencillez dulcísima. Acudid, que allí embelleceréis vuestro panal. Pensad que el hada de vuestras madres os sonreirá si así lo hacéis. Os espero a todos. Quisiera que probarais a muchos desconfiados que sois capaces de comprender lo bello y lo bueno, de amarlo y de haceros conscientes, como tantos, del noble sentido de la vida. Quisiera mostrárais que no os contentáis con el hartazgo de pan, que anheláis más altas cumbres y sois capaces de llegar a ellas. Recordad que os he dicho: Yo os amo.

Al inicio, eran pocos los que se acercaban a escuchar. Pero poco a poco se fueron sumando. María se apasiona con esta labor, tanto porque puede cultivar ese gusto que ha tenido siempre de leer en voz alta para otros como por el ejercicio de seleccionar textos para un público hasta ahora desconocido para ella: estudiantes pobres, lectores de clase media, obreros de servicios públicos, en fin, el grupo crece cada vez más. Y las discusiones con sus amigos ilustrados de las tertulias se amplían y se complementan con las conversaciones con estas gentes sencillas que aprecian de manera muy diferente los libros. María se entusiasma con los comentarios y con las relaciones que establecen sus escuchas-lectores entre los libros y sus propias vidas.

Leen, capítulo a capítulo, libros como Ariel y Motivos de Proteo de Rodó, Ulises criollo y Sonata mágica de Vasconcelos, Germinal de Zola y las grandes novelas de Tolstoi y Balzac.

La biblioteca le sirve, además, para hacer nuevas amistades. Con la confianza que se va generando a partir de las conversaciones en el círculo de lectores, algunos obreros la invitan a sus casas. Queda impactada. María conocía de lejos esas partes de la ciudad donde habitaba la miseria, pero nunca había entrado a un inquilinato, y mucho menos a un tugurio. Realmente era otra ciudad, no sólo diferente a la de su infancia, sino a aquella que ella conocía: su propio barrio, que, aunque modesto, era digno. O las casas de sus familiares y amigos. Esto era otra cosa. Varias familias hacinadas en un solo cuarto; adultos y niños durmiendo en la misma cama; los niños harapientos y sucios moviéndose como animalitos casi desnudos; una mujer con diez, doce hijos, todos seguiditos; madres solas obligadas a vender su cuerpo para no dejar morir de hambre a sus hijos; jovencitas campesinas que venían de muy lejos en busca de trabajo y eran explotadas en las fábricas, donde trabajaban en turnos hasta de diez y seis y veinte horas. Algunos de sus lectores vivían en el barrio Guayaquil, que a esta altura de 1924 era un completo hervidero de gente. Era donde más hacinamiento había encontrado María. El barrio se alimentaba de hombres y mujeres solos, trabajadores, estudiantes, familias campesinas, desocupados, viudas, que eran “arrojados” de los trenes en las dos estaciones centrales de los ferrocarriles de Antioquia y Amagá.

Los trenes transportaron a mediados de los años veinte más de ciento cincuenta mil personas por mes. Por la misma época transitaron unas cinco mil personas y más de mil trescientos vehículos, cada hora, por Carabobo, la principal calle del barrio, y a la plaza de mercado ingresaron no menos de seiscientas mil personas cada mes.[v]

Algo que impresionó mucho a María fue ver y saber que eran muchas las mujeres solas, jóvenes campesinas que venían a Medellín en busca de trabajo. Algunas de estas jóvenes aparecían de vez en cuando en el círculo, cuando el exceso de trabajo les dejaba un tiempo, buscando compañía y con el deseo de aprender y mejorar su nivel de lectura, pues tenían la esperanza de superarse y ascender en la fábrica o buscarse un mejor empleo. Por ellas supo que abundaban las jóvenes y los niños vinculados a destajo en las fábricas.

—Somos muchas —le contaba una de las jóvenes con la que hizo amistad—. Yo vengo de aquí no más, de un pueblo cercano, pero en el inquilinato donde vivo hay indígenas y negras. La mayoría de las indígenas vienen del antiguo resguardo de La Estrella. Muchas nos vinimos solas, por nuestra cuenta, a buscar trabajo y mejor vida, pero hay otras que sus padres les han buscado una familia donde emplearse con tal de que no vayan a las fábricas, pues es que allí es más fácil perderse. Otra le contó que se vino a Medellín ilusionada por las maravillas de la ciudad. Soñaba con los parques, los colegios, las avenidas, los edificios. ¡Qué dicha tener plata y vivir en Medellín! Pensaba. ¡Pero qué desilusión! Es muy dura esta vida.

Dice Catalina Reyes:

Durante la primera mitad del siglo XX se dio un aumento significativo de la prostitución femenina. Este aumento se asocia a la migración campesina, pues la fábrica y el trabajo doméstico no alcanzaban a absorber toda la población femenina en capacidad de trabajar. Por otra parte, los bajos salarios, sobre todo los de las mujeres, que eran hasta 40% más bajos que los de los hombres, obligaban a algunas obreras a completar sus ingresos con esta actividad. […] En varias ocasiones la prensa local denunció la existencia de una red de trata de blancas que operaba en la estación del ferrocarril, donde se reclutaban incautas campesinas recién llegadas a la ciudad.[vi]

 —Si yo fuera madre, no permitiría que mis hijas fueran esclavizadas de esta manera. Preferiría hacerlo yo en lugar de ellas —decía María en las conversaciones nocturnas con sus hermanas, cuando llegaba con el corazón partido de ver y escuchar tanta miseria—. En la Revolución Industrial en Inglaterra contrataban a mujeres casadas. Y no como aquí, que prefieren a las solteras. —Pero María —le decía su hermana Carmen Luisa—, cuando hay hambre, no hay opción. Además, mire todo el trabajo que tiene una mujer casada en Antioquia, y más si vive en el campo: ellas desgranan el maíz, cuidan los marranos, aplanchan la ropa, cosen los vestidos, preparan la comida y ordeñan la vaca.

La explicación para contratar preferiblemente mujeres solteras responde a otras causas: Para la prensa católica y algunos sectores de la sociedad el trabajo obrero femenino era incompatible con su función de reina y guardiana del hogar. “La obrera es una familia destrozada […] De ordinario la obrera es una mujer sacada del puesto a que estaba destinada y desviada del camino por donde Dios la dirigía. No es la mujer para la fábrica sino para la casa”. Las mujeres casadas tenían cerradas las puertas de acceso al trabajo y según lo muestran claramente los censos de obreras de la ciudad, excepto en las trilladoras, prácticamente no se les dio empleo. En el período de 1916-1941, el 85.2% de las obreras eran solteras, el 10% casadas, y el 4.8% viudas. —

—Pero lo que más me duele son los niños. ¡Cómo es posible que contraten a los niños y los exploten de esa manera!

La indignación de María aumentó cuando leyó en el periódico el siguiente aviso:

La fábrica de tejidos de Bello da trabajo a ochocientos obreros. Muy cerca de ella y en calles anchas y planas puede ud. adquirir un lote para su casita. Este terreno lo pagará ud. con cuotas semanales de 50 cts. Su hijita de 12 años trabajando en la fábrica puede pagarlo.

O este otro:

En la fábrica de Tejidos de Bello encontrará ud. un solarcito en el barrio Andalucía que podrá pagarlo con el jornal de una sola de sus niñas[vii]

—Ay María, no hay rico sin pecado detrás —sentenció la Rurra, siempre sabia.

Fue como si le hubieran corrido un velo de los ojos. Esa noche, en medio de las lágrimas de rabia y tristeza, le escribió a Tomás contándole su decisión. Iría a trabajar a los barrios; iba a hacer algo útil por esta pobre gente, que, además de pasar hambre y estar hacinada, era explotada de esa manera. Reunió a sus amigas, les contó lo que había visto en las casas de estas gentes y les propuso hacer obras benéficas, como tejer y confeccionar ropa para los niños y las mujeres. Se reunían una vez a la semana, y María les contaba cuáles eran las necesidades más apremiantes de estas familias. Armaban paquetes con ropa y mercado y visitaban las casas elegidas. María y sus amigas eran muy bien recibidas, hasta el punto que, cuando llegaban a las casas, los niños salían felices a recibirlas y les avisaban a sus madres: ¡Llegó Mariacano! ¡Llegó Mariacano! No todos usaban este nombre de manera despectiva; de hecho, asimismo empezaron a llamarla también en los barrios, con el cariño y la confianza que ella les inspiraba.

María combinaba su trabajo en El Correo Liberal con sus lecturas en la biblioteca y con las visitas a los barrios. Cada vez conocía mejor el mundo de los obreros y de los pobres y se solidarizaba con sus desgracias y sus penas. Visitó orfelinatos, asilos de ancianos, hospitales, clínicas de caridad, casas de misericordia y casas de pobres. Estas viviendas habían ido surgiendo por la necesidad de albergar a tanta gente que migraba de los campos, y se hicieron bajo el amparo de la caridad cristiana, respondiendo a la necesidad de bajar los índices de criminalidad, vicio, desviaciones morales y comportamientos salvajes, según los argumentos de la Iglesia. De igual manera, también los empresarios impulsaron la construcción de barrios enteros buscando regular y controlar el comportamiento de los trabajadores.

María se interesa por estos temas de la organización de la clase obrera; de las relaciones con los patrones; del deseo tanto de los empresarios como de las clases altas de controlar la vida privada de los obreros y en especial de las obreras. Es así como se entera de que una de las primeras instituciones que se encargó de solucionar el problema de las mujeres solteras que no tenían un hogar fue el Patronato de Obreras, creado en 1912 por dos damas de Medellín. En años posteriores, comunidades religiosas administraron los dormitorios y restaurantes obreros de las empresas de mayor tamaño. Sus funciones eran amplias y, aparte de suministrar dormitorios para las obreras, servían como bolsas de empleo para las fábricas, el comercio y el servicio doméstico. El Patronato de Obreras contaba con restaurante, caja de ahorros y de préstamos, guarderías para los niños, enfermería, biblioteca, ropero, sindicato de la aguja, así como con servicios de educación: escuela dominical, culinaria y obras manuales. Por último, estaba ligada a la Congregación Mariana, y dictaban conferencias acerca de temas religiosos.[viii]

Los patronatos fueron también una manera de “proteger” a las obreras de las ideas socialistas que llegaban al país. Era tan deliberada esta intención que no se unían a la celebración del Día del Trabajo el Primero de Mayo, sino que organizaban la fiesta el Cuatro de Mayo, con misa, recreación y homenaje a la Virgen María. El Patronato de Obreras fue creado en 1919 por iniciativa de dos damas de la burguesía antioqueña, en acuerdo con algunas empresas, el arzobispado y la compañía de Jesús. Era un lugar para albergar a las obreras que venían de fuera de Medellín para “prevenir su corrupción moral en la ciudad”. Era una especie de Convento, donde todo el tiempo se rezaba, se recibían conferencias de moral por parte de los jesuitas y se aprendían labores domésticas (planchar, bordar, etc.)[ix]

En el Patronato predominaba una educación anticomunista, que condujo a la fundación en 1919 de una sección denominada “El sindicato”, con la función específica de oponerse a la celebración del Primero de Mayo, para lo cual se reclutaron a 215 trabajadoras a las que se les encargó la misión de repartir 13.000 hojas volantes con una declaración de las directivas del Patronato. Un cura de Medellín decía atacando el socialismo que “quien no cumple con sus obligaciones para con Dios, mal puede cumplir las contraídas por su amo.[x]

María se dedica a estudiar la situación de las mujeres en las fábricas y cómo su inicio en el mundo laboral ha influido en la legislación y hasta en la regulación del comportamiento de las mujeres. Lee a sus hermanas un artículo publicado en la revista de la Policía, en el que se ve la preocupación moral que generó la convivencia laboral entre hombres y mujeres:

Hoy es absolutamente normal que trabajen en un mismo lugar hombres y mujeres, pero a principios de siglos esto era una novedad. Y no solo esto, era un problema que tocaba con aquello que se denominó “la moralidad en las fábricas”, del cual se debería ocupar la Policía Departamental. Se hace necesario poner trabas a fin de que los lugares de trabajo no lo sean de seducción o de fomento de lamentables extravíos; es indispensable que las jóvenes cuenten con apoyo eficaz para que al entregarse a sus faenas no expongan su virtud; para que al tejer las productivas piezas de los mercados comerciales no tejan la deshonra de sus vidas (Policía de Trabajo).[xi]

Para solucionar este problema se sugirió la creación de una Policía de Fábricas que garantizara la “moralidad” en estos establecimientos. Fue así como en 1917, el secretario de Gobierno, Francisco de Paula Pérez, sometió a la Asamblea Departamental un Proyecto de Ordenanza que pretendía “dar una solución científica y equitativa a la delicada cuestión obrera” y hacer cumplir las disposiciones en torno al trabajo de mujeres y niños, pero también de los trabajadores a quienes se diera ocupación.[xii]

………..

Cap. V

Primera gira: Segovia y Remedios

En 1925, María es invitada a visitar las minas de oro de Segovia. La invitación llega al movimiento obrero de Medellín, al comando que ella dirige. Se aprueba su gira, y ella acepta, emocionada. Corre presurosa a contarles a sus hermanas de su primera salida como líder socialista. Está nerviosa y siente que es poco el tiempo que tiene para estudiar y analizar la situación y la historia de esa región minera. Busca en la biblioteca de su padre lo que pueda encontrar para documentarse. Halla varios libros, cuyos relatos se remontan a la época en que Remedios y Segovia eran centros mineros, donde se despertó la codicia del oro y donde miles de hombres perdidos en la selva se toparon con la muerte. Se entera de que allí en esa región está la mina más grande de Colombia, explotada por una compañía inglesa, la Frontino and Bolivia Gold Mining Company, que estaba en el país desde 1852 y que antes se llamaba New Granada Company. Era la mina que empleaba mayor número de obreros. Casi todos esos hombres, mujeres y niños que llegaban a Remedios y Segovia a trabajar en las minas venían de las montañas de Santa Rosa. Supo que la compañía tenía una fuerza de trabajo de 850 hombres y que para 1925 llegaba a casi 1.000[xiii]

Las explotaciones de La Frontina, como le decía la gente del lugar, dueña y señora de la mayoría de las minas, hicieron de Segovia el primer productor de oro del país y una de las regiones auríferas más ricas del mundo. El 97% de la población se dedicaba a algún oficio relacionado con la explotación aurífera, y unos pocos, a la agricultura y la ganadería. Esto elevó el costo de vida. E irónicamente, la población de Segovia, que tenía el oro en sus entrañas, que se bañaba y alimentaba de oro, no contaba con los mínimos servicios públicos, ni siquiera los hospitalarios.

Recuerda que en la tertulia habían leído y comentado la novela Ligia Cruz de Tomás Carrasquilla, que se refiere a las regiones mineras; la busca, y, entre emocionada y asustada, comprende a dónde va:

En efecto, aquellas regiones, en mucha parte ignotas son para producir espejismos y perturbaciones en el hombre más normal, más equilibrado y más impávido. Allí las fieras espantables, las aves polícromas y peregrinas; allí los reptiles más enormes y pavorosos, los insectos más gentiles y delicados; allí los monos, con todas sus pantomimas y payasadas, el oro por doquier; por doquier las emanaciones letales; los agüeros, las barbaridades. Allí los agios y las codicias, la lucha heroica por el pan, el libertinaje de las minas, los amores de tanta gente, sueltos, sin respetos religiosos ni sociales, allí los crímenes, el aguardiente, la sangre, las enfermedades, las miserias […][xiv]

Cuando la familia se enteró del viaje de María, hubo oposición. Ya era demasiado, decían los tíos. Estaba bien que trabajara y se moviera en los barrios obreros de Medellín, pero un viaje tan largo, en tren y a caballo, ¡y a las minas! Esa zona era muy peligrosa; no en vano, sobrevivían historias malditas que databan de la época de la Colonia.

—¿Cuál es el problema? Yo sé montar bien a caballo y además me van a alojar en las casas de las “Flores del Trabajo” de Segovia y Remedios.

—Es un viaje de más de 200 kilómetros, y buena parte es a caballo por desfiladeros, ¡no aguanta, niña! —decía una de las tías. Otra insistía en que ella no era cualquier mujer, era una Cano. ¿Cómo iba a irrespetar así el apellido de la familia?

—Pero, y si no va, es una afrenta a los mineros —decía Carmen Luisa—. Si la invitaron es porque la necesitan.

Finalmente, María le pide a su hermano Alfonso que la acompañe. De alguna manera, él ya hacía parte de la lucha.

—¿Y su trabajo? —preguntó Carmen Luisa.

—Pido un permiso, una licencia. Pero no voy a dejarla ir sola. Quédense tranquilos.

Partieron un sábado de mediados de noviembre de ese año, 1925. La noche anterior, María había dormido poco, exaltada por la travesía: una mezcla de aventura, deber para con los obreros, desafío para la sociedad de Medellín y, sin saberlo aún, viaje iniciático en su carrera de agitadora de masas. Estuvo leyendo hasta tarde apuntes, datos sobre la situación de los trabajadores de Segovia que le habían reunido sus compañeros de la Junta, y arreglando su maleta. ¿Cómo vestirse para el clima ardiente de Segovia? ¿Debía presentarse elegante ante los obreros, o con ropa de finca —como decía su mamá cuando iban a donde Fidel—? Se decidió por un vestido de flores y un sombrero de fique que la protegiera del sol.

Su hermano pasó a recogerla antes de las 5 de la mañana para ir juntos a la estación del ferrocarril en el barrio Guayaquil. La esperaba su comitiva, integrada por los dirigentes obreros de Medellín Bonifacio Gaviria, José Gutiérrez, Fabricio Hurtado y Emilio Zapata, y el grupo que había llegado desde Segovia y Remedios. María se sorprendió con la cantidad de gente que la esperaba para despedirla. Estaban los comités de los barrios por donde ella se movía y trabajaba, quienes emocionados y solidarios movieron sus manos cuando el tren arrancó.

A las seis en punto de la mañana, la pesada locomotora de carbón lanzó un pitazo sostenido, señal de que emprendería su lento viaje rumbo a Puerto Berrío, con trasbordo entre las estaciones de Santiago y El Limón en vehículo automotor, pues apenas se estaba construyendo el Túnel de la Quiebra […][xv]

A medida que el tren avanzaba y paraba en las diferentes estaciones donde salían comitivas de trabajadores a aclamarla, María comprendía la dimensión que había alcanzado su labor como Flor del Trabajo y lo hondo que calaban en el pueblo sus palabras, ya fueran orales o escritas.

En Cisneros tuvo un recibimiento caluroso, pues había un grupo socialista bien organizado y con gran liderazgo. Estas paradas animaban a María y le recordaban el sentido de su gira. Le esperaba un viaje largo, en total nueve horas en tren hasta llegar a la Estación de Guacharacas, donde la esperaba otra comisión bastante nutrida, procedente de Segovia y Remedios.

María sentía que estaba viviendo una aventura irreal. Una cosa era la alegría de los niños y jóvenes cuando llegaba a los barrios, y otra, estas aclamaciones multitudinarias en las estaciones. La alegría se rompía ante el peso de la realidad. En cambio, aquí todo era como un cuento.

—Los viajes te ponen en otro lugar, te dan una distancia que permite comprender muchas cosas —le decía María a Alfonso mirando el paisaje correr ligero por la ventanilla de su vagón. No quería parecer pretenciosa, pero sintió que las multitudes aclamándola la embriagaban. Le daban una sensación de ser otra.

En Guacharacas les dieron posada en la casa de una familia de campesinos, que se sentían orgullosos de su huésped pero a la vez avergonzados de no poder ofrecerle mejores comodidades a la señorita de la ciudad. María los tranquilizó con su sonrisa amable y les agradeció su hospitalidad.

—Procuren dormir bien —le decían a ella y a su hermano los miembros de la comitiva—. Mañana empieza lo duro: cuatro días a lomo de mula, señorita María, hasta llegar a la población de Remedios.

Fueron varios días andando por precipicios, cañadas y montañas escarpadas, cuidando que la mula no resbalara, y confiando a la vez en esa sabiduría instintiva de los animales de carga, ese instinto de conservación que los hace cuidadosos y certeros en la pisada. Al final de cada día, buscaban una posada para pasar la noche. O a veces debían repartirse entre casas de campesinos que les ofrecían sus camas a estos hombres, y en especial a esta mujer que representaba para ellos una esperanza. A María le dolía el cuerpo. Lo sentía molido por el continuo zarandeo de la mula, pero después de tomar un baño y cenar, se quedaba unas horas despierta escuchando los relatos de los campesinos sobre El Llorón, un personaje de la época de la fiebre del oro, que se “echaba” a llorar después de haber matado a sus víctimas. O los cuentos de miedo sobre la Patasola o la Llorona, que habitaban esas montañas.

Al tercer día llegaron a Remedios. Una muchedumbre la esperaba, en un desfile encabezado por la Flor del Trabajo de dicha población, con quien ya había tenido comunicación cuando lo del incendio de las casas de los campesinos. María sintió orgullo al ver repetida cientos de veces la bandera proletaria que ella había propuesto y diseñado con la Junta: banderas rojas con los tres ochos ondeaban aclamándola, y recordando que la lucha era por la dignidad del trabajo: ocho horas de trabajo, ocho horas de estudio y ocho horas de descanso.

En Remedios asistió a reuniones con mineros, campesinos, artesanos y comerciantes que le exponían su situación frente a la compañía inglesa y las necesidades básicas de la población.

Pero donde realmente María sintió la fuerza de la gente fue en Segovia. Llegaron al día siguiente, y encontraron una multitud compuesta por delegaciones de las minas que explotaba la Frontino y campesinos de las veredas más apartadas, que habían caminado varios días para escuchar y ver en persona a la Flor del Trabajo, a la Virgencita del pueblo. En el parque central de Segovia, lleno a reventar y forrado de banderas rojas, María, esa mujer menudita, delgada, sencilla, y hasta tímida, se volvió gigante, se creció, arengó a la multitud, animándolos en la defensa de sus derechos, y evocó las luchas de los mineros, su trabajo inhumano en los profundos socavones y la explotación de que eran víctimas.

María permaneció siete días entre Segovia y Remedios. Asistió a varias reuniones, ayudó a organizar asambleas, visitó los hogares de los mineros y campesinos que se desvivían por atenderla. Se enteró de viva voz del abandono, la pobreza y la falta de oportunidades de estas gentes que trabajaban de sol a sol, extrayendo el oro de las entrañas de su propia tierra y del que no veían ni un grano, pues todo se lo llevaban los dueños de la compañía. María vio en esa lejanía, niños desnutridos, con los dientes picados y las barrigas llenas de parásitos. Se enteró de los altos índices de mortalidad infantil por la falta de acueducto y de aguas tratadas; supo de los problemas respiratorios y de visión de los mineros que trabajaban en jornadas larguísimas y en condiciones infrahumanas. María se enamoró de su gente. Y ellos le correspondieron. Sus palabras exaltadas y entusiastas dejaron una honda huella en sus habitantes.

Y María extrajo de su primera gira por la región minera del noreste antioqueño una magnífica enseñanza que habría de servirle en toda su carrera política. Que iba a definirle inmediatamente su plena independencia de los temores de familia y de todos los prejuicios sociales. Consistía en la magnífica enseñanza de haberse sentido más segura que nunca en medio de los obreros: más respetada, más estimada, más admirada.[xvi]

La visita a las minas de Segovia y Remedios, y el liderazgo que ella ejerció durante esta gira, posicionaron a María dentro del movimiento obrero socialista. Para ella fue una experiencia que dejó una huella profunda en su corazón y un conocimiento más cercano de sus propias raíces. En palabras de Torres Giraldo:

María aprendió más exactamente el lenguaje proletario, el idioma propio de las personas, los hechos, las cosas. La expresión directa del pensamiento, el objetivo directo de las ideas. […] María que hablaba sintiendo y pensando, hizo de su oratoria un estilo combativo, a la vez que una dimensión cualitativa de corte breve. Sus arengas no sobrepasaban los veinte a treinta minutos. Y claro que no eran síntesis de ninguna tesis sino creaciones de su inteligencia que modelaba con el arte de su palabra. [xvii]

Este cambio se hizo evidente en los escritos que publicó posteriormente en la prensa obrera. Utilizó la arenga como estilo, pues sintió que debía escribir directamente para los trabajadores y los hombres del pueblo. Habían cambiado sus lectores. Ya no le preocupaba si la leían o no los intelectuales o los políticos. Ella ahora escribía para el pueblo, y el pueblo necesita frases directas, exhortaciones a la acción. Un ejemplo de este cambio es el texto “¡Obreros en pie!”, publicado en La Humanidad el 22 de diciembre de 1925:

¡Compañeros, en pie! Listos a defendernos. Seamos un solo corazón, un solo brazo. ¡Cerremos filas y, adelante! Un momento de vacilación, de indolencia, dará cabida a una opresión más, a nuevos yugos. Valientes soldados de la Revolución Social, ¡en marcha! Nuestros enemigos reafirman su persecución de siglos, fortalecida hoy por regresiones infamantes. Los pechos que la lucha del trabajo ha endurecido, sean roca donde se rompan las lanzas enemigas. Ellos se organizan para destruir. Nosotros nos organizamos para construir. El alma popular debe ser bloque de granito donde los hechos exculpan los dogmas del gran evangelio social. Cerremos filas en torno a nuestra bandera, jirón rojo, emblema de nuestra lucha cruenta, que muestra a los tiranos el proletariado hecho un solo corazón, llama encendida que lame los cimientos del monstruo y que un día no lejano le consumirá. ¡Soldados del proletariado! ¡Avanzadas de la libertad! Acudid a prestar el glorioso juramento a nuestra bandera. Defenderla es preciso del lodo que quiere salpicarla. Agitarla es preciso como vindicta ante el oprobio y la opresión. ¡Oíd mi voz que os convoca, y que esos músculos, tensos aún por el esfuerzo del trabajo, esas frentes sudorosas, esos ojos ensombrecidos por la tortura del pensar, sean oreados y fortalecidos por el hálito de la libertad al ondular glorioso de nuestra bandera! Cerremos filas. ¡Adelante!
                                                      María Cano, Flor del Trabajo

En diciembre de 1925, María pudo ver a Tomás, quien viajó a Medellín desde Bogotá para estar con su familia durante la Navidad, sólo por unos días, pues su trabajo lo mantenía muy ocupado. Le contó que había conocido a una mujer íntegra y entregada a la causa revolucionaria, a quien amaba: Enriqueta Jiménez. Vivía con ella en “Villa fa”, como se llamaba su casa (que luego se llamaría La Casa del Angelito), que se había convertido en punto de reunión de todos los compañeros, casi en una sede política. Enriqueta, quien se había casado con el dirigente socialista Fidedigno Cuéllar y con quien había tenidos varios hijos, se había separado y vivía ahora con él. Era tan valiente esta mujer, que se había enfrentado a las habladurías y al rechazo de una sociedad que no admitía que una mujer se separara y se fuera a vivir con otro hombre. María vio tanto amor y brillo en los ojos de Tomás al hablar de Enriqueta, que no sólo se alegró por su primo, sino que quiso conocer a esta mujer que debía ser grande, para haberse robado el corazón de un hombre como Tomás.

Así describe Tila el amor de Tomás por su mujer:

En cuanto a él, en su diario de cárcel (del que abrigo la esperanza de que se encuentre en los archivos militares de Puentearanda), escrito borde a borde con letras diminutas, dejó consignados todos sus sentimientos hacia ella desde la tarde en que la vio plena sobre la tribuna improvisada, como aquella dualidad inicial que le expresaba en los ojos; con la mirada lo aceptaba, lo involucraba o lo rechazaba. Luego entrecomillaba: “Parecía desarmada pero en realidad era desarmante” […] más adelante recordaba la línea de su espalda, el collar de la coquetería, la sombra de sus ojos […] su difumado. “Pareces hecha de porcelana perfecta” escribió en el doblez de una página del diario.[xviii]

[i] Londoño Vega,  Patricia. Religión, cultura y sociedad en Colombia, Medellín y Antioquia 1850-1930. Méxio: Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 269

[ii] Escobar Calle, Mario. “Crónica sobre los Panidas”. En: Historia de Medellín.V.2. Bogotá: Compañía Sudamericana de Seguros,1996 pp. 728-29

[iii] Levi, Kurt. Vida y obra de Tomás Carrasquilla. Medellín: Editorial Bedout, 1085, p. 30

[iv] Londoño Vega, Patricia. Op.Cit. p.272

[v] Betancur, Jorge Mario. Moscas de todos los colores. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2006, p.157

[vi] Reyes Cárdenas, Catalina. Aspectos de la vida social y cotidiana de Medellín, 1890-1930. Bogotá: Premios Nacionales de Cultura, 1996, p. 212

[vii]“Las habitaciones para obreros en el barrio Manrique”. El Espectador. Medellín, marzo 15 de1923. El Espectador, Medellín, abril 10 de 1918 y mayo de 1918

[viii] Botero Herrera, Fernando. La industrialización en  Antioquia. Medellín: Centro de Investigación Económica, Universidad de Antioquia, 1984.p. 145

[ix] Vega Cantor, Renán.  Gente muy rebelde. Bogotá: Ediciones Pensamiento Crítico,2002, p. 216

[x] Vega Cantor, Renán. Op. Cit. P. 218

[xi] Revista de la Policía Departamental. No. 37-38 Medellín, 1917

[xii] Botero Herrera, Fernando. Historia urbana y juego de intereses. Medellín, 1890-1950. Medellín: Universidad de Antioquia-Clío, 1996

[xiii] Brew, Roger. El desarrollo económico de Antioquia desde la Independencia. Bogotá: Publicaciones del Banco de la República, 1977.

[xiv] Carrasquilla, Tomás. “Ligia Cruz”. En: Obras completas. Vol. II. Edición a cargo de Jorge Alberto Naranjo. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2008, p. 782.

[xv] Arango Jaramillo, Mario. María Cano, flor eterna siempreviva. Medellín: Fundación Unversitaria María Cano, 2001, p. 180

[xvi] Torres Giraldo, Ignacio. María Cano, apostolado revolucionario. Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1980, p. 62.

[xvii] Torres Giraldo, Apostolado, p. 63

[xviii] Uribe, Maria Tila. Los años escondidos. Bogotá: Cestra, Cerec, 1994, p. 115

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Edición No. 195