María: identidad, construcción /(re)afirmación nacional
Cuando la historiografía crítico literaria se refiere a la María (1867) de Jorge Isaacs como obra «clásica» nos presenta, en primera instancia, un texto cuya grandeza lo haría incuestionable. Y esta atribución de valor supremo, e inmodificable, plantea, por lo tanto, una condición de resistencia interpretativa puesto que si el texto «clásico» es «sagrado», incapaz de provocar cualquier cuestionamiento y que sus valores esenciales están por encima de una construcción histórico-crítica, entonces ¿cuál sería el propósito de examinarlo? Sin embargo, un enunciado de Jorge Luis Borges referente a lo que significaría una obra clásica, esto es: “toda aquella que se ha leído a lo largo del tiempo como si en sus páginas todo fuera (…) capaz de interpretaciones sin término”,[[Jorge Luis Borges, Obras completas, Barcelona, Emecé Editores, 1989, tomo II., p. 151.]]nos anima a replantearnos que, la María al poseer ese carácter de perdurabilidad, otras (re)lecturas son posibles.
Bajo esta óptica, que pudiéramos llamar de seguimiento Borgeano, la María nos deja entrever el trazado de una tradición extendida y duradera que sería parte de la misión implícita, de Isaacs, en crear los fundamentos de una nueva nación. Este concepto permite entender el aporte que representa la novela de Isaacs no sólo a la luz de sus valores intrínsicos aislados sino en cuanto inserta en esa constante característica de inestabilidad y desarreglo de la realidad colombiana. Así la María podrá seguir siendo (re)valorada a cabalidad si se le pone en relación con ese ámbito de inagotables luchas sociales, políticas, económicas y culturales colombianas. Cabe recordar por ejemplo que, antes de que se publicara la María, sólo en diez años (1853-1863), Colombia tuvo tres constituciones políticas: una en 1853, otra en 1858, que creó la Confederación Granadina y dividió al país en provincias y la de 1863, llamada también Constitución de Río Negro, con la cual se fortaleció el proyecto federal. Aunque estos cambios legislativos de la época han sido profusamente estudiados por los historiadores,[[Igualmente los prólogos a las ediciones de María de Donald McGrady, Madrid, Cátedra, 1986 y Gustavo Mejía, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, ilustran de manera puntual la complejidad de la historia colombiana durante aquel tiempo.]]nos ha parecido significativo, ante todo, presentar nuestra hipótesis sobre el vacío que llenó el discurso imaginario de Isaacs, aún vigente, sobre todo para (re)pensar a Colombia, su historia, y los elementos de identidad de su pueblo.
Ahora, si igual aceptamos que la María está organizada dentro de un marco de convenciones adheridas a la vida normal, la historia de sus personajes no sólo vive sino que se representa; independientemente de que María como todo personaje de ficción, al igual que Cecilia Valdés, sea una entelequia abstracta, parte de un ser humano real. De acuerdo con Nancy Morejón, mucho se ha escrito y posiblemente se seguirá escribiendo sobre la circunstancia en que Cirilo Villaverde e Isaacs crearon a sus heroínas.[[Ver “Mito y realidad en Cecilia Valdés” ensayo de Nancy Morejón reunido en Fundación de la Imagen. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1988. p. 11.]] Pero al explorar la espina dorsal de María encontramos una fuente nutricia cuya naturaleza ostenta coordenadas equiparables a las de Cecilia Valdés que conforman toda una gama de elementos indisolublemente unidos al ámbito colombiano y latinoamericano, pues “si atendemos, como algo pertinente de hacer, al viejo recurso de identificar a la mujer con la patria (o con la nación), podremos darnos cuenta de la eficacia que aún en nuestros tiempos éste derrocha. Elsa (1942) es Francia para Louis Aragon; la Francia que resistió con estoicismo y dignidad a las hondas hitlerianas. Pensemos, un solo instante, a manera de sencillo ejemplo, en la novela Nedjma (1956), del argelino Kateb Yacine. En la madeja de un mundo colonizado, Nedjma es la única opción, la única forma de recrear y evocar el ideal de los símbolos patrios. Si en pleno siglo XX, algunos escritores, aún emplearon este recurso, ¿cómo no sospechar el interés de Isaacs por verter sus inquietudes a través de este personaje femenino?”[[Consultar Morejón, p. 11.]] María trasunta la condición trágica de un país sometido al implacable rigor del sistema esclavista y machista sostén del orden eclesiático-señorial español. Para nadie es un secreto que la esclavitud indígena y africana en Colombia, al igual que en otros países de América Latina, fue una -por no decir que la más- de las áreas que erigió y fortificó las bases del capitalismo ibérico y europeo. El imperio colonial hispánico llegó a ser uno de los más vastos. La trata de negros africanos, que posibilitaría la implantación de un sistema enfermo desde sus fueros más profundos, fue el pivote, la piedra angular de la colonia, así se llamara española, francesa, inglesa u holandesa. Por otra parte, la trata fue una de las constantes más firmes en el Caribe, área que nuestro país comparte extensamente con otros. Dicho status colonial, entre nosotros, creó una sociedad cuya estructura correspondería al trazado piramidal.[[El modelo de estructura social que presenta Nancy Morejón en su ensayo sobre Cecilia Valdés se corresponde con la pirámide social colombiana, Consultar Morejón, p.12.]] Es decir, que al observar primero la base y al final la cima, encontraríamos una gran masa de negros esclavos, campesinos e indígenas. En el medio se encuentra una clase media incipiente que batalla por mantener o acrecentar su status económico y en muchos casos engrosa las filas de los arruinados o empobrecidos y en la cima de las pirámides están los comerciantes (en los puertos del Caribe fundamentalmente) y los terratenientes o amos de la tierra. Dentro de este contexto, Isaacs, deliberadamente o no, elaboró una novela cuyo sentido dramático de su personaje central representa una faceta innegable de la sociedad colombiana y con la cual podemos establecer vínculos de identidad.
Por otra parte, la aparente rebeldía de María fue enfermarse y morirse. Circunstancia que no estuvo bajo el control, del personaje paternal, del amo. A este respecto, Doris Sommer ha desarrollado el que tal vez sea uno de los argumentos más consistentes hasta ahora sobre la posición de la novela nacional decimonónica latinoamericana como una forma de resolución de conflictos que atraviesan la comunidad nacional. En su lectura ciertas novelas sirven como una transición imaginaria que resuelve conflictos sociales (genéricos, raciales y de clase) a través de una anécdota que configura un romance.[[Doris Sommer. Foundational Fictions, The Nacional Romances of Latin America. University of California Press. 1991. p.18.]] Por romance, Sommer entiende un texto dotado de un nivel alegórico doble que apunta tanto a las incidencias de una acción particular que se desenvuelve sobre todo en el ámbito privado como al curso de la macroacción social-nacional en que aquella se inscribe.[[Consultar Sommer. pp. 12-27.]] Para Sommer, “María es también la mejor figura para representar a la haciendocracia exclusiva colombiana; de un modo o de otro, ambas deben morir, ya sea mediante la endogamia provocadora de enfermedades, o el mestizaje racialmente corruptivo”.[[Sommer. p. 200]] Es decir que la muerte de María se pudiera entender como la disolución o abolición de la explotación campesina. Aunque el latifundio aún no había desaparecido en Colombia, la obediencia de Efraín ante los mandatos de su padre y la poca contundencia de conquistar a María lo hace ver como un personaje débil, pero ante todo es quien refuerza esa interpretación de Sommer de provocar una crisis emocional en María hasta lograr su muerte. Esto último resulta determinante para apreciar la incapacidad de estos dos seres para negar el cambio de su realidad.
Vale decir que el espacio de la hacienda -donde trascurre mayormente la novela- contiene un significado notable en la historia social de la literatura y la María ejemplifica esta sustancia que moldeaba nuestra sociedad aún “colonial” del siglo XIX. Rafael Gutiérrez Girardot ha señalado brillantemente que “la hacienda cristaliza una visión teológica del mundo que es la que subyace al feudalismo europeo”[[Rafael Gutiérrez Girardot, Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana, Bogotá: Cave Canem. 1989 pp. 35-36]] Estos dos elementos constituyen un aspecto vital en la comprensión del proceso de formación nacional colombiana. El aspecto religioso -católico concretamente- configuraba, desde el punto de vista social la resistencia prejuiciosa con todo aquello que no perteneciera a la parroquia. Para los adentros del padre de Efraín la unión de un católico con una judía no encajaba en las normas impuestas por el catolicismo. Desde la época colonial cuando se impuso el catecismo del padre Gaspar Astete y moldeó la mente de muchos niños y jóvenes colombianos para discriminar, o condenar, a todo aquel que no fuera católico, apostólico y romano, la idea de considerarse enemigo de Cristo no era muy atractiva para nadie. María aparece en ese ámbito de relaciones como “un otro” en primer término complementario y, por lo tanto, deseable. Sin embargo, al definir la identidad, como sabemos, esta se apoya en la diferencia: el límite entre el yo y el otro (lo otro) creando la posibilidad del encuentro o de la exclusión. Y esta última es la que más se ajusta a la realidad de María y que certeramente refleja la mentalidad de una sociedad que se había caracterizado por la enajenación del otro: los sumisos y los esclavos.
En correspondencia con los elementos antes apuntados, se hacen imprescindibles otras observaciones. Por un lado, la composición de la familia era monógama y patriarcal, compuesta fundamentalmente por el padre, la madre y los hijos. La estructura familiar aquí propuesta era, como modelo de la Iglesia, de carácter jerárquico y vertical. Según este esquema, la madre y los hijos quedaban bajo el poder que la legislación transfería al padre, algo parecido al arquetipo de la sagrada familia. Por otra parte, el papel que jugaba la iglesia católica en la esfera social no tan sólo en Colombia, sino en toda América Latina, era inocultable. Por esos años, por ejemplo, circulaba la Revista Católica que en algunos de sus números declaró: “ Si imprudentemente i antes de despertar de las potencias intelectuales de los jóvenes, se les introduce en el risueño templo de las musas, se hace cobrar alas a su imaginación i sensibilidad, recreando de continuo su oído con suaves melodías i representando a su vista sin discreción los seductores cuadros de la pintura i la poesía, se formará una juventud muelle, afeminada, incapaz de los arduos trabajos de la inteligencia”[[Ricardo Krebs. Catolicismo y laicismo: Seis estudios. Santiago: Nueva Universidad. 1981. p.40. Citado por Krebs de la Revista Católica, número 1081, 20 de Noviembre de 1869. p. 354.]] Este señalamiento no puede ser más antagónico al espíritu de cultivar el hábito de la lectura y estimular la inteligencia. No obstante, en la novela hay pasajes que evidencian la existencia en el Paraíso de un espacio físico para la lectura colectiva y en voz alta, lo cual nos presenta una postura opuesta a los enunciados de la Revista Católica en materias de instrucción. Esta actitud implícita de Isaacs contra la visión conservadora de restringir la ampliación del público lector, tiene doble mérito porque la iniciativa de arreglar y acomodar la habitación para la lectura fue gestada por María y Emma, hermanas de Efraín.[[R.H. Moreno Durán en el Prólogo, a una edición de la María señala que Isaacs nutrió su literatura de literatura y las referencias bibliográficas son innumerables. Bogotá. Biblioteca Familiar Presidencia de la República. 1996. p. XXI]]
Otro aspecto que se desprende del idilio fallido entre María y Efraín en términos epistemológicos sería la resistencia, aunque sea de una manera tangencial, a la llamada transculturación.[[Término acuñado por el ensayista cubano Fernando Ortiz en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. La Habana: Jesús Montero. 1940.]] El Caribe quizás descuella más notoriamente en esa dimensión que el Valle del Cauca sobre el proceso de intercambios de usos y costumbres, entre una cultura y otra, que puede implicar la pérdida o trasformación de elementos que se incorporan en una realidad cultural enteramente nueva. En este sentido de fusión, no resultaría descartable señalar que Isaacs recurre a una técnica narrativa de entrecruce de historias y nos presenta una novela dentro de la novela, como ha señalado Moreno-Durán, a manera de compartir espacios con nuestros hermanos afro-colombianos.[[ Consultar Moreno Durán. p.p. XV-XVI.]] La técnica utilizada por Isaacs se puede apreciar, por un lado, como un mecanismo de resistencia cultural ante los procesos de modernización a partir de la recomposición étnica, en contraste con el fracasado idilio, y posible unión de Efraín y María. Y por otra parte, Isaacs llena un gran vacío en la historiografía nacional al crearle un espacio real a la presencia africana. Este hecho significativo se corresponde con las reflexiones señaladas por el historiador colombiano Salomón Kalmanovitz: “El país colombiano está compuesto por una diversidad de razas, clases e intereses que corresponde examinar abierta y objetivamente. Nos parece irrespetuoso para un 8% de la población colombiana, descendientes de esclavos, que no hace mucho comenzó a recibir servicios educativos por parte del Estado (…) y que una universidad pretenda identificarse con la ideología de la supremacía racial blanca”.[[Salomón Kalmanovitz. La vieja historia. Bogotá. Revista Gaceta, No. 2, Bogotá: Mayo-Junio 1989. p. 3.]] La construcción de una identidad cultural en Colombia ha sido reduccionista e ideológica, porque se ha construido desde lo blanco, lo occidental, lo católico o lo terrateniente, excluyendo todo lo demás: etnias, mujeres, negros, campesinos, obreros, grupos locales, etc. Pues si bien el desarrollo de una identidad nacional durante la creación de la república pudo constituir un paso importante como resistencia a la injerencia extranjera, provocó al mismo tiempo una política de exclusión al interior de los grupos nacionales. De allí que la María, independientemente de ser un discurso literario, imaginario, nos sirve de fuente para mirarnos o encontrarnos o leernos sobre la diversidad de los modos de vida privada, y social, estableciendo una reconversión de los mitos culturales públicos y juega un papel relevante en la desmitificación de su exclusionismo trascendental. En la María hay una muestra del mecanismo de inclusión que intenta crear una representación amplia del sujeto colombiano.
Desde esta perspectiva, se puede comprobar que en cada región latinoamericana paralelo a las proclamas políticas o los bosquejos de un código jurídico fue surgiendo un discurso que dibujara el imaginario poético de sus respectivas comunidades. Dotar la naciente imaginación nacional con el discurso poético era aportar a la consolidación del proyecto de nación. Jaime Mejía Duque señaló a este respecto que la María en calidad de obra clásica contribuye al proceso generador de lo que ha dado a nombrarse la identidad de un pueblo, de una cultura (…) además se ha convertido en uno de los referentes fijos de la nacionalidad colombiana”.[[Jaime Mejía Duque. La Paradoja de Jorge Isaacs. Bogotá. Revista Gaceta. No 26-27. 1995. p.17. ]] La literatura es y ha sido el espejo imaginario en el cual una nación se refleja así misma, donde la gente experimenta ser miembros de esa unión. Es y ha sido una manifestación de la nación así como una parte del proceso de su formación. Como una colección de narraciones, el canon literario contiene las fábulas por medio del cual los miembros de una comunidad entienden su vínculo común. La literatura en cierto sentido es el diario de una nación, contando la historia del pasado, presente e imaginando el futuro. La cultura literaria es y ha sido elemento indispensable para ciertas comunidades étnicas deseando aglutinar o agrupar su integridad como naciones y demostrando sus modernas credenciales. Literatura nacional, o universal, tal y como ocurrió con el modernismo hispanoamericano, se convierte en un agente de tornar borrosas las fronteras tanto físicas como mentales a fin de construir la unidad americana y crear una interacción que reflejara un sentido identidad latinoamericana y un deseo de reconciliar clases sociales y expresiones culturales.
Es importante aclarar que no se trata de defender literaturas nacionalistas o históricas, como han abogado muchos críticos en el ámbito latinoamericano, a fin de diferenciarnos unos a los otros y evitar el contacto con el vecino levantando nuestros indelebles muros con lo cual se corre el peligro de asumir unas actitudes fanáticas, equiparables a muchos pasajes tristes de la historia universal. La idea es de reconocer que en el siglo XIX América Latina y en este caso particular, Colombia, se hallaba en el proceso de sentar las bases de independencia cultural de España y si nos fijamos retrospectivamente en la historiografía literaria de Colombia es con la publicación de María que nuestras letras cobran estatura o visibilidad en el mapa continental y universal. A este respecto, Mejía Duque señala que “la literatura colombiana en general no había llegado a su madurez histórica e inclusive la nación como tal se hallaba en su período formativo”.[[Mejía Duque. Revista Gaceta. p.17.]]
Es en este sentido que la literatura serviría como un agente en la producción de identidades culturales. La literatura afro-americana en los Estados Unidos, por ejemplo, representa ese intento en el proceso de construcción y formación de una literatura propia. Sin embargo, repito que si la literatura está puesta al servicio de cualquier nacionalismo destruye su potencial de reflejar críticamente la identidad que se pudiera configurar. Se trata de constituir una autonomía, como se propuso Andrés Bello, y que Rafael Gutiérrez Girardot incesantemente trajo a colación en su obra crítica, que nuestras naciones tuvieran un sello propio y rompieran los lazos de dependencia o de dominio externo. Cabe mencionar, por ejemplo, que en un artículo publicado en la prensa chilena en 1848, Bello hará explícitas algunas de las fuentes en las cuales basa su discurso histórico. Allí se consignará no sólo el uso de “los documentos y los textos originales” sino también su deuda con “las tradiciones nacionales de las poblaciones menos conocidas y las antiguas poesías populares…” -y afirmó que le han- “…suministrado muchas indicaciones acerca del modo de existencia, los sentimientos e ideas de los hombres en los tiempos y lugares”[[Andrés Bello. Antología de Discursos y escritos, edición de José Vila Selma. Madrid: 1976 p. 182. ]] a los cuales su historia se refiere. En otro artículo, Bello afirmará “Cuando la historia de un país no existe sino en documentos incompletos, esparcidos en tradiciones vagas… es preciso compulsar y juzgar, el método narrativo es obligado.[[Bello. p. 196. ]] De esta manera Bello proponía optar por la forma narrativa en lugar de analítica de la cual partía su apelación para recoger relatos a fin de ir construyendo con éstos una historia narrada que conformaría un cuadro más completo del entorno del autor o la autora. La autoridad de lo escrito se hará sobre la capacidad del creador/a para leer textos disímiles que ofrece la tradición tanto americana como la europea y de construir un discurso que sea el lugar de contacto en el que estos textos puedan ser el espacio de lo que ya hemos anotado de Sommers que las novelas (siguiendo el ejemplo de Bello las historias narradas) sirven como una transición imaginaria que propone una solución a los conflictos sociales.
Una de las tareas a las que se dedicó la intelectualidad “neoclásica y romántica”, según Mariano Picón Salas, fue precisamente la de agenciar las tensiones a través del estudio de la historia reciente que debía ser enseñada a los nuevos ciudadanos como modelo de unidad.[[Mariano Picón Salas, Formación y proceso de la literatura venezolana. Caracas: Monte Avila. 1984. p. 73.]] La nación comenzó a construirse, entonces, sobre la imagen de héroes de las batallas de la independencia. Pero, incluso, en el caso colombiano como acertadamente lo anota Salomón Kalmanovitz, las historias patrias de Colombia están abarrotadas de información irrelevante y los resúmenes rayan la trivialidad al dedicarle notas sobre los pares de camisas del libertador Bolívar o de las botas del general Santander, pero no se hace ni mención ni reflexión alguna sobre las aportaciones, o problemas, o presencia de los afro-colombianos.[[Kalmanovitz. Revista Gaceta, No 2, pp. 3-4.]] Y es a la literatura a la que le ha correspondido llenar ese vacío y la María, en este sentido, es el ejemplo más significativo de nuestras letras del siglo XIX. Su afirmación de lo propio, de lo criollo, le da el peso necesario a esta novela como fuente de consulta en la que es posible leer y apreciar la reconfiguración de los elementos desde los cuales se elaboran los relatos identitarios de la sociedad colombiana.