Cargando sitio

María Zambrano: el partido por el hombre

Hay en la España de ahora una pléyade de filósofas que han contribuido de manera significativa y rigurosa al desarrollo y consolidación del pensamiento en ese país, de entre quienes podemos mencionar a Esperanza Guisán, Adela Cortina, Victoria Camps, Cecilia Amorós, Chantal Maillard… Pero en esa pléyade brilla el nombre y el camino de una filósofa menos conocida en nuestro mundo académico, por lo cual el propósito de este texto es el de motivar a los estudiantes a explorar y transitar un poco ese camino. Se trata de la figura y del trabajo de una filósofa de importancia singular: María Zambrano, cuyo pensamiento, complejo pero iluminador, se desenvuelve en los límites entre filosofía y poesía. Aquí[i] me referiré tan sólo a algunos datos biográficos relacionados especialmente con el tema de la  filosofía política, tema que ocupó con hondura, no sólo sus reflexiones, sino también su vida personal. Para ello tendremos que hacer algunas referencias al contexto que está en el fondo de su pensamiento.



NOTAS

[i] Las fuentes principales de este escrito son los indispensables estudios:

Ortega Muñoz, Juan Fernando. María Zambrano. La humanización de la sociedad, Andalucía: Unión General de Trabajadores de Andalucía,  2001.Y:

Zambrano, María. Horizonte del liberalismo. Edición y estudio introductorio de Moreno Sanz, Jesús. Madrid, Ediciones Morata, 1996.

Al emprender tal camino conviene responder primero la pregunta: ¿quién es, quién fue María Zambrano? Para comprender su enorme dimensión me parece que son necesarias, al menos, estas cuatro coordenadas: Mujer. Nacida en España. En 1904. Y como si eso fuese poco, republicana.

 

La bella España de hoy –no obstante las convulsiones económicas y políticas que enfrenta– poco tiene que ver con la de 1904, conformista, retrógrada, paralizada, de la que Ortega pudo con razón decir que había perdido el pulso y que pronto se verá estremecida con la caída de la dictadura de Primo de Rivera en 1930, tras un movimiento en el que María Zambrano participó con pureza y entrega sin límites, y que, en 1936, se sumerge en una guerra civil que, dando al traste con la breve República, acabará con las esperanzas –y también con la vida– de muchos de los jóvenes compañeros de esa generación de la que ella hace parte. El pueblito donde ella nació un 22 de abril se llama Vélez-Málaga, que es a la hoy pujante ciudad de Málaga, tan antiguo como que Don Quijote anduvo por ahí: “Gracias sean dadas a Dios, señores, que a tan buena parte nos ha conducido, porque si yo no me engaño, la tierra que pisamos es la de Vélez-Málaga”, es la anotación que se encuentra en el capítulo XLI del texto cervantino.

El ser mujer es también significativo. Cuando comenzó el bachillerato, en 1913, en su curso había con ella tan sólo otra niña y fue de las primeras mujeres que estudiaron en la universidad, al haber comenzado sus estudios de Filosofía en 1921 –es decir, a la edad de 17 años– en la Universidad Central de Madrid.

Si bien las coordenadas mencionadas no son favorables al florecimiento de una personalidad como la de María Zambrano, hay circunstancias que confluyen de manera positiva. Menciono las tres siguientes. En primer lugar, la profunda influencia de sus padres, maestros los dos, Araceli Alarcón y Blas Zambrano. A mi padre, porque me enseñó a mirar reza la dedicatoria de su primer libro, Horizonte del liberalismo, publicado en 1930. Baste el dato de que Don Blas había fundado en 1917 la revista Castilla y en 1919 el periódico Segovia –ciudad en donde transcurrió la adolescencia de María–, y que, durante algún tiempo, fue presidente de la Agrupación Socialista Obrera. Una segunda circunstancia afortunada fue el haber sido discípula de Ortega y Gasset y de Xavier Zubiri, y amiga de Machado y de Unamuno, de Miguel Hernández y de Luis Cernuda, de Luis Jiménez de Asúa y de quienes se reunían en su tertulia de los domingos, en su casa de Madrid a confabular, entre otras cosas, contra la dictadura de Primo de Rivera. Tercera circunstancia es la época que por entonces se vivía en España, en la que, no obstante la postración y la decadencia en todos los órdenes a que llegó el Imperio cuando fue final y definitivamente derrotado por la pérdida de Cuba en 1898 en guerra con Estados Unidos, simultáneamente se había venido conformando un movimiento que incluía una pléyade de grandes espíritus, tanto maduros como jóvenes, que culminaría con la República.

Fascinante, a pesar de lo trágica, es la historia de ésta época de España, la de la “historia sacrificial”, la de “la generación del toro”, como la llama María Zambrano, que involucró a todo un pueblo que, aunque fracturado en multitud de movimientos de signos radicalmente opuestos en algunos casos: krausistas, anarquistas, sindicalistas, carlistas, socialistas, nacionalistas, monárquicos, republicanos, liberales, comunistas, fue movido, en su mayoría, por un ideal: por el ideal de un mundo mejor, ideal que se diluyó en la sangre vertida de más de 500.000 personas, cifra espantosa que, sinembargo, suscita todavía enconadas controversias según la ideología desde la que se haga la contabilidad.

Las vocaciones filosófica y política en María Zambrano son una: son su vida. De su temprana vocación política dan cuenta, no sólo su primer libro ya mencionado, sino también muchísimos artículos de periódicos y revistas anteriores al mismo, como uno sobre problemas de Europa y la paz, publicado en una revista de alumnos del Instituto San Isidro, en fecha tan temprana como 1914, es decir, cuando era una niña de diez años, o los artículos de su columna Mujeres, publicados por el periódico El Liberal, desde 1928, en los que de forma valiente lucha contra la esclavitud femenina con palabras como éstas:

Pueblo de Castilla: como éste mil, todos. Época de recolección: las mujeres se inclinan sobre la tierra abrasada desde antes del alba hasta después de oscurecer; acompañan al hombre en el duro trabajo, más duro porque de él queda, para el que lo ejerce, un escaso, mísero rendimiento. Apergaminadas, curtidas por cien soles, como sarmientos secos, se retuercen sus brazos dando a la máquina, sujetando las yuntas del trillo, limpiando el grano. En la casa, por las calles del pueblo, quedan desparramados los más pequeños, descalzos, las morenas carnes entre los jirones de un mugriento delantal, los chiquillos juegan, chillan, se apedrean… Junto a una pared, aprovechando un rincón de sombra, un niño de pocos meses en la humilde cuna pasa –ausente la madre– todo el día a cuidado de una vecina que le hace seguir a la sombra[1].

La posición política republicana –cuarta coordenada– de María Zambrano siempre fue clara desde un principio, tal como se evidencia en una carta enviada a su maestro Ortega y Gasset el 11 de febrero de 1930, a propósito de un artículo de éste publicado en El Sol, periódico de Madrid, el día 5 del mismo mes, titulado “Organización de la decencia nacional”. En esa carta, que permite ver la enorme dimensión y claridad de pensamiento, le dice María a su maestro, con reclamo rebelde y actitud enhiesta, lo siguiente:

La primera exigencia indudable en la dignificación y nacionalización española pasa por el advenimiento del régimen republicano y nadie hay tan ingenuo y poco exigente que lo espere todo de él, pero la monarquía consumió y sacrificó a su sostenimiento todo lo que podía haber sido savia, vida de la nación y es, además, la primera de las instituciones desnacionalizadas, aquí y en todas partes. (…) Cualquier política que ahora no intente derrumbar la Monarquía tendrá en la historia la significación de haber sido su puntal, su arbotante, en el momento justo que iba a derrumbarse. De Usted me duele en lo más profundo su tangencia en este momento… Debe y puede Usted. hacer más, Sr. Ortega y Gasset; su misión con España está más allá… (…) No se puede crear historia sintiéndose por encima de ella, desde el mirador de la razón… y en ello creo yo nos diferenciamos los de esta generación de la de Usted (…).[2]

La República española, la segunda, se instauró el 14 de abril de 1930, gracias a una coalición de republicanos y socialistas. María Zambrano militó en el movimiento político Acción Republicana, esto fue por muy breve tiempo, pues a raíz del asesinato de curas católicos y de quema de Iglesias, hecho frente al cual las autoridades republicanas se mostraron pasivas, ella se retiró, y jamás volvió a ser militante de organizaciones partidistas. Más nunca abandonó aquélla su toma de posición de partido por el hombre.

De su acción política conforme a su visión da cuenta el hecho de que doña María participó activamente en lo que se llamaba las misiones pedagógicas, que consistían en los encuentros que los estudiantes tenían al llevar películas y reproducciones de pinturas célebres y todo tipo de expresiones culturales a las almas más primitivas de los lugares más apartados de su España. Sobre escenarios improvisados representaban las obras teatrales de Lope de Vega y Calderón. Llevaban medicamentos y libros y con la cooperación de los aldeanos construían escuelas[3].

La guerra “incivil” española –al decir de don Miguel de Unamuno–, comenzó con el “pronunciamiento” del general Francisco Franco Bahamonde en Marruecos, el 18 de julio de 1936, y terminó el primero de abril de 1939.

Doña María Zambrano salió al exilio, que duraría más de cuarenta años, el 28 de enero de 1939, pero permaneció en España durante todo el tiempo en el que la República soñada, no obstante las pesadillas, había existido. Ella permaneció hasta el final. Síntesis de todo este período son sus palabras autobiográficas concedidas en entrevista a J. C. Marsé: “He estado siempre en el límite” el 23 de abril de 1989, es decir, a los 85 años y que a continuación cito in extenso:

Yo atravesaba entonces, y creo que no he dejado de atravesar, por una situación en que me imponían la necesidad de “elegir”: las personas que me querían me pedían que decidiera entre la literatura, la filosofía o la política. Yo no podía (…). La filosofía me era irrenunciable, pero más irrenunciables me eran la vida, el mundo.(…) para mí, las tres actividades eran, siendo tres, una y la misma (…)”filósofa” nunca me he considerado (…) lo que no podía considerarme era “literata”; a la literatura renuncié en seguida, pero no a la forma, no a la belleza, no a la precisión, ni a ese “que”, ni a ese algo que se encontraban en la “literatura”, pero en seguida, al llamarla así, causaba horror. Amaba la vida, amaba el pensamiento, amaba el ser y el no ser, lo que iba a nacer, lo que estaba naciendo… (…) en medio de esta indecisión. Ortega fue mi salvación (…) Pero no era su palabra, era su actitud: sin Ortega, aquél momento de España no se hubiera dado. Él tenía la generosidad de escuchar y al mismo tiempo el horror de las tertulias de los cafés, donde tanta cosa maravillosa se decía. Esto le daba no sólo una apariencia, sino una calidad. No era como Valle Inclán, que se sentaba todas las tardes en el café de la Granja, y allí hablaba, y hablaba, maravillosamente. Cualquiera podía contestarle, pero ¡ay! del que allí le contradijese. No era como Unamuno, que cuando venía a Madrid iba al Ateneo para hablar, y al día siguiente se encontraba en el periódico, sin el cual no podía vivir (…) Ortega, en cambio, escuchaba, sabía entender y orientar las vacilaciones. En mi “discipulaje”, por llamarlo de algún modo, con Ortega recibí una revelación en el “logos del Manzanares”, en que las circunstancias están pidiendo ser escuchadas, en que pedían ser miradas sin imponerse –no como se ha entendido después, que hay que adaptarse a las circunstancias– como siervas perdidas que van envueltas en un camino y nadie las reconoce (…) En ese momento en el que se me obligaba a elegir (…) lo que se eligió fue la no dependencia de la literatura. Estábamos en la plenitud de la generación del 27, toda ella literaria. Yo no he pertenecido a ninguna generación –me han puesto en tantas–, no he pertenecido a ningún grupo, aunque en ellos haya estado, en varios (…). Ortega una vez me dijo que mi acción era tan múltiple que no se veía… sinembargo lo que yo amaba era la unidad. Pero no la unidad que corta, no la unidad que es renuncia; yo no podía renunciar a nada (…).Lo que yo he sido y soy, es republicana. (…).[4]

Aunque María Zambrano tuvo tres momentos de su vida en los que casi había renunciado a la filosofía, finalmente ello no ocurrió. La primera cuando se sintió aprisionada entre la claridad de Ortega y la oscuridad de Zubiri, que me hacían sentir que nunca podría entender nada. Pero tal renuncia, por fortuna, no se dio, y cuando se creyó más perdida, encontró en una de las clases de éste último, cierto impulso inesperado que la llevó a entregarse a la filosofía, y así, –dice–  como si de algo natural se tratara, aquél verano me sumergí en la Ética de Spinoza y en la 3ª Enéada de Plotino[5].

La segunda vez en que estuvo a punto de renunciar a la filosofía fue cuando la atrajo la idea de que “lo importante era rehacer España”, propósito éste que empapaba la vida de la mayoría del pueblo español y que hizo posible la instauración de la República. No renunció a la filosofía, pero tampoco renunció a su acción política: yo actué como miembro de la FUE, y activamente.

La tercera ocasión en la que casi renuncia a la filosofía fue cuando don Luis Jiménez de Asúa le ofreció un escaño del Partido Socialista en las elecciones que condujeron a la Republica. De haber aceptado tal ofrecimiento –dice María Zambrano– habría formado parte de aquellas Cortes que fueron inigualables y en las que se encontraban, entre otros muy relevantes, Unamuno y Ortega. Su presidente, el socialista don Julián Besteiro había renunciado a ser profesor de Lógica para dedicarse a la política, fue un verdadero kantiano dirigiendo aquellas Cortes tan decisivas y hermosas. Pero yo, aquella muchacha que era, renuncié a ocupar un escaño en la segunda vuelta, ya que en la primera no había lugar: la mujer no podía ser electora ni elegida. Conviene explicar al respecto que don Luis Jiménez de Asúa, catedrático de Derecho, fue uno de los principales redactores de la Constitución de la República, una de las primeras tareas de esas Cortes “tan decisivas y hermosas”.

No obstante, como se ve, ella renunció  a la política partidista, pero no a la defensa de la República, y colaboró como Consejero de Propaganda y Consejero Nacional de la infancia Evacuada, mientras que su marido, el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, a mediados de 1937 ingresaba en las filas del ejército republicano, tras una breve estancia en Chile, donde había sido nombrado, en septiembre del 36, como segundo secretario de la embajada del gobierno Republicano. Preguntada “por qué vuelve ahora, cuando la guerra está perdida, Zambrano, convencida, contesta: Por eso, precisamente por eso.”

María Zambrano también nos dice que renunció a la literatura, más no a la forma. Esto explica la belleza de la escritura  de doña María. Pero no sólo esto sino también su cercanía, su estar en el límite con la poesía. Aunque no podemos en estas notas referirnos a sus diferencias con la filosofía de Ortega, si conviene decir que mientras que Ortega se ocupa de lo que él llama Razón vital, histórica, viviente, María Zambrano da un paso más adelante, al proponer lo que en su pensamiento es núcleo de luz auroral: la razón poética, es decir, en palabras de Gregorio Gómez Cambres, unidad de vida y pensamiento. La razón poética, que asume la razón histórica y la razón vital, es razón creadora” “Zambrano –nos dice este autor–, dentro de la línea del pensamiento español piensa en unidad de sistema. Ella defiende que “No existe pensamiento filosófico que no sea sistemático en algún modo. Y aún se diría que todo pensamiento, aún sin pretensión de ser filosófico, es como el fragmento de un sistema: que todo pensamiento exige un sistema o lo supone[6].

Nos dice que amaba “lo que iba a nacer, lo que estaba naciendo”. Esta expresión no solo se refiere a la dinámica que condujo a la instauración de la República. También se refiere a algo que en María Zambrano constituye una metáfora central, la de la aurora. De la aurora se llama uno de sus libros más simbólicos y tiene también que ver con la idea de “esperanza”, de la que algo diré después.

La relación entre Ortega y Zambrano estuvo llena de tensiones. Hay motivos muy fuertes para aceptar, como sostiene Rafael Gutiérrez-Girardot[7], que Ortega no la reconoció como su discípula por el hecho cierto de que doña María muy pronto se separó de los caminos trazados por su Maestro. Por otra parte, sinembargo, la carta a Ortega antes mencionada, en la que le reclamaba con osadía que se hiciera presente en la hora de España surtió efecto. En realidad Ortega modificó su posición. De monárquico pasó a la acción, hasta el punto de escribir el 15 de noviembre de 1930 Delenda est Monarchía, y a ser uno de los fundadores del movimiento político Agrupación al servicio de la República, hechos estos que patentizan esa virtud de “escuchar” que le atribuye Zambrano. Debemos tener en cuenta que la entrevista en la que Zambrano se refiere con tales palabras de gratitud a su maestro fueron dichas en 1989, lo que no ha de llevarnos a pensar que no hubo momentos tempestuosos, hasta el punto de la ruptura, en esa relación, a raíz de la posición de Ortega sobre el pacifismo de los ingleses al estallar la guerra –y durante todo el tiempo. A María Zambrano la había invitado la Universidad de Puerto Rico a dictar unas conferencias sobre Ortega, invitación a la que ella había en principio accedido, no sin reticencia, pero que al final responde: Cuando usted me lo pidió, no debo ocultarle que se me aparecieron una serie de motivos adversos; solamente por venir de usted la petición –le dice al Rector  de la mencionada Universidad, don José María Chacón Calvo– los vencí y contesté afirmativamente. Pero ahora a los motivos de entonces se une otro nuevo y que ya me lo hace imposible (…) ha llegado a mí la posición franquista de Ortega y ya es algo muy por encima de mis fuerzas hablar sobre él. No me lo imagino, ¿qué quiere usted?, al lado de ellos, no puedo componer su figura tan venerada, junto con tanta y triste vaciedad espiritual[8]. Lo que este avatar muestra no es otra cosa que la profunda fidelidad de María Zambrano consigo misma. La profunda unidad de pensamiento y vida.

Me refiero ahora a una idea en la que también nos sintonizamos: El error más grave a que la humana condición está sujeta no es equivocarse acerca de las cosas que le rodean, sino equivocarse acerca de sí mismo. Y equivocación profunda ha sido la de la ruptura entre la razón y la pasión, también la del individuo y la sociedad. El drama del liberalismo radica en la supervaloración del individuo, destacado en sí mismo como un fin, sin referencia ni utilización con un fin más alto. La humanidad para el liberal no es más que suma de individuos. Del venerable lema de la revolución francesa Libertad, igualdad, fraternidad,  desde el principio se sacrificaron la igualdad y la fraternidad al primero, a la libertad. A nuestro entender –nos dice en Horizonte del liberalismo– el error del liberalismo racionalista, su infecundidad, estriba en haber cortado las amarras del hombre, no sólo con lo suprahumano, sino con lo infrahumano, con lo subconsciente. Este desdeñar los apetitos, las pasiones, este desdeñar la fe, el amor[9].

Desde 1930, cuando publicó ese su primer libro, María Zambrano tenía claro y sin tapujos lo siguiente: “Los postulados espirituales del liberalismo no pueden realizarse con la economía liberal” Esa es la gran paradoja, pues los más altos valores del hombre son incompatibles con una economía que a lo que conduce es a la esclavitud, a la masa, a la guerra y a la violencia. En suma, a la destrucción de los derechos humanos, que están entre esos “más altos valores”. ¿Cómo se puede resolver este problema que está en el corazón de la crisis de Occidente? Este tema lo trata hondamente doña María Zambrano en su hermosísimo libro Persona y democracia.

Para ella, el hombre es un ser que se encuentra siempre viniendo de un pasado hacia un porvenir, pues no es verdad que el hombre haya aparecido con toda su humanidad actualizada. Ello haría inexplicable la historia. La historia –nos dice– no tendría sentido si no fuera la revelación progresiva del hombre, por lo que el tiempo fundamental del hombre es el futuro, lo cual no quiere decir que el pasado no sea importante: Nada de lo que verdaderamente se quiere puede ser logrado si contradice o hunde el pasado; lo mismo en la vida personal que en la histórica, nada puede lograrse si hunde el pasado. Y hay victorias, triunfos históricos que traen consigo el hundimiento de un pasado. No pueden durar, por lo menos, en aquello en que hundieron el pasado. Sólo son permanentes las victorias que salvan el pasado, que lo purifican y que lo liberan. Y así en esta alba permanente del hombre, en su historia, la luz viene también del pasado, de la misma noche de los tiempos[10].

Por otra parte, el lugar, el espacio del hombre es la sociedad. María Zambrano zanja la vieja disputa de si son primero los individuos, abstraídos, que luego conforman la sociedad al ser insertados en ella,  o si, invirtiendo los términos se parte de la sociedad para caer en la cuenta más tarde de que tal está conformada por individuos. Como todo, que ha de estar en algún lugar, el hombre está en la sociedad, allí aparece. Ese es su lugar. Es su medio inmediato antes que la naturaleza. Pero se presenta una ruptura, la de la soledad, o, mejor: la de las soledades. La primera soledad respecto de sus dioses. La segunda, la del individuo. El hombre, para María Zambrano, está formado por un yo y una persona. La persona incluye el yo y lo trasciende, pues el yo es vigilia, atención; inmóvil es una especie de guardián. La persona, en cambio, es una forma, una máscara con la cual afrontamos la vida, la relación y el trato con los demás, con las cosas divinas y humanas. Esta persona es moral, verdaderamente humana, cuando porta dentro de sí la conciencia, el pensamiento, un cierto conocimiento de sí mismo y un cierto orden, cuando se sitúa previamente a todo trato y a toda acción, en un orden; cuando recoge lo más íntimo del sentir, la esperanza, entendida ésta como “el tener que hacerse  (el hombre) su propio ser”[11].

De ahí que la característica esencial de la persona sea la soledad, pero, puesto que su espacio es la sociedad, de ella, de la soledad dimana la necesidad íntima de la comunicación con los demás y el amor.

Como puede intuirse por estos breves trazos del pensamiento zambraniano acerca del hombre y de la sociedad, el espacio propio para hacer posible al mismo tiempo la soledad de la persona y la comunicación, no puede ser otro que la democracia, a través de la política, cuyo sentido es, justamente, no la voluntad de poder, sino la transformación de la sociedad, la humanización de la sociedad.

Quisiera terminar con una observación a propósito de El pensamiento fragmentario de María Zambrano, el importante ensayo del libro de Rafael Gutiérrez-Girardot, al que antes aludí. Es sin duda acertada la apreciación que desde la perspectiva del filósofo colombiano se hace del pensamiento fragmentario de doña María, sobre todo porque su argumentación la realiza a partir de Los Bienaventurados y del libro autobiográfico Delirio y destino, y que puede sustentarse también desde palabras de ella misma, por ejemplo de las que escribe en la Advertencia a La agonía de Europa: Las páginas que siguen no aspiran, naturalmente, a formar un libro sobre Europa, pero tampoco son propiamente unos cuantos ensayos. Trozos, fragmentos de lo que debía o podía haber sido un libro, tienen ese carácter común a todos los fragmentos que está, aún más que en el desigual desarrollo de los pensamientos, en el tono y en la voz, y que proviene de una especial situación que descubre la persona que lo ha escrito. Pues el fragmento, como lo ha dicho Kierkegaard, es una “obra póstuma”, aquello que se dice después de muerto (…). De ahí el hablar un tanto a gritos y clamando, de ahí esa sinceridad que se acerca al impudor y que confiere valor de testimonio[12].

También se podría agregar que el carácter fragmentario e inclasificable del pensamiento zambraniano obedece al hecho de que fue apareciendo en buena parte como artículos de periódicos y de revistas. Tal era su vocación de escritora. No obstante lo anterior, cabe otra mirada, que surge con sólo echar un vistazo a los títulos de sus libros si los agrupamos de cierta manera: I) Nuevo Liberalismo, Hacia un saber sobre el alma, Persona y Democracia; II) Los intelectuales en el drama de España, Pensamiento y poesía en la vida española, El pensamiento vivo de Séneca, La agonía de Europa, La España  de Galdós, España, sueño y verdad, Andalucía, sueño y realidad; III) Filosofía y poesía, La confesión, género literario, El hombre y lo divino, Para una historia de la piedad, IV) El sueño creador, Los sueños y el tiempo; Claros del bosque, De la aurora, Senderos, El parpadeo de la luz.

No he mencionado los que dan sustento al ensayo de Gutiérrez-Girardot –Los bienaventurados, Delirio y destino– ni otros. Pero en esos cuatro grupos reunidos sin rigor, se ve una unidad temática indudable. Y más si se tiene en cuenta palabras de María Zambrano referidas a sus “libritos”, como ella llama a su trabajo y que se encuentran en la nota preliminar a la reedición que de Hacia un saber sobre el alma, hizo Alianza en 1986: …mi intención es ofrecer este Hacia un saber sobre el alma tal como lo hice al entregarlo para la primera edición; sin extraer ni añadir nada del temblor que creo que aparezca en todo lo que he dado a publicar. Aparecen aquí, en su germinación, esas dos formas de razón –la mediadora y la poética– que han guiado todo mi filosofar, si es que ha sido así, filosofar, pues signo ha sido de mi vida el someterme a la prueba de la renuncia a la filosofía[13].

El pensamiento de María Zambrano no es fácil. Ni por el  contexto político en el que nació, que tantas imbricaciones históricas tiene, ni por las múltiples posibles relaciones que se pueden hacer con el de otros filósofos, no sólo contemporáneos suyos, sino también con otros del pasado. No es fácil, porque es vivo, de lacerante actualidad. Tampoco es fácil por el estilo, poético y de una inigualable belleza, pero en su escritura no sobran las palabras, lo que obliga a un avance lento. Y no es fácil, por su transparencia. Pero cuando ya uno se acostumbra a él, se enamora y termina abrazando el partido por el hombre, con la pequeña esperanza, aún no derrotada, de que la noche de lo humano dé lugar a la aurora de un mundo menos siniestro.



[1] Ortega Muñoz, óp. cit., p.18.

[2] Íbid, p.22.

[3] Jackson, Gabriel. La república española y la guerra civil (1931 – 1939). Barcelona: Ediciones Orbis, p. 112.

[4] Moreno Sanz, op. cit., p.19s.

[5] Zambrano, María. Hacia un saber sobre el alma. Madrid: Alianza Editorial, 2000, p.10.

[6] Gómez Cambres, Gregorio. La aurora de la razón poética. Málaga: Editorial Ágora, 2000, p.34.

[7] Gutiérrez Girardot, Rafael. Heterodoxias. Bogotá: Taurus, 2004, p.

[8] Zambrano, María. Horizonte del liberalismo, óp. cit., p.154.

[9] Íbid., pp 233 y .244.

[10] Zambrano María. Persona y Democracia. Madrid: Editorial Siruela, 1996, p.

[11] Cfr., Hacia un saber sobre el alma, óp. cit., p.112.

[12] Íbid., p.9.

 

 

 

Compartir:
 
Edición No. 167