María Zambrano y el destino de la palabra
para Jubi Bustamante
“¿A quién le han otorgado este año el Premio Cervantes?” Frente a mí está un funcionario del Ministerio de Cultura de España que me responde. “No sé, es a una viejecilla cuyo nombre he olvidado” “¿Será María Zambrano?” le digo y afortunadamente en ese momento aparece mi gran amiga Jubi Bustamante quién me aclara que sí, que es María Zambrano la ganadora ese año y me invita a la Ceremonia. A mi hospedaje llega al día siguiente la invitación con la información de la hora del transporte hasta Alcalá de Henares.
La mañana es clara y fresca en el claustro. Me siento en la cafetería a tomarme un café cuando llega a mi mesa Jorge Semprún, Ministro de Cultura. Semprun es un hombre alto, aristocrático en sus modales, un gran conversador, sus memorias sobre Buchwenwald, “El largo viaje”, extraordinariamente traducidas por mi gran amigo Rafael Conte me causaron un impacto tremendo por la descripción del horror, la humana reflexión sobre el dolor humano, avalado por un soberbio estilo literario. Dirigente del Partido Comunista desde la postguerra vivió los desafueros del estalinismo y supo denunciarlo a tiempo a través de sus novelas, de sus grandes ensayos.
Ya estábamos hablando de algún tema del día cuando hizo aparición el Rey en medio de bromas por un accidente que había sufrido en su yate. El Salón de Actos de entrega del premio es un recinto más bien pequeño donde una guía me indica el asiento que debo ocupar. El discurso del Rey, así como el de Semprún, sobre la vida y obra de María Zambrano justificaban bellamente este reconocimiento a la gran pensadora cuyo asiento aparecía vacío pues estaba enferma. Y su ausencia se hizo notoria como si las palabras del Rey y el rígido protocolo de la ceremonia, la actitud de todos los presentes, notables escritores, catedráticos, periodistas hubiera acusado esta ausencia como lo propio de la característica modestia de la hija de Vélez, su pueblo natal. Hablando después con muchos de los presentes me di cuenta de algo que al principio me pareció escandaloso pero que después consideré propio de aquella camarilla de intelectuales, que, nadie en realidad la había leído, por lo cual su ausencia cobró, repentinamente, ante mí un mayor significado. ¿En qué país se olvida con más celeridad a sus grandes pensadores, pintores, músicos, que en España? La parranda de la prosperidad que entonces se vivía sólo quería permanecer en su vacía actualidad, no recordar, no tener presente la herida de la guerra civil, es decir no incomodarse ante la diáfana reflexión sobre lo que significa ser humano en España, lo que significa la búsqueda de claridad en medio de aquella caricatura de prosa con que la industria de la cultura quería frivolizar a un público de consumidores, queriéndoles indicar que la España de los grandes pensadores, de los lúcidos cronistas del dolor, y la desesperanza ya no tenían vigencia ante esta España satisfecha.
De hecho ya el rebaño de divulgadores culturales presentados pomposamente como filósofos, de periodistas autopresentados como pensadores, de reseñadores presentados como críticos literarios, representaba el nuevo simulacro de la cultura española, un desastre espiritual cuyos alcances apenas se comienza a evaluar en sus nefastas consecuencias ¿A quién de estos filisteos podía interesarle una meditación que pudiera sacarlos de su rumba, de la grosera idea de que aquella fiesta de provincianos, suponía ya, tal como, orondamente, lo proclamaban, “la entrada de España en Europa”? Con su ojo avizor ya hacia el año 34 Ortega y Gasset había descrito la nefasta apropiación de la cultura por parte de un periodismo frívolo, de reseñadores fungiendo de pensadores, de columnistas que degradaron la opinión al chisme, un cuadro de farsantes que fue debilitando la República, azuzando el odio y precipitando, finalmente, a España en la catástrofe. María Zambrano surge al pensamiento en medio de esta traumática quiebra de valores, a la pérdida de la razón ante el odio y precisamente, de la mano de Ortega, va situando su pensamiento bajo estas preocupaciones esenciales, las preocupaciones del español aterrado ante este espectáculo de simulacros políticos donde la extrema derecha y la extrema izquierda, dos formas de fanatismo terminan por cerrar toda posibilidad al diálogo.
Dos abstracciones que desconocen lo que significa la responsabilidad intelectual y política ante lo que supone la herencia de un pensamiento forjado en el estoicismo, la renuncia, la prudencia, la ascesis y la necesidad de enfrentar la verdad bajo todas sus consecuencias. Pasión por la verdad que desgarra y humaniza, capacidad moral en el riesgo de asumirse hasta el final de los interrogantes, mientras las ideologías tratan de reducir bajo las dictaduras de sus totalitarismos el intento de libertad de un pensamiento independiente, la necesidad de observar libremente las irracionalidades que unos y otros gestan bajo su retórica. Zambrano nos recuerda que, “una cultura existe cuando tiene criaturas innominadas, anónimas en quienes va impresa su forma, que poseen sin esfuerzo. Y que trasmiten su ciencia, en una serie de consejos y preceptos que son toda una Guía no escrita. El escribirla significaría que estaba puesta en duda. Lo triste y lo peligroso es que la tradición tenga que ser expresada a sabiendas; que un día nos pongamos a ‘hacer tradición’. Construir una tradición supone, recordemos, un acto de libertad, no crear un pasado. Los actores que agitaban la crisis hablan cada uno desde sus dogmas, desde sus irreductibles fanatismos o sea desde una palabra que ha sido degradada por el odio, por la propaganda y las consignas.”
Aquí María Zambrano es muy explícita en el sentido de que existe y es necesaria una tradición de cultura, pero ésta no puede confundirse nunca con el peso muerto de simulacros folclóricos, o de imágenes del “pueblo” como recurso para agregarle incentivos a la guerra, sino, con el rescate de preguntas y respuestas que nunca dejaron de ser vigentes, ante situaciones definitorias de la libertad, de las estrategias de vida de ese hombre anónimo, frente al sufrimiento y la persecución, tal como ella lo llega a hacer con el legado de Séneca y el estoicismo como respuesta digna al oprobio y como categorías fundamentadoras de lo que debe llegar a ser una democracia. Es lo que Maimónides llama bellamente, una “Guía de perplejos”. “Al naufragar la razón, al ahogarse la conciencia, solamente quedó un pobre animal aterrorizado, prisionero de sus instintos”. Cuando la pérdida de la razón abre las exclusas del resentimiento reprimido se viene el estallido brutal de la intolerancia, el odio obnubila la conciencia humana y es aquí donde el pensamiento de esa tradición innombrada puede convertirse para aquellos que no han sido cegados por el odio, en un encuentro con la plural gama de experiencias que acreditaron la palabra para tratar de erradicar la suspicacia y la desconfianza y para encontrar el territorio de la única patria posible. ¿Con qué palabra se escribe desde estas imágenes recuperadas? Ella no cree en esa abstracción que ha fabricado el marxismo, “el hombre histórico”, cree y busca, sí, a ese ser anónimo definido reciamente por su lucha contra la adversidad, ese rostro fatigado que sin embargo es capaz de humanizar un paisaje, un yermo, de iluminar en la noche el camino al mulero que extravió la tormenta, el origen legitimador de la palabra. Por eso, como Hölderlin, sabe que la poesía es el único posible para recuperar lo sagrado.
El aprendizaje de estas búsquedas desde el exilio permite ver aún con mayor claridad las causas del mal, aquello que conduce a toda una nación a olvidarse de sí misma y caer en el odio atávico donde muere la amistad como construcción de la razón contra lo temporal, donde desaparece el amor como esa extensión de lo que se ha hecho humano y permanece como lo humano: desde esta óptica la guerra fraticida alcanza su verdadera dimensión, la de ser la tragedia donde se hunde una conquista de lo humano desde el pensamiento, presente siempre en él, presentimiento del corazón aterrado, del habla de la gente, en esa tradición de los analfabetos como la llama Don José Bergamín y que en ningún momento deja, Doña María de reconocer, como un camino válido a escoger pues, como llega a señalarlo, si tiene enfrente el legado del pensamiento que forjó la idea de Europa, el legado de los griegos, de Marcilio Fisino, de Santo Tomás, de Séneca y Ovidio, de Heidegger, por el otro está este silencioso legado acrisolado en una historia con minúsculas, donde se esconden valores tan importantes como aquellos, valores o sea respuestas de vida, poéticas que no fueron sometidos al desgaste de la burguesía histórica, a la fatalidad de las economías, lo trágico de “La Celestina”, los laberintos aún sin recorrer de “Don Quijote”, el alma de Calderón, la palabra viva de Lope y Quevedo, las estrategias de “El lazarillo”, los espacios de una nueva racionalidad en Velásquez, las sombras de Goya: esencia pura de la albura en Zurbarán, en Santa Teresa y San Juan: la palabra que no define sino que eleva a los ojos la metáfora del murmullo, del ave que vuela alto y canta dulce como el pájaro solitario de San Juan, el aljibe, la parra, el patio imágenes del sosiego, de la verdadera geografía de un alma.
Recurre a Nietzche pero para que éste corrobore lo que su gran intuición ya le había señalado: “La exigencia por la cual el hombre, sumergido en la historia, es capaz de disentir de ella, como apeteció salir de la naturaleza”. Estas son las razones de la perpetua rebeldía ante lo instituído, ante lo que abandona la libertad del pensamiento para volverse doctrina, dogma.
Tradición de la palabra que es pura por esencia y por anhelo de creación de otra realidad o sea lo contrario a ese realismo con que se ha pretendido encasillar a la literatura española, la palabra como guardiana del ser. Voluntad de estilo respaldado por la voluntad de vida. Ella misma lo dice. “Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién?” Y agrega. “Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, es el silencio de las vidas, y que no puede decirse. “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir”. Escritura la suya no de manifiesto público, de la proclama en voz alta, a cumplir con una tarea que, seguramente quien la pregona, no está dispuesto a cumplir, sino, escritura de la confidencialidad, escritura en voz baja que se aleja tanto del énfasis como de la profecía. Escritura de y en la dificultad de escribir en medio de lenguajes degradados por los medios de comunicación, por los políticos y los oportunistas. España no como la geografía de los nacionalismos sino como un padecer de la palabra que busca adentrarse en la lógica de esos seres anónimos que silenciosamente y al margen de la Historia buscaron siempre con el instinto una salida para los suyos.
Recuérdese que esta fue la tarea de la Generación del 98, adentrarse en un alma desconocida, en los vericuetos de insólitas geografías y lugares, en aquel fondo innominado que los ojos de un famélico campesino, de un bronco obrero, esconden desde el comienzo de los tiempos y que llega a ser, en momentos de locura y de insania, la posibilidad de una palabra compartida en el tiempo. Es desde ahí como lo señala San Juan la necesidad urgente de buscar y mantenerse en la claridad porque la claridad es el equilibrio pero defendido a cada instante como una exigencia de vivir aquella verdad que nos derribó del caballo. Ningún escritor desde San Juan ha llevado a la palabra hasta un grado de pureza como lo ha hecho María Zambrano, esa pureza que es diafanidad, que recurre a la pedagogía de hablarnos desde lo íntimo de cada ser anónimo, porque sus imágenes provienen de esa fuente inagotable que es la naturaleza recuperada por una razón poética: el mar, cielo puro, el horizonte, el jardín y la fuente, los campos recorridos por el pié del campesino, o sea el ser humano restituido a lo sagrado, a su soledad, la palabra recuperada en su único hábitat.
¿Podría caber mejor descripción de María Zambrano que la que ella misma dibujó a través de la figura de Diótima de Mantinea?: “Y así me he ido quedando a la orilla. Abandonada de la palabra, llorando interminablemente como si del mar subiera el llanto, sin más signo de vida que el latir del corazón y el palpitar del tiempo en mis sienes, en la indestructible noche de la vida. Noche yo misma”. Como el pez dibujado sobre la arena y que el agua de la marea no borra sino que fija sobre un fondo impredecible, hasta que con el tiempo ese pez se sume a los peces primeros que descansan debajo de las capas de arena, lodo, agua, mármoles, calcáreas, así lo que escribe María Zambrano con la voz de la confidencia y del secreto que preserva, es la voz que no muere porque alguien, un niño, un pescador, un exiliado de sí mismo, la estará encontrando entre aquello que abandona la marea cuando se retira.
Coda: Por la tarde, después de la ceremonia a la ausente, los Reyes reciben a los intelectuales en el Palacio de Oriente, muchos rostros sonrientes, nerviosos en aquel gran salón, editores de éxito, narradores con sus esposas, actrices serias, periodistas de opinión. Cuando miro el paisaje que atardece, un hombre de edad se me acerca y me recuerda que, desde esta ventana pintó Velázquez su paisaje de Castilla. Es Juan Marichal el gran filólogo, autor entre otros de un texto memorable, “La voluntad de estilo”, quien rescató a Manuel Azaña como figura republicana. Tengo la tentación de preguntarle por el caso de Paul de Man, pero prefiero callarme. Atardece y acercándome más al balcón me parece ver la soledad de los campos, la figura de la gran ausente en esa fiesta y en la cultura oficial.