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Marta-Cecilia Betancur, una filósofa de condición

Si algo tiene de significado especial en nuestro tiempo es la reivindicación de la mujer, como alma y nervio de la vida familiar, institucional y en lo colectivo de sociedad. En la historia hay figuras femeninas en todos los órdenes de protagonismo por inteligencia, obras escritas y de forja comunitaria, liderazgo social y hasta heroísmo. Pero no ha faltado desdibujarlas en una condición subordinada por el machismo que ha imperado. Por fortuna hoy cobra vigencia su sentido esencial en las sociedades humanas, así en algunos lugares el dogmatismo las tenga sumidas en el anonimato, la obligada sumisión y en la indiferencia.

En este Reportaje reivindicamos la personalidad insigne de profesora en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Caldas, quien desde temprano en la vida ha estado apegada a los libros, con formación superior en licenciatura, maestría y doctorado. Escritora y pensadora de categoría, con significativa obra publicada y participación destacada en foros, seminarios y congresos nacionales e internacionales, con temas de la Filosofía. En los años más recientes se ha dedicado a esclarecer el papel de la mujer en su disciplina, y a motivar a colegas y alumnado en las tareas de la investigación, el librepensamiento y el compartir con la escritura y los diálogos. Asimismo, se ha ocupado de tratar desde la filosofía los problemas de una sociedad conflictiva como la nuestra. Incluso puede decirse que ha hecho escuela, al igual que sus colegas Carlos-Alberto Ospina y Heriberto Santacruz, en labor de equipo, al propiciar la mejor formación en los alumnos, con énfasis en los destacados que han pasado todas las pruebas y se ubican en especie de sucesores connotados en las respectivas disciplinas. De ese modo puede decirse que la Escuela de Filosofía es hoy un centro reconocido en los ámbitos más exigentes, de nuestro país y de otros, por la calidad.

Marta-Cecilia, como se verá más adelente, ha tenido un filósofo de cabecera, sin desconocer la historia de la filosofía. Se trata de Paul Ricoeur (1913-2005), de quien ha asimilado cuestiones fundamentales: el establecimiento de relaciones directas, estimulantes y respetuosas, entre profesores y alumnos; la revalidación en lo creativo de los “sujetos hablantes”; el trabajo de la polisemia con la dialéctica del signo; repensar las convergencias y lo incompatible entre las ciencias y la filosofía del lenguaje; articular  relaciones asimétricas y de reciprocidad en el laberinto de la política democrática; la reflexión política, con reconocimiento de los otros y los límites en la ética. Y como señala Néstor García-Canclini, a propósito de Ricoeur, “En este tiempo de desprestigio de los saberes absolutos, su elaboración de mediaciones imperfectas entre disciplinas, de una dialéctiva inacabada entre la doxa y la episteme, entre la sensación fugitiva y contingente, y la ciencia estable y necesaria, puede nutrir la paciencia de quienes desean pensar y actuar sin descuidar ninguna de las dos tareas.”  Marta-Cecilia tiene claro todo esto y ha hecho desarrollos significativos, incluso en debate con Ricoeur.

Este reportaje se ha elaborado con la cercanía y el conocimiento que tenemos de ella, desde mediados de los años 70 del siglo pasado, lo que permitió la formulación de temas de su competencia y la escritura sosegada y reflexiva de ella misma. Los diversos temas que se involucran dan clara muestra del porte intelectual y académico de Marta-Cecilia Betancur, formadora de jóvenes en las más recientes generaciones y todavía con apego al trabajo con alumnos, en su ejemplar capacidad de motivar y de despertar vocaciones por las formas del pensamiento, del diálogo y del debate constructivo. He aquí lo conseguido.

CER. Importante que recuerdes tu origen y ambiente de familia. Evoca de igual modo tus estudios en la básica primaria y en el bachillerato. Qué docentes recuerdas en especial, con los respectivos motivos./ Tu ingreso a la Universidad. Por qué escogiste el programa de Filosofía en la Universidad de Caldas. Recuerda asimismo los ambientes, los profesores que te marcaron, con las debidas razones./ Para continuar con tus estudios, hiciste la Maestría en Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y el Doctorado en la Universidad de Sevilla. Alude, por favor, a esos procesos, de igual modo con ambientes y profesores de mayor impacto en tu formación. Creo que fuiste alumna en especial de Rubén Sierra-Mejía y de Guillermo Hoyos, en la Maestría….

MCB.  Nací y me eduqué en el seno de una familia humilde. Aprendí de mi padre el gusto por los libros, el conocimiento de la historia, el interés por mantener bien informada sobre los problemas del país y del mundo, y la sensibilidad social, en momentos en que la radio constituía el mayor recurso de difusión y culturización. Adquirí de mi madre un espíritu rebelde propicio a la defensa de los derechos de la mujer y de las personas y grupos más vulnerables. Cultivé la lectura desde muy pequeña leyendo, al lado de mis tías, las novelas de Corín Tellado y las aventuras de los vaqueros norteamericanos. De allí, una vez adquirida la disciplina y el gusto por los libros, me fue fácil transitar hacia la literatura colombiana y latinoamericana, y, poco después -por los 16 años- a la degustación de algunas obras filosóficas de Herman Hesse, Camus, Engels, Marx, Nietsche y Freud. Estas lecturas sembraron el amor por la filosofía, cuyos estudios decidí desde muy joven. También fue temprana mi vocación por la enseñanza. A los 8 años le expresé a mi padre el interés de ser maestra y me ocupé de acompañar la educación de los hermanos.

Tal vez influyó en mí el cariño de la profesora de la escuela Kenedy de Minitas, quien llevó con paciencia mis inquietudes; se limitó a tratar de comprender y controlar mis comportamientos de chica “necia” y “preguntona”. De esta época quisiera recordar una campaña dirigida a organizar la biblioteca de la escuela: tenía un pequeño espacio reservado pero carecía de los objetos preciados característicos; lideré una recolección de libros entre las familias de la isntitución e iniciamos la organización de sus instalaciones. En los estudios secundarios, en la Normal Nacional de Manizales coseché el espíritu pedagógico y me formé en la discplina personal y en el significado de la educación. Las maestras estuvieron a la altura de la tarea de desplegar esa vocación.

En 1975 cuando en Colombia se agitaba el movimiento estudiantil, llegué a estudiar en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Caldas. Aprendí a estudiar los libros con rigor y con disciplina y mucho más que eso. Algunos maestros influyeron en mi vocación: Leonor Gallego, Norma Velásquez, Bertulio Salazar y Javier Vélez. Lo que allí aprendí sobrepasó todas las expectativas: la participación activa en el debate de las ideas políticas y en el movimiento estudiantil, como también la deliberación en torno a los problemas filosóficos, en el recinto de la clase y por fuera de él. Disfruté de la formación que se consigue por fuera de la institución formal. Organizamos el primer grupo de estudio bajo el liderazgo de nuestro querido amigo y colega, Heriberto Santacruz. Me encontré con los mejores amigos del mundo académico y personal, con quienes aún conservo el mismo vínculo: Heriberto, Carlos Alberto Ospina y Mónica Jaramillo. Además, otro acontecimiento marcó mi rumbo intelectual: la participación, apenas en 2º semestre, en el primer foro nacional de Filosofía, donde conocí a nuestro querido Carlos-Enrique Ruíz y a otras personalidades de la talla de Lorite Mena y Luciano Mora Osejo; comprendí que el campo de la filosofía ofrecía un mundo mucho más vasto del que conocía, pues era posible transitar por el estudio, la reflexión y el debate públicos de los problemas y las ideas que ella planteaba. El foro me abrió otros mundos.

El trayecto por la Maestría ofrecida en Manizales por el Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia (de Bogotá) me introdujo por nuevos caminos. Bajo la orientación de Rubén Sierra y Guillermo Hoyos descubrí otras formas de pensar y de hacer la filosofía, con la rigurosidad argumentativa y el respeto por el manejo de los conceptos propios de la filosofía analítica y con la posibilidad de aplicar los problemas teóricos a los fenómenos del mundo que encarnaba el profesor Guillermo Hoyos. Reconocí un sendero que había vislumbrado en la juventud pero que tenía poco eco en nuestra escuela de filosofía, donde se practicaba una filosofía exegética y excesivamente respetuosa del pensamiento clásico. El trabajo académico de la Maestría nos encaminó hacia la aventura del pensamiento escrito y de la posibilidad de plantear algunas ideas filosóficas, así fuera de manera muy tímida.

Había albergado durante años el sueño de hacer estudios doctorales en Europa, pero el compromiso con mis hijos y con mi compañero de vida me dificultaba la empresa. Sinembargo, preparamos las condiciones para hacerla realidad, viajé a España con mi familia y realicé estudios en las universidades de Sevilla y de Málaga en España. De nuevo, la experiencia en ese escenario filosófico abrió nuevos horizontes al trabajo académco; aprendí de Jorge Vicente Arregui y de jacinto Choza que podemos hacer filosofía, que tenemos los recursos intelectuales y personales para deliberar de manera oral y escrita acerca de los problemas que desarrolla el pensamiento filosófico, que podemos debatir entre distintas corrientes, que no debemos ser demasiado sumisos frente a una forma de pensar y que podemos ejercer el pensamiento crítico de manera argumentativa y reflexiva; incluso, que debemos ser creativos, aventureros y atrevidos en la tarea de pensar.

Como puede verse, he llevado una vida personal y familiar entretejida con la vida académica, que me han llevado a ser feliz. Oriana, Juan Sebastián y Aldemar han sido cómplices comprensivos y colaborativos; he transitado dos senderos que han llenado de sentido mi existencia. Y no puedo olvidar la compañía de mis padres y mis hermanos, especialmente de Anita y Jairo, quienes también han acompañado mis ansiedades; ni de mi amiga Melvita con quien he compartartido durante muchos años mis inquietudes académicas y vitales. 

En principio tuviste como líneas de estudio e investigación la filosofía del lenguaje y la filosofía de la acción. Qué registros quedaron de esas aplicaciones.

R/.  El interés por la filosofía del lenguaje ha atravesado todo mi itinerario filosófico. Durante cerca de diez años me ocupé de la filosofía analítica de Bertrand Russell y el primer Wittgenstein, ante todo, de un problema que sigo trabajando desde nuevas perspectivas teóricas: la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad. A través de estos autores entendí que el lenguaje es el vehículo más radical creado por la cultura para pensar la realidad, para construir pensamiento y conocimiento acerca del mundo, esto es, de las diversas esferas de la realidad. Esta misma reflexión me mostró las deficiencias de la filosofía analítica centrada en el análisis del lenguaje de la ciencia, porque empobrecía la labor de la filosofía y del humanismo: reducía la filosofía al estudio de la ciencia y al análisis del lenguaje, y le arrebataba todo su potencial para pensar los problemas éticos, políticos, antropológicos y estéticos; reducía la variedad múltiple de la realidad y la riqueza de sus diversas formas a un monismo ontológico; reducía las múltiples formas de conocimiento a la aceptación exclusiva del concimiento científico, rechazando las posibilidades del arte, la religión, la literatura e incluso de la misma filosofía como pseudosaber metafísico.  

Pero la crisis que representaba el reconocimiento del fracaso de un sistema filosófico que se presentaba como la solución definitiva a los problemas clásicos de la filosofía, pudo ser tramitada mediante la comparación y el debate entre las obras del mismo Wittgenstein. Las Investigaciones filosóficas del pensador vienés trazan un rumbo nuevo a la filosofía; constituyen el tránsito de una concepción homogeneizadora y totalitarista del mundo a la defensa filosófica sistemática y bien fundamentada de la multiplicidad propia del mundo. Además continuaba Wittgenstein la perspectiva de pensar el mundo a través del lenguaje, entendido como vehículo mediante el cual lo organizamos, lo construimos, lo conocemos y lo pensamos. En esta obra, el lenguaje prototípoco es el lenguaje ordinario, el lenguaje común, que constituye la base para hacer investigación filosófica y científica. En esa obra Wittgenstein establece un punto de partida que va a marcar los estudios posteriores de la filosofía analítica misma, la hermenéutica, la fenomenología y la teoría crítica, sentido en el cual transforma el quehacer filosófico: Existen múltiples formas de vida y a toda forma de vida corresponde un juego de lenguaje; así mismo, toda forma de lenguaje constituye una forma de vida, lo cual significa la asunción de la rica variedad de la realidad y la defensa del papel constituyente del lenguaje en la configuración de las diversas formas de la realidad. Con base en esta idea, cabe afirmar que la realidad se configura y se interpreta a través del lenguaje, idea que está emparentada con la concepción hermenéutica y fenomenológica de que la realidad se desenvuelve en medio de la precomprensión del mundo de la vida y de que toda realidad es interpretada, uno de cuyos núcleos es la acción humana. El planteamiento de Wittgenstein implica una nueva concepción acerca de la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad.

Esta concepción abre la posibilidad de abordar la interpretación de diversos juegos de lenguaje para descubrir las diversas formas de vida humana que ellos entretejen. Tal es la tarea que he abordado, de la mano de Paul Ricoeur, en dos libros: Metáfora y ver como y Narración, juegos de lenguaje e identidad narrativa. La primera obra estudia el juego de lenguaje literario a partir de la interpretación de la metáfora como la figura nuclear de la creación de sentido; la segunda investiga el lenguaje narrativo como el juego de lenguaje propio de la vida histórica y temporal del ser humano. En ambos casos se estudia el carácter constituyente del lenguaje. 
  

En tu condición de profesora has tenido múltiples despliegues de actividad, en especial para la formación de los estudiantes y en la conformación de “semilleros”. De especial interés recontar esas labores.

R/.  Quisiera agradecerte esa pregunta, Carlos Enrique, porque me da oportunidad de hablar del impacto profundo que tienen algunas actividades que se consideran marginales de la educación universitaria. El trabajo del docente va, en ocasiones, mucho más allá del ejercicio de las clases -tarea nuclear- como puede ser, el acompañamiento a los estudiantes a través de diversas acciones: la organización de eventos, el trabajo editorial, la construcción de artículos, etc, todas las cuales influyen en la ampliación de la formación de los estudiantes, de manera que se animen a enriquecer su trabajo académico. Una de estas actividades es la conformación de semilleros donde los estudiantes realizan sus primeros trabajos de lectura rigurosa, escritura, elaboración de ponencias e investigación.

Hace 17 años inicié el proceso con un grupo de estudiantes de varios semestres, que se destacaban por su asombro, su capacidad de hacer preguntas y sus ganas de buscar respuestas. Esta es la semilla de la filosofía y de la investigación en otros campos. Lideré el semillero en “Antropología filosófica”, donde han participado varias generaciones de jóvenes que hoy son docentes universitarios y otros inician su proceso. En medio de un trabajo conjunto, dichos jóvenes se han acercado a la profundización y el debate de obras, a la escritura, al planteamiento de ideas que parecían un poco desacabelladas, a la deliberación y a la crítica de sus propios argumentos. El semillero estimula un debate y un trabajo colectivo, que enriquece el pensamiento.

Hay tres contribuciones más que me gustaría subrayar: en primer lugar, los semilleros constituyen un recurso apropiado para dar trámite al conflicto que suele presentarse entre la disciplina y la creatividad. A través del semillero hemos participado en varias convocatorias con proyectos que han sido aprobados y han dado frutos importantes: el desarrollo de habilidades para la formulación de proyectos donde se ordenan y sistematizan las inquietudes investigativas, así como el avance en la escritura de ensayos y artículos, y la participación con ponencias en eventos nacionales e internacionales. A pesar de las inquietudes y el malestar que nos generan la excesiva burocratización y profesionalización del trabajo académico, la formalización extrema y la tecnificación, cabe reconocer que los jóvenes están llevados a aprender a participar de ese mundo de manera crítica y reflexiva. Si se quiere encaminar el conocimiento en Colombia hacia la participación en comunidades filosóficas y científicas, a  los chicos les corresponde la tarea de acudir a la creatividad para salirse con las suyas y conquistar el poder para expresarse y exponer el pensamiento distinto. El trabajo académico es un proceso social en construcción y el país ha avanzado en la democratización del saber, pues ya no está tan lejos de la producción teórica internacional. Hemos abierto horizontes, ampliado las esferas del trabajo filosófico y crecido en el intercambio intelectual con el mundo. Y hay que proseguir con esa tarea.

En segundo lugar, el semillero es un espacio de intercambio generacional que contribuye al enriquecimiento del conocimiento mediante el trabajo dialógico de diversas generaciones, que se retroalimentan. En el grupo confluyen estudiantes de pregrado, de maestría, profesores ocasionales y docentes de planta, todos los cuales pasan por diversas edades. Sinembargo, el trabajo es colaborativo y el aprendizaje es recíproco. Mientras que unos proyectan nuevas iniciativas y novedosos recursos, los otros aportan la formación de hábitos y el concimiento que brinda la experiencia. El conocimiento se ve siempre revitalizado.

No obstante, el trabajo de estos grupos ofrece grandes retos: un desafío en el que he trabajado con los jóvenes ha sido en la necesidad de volver a la filosofía social, de recuperar el valor que ella ha tenido para la reflexión acerca de los problemas sociales. La filosofía práctica (moral, política y social)  se propone formular teorías y conceptos aptos para pensar la sociedad y ofrecerle posibilidades de transformación. En los proyectos que hemos propuesto hemos asumido la responsabilidad de aplicar ideas y teorías contemporáneas a los problemas del país. Este es un camino que hemos querido abrir y en el que hay mucho por aprender y renovar. Un segundo reto actual es exigido por el desarrollo de la inteligencia artificial, donde conviene asumir una posición moderada: si bien, es preciso disponerse a aprovechar los nuevos recursos que estos avances brindan a la investigación, no podemos renunciar a la actitud reflexiva y crítica. Es preciso precaverse para evitar la determinación de las ideas que el sesgo de la IA impone al pensamiento; ésta no puede ni va a sustituir al pensamiento crítico y reflexivo. Incluso, posiblemente se está abriendo paso la necesidad de impulsar, nuevamente, el ejercicio de la creatividad para que contrarreste el formalismo excesivo, la mera recopilación de información y el acoplamiento a los estánders superficiales y formales de la escritura científica y filosófica de hoy. Estos retos son desafíos importantes para la capacidad de creación de los jóvenes. 
      

Cuándo y cómo conociste la obra de Paul Ricoeur, filósofo en especial de cabecera, que te ha permitido con su conocimiento incorporar análisis de diversas aplicaciones…

R/.  Inicié los estudios de Ricoeur bajo el impulso de Freud. Una obra de 1965, Freud una interpretación de la cultura, me introdujo en la lectura del filósofo francés. Esto sucedía a mediados de los 90, cuando empezaba a preguntarme por los límites y los alcances de la filosofía analítica. Esta corriente filosófica establecía unos límites y un alcance muy reducidos a la filosofía, que se veía relegada a la esfera del análisis del lenguaje de la ciencia. La filosofía analítica defendía una idea precisa de análisis y dejaba por fuera otras concepciones acerca del lenguaje, del quehacer de la filosofía, del trabajo de la ciencia y de la metafísica. Justamente, en la introducción de esa obra, Ricoeur reclamaba la necesidad de una gran filosofía del lenguaje, capaz de describir y relacionar las diversas versiones sobre el lenguaje que surgían de las diversas corrientes de la filosofía y del desarrollo de las ciencias del lenguaje; esta diversidad puede observarse en las distintas teorías desarroladas durante el siglo XX: la teoría hermenéutica del lenguaje, los estudios de Wittgenstein sobre la significatividad del lneguaje en el contexto de la acción y en el uso, así como, la  distinción entre juegos de lenguaje y la relación entre juegos de lenguaje y formas de vida, que acercaba la filosofía analítica a la fenomenología; las ideas subyacentes a las teorías de Vigotsky, De Saussure, Benveniste y Chomsky, por mencionar científicos de gran influencia. La riqueza de pensamiento que se abría con estos pensadores demandaba una visión más profunda y amplia de la filosofía del lenguaje y de la relación entre pensamiento, lenguaje y realidad, que integrara esos problemas. Y Ricoeur enfocaba en la perspectiva hermenéutica la capacidad de poner en diálogo, relacionar e, incluso, diferenciar esa diversidad teórica.

Otra fuente de seducción ofrecía la obra de Ricoeur: el rigor hermenéutico para estudiar a Freud, la capacidad de encontrar sus contribuciones a la interpretación de la cultura, sin dejar de estimar de manera crítica las falencias que se descubrían en la obra. Me ha impactado siempre la humildad, la honestidad intelectual y la justicia epistémica que aplica Ricoeur al estudio de los filósofos: la actitud de escucha y la apertura a la comprensión de las ideas ajenas sin renunciar a la autocrítica de los prejuicios propios; la práctica sincera del diálogo y la contraposición de concepciones opuestas para descubrir síntesis y formular ideas nuevas. En El malestar en la cultura hace un debate entre Freud y Hegel para sacar a la luz las contribuciones que las dos teorías, juntas, pueden hacer para articular una interpretación adecuada del hombre y la cultura: mientras que Freud desarrolla el papel del deseo en la creación de sentido, el estudio de Hegel permite entender la forma como el pensamiento crea nuevas figuras en los diversos eslabones de la conciencia. Deseo y pensamiento se entrecruzan para crear esas nuevas figuras. En un momento en que, desde diversas fuentes filosóficas, se descalificaban los aportes de Freud, Ricoeur nos enseñó a considerar la transformación producida por su obra a la antropología filosófica.

La introducción en esta obra de Ricoeur me mostró nuevos horizontes de la filosofía del lenguaje y su cercanía con el estudio de otras áreas de la filosofía como la antropología filosófica, la hermenéutica y la fenomenología. Así mismo, ese libro remitía a otros del mismo autor y de otros filósofos. Y a pesar de las dificultades para abordar su estudio con rigor, Ricoeur es un filósofo provocador, que invita a pensar. Además, me abrió horizontes distintos que eran pensables y que yo había intuido, pero no había podido abordar de manera rigurosa: considerar al ser humano en su complejidad, su naturaleza dialéctica, sus ambigüedades y sus tensiones, sin reducirlo a una fórmula única y sin hacer abstracción de sus distintas facetas. 
         

En especial, con apoyo en Ricoeur, en Wittgenstein y Kant has expuesto las relaciones de lenguaje entre la ciencia y la literatura, con la singularidad en especial del significado y alcance de la metáfora, en tanto innovación y creación de sentido, no solo en la poesía, con la consideración de las nociones de analogía y semejanza. Esos estudios te han llevado a discernir sobre la imaginación y el pensamiento.

R/.  En efecto, esa idea tan potente de Wittgenstein sobre la multiplicidad de los juegos de lenguaje me ha permitido establecer relaciones y diferencias entre el lenguaje de la filosofía, la ciencia y la literatura. Y lo he hecho de la mano de Ricoeur porque entendió la pertinencia de esa teoría para comprender la riqueza arraigada en la variedad del lenguaje humano. De acuerdo con Wittgenstein, existen múltiples juegos de lenguaje que determinan la configuración de diversas formas de vida, porque la existencia humana es variada, compleja y múltiple. Existe el lenguaje de las relaciones de amistad, el que usamos en familia, el de la ciencia, el de la filosofía, de la poesía, del cine, del chiste, del ámbito de la salud, de la vida política, etc. Ahora bien, entre los juegos de lenguaje hay hilos comunes, hay parecidos de familia y hay diferencias. Cada juego va conformando sus propios elementos y sus propias reglas. Unas reglas se cruzan y otras son distintas.

En este contexto se debe afirmar que el juego de lenguaje de la poesía o de la literatura es diferente al de la ciencia y al de la filosofía, todos los cuales nacen y se arraigan en el lenguaje común de la vida ordinaria, del mundo de la vida. Mientras el juego de lenguaje de la ciencia es propositivo, explicativo y descriptivo, el lenguaje de la poesía es metafórico. El lenguaje de la ciencia tiene como objetivo la explicación de lo que pasa en el mundo; aspira a la verdad y sus enunciados deben ser demostrados y verificados. El lenguaje poético se apopia de la metáfora como figura fundamental para enunciar la forma como el ser humano vive la experiencia con el mundo; la metáfora está impregnada de las pasiones y los sentimientos con que el ser humano inviste la relación con el mundo.

Le he sacado provecho a la teoría wittgensteiniana de los juegos de lenguaje para investigar la diferencia entre lenguaje ordinario, literario y científico. El lenguaje de la ciencia tiene pretensiones lógicas y se refiere a hechos y acontecimientos del mundo mediante un discurso extensional, que se refiere de manera directa al mundo y cuyos significados son unívocos. El lenguaje literario es figurado, polisémico y se refiere al mundo, de manera oblicua o indirecta, a través de metáforas y símbolos. La metáfora es una creación de sentido porque consiste en “ver” una cosa a través de las connotaciones de otra, una idea mediante los elementos significativos de otra; hace comparaciones atrevidas y establece semejanzas entre cosas, hechos y acontecimientos que parecieran no relacionarse, pero que, al trazar la comparación, brinda unas pautas para la semejanza y conduce a ver de una nueva forma los seres y los hechos. Es un ejercicio de la imaginación creadora porque permite un trabajo dialéctico entre el libre juego de la imagianción y la sujeción a reglas. Es un ejercicio del pensamiento exaltado por la imaginación. La potencia creadora de sentido de la metáfora la ha habilitado para la creación de nuevas teorías científicas, nuevas teorías filosóficas y nuevos conocimientos. Pensemos la metáfora de Bacon sobre los ídolos, la de Descartes sobre el edificio del conocimiento y la de Wittgenstein sobre los juegos.

El lenguaje narrativo se da en tres grandes vertientes, es un género con tres especies fundamentales: narración ordinaria del lenguaje común, relato histórico y narración de ficción, las cuales tienen una estructura común y se alimentan mutuamente; se construyen con intencionalidades distintas y tienen diversas pretensiones referenciales, pero en última instancia se refieren a la vida temporal e histórica del ser humano. Y, más allá de ello, constituyen, configuran esa vida histórica y temporal; porque nos enseñan a organizar la vida en términos del tiempo, del hoy, el mañana y el ayer; del hacer presente, el porvenir y el haber sido. Nos enseñan a construir los dramas de la vida en forma de relatos que se organizan de manera coherente y tratan de articular en historias completas los diversos fragmentos de la existencia. Nos enseñan que la historia de la vida no se reduce al presente, porque en tanto humanos hemos elaborado las posibilidades del futuro y necesitamos revisar las determinaciones del pasado. 

Hay una experiencia singular, multiplicadora, en la que has participado. Se trata del grupo “Las hijas de Lilith”. Cuéntanos sobre el origen y actividades.

R/. Conformamos el grupo de “Las hijas de Lilith” bajo el liderazgo de la colega Diana Hoyos, quien nos animó a incursionar en la participación de la mujer en el trabajo filosófico. El reto era importante porque nos demandaba examinar la deuda histórica en este campo. La contribución de las mujeres en el desarrollo del pensamiento filosófico ha sido históricamente invisibilizado y ocultado. Las mujeres no aparecen en los manuales de la historia de la filosofía. Las mujeres habían sido marginadas del trabajo filosófico y su talento despreciado. 

Consideramos que la filosofía no puede estar a espaldas de los problemas que le plantea el mundo; así, asumimos la tarea de visibilizar el trabajo de esas mujeres que habían sido ignoradas en la filosofía, pero hemos ido más allá, porque hemos participado en el desarrollo de una conciencia crítica frente a las estructuras patriarcales y machistas que subyacen a las prácticas del mundo académico. Mediante la realización de seminarios de pregrado y posgrado, y de diversas actividades como cine foros, conversatorios y talleres, de carácter más bien informal, hermos promovido el examen de las formas de pensamiento que subyacen a las prácticas cotidianas. Actualmente, varias colegas del grupo están terminando un libro de texto sobre mujeres filósofas que no han sido reconocidas en la historia. 

Sinembargo, la conformación de este tipo de grupos también ofrece dificultades, porque nos obliga a la clarificación del pensamiento y de la relación entre teoría y práctica e ideología y acción. Nuestra perspectiva filosófica nos exigía asumir de manera reflexiva y crítica una posición sobre el significado del “feminismo” y sobre la conveniencia de la adopción de una posición ideológica como esa. No obstante, los resultados han sido fructíferos porque nos hemos visto impelidas a asumir una postura consciente y libre de sometimientos. Entre nosotras no hay una posición homogénea y nos esforzamos por admitir las diferencias. En las definiciones mismas del feminismo hay concepciones diversas. Y un grupo de trabajo con perspectiva filosófica debe sopechar de la ideologización y promover el pensamiento crítico y las prácticas democráticas. Yo veo en el feminismo una especie de humanismo, en cuanto estructura de pensamiento capaz de hacer avanzar al ser humano en la humanización o en el reconocimiento recíproco de los seres humanos entre sí en condiciones de igualdad y justicia. El feminismo amplía la esfera del reconocimiento y lo hace extensivo a un sector amplio de la sociedad; incluso, va más allá porque lucha contra la injusticia en general y contra las patologías del desprecio. Estas ideas han sido expuestas en un artículo de la revista Aleph No.194.  

A pesar de esas posiciones conservadoras que solo ven en el feminismo una amenaza, la sociedad ya está descubriendo la gran revolución del feminismo. La  moderación consiste en entender que la lucha no es contra los hombres, sino con ellos, en su compañía, porque no son nuestros enemigos. Porque la lucha es más profunda, más radical, pues implica la transformación de todo un sistema de pensamiento que ha perdurado durante siglos. Por eso, en otro sentido el feminismo es radical, en cuanto ha sometido a crítica la concepción de lo humano que subyace al sistema patriarcal y machista, donde el individuo es entendido como un ser puramente racional, dominante, voluntarioso, independiente, libre y autosuficiente. El feminismo filosófico ha demostrado que esta versión del ser humano es falsa y que esconde la gran realidad de lo que somos: seres dependientes, relacionales, emocionales, frágiles, vulnerables y necesitados de cuidado. Tal vez el reparo y los temores frente al feminismo  se deba al temor a la aceptación de la propia fragilidad y a la pérdida de los privilegios; esta actitud es común en una generación mayor y se diferencia de la posición de los jóvenes, quienes se encuentran más dispuestos a entender la problemática y a transformar ese esquema de pensamiento y de acción.

Toda esta revolución del feminismo ha contribuido en la transformación de la filosofía, porque ha introducido temas y problemas que habían sido descalificados y vedados para la investigación filosófica, como son hoy, por ejemplo, la ética del cuidado y la filosofía de la vulnerabilidad, la reflexión filosófica sobre el cuerpo y sobre las emociones.
     

Tu alta formación, con vocación irrenunciable a la Filosofía, te ha llevado a ocuparte de problemas cruciales en la sociedad colombiana, como son la violencia, la existencia de organizaciones armadas que confrontan al Estado, la diversidad de regiones con la complejidad propia de idiosincrasias y sentidos de autonomía. Se trata de vislumbrar opciones de diálogo y concertación para ir logrando senderos de paz, con el deseo de alcanzar un país con preponderancia de la coexistencia en las diferencias y la cooperación laboriosa.

R/.  He pensado siempre que la filosofía tiene potencial para pensar los problemas del mundo y de la sociedad. Ante todo la tarea de la filosofía consiste en la clarificación de las ideas y en el develamiento de las formas de pensamiento que subyacen a las ideologías que se hacen explícitas. Muchas de las ideas que repetimos no son más que prejuicios que hemos ido adoptando sin una revisión crítica. Esto me ha llevado a hacer una interpretación crítica de algunas prácticas y algunas expresiones que se oyen constantemente y han terminado legitimando y validando el ejercicio de la violencia en en el país. Y los intelectuales de ninguna manera deberíamos justificar ni legitimar esas prácticas. A la vez, nuevas propuestas de corrientes filosóficas como la hermenéutica, la fenomenología y la teoría crítica están formulando marcos teóricos y conceptos para interpretar los conflictos y los problemas, así como para someter a la crítica los esquemas que funcionan como ideología. Ante todo, ofrecen herramientas teóricas y conceptuales para hacer diagnósticos de las estructuras de pensamiento que subyacen a los problemas.

Estas inquietudes me han llevado a develar la confusión inmersa en expresiones que se intercambian en el lenguaje público, donde se tratan como sinónimos los conceptos de “conflicto”, “agresividad” y “violencia”, por ejemplo. Esas confusiones conceptuales conducen a afirmaciones falsas como estas: “la violencia es natural al ser humano”, “los escenarios de violencia son imposibles de cambiar” o “la violencia está en el ADN de los colombianos”. No, la violencia es cultural, si bien tiene una motivación en nuestra estructura psíquica. Observemos que esas afirmaciones son  esencialistas y pasan por alto que lo natural a la cultura humana es la existencia del conflicto y una inclinación a la agresividad. Los conflictos son contraposiciones y contradicciones debidas a las diferencias de creencias,  intereses, sentimientos, pensamientos y expectativas sociales y morales, que mo deben ser tramitadas mediante mecanismos violentos, pues también disponemos de las capacidades de la razón, la deliberación y la búsqueda de acuerdos, más adecuadas para la construcción de una sociedad democrática.

Las inquietudes me han llevado a preguntarme por las motivaciones de la violencia en Colombia. Si aceptamos que el impulso agresivo por sí mismo, solo, no conduce a la violencia, sino que ella se ejerce cuando el impulso se pone al servicio de otras pulsiones humanas como las inclinaciones al “poder”, al “tener” y al “querer” entendemos que la atmósfera de violencia en Colombia gira alrededor de ese coctel y que hay una gran responsabilidad en la violencia del Estado. El Estado ha ejercido la violencia para sostener un sistema económico y social de desigualdades; los grupos armados para conquistar el poder por la fuerza; los grupos de delincuencia para obtener riqueza fácil; los jóvenes, en medio de la protesta, atacan los bienes públicos. Y los intelectuales aseveran que la violencia es normal. Todos justifican y legitiman su propia violencia mediante la descalificación de los otros grupos. Es decir, hemos normalizado y naturalizado la violencia en Colombia y no hemos estado a la altura de las necesidades para someter a crítica esas estructuras de pensamiento.

Todo ello ha creado una atmósfera moral de guerra incluso a través del lenguaje; la comunicación se da hoy en términos muy belicosos: al que piensa y actúa distinto se le considera enemigo;  la diferencia de ideas se trata como si fuera un “zafarrancho”o una pelea; la crítica se considera una ofensa y a los contradictores se les trata con odio y resentimiento. Tramitamos de manera belicosa la diferencia y el conflicto. No lo adoptamos, no lo tramitamos de manera razonable ni deliberativa. Y creo que la filosofía puede contribuir a la transformación de esa atmósfera moral y los primeros pasos están en la toma de conciencia y el cambio de lenguaje, debemos desarmar las palabras y el pensamiento a todo nivel.
    

Tuviste la dirección editorial de dos volúmenes singulares: La Revista No. 178 (monográfico sobre “Transiciones para una paz duradera e imperfecta) y la Revista Aleph No. 196 (monográfico sobre las “Mujeres filósofas”). Cuéntanos por favor sobre esas experiencias y los alcances de sus contenidos.

R/.  Las dos obras tienen un significado especial en tres aspectos: presentan una polifonía de voces sobre temas afines, son resultado del trabajo colectivo y tratan asuntos de gran vigencia todavía hoy. En este sentido simbolizan un tipo de trabajo que aún es difícil de realizar en Colombia porque tenemos dificultades para el trabajo en equipo y para escuchar distintas voces alrededor de una misma problemática. Los temas de las dos revistas constituyen desafíos al pensameinto colombiano: la necesidad de hablar de paz y la urgencia de hacer visible el trabajo filosófico de la mujer, ocultado durante todos los siglos.  Los dos  son asuntos tratados hoy de manera más amplia por la juventud colombiana. En el Congreso de la Sociedad colombiana de filosofía de Tunja, realizado en septiembre de este año, y en un Congreso llevado a cabo en Cartagena el pasado año, florecieron los escritos de los jóvenes investigadores sobre estos problemas. Esto da cuenta del desarrollo de la filosofía en Colombia.

El contenido de la revista 178, Transiciones para una paz duradera e imperfecta, ofrece caminos de esperanza; invita a pensar en el futuro y en las posibilidades de transformación para el país. Nos pide cambiar el foco de la violencia y la guerra por la posibilidad de entender de manera más amplia y pluralista las ideas de paz, de trabajar en la práctica de esas ideas y de encarar el futuro de manera colectiva, con proyectos comunes. Nos plantea la necesidad de cambiar el espectro simbólico mediante el cual nos representamos, pero también, de cambiar las prácticas, la manera de relacionarnos y la manera de hablar. Humberto de la Calle lo llama “cambiar de piel”; y Mario Hernán López dice que “el reto para Colombia está en generar culturas de convivencia que inicien con el desarme y transiten por la justicia social y el bien-estar colectivo”. Las dos tareas siguen siendo retos difíciles de conseguir pero hay que proseguir el trabajo.

Algo hemos avanzado, porque el tema de la paz o de las paces ha dejado de ser un tabú. El camino de la Habana y lo que ha seguido después han mostrado que las múltiples formas del conflicto y la guerra en Colombia constituyen un bosque de muy diversos y oscuros paisajes que debemos tramitar también de distintas maneras, a través de la razón, la superación de la injusticia y la creación de condiciones dignas para la población. Tal vez, en algunos casos, y, aunque a mí me cuesta aceptarlo, también será necesario acudir a la fuerza. La posibilidad de debatir sobre estos temas y ponerlos en el foco de la discusión pública es un avance para el país, que debe permitirnos construir un proyecto común de nación, con ideales mínimos comunes y la disposición a volverlos realidad. La tarea para los colombianos es construir una nación donde podamos vivir bien juntos en condiciones de justicia social y solidaridad.

La revista sobre “Mujeres filósofas” (Aleph196) es una contribución importante para el desarrollo de la filosofía del país, porque constituye la primera obra en Colombia que rescata y subraya los aportes de la mujer en la historia de la filosofía. En ella desarrollamos las ideas de filósofas de diversas épocas y resaltamos los obstáculos padecidos para escribir y exponer su pensamiento. Los diversos artículos dan cuenta, de diversas maneras, de la injusticia padecida por la mujer en la filosofía, pero quisiera señalar el papel testimonial del artículo sobre Cristina de Pizán, quien escribió una utopía en el otoño del medioevo (1405), pero no tuvo la misma suerte que las de sus sucesores, porque su obra no aparecía ni siquiera mencionada en las obras sobre las utopías del renacimiento, si bien, escribió La ciudad de las Damas con siglos de anterioridad a las de T. Moro (1516), T. Campanella (1602) y F. Bacon (1626), ampliamente registradas por la historia. Estas 3 utopías desconcen el lugar de la mujer en la sociedad, la cual queda relegada a las tareas del cuidado y tiene escasa o nula participación en la vida pública. Por ejemplo, T. Campannela en la Ciudad del Sol rechaza cualquier partticipación de la mujer en su defensa de la República ideal. Por su parte, En La ciudad de las damas, Cristina de Pizán concibe tres virtudes femeninas para la creación del estado ideal: Razón, rectitud y justicia, las cuales aparecen enriquecidas en la mujer porque incorporan la inteligencia, la prudencia, la imaginación, la sensibilidad por el dolor ajeno y la capacidad del cuidado. La pensadora introduce un concepto nuevo de razón, más integral y vinculado con las nociones actuales de razón poética.

Estos artículos dan muestras de la creatividad filosófica de la mujer, quien ha introducido nuevos temas en la filosofía, ha tratado de diversas formas temas tradicionales y ha propuesto estilos distintos. La participación de la mujer en la filosofía ha enriquecido su desarrollo. 

Respecto al liderazgo de producciones colectivas quisiera mencionar algunas obras que han tenido una significación especial. La construcción de algunos cuadernos filosófico literarios, una obra seriada del departamento de Filosofía de la U de Caldas, y cuyo comité editorial coordino en los últimos años. Dos de estos libros han sido fruto del trabajo de grupos de investigadores, que nos reunimos a indagar sobre un tema en común y conformamos redes académicas internacionales a las que vinculamos jóvenes investigadores de nuestra institución. El libro de esta serie: Improntas de Ricoeur en el pensamiento contemporáneo es resultado del estudio y el debate entre algunos estudiosos de la obra de Ricoeur de aquí, de Agentina, España y Francia.  Y La ciudad, función identitaria es fruto del trabajo de un grupo de pensadores de América Latina y España, quienes hemos sostenido un ejercicio continuo de labores compartidas durante 18 años. La obra es el resultado del seminario de SICLA realizado en Manizales en 2015. Hemos mantenido un debate académico en torno a temas de “Identidad Cultural Latinoamericana”, que ha establecido lazos de comunidad.

Finalmente, quisiera señalar el valor de la construcción de una obra colectiva reciente de los profesores del Departamento de Filosofía, en torno a los problemas de epistemología de las ciencias humanas. El libro es el resultado de un trabajo dialógico, del ejercicio continuo de 2 años de seminarios comjuntos, de estudio y debate de los diversos artículos. Reconfiguraciones de la epistemología en la filosofía contemporánea es un trabajo a varias manos, desde distintas perspectivas filosófica y con distintos estilos, todos los cuales convergen en el develamiento de los encuentros y los desencuentros entre las distintas versiones de la epistemología vinculada a la investigación en ciencias humanas. 
 

¿Qué entiendes por una sociedad en crisis? Y de qué manera las crisis están relacionadas con el sistema de educación. Cuál pudiera ser el papel de las artes y las humanidades en el restablecimiento de condiciones favorables en la educación para formar personas integrales, ajenas a las reacciones instintivas de pasión, con dominio en la capacidad de argumentación y de comportamientos personales y ciudadanos con apego a la honradez…

El concepto de crisis tiene una cara negativa y otra positiva, porque la asunción de una crisis  implica una toma de conciencia sobre nuestra propia situación y sobre el mundo que hemos creado; e mplica un sentimiento de malestar e insatisfacción con lo que hemos hecho, entonces nos exige hacer un alto en el camino y revisar la trayectoria que llevamos. La percepción de crisis nos saca de la zona de confort y nos lleva a pensar. Las crisis son de diversos tipos y las sociales pueden tener diversas motivaciones. Hoy se percibe una sensación de fracaso respecto al estilo de vida que llevamos; la filosofía y las ciencias humanas han hecho diagnósticos, pero nos sentimos impotentes para encontrar salidas; esto ha conducido a explicaciones apocalípticas. Sabemos que hemos tomado un rumbo equivocado y asistimos a un desmoronamiento de la estructura de pensamiento y de los valores que hemos construido como sociedad para representarnos y para integrarnos. Pero no encontramos la manera de transformar ese estado de cosas, porque el sistema es más fuerte que nosotros y se nos impone.

Las crisis se ligan entonces a una situación existencial y a un episodio del pensamiento caracterizados por el derrumbamiento de una estructura de representación que nos integre y la necesidad de construcción de otra. El aparato que padece la mayor crisis y amenaza con derrumbar la vida en la tierra es el sistema capitalista, es la estructura económica, social, cultural y de pensamiento del capitalismo y el neoliberalismo. Esta estructura ha construido un sistema muy fuerte de pensamiento y acción que no logramos deconstruir: una lógica de producción y consumo; la transformación del planeta en un cementerio de basura,  la proliferación de virus y bacterias, actitudes de insensibilidad frente a los otros, desprecio e injusticia; la reducción de los objetivos de vida a la adquisición de riqueza, el desprecio de la naturaleza, la cosificación de la persona, etc, Tenemos los diagnósticos, pero no hallamos la manera de deconstruir ese sistema de pensamiento; se ha encapsulado en la intersubjetividad.

Otra forma de la crisis, y a la cual quiero referirme más adelante, consiste en el desmoronamiento de los grandes sistemas y las concepciones homogeneizadoras y unívocas.     En este espacio quisiera referirme a algunas expresiones de la crisis en Colombia, donde asistimos a un derrumbamiento de las estructuras de pensamiento, de valores y del lenguaje que utilizamos para pensarnos. Los ideales del sistema capitalista no representan las expectativas de realización humana y de vida digna que encarnan los grupos desfavorecidos. Pero la clase política en el poder insiste en sostener esos ideales, porque no renuncia a sus privilegios. Así las cosas, es tarea de los intelectuales develar las características de la estructura moral que fallece y contribuir en la interpretación de los nuevos sistemas de valores compartidos que la sociedad reclama para desarrollar y potenciar su fuerza. El sistema educativo sigue promoviendo los valores que alimentan al capitalismo, como son el egoísmo, la competencia, la valoración excesiva de cosas materiales, la búsqueda de riqueza y la exaltación de la capacidad de dominio. Y encauza la moral hacia la formación en valores religiosos que aportan muy poco a la consolidación de una moral civil que nos dé herramientas para la vida en común.

Se hace necesario cultivar otros valores como la empatía, el respeto y la solidaridad; formar ciudadanos integrales con una actitud de reconocimiento del otro. La sociedad actual vive engolosinada en una postura egocéntrica y diversos sectores de la filosofía siguen promoviendo esos ideales. Se sigue considerando el mundo desde la esfera cerrada de nuestra propia subjetividad, nos seguimos considerando mónadas encerradas en nosotros mismos. Hay que dar el paso hacia el reconocimiento del otro, a la capacidad de escucha y a la apertura al otro. Esto implica superar en la filosofía y en la educación la contradicción excluyente entre yo y el otro, y entre el individuo y la sociedad. Somos individuos sociales e interdependientes, que habitamos un espacio público. Nuestra realización personal solo es posible en la interacción con otros. Nuestra felicidad solo es posible en compañía de los otros.

La filosofía ha hecho un tratamiento inadecuado de la ambigüedad y la contradicción que nos  inviste. Está bien decir que somos egoístas, pasionales y frágiles. Pero, no podemos olvidar la capacidad que también tenemos de ser empáticos, solidarios y razonables. Debemos reconocer nuestras propias ambivalencias. Eso es parte de lo que entiendo por una educación integral, una educación que invite a la juventud a tomar conciencia de sí misma, de su papel en el mundo; que lleve a entender que somos seres interrelacionales, vulnerables y necesitados de los demás; y que tanto los otros como nosotros mismos estamos necesitados del cuidado. 

¿Qué entiendes por Democracia y cuáles serían las maneras de fortalecerla en distintos ámbitos sociales, incluido el fuero de las universidades?

R/.  Hoy conviene asumir una concepción muy amplia de “democracia” que comprende la estructura de interacción entre las personas, en el contexto de las relaciones sociales. Es una forma relacional propia de las relaciones cotidianas en los diversos escenarios sociales, en la universidad, la escuela, la familia, la ciudad, el barrio, etc. La democracia se caracteriza por la consolidación de relaciones horizontales donde los diversos miembros puedan paticipar como sujetos sociales en condiciones de igualdad y reconocimiento. Los filósofos establecen conceptos que superan la comprensión en términos de sistemas políticos formales e incorporan nuevas nociones, como democracia social y democracia moral.

Para María Zambrano la democracia es la sociedad en la cual “no sólo es permitido sino exigido ser persona” y constituye el régemin más apto para impulsar el proceso de humanización. Paul Ricoeur define la democracia como un sistema social y político capaz de reconocer los conflictos, examinarlos y tramitarlos de manera abierta y negociable, de acuerdo con reglas de arbitraje adoptadas colectiva e institucionalmente. Esto involucra el ejercicio de la phrónesis aristótelica, es decir, de la sabiduría práctica de los ciudadanos o la capacidad de deliberar y tomar decisiones razonables; de ejercer la libertad a sabiendas de que entra en conflicto con la necesidad de la libertad de otros, porque somos multplicidad de seres humanos, con pretensiones afines. El ejercicio de la sabiduría práctica demanda el vínculo entre las personas mediante las instituciones entendidas como estructuras encargadas de la objetivación y generalización de valores y normas para la regulación de la vida en común. La interacción así entendida conduce al respeto de las instituciones y las normas. Además, Ricoeur insiste en la posibilidad de la práctica de la democracia mediante el cultivo de las virtudes públicas. Y Axel Honneth desarrolla un concepto de democracia ética muy semejante al delimitado por Ricoeur.

Estas ideas nos permiten defender una idea de democracia social, política y ética enfocada en el ejercicio de la sabiduría práctica, en medio de la creación de escenarios sociales de participación activa y aptos para contribuir a la realización de las personas a partir del respeto a su dignidad. Estos deben ser los escenarios propios de las instituciones educativas en todos los niveles. Capaces de construir relaciones horizontales, sin sometimientos y críticos con las pretensiones de dominación.
     

¿De qué manera formar personas con capacidad de afrontar conflictos sin necesidad de apelar a la fuerza?

R/.  Ante todo, debemos partir de que estos ideales de la escuela y de la educación, en general, van en contravía de lo que pasa efectivamente en la realidad; la escuela se enfrenta a la dificultad de ejercer sus funciones en medio de un ambiente social que promueve el conflicto y la resolución violenta de las diferencias; que se niega a tramitarlos de manera sensata. Quienes creemos en las posibilidades de la educación hacemos el papel del Quijote peleando contra los molinos de viento. Sinembargo, la dificultad no puede ser motivo para renunciar a la tarea. Los agentes de la educación tenemos pretensiones conscientes, en las que debemos insistir, de contribuir en el desarrollo de un ambiente de paz en Colombia que promueva la interacción recíproca en condiciones de empatía, respeto y solidaridad, es decir, en medio de relaciones democráticas de convivencia.

Uno de los problemas que debemos contrarrestar es el énfasis que el formato oficial e intersubjetivo hace en el egoísmo, la competencia, la lucha de todos contra todos y la ausencia de solidaridad. Hace hincapié en la concepción naturalista de Hobbes, mientras desconoce la capacidad de empatía, reconocimiento y solidaridad, también propia de los seres humanos. Esa característica de la educación de privilegiar el lado negativo y natural, se expresa en sus objetivos de apuntar al éxito económico y de potenciar el individualismo, el egoísmo, la competencia y el utilitarismo.  

Debemos cultivar la comprensión de nuestras ambigüedades y cosntitución dialéctica: tenemos derechos pero también deberes, es decir, debemos asumir la responsabilidad social. Tenemos la capacidad de la esperanza, pero sabemos que los sueños son conquistas y realización de ideales en medio de una vida compartida, donde existen otros también con sueños y esperanzas. Somos individuos sociales; la contradicción excluyente entre el yo y la sociedad o entre persona e institución no puede sostenerse, es preciso establecer vínculos y hacer ajustes. Porque en la resolución de conflictos siempre intervienen varios, distintos individuos y grupos con emociones, intereses y pretensiones, por lo que hay que escuchar y ceder. Buscar acuerdos implica la comprensión de la solicitud del otro y la disposición a dejarse interpelar e incluso a cambiar; la comprensión del otro va más allá de la tolerancia porque significa “calzar el zapato ajeno”. Esta forma de comprensión fue denominada por Nussbaum comprensión empática. Buscar acuerdos no significa imponer un punto de vista sino aceptar al otro como sujeto social en condiciones semejantes a las mías, con capacidad para razonar, deliberar, sentir, imaginar y con derecho a soñar.

Has tratado el tema sobre la manera de evitar las acciones de guerra, de acuerdo a consideraciones de Freud, en respuesta a inquietud sustantiva de Einstein…

R/.  En su momento Freud, Russell y Einstein fueron pacifistas activos y beligerantes; y aún tenemos mucho que aprender de ellos; debemos aprender de esa beligerancia, pero también de sus equivocaciones. Hoy entendemos que no está en nuestras manos el control de las propias creaciones, pues se lanzan al mundo y siguen su curso. La historia es dinámica, rica y nos sobrepasa. Pero, ante todo, estos filósofos eran conscientes de su responsabilidad social, que es algo que nos falta a nosotros. Y yo quisiera retomar esde asunto. 

Cometemos errores en la defensa de la inactividad y la pasividad; asumimos ideas equivocadas y muy conservadoras cuando creemos que el filósofo debe guardar silencio y evitar la participación en la vida pública; que es un sujeto contemplador, que no debe contaminarse de realidad. Con nuestra pasividad dejamos la actividad a los medios masivos de comunicación y a las figuras políticas, que no tienen consciencia de su responsabilidad moral y social, sólo les interesa ganar votantes y son insensibles a la formación de una ciudadanía pensante; basan su poder en la ignoracia de la comunidad civil. Si bien, la posibilidad de la filosofía es limitada y no podemos tener pretensiones exageradas, tampoco debemos renunciar a lo poco que podamos hacer. Yo misma he sido temerosa a la hora de participar en los debates sobre los asuntos públicos, como los relativos a la guerra. Esto se debe al ambiente filosófico en que nos hemos formado; un ambiente que nos ha exigido un trabajo filosófico pobre, reducido al ejercicio académico y que nos ha sumido en el silencio frente a esos temas. Noasotros tenemos demasiado arraigada la figura del filósofo neutral política y moralmente. Y hoy la filosofía está cuestionando esa figura y la somete a crítica.

Quisiera recuperar de S. Freud, María Zambrano, P. Ricoeur, J.P. Sartre, Axel Honneth, Martha Nussbaum y otros, su actitud filósofica comprometida con problemas del mundo, como los de la guerra; y esas son las figuras que quisiera proyectar en los estudiantes; quisiera que éstos entendieran que los filósofos han sido ante todo seres humanos afectados e interpelados por los dilemas que aquejan a la humanidad, han sido seres de carne y hueso influidos por la situación histórica. Estos pensadores han levantado sus voces frente a la guerra, han denunciado y puesto al descubierto los factores que la movilizan. Y algo han logrado. Pero la filosofía no puede hacer mucho más para evitar las acciones de guerra. Sus poderes son limitados porque el verdadero poder de quienes rigen el destino de los hombres está en otro lado. Lo más que podemos hacer es mostrar que esas acciones siempre dependen de la decisión de pocas personas, que tienen en sus manos la vida y el futuro de otros, de muchísimos seres humanos. Quienes toman la decisión tienen una actitud frente a los otros de desprecio, están animados por sentimientos de odio y tienen intereses e ideales de ambición y de poder. Lo más que podemos hacer es alzar la voz, denunciar e invitar a la toma de conciencia.

Y con los estudiantes  plantear el debate, someter a la reflexión estos problemas. Me gusta poner en consideración las dos actitudes que señala Martha Nussbaum que solemos asumir frente a los demás: o asumimos una posición de dominación y desprecio o asumimos una actitud de empatía, de respeto y de solidaridad. La actitud frente al otro debemos hacerla consciente. Cuando asumimos la primera actuamos siguiendo la norma de “llevarnos a los demás por los cachos” y de “sacar ventaja”, cuando asumimos la segunda, somos capaces de “calzar el zapato ajeno”. La formación en humanidades nos permite examinar y tomar consciencia de nuestra propia posición frente a este dilema. 
   

Cuál es el sentido y el alcance de la incertidumbre como asomo preponderante en la sociedad contemporánea. Acaso la felicidad podrá existir…

R/.  Entiendo la incertidumbre como una experiencia existencial que consiste en la frustración por el derrumbamiento de los grandes sistemas, las certezas y las grandes univocidades. Entendimos que no existe un futuro predeterminado, que no hay un destino y que todo depende de lo que el ser humano sea capaz de hacer con el mundo, con el planeta y con su vida. Pues, pareciera que el ser humano estuviera necesitado de creer en grandes relatos y en verdades absolutas como dice Harari para vivir más tranquilo, y que el descubrimiento de la finitud, la contingencia y la ambigüedad lo paralizara. Pareciera que aún no nos reponemos de la nostalgia de una idea absoluta de verdad, de bien y de felicidad. Tal vez se trate solamente de acoger con humilidad la idea de que la felicidad es finita y transitoria, pero al fin y al cabo es la única a la que podemos aspirar y configura alicientes para luchar. La vida al ser humano nunca le ha sido fácil, es conatus, como dice Spinoza, un esfuerzo por existir, es una trama y una historia que se construye en el día a día. Y la toma de conciencia de la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos, con nuestra propia vida y con la de los otros constituye en muchas ocasiones un problema, un conflcito. Pero es lo que somos, seres inmersos en la autocomprensión, que debemos aprender a sobrellevar nuestra fragilidad, falibilidad e interdependencia, y, ante todo, a renunciar a la soberbia de creer que debemos ser poderosos, eficientes y perfectos. Esa creencia nos genera expectativas que sobrepasan nuestra contingencia. Tenemos capacidades para llevar nuestra vida y afrontarla en sus dificultades, pero también somos frágiles y estamos sometidos a las circuntancias del mundo.

En tanto frágiles y capaces podemos crear sueños personales y colectivos, y luchar por ellos con la consciencia de que también los demás tienen sueños y de que su construcción debe ser intersubjetiva, sin dominación y renunciando a la postura egocéntrica.      

Los intelectuales debemos generar esperanza y promover la creación de utopías, de sueños moderados y sencillos. Recuperar en la juventud el valor del sentido de la vida y la necesidad de trazarse metas. Nos ha faltado conciencia de la responsabilidad social, hemos contribuido a la creación del sinsentido y hemos promovido la desesperanza. Hoy podemos tener la claridad de saber que las metas son transitorias, pero realizables y animan la vida; de entender que la vida para cada quien es una tarea. Y entender que los proyectos nos hacen más felices si se logran con otros, en compañía de otros y con generosidad.

Considero que hay una especie de seducción por la incertidumbre y que muchos sectores de la filosofía se equivocan hoy en esto, en la sobrevaloración del sinsentido; en la renuncia a la búsqueda de la felicidad personal y compartida; en la renuncia a la posibilidad de los proyectos comunes para una institución, una ciudad y una nación. Nos sometimos a los postulados del individualismo, el positivismo y el relativismo, mientras nos negamos a pensar en otras posibilidades para los seres humanos: pasamos por alto que también somos “Eros” en términos de Freud, que tenemos las capacidades de la empatía, la generosidad, la solidaridad y la creación de ideales comunes en torno a los cuales trabajar. Pero con la sobrevaloración del individualismo y las posturas egocéntricas hemos renunciado al fortalecimiento de esa otra parte nuestra.

La nostalgia por el fracaso de las grandes utopías, los grandes sistemas y las certezas, se ha convertido en una viga en el ojo que impide ver lo que tenemos cerca, disfrutar los pequeños logros y gozar situaciones temporales de felicidad. Más bien ha llevado a muchos a seguir pensando en otras metafísicas de la grandeza, como las visiones apocalípticas.

Finalmente propongo que te ocupes de reflexionar sobre el papel de la Filosofía en las formas del desarrollo de nuestras sociedades, incluso con impacto en la Política.

R/.  Considero que las diversas reflexiones planteadas en el transcurso del texto dan respuesta a esta pregunta. Ya no queda mucho por decir, pero  creo importante señalar la importancia de tener claros los límites de la filosofía y la necesidad de humildad. Ella tiene en sus manos hacer pequeñas contribuciones que pueden ser muy profundas, si entendemos el valor del pensamiento en las prácticas del día a día y en la vida del sentido común. Podemos concluir, ante todo, retomando las posibilidades que ella nos abre frente a la toma de consciencia, al ejercicio del pensamiento crítico y a la participación abierta en los debates públicos de la socedad. Como he dicho, la filosofía en Colombia ha guardado silencio sobre estos temas. Hoy conviene retomar la consciencia sobre la responsabilidad social del filósofo.

De las consideraciones que hemos planteado también se concluye la necesidad de tomar en serio  la formación en la inteligencia práctica, que ha sido hasta ahora descuidada y abandonada en favor de una educación enfocada meramente en la razón teórica y la razón instrumental; es decir, en la información de contenidos y la promoción de relaciones egoístas de competencia. Y la tarea de procurar esos cambios en la educación es una labor legitima de la filosofía.   

Finalmente, quisiera plantear una idea que atraviesa el documento, pero no he manifestado explícitamente: La filosofía tiene la tarea de contribuir al desarrollo de la sociedad mediante la crítica a los dogmas y al dogmatismo, sea del tipo que sea: político, patriótico, nacionalista, religioso, feminista, etc. Los dogmatismos exacerban el espíritu, lo ciegan e impiden la comprensión empática, el respeto a la diferencia y el reconocimiento del otro y de sus ideas. El dogmatismo es enemigo de la democracia y del cultivo de las virtudes. 

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Edición No. 211