Cargando sitio

Máscaras

De niño me daban miedo las máscaras. Creo que todavía me dan miedo. Si un hombre enmascarado salía en la televisión, yo temía que se quitara la máscara y revelara una cara desfigurada y monstruosa. Para colmo, la sala de mi casa estaba decorada con cuatro o cinco máscaras. La peor de todas era de barro, muy vieja y muy fea. En mi memoria esa máscara se parece a Tláloc, el dios de la lluvia al que los aztecas dieron un rostro de serpientes: los ojos y la nariz son víboras ensortijadas, y de la boca sobresalen cuatro dientes enormes y ofídicos. Siempre que cruzaba por la sala me cubría los ojos para no mirar la máscara, que un día glorioso se cayó del muro y se rompió (tuve miedo de que mis padres me culparan del accidente, dado que lo deseaba tan intensamente).

Con excepción de la infame máscara de barro, las otras máscaras de mi casa copiaban las populares mascherevenecianas, usadas primero por los actores del teatro y luego incorporadas al carnaval. Además de ser la “ciudad de los canales”, Venecia tiene una curiosa fama por partida doble: es la ciudad enmascarada y la ciudad pestilente. Justamente, una de las máscaras venecianas más populares, la que tiene un largo pico de pájaro, fue parte de la indumentaria de los médicos de la peste. Se usaba para evitar los miasmas o “aires pútridos” que supuestamente transmitían la enfermedad. El pico servía para guardar un puñado de hierbas aromáticas, que además ayudaban a disimular la fetidez de los bubones supurantes y de las pilas de cadáveres. 

El pasado pestilente de la máscara de pájaro recuerda que no es extraño que aquello que es símbolo de la muerte también lo sea de la fiesta y del desenfreno. Con la llegada de la peste negra, algunos ciudadanos se hicieron flagelantes, penitentes que van de pueblo en pueblo pidiendo la misericordia divina que acabe con la epidemia. Otros, menos píos, se entregaron al baile y las orgías callejeras: rendidos a la lujuria hacían frente a la muerte inevitable. Surgieron las danzas macabras, iconografías de esqueletos bailarines que cortejan a los vivos, obispos y mendigos por igual. Si pudieran hablar, estas imágenes dirían: “memento mori” (recuerda que morirás).

Esta dualidad, entre muerte y fiesta, entre piedad religiosa y baile orgiástico (entre “don Carnaval y doña Cuaresma”, diría Pieter Brueghel el Viejo), recuerda otro de los motivos más célebres de las máscaras venecianas: el arlequín. Pícaro y burlón, émulo de los viejos faunos, representa lo no dicho, la sombra negada, la franqueza y la impudicia. Tras su máscara pintoresca y sus ropas de mendigo se ríe de los poderosos, desnuda el absurdo de la vida y de sus vanas ambiciones. El arlequín nos fascina porque, en palabras de Alejandro Rossi, “representa la otra cara, está unido a la concepción según la cual son los bufones, los locos, los idiotas, los que dicen la verdad” (2005 [1978], p. 135). Los arlequines de La muerte en Venecia de Thomas Mann aparecen cuando la ciudad está sitiada por la peste; invitan a sus habitantes a una fiesta dionisiaca, una cópula orquestada por flautas de Pan, aullidos estridentes y “serpientes de agudas lenguas asidas por la mitad del cuerpo” (¿será Tláloc aquel “dios extranjero” que, según Mann, toma posesión de los cuerpos danzantes?). Aschenbach, el protagonista del relato, un escritor maduro, de moral tradicional y disciplina estoica, también termina entregado a la embriaguez colectiva. A fin de cuentas, “¿qué podían importarle ahora el arte y la virtud frente a las ventajas del caos?” (2008 [1912], p. 109).

 Si las máscaras sirven para ahuyentar la muerte (o, al menos, para olvidarla) es porque nos permiten entrar en un mundo que no es el nuestro. Al cubrirnos el rostro nos transmutan. De este ardid se sirven los cortesanos de La máscara de la muerte roja de Edgar Allan Poe. Refugiados en el castillo del príncipe Próspero, celebran un baile de máscaras mientras el país es castigado por la plaga. Al final, como siempre, la muerte (que sabe de disfraces) se cuela en el castillo y, también enmascarada, acaba con la vida de los comensales. Cuando los cortesanos capturan a la muerte roja y la despojan de su atuendo se horrorizan al descubrir que “el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían arrancado no contenían ninguna forma tangible” (2011 [1842], p. 176). Ese, por supuesto, no es nuestro caso. ¿Qué ocultan nuestras máscaras? 

 A la pregunta (tramposa y, en principio, incontestable) “¿qué eres?”, se puede responder: “soy una persona”. Pues bien, esa palabra, “persona”, deriva del griego antiguo “prosopón” (πρόσωπον) que significa, literalmente, “máscara” (al principio, como en Venecia, la expresión aludía a las máscaras de los actores del teatro dionisiaco). Para la psicología profunda, la persona no es aquello que somos sino, justamente, el disfraz que vestimos, el rostro falso. A riesgo de confundirnos con ella, también usamos la máscara cuando nos miramos al espejo.

En The mask maker, Marcel Marceau, el mimo legendario, representa la historia de un artesano que se prueba distintas máscaras que muestran variadas expresiones faciales. Tras ponerse una, que exhibe una sonrisa amplísima, casi sardónica, descubre que no puede quitársela (sobra destacar la maestría de Marceau para transmitir la desesperación del momento mientras mantiene inalterable una mueca de carcajada). Al final, el artesano logra, no sin esfuerzo, despojarse de la máscara que lo aprisiona. Pero Marceau nos engaña: terminada la obra el mimo sigue enmascarado, oculto tras su imperturbable maquillaje blanco. Ni él, ni nosotros, parecemos dispuestos a desenmascararnos. Volviendo a la historia del comienzo, tal vez no es la máscara de barro la que produce pavor, sino la posibilidad de que se caiga y se rompa. Tememos, no a la máscara, sino al rostro que oculta. Ya lo dijo Dylan Thomas: “O make me a mask and a wall to shut from your spies” (2014 [1938], p. 151)[1].

Referencias

Mann, T. (2008). La muerte en Venecia. Edhasa. Traducción de Nicanor Ancochea [Trabajo original publicado en 1912]. 

Poe, EA. (2011). Cuentos completos. Edición comentada. Páginas de Espuma. Traducción de Julio Cortázar [Trabajo original, La máscara de la muerte roja, publicado en 1842].

Rossi, A. (2005). Obras reunidas. Fondo de Cultura Económica [Trabajo original incluido en Manual del distraído, publicado en 1978].

Thomas, D. (2014). The Collected Poems of Dylan Thomas: The New Centenary Edition. Weidenfeld & Nicolson [Poema original, O make me a mask, publicado en 1938].

[1] “Oh hazme una máscara y un muro que me oculte de tus espías” (Traducción de Elizabeth Azcona Cranwell).

Compartir:
 
Edición No. 204