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Matilde Espinosa en «Uno de tantos días»

Acaba de publicarse un nuevo poemario de esta mujer laboriosa de la palabra, sostenida con la fortaleza de la más saludable espiritualidad, con la debida elaboración, cada vez más profunda, de su obra. Al comienzo fue el compromiso social el que atrajo sus veleidades en la poesía, pero con el tiempo y los golpes de la vida, Matilde fue armándose de una metafísica que le permite trascender el mundo de la anécdota para ubicarse en las expresiones de lo esencial. Por ejemplo, cuando expresa: “Ayer no más vimos en sueños/ nuestra propia huida/ sin arribo posible a donde todo es calma/ serenidad y olvido.” (En: “Ayer no más”). Y no pierde el sentimiento por los mensajes como en el poema que dedica al maestro Gerardo Molina: “Aún nos quedan niños que juegan a la infancia./ Las aldeas se quejan de las aulas vacías.” (En: “Apenas un recuerdo”).

Matilde trata de despedirse, pero está anclada en la palabra, en la voz que recoge en su inquieto y elaborado espíritu, como cuando dice: “Inútil es el alba, el mediodía,/ incluyendo la tarde/ que va borrando huellas/ del esplendor oculto.” (En: “El afán de llegar”). O como se interpreta en “Futuro”: “Cierro los ojos. Convulso, tormentoso/ me asalta el pensamiento:/ la caída del mundo a una mar/ sin fondo./ Inútiles los mástiles, las rocas/ testigos solitarios de los últimos/ besos.” Para concluir el poema con esta estancia: “Antes de ser nostalgia/ se embriagará de si mismo/ y estallará en las mil y una imágenes/ que rodarán, rodarán hacia un final/ incierto.”

Matilde ha publicado quince libros, con el primero: “Los ríos han crecido” (1957), siempre ascendente en la profundidad, con ritmos sostenidos y ocultos, y meditación sensible a flor de labios y piel, sin lamentos ni quejas, con sobriedad galana. [“Uno de tantos días”, Beaumont Editores, Bogotá 2007; 72 pp.]

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Edición No. 141