Mayo del 68
Es necesario que alguien se consagre para decir que Mayo del 68 fue, antes que todo, una historia de amor. Que esta historia sea encubierta con la mayor frecuencia, y por los actores mismos, por toneladas de comentarios políticos, sociológicos, ideológicos, no cambia nada y, en el fondo, todo el mundo lo siente. La nostalgia de Mayo, el miedo retrospectivo y confuso que inspira está ahí. “Místico”, estuvimos a punto de profetizar. Pero eso es desviar púdicamente la atención de una realidad muy simple, vibrante, elemental. Una de las mujeres que amo, por ejemplo, es 68. Nos comprendemos entre líneas sobre mil cosas evidentes, hemos intercambiado definitivamente una experiencia de lo inmediato. Todo envejeció o se desmoronó (la jerga, la lengua estereotipada, el utopismo, el revolucionarismo, el “maoísmo”), pero nada se debilitó de la nota de Mayo, que no necesitaba, en el fondo, ser traducida, explicada, criticada, racionalizada. ¿Veinte años después?[i] No. Veinte minutos. Irrecuperables. Como los carteles de Bellas Artes que guardan y guardarán su frescura explosiva, su grafismo incompatible con la política publicitaria, cualquiera que sea.
En Mayo, hicimos lo que nos placía. El Espectáculo se detuvo, la ciudad estuvo suspendida, invertida, abierta. En mi novela Les Folies Françaises,[1] cito, en un momento, esta carta de Coubert del 20 de abril de 1871, en plena Comuna de París: “A pesar de todo este tormento de cabeza y de comprensión de asuntos a los cuales no estaba acostumbrado, estoy encantado. París es un verdadero paraíso. Nada de policía, nada de tontería, nada de exacción de ninguna manera, nada de disputa. París marcha sola, como sobre ruedas. Habría que poder quedarse así para siempre”. Desde aquí oigo voces gritar hasta la paradoja. ¿Cómo? ¿Nada de exacciones? ¿Nada de disputas? ¿Nada de tonterías? ¿En este caos de violencia y de destrucción gratuita? ¿Bromea usted? Pues bien, no. Guardo de Mayo el recuerdo de una gran calma. Hablábamos todo el tiempo, no dormíamos, teníamos teorías exacerbadas, no parábamos, de grupo en grupo, de contradecirnos y de insultarnos, y sin embargo aquellos días de belleza convulsiva en “explosivo-fija” (para retomar aquí a André Bretón quien lo merece más que nadie; la aparición de su obra en la “Pléiade” es la ocasión de medir su grandeza)[2] son una memoria de armonía. La formidable lección de Mayo está en ese silencio al tercer grado. ¿Qué pintaba Courbet? Pereza y Lujuria, El Sueño, Las Durmientes… Más allá de los enfrentamientos, la aventura singular de cada uno, estoy seguro de ello, fue una fiesta sensual, más o menos consciente, en todos los instantes. Los cielos al amanecer, las calles vacías, las carreras para escapar a las cargas de los CRS, los incendios de automóviles, los cuerpos al azar, las frases rápidamente transmitidas entre desconocidos, las risas. ¿Mayo del 68 como hecho de sociedad? Uno podrá repetirlo sin fin, pero el resultado es cómico. En realidad, todo el mundo estuvo solo al mismo tiempo, por lo menos una vez, en el lujo del pasado absuelto y del porvenir desierto. ¿Mayo no estaba hecho para durar? Como ustedes digan, queridos ecónomos. Él ha hecho más: reveló la cuerda misma de la duración.
El verdadero estilo de Mayo ha aparecido poco a poco como irreversible. Habiendo quemado, por sobredosis, el pathos ideológico (el partido comunista no se levantará; el feminismo tuvo la vida más dura, pero su momificación es inevitable), ese estilo, muy diferente de la difusión surrealista, impregnó el arte y la comunicación. Hay escritores de antes o de después, así como cineastas, pintores o periodistas. Ironía, desenvoltura, insolencia, encuadre imprevisto, condensación y movilidad, ¿acaso esas cualidades –¡oh estupor!– no son “de derecha”? ¿No se ha vuelto a hablar cada vez con más frecuencia, desde el 68, de Céline, de Morand? Ahora bien, la derecha y la extrema-derecha-Juana-de-Arco, así como la izquierda institutriz y repetitiva, parecen unidas en la misma reprobación de esta manera de actuar. Pero entonces, ¿de dónde viene ella? ¿De otro planeta? Quizás. Nosotros somos los primeros Mayianos. Ningún fin justificará jamás a los Mayianos. Su temible eficacia consiste en estar divididos por doquier, dispersos, no localizables, con frecuencia enemigos para reír y sembrar un disturbio traicionero. Un Mayiano está tan a gusto con la televisión como con un problema de erudición pura, lee a la vez a Kafka y a Sade, es clásico, moderno, post-moderno y de nuevo clásico. Parece frívolo, es muy serio. El affaire Heidegger lo deja impasible. La técnica no lo deprime. No va a ninguna parte. Viaja, incluso, in situ. Es una partícula inclasificable, un quark de primavera.
[1] Las Locuras Francesas (París, Gallimard, Col. Blanche, 1988), inédita hasta ahora en español (N. del T.).
[2] Colección de lujo de Éditions Gallimard (la más emblemática de lengua francesa). Ser publicado en ella equivale a quedar consagrado como clásico. La expresión de Breton proviene de su libro de 1937: El amor loco (versión en español de Juan Malpartida, Madrid, Alianza, Col. Alianza Literaria, 2000, p. 30) (N. del T.).