Memorias de un librero, Librería Continental-Medellín, 1943-2001
de Rafael Vega Bustamante, Fondo de Cultura Económica, Colombia, 2005 (Escribe: Álvaro Castillo-Granada). A veces se da el milagro: una librería identifica, nombra a una ciudad. No son muchas. “Shakespeare and Company” a París, “Barnes and Noble” a Nueva York, “Gandhi” a la Ciudad de México, “Buchholz” a Bogotá, “Librería Continental” a Medellín (desgraciadamente estas dos últimas ya cerraron sus puertas). Son pocas las librerías que han durado, resistido y permanecido en la memoria de los lectores. Es un negocio difícil, completo, sujeto a todos los cambios de vientos. Nacen, primero, del impulso o la ilusión de uno o dos amantes de los libros que, las más de las veces, creen que vender libros puede ser un buen negocio y permitirles encontrar un oficio para pasar los días y hacer lo que más les gusta: leer y hablar de libros. Con el paso de los meses, cuando la realidad empieza a andar y pasada la euforia inicial y la “bonanza” gracias a la generosidad de los amigos que, por supuesto, se transforman en clientes; los dueños se van dando cuenta que la cosa en realidad no es tan fácil: no se puede leer o conversar, en primer lugar, todo lo que se querría pues hay que ordenar los libros, limpiarles el polvo (las letras atraen siempre la tierra), atender a los clientes, realizar pedidos, vigilar que algún intrépido pretenda y pueda salir con un premio, lidiar con los vendedores de las editoriales, soportar a ciertos “clientes” que “iban pasando por ahí” y vieron la librería y se les ocurrió entrar para preguntar por un libro que desde hace treinta años quieren leer pero que no recuerdan ni cómo se llama ni quién es el autor, pero es “pequeño y la carátula es verde…”. Y para completar, puede suceder una en un millón de veces, que el librero acierte (no sabrá él jamás ni cómo ni por qué), después de casi dos horas de darle vueltas al asunto, y el cliente le responde tranquilamente: “Ya sé dónde está. Yo vuelvo”. Si se logra pasar estos primeros meses, difíciles, tensos, el dueño (o los dueños) se va transformando, convirtiendo, en “librero”, un oficio que, como es obvio, en nuestro país no existe. Librero se llama al que trabaja en una librería. Es un oficio que se aprende lentamente, día a día, leyendo, hablando y escuchando. Lo que muy pocas veces sucede es que una librería en nuestro país dure, aguante, casi cincuenta y ocho años. Es el caso de la “Librería Continental” de Medellín. Y lo que aún menos sucede es que su propietario, el librero, se decida y escriba un libro sobre su oficio. El libro lo escribió Rafael Vega Bustamante: Memorias de un librero Librería Continental Medellín, 1943-2001. Son muy pocos los libreros que han escrito sus memorias. Shakespeare and Company de Sylvia Beach, En compañía de genios de Frances Steloff… En América Latina sólo conozco uno: Memorias de un librero escritas por él mismo, de Héctor Yánover (Propietario de la “Librería Norte”, en Buenos Aires). En Colombia es el primero. Narrado sencillamente, como alguien que está sentado en un sillón conversando con los amigos, esperando que sea la hora de cerrar y poder irse, por qué no, al “Astor” a tomarse un jugo de mandarina y seguir con la historia, don Rafael Vega nos va contando como fue la historia de su librería (que es, por supuesto, la de su vida). Desde el momento en que con su hermano deciden arriesgarse, porque “Es una de las cosas buenas de la juventud: hacer proyectos, soñar con algo más grande que la realidad”, y ser ambiciosos. Primero la llamaron “Librería Universal” e importaron libros de Argentina (esos tiempos en que importar era tan fácil y los libros recorrían libremente el mundo…) de las editoriales Tor y Sopena. Stefan Zweig y Emil Ludwig les dieron la mano en sus primeros pasos. Eran los días en que el “Indice” de la iglesia aún existía y los libros de Victor Hugo y Alejandro Dumas había que venderlos clandestinamente. Aprendiendo sobre la marcha, don Rafael, descubre la importancia de una buena exhibición, una vitrina llamativa que rote e invite a los clientes a entrar a la librería y comprar (este detalle aparentemente sencillo es una de las primeras cosas que debe aprender un librero). Encuentra por el camino gente que “No había trabajado y aprendió todo con rapidez: barrer, trapear, limpiar los vidrios de las vitrinas y sacudir el polvo de los libros en los ratos libres, lo elemental del empleo más humilde de una librería, pero también el primer peldaño para subir a la profesión noble de librero”. Es a partir de 1945 cuando la librería pasa a llamarse, esta vez para siempre, “Librería Continental”. Debido a los cambios de sede descubre otra de las leyes del oficio: “(…) un local a pocos metros de una carrera; pero en una calle sin tradición comercial, puede volverse más tarde exitoso”. La librería hace parte del paisaje, es en el paisaje. Frente a su vitrina, al otro lado de la puerta, la ciudad va creciendo, destruyéndose, cambiando. ¿Si los edificios pudieran hablar cuántas cosas nos contarían? ¿Cuánta historia transcurre y transcurrió frente a sus paredes? Dentro de la “Librería Continental” transcurrió buena parte de la vida cultural e intelectual de Medellín. Novelistas, poetas, pintores, bohemios, desubicados, estudiantes, diletantes, seductores, profesionales, ladrones… todos pasaron por allí. Don Rafael permaneció con una certeza: “Soy librero y debo dedicarme a los libros con los cuales ganaré el pan o moriré de hambre”. A la pasión del librero se le agrega, con el paso de los años, la pasión del melómano, del amante de la música clásica. La librería, en este caso, también es un sitio, un refugio, para encontrar y escuchar música. Los discos comienzan a llegar, los que no circulan fácilmente, los que de pronto están olvidados en una bodega, por ahí. En 1952 llegó a trabajar a la librería como mensajero un joven llamado Hugo González. “Su labor de librero empezó cuando se ofrecía voluntariamente a desempacar paquetes llegados del exterior en un incómodo rincón debajo de las escaleras del edificio y donde apenas cabían dos personas”. Con el paso de los años este “joven” se transformó en uno de los mejores libreros del país (la “Librería Lerner” es obra suya). A él le debemos la certeza de que “El libro no sólo es una mercancía noble, si se puede llamar así, sino que hace comunicación entre quienes lo leen y lo venden”. Este es uno de los aspectos más fascinantes del oficio: la conversación, la charla, permanente que se crea en una librería, allí las ideas y los conocimientos flotan y se convierten en patrimonio de todos. Don Rafael también recorrió otro de los escalones que tiene que subir el libro para llegar al lector, su destinatario final: la distribución. “Estos campos de la distribución y edición de libros no están vedados a los libreros, pero no son los más convenientes, pues son terrenos de dedicación exclusiva, como la venta de libros”. La memoria de don Rafael recuerda a todas, o casi todas, las personas que trabajaron con él, a los distribuidores, a los vendedores viajeros que recorrían el continente con un maletín lleno de catálogos. En lo único que quedamos los lectores un poco “iniciados” es en las anécdotas, en las historias curiosas del día a día, de los personajes famosos y no tanto, que durante todos esos años entraron y fueron clientes de la librería. Este pequeño libro es el primer acercamiento a ese mundo fascinante de las librerías, a ese “oficio inexistente” del librero, que no es más que el puente, la mano, que lleva el libro al lector. El centro de Medellín ya no es el mismo desde que la “Librería Continental” cerró. En la carrera Palacé con la Avenida Primero de Mayo todavía los peatones, los lectores, volteamos la mirada para ver qué libro nuevo hay en la vitrina. Desgraciadamente ya no hay nada. La “Librería Continental” hace parte de nuestra memoria y allí nadie puede cerrarla. Don Rafael Vega nos enseñó que hay que “saber vivir, trabajar y dejar trabajar a los demás para servicio de todos”.
de Rafael Vega Bustamante, Fondo de Cultura Económica, Colombia, 2005 (Escribe: Álvaro Castillo-Granada). A veces se da el milagro: una librería identifica, nombra a una ciudad. No son muchas. “Shakespeare and Company” a París, “Barnes and Noble” a Nueva York, “Gandhi” a la Ciudad de México, “Buchholz” a Bogotá, “Librería Continental” a Medellín (desgraciadamente estas dos últimas ya cerraron sus puertas). Son pocas las librerías que han durado, resistido y permanecido en la memoria de los lectores. Es un negocio difícil, completo, sujeto a todos los cambios de vientos. Nacen, primero, del impulso o la ilusión de uno o dos amantes de los libros que, las más de las veces, creen que vender libros puede ser un buen negocio y permitirles encontrar un oficio para pasar los días y hacer lo que más les gusta: leer y hablar de libros. Con el paso de los meses, cuando la realidad empieza a andar y pasada la euforia inicial y la “bonanza” gracias a la generosidad de los amigos que, por supuesto, se transforman en clientes; los dueños se van dando cuenta que la cosa en realidad no es tan fácil: no se puede leer o conversar, en primer lugar, todo lo que se querría pues hay que ordenar los libros, limpiarles el polvo (las letras atraen siempre la tierra), atender a los clientes, realizar pedidos, vigilar que algún intrépido pretenda y pueda salir con un premio, lidiar con los vendedores de las editoriales, soportar a ciertos “clientes” que “iban pasando por ahí” y vieron la librería y se les ocurrió entrar para preguntar por un libro que desde hace treinta años quieren leer pero que no recuerdan ni cómo se llama ni quién es el autor, pero es “pequeño y la carátula es verde…”. Y para completar, puede suceder una en un millón de veces, que el librero acierte (no sabrá él jamás ni cómo ni por qué), después de casi dos horas de darle vueltas al asunto, y el cliente le responde tranquilamente: “Ya sé dónde está. Yo vuelvo”. Si se logra pasar estos primeros meses, difíciles, tensos, el dueño (o los dueños) se va transformando, convirtiendo, en “librero”, un oficio que, como es obvio, en nuestro país no existe. Librero se llama al que trabaja en una librería. Es un oficio que se aprende lentamente, día a día, leyendo, hablando y escuchando. Lo que muy pocas veces sucede es que una librería en nuestro país dure, aguante, casi cincuenta y ocho años. Es el caso de la “Librería Continental” de Medellín. Y lo que aún menos sucede es que su propietario, el librero, se decida y escriba un libro sobre su oficio. El libro lo escribió Rafael Vega Bustamante: Memorias de un librero Librería Continental Medellín, 1943-2001. Son muy pocos los libreros que han escrito sus memorias. Shakespeare and Company de Sylvia Beach, En compañía de genios de Frances Steloff… En América Latina sólo conozco uno: Memorias de un librero escritas por él mismo, de Héctor Yánover (Propietario de la “Librería Norte”, en Buenos Aires). En Colombia es el primero. Narrado sencillamente, como alguien que está sentado en un sillón conversando con los amigos, esperando que sea la hora de cerrar y poder irse, por qué no, al “Astor” a tomarse un jugo de mandarina y seguir con la historia, don Rafael Vega nos va contando como fue la historia de su librería (que es, por supuesto, la de su vida). Desde el momento en que con su hermano deciden arriesgarse, porque “Es una de las cosas buenas de la juventud: hacer proyectos, soñar con algo más grande que la realidad”, y ser ambiciosos. Primero la llamaron “Librería Universal” e importaron libros de Argentina (esos tiempos en que importar era tan fácil y los libros recorrían libremente el mundo…) de las editoriales Tor y Sopena. Stefan Zweig y Emil Ludwig les dieron la mano en sus primeros pasos. Eran los días en que el “Indice” de la iglesia aún existía y los libros de Victor Hugo y Alejandro Dumas había que venderlos clandestinamente. Aprendiendo sobre la marcha, don Rafael, descubre la importancia de una buena exhibición, una vitrina llamativa que rote e invite a los clientes a entrar a la librería y comprar (este detalle aparentemente sencillo es una de las primeras cosas que debe aprender un librero). Encuentra por el camino gente que “No había trabajado y aprendió todo con rapidez: barrer, trapear, limpiar los vidrios de las vitrinas y sacudir el polvo de los libros en los ratos libres, lo elemental del empleo más humilde de una librería, pero también el primer peldaño para subir a la profesión noble de librero”. Es a partir de 1945 cuando la librería pasa a llamarse, esta vez para siempre, “Librería Continental”. Debido a los cambios de sede descubre otra de las leyes del oficio: “(…) un local a pocos metros de una carrera; pero en una calle sin tradición comercial, puede volverse más tarde exitoso”. La librería hace parte del paisaje, es en el paisaje. Frente a su vitrina, al otro lado de la puerta, la ciudad va creciendo, destruyéndose, cambiando. ¿Si los edificios pudieran hablar cuántas cosas nos contarían? ¿Cuánta historia transcurre y transcurrió frente a sus paredes? Dentro de la “Librería Continental” transcurrió buena parte de la vida cultural e intelectual de Medellín. Novelistas, poetas, pintores, bohemios, desubicados, estudiantes, diletantes, seductores, profesionales, ladrones… todos pasaron por allí. Don Rafael permaneció con una certeza: “Soy librero y debo dedicarme a los libros con los cuales ganaré el pan o moriré de hambre”. A la pasión del librero se le agrega, con el paso de los años, la pasión del melómano, del amante de la música clásica. La librería, en este caso, también es un sitio, un refugio, para encontrar y escuchar música. Los discos comienzan a llegar, los que no circulan fácilmente, los que de pronto están olvidados en una bodega, por ahí. En 1952 llegó a trabajar a la librería como mensajero un joven llamado Hugo González. “Su labor de librero empezó cuando se ofrecía voluntariamente a desempacar paquetes llegados del exterior en un incómodo rincón debajo de las escaleras del edificio y donde apenas cabían dos personas”. Con el paso de los años este “joven” se transformó en uno de los mejores libreros del país (la “Librería Lerner” es obra suya). A él le debemos la certeza de que “El libro no sólo es una mercancía noble, si se puede llamar así, sino que hace comunicación entre quienes lo leen y lo venden”. Este es uno de los aspectos más fascinantes del oficio: la conversación, la charla, permanente que se crea en una librería, allí las ideas y los conocimientos flotan y se convierten en patrimonio de todos. Don Rafael también recorrió otro de los escalones que tiene que subir el libro para llegar al lector, su destinatario final: la distribución. “Estos campos de la distribución y edición de libros no están vedados a los libreros, pero no son los más convenientes, pues son terrenos de dedicación exclusiva, como la venta de libros”. La memoria de don Rafael recuerda a todas, o casi todas, las personas que trabajaron con él, a los distribuidores, a los vendedores viajeros que recorrían el continente con un maletín lleno de catálogos. En lo único que quedamos los lectores un poco “iniciados” es en las anécdotas, en las historias curiosas del día a día, de los personajes famosos y no tanto, que durante todos esos años entraron y fueron clientes de la librería. Este pequeño libro es el primer acercamiento a ese mundo fascinante de las librerías, a ese “oficio inexistente” del librero, que no es más que el puente, la mano, que lleva el libro al lector. El centro de Medellín ya no es el mismo desde que la “Librería Continental” cerró. En la carrera Palacé con la Avenida Primero de Mayo todavía los peatones, los lectores, volteamos la mirada para ver qué libro nuevo hay en la vitrina. Desgraciadamente ya no hay nada. La “Librería Continental” hace parte de nuestra memoria y allí nadie puede cerrarla. Don Rafael Vega nos enseñó que hay que “saber vivir, trabajar y dejar trabajar a los demás para servicio de todos”.