Manizales: memorias del Festival Internacional de Teatro
¡Tú también, hijo mío!
Julio César
(Exclamación conjetural citada por Quevedo, citada por Shakeaspere, y acotada por Borges en “La trama”.El hacedor, 1960).
Busca por dentro
Jairo Varela
(Canción de salsa del grupo Niche)
Fiel surtidor de hidalguía/ Manizales rumorosa,/ Bajo tu cielo de rosa/ Canta el viento su alegría.(Pasodoble “Feria de Manizales”: Letra de Guillermo González-Ospina; Música de Juan-María Asíns)
Plan A
El Festival Internacional de Teatro de Manizales (FITM) se inauguró en el mítico 1968, el año del cimbronazo de París, el año de la rebelión de los jóvenes en Europa, que un poco más tarde tuvo coletazos en Colombia, y en mi caso, en el bar Gambrinus de la calle 61, en Chapinero1, con réplicas hasta en Pasto.
En el Eje Cafetero, lo que había empezado con un resentimiento entre la dirigencia porque Manizales “disponía a su favor de todo el presupuesto departamental” había terminado en una verdadera reyerta, cuya cereza del pastel fue la construcción del entonces mejor teatro para teatro de Colombia, Los Fundadores, en 1965, lo cual tuvo como episodio final la separación político-administrativa, un año después, del próspero departamento de Caldas, que quedó convertido en tres: Risaralda, Caldas y Quindío.
En Pereira se llegó incluso a levantar los tramos de los rieles del ferrocarril para romper ese cordón umbilical de acero, con el fin de que nadie volviera a viajar en tren a Manizales. Pero esta última se había quedado con la joya más codiciada del botín: había construido su gran teatro. Y ahora, después de semejante pelotera, tocaba hacer algo con ese edificio. Para justificar el monto y el propósito de la inversión —porque en ese momento la construcción de un templo de la cultura de esa magnitud era un hecho insólito, casi extravagante—, así como también para volver a Manizales un verdadero epicentro de la cultura, surgió la idea de organizar “La sabia locura”, como lo llamó el chileno Sergio Vodanovic, uno de los directores visitantes al naciente festival.
Carlos Ariel Betancur, un joven recién graduado de la universidad, le propuso la idea a Jaime Sanín Echeverri, director del antiguo Fondo Universitario Nacional, y al mismo tiempo recurrió a su amistad con gente del teatro de Argentina y Uruguay, adquirida durante su frustrado intento de estudiar medicina en Buenos Aires, para constituir la corporación civil Festival Latinoamericano de Teatro,compuesta por la Asociación Colombiana de Universidades, la Universidad de Caldas, la Oficina de Fomento y Turismo de Manizales, la Cámara de Comercio y la Sociedad Procultura,la cual tuvo la misión de hacer realidad el proyecto; el cargo de la dirección se la echó al hombro el mismo Carlos Ariel, quien durante los primeros fragorosos años fue el director artístico y artífice real de “La sabia locura”, aunque en el programa del segundo festival figurara como “asesor técnico”.
De esa manera nació el Festival Internacional de Teatro de Manizales, evento cultural que cumple este año medio siglo de haber sido inaugurado y 39 ediciones celebradas, pues estuvo nada menos que once años condenado al ostracismo. Han sido 39 encuentros con los amantes del teatro.
“La sabia locura” empezó, entonces, como un festival de teatro universitario. El primer invitado fue Pablo Neruda, quien encabezó un jurado probo, intachable, cuyo primer presidente honorario fue ni más ni menos que el novelista guatemalteco Miguel Ángel Asturias, ganador del Premio Nobel de Literatura otorgado apenas el año inmediatamente anterior y un par de años antes laureado con el Premio Lenin de la Paz. Era un festival competitivo, con jurados, acta y un trofeo que era una réplica de una máscara precolombina de la cultura calima, cuyo original está en el Museo del Oro del Banco de la República, clasificado con el número 7475 de la colección, según el historiador Edgardo Salazar Santacoloma.
Sinembargo, al principio las cosas no salieron como las imaginaron los creadores de este encuentro cultural. El ganador de la segunda edición del FITM, llevada a cabo en 1969, fue un grupo radical: el Teatro Estudio de la Universidad de los Andes con su vigoroso montaje de El canto del fantoche lusitano, especie de oratorio laico que escribió Peter Weiss. Era una obra escueta y ambiciosa de teatro documental, corriente estética que hasta ahora se había comenzado a explorar en Colombia y que era un magnífico recurso para poner en escena —hoy dicen “socializar”, — conflictos socioeconómicos de una manera esquemática, muy eficiente, sencilla y barata, en la mayoría de los casos. A la salida del encopetado Club Manizales, donde se realizaba la ceremonia de premiación y el coctel de clausura, los estudiantes actores que habían representado la independencia de Angola en el escenario —obra que, entre otras cosas, la embajada de Portugal había tratado de impedir—, vociferaban mientras esgrimían el flamante trofeo como arma contundente contra algunos de los perdedores. El escándalo resultó fascinante para nuestros espíritus rebeldes, al tiempo que el festival empezaba a dar sus incipientes aunque decididos vuelos iniciales.
Plan B
Por una recomendación de la Fundación Fulbright, las universidades colombianas empezaron a promover la actividad teatral como una manera de mantener ocupados a los estudiantes en una noble actividad creativa, lejos de los problemas del país y del generalmente sensible e inquieto movimiento estudiantil.
La cuestión se fue exactamente en la dirección contraria: el teatro universitario se convirtió en una actividad comprometida con problemas del país y su organización creció como espuma: dos o tres encuentros nacionales permitieron consolidar a la Asociación Nacional de Teatro Universitario (Asonatu), que entre otras cosas puso en tela de juicio la política de selección de las obras del Festival de Manizales, primero en los temibles “foros” posfunción de las obras y segundo a través de los montajes, incisivos, críticos, polémicos, desafiantes, provocadores, que comenzaron a crecer con el respaldo del tremendo movimiento estudiantil de los tempranos años setenta, que tuvieron como primer hito las elecciones presidenciales de la famosa “horrible noche” en la que, según parece, el gobierno de Carlos Lleras Restrepo ayudó a que el ganador fuera el conservador Misael Pastrana Borrero, en detrimento del general Gustavo Rojas Pinilla, candidato de la Alianza Nacional Popular (Anapo). De este fraude, mi generación no tiene duda alguna. Montajes con temas, ideas y estilos variados, algunos muy originales y de gran actualidad. Recuerdo el de un grupo independiente de la Facultad de Medicina de la Universidad del Rosario, llamado Humanae vitae.
En el año 1968, junto con el “asalto a los cielos” de mayo en París, desde Roma el papa Pablo VI promulgó la encíclica antiaborto el 25 de julio, tal vez como intento de contrarrestar la fuerza de la revolución sexual, iniciada entre otras cosas por el audaz invento de la diseñadora Mary Quant, quien lo popularizó desde su tienda Bazaar de la King’s Road de Londres: la minifalda. La provocación que se volvió tendencia en el mundo occidental, gracias a Dios. Por su parte, la Asonatu organizó festivales independientes en los que se tocaban, mal que bien, temas como la guerra del Vietnam, como en el Discurso sobre Vietnam, de Peter Weiss, que montó también el Teatro Estudio de la Universidad de los Andes. De este polifacético autor berlinés, nacionalizado sueco, el TEC ya Teatro Experimental de Cali, hizo el montaje de “La Indagación” obra sobre el juicio a los responsables de la catástrofe nazi, que dirigió Enrique Buenaventura, en tanto que el Teatro La Candelaria se encargó de hacer la celebérrima Marat-Sade, dirigida por Santiago García, después de que el supermaestro Peter Brook la llevara al cine, basada en su propio montaje de la Royal Shakespeare Company y estrenada por Weiss en 1964, en el Dramaten de Estocolmo.
Por aquellos tiempos de rebelión antiparroquial y antipontificia, el Teatro La Mama, con aires neoyorquinos, ya montaba una obra cada dos o tres semanas en su sede de Chapinero, en tanto que el TPB prendía turbinas en su sede de la avenida Jiménez con carrera quinta, en Bogotá. El Teatro Libre, que celebra 45 años de su fundación en este 2018, comenzaría por adecuar la casa donde tenía su taller el fotógrafo Abdú Eljaiek, en el casco colonial del centro de Bogotá, para hacer su sala, un recinto de 200 butacas y una acústica exquisita.
Pero antes de la consecución de las salas, ya todo el teatro universitario colombiano era un hervidero de discusiones y confrontaciones sobre cómo debía ser el teatro que estaba por hacerse. Y ahí entró, entonces, el asunto del teatro nacional. Los grupos voltearon su mirada a nuestra realidad y de ahí surgieron obras tremendamente nacionalistas con episodios históricos, denuncias como I took Panama, de Luis Alberto García; Guadalupe años sin cuenta, del grupo La Candelaria; La agonía del difunto, de Esteban Navajas, ganadora del prestigioso Premio Casa de las Américas; Tiempo vidrioy La huelga, de Sebastián Ospina; El sol subterráneoe Inquilinos de la ira, del Teatro Libre, entre los hitos que mi memoria recuerda. Las vi casi todas (y actué en más de una) en el Festival de Manizales. Pero este tornado de vientos huracanados nacionales, tan diversos y disímiles, y las dos principales asociaciones del sector, la Corporación Colombiana de Teatro (CCT), “asesorada” por la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia (CSTC), y la Asonatu, que agrupaba variopintas tendencias de izquierda, se unieron para dar un golpe cultural del teatro nacional contra la penetración culturalextranjera en el escenario mismo del IV Festival Internacional de Teatro de Manizales.
Plan C
Gritábamos imperialista.Era un grito contra la penetración cultural norteamericana, que a nuestro juicio era lo que nos tenía sojuzgados, a nosotros y al país entero, en todos los campos de la vida, muy evidentemente en la educación, aunque en el caso concreto del teatro, las representaciones de obras o grupos norteamericanos eran casi nulas, salvo por Guárdese en un lugar seco y fresco, de la dramaturga Terry Megan, una de las pioneras del teatro feminista.
Azuzados por el espíritu de indignación causado por el asesinato de un estudiante, Édgar Mejía Vargas, a comienzos de 1971 —el 26 de febrero no lo olvide compañero—, se organizó una movilización al festival de ese año. Carlos Duplat dirigió El cuarto cumpleaños de la Mamá grande, en la que participaron actores-activistas de varias tendencias, seleccionados de aquella caterva entusiasta de jóvenes teatreros. De la noche de inauguración dieron cuenta páginas destacadas de La Patria, El Espectadory El Tiempo; la resonancia en los periódicos de cubrimiento local y nacional era una de las características de la importancia que les daban los medios a estas fogosas confrontaciones del pensamiento, que para bien o para mal nos marcaron el corazón. Las elegantes señoras que asistían al más importante evento social del año protestaron iracundas y terminaron despeinadas contra el panfleto aguafiestas y una proclama que daba cuenta de la agresión cultural y ponía de presente la tremenda situación de injusticia social que estaba viviendo el país. La noche terminó en gran desorden, con airadas protestas y recriminaciones mutuas.
En la programación vimos varios montajes interesantes, como La denuncia, sobre la matanza de las bananeras, que ahora dicen que no existió; El túnel que se come por la boca, una adaptación muy “libre” del actor Miguel Torres de la obra homónima de Alejandro Jodorowsky, el del teatro pánico, para el grupo El Local, que fue el último de los núcleos estables en conseguir su sede; La verdadera historia de Milcíades García, obra sobre el conflicto agrario colombiano presentada por un grupo alterno de la Universidad Nacional y dirigida por Ricardo Camacho, ganador del Premio Nacional de Cultura (2017). Conocí a Fanny Mikey en el foro de Toma tu lanza, Sintana, una obra escrita por Luis Alberto García, si mal no recuerdo, en la que se exalta la resistencia indígena, presentada en una carpa-teatro por el Teatro Popular de Bogotá (TPB). El proyecto del TPB lo encabezaba Jorge Alí Triana, quien había regresado de su aprendizaje en Praga. Es decir, había una variada, poderosa y rica ola de enormes y exultantes obras colombianas.
Entre las obras extranjeras vimos el bellísimo Quejíoantifranquista y gitano de La Cuadra de Sevilla, que había traído José Monleón, el director de la revista Primer Acto. De Argentina vino la señora María Escudero de Córdoba, con su fascinante, sencillo y punzante Contratanto, con un par de preciosas actrices que tuvieron embelesado al público, en particular al personal masculino. Y no recuerdo con certeza si Carlos Giménez, que dejaba su natal Argentina para ir al próspero y fructífero exilio en Venezuela, vino a ese festival, o había pasado por el primero con una variación existencial deJacobo o la sumisión, una obra de Eugene Ionesco, pero sí recuerdo su versión de Los amores de don Perlimpín con Belisa en su jardín,de Federico García Lorca, con el grupo El Juglar, de Córdoba (Argentina), fuera de concurso. Lo que nunca se me olvidará es el Teatro de Arena de Brasil, que inauguró la quinta edición del festival con su ritual profano de coros sobrecogedores denominado El evangelio según Zebedeo, una pasión sobrecogedora y mesiánica de una secta fanática y circense del sertón, escrita por el abogado y poeta paulista César Vieira y dirigida por Sineu Siqueira, del mismo combo de otra figura destacada y querida por el colegaje, Augusto Boal, quien impulsó el teatro fuera del escenario, el teatro al servicio de la transformación social con su prédica del teatro del oprimido, desarrollado a partir del llamado “teatro invisible”.
Y faltaba en esta edición la estrella invitada. En el primer festival, Neruda se había quedado toda la semana del evento, había fungido como jurado y había compartido con deleite, entre otros con el ganadero de toros de lidia, el doctor Ernesto Gutiérrez Arango, presidente en ejercicio de la primera edición del Festival, y, por supuesto también “con la crema de la intelectualidad”, expresión de un chotís de Agustín Lara. Miguel Ángel Asturias, gran escritor que se le había medido al desafío mayor y deleitoso del género novelístico de “la novela del dictador” con El señor presidente, era admirador de Ramón María del Valle-Inclán, cuya novela Tirano Banderasfue objeto de un deslumbrante montaje en el Teatro Colón, protagonizado por el gran actor Patricio Contreras, en el marco del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá (FITB), ya consolidado y hermanado con el Festival de Manizales.
La visita de los invitados especiales había hecho sentir que Manizales, a los ojos del mundo, se había vuelto importante. Aquella cuarta edición tenía como huésped de honor al ya consagrado autor de La ciudad y los perrosy de Conversación en la Catedral,la vedettede la literatura peruana, Mario Vargas Llosa. Se había creado una expectativa enorme sobre su conferencia, con la cual iniciaría su visita, ya comenzado el festival. Vargas Llosa venía ungido con su ingreso al llamado boomde la literatura latinoamericana, con todo y la bendición de la agencia literaria de Carmen Balcells; además, sus novelas se vendían muy bien y su apoyo a la Revolución cubana le había granjeado no pocas simpatías.
Sinembargo, una noticia reciente había puesto en duda no solo la profundidad de su apoyo, sino también la de toda su literatura. Era explicable: frente a la pavorosa proliferación de las dictaduras militares en el continente, en el clima de rebeldía estudiantil que había en el ambiente, y que no se compadecía con la fama conservadora y de “fiel surtidor de hidalguía”, seguramente Vargas Llosa supuso que Manizales sería un lugar adecuado y propicio para pasar por alto sus recientes declaraciones públicas y su ruptura con Cuba; tal vez calculó que su “renegación” iba a ser muy bien recibida en aquella ciudad tan aristocrática. El hecho es que Vargas Llosa había firmado una carta de apoyo al escritor cubano Heberto Padilla, encarcelado en La Habana, en la cual se condenaba al régimen cubano con alevosía y se esgrimía la bandera de la libertad de expresión. Bandera que es espada de doble filo cuando los contradictores, furiosos simpatizantes que repetíamos de memoria apartes de la Segunda Declaración de La Habana, el discurso de toma del poder de Fidel, habían preparado una defensa fervorosa de la Revolución cubana.
La mañana de la conferencia, en un gran salón del segundo piso de la Universidad de Caldas, los teatreros y la prensa madrugaron a coger puesto. Gustavo Cobo Borda hizo una breve presentación y el invitado hizo una también breve y muy esquemática exposición del arte de escribir, enfatizando en la parte inconscientedel ejercicio de la literatura. El planteamiento resultó que ni pintado para detonar la discusión. Un joven estudiante de literatura, Carlos Alberto “Topin” Pinto, un gigantón de barba roja con cara de explorador vikingo que había perdido uno de sus grandes ojos azules en un enfrentamiento callejero con la policía, pidió la palabra; acto seguido, le preguntó a Vargas Llosa si así como su literatura era inconscientepara la vida, él era consciente de la imagen publicitaria que venía dándose de enemigo de la Revolución cubana. Topin no solo fue volviendo trizas –como dicen ahora- el planteamiento de Vargas Llosa, sino que hábilmente y con oratoria de mitin callejero fue transformando su intervención en denuncia contra los traidores a los intereses de los oprimidos, a los amigos de la revolución, contra ese renegado presente que se había declarado primero amigo y luego, aquel día, un apóstata del en aquel entonces único ejemplo de cambio social en América Latina.
La denuncia se fue convirtiendo en diatriba contra la literatura y el planteamiento de Vargas Llosa: de modo que era uninconsciente para escribir, pero era consciente para atacar a Cuba, como mecanismo publicitario para vender sus escritos. Esto generó, por supuesto, un sentimiento de indignación contra el invitado especial por parte de los asistentes. Topin no lo bajó de mercachifle y oportunista, con el apoyo todavía silencioso y estupefacto de tirios y troyanos —en aquel entonces, El Tiempodejaba asomar su simpatía por Cuba—. Y cuando ya todos sentimos que era el momento de linchar a Vargas Llosa, Topin le dio un giro reflexivo a su discurso incendiario: en lugar de pedir que sacáramos a sombrerazos al villano, hizo un bellísimo y detallado elogio de José María Arguedas como un literato leal y comprometido con la vida y la cultura de su pueblo y de su país. El invitado, callado, cuando vio que la espuma de la rabia había llegado a su clímax, se retiró del auditorio de la Universidad de Caldas, no volvió a aparecerse ni por el festival ni por la ciudad, y por muchos años, ni por el país. Topin no alcanzó a terminar su larga intervención cuando se disolvió la nutrida reunión, pero ya la suerte estaba echada: Mario Vargas Llosa no era bienvenido.
De aquel encuentro heredé dos sentimientos para el resto de mi vida: siempre que leía a Vargas Llosa lo hacía con cierta desconfianza inevitable, con la sospecha de que había una “doble intención” en sus novelas, y en cambio, empecé a leer a José María Arguedas con el fervor y la unción de un creyente. No obstante, lo que predominaba en el espíritu en aquel momento era el orgullo de haber sido partícipe de una batalla latinoamericana. Y esto fue una revelación sagrada: éramos arte y parte de un continente. El Festival Internacional de Teatro de Manizales nos legó —a mí, por lo menos— ese componente de la vida.
Plan D
En este ejercicio de memorias, en esta “descarga” —como les dicen en Cuba a las sesiones musicales que culminan con toques improvisados—, aparecen entre mis más gratos recuerdos las deliciosas polémicas con los periodistas que cubrían de oficio la cuarta edición del FITM: Guillermo Rodríguez Muñoz y Guillermo González Uribe. Guillermo Rodríguez tenía el encanto de su elocuencia detallada y estilo barroco, pues todos los años comentaba la temporada taurina, la cual tenía en las corridas de la Feria de Manizales uno de sus escenarios. Esa gracia de comunicar, léxico especializado mediante, las minucias de una corrida en cuerpo presente y de viva voz, era un talento que la academia no debería haber pasado por alto. Él sabía clasificar y describir en el instante “a un toro bragado, alegre y corniveleto, con ojo de perdiz”. Era el corresponsal de El Tiempoque cubría el festival.
Guillermo González Uribe, por su parte, es una especie de héroe cultural del periodismo, pues fue director del “Magazín Dominical” de El Espectador—hoy mirado con más pena que gloria— y posteriormente de la revista Número—entre otras cosas, una de las pocas que aceptó varias veces mis desgarbados escritos—; ahora es autor de libros y rescatista de las valiosísimas remembranzas gráficas del maldito 9 de abril, muchas de ellas tomadas por su padre, Sady González. Guillo fue un duro, con el que compartimos momentos estupendos y tristes, episodios inolvidables de la vida.
Recuerdo también a un periodista italiano, Giorgio Ursini, a quien me he vuelto a encontrar en los festivales de teatro de alto nivel en todas las latitudes. En el II Festival de Teatro de las Naciones, celebrado en Caracas, trabajaba para el recién fundado diario romano La Repubblica, y después fue empresario de grupos y quién sabe qué otras cosas; me cuentan que tiene una villa preciosa y bucólica en la Toscana, que nunca conocí.
Bueno, ahora recuerdo que la primera vez que fui al Festival de Teatro de Manizales viajé en un bus intermunicipal con varios compañeros de la universidad. Después de un par de horas de cruzar la cordillera Central comienza el ascenso de la llanura del Tolima, hasta llegar a las cumbres caldenses, y aparecía por trechos lo que más tarde se convertiría en el majestuoso paisaje de la zona cafetera, nuestras “pirámides” sembradas, nuestras obras monumentales como las llamaría un británico colombianista, en una aleve pero afortunada comparación con las pirámides mayas y la ciudad inca de Machu Picchu, hoy declarada patrimonio cultural de la humanidad en la categoría de paisaje productivo.
Un breve descanso en Padua por cierto inconveniente mecánico nos permitió merodear un rato por la plaza y por la farmacia, lugares familiares de la infancia para nuestro extraordinario escritor y poeta William Ospina; finalmente, después de un arduo premio de montaña, pudimos gozar de la cálida y legendaria hospitalidad de esta ciudad, que se caracteriza por una geografía de cuestas y repechos. La gente recibía a los teatreros en su casa a muy razonables tarifas, con desayuno y un cariño familiar y de confianza que no solo hacía perfecta nuestra estadía, de horarios y estados etílicos casi inverosímiles, sino que nos acostumbramos a comer el “algo” y la “parva” con el chocolate Luker varias veces al día, para recargar baterías con calorías suficientes para las extensas jornadas.
La programación empezaba generalmente a las nueve de la mañana, pero había representaciones que comenzaban a las doce de la noche (no sé por qué justo en este momento me acuerdo de una obra del grupo La Barraca, de Portugal, que vi en función de medianoche en el coliseo de baloncesto de la universidad, con una obra que ocurría a manera de encuentro deportivo entre el cielo y el infierno, una puesta en escena entretenida y fascinante de este también renombrado y talentoso grupo que, según tengo entendido, sigue funcionando en Lisboa).
Pero había un atractivo tremendo que se nombraba poco en voz alta pero cuyo influjo no podía negarse: la conocida y mítica belleza de las muchachas de Manizales. Incluso nuestra única Miss Universo en ese entonces, a quien habíamos conocido en la estampilla del servicio de correos de Colombia en su traje de baño enterizo azul celeste, con la banda, el cetro y la corona de la belleza universal… Esto agregado a la reciente creación de Mary Quant, a la existencia redentora de la píldora anticonceptiva y sobre todo a la cariñosa aquiescencia de nuestras contemporáneas locales, así como a sus lanzados besos y caricias, que eran casilo máximo.
Esta ciudad, cuyo principal atractivo turístico era trepar a la cima de una de las torres de la catedral para contemplar el “paisaje mediterráneo”, de frijoles a todas horas, de una librería de viejo, de turrones, milhojas y acordeones de la pastelería Suiza, de canciones tristes y tangos de cafetín, todo a una escala humana, de distancias caminables, esta ciudad estudiantil, resultaba ideal para acoger al pionero de los festivales internacionales en Colombia.
Carlos-Ariel Betancur, un empresario visionario que, como ya se dijo, creó y condujo el FITM, fue director del Teatro Los Fundadores, director de Textos—la publicación que salía durante el festival—, autor de diversas columnas de El Tiempoy director de una revista de cine —creo que se llamaba Cinema—, era un hombre cálido pero firme, graduado en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas, después de haber cursado estudios de Medicina en Buenos Aires y haber conocido el muy activo y animado movimiento teatral de Argentina y Uruguay; de este último país pudimos ver el emblemático grupo El Galpón, de Montevideo, que sobrevivió a la persecución y al exilio y vivió siempre del teatro.
Atahualpa del Cioppo, uno de los fundadores de El Galpón, fue un emigrante italiano que se convirtió en una especie de leyenda por su honradez, su agudeza, la intensidad y el acabado de sus montajes, así como por su alto nivel intelectual y el de sus colaboradores. A uno de los directores de El Galpón, César Campodónico, lo invitaron a dirigir en Colombia Quién le teme a Virginia Woolf, uno de los primeros grandes montajes del Teatro Nacional.
Pero además de este por supuesto incompleto listado de recuerdos, debo compartir mi experiencia personal desde el escenario de Los Fundadores, de la cual me resuena todavía en la mente algo que puede parecer un hecho paradójico: lo que me viene primero a la cabeza es el silencio. La sala, quizá la más noble de los teatros colombianos, permite establecer una relación mágica con el público, con ese público expectante que lo suele llenar cada noche de festival.
Yo venía con Bent, la obra de Martin Sherman sobre el amor entre dos hombres durante el régimen bestial del Tercer Reich… Desde la Noche de los cuchillos largoshasta su encuentro dramático y final en el campo de exterminio de Dachau.
Humberto Dorado (izq.) y Jorge-Emilio Salazar, en la obra «Bent» (Escernografía de
Carlos Duque y fotografía de Carlos-Mario Lema
Veníamos en una breve gira y de un éxito clamoroso, aunque encubierto, en el Teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín. La historia de amor entre dos hombres, bellísimamente escrita por Sherman, era motivo de escándalo para moralistas y jerarcas que ponían reparos y amenazas a los contenidos de las obras, tratando de coartar y “reglamentar” la libertad de los creadores. Varios monseñores (debo decir, a mi pesar, que también algunos representantes de la comunidad judía) se manifestaron en contra y trataron de prohibirla, pero el público, incluyendo el público homosexual, severamente vigilado, criticado y perseguido —en esa época mucho más que ahora—, la consagró en un inolvidable silencio. La belleza y la polémica —desatada sorprendentemente desde Nueva York— la volvieron una especie de ritual que desató en nuestro medio algunos comentarios hasta un poco risibles: la calificaron de “proselitismo homosexual” (era como la reciente acusación de relación excremental de un senador cuasivitalicio, godo y medio tramposo).
La función en Los Fundadores fue lo máximo. La alquimia mágica de actor-emoción-público es un fenómeno equivalente al misterio de transustanciación de la misa. Y así ocurrió en aquella función muchos años después, tal vez en 1985. Como actor, era de verdad estremecedor sentir la entrega de los espectadores; era un sentimiento “físico”, una vibración en el espacio y en los huesos que se manifestaba en el más profundo silencio. Esto puede sonar extraño, pero es verdad: el silencio sacralizaba la comprensión. Y sentí que esta sala del teatro había sido el espacio perfecto para esa especie de milagro de transustanciación de sangre humana en el vino, de la entrega y la compasión, del arte del teatro. El silencio fue un motor invisible e inaudible pero arrasador. Mil vivas al Teatro Los Fundadores. Pocas salas son tan propicias para alcanzar estos momentos tan cercanos al éxtasis.
Habría que preguntarle a Octavio Arbeláez cuándo, en qué edición, con qué público, en qué año, fue esta función de Bent, una de las mejores de mi quehacer teatral, la cual, según me comentaron, fue trasmitida por nuestra televisión pública en directo. Arbeláez, quien tomó en sus manos los inciertos destinos del FITM, interrumpido por once años, merece hoy el más efusivo reconocimiento.
Epílogo
Este Festival Internacional de Teatro de Manizales fue el primero y por ello el más importante de mi vida. Y de seguro, seminal de una época histórica de nuestro teatro. Las obras que vi me deslumbraron, me motivaron, me conmocionaron y constituyeron mi escuela continental, esa conciencia que ha estado presente a lo largo de mi vida y de mi carrera. Las veces que trabajé en su escenario sentí que estaba en el mejor espacio para el ejercicio verdaderamente profesional. Es más, casi lloro cuando en un viaje pasé por sus instalaciones y supe que las administraciones municipales habían permitido que se degradara a un cine de refritos de quinta categoría.
Felicito a sus valerosos defensores y me pregunto, como entonces, como aquella tarde reciente en que me invitaron a una memorable corrida de feria —con toros de quien fue el primer “presidente en ejercicio” del Festival Internacional de Teatro de Manizales, el doctor Ernesto Gutiérrez Arango—, si sigue la controversia acerca de la letra de ese himno pasodoble, pues aquella tarde, con el Nevado del Ruiz a la vista y ese color deslumbrante del cielo al atardecer, volvimos a discutir si se debía cantar “Ay, Manizales de MALVA; ay, Manizales de armiño…”, o si debíamos ceder a la versión popular cantando a voz en cuello: “Ay, Manizales del ALMA…”.
1El autor se había ganado el concurso de cuento para menores de 21 años que había organizado Alfonso Lizarazo con un jurado integrado por Gonzalo Arango, Elkin Mesa y Julio Nieto Bernal desde la emisora Radio 15, con cuentos escritos en el bar Gambrinus en horas de clase (Cuentos sin recompensa. “Para quitarle el blanco al papel”. Bogotá: Ediciones Testimonio, 1968).
Agradecimientos y recuerdos
Tuve que enfrentar la dificultad de que en la lista hay vivos y muertos. Entonces, siguiendo el principio según el cual si los recuerdo están vivos, al menos en mi memoria, hice esta lista en la que los incluí a todos indiscriminadamente, como en una de las fiestas del Festival Internacional de Teatro de Manizales. Mil perdones por las inevitables omisiones:
Carmenza Isaza, Jorge Emilio Salazar, Luz María Jaramillo, Carlos Ariel Betancourt, Constanza Duque, José Luis Andreoni, Ángela Escobar, Alejandro Luna, Atahualpa del Cioppo, Betty Rolando, Gabriel Germán Londoño, Beatriz Helena Puerta, José Monleón, Elsa Victoria Muñoz Gómez, Jerzy Grotowsky, Fanny Mikey, Fernando Ruiz, Lina Isabel Dorado, Diego Luna, Tage Larsen, María Morán, Carlos Cortés Muñoz, Petra Martínez, Carlos José Reyes, Juan Margallo, Olga Lucía Lozano, Eugenio Barba, Conrado Zuluaga, Erwin Goggel, Felipe Escobar Uribe, Blas Braidot, Sarah Isabella Marsh D., y, por supuesto, Margarita Jiménez Cerón y Octavio Arbeláez.