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Las «Memorias intelectuales» de Jaime Jaramillo-Uribe / Notas de lectura

Por vocación intelectual y por imperativo de conciencia,  Jaime Jaramillo-Uribe se decide en el 2002 a recontar su vida, en los trajines de  una personalidad surgida casi de la nada, con una vocación ardiente por el saber, que supera obstáculos tempranos construyendo su cauce para avanzar sin pausa hacia metas ambiciosas. Su hijo, Lorenzo, pintor prolífico y de calidad, de enormes inquietudes intelectuales, le insistió en la importancia de escribir las memorias, lo cual hizo dejándole a la vista un texto de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que el autor reproduce al principio de las Memorias, con el mensaje de la importancia en recoger el testimonio personal de lo vivido, soñado, pensado y elaborado.

La estructura del libro comprende cuatro partes: Los años de formación (capítulos I al VI), La experiencia europea y los años cincuenta en Colombia (del VII al IX), Academia y producción intelectual (del X al XIV), y Entre Europa, Colombia y América Latina (del XV al XVII); un total de diecisiete capítulos.

Nacido en Abejorral (1917), pero a los dos años de edad la familia se traslada a Pereira (que el autor identifica como «Otún» en las Memorias), y en ambiente de provincia transcurre su infancia. Al recontar la vida de la familia, no oculta las penurias que padeció para hacerse a una educación básica, la primaria y el bachillerato, habiendo suspendido por tres años éste con el propósito de trabajar para el sostenimiento y para continuar el estudio. Se ocupó de monaguillo primero, luego como empleado de comercio, a la muerte del padre. La vocación inquebrantable de estudio le permitió mirar siempre adelante, con metas graduales que alcanzaba con tenacidad

Temprano adquirió el hábito de la lectura, comenzando por la curiosidad en familia donde algunos libros animaban el ritual de compartir, incluso acudiendo a la forma de alquiler. Y en una peluquería del padre de unos de sus compañeros, leía periódicos y revistas, enterándose del acontecer del país y en alguna medida del mundo. Incluso trenzó amistad con librero de estirpe sirio-libanesa, quien le permitía «zapotear los libros», y también en ella compró los primeros que tuvo.


Jaime Jaramillo-Uribe. Memorias intelectuales. 
Ed. Taurus & Universidad de los Andes,
Bogotá 2007; formato: 15×24 cms.; 304 pp.   ISBN: 978-958-704-480-5

A los trece años sintió interés por la vida política y social. De manera paulatina fue informándose de los movimientos sociales y de las corrientes ideológicas, hasta tomar partido del lado de liberales y socialistas. A los 17 años, huérfano, decide instalarse en Bogotá para terminar el bachillerato y cuenta con el apoyo de tío solvente, quien le asigna tareas de cajero en un café y en un hotel campestre. Ingresa a la Escuela Normal Central, al quinto grado, y no al cuarto grado que debía ser, en razón de los adelantos por la formación personal. En ella fue alumno de literatura de María Eastman, esposa de Gerardo Molina. En el área de manualidades se formó en la carpintería, y tuvo aficiones por la física y las matemáticas. Corría el primer gobierno de Alfonso López-Pumarejo, de grandes y positivas reformas, bajo el lema de la «revolución en marcha», con el ímpetu de la Escuela Nueva en educación, la escuela activa que seguía los principios de Decroly, entre otros, introducida a Latinoamérica por Colombia, gracias a Don Agustín Nieto-Caballero.

Por sus preocupaciones sociales tomó interés en personalidades incorporadas al gobierno de López-Pumarejo: Alberto Lleras, Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, Plinio Mendoza-Neira, Antonio García, Mario Galán-Gómez… En especial le impactó la inteligencia, la formación y la capacidad de trabajo de Antonio García, con su primera obra de temas económicos y sociales: «Geografía económica de Caldas». Anota el interés de éste en fundar un partido socialista, con obreros, intelectuales y estudiantes, que entró a llamarse «Liga de acción política», con la publicación de la revista mensual «Masas».

Por la amistad que trenzó, a través de María Eastman, con Gerardo Molina, tuvo acceso a su biblioteca, de la que leyó libros de Mariátegui, Bujarin, Marx, Engels, Plejanov, Lenin,… Lecturas a las que fueron agregándose libros de adquisición personal.

La guerra civil española le afianza en su conciencia de pacifista y de rechazo a las guerras, a la vez que se fue interesando por las literaturas española, alemana y francesa. En esta etapa lee obras de Barbusse, Rolland, los poetas republicanos españoles García-Lorca, Alberti, Miguel Hernández, Bergamín…, que combinaba con lectura de Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Ángel Ganivet, Unamuno…

Toma nota de la oposición al gobierno de López, en especial a las reformas educativas, gestada por ideas conservadoras con epicentro en la Universidad Javeriana, con el padre Félix Restrepo de rector, quien distribuía sus aplicaciones también en la filología y la política. El autor lo identifica como ideólogo de corporativismo criollo, influido por el franquismo de España, por el dictador Oliveira Salazar de Portugal. Observa que a esa corriente se le sumó otra denominada «Testimonio» conformada por algunos juristas católicos influenciados por el pensamiento de Jacques Maritain, entre quienes se encontraban el austríaco Jacques Uprimny, Emilio Robledo, Carlos Holguín, Álvaro Copete-Lizarralde, por paradoja profesores de la Universidad Nacional, institución esta que venía siendo atacada por sectores conservadores con calificativos de «subversiva” y “marxista».

En 1937 termina en la Escuela Normal «chiquita», como dice el autor, con el grado de «maestro de escuela primaria». Pero su ambición se orientaba a cursar estudios universitarios y avanzar en campos de las ciencias sociales, con algunas veleidades tempranas por el Derecho y la Medicina. Pero al fin ingresa a la Escuela Normal Superior regentada por José-Francisco Socarrás y fundada en la primera administración de López-Pumarejo, de influencia francesa, con el propósito, lo recuerda el autor, de formar líderes en cuatro campos: «ciencias naturales (biología, botánica y zoología), matemáticas y física, filología y lenguas, y ciencias sociales (sociología, historia, economía y etnología).»

Al tener claridad sobre su destino, decide comenzar con filología atraído por el estudio de griego y latín, en virtud de considerar que no era posible obtener cultura sólida sin la base de esas dos lenguas. Por sugerencia de Socarrás se trasladó a ciencias sociales, licenciatura que culminó con éxito.

De la Escuela Normal Superior recuerda con especial gusto a los profesores europeos: españoles, franceses, alemanes, emigrados por la causa inefable de las guerras, e ingleses de la embajada. Entre ellos es de muy especial recordación Paul Rivet, fundador del Instituto Etnológico (luego Instituto Colombiano de Antropología), y director a su regreso del Museo del Hombre en París.

Otros profesores de los llegados que recuerda: Rudolf Hommes (padre del homónimo vigente, ex ministro de Estado en Colombia), alemán que «enseñaba una historia poco convencional con muchas alusiones a la sociología y a las ciencias auxiliares de la historia», el también alemán Gerhard Massur que impartía lecciones de historia moderna, siglos XVII al XIX. Justus Wolfram Schottelius, otro alemán, el profesor de etnología de América. Pablo Vila, catalán, profesor de geografía universal y de Colombia. Otro catalán, José de Recaséns,  que completó su formación de antropólogo al lado de Paul Rivet. El andaluz José-Francisco Cirre, profesor de historia medieval de España. Ronna Earl, que enseñaba literatura inglesa, área compartida con Howard Rochester. En matemáticas estaba el alemán Kurt Freudenthal. Estela de figuras en las letras y las ciencias, que contribuyeron de manera especial a estimular las inquietudes intelectuales de Jaramillo-Uribe.

Destaca el papel de los gobiernos liberales en la traída de esas personalidades y en el estímulo para su labor intelectual y docente, la cual tuvo serio revés en los gobiernos conservadores de Ospina-Pérez y Laureano Gómez. En este aspecto de la oposición que padeció la Escuela Normal Superior, recuerda la sufrida en el gobierno de Eduardo Santos (1938-1942), por parte de los conservadores y de sectores liberales como los ataques que realizaba Enrique Santos-Molano, «Calibán», desde «El Tiempo», por considerar a la Escuela como «foco de difusión del marxismo». El autor registra que esos ataques se encaminaban ante todo contra los profesores extranjeros, en especial a los españoles, por considerarlos «rojos», contra el rector Socarrás y contra el mismo Jaime Jaramillo-Uribe cuando al egresar ingresa como profesor.

El papel de esa añorada institución lo resume el autor en los siguientes términos: «La Escuela no solo fue fecunda e innovadora en el campo de las ciencias sociales. También lo fue en las lenguas modernas y clásicas. La literatura, la física, las matemáticas y las ciencias naturales recibieron igualmente un gran impulso. El sector de filología e idiomas tenía un selecto grupo de profesores nacionales y extranjeros; además del recordado filólogo español don Urbano González de la Calle, profesores ingleses, franceses y estadounidenses suministraron al sector un brillante grupo de catedráticos…/ La Escuela también fue innovadora en los campos de las matemáticas y de las ciencias naturales, sobre todo en lo que respecta a la biología, la química y la física, y realizó en estas áreas una fecunda labor de animación científica y pedagógica.»

En ese rico ambiente académico-intelectual obtuvo su formación esencial Jaramillo-Uribe, con orientación a las Ciencias Sociales, pero sin descuidar el interés por la ciencia básica, en física, química, biología, y en los idiomas. Desde ese entonces tuvo idea clara de la que debía ser la formación integral de un intelectual.

De los compañeros de estudio recuerda a Luis Flórez, que llegó a ser filólogo eminente del Instituto Caro y Cuervo, a Aristóbulo Pardo, también experto del mismo Instituto, en el campo de la lexicografía, pero luego por la situación que padecieron los liberales o no-consevadores, como refiere el autor, en los gobiernos de Ospina-Pérez y Laureano Gómez, Pardo abandona su labor científica y se dedica al comercio. El tercer condiscípulo al que alude es Gustavo Correa, especialista en literatura española contemporánea, quien fue a dar a Estados Unidos como profesor de la Universidad de Yale. Otro al que menciona es Gustavo Ibarra-Merlano, quien orientó a García-Márquez en lecturas de los trágicos griegos, estuvo dedicado al derecho aduanero, sin desperdiciar su formación en filología y literatura, poeta de calificada producción, recogida como “Antología poética (1945-2001)” en bella edición del Ministerio de Cultura (2002), con selección y prólogo de Gustavo Tatis-Guerra.

En la formación de Jaramillo-Uribe está presente el interés por lo social con expresión política de rebeldía frente al estado de cosas imperante. Adopta desde temprano, en los años de la Escuela Normal Superior, una actitud ideológica de izquierda, con admiración por procesos como los de la Unión Soviética, en virtud de lecturas, observaciones y amistades. Tiene muy presente los orígenes del partido comunista y del partido socialista democrático. Vio con curiosidad, pero alejado radicalmente de sus filas, el surgimiento del Nacionalismo, movimiento que acaudillaron Gilberto Alzate-Avendaño y Silvio Villegas, a imitación de la falange española.

En 1944 le correspondió llevar la vocería del partido socialista democrático en acto de promoción de candidatos a las más altas corporaciones públicas, con elogio al socialismo, que el autor recuerda y califica de alocución ingenua y seudofilosófica.

Da cuenta de la complejidad del período 1940-1945, por la segunda guerra mundial, y en el caso colombiano el segundo gobierno de Alfonso López-Pumarejo (1942-1945), que termina un año antes por declinación propia, siendo sustituido por Alberto Lleras, quien ejercía de Ministro de Gobierno y Primer Designado. La división de los liberales condujo a Mariano Ospina-Pérez, conservador, a la presidencia en 1946, con período hasta 1950. En este gobierno comienza etapa dramática en la historia del país reconocida como «época de la violencia».

De esa década del cuarenta recuerda las amistades, resultado de su militancia en la Federación de Estudiantes, que fueron parte consustancial en su proceso de formación y en la fundación del periódico El estudiante. Esos amigos fueron Frank Mejía-Jaramillo, Enrique Solano, Jorge Nasar-Quiñones y Julio-César Zabala, todos de la izquierda, incluso con simpatías al partido comunista y a la Unión Soviética. Recuerda que el primero de ellos tuvo la apreciación justa sobre los horrores del régimen de Stalin, calificándola de «dictadura afrentosa», permitiéndoles abrir los ojos para no desvanecerse en ilusiones frustrantes. Además de aquellos recuerda sus amistades con intelectuales conservadores, sin tomar en consideración la enorme distancia ideológica que lo separaba de ellos, en especial con los poetas Eduardo Carranza, Gerardo Valencia y Arturo Camacho-Ramírez, así como con la totalidad del grupo Piedra y Cielo, donde participaban también Carlos Martín y Jorge Rojas. También guarda testimonios de conocimiento de los poetas Luis Vidales y Aurelio Arturo.

Su afición por la música, adquirida tempranamente, la acentuó con el conocimiento del melómano Ignacio Isaza-Martínez, ingeniero, funcionario del Banco de la República, quien solía reunir amistades en su apartamento para escuchar música y compartir sus eruditas explicaciones, con acercamiento a las obras de Bach, Mozart, Beethoven, Debussy, Schönberg, Stravinsky, entre otros.

De amistades que vinieron en etapa siguiente estaban Mario Latorre-Rueda, Jaime Cortés-Castro, Vicente Laverde-Aponte, Fernando-Antonio Martínez y Carlos-Ariel Gutiérrez, a los que les dedica párrafos destacando la formación de ellos y sus desempeños públicos.

La ambición de formarse como intelectual de rigor, lo llevó también a estudiar Derecho, pasando por los claustros del Externado de Colombia y de la Universidad Libre, donde terminó estudios en 1946; viaja a Francia a finales del mismo año y al regreso en 1948 obtuvo el título con tesis sobre el primer censo industrial (1945).

Acentuó sus estudios sobre historia moderna de América Latina, con observaciones particulares en países que presentaban interesantes cambios políticos: Brasil, Argentina, Chile, México y Cuba. Se adentra en lecturas de obras de intelectuales argentinos, del campo de la izquierda, como Rodolfo Puigrós, pero también en el conjunto como lo advirtió en su acercamiento a la revista Sur que orientaba en Buenos Aires Victoria Ocampo, con lecturas, entre otros, de Aníbal Ponce, Sergio Bagú, Borges y Eduardo Mallea, de quien le impactó su ensayo sobre el sentido heroico de la vida. De Ponce tuvo admiración por su ensayo «Educación y lucha de clases». Por traducciones de dicha Revista se aproximó a algunos novelistas ingleses como Charles Morgan y Virginia Woolf.

En los notorios avances, fue accediendo al estudio de autores protagónicos en sociología, filosofía e historia, como en el caso de las obras de Max Weber, Edmund Husserl, Martin Heidegger, Ernst Cassirer, Georg Simmel, Theodor Mommsen y Friedrich Meinecke, en el campo de la lengua alemana. Considera que José-Carlos Mariátegui y Aníbal Ponce fueron las personalidades intelectuales más influyentes en la formación política de su generación, e incluso en la de inmediatos antecesores como Gerardo Molina y Luis-Eduardo Nieto Arteta. También se preocupó por leer a Domingo-Faustino Sarmiento, a José Ingenieros, a José-Enrique Rodó, a Jorge Amado, José Vasconcelos, Daniel Cosío-Villegas, Antonio Caso, Alfonso Reyes, Francisco Larroyo, Eduardo García-Máinez, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Rosamel del Valle, Pablo de Rokha, Juan Marinello, Nicolás Guillén…

En su vasta inquietud intelectual abordó temas de la ciencia, en sus problemas teóricos, con lecturas de textos de física moderna y biología, incluyendo la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, las ideas de Ernst Mach y de Max Planck, y el origen de la vida. De igual modo hizo estudios personales de griego y latín, hasta acceder a cierto manejo de gramática y vocabulario, al igual que se ocupó de lenguas modernas como el francés, el inglés y el alemán, con excelente manejo.

Hay la curiosidad que el alemán comenzó a estudiarlo al lado de Danilo Cruz-Vélez, con viejo profesor al que llamaban Kunz, jubilado del Colegio Andino de Bogotá, y en contacto con otro ambiente de cultura alemana como lo fue la casa de Carlota Massur, esposa de su profesor Gerhard Massur, quien fue a dar a Estados Unidos pero ella quedó en Bogotá. Las clases de alemán las continuó con Carlota usando como texto selección de la obra poética de Hugo von Hofmannsthal. En la biblioteca que ella conservaba del profesor Gerhard se interesó por las obras de historiadores como Leopold von Ranke y Friedrich Meinecke, como también por historias del arte y poetas alemanes.

De igual modo se interesó por el movimiento intelectual y la vida política de Estados Unidos. Leyó a John Dos Passos, a John Steinbeck, a Erskine Caldwell, a Sinclair Lewis, en literatura contemporánea, y autores anteriores como Vernon Louis Parrington y Henry David Thoreau.

Sorprende la manera sistemática y de buen ritmo como Jaramillo-Uribe accede al conocimiento, con dinámica propia, atento a los fenómenos de la época y sintonizado con la historia, para explicarse situaciones. Está el caso de la comprensión anticipada que adquiere en el derrumbe de la Unión Soviética, que tuvo en la planificación económica centralizada el intento de contraponer modelo de mayor alcance al del capitalismo, con el fracaso conocido. Estudió a Karl Mannheim, y vio en los novelistas ingleses Aldous Huxley y George Orwell, cabeza de oposición a lo que llama «fiebre planificadora y racionalizadora». Las utopías de Orwell las vio realizadas en el pronunciamiento de Kruschev en 1956 contra el estalinismo y en las reformas de Gorbachov de 1980.

Destaca de manera muy especial el período de Gerardo Molina en el rectorado de la Universidad Nacional de Colombia, cumplido de 1944 a 1948, el que califica de «singular dinamismo», y menciona «entre las muchas iniciativas innovadoras de Molina», la creación de los institutos de Economía y Filosofía, como las más singulares. Atribuye la iniciativa del Instituto de Filosofía, hoy Departamento, a grupo de intelectuales con Luis López de Mesa, Eduardo Caballero-Calderón, Rodrigo Jiménez-Mejía, Danilo Cruz-Vélez, Rafael Carrillo y algunos periodistas y escritores adherentes, que comenzó labores en 1945 con la conferencia de apertura de Luis López de Mesa y la dirección de Rafael Carrillo. Anota que la carrera de Filosofía la comenzaron unos cincuenta alumnos, y que se vincularon profesores independiente de su filiación religiosa o política. Señala como reconocidos católicos a Cayetano Betancur, Abel Naranjo-Villegas y Jaime Vélez-Sáenz, y como indiferentes o sin partido a Danilo Cruz-Vélez y Rafael Carrillo. Para el Instituto de Economía fue designado como director, Antonio García, autor que ya era conocido por su «Geografía económica de Caldas».

El autor registra el siguiente importante testimonio: «La rectoría de Gerardo Molina en la Universidad Nacional, que fue, como lo he dicho, muy innovadora y fecunda, también fue muy combatida y atacada por los sectores conservadores del país y aun por algunos sectores liberales, los mismos grupos que en 1936 y años siguientes habían rechazado el ingreso de la mujer a la universidad, la creación de nuevas carreras, la autonomía universitaria y la incorporación de docentes extranjeros… Molina tenía un criterio amplísimo que insistía sobre todo en la capacidad académica de los profesores.»

Jaime Jaramillo comenzó de profesor en la Escuela Normal Superior al termino de su licenciatura, entre 1942 y 1946, donde asumió la dirección de prácticas pedagógicas del instituto anexo Nicolás Esguerra y la cátedra de Sociología en la Normal, para la cual se apoyó en excelentes publicaciones del Fondo de Cultura Económica, de México, con autores como Max Weber, Barnes y Beker, Adolfo Menzel, Durkheim, Pareto, Leopoldo von Wiese y Thorstein Veblen. De igual modo se benefició de obras publicadas por Editorial Losada en Buenos Aires, que también llegaban, de autores como Hans Freyer y Ferdinand Tönnies.

Ese curso de sociología asimismo lo asumió luego en la Universidad Nacional, ampliando lecturas como la de Georg Simmel, difundido por las ediciones de «Revista de Occidente». También se nutre de obras publicadas por Espasa-Calpe. Por su propia experiencia de estudioso-lector, afirma que cuando se escriba la historia de la cultura moderna en Latinoamérica, deberán aparecer con capítulo especial la enorme labor cumplida por Fondo de Cultura Económica, Espasa-Calpe, Revista de Occidente y editorial Losada.

De esa etapa, Jaramillo-Uribe adquiere conocimientos que le permiten asumir planteamientos y autores de avanzada, como en el caso de elegir a Toynbee por encima de Spengler, en virtud del pensamiento más realista de aquel, también por observarlo más acorde con la historia y con la interpretación histórica del principio de causalidad. Y le quedó fija la gran lección de Durkheim: «todo hecho social debe explicarse por otro hecho social y no por un hecho natural.»

En los años 1947 y 1948 realizó estudios de especialización en París becado por el gobierno francés, en su calidad de docente de la Escuela Normal Superior, al igual que lo fue su director, José-Francisco Socarrás, con quien compartió esa experiencia. Tuvo en La Sorbona como tutor al sociólogo George David, discípulo de Durkheim. Tomó cursos con Jean Wahl y Gaston Bachelard, entre otros. Como atento observador, Jaramillo-Uribe hizo seguimiento a los movimientos intelectuales, en especial a los de izquierda. Leyó con atención el semanario «Lettres Françaises» que dirigió Louis Aragon. Recuerda que de las lecturas de ese entonces la que más lo impactó fue el libro «Le trahison des clercs», de Julien Benda, donde criticó con dureza a sectores de la literatura que se habían dedicado a desacreditar la razón, como el caso de André Gide en «Les Nourritures terrestres». De la lectura de Benda afianzó el criterio de estar siempre la política involucrada en las actividades intelectuales, tanto culturales como científicas, con la convicción de ser ciudadanos antes que intelectuales.

Su permanencia en Francia le facilitó emprender viajes por España, Bélgica y los Países Bajos, Italia, engrosando sus conocimientos y afianzando la anhelada formación. Regresa a Colombia en la antesala del fatídico 9 de abril de 1948, y Rafael Maya, el poeta, director en la Escuela Normal Superior le comunica lacónicamente que la Escuela no tiene nada que ofrecerle. Trabaja temporalmente en la «IX conferencia panamericana», como revisor y corrector de documentos. Después del 9 de abril se engancha con la «Revisoría fiscal de instituciones de crédito y fomento», donde labora dos años, que considera «provechosos», por cuanto tuvo oportunidad de recorrer el país, y adquirió «la evidencia del fenómeno de la corrupción administrativa» en las instituciones oficiales que visitaba, con aprendizaje de aspectos de economía, balances y estados financieros, conocimientos que aplicó en estudio minucioso de los balances de los institutos vigilados por la Revisoría, publicado en la memoria anual del Revisor ante el Congreso de la República. Luego, en 1950 entra como subdirector del periódico ‘El Liberal», donde escribió la columna «Hoy», heredada de Hernando Téllez. Al año de laborar allí el periódico cierra y monta oficina de abogado litigante, con los utensilios que le entregan en el periódico en pago. Relata las anécdotas de los primeros casos que le cayeron: el de un chofer que con camión mató niño que jugaba en la calle, y de otro relacionado con los efectos sufridos por el «Café Imperial» debido a construcción contigua, caso que declinó al ver que era de envergadura, por fuera de su capacidad de litigante aprendiz.

En el capítulo que dedica al cambio político sufrido en el país en los comienzos de los años cincuenta, con población del orden de los ocho millones de habitantes, sienta bases para explicar el surgimiento de la violencia. Recuerda los dos últimos años conflictivos del gobierno de Ospina-Pérez, quien ocupó la presidencia de 1946 a 1950, y la manera como éste se pliega a la postulación de Laureano Gómez, quien resulta vencedor en los comicios, con la abstención de los liberales. Por entonces surge la policía identificada como «chulavitas» en Boyacá y otros departamentos, con la misión de reprimir la reacción de los liberales. De igual modo surgen los «pájaros», como «el Cóndor» en el Valle del Cauca, con su oleada de crímenes. Se desata el «período de la violencia», con la organización de guerrillas liberales en el campo, en defensa de la ejercida oficialmente contra liberales rasos.

Recuerda el autor las diligencias que adelantaron Ospina y Alzate-Avendaño, incluso con liberales, para tumbar a Laureano, lo que ocurre en junio 1953 con el golpe militar del general Gustavo Rojas-Pinilla. Se remonta a los antecedentes en conflictos agrarios desde 1930 en los departamentos de Cundinamarca y Tolima, con especial expresión en el municipio de Viotá, influenciado por el naciente partido comunista.

Alude a la Universidad Nacional en ese decenio. Con la llegada de Rojas al gobierno, se nombra a Cástor Jaramillo-Arrubla como rector y a José-Manuel Rivas Sacconi de secretario general. Cayetano Betancur dirigía el Instituto de Filosofía, quien lleva a Jaramillo-Uribe como profesor con dos cursos de historia moderna y uno de historia de Colombia. Del cúmulo de actividades académicas que desempeñó quedaron ensayos  sobre historia de las ideas en Colombia, en la revista «Ideas y Valores», al igual que reseñas bibliográficas, y un libro: «Historia de la pedagogía como historia de la cultura», a partir de notas tomadas por dos alumnas.

Cuenta curiosa anécdota, relativa al gobierno de Laureano: siendo rector de la UN Julio Carrizosa-Valenzuela, se recibían presiones del Ministerio de Educación, regentado por Lucio Pabón-Núñez, «para cambiar el rumbo de la Universidad y darle orientación ultraconservadora». Bajo esa presión, el decano de la facultad de Derecho, Jesús Estrada-Monsalve, «ordenó eliminar los murales que el pintor Alipio Jaramillo había hecho en el vestíbulo de la Facultad, y lo mismo se hizo con el mural pintado por Ignacio Gómez-Jaramillo en el Capitolio Nacional».

Resulta que los murales de Alipio no alcanzaron a destruirse, sino que fueron enviados a la Universidad de Caldas, en Manizales, donde reposaron por años en paredes del edificio central, hasta depositarse en sótano, donde durmieron años de inclemencia. A mediados de los años 70 se rescataron y fueron instalados en la biblioteca central, con restauración un tanto empírica. Luego, en los años 2001/03 se restauraron por especialista, con la colaboración técnica del Ministerio de Cultura, para instalarse en el nuevo auditorio de la facultad de Ciencias para la Salud, en paneles separados, según instrucción que le conocimos al propio pintor. Sus temáticas son las del campo, bastante influidos por el muralismo mexicano. Esta noticia no la conoció el autor del libro.

En la atmósfera política y culturalmente asfixiante, Danilo Cruz-Vélez y Rafael Carrillo, del Instituto de Filosofía de la UN, parten para Alemania en 1952 a especializarse. Jaramillo-Uribe seguía en sus labores docentes e investigativas, y del resultado de su participación en congreso latinoamericano de Filosofía (Quito, 1953) publica informe en la revista «Bolívar» del Ministerio de Educación, relacionado con las discusiones que se tuvieron sobre la enseñanza de la Filosofía y acerca de la misión de las facultades de esta disciplina.

Jaramillo-Uribe publica su reconocido libro «El pensamiento colombiano en el siglo XIX» (1963) que desarrolló a instancia de Leopoldo Zea quien quiso vincularlo a la serie editorial que lideraba sobre la historia de las ideas en Latinoamérica, sin que se hubiera  asumido su publicación en México. Esa investigación la culminó en su pasantía de profesor invitado en la Universidad de Hamburgo (1954-56). Lamenta que esa obra poca receptividad haya tenido en Colombia, pero asevera que tuvo «mejor acogida en los medios académicos y en las revistas especializadas norteamericanas.»

En la Universidad de Hamburgo impartió curso de historia latinoamericana, con base en seis novelistas: Mariano Azuela (México), Ricardo Güiraldes (Argentina), Eduardo Barrios (Chile), José-Eustasio Rivera (Colombia), Jorge Icaza (Ecuador) y Rómulo Gallegos (Venezuela). Visitó, durante esa pasantía, a sus amigos los filósofos Danilo Cruz-Vélez y Rafael Carrillo, en Friburgo, con el ánimo de conocer a Heidegger, a quien pudo observar a distancia, ocasionándole la siguiente sensación: «… no impresionaba por su figura… De mediana estatura, vestido como cualquier burócrata, hablaba en un tono menor, mirando unos voluminosos pliegos.» En ese período de Alemania tuvo también la oportunidad de dictar conferencias en universidades de Frankfurt, Marburg, Berlín y Bonn, en las que compartió estudio comparativo entre las ideas de Miguel-Antonio Caro y las de Juan-Bautista Alberdi, con base en la orientación cultural de los países hispanoamericanos después de la Independencia. Tuvo ocasión, en esa temporada, de viajar por Italia. Y en el segundo año de su residencia en Hamburgo nació Lorenzo su hijo y de Yolanda su esposa (matrimoniados en 1952), quien llegó a ser notable pintor, con muerte temprana.

De este tiempo alude a  situación curiosa cuando Yolanda se va a París, durante un par de meses, en plan de estudio, y al bebé lo internan en hogar en pueblo cercano, con visita del papá los fines de semana. ¡Cuero duro de esos padres!  Regresa en 1957 y se reincorpora al Instituto de Filosofía en la Universidad Nacional, dirigido ya por Julián Mota-Salas. Resalta como «idea muy colombiana» la de que siempre nuevas administraciones desconocen la obra anterior y creen emprender todo de nuevo, así el caso de quienes pretendieron borrar la que llamaron «nefanda herencia izquierdista de la Universidad que había presidido Gerardo Molina», una de las mejores administraciones de las que se tenga noticia en toda la historia de la Universidad Nacional. Eran vientos de absurdo cambio que provenían del gobierno del país.

Con la llegada de Alberto Lleras a la presidencia de la República, en 1958, como primer mandatario del «frente nacional», se nombró a Mario Laserna rector de la UN, quien enfrentó oposición interna, en particular de grupo laureanista. Laserna tuvo el tino de nombrar en la dirección del Instituto de Economía a Luis Ospina-Vásquez, autor del libro «Industria y protección en Colombia», a la que califica el autor como obra «pionera de la moderna historia económica nacional». En ese rectorado Jaramillo-Uribe ejerció de secretario académico de la Universidad, algo así como vicerrector académico en la nomenclatura administrativa reciente, cargo que desempeñó hasta 1960, y se propuso en él rescatar símbolos que conservaran presente la tradición universitaria. En el Claustro de Santa Clara, centro de la ciudad capital, donde funcionó por años la facultad de Derecho y por ese entonces Bellas Artes, encontró serie de reproducciones de arte griego, que habían sido importadas por Roberto Pizano cuando fue director de la Escuela de Bellas Artes. Hizo instalar esos testimonios históricos en el campus, en el edificio de Arquitectura y Bellas Artes. También en sus desempeños Jaramillo llevó a cabo otra actuación memorable: el homenaje que se le tributó al presidente Alfonso López-Pumarejo, como oportunidad de resaltar el criterio muy suyo de considerar a la Universidad como «el ámbito de confluencia de la tradición cultural y política del país», además por estimar que López-Pumarejo fue el «creador de la Universidad Nacional moderna», a quien se debió la sanción, en su primer gobierno, de la ley que le confirió autonomía a la institución. El acto grandioso se llevó a cabo en la cafetería central de los estudiantes, a falta de auditorio, con acogida entusiasta y multitudinaria, con la presencia del presidente Alberto Lleras. El discurso “emotivo y autobiográfico” que pronunció López-Pumarejo en aquella oportunidad, fue publicado en el ”El Tiempo” de Bogotá, el lunes 4 de mayo de 1959. Pocos meses después muere en Londres donde  se desempeñó por poco tiempo de Embajador. El autor califica ese acto de «verdaderamente emotivo y memorable».

Jaramillo-Uribe también estuvo vinculado como catedrático en la Universidad de los Andes, ocasionalmente en los años cincuenta y de manera más formal en los sesenta, con la autorización de la UN, donde era de dedicación exclusiva, pero definitiva a partir de 1971. Impartió en ella cátedra sobre el «Discurso del método» de Descartes, entre otras. Y fue decisivo para vincular a Danilo Cruz-Vélez a los Andes, cuando éste regresó de Alemania, por sugerencia que le hizo al rector Ramón de Zubiría, siendo nombrado como decano de la facultad de Filosofía y Letras (principios de los años sesenta). Aprecia la tarea cumplida por Cruz-Vélez, en los términos siguientes: «Les imprimió a los estudios filosóficos un gran rigor, sacándolos del estudio de los manuales de historia de la filosofía y poniendo a los estudiantes en contacto directo con los textos de las grandes figuras del pensamiento filosófico, particularmente de personalidades señeras de la filosofía griega y alemana.»

Jaramillo-Uribe dedica un capítulo, el XI, a la década del sesenta, como tiempo que identifica de «profundos cambios sociales», con «cambios radicales y acelerados en todos los temas de la vida, en las mentalidades, en los gustos, en los hábitos, en el vestuario.» Anota que desaparecieron las diferencias formales entre profesores y estudiantes, con los consiguientes rechazos a lo establecido como hábitos y costumbres, y el auge del anticapitalismo, con surgimiento de la ecología como ciencia nueva. La marihuana, en lo principal, y otras drogas se extendieron en su uso, con el jipismo como manifestación más publicitada. Época coincidente con la «guerra fría» entre las dos potencias mundiales, Estados Unidos y la Unión Soviética, y la «Alianza para el progreso», programa de políticas sociales creado en Washington para intentar oponerse a la repercusión política de la revolución cubana en Latinoamérica. De igual modo, señala, la presencia activa de programas de fundaciones como la Ford y la Rockefeller, que estimularon reformas educativas en especial en Medicina. Estima que en ese contexto se dieron las reformas asumidas por la Universidad Nacional de Colombia en “1962” (sic), reformas que ocurrieron en 1964 con el arribo al rectorado UN de José-Félix Patiño.

Al dejar Jaramillo-Uribe la secretaría académica de la UN reasume con intensidad las actividades académicas y se propone estudiar a fondo el marxismo. Asume, por más de un año, la lectura sistemática de «El Capital», con apoyo en ediciones en alemán, francés y español, para concluir «que en el pensamiento de Marx había tanto utopismo como en autores como Fourier». No podía calificar de otra manera la idea compartida por Engels de que con la llegada del socialismo irían a desaparecer las instituciones soporte de la sociedad burguesa: familia, propiedad privada y Estado, y con la superación de cierta transición se llegaría al disfrute pleno de la inteligencia y del arte, quedando el Estado en la función de administrar los bienes colectivos, sin posibilidad alguna de controlar y reprimir a los miembros de la sociedad.

Esta comprensión de las ilusiones de Marx, la confirmó al no cumplirse en el tiempo sus pronósticos, puesto que se apoyaba en la creencia de estar sujeta la humanidad, con su historia,  a leyes inexorables como las de la Física. El autor pone de ejemplo la garrafal equivocación al dar por ley la declinación de las tasas de ganancia, con el consiguiente derrumbamiento del capitalismo, cuando lo que ocurrió fue al contrario, con crecimiento de la producción en una «sociedad de consumo», como se ha llamado, con crecimiento del consumo por todas las clases sociales y mejoramiento del nivel de vida de la población. Consolida Jaramillo su apreciación con el derrumbe de la URSS bajo, la que llama, «valiente y lúcida» política de Gorbachov y sucesores.

Con la llegada de José-Félix Patiño al rectorado de la UN (cumplió período 1964-1966), Jaramillo-Uribe fue nombrado decano de la facultad de Filosofía y Letras, en medio del auge de la «Alianza para el progreso» y de las fundaciones Ford y Rockefeller, con aplicación de recursos en la modernización de las universidades públicas, lo que generó encendido debate sobre la “dependencia”. Reconoce en la administración Patiño a «una de las más dinámicas e innovadoras en la organización y orientación de la Universidad, particularmente en el campo de la medicina.»  El autor hace referencia a la visita que hizo Rudolph Atcon, «extraño profesor de origen griego», en tiempos del rectorado de José-Félix Patiño, quien produjo estudio sobre las universidades latinoamericanas, concluyendo en la inconveniencia de la representación de los estudiantes en los órganos de gobierno, y calificando al movimiento estudiantil como “destructor” del sistema universitario latinoamericano. Recuerda Jaramillo-Uribe haber escrito respuesta al «Informe Atcon»  en la revista «Eco», con base sobre todo en su experiencia en la UN (Cfr.: J. Jaramillo-Uribe. Observaciones al informe Atcon sobre las universidades latinoamericanas. Revista ECO, No.37-39, tomo VII/1-3, Bogotá, mayo/julio 1963;  pp. 170-186. En la misma edición se encuentra el reconocido “Informe Atcon”, bajo el título: La universidad latinoamericana. Clave para un enfoque conjunto del desarrollo coordinado social, económico y educativo en la América Latina;  pp. 4-169).

Especial mención hace del proceso que condujo a la formación de la primera promoción (¿generación?) de historiadores profesionales, con la fundación del departamento de Historia UN en 1962, la publicación en 1963 del primer número del «Anuario colombiano de historia social y de la cultura», concordante con la terminación de estudios en Filosofía de quienes formarían ese primer grupo de profesionales de la Historia, integrantes a  quienes nombra con sus realizaciones: Germán Colmenares, al que califica de «excepcionales condiciones intelectuales»; Jorge-Orlando Melo, «mesurado y generoso por naturaleza»; Hermes Tovar-Pinzón, de «temperamento brioso», «historiador de archivos»; Germán Rubiano, orientado hacia la crítica y la historia del arte; Carmen Ortega-Ricaurte,  con vocación de historiadora por tradición familiar; Margarita González, «una de las mayores conocedoras de temas como los resguardos indígenas». En la misma promoción estaba Rubén Sierra-Mejía, orientado a la Filosofía y de «posición independiente». Otros dos de la misma promoción fueron Víctor Álvarez, vinculado luego a la Universidad de Antioquia  y Jorge Palacios-Preciado, a la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja, donde fue rector y posteriormente, en Bogotá, director del Archivo General de la Nación.

Cuando Jaramillo-Uribe deja el decanato y asume seis horas semanales de carga docente, organiza su trabajo de tal modo que dedica las tardes a la investigación, en tres temas de la historia social del país: historia demográfica, proceso de mestizaje e institución de la esclavitud. A los pocos años el resultado obtenido fue su obra: «Ensayos de historia social colombiana» (Ed. Universidad Nacional de Colombia, Biblioteca Universitaria de Cultura Colombiana, Bogotá 1968; 272 pp.), integrada por cuatro ensayos que publicó, de 1963 a 1966, en el «Anuario colombiano de historia social y de la cultura».

Con esa obra comenzó en Colombia una nueva historia social, con métodos cuantitativos asimilados de la escuela francesa de los «Annales» y de la «New Economic History» de los Estados Unidos, y con estudio de fuentes primarias. Con sus investigaciones estableció la influencia que tuvo la Revolución Francesa de 1848 en las corrientes de las ideas en la coyuntura colombiana de 1850, en especial de autores como Lamartine, con la «Historia de los girondinos», Eugenio Sue, con el «Judío errante» y Víctor Hugo con su obra poética.

De manera singular cuenta que en su viaje a la Argentina en 1966 descubrió un libro extraño intitulado «Los cantos de Maldoror», del conde de Lautrémont, conformado por seis poemas en prosa de profundo pesimismo, cuyo autor en nombre real era Isidore Ducasse (1846-1870) de ascendencia francesa, nacido en Montevideo. Libro del que luego confirma fue de influencia, al igual que el conjunto de la obra de Ducasse, en la orientación estética del futurismo y del surrealismo.

Los viajes de Jaramillo-Uribe siempre fueron repletos de curiosidad intelectual y de ansias de encontrar personalidades para el diálogo enriquecedor, incluso para el debate, con ánimo dispuesto a la búsqueda incesante del conocimiento. Fue por Europa y América, en estudio y en congresos, y pocas veces en plan de recreación. En estas Memorias se observa esa constante, con el testimonio lúcido de los encuentros y el recuerdo de personalidades que le aportaron pistas o elementos para avanzar en su desarrollo, con las continuas pesquisas en temas palpitantes. De los viajes deja en estas páginas testimonios elocuentes, incluso con apreciaciones sobre arquitectura, museos, y otros ambientes culturales, en especial de música. Pero en  ellos, anota con reiteración, siempre dispuso de tiempo para estar por ahí un buen rato, con actitud de desprevenido descanso, en una cafetería o en salón de té, o en un parque, viendo pasar la gente.

En el caso de Santiago de Chile, observa que es bella ciudad moderna, sin mayores testimonios de arquitectura colonial española, a diferencia de México, Perú, Colombia y Guatemala, lo que consigue explicar por el hecho de no haber dispuesto los colonizadores españoles en Chile de minas de oro y plata, motivo de su interés primordial. Cumplió muchas veces misiones de profesor invitado en Estados Unidos y Europa, con calificada dedicación y la agudeza de observador que le caracterizan. Por ejemplo de su pasantía en la Universidad de Vanderbilt, en Tennessee, Estados Unidos (1967) hace anotaciones sobre la organización de la universidad y del campus, valorando que siendo institución con seis o siete mil estudiantes disponía de biblioteca con un millón y medio de ejemplares.

Se jubila de la Universidad Nacional en 1970 y de inmediato la Universidad de los Andes lo asume, como uno de sus más valiosos académicos que sigue siendo, por iniciativa de Danilo Cruz-Vélez quien deseaba retirarse del decanato en la facultad de Filosofía y de la Universidad para asumir en tiempo pleno su labor de estudioso pensador y de escritor, ofreciéndole la sucesión en ese cargo, lo que ocurrió, con el beneplácito entusiasta de las directivas, cargo que asumió a principios de 1971. Asimismo regentó la cátedra de filosofía moderna que dejaba Cruz-Vélez.

Le correspondió participar de seminario convocado por la «Asociación colombiana de universidades, ASCUN» sobre el papel de las humanidades en los planes de estudio universitarios, donde se hizo manifiesto el modelo norteamericano que generalizó la modalidad del “libro de resúmenes” de obras fundamentales. Jaramillo-Uribe propuso en el debate que se dedicara el semestre de humanidades a la lectura y estudio de una o dos obras de autor clásico griego o latino, o del Renacimiento, o de los siglos XVII o XVIII, o incluso de la época moderna, preguntándose: ¿Por qué no, en lugar de Homero, Shakespeare o Balzac o Proust?

Da una mirada crítica a la proliferación de universidades privadas, surgidas con precarias condiciones, ofreciendo carreras que no requerían laboratorios y equipos especializados, para facilitar el negocio de los fundadores, como administración, derecho y economía. El autor se explica este fenómeno por la precariedad de cupos ofrecidos por la universidades públicas de Estado en los años sesenta. Adjudica esa iniciativa, en contrario a lo ocurrido en Ciudad de México y Buenos Aires, como hipótesis, a los Estados Unidos. La privatización en el conjunto de universidades prolifera, constatando que en el momento de escribir las Memorias (2005) en Colombia se tenía solo un millón de estudiantes universitarios, con el 20% de universidades públicas y el 80% de universidades privadas.

Como no solo en las instituciones oficiales se cuecen habas, relata que en 1975, retirado del decanato y como profesor-investigador de historia económica de Colombia, con vinculaciones en la facultad de Economía y en el «Centro de estudios sobre desarrollo económico -CEDE», de la Universidad de los Andes, fue invitado a una pasantía de profesor en dos períodos académicos (de tres meses cada uno) en St Antony’s College de la Universidad de Oxford, y el rector de la Universidad de los Andes, Fernando Cepeda, no le facilitó la comisión, teniendo que renunciar, así al regreso fuese de nuevo nombrado. Registra también por curiosidad el ambiente en aquella institución inglesa, en la cual los profesores compartían con regularidad un almuerzo, en ambiente cordial, pero por fuera de esa oportunidad los colegas ingleses no propiciaban el menor intento de saludo. Sinembargo, observa que cuando se lograba relación de amistad con un inglés, se daba en condiciones realmente excepcionales.

Aprovechó esa estadía en Inglaterra para adelantar programa de investigación en el Museo Británico, que disponía de importante archivo sobre historia latinoamericana del siglo XVIII, y en el Public Record Office, de valiosos fondos sobre historia de España y América.

A principios de 1977 Jaramillo-Uribe fue nombrado embajador de Colombia en Alemania, por el presidente Alfonso López-Michelsen, con la intermediación del Canciller Indalecio Liévano-Aguirre, cargo que desempeñó hasta el cambio de gobierno en 1978. Tuvo debilidad de solicitar continuidad de su permanencia en el cargo por un semestre más, en virtud de circunstancias familiares, pero la respuesta recibida por el nuevo Canciller, Diego Uribe-Vargas, fue la aceptación inmediata de la renuncia, sin ni siquiera agradecerle protocolariamente sus servicios prestados.

Ese tiempo, con centro en Alemania, lo aprovechó Jaramillo-Uribe para viajes de observación y estudio por el país y por los Alpes Bávaros y Praga. En las relaciones con el cuerpo diplomático pudo darse cuenta del manejo meramente superficial de ellas, en cuanto a las embajadas europeas. De las embajadas latinoamericanas se dio cuenta de los personajes en buen número políticos en compensación por los servicios al presidente de turno o al régimen, o militares también compensados por las contribuciones a algún golpe de Estado. Asimismo notó la presencia en esos desempeños de intelectuales y periodistas, en general obsecuentes de los respectivos gobiernos.

Esa experiencia estuvo cargada de anécdotas, como cuando se le ocurrió proponer la colocación de placa recordatoria del doctorado que obtuvo en la Universidad de Tübingen el lingüista y etnógrafo colombiano Ezequiel Uricoechea, pero el alcalde le respondió que allá nadie recordaba que persona con ese nombre hubiese pasado por la ciudad. Incidente que el autor señala como «elocuente de la mentalidad burocrática y cuartelaria que desde el siglo XVIII había imprimido en la administración pública alemana el emperador Federico I.»

Jaramillo-Uribe disfrutó los ambientes culturales, ante todo de Bonn y Colonia, con sus museos, salas de concierto y arquitectura comenzando por sus catedrales del gótico, y el clima universitario. En Bonn tuvo la fortuna de encontrar de nuevo a Rafael Gutiérrez-Girardot, profesor en la Universidad, aplicado al área de Romanística, a quien ya conocía desde los tiempos del Instituto de Filosofía en la Universidad Nacional, en los años cincuenta. Gutiérrez-Girardot lo invitó a dictar conferencia en su cátedra, ocasión que fue favorable para estrechar relaciones con él y su familia.

En su visita a Praga reconoció la ciudad, en similitud a París, por la sorprendente unidad de ciudad medieval, renacentista, barroca y moderna, calificándola, con razón, como «una de las ciudades más maravillosas y sorprendentes».

En 1979, ya en Bogotá, como investigador del CEDE de la Universidad de los Andes, participó en el seminario «Los estudios regionales en Colombia. El caso de Antioquia», convocado por la FAES («Fundación para los estudios sociales»), que contó con la participación de selecta nómina de historiadores y economistas: Frank Safford, Anne Twinam, Frédéric Mauro, José-Antonio Ocampo, Jorge-Orlando Melo, Hermes Tovar-Pinzón, Luis H. Fajardo, entre otros. Jaramillo-Uribe presentó ponencia sobre «Los antecedentes históricos de los estudios sociales sobre Antioquia», de igual modo que participó en debate sobre la influencia de los vascos durante el siglo XVII en Antioquia, con desarrollo de tesis sobre la razón por la cual los colonos españoles en esa región no tuvieron más que «trabajar con sus propias manos» por la carencia de mano de obra indígena, puesto que los pueblos nativos habían sido casi exterminados por su beligerancia, con la consiguiente debilidad de la institución llamada «encomienda», que era la forma de aprovechar en esclavitud a los indígenas.

En apartado que consagra a recordar cómo surgió el «Manual de historia de Colombia», dice haber sido convocada, en junio de 1977, por Gloria Zea -directora del Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura-  una reunión de historiadores, economistas y sociólogos, para explorar posibilidades en escribir un manual de historia de Colombia, aprovechando la puesta en funcionamiento de la FAES -Fundación antioqueña para los estudios sociales- creada por Luis Ospina-Vásquez. En esa oportunidad se asignó a Jaramillo-Uribe como director científico del proyecto, con libertad plena para escoger a los colaboradores. Aprovecha para recontar los tres volúmenes que se hicieron, con la publicación del primero en 1978. El tomo I dedicado al período indígena, la Conquista y la Colonia; el tomo II sobre la Independencia y el desarrollo nacional hasta comienzos del siglo XX, el tomo III abarca desde 1900 hasta la época contemporánea. Jaramillo-Uribe trabajó en el tomo primero, con Germán Colmenares, el tema «Estado, administración y vida política en la sociedad colonial». Pone de presente Jaramillo-Uribe que para esa obra no se establecieron previamente orientaciones, método e hipótesis, sino que se convocó a los expertos para que escribieran temas de sus preferencias, de ahí que es obra colectiva elaborada «sin uniformidad de criterios, de juicios o de métodos históricos».  También anota Jaramillo-Uribe que esa obra de finales de los setenta dio origen a otra más ambiciosa de la década siguiente como fue la «Nueva historia de Colombia» publicada por Editorial Planeta.

Amplio espacio dedica el autor a rememorar sus desempeños como director del «Centro regional para el fomento del libro en América Latina, CERLAL», con sede en Bogotá, en dos períodos: 1980/82 y 1982/84, de intensos viajes por Brasil, París, Cuba, Perú, México, República Dominicana, Barbados, Santa Lucía, Granada, Bolivia, Uruguay, Paraguay, España, Grecia. Con la curiosidad de haber sido sugerido su nombre por Alberto Lleras al presidente de la República, Julio-César Turbay A., quien por protocolo lo proponía a la Unesco en París. En esos viajes refrescó los conocimientos adquiridos por la lecturas, y tuvo oportunidad de acercarse a personalidades intelectuales, apreciar aspectos urbanísticos, culturales, sociales y políticos de naciones y regiones, como en el caso del descubrimiento de Bahía, «ciudad maravillosa y original», o de Manaos, ciudad de «trágica y maravillosa leyenda», con su teatro de ópera de estilo barroco, o la arquitectura «ultramoderna» de Brasilia.

En París constata la «inmensa burocracia de la Unesco», por demás «compleja». En Cuba tuvo la impresión de haberse hecho la Revolución con la fortuna de un país «ya hecho y bien hecho». De Perú recuerda, entre otras, sus buenas relaciones con historiadores y filósofos como Francisco Miró-Quesada, Augusto Salazar-Bondy, Ella Dumbar-Temple… De Ciudad de México recoge la sensación que tuvo al adelantar gestiones en el Ministerio de Educación, con la aseveración que «una de las formas más atroces de la tortura en el mundo moderno [es] moverse en el seno de la burocracia». De Madrid destaca sus visitas al Museo del Prado, el Museo Arqueológico Nacional, resaltando tesoros como el «Guernica», la «Dama de Elche», la «Dama de Baza» y las fieles reproducciones de pinturas de la Cueva de Altamira. En Grecia se recrea con los testimonios históricos, arqueológicos, ambientales, pasando por las ruinas de Corinto, la tumba de Agamenón, el teatro de Epidauro, la Hélade, Olimpia, el santuario de Zeus y Hera, el templo de Apolo, la fuente Castalia, el museo de Delfos, el palacio de Cnosos, el castillo de los Caballeros de San Juan, las calles de Éfeso por donde se paseaba Heráclito, «pensador del fuego»…

Jaramillo-Uribe se reincorpora, de esos desempeños, a la Universidad de los Andes, donde prosigue investigaciones y docencia, pasa del CEDE al departamento de Historia, el cual dirige, con problemas similares a los que tuvo en la Universidad Nacional, en cuestiones relativas a las relaciones entre docencia y política. El autor creía, con buen sentido, que era posible ejercer la vida académica sin tomar partido en lo político, de tal manera que a los estudiantes no les llegara influencia sesgada, sino salvaguardando independencia ideológica con estímulo al pensamiento libre. Pero núcleos de profesores opinaban lo contrario y lo señalaban como de derecha.

Presenta crítica al decanato cumplido por Germán Arciniegas en la facultad de Filosofía y Letras, quien consideraba que había que remplazar el estudio de Hegel y similares por el de los cronistas americanos de Indias. Hubo la consiguiente polémica entre los profesores. Jaramillo-Uribe defendió a Hegel recordando que este «definía la libertad como la capacidad del hombre en darse las leyes que regían su conducta como miembro de un Estado», de manera similar a Rousseau. Con la consecuencia anotada por el autor de estimar que los indígenas no hicieron historia mientras estuvieron sometidos por la dominación de los españoles, pero sí entraron a ella cuando se conquistó la independencia. Posición que Arciniegas no aceptaba. Como resultado de la animadversión despertada, el maestro Arciniegas renunció. Jaramillo-Uribe llega a calificar de «extravagantes» las ideas que promovió Arciniegas en la Universidad.

En el capítulo final del libro, el diecisiete, el autor alude a la década del noventa y al cambio de siglo, pero en especial muestra el dolor que le causó la muerte de su hijo Lorenzo, en 1992, de quien recuerda su dotes especiales para las artes (la pintura en especial), la letras y los idiomas. Cuenta que al terminar su bachillerato en el Colegio Andino (nombre en el que devino el Colegio Alemán), en la asignatura de letras desarrolló singular ensayo en lengua alemana sobre Thomas Mann. Sabía con envidiable corrección  alemán, francés e inglés y llegó también a conocer bien el ruso. Y el papá conserva cartas abundantes, extensas, donde se aprecia la calidad de su escritura y la formación intelectual admirable. Como pintor adquirió los elementos de rutina en la Universidad Nacional y en clases privadas con Juan-Antonio Roda, con prolongadas pasantías en París, en la cercanía de pintores como Luis Caballero. Después de su muerte, la Biblioteca del Banco de la República montó en Bogotá una grandiosa retrospectiva, acompañada por documentos como cartas, grabados, libros que ilustró, etc., en la que pudimos apreciar el inmenso talento de ese chico, fallecido de manera tan temprana.

La muerte de Lorenzo (1992), lo recuerda el autor, ocasionó profundo dolor a los padres y a la hermana, pero Jaramillo-Uribe se sumió en tremenda depresión por la que tuvo que acudir a tratamiento con psiquiatra, superándola con reincorporación a su trabajo habitual

En 1994 el autor entrega en venta su biblioteca de doce mil volúmenes a la sede Medellín de la Universidad Nacional de Colombia, y en 1995 emprende viaje a Rusia, con su esposa Yolanda y Rosario, la hija. Visitan Moscú y San Petersburgo, con revisión de la arquitectura y lo museos, en especial del Ermitage, al que reconoce rico en pintura moderna europea, en especial de Francia. En diciembre de 1999 los tres deciden darse unas vacaciones en Cuba, que el autor encuentra con pocos cambios después de diez años de su primera visita. Valora la muestra de pintura cubana en el Museo Nacional. Observa también la presencia del mercado negro de cigarros y cierta mendicidad. Atravesaron la Isla de extremo a extremo en cómodo bus. En Trinidad descubren ciudad rica en arquitectura tradicional española. Y de igual modo van a Cienfuegos para apreciar las huellas de la prosperidad que vivió Cuba a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pasean también por Matanzas, y concluye, como lo advirtió en la primera visita, que «Castro había tenido la fortuna de hacer la revolución en un país rico, ya hecho bien hecho, al cual poco tenía que agregar el nuevo régimen».

Dedica breve apartado a mencionar algunas de las más importantes distinciones que se le han conferido: la Cruz de Boyacá, los doctorados Honoris-causa conferidos por la Universidad Nacional de Colombia y por la Universidad de los Andes, el «premio en metálico» que le entregó el gobierno de Ernesto Samper, con Ramiro Osorio como Ministro de Cultura, el Premio del Grupo Editorial Planeta, el Premio Nacional a la vida y obra de un historiador. Y, a no dudar, el más significativo: la publicación de la obra completa, en ocho volúmenes, por la Universidad de los Andes.

El libro concluye con otro apartado breve para aludir a la muerte de su esposa, Yolanda, en el 2005, con dolor comparable -dice- a la muerte de la madre ocurrida cuando el autor estaba en los quince años. Recuerda que se conocieron en 1941, al terminar los estudios en la Escuela Normal Superior y ella iniciar allí los suyos. La valora como destacada investigadora en Antropología, su disciplina, y en conjunto la califica de «ser excepcional,… ser incomparable e irremplazable».

De conjunto el libro es valioso testimonio personal de un intelectual íntegro, pionero en su disciplina, con fortalezas científicas para la investigación y capacidad admirada de formar escuela, como en efecto lo consiguió, con discípulos que siguen el sendero trazado por él en la comprensión de la historia colombiana, en contextos intelectuales amplios y universales.

 

[En Aleph, 19.VII.07]

 

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Edición No. 175