Mirada histórica en las elecciones presidenciales de Estados Unidos
He leído con interés varias columnas de opinión en periódicos colombianos, estadounidenses, y europeos, sobre las recientes elecciones presidenciales en los Estados Unidos. Casi todas, por no decir todas, concuerdan en indicar lo devastador que ha sido el gobierno de Donald Trump; y, últimamente, su resistencia de reconocerse perdedor ante el presidente electo Joe Biden. Esto es indiscutible. Sinembargo, como botón de muestra, a veintiún días de la transmisión de mando, 30 de diciembre de 2020, los abogados de Trump han presentado una nueva demanda ante la Suprema Corte Justicia para invalidar más de cincuenta mil votos a favor de Biden en el estado de Wisconsin.
La desequilibrada conducta de Donald Trump amerita tenerse presente, por otras razones, puesto que en los Estados Unidos ha habido un pre-recorrido en su historia electoral. En 1800 Thomas Jefferson y Aaron Burr se disputaron las elecciones presidenciales que finalizaron sin resultado definitivo (o en empate) según el número de votos registrados en los colegios electorales. El Congreso de los Estados Unidos, ciñéndose a la Constitución de 1787 para ratificar el presidente electo, votó treinta y cinco veces en las que hubo continuo empate. Por fin, en la trigésima sexta ronda, el congresista federalista (o pro-monárquico) del estado de Delaware, James Bayard, votó a favor de Jefferson y desempató la contienda electoral. Así, con sólo un voto de diferencia, se declaró oficialmente a Thomas Jefferson presidente electo de los Estados Unidos por el partido demócrata-republicano.
Esta contienda puso de manifiesto que, la verdadera prueba de la democracia norteamericana no se cuestiona si un presidente es reelecto, o no, o un/a nuevo/a candidato/a es elegido/a, aunque no pertenezca al mismo partido -como el caso Adams-, sino quien haya sido (re)elegido/a se le debe colaborar en una transición pacífica. Por lo tanto, la relevancia en las elecciones, en caso de dudas han existido recursos legales para hacer un nuevo recuento de votos; y a continuación el congreso ratifica al/el elegido/a. No obstante, los resultados de los comicios de 1800, y la certificación del congreso, suscitaron que Adams rehusara formalizar un proceso de cambio apacible. Adams por variados desacuerdos con Jefferson culpó, y sin fundamento alguno, a Alexander Hamilton de haber socavado la campaña de su discípulo Aaron Burr; y resquebrajado la democracia de los Estados Unidos. El agravio de Adams respondía, por una parte, a su sentimiento de grandeza a fin de no cooperar con el presidente-electo, y por otra, contaba en el apoyo de sus copartidarios federalistas (o pro-monarquía británica), en el congreso para demonizar a las otras facciones políticas. Sin embargo, y a pesar de ese dilema, Adams no logró su cometido de abortar el resultado de las elecciones, y de acuerdo con la Constitución, Aaron Burr fue el vicepresidente de los Estados Unidos al servicio de Thomas Jefferson.
El traspaso de mando no se llevó a cabo el 20 de enero como lo ha fijado la Constitución, sino que se retrasó hasta el 4 de marzo de 1801. Jefferson tomó posesión del cargo sin la asistencia a la ceremonia de John Adams, quien se fue de la ciudad de Washington el mismo 20 de enero a las 4 de la mañana en un autobús a Baltimore. Jefferson, manteniendo la cordura, enfatizó en el discurso inaugural que su partido triunfó y los federalistas perdieron. Conjuntamente, puntualizó que no se vengaría de nadie, que la voluntad de la mayoría prevalecería, y que la contraparte tendría la igualdad de derechos protegida por la ley. Jefferson prometió “justicia equitativa para todos los seres humanos de los Estados Unidos”. Y que las punzantes críticas del partido federal no serían motivo de distracción a su gobierno.
Jefferson hizo un llamado de contener el tono retórico partidista y resaltó que la diferencia de opinión no era la base de una diferencia de principios. Y uno de ellos, era la libertad de prensa. Su tesis fue un principio revolucionario y no oportunista. Además, señaló que esperaba que otros funcionarios gubernamentales contribuyeran a requerir las fuentes de sabiduría, de virtud, y de entusiasmo. La noción de virtud era central de cómo la sociedad guiaría su diario vivir. Y concluyó diciendo que su trabajo apuntaría a la felicidad y libertad para todos.
Jefferson fue en efecto cumplidor de su promesa en cuanto a la libertad de la prensa. Cinco días después de la toma de posesión una de sus primeras acciones como presidente ordenó devolver el capital a Thomas Cooper, editor del periódico de Pennsylvania, quien había sido encarcelado por John Adams. Igualmente, decretó perdón al periodista irlandés Callender a quien se había encarcelado por opiniones que Adams consideró maliciosas. Sorpresivamente, en julio de 1803, el cadáver de Callander se encontró flotando en las aguas del río James en el estado de Virginia sin que la investigación arrojara el motivo de su muerte. Además de la misteriosa muerte de Callender; en 1804 Aaron Burr asesinó en duelo armado a Alexander Hamilton; y en 1807 Burr viajó a Ohio para crear una nación independiente que no prosperó. Jefferson ordenó enjuiciar a Burr por traición al gobierno, y por su infructuoso intento de separar el oeste de los Estados Unidos, anexarlo a México, y declararse presidente de ese territorio.
Independientemente de los desafíos que se le presentaron a Jefferson, su popularidad se acrecentó y fue reelegido en 1804 con notable ventaja ante sus opositores los federalistas. Triunfo que, desde Baltimore, Adams observaba con horror, y consideraba que la dictadura se perpetuaba. En una carta a uno de sus amigos, Benjamin Rush, signatario de la Constitución de 1788, Adams le decía que el hombre en la Casa Blanca era más griego que romano y era un seguidor de “la más venenosa y pestilente doctrina de Epicuro”. Adams tenía su imagen propia como el “último romano”; y estabaatrapado en el tiempo. Probablemente fue una suerte para él que nunca creó una memoria completa. Ya que esto solo hubiera disminuido aún más su reputación si la hubiera escrito; y aún más en el tono que usó años después de su presidencia en una frase de la carta que le envió a Jefferson: «¿Cuántos martirios debo sufrir?
Lo atrayente es aprender que los llamados “Padres Fundadores de la Patria Estadounidense”: Washington, Adams, Jefferson, Madison, entre otros, bebieron de las fuentes filosóficas a fin de sentar las bases de su pensamiento político en cuanto a la reflexión jurídica, política y constitucional de los Estados Unidos. Para ellos, La República de Platón se pensó que el gobierno democrático, como el gobierno de las masas, era la expresión política de las partes inferiores del alma humana; independientemente que no fuera perfecta. Esta visión, que podemos reconocer parcialmente en La República de Platón, en la prudencia aristotélica o en los empeños instructivos de los príncipes de los autores renacentistas, se funda en la idea de que una persona buena en el sentido moral, lo será también en el gobierno y no abusará de su poder.
Thomas Jefferson partió de un presupuesto fundamental que consiste en que la voluntad del gobernante se convierte, de una forma u otra, en la voluntad del Estado, de modo que la voluntad ordenada rectamente en un individuo devendrá también ordenada rectamente en el Estado. Esto implica que en el contexto político no hay procesos morales diferentes a los de la vida del individuo, transformándosela bondad individual en bondad política o en justicia, al existir una continuidad entre el hacer privado y el hacer público. La segunda vía para conseguir un buen gobierno, un gobierno justo, es el diseño institucional. La forma de organizar el ejercicio del poder garantizará que sea justo o, al menos, que no sea injusto. Desde la misma Antigüedad, Jefferson estudió, y encontró, elaboraciones teóricas tendentes a conseguir que el gobierno no degenere gracias al empleo de un sistema institucional determinado.
A manera de colofón, es importante recordar una vez más, en estos tiempos de incertidumbre por efectos de la pandemia COVID, a Thomas Jefferson cuando expresó que “no podemos alcanzar la felicidad sin salud”. Y esas palabras son vigentes cuando nuestra salud es totalmente vulnerable.
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Para esta reflexión, he empleado los documentos transcritos en el Portal “Founders” (https://founders.archives.gov/) de los Archivos Nacionales de los Estados Unidos