Rafael Humberto Moreno-Durán: presencia real y perenne
Una de las figuras notables de la vida literaria en Colombia en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, fue Rafael Humberto Moreno Durán (conocido entre sus amistades cercanas como R.H.), quien falleció a la edad de 60 años el 21 de noviembre de 2005. R.H. tuvo una amplia presencia en la vida literaria colombiana. Inició su carrera literaria cuando publicó en 1969 su primer texto titulado “Lautréamont, un prolegómeno de la rebelión” en la reconocida revista Eco, y en 1972 apareció su primer libro de ensayo, “De la Barbarie a la Imaginación”. En 1973 viajó a Barcelona y se residenció allí por quince años donde se dedicó tiempo completo a la producción literaria. Regresó a Colombia en 1987 y continuó su quehacer literario: dirigió el programa Palabra Mayor, colaboró en La Jornada Semanal de México, el Magazín Dominical de El Espectador, el Boletín Bibliográfico y Cultural del Banco de la República, a su vez fue miembro del consejo editorial de Tercer Mundo y director de la Revista Quimera (Edición Latinoamericana). Así R.H. fue cobrando estatura en el ámbito colombiano, y latinoamericano igualmente, pero lo notable es que en sus funciones administrativas en la editorial Tercer Mundo y Quimera, siempre fue ampliamente receptivo con variedad de escritores y escritoras que sembraban sus primeros pinitos en el espacio literario.
Tanto en la ficción como en el ensayo pudiéramos considerar que R.H. era un “poeta doctus”, ávido lector, e investigador concienzudo, y sabía muy bien que, para él el periodismo cultural ejercido tanto en la Jornada Semanal, como en Quimera y en el Magazín Dominical con su columna “La esquina del Cuento” era una importante actividad literaria. Ojalá, algún día en un futuro cercano, estos textos del Magazín Dominical –cortos pero reveladores- de R.H. vean la luz en forma de libro. Cabe agregar que “La esquina del cuento” es significativo porque R.H. nos abrió varias ventanas para presentarnos, y compartirnos, un sinnúmero de autores y autoras, lo cual fue una muestra más de su calidad humana, sin egoísmos, para que “el provincianismo cultural” diciéndolo en palabras de Gabriel García Márquez no se convirtiera en un “modus vivendi” en Colombia.
Ahora, el libro de R.H. en el que centraremos nuestra atención y sobre el que poco, o nada, se ha escrito es: El Festín de los conjurados: Literatura y Transgresión en el fin de siglo –la experiencia leída– (2000), conjunto de ensayos muchos de los cuales los presentó al concurso Nacional de Ensayo del Ministerio de Cultura por primera vez en 1998, y con el cual obtuvo el premio ganador. No obstante, cabría preguntarnos, sin arrogancia alguna: ¿Por qué puede uno ser atraído a leer una colección de ensayos literarios de un escritor conocido sobre todo por su obra de ficción? Hay dos incentivos obvios para apartarse de la ficción a la prosa ensayística: con la esperanza de que estas composiciones más directas arrojen luz sobre las novelas, o cuentos, a menudo con niveles intercalados, y con la creencia de que un(a) escritor(a) que se encuentra en sus obras imaginativas puede penetrar en el corazón de tantas preocupaciones apremiantes y estaría obligado(a) a tener mucho que ofrecer a la hora de escribir, por así decirlo, con la mano izquierda. En particular, siempre hay un interés en ver cómo un(a) autor(a) en el pináculo de su profesión se relaciona con sus compañeros(as), comentando no como crítico desde el exterior, sino como alguien que trabaja con las mismas materias primas. Hay muchas pruebas de que la segunda expectativa es probable que se cumpla. La escritura no ficcional y (semi)ficcional de R.H. tomada en su conjunto representa una contribución importante y significativa a las continuas discusiones sobre el lugar que ocupa la literatura en la vida de las personas y las culturas. Los ensayos de R.H. son un claro ejemplo de su persistencia y comprensión sobre la vocación del creador literario, en particular, y el artista en general.
A manera de paréntesis, me interesa señalar que, la diagramación y cubierta del Festín de los conjurados… nos ofrece una ventana de que es fresco y luz para los lectores que ya estén familiarizados con los convites textos de R.H. Y también al proporcionar una introducción ideal y análisis para aquellos que se acercan por primera vez a su obra. De esta última afirmación, hay poco para dudar., R.H. generalmente comienza sus ensayos al discutir la vida de un autor o de los que se van intercalando en el proceso de hilvanar su discurso y el contexto cultural. Si bien esto da una previsibilidad ligeramente de distraer el ritmo y la estructura de la colección de ensayos, también agrega un efecto que me recuerda a la ficción reciente del escritor neoyorkino, David Markson (1927-2010), yuxtaponiendo hechos biográficos de los escritores en una meditación vertiginosa y de alguna manera de pasar del incalculable trasfondo social, y personalidades inquietantes, a la política y las circunstancias históricas de las que surgió la ficción del siglo XIX. R.H. se actualizaba constantemente e iluminaba sus temas para los que ya estamos familiarizados con ellos, desde La barbarie a la imaginación (1976) pasando por Denominación de Origen (1998) hasta El Festín de los Conjurados (2000). Además de sus novelas, cuentos y obra de teatro, su obra en conjunto refleja una constante búsqueda expresiva, renovadora, desafiando las limitaciones de la narrativa (novela drama o cuento) o de aprovechar el potencial de intrepidez de la forma de ensayo. R.H. escribió con rigor y exactitud, pero también con la impersonalidad y sin la adhesión a una fórmula prefabricada. Se puede sentir el privilegio de leer sobre el hombro de R.H. por su meticulosidad, y exactitud, con parpadeo brillante frente a las páginas de su formidable imaginación literaria. Todas sus actuaciones tienen la sensación de un par de frases que traigo a colación: una, del escritor alemán W.G. Sebald: «misteriosa felicidad» y otra de Germán Espinosa quien le dedica su libro de ensayos La elipse de la codorniz (2001) “A R.H. Moreno Durán que los escribe tan buenos”.
En El Festín de los conjurados… se van percibiendo un sabor y textura que los lectores no podrían haber sospechado si hubieran encontrado estos ensayos en su etapa previa, u original, como lo indica R.H. en el prólogo de este libro. R.H. se acopla a un ramillete de peso de escritores del siglo XIX. que incluyen, entre otros, a Charles Baudaleaire, Barbey D’Aurevilly, Paul Verlaine, Gustave Flaubert, Horoné Balzac, Villiers de L’Isle- Adam, Thomas Carlyle, Marcel Proust, Octave Mirbeu, y, probablemente de especial interés para los lectores de este libro, a Oscar Wilde el habitante encarcelado del siglo XIX.
Como se podrá apreciar, los “creadores” que R.H. nos presenta giran alrededor de una o variadas ideas: la libertad espiritual, la moda, la muerte, la nostalgia, el crimen, el dolor, la tortura, el amor pasional, el dandismo, y no podía faltar la fusión entre prosa y verso. De hecho, el ámbito al que se alude es a las sociedades europeas modernas surgidas a lo largo del siglo XIX, caracterizadas por la simbiosis entre los valores de la Ilustración y los valores del puritanismo o del protestantismo, y en las cuales se consolidó el sistema liberal-capitalista concebido teóricamente por Adam Smith. Se trata por lo tanto de sociedades cuya clase social hegemónica es la burguesía y que se distinguen por la fe en el progreso y por grandes avances en todos los campos imaginables: el tecnológico, el sanitario, el científico, el político, etc. Y es este contexto que puede llegar a resultarnos cercano, ya que el artista pasó a ocupar un lugar muy secundario en la sociedad. Y la literatura lógicamente refleja tanto esa situación como los primeros signos de crisis de orden espiritual, o inhumano, orden éste tan enraizado en la historia de la humanidad y basado en lo materialmente útil.
En cuanto al puritanismo, y la mentalidad patriarcal, como nos lo ilustra R.H. al referirse a la novela de Flaubert, Madame Bovary, el hombre tenía derecho a salir al mundo, a convivir y a contaminarse con el mal, para luego regresar al hogar y purificarse bebiendo del manantial de inocencia que encarnaba su esposa. En la ficción Flaubertiana –según R.H.–, Emma transgrede las normas morales por ambición o por ingenuidad y luego es Flaubert quien tuvo que pagar su pecado contra la sociedad. La novela fue censurada por la “Sixième Chambre Correctionelle de París”. Pero, en el fondo, dentro de este marco patriarcal tiene especial relevancia la mujer fatal, de la que queda excluida toda inocencia, ya que se trata de una persona ambiciosa e inteligente, que se plantea objetivos “masculinos” y que se sirve de sus encantos sexuales para desenvolverse en el mundo de los hombres. En muchas versiones aparece provisionalmente como una mujer admirada y triunfadora, pero su inexorable caída siempre forma parte del guión. Esta mujer, sacada de las páginas literarias, formaba parte de lo inasumible por reivindicarse como individuo real, pues esa reivindicación implicaba el derecho a la liberación sexual y una demanda de protagonismo en la sociedad. R.H. nos confirma lo anterior con la siguiente declaración: “Todas las mujeres le agradecerán [a Flaubert] el haber elevado la hembra a tan alta potencia, tan lejos del animal puro y tan cerca del hombre ideal, y el haberla hecho participar de ese doble carácter de cálculo y de enseñanza que constituye el ser perfecto” (El Festín de los conjurados…, p.72).
En otro de los ensayos, bajo el subtítulo “La literatura como Strip-Tease”, R.H. demuestra con gran maestría el manejo de su fina pluma. El mencionado subtítulo pudiera sugerir que el tema a tratar es sobre la literatura erótica. Sin embargo, lo que leemos es una hermosa disertación sobre la figura del Dandy y la importancia de los trajes. Cabe recordar que para la época del Dandy histórico, a comienzos del siglo XIX, es un período en el que lo frívolo y festivo adquiere importancia cultural siendo uno de los protagonistas el Dandy que suele ser parangonado al aristócrata. Y en cuanto a la apariencia y a la indumentaria masculina, según anota R.H.: “Un dandy es un hombre que lleva trajes, un hombre cuyo estado, oficio y existencia, consisten en llevar trajes” (p.37)
A través de textos de Balzac, Carlyle, Novalis, Laurence Sterne y Wilhelm Meister, entre otros, R.H. nos confirma que la literatura es reflejo y recurso histórico-social ya que nos informa, por ejemplo, cuán imperante era la apariencia, el aspecto exterior, o parecer, de una persona. Lo que parece. Pues, lo primero cuando nos encontramos a una persona es con su apariencia, con el conjunto de su aspecto. Por lo tanto, el porte, el conjunto, la actitud, la pose, nos indica muchas cosas sobre esa persona que no solo se ven, sino que también se notan formando parte de su apariencia. Pero en el conjunto de la apariencia general de una persona suele destacar algo por encima de lo demás: el traje que lleve. El traje es el más enérgico de todos los símbolos. Se pudiera decir que en la Revolución Francesa el debate parecería haber sido entre la seda (la aristocracia) y el paño (la burguesía).
Nos señala R.H. que, “Ya Swift, En el cuento de un tonel, definía al hombre en función del traje de paño” (p.37)
Interesante, resulta, por lo particular es la visión generalizada en la época respecto a los artistas de fines del siglo XIX como seres extravagantes y fantásticos, melenudos, homosexuales, que vestían elegantemente o a veces con ropas sucias y fumaban malolientes pipas. Los jóvenes autores no sólo eran tildados de malditos y bohemios, sino también de homosexuales e incluso de pederastas, amanerados, psicópatas, estrafalarios y hasta delincuentes. Todo este imaginario en torno al fin del siglo, lo capta R.H. a través de todo el libro, pero le dedica especial atención en el ensayo que se intitula “Crimen Amoris”, dedicado al escándalo que se produjo por el incidente violento entre Arthur Rimbaud y Paul Verlaine.
La ruptura del romance entre estos dos poetas suscitó que Verlaine “incapaz de convencer a Rimbaud para que aplazara su partida le dispara hiriéndole en la muñeca izquierda” (p.158). Pero independientemente de ahondar en las reconciliaciones idílicas y rupturas de estos dos poetas, R.H. nos va relatando las experiencias de Verlaine en la cárcel, sus procesos penitenciarios y, ante todo, su creación poética. Para R.H. tanto Rimbaud como Verlaine son verdaderas leyendas que marcan la vida y la obra de otros autores. De este modo, R.H. hace que el nombre Verlaine se convierta en palabra poética, prácticamente en un símbolo que condensa una comunidad de inclinaciones estéticas. Es casi un mot de passe, un santo y seña que reúne a lo largo de todo nuestro continente a los poetas vinculados con esta nueva sensibilidad.
La aproximación de R.H., en este ensayo “Crimen Amoris”, perdería significación si no abordara una cuestión, en mi opinión, fundamental. Pensar en fenómenos como el de la extraordinaria repercusión de la obra de Verlaine en Hispanoamérica, trae inmediatamente a nosotros dos palabras: intertextualidad y otra, que puede sonar menos técnica, pero que personalmente prefiero: diálogo. Ambas pretenden describir un fenómeno que a menudo se ha considerado de una manera cercenada, diría. Cuando una obra como la de Verlaine trasciende, con la amplitud que he intentado delinear, sus propios límites, para penetrar en los procesos creativos de otros artistas, lo que se genera no es una mera recepción pasiva de elementos estéticos (lo que podríamos asimilar a una imitación). Lo que se suscita es una respuesta activa, una recreación, en la que los elementos de una poética se reactualizan y alimentan nuevas propuestas estéticas.
Por supuesto, nadie podría decir que un poema es fuente del otro. Lo que percibimos en las obras de Rubén Darío o Enrique Gómez Carrillo, entre otros, no es un mero eco de la voz de Verlaine, sino cómo la voz de un poeta nos llega, transformada y enriquecida a través de la voz de otro poeta. Por eso, prefiero la palabra diálogo a intertextualidad.
Se ha dicho que un libro está hecho de muchos libros, y esa sería quizás una definición, bastante comprimida, simplificada, pero no del todo errada, de El Festín de los Conjurados... Por mi parte, esto hace que prefiera la palabra diálogo, porque creo que subraya más claramente que los textos no se vinculan ni se realimentan por sí mismos sino a través de la subjetividad, de la lectura creativa de los seres humanos que los conciben. La fecundidad del diálogo entre R.H. Moreno Durán y los escritores del fin de siglo europeo que, a su vez, nutre la literatura latinoamericana, en general, y la colombiana en particular, brinda un excelente ejemplo.
¿El lector de El Festín de los conjurados… probablemente se vuelva de nuevo a las novelas, y cuentos, de R.H. y encontrar modos diferentes? Uno de los efectos podría ser un sentido de la incompatibilidad de la etiqueta de escritor «suramericano» (o colombiano): RH crea de un rico diálogo con escritores de varias tradiciones. En particular, es obvia, su evidente fascinación por los escritores europeos de la segunda mitad del siglo XIX, lo cual sugieren si se le mira desde otro ángulo, R.H. fue un escritor profundamente cosmopolita. Igualmente es evidente su absorción en las preguntas más minuciosas de la lengua: los ensayos sobre estos escritores que no usaron la lengua española en sus escritos, R.H. nos enseña su destreza en el detallado arte magistral de los buenos traductores.