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N O T A S

El tiempo: materia poética en la obra de Eugenio Montejo (por: Leonardo Maicán; “Letralia”, 15.VIII.2005). El tiempo es la imagen móvil de lo eterno: Platón. Hay poetas para quienes la literatura no es sino reflejo, casi milimétrico, de la sociedad y el tiempo que les ha tocado vivir. En cambio, hay poetas cuya escritura no conoce de límites ni de tiempos, pues su única preocupación es la interpretación del hombre, de la esencia con que afirma su propia trascendencia. Eugenio Montejo pertenece al rebaño de estos últimos. Poesía que pone de relieve los sentimientos y misterios del hombre y, a partir de allí, la relación de éste con el universo que lo circunscribe: la naturaleza, el tiempo.
En buena parte de la obra del poeta caraqueño se rompe con la horizontalidad del tiempo. Veamos los cuatro primeros versos de la segunda estrofa del poema “Retornos”, perteneciente a su libro Muerte y memoria (1972): “Todas las formas del paisaje / pasarán del negro al verde / y otra vez del verde al negro, / según las vueltas de la rueda…” (p. 45).
El paisaje, eterno compañero del tiempo, es susceptible de variar de acuerdo a la mirada del otro. En el poema que nos ocupa, pasa del negro al verde, y viceversa. Pero puede abarcar otros matices, que aunque no se encuentran de manera literal dentro del texto, puede hallarse por intermedio de una lectura capaz de roer la osamenta estructural del poema. Pues el paisaje encierra en su naturaleza todas las formas y colores posibles. La rueda, en el texto señalado, simboliza el tiempo, el indetenible girar de los instantes concatenados. El galopar que hace al viento, velado de misterio. Galopar del tiempo que palpa las piedras del camino. Este camino no es otro que la vida del hombre, y que nos conduce hacia adelante (futuro) o bien hacia atrás (pasado, retorno).
Vemos entonces que la voz vuelve y desaparece en el tiempo, ya sea en sueños o cabalgando en el recuerdo. En el mismo libro (Muerte y memoria) hay un poema titulado “Regreso”. Antes que nada, llama la atención la sinonimia presente entre retorno y regreso. Semánticamente, ambos vocablos nos remiten a un tiempo o lugar que precede al “ahora”, a un volver. Esta recurrencia de participar del pasado por parte de Eugenio Montejo, nos lleva a creer que para el poeta caraqueño el pasado, lejos de ser un estado temporal inerte, estático, es por el contrario un universo vivo, espacio de múltiples e infinitas posibilidades.

En Partitura de la cigarra, uno de los libros más representativos de la obra montejiana, el juego temporal, o más bien, de anacronía, es evidente. Pero no es una anacronía en el sentido literal de confusión temporal. De ninguna manera. En el mencionado libro, al igual que en el resto de su obra, el poeta, inteligentemente, desliza su conciencia a través del permeable terreno de la temporalidad; como quien mira a través de un cristal y palpa con sus manos la vida o muerte que allí palpita. El tiempo es relativo, afirmó Albert Einstein. En tal sentido, qué más da vivir en presente o pasado (pareciera decirnos Montejo), si en todo caso la literatura, y más exactamente la poesía, es la tierra de los encuentros posibles. Y más aun: a partir de lo que plantea el autor, el lector es capaz de hacer una reflexión profunda, filosófica, acerca de su compromiso como ser individual en cuanto a su tiempo actual (presente), que inevitablemente lo conlleva a una serie de interrogantes acerca de su futuro, tanto en lo individual como en lo colectivo.
En definitiva, se podría decir que Eugenio Montejo es un poeta que escribe sin “camisas de fuerza”. Para este autor venezolano, el tiempo es una cosa viva, asible, que al igual que el viento puede parecer sereno unas veces, con un norte definido; otras veces puede embestir la brújula de nuestros sentidos, y arrastrarnos de la mano al tiempo donde realmente nace el poema; haciéndonos sentir que somos partícipes de su aventura.
ReferenciasMontejo, E. (1996). Antología. Editorial Monte Ávila Latinoamericana. Caracas. — (1999). Partitura de la cigarra. Editorial Pretextos. Caracas.

Salutación a Eugenio Montejo (por: Adolfon Castañón: “Literal Magazine”, 20.IX.2007). ¿Por qué estamos aquí? En el marco de la VII Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, que la Universidad de los Andes de la ciudad venezolana de Mérida organiza junto con la Fundación “Casa de las Letras Mariano Picón Salas”, hemos venido a saludar el doctorado Honoris Causa que esta ilustre Universidad ha decidido imponer al poeta Eugenio Montejo.
¿Pero quién es Eugenio Montejo? ¿Qué merecimiento tiene para que esta eminente casa le conceda su más alta distinción? ¿Qué significa un grado académico de este orden? ¿Qué se encuentra en juego en este ceremonial que parece prometido por su misma condición a reiterarse y reinar en el tiempo? ¿Qué singular clave une los destinos y los escritos de Mariano Picón Salas y de Eugenio Montejo?
Nacido en Caracas en 1938 (como él mismo recuerda en el “terrible año de la muerte de Lugones, de Vallejo, de Maldenstam. Una herencia demasiado fuerte que he compartido con Óscar Hahn, Miyó Vestrini y con nuestro inolvidable Francisco de Cervantes”) y luego crecido en la Valencia venezolana, Eugenio Montejo es, junto con Rafael Cadenas y Ramón Palomares, uno de los tres nombres que dan vida hoy, en el año 2007, a la poesía en Venezuela, nación de nombres tan eminentes como Andrés Bello, José Antonio Ramos Sucre, Vicente Gerbasi, Juan Sánchez Peláez y Juan Liscano, entre los más significativos.
Eugenio Montejo es autor de una obra rica, innovadora y compleja, que se vierte sobre todo en libros de versos y poemas. Varias facetas innovadoras conviven en su diamante. Dos, sin embargo, saltan a la vista como decisivas: la primera tiene que ver con su idea o más bien, para recordar al poeta italiano Guseppe Ungaretti, con su inteligente sentimiento del tiempo —idea o sentimiento que se afinca y enraíza en una profunda experiencia amorosa en la que cristalizan y culminan las experiencias y, a veces, los experimentos de la piedad, la compasión amorosa y la afinidad o afinación órfica— registros, todos, que hacen de la poesía lírica y dramática de Eugenio Montejo, un ente, un ser que dialoga, un ser hecho para el diálogo y el coloquio.
La segunda faceta ahonda y prologa la primera a través de líneas simétricas, paralelas, tangenciales y asíntotas de esas otras personas o máscaras poéticas que, a partir de Fernando Pessoa, Antonio Machado y Octavio Paz, se conviene en llamar heterónimos. Esta legión lírica, engendrada en la garganta mental del poeta, la conforman autores como Blas Coll, el insigne tutor originario de los colígrafos, el sueco Tomás Linden con su indescriptible Hacha de seda, don Lino Cervantes, y otros contertulios, quienes voluntaria e involuntariamente ayudan al lector a calibrar mejor, a situar con mayor exactitud la obra en expansión de este Eugenio Montejo que se presenta con las apariencias tímidas del que camina por los abismos como un despreocupado equilibrista que casi parece pedir perdón al público por la inquietud que le pudieran causar sus proezas. Es un poco, Eugenio, como ese Charlot, Charlie Chaplin, tan admirado por la poeta y ensayista cubana Fina García Marruz, que sale ileso de todos los desastres por el poder de la inocencia y el amor.
La otra faceta, la de la pluralidad creadora que se asienta y traduce en la fábrica de heterónimos, siembra la semilla del des-concierto en muchos órdenes, pero principalmente en dos: las nociones de enseñanza, prosperidad y riqueza. Don Blas Coll se inscribe en esa genealogía que acaso tiene un remoto lugar de origen en Platón pero que en el mundo moderno arranca en el Zaratustra de Nietzsche, Monsieur Teste de Paul Valéry, sigue con el Juan de Mairena de Antonio Machado, el Oliver Alstone del norteamericano Van Wyck Brooks y el Lord Chandos del austriaco Hoffmanstal; dicha genealogía se prolonga, por supuesto, en Álvaro de Campos del propio Fernando Pessoa y desemboca en esas figuras hilarantes y corrosivas que son el Bustos Domecq y el César Paladión de Borges y Bioy Casares, el Gorrondona y el Leñada de Alejandro Rossi, el Eduardo Torres de Augusto Monterroso, y acaso —cómo no— en el Maqroll de Álvaro Mutis.
Todos estos nombres declinan a su modo plural una sola sombra corrosiva: la crítica de la enseñanza. Ponen en crisis la noción de aprendizaje y de riqueza o prosperidad. Eugenio Montejo dibuja a don Blas Coll y a su Taller Blanco como una suerte de Robinson Crusoe hispanoamericano que ha sido capaz de sobrevivir en el recóndito Puerto Malo a las estruendosas y vacuas convulsiones de una civilización que perdió la brújula hace mucho tiempo. Una de las ideas rectoras de Coll es la de un minimalismo desvelado por reducir y condensar donde otros quieren ampliar y explayar. Esta idea, enunciada desde una América que ha puesto su esperanza en su tamaño (de ahí el título de aquel libro juvenil que Jorge Luis Borges supo censurar juiciosamente: El tamaño de mi esperanza) no deja de ser subversiva y de tener un potencial más que explosivo, catalizador. Y esta palabra catálisis, de origen químico y casi bioquímico, pues alude a la disolución, me parece conveniente para ensayar una caracterización de la obra de Eugenio Montejo como un doble tubo de ensayo o sistema de vasos comunicantes en el cual se da como necesaria una operación de conversión o transmutación incesante, de catálisis a través de la palabra. A su vez, la palabra transmutación remite a la praxis peligrosa de la alquimia que buscaba transformar el plomo en oro y prometía a sus amorosos oficiantes una íntima y radical transformación. Y algo tiene nuestro Eugenio Montejo del alquimista sigiloso que vierte en el atanor del lenguaje sus menas, sus gangas, sus ganas y sabe transfigurarlos en oro, platino y otros metales radioactivos, como si fuese una suerte de Paracelso criollo, familiarizado con los espíritus elementales de las plantas, las piedras y, desde luego, los insectos y el resto de la fauna.
La radioactividad que encierran sus obras es, como la de Fernando Pessoa y Jorge Luis Borges, contagiosa, aunque no infecciosa, pues en su proceso o proyecto biomimético, Eugenio Montejo se ha cuidado en cada paso de la estilización y de la copia de sus propios procedimientos retóricos que, él como buen alquimista y celoso boticario, sabe tener bien guardados en la alacena.
Vivimos en una edad de radical instrumentalización y mercantilización del saber y de la inteligencia, y una obra ondulante pero inconmovible como la de Eugenio Montejo es una buena medicina para bajarnos las fiebres de la movilización total, porque apunta a la conservación y mantenimiento de eso que no se puede mover ni movilizar que es la reserva de inocencia y de sentido común, la sensata razón humana que sale en busca de su bebida y alimento no a las plazas donde corean las multitudes sino a los claros del bosque donde el zumbido de la sangre se confunden con el estridular de las luciérnagas y su música.
Apunta la amena y fértil obra de Eugenio Montejo a la conservación de ese oasis inteligente y espiritual que se abre en el paréntesis del tiempo libre investido en la contemplación, la lectura, la crítica y la autocrítica. Es un buen signo que, en la altiva Mérida venezolana, cuna del ensayista Mariano Picón Salas, poderosa y fecunda inteligencia que supo amistar con Alfonso Reyes y Octavio Paz, se le otorgue a un poeta y casi se diría a un grupo de poetas como los que conviven bajo la epidermis de Eugenio Montejo, una distinción como ésta del doctorado Honoris Causa concedido por la Universidad de los Andes que con este acto que lo honra y se honra, da muestras (ella, la Universidad) de una honestidad intelectual que es poco común en nuestro tiempo.
¿Qué significa pues que un poeta reciba un doctorado Honoris Causa por parte de una prestigiosa Universidad? ¿Acaso se puede enseñar lo innenseñable, transmitir lo intrasmisible? ¿Qué enseña un poeta y cuáles, si los hay, son los procedimientos o métodos de enseñanza? ¿Cuál es la materia de su conocimiento? ¿Cuál es su sylabbus, su plan de estudios, su trivium y su cuadrivium? Un poeta ¿es un científico, un técnico, un artista, un actor, un bibliotecario? ¿Qué representa, ante quién se da esa representación?
El instrumento de un poeta es el lenguaje y su materia es ese mismo idioma preñado de emociones públicas y privadas. Pero el poeta, para citar una conocida frase de John Keats expresada en una carta a su amigo Lord Houghton —traducida por Julio Cortazar—: “no tiene identidad propia, es todo o es nada, vive sin cesar en otro cuerpo”. Es cierto que esta renuncia a la identidad propia llama la atención viniendo de labios de un poeta que representa la flor del romanticismo inglés, pero también es cierto que suena espontánea y natural, pues el oficio de la poesía consiste, según una antigua sabiduría china retomada por Ezra Pound, en el proceso de rectificar los nombres, enderezar el sentido de los vocablos y restituir la pureza de su sonido originario a las palabras de la tribu, para evocar otra consigna, la de Stéphane Mallarmé. La poesía es flor y canto, lluvia de flores para el corazón, dicen los antiguos Cantares náhuas. La poesía es antes que nada música, dice Paul Verlaine en una de sus Chansons, “y lo demás es literatura”, o como diría Monterroso, haciendo juego con Shakespeare: lo demás es silencio.
El poeta viene del silencio elemental y pasa por la vida, la escritura y la historia antes de llegar a ese segundo silencio, que es como el que queda vibrando en la sala cuando el violinista termina de tocar y todavía no estallan los aplausos o como ese silencio, inasible e insondable que, en forma de blanco, separa un poema del otro o como ese otro silencio de los enamorados que se quedan inmóviles y al acecho del relámpago suspendido suspenso entre abrazo y abrazo, entre beso y beso. Pero el poeta no sólo está en su propio cuerpo y en el del otro o la otra. La poesía, como quiere Octavio Paz en El arco y la lira: “…es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos, alimento maldito”. No sólo es una forma y un arte de vivir, es también una forma de convivir y de estar en la ciudad a través del lenguaje, a través del uso cuidadoso, meticuloso, crítico del idioma. De ahí que un poeta, entonces, no pueda entregarse al placer de la cháchara, al ludibrio del bla-bla irresponsable, al automatismo sonámbulo y mecánico del que dice sin decir, lee sin leer y escribe sin escribir, tan en boga en el clima demótico que ya se va haciendo estación de nuestra edad mecanizada y virtual.
De ahí entonces el valor —en diversas acepciones de la palabra— de una obra como la de Eugenio Montejo. Obra compleja y a la par transparente, sencilla y redonda como una fruta pero henchida y embebida de juegos imprevistos y zumos inéditos, articulada desde la perspectiva o la actitud implícita en los diversos géneros de su ceremonial oficio. Porque éste es uno de los misterios felices de la enseñanza que es lección de Eugenio Montejo: su gobernada versatilidad, su ondulante transvase o injerto de poema en poema, de prosa ajena en himno propio, de ensayo en estudioso diagnóstico de las artes plásticas —como en sus luminosas aproximaciones al pintor y escultor Alirio Palacios—, y de vuelta a la canción, al aforismo, a la sentencia proferida por un maestro imaginario. Aquí tocamos una de las claves de esa apasionada y discretamente vehemente “defensa de la poesía” (Schelley), que es uno de los baluartes de este caballero andante de las letras que es Eugenio Montejo, el poeta venezolano que es como pariente fonético y acaso poético y rítmico, del italiano Eugenio Montale con quien, por cierto, tiene algunos huesos de sepia en común.
Dije: “…la sentencia proferida por un maestro imaginario…” Pues, a reserva de ir descubriendo y reconociendo a cada uno de sus maestros en las letras y en la vida —y se me ocurre mencionar a tres: Juan Sánchez Peláez, José Bianco, Alejandro Rossi—, la obra poética y crítica de Eugenio Montejo parece haber sido compuesta como un diálogo real con un maestro imaginario, quien es a su vez discípulo de un inalcanzable maestro interior al que nada se le escapa.
En esas tensas partidas, entre el uno y el otro; entre Montejo-Montejo y Blas Coll y su cohorte de pensadores y mustios mitógrafos, no sólo se ajusta y condensa una peculiar evolución de las estructuras líricas elocuentes sino que se despliegan, siempre desde el foro de la página, otras lecciones a veces críticas y a veces plásticas.
El diálogo con el maestro imaginario tiene en la voz, casi diríase en la garganta, del poeta un efecto polinizador que lo lleva a decir y deslindar ésa su pasión por el conocimiento y en especial por el conocimiento poético. Eugenio Montejo ha venido creando a lo largo y a lo ancho de numerosos libros un estilo y algo más: un hábitat, un territorio imaginario, una inconfundible esfera mental y anímica, en la cual, como en un microcosmos, se reproducen y amplían otras esferas de la sensibilidad y del conocimiento. Esas son algunas de las razones que lo han hecho merecer esta toga invisible y honrada. ¡Felicidades y honores al doctor en Letras Humanas y divinas! ¡Gloria al doctor demiúrgico: Eugenio Montejo!
¡Gratitud para esta insigne Universidad que, con esta designación se deslinda de los nombres del instante!


Amigos de Eugenio Montejo resaltaron el legado del notable poeta venezolano (por: Arturo García-Hernández; “La Jornada”, 05.XII.2008) Un grupo de amigos de Eugenio Montejo (1938-2008), uno de los máximos poetas de Venezuela, se reunió la noche del martes en la Casa del Poeta Ramón López Velarde para recordarlo a unos meses de su muerte y para resaltar la importancia de su legado.
El poeta sevillano, Francisco José Cruz-Pérez, director de la revista Palimpsesto, se refirió al “esmero formal” que hay en la poesía de Montejo, quien resumió esta preocupación estética en el siguiente verso: “En un viejo país desabrochado, yo iba de puerta en puerta, mendigando la forma”.
Quizás “en esta nostalgia de la forma, o sea de la armonía del mundo, arraigue la dimensión abarcadora de su obra, hasta convertirse en un admirable correlato de su vida interior”.
Cruz-
Pérez, quien asistió a otro homenaje que se rindió a Montejo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, dijo también la labor de maestro involuntario, “que animaba a menudo, sobre todo a los jóvenes, a volver al romancero, con la idea de que su lectura ayudaría a recuperar esa especie de ilusión o inocencia artesanal, tan necesaria en una poesía menos desaliñada y superflua, más emotiva y entrañable, capaz de acompañarnos en nuestros ancestrales deseos e incertidumbres”.
Su poesía y su trato, añadió Cruz, eran apacibles, “como si viniera de otro siglo a éste, estridente y ostentoso; su trato tenía algo de prudencia desusada que hacía compatibles el respeto y confianza, la ilusión afectiva y su insondable intimidad”.
Adolfo Castañón dijo que “en el océano de voces de la literatura y la poesía, es más fácil extraviarse que encontrarse, seguir una o varias pistas falsas, sin darse cuenta”, de ahí que sea “tan grave, oceánica, la pérdida de una voz como la de Eugenio Montejo, que se distinguía no por hablar o gritar, si no por su callado hacer diciendo y su elocuente callar entre los mundos y las formas”.
Montejo, agregó el ensayista y editor, “es una referencia, un hombre brújula,
alguien que impone orden, un mago en la exploración de la realidad síquica, poética y terrenal.”

 

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Edición No. 182