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Nicolás Buenaventura-Alder, educador creativo y motivador

Cientos de miles y miles de estudios, tratados, libros se han escrito sobre Educación. Y en los tiempos que corren las mediciones internacionales apuntan a la acentuada carencia de calidad, por faltas de continuidad en políticas de Estado, gestadas con la comunidad educativa. Y en esta condición personal de ejercicio en la educación, suelo indagar en estudios, historias, ejemplos, con arsenal de documentos que en la realidad no resuelven el problema. Hay situaciones fácticas que no responden a esas buenas intenciones de los pensadores y de los ejercitantes ejemplares. Especie de destino que corroe las sociedades, por todas las latitudes. Se culpa de distractores a los elementos informáticos y a la falta de responsabilidad compartida en las familias. Los factores incidentes serán múltiples.

Por esas cosas de curiosidad en la vida, por estos días un libro me conquistó, en la librería La Letra (Medellín), que andaba por ahí sin que nadie lo tomara en cuenta. Se trata de “El arte de enseñar” de Nicolás Buenaventura (Babel Libros, Bogotá 2025). Estuve atraído por el título y por el nombre del autor. Resulta que a mediados de los años noventa (siglo pasado) tuve la suerte de conocerlo y tratarlo como asesor él del Ministerio de Educación Nacional, y yo también participante en esa Institución. Nos encontrábamos en la formulación del primer plan decenal de Educación, por mandato de Ley, con amplia colaboración del magisterio en todas las regiones. Cuento una anécdota.

En cierto momento de ese proceso le correspondió a la Ministra de Educación intervenir en una asamblea o congreso de educadores con el tema de los avances en la formulación del plan decenal. Y estaba tan cargado de prevenciones el ambiente, que no dejaron desarrollar la exposición de la Ministra. En ese momento crítico, Nicolás Buenaventura pide la palabra y hace, como era natural en él, una intervención sosegada, ilustrada, reflexiva, creativa, con elementos convincentes, y consigue aclimatar ese tenso ambiente para que se culminara el evento con naturalidad comprensiva. Tuve esa impresión mayor que me llevó a acercarme al personaje y tratarlo con admiración y respeto. De ahí que el hallazgo de ese libro haya sido de singular significado, lo que motiva esta columna.

Nicolás Buenaventura (1918-2008) tuvo una muy amplia formación en ingeniería de caminos, canales y puertos en Scraton University (Pensilvania, USA). También estudió pedagogía e historia, con desempeños ingenieriles en el Ministerio de Agricultura, y ejercicio de profesor en colegios y universidades, en Cali y en Bogotá. En especial tuvo un tiempo importante aplicado a la educación de adultos en el SENA y en el Ministerio de Educación, con asesoría en procesos del mismo. Se ocupa de ahondar en la educación más allá de la pedagogía, al entender aquella como el sedimento fecundo que deja la comunicación humana, a la manera de “conversa de la gente”, por medio de los libros, los medios, incluso los lenguajes no verbales que rodean y estimulan los diálogos. Y a la pedagogía la interpreta como un área de la educación, el sedimento bueno que a su paso desarrolla el diálogo, la comunicación que él dice llamar “comunión”. Fue pionero en el método de investigación-acción participativa que luego desarrolló y teorizó Orlando Fals-Borda.

Alude a los buenos maestros que han sido salvadores de vidas, con su labor comprometida y calificada. El método ejercido y expuesto tiene una noción de punto de partida, con referencias históricas. Hay que propiciar el trabajo lúdico, el goce de crear, conseguir un mundo con más juego, para conseguir que la creación sea recreación. Así, hay que cambiar el deber de leer por el placer de leer. Ejerce la enseñanza a través de parábolas. Promueve que en la casa, en la escuela, en el barrio haya libros, especie de “cántaros mágicos”, rebosados, del mejor sabor. Con soporte en libros universales como la Odisea, la Biblia, La Divina Comedia, El Quijote, y aún Cien años de soledad. La palabra fue en el principio. Acude a exponer tres inventos fundamentales: el uso del fuego, la escritura y el libro, y la tecnología. Cuenta como para los huitoto el dios UIK explica la creación del hombre contando cómo fue creado: el corazón solitario habló con palabras dulces, buena fe y buenas intenciones; con las palabras de ese buen corazón fuimos creados. Estima haber lenguajes de considerar: el viento, la noche, el agua, las piedras…

La escritura alfabética fue creada en el Medio Oriente y los árabes trajeron de la China la industria del papel y de la India el número cero para completar la serie de los dígitos. También se anota que la Biblia es el libro sagrado de Occidente, cuyo significado es “los libros” y El Corán de los árabes significa “la lectura”. Y la democracia comienza con la lectura alfabética cuando se universaliza con la modernidad, se hace popular. El libro que en la lectura privada se vuelve diálogo, formación de pensamiento, debate. San Agustín recuerda, en el siglo V, haber encontrado a Ambrosio solitario embebido en la lectura de un libro, absorto con los ojos y la mente, sin modular los labios.

La humanidad ha llegado, con el desarrollo de la electrónica y la tecnología a permitir acceder por pantalla a la lectura, al intercambio de comunicaciones, a la indagación de temas con apoyo en la Inteligencia Artificial (IA), sin límite de distancia ni de tiempo. Sincronía de la palabra, con la exégesis del saber en los textos, del más amplio espectro.

En libro también Nicolás profundiza en el origen y desarrollo de los Derechos Humanos, con reclamo en su vigencia y cumplimiento por autoridades de todo orden, con los antecedentes de la Carta Inglesa de Derechos (1689), la declaración de Independencia de los Estados Unidos de América (1776), la Declaración de los Derechos del Hombre en la Revolución Francesa (1789) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por la Asamblea de las Naciones Unidas (1948). Asimismo, Buenaventura fue pregonero y ejercitante de la ética de la convivencia. Sinembargo, establece la idea del mito como presencia que precede, en tanto persistía esa lucha por conseguir la convivencia y la colaboración o solidaridad humanas. Utiliza la característica de los derechos humanos antes haber sido “gente”, para simbolizar esa lucha, es decir, “los derechos eran buena gente”.

Se suceden en el libro una serie de 23 cartas, quizá simuladas, con nombres y lugares, entre el funcionario del Ministerio de Educación, maestro Bernardo Rodríguez (Nicolás Buenaventura) y la maestra Gloria Cifuentes, del colegio Manuela Beltrán, en el pueblo La Soledad. Se trataba de la maestra que fue asesinada, madre soltera de unos mellizos. Las cartas son desarrollos elaborados en el planteamiento de problemas y en el razonamiento expositivo por la comprensión y las maneras de vislumbrar caminos de solución. Aparecen, como es natural, dudas e incertidumbres. Las suscritas por Bernardo, el mismo Nicolás Buenaventura, conforman un verdadero tratado de pedagogía, con recurso de parábolas y mitos alegóricos para hacer más comprensible el mensaje formador. Allí se cruzan temas del manual de convivencia, con la apreciación de la maestra: “Poniéndole el gusto, el debe se vuelve puede. / Si queremos, lo podemos; querer es poder.” Está muy presente la pedagogía de los Derechos Humanos, con la apreciación de Rodríguez de estos no tener diferencia con el espacio de libertad creadora para la persona.

En ese intercambio se desarrollan aspectos de una bien ponderada pedagogía, a partir de experiencias de cada uno de los protagonistas. Así, se incorpora el juego en el proceso de aprendizaje, de esa manera surge la modalidad del “bien-te-veo” para desarrollar un cuento, pasando la voz del uno a otro que lo continúe. De esta manera brota la parábola del derecho a la naturaleza, especie de relato sobre la creación, en el aula de la maestra. En mensaje de Bernardo se afina el proceso con comienzo en los derechos de humanidad, luego los sociales y se culmina con los individuales. Se trata de asimilar la paz entre nosotros mismos y con la naturaleza, una sola paz. Paz de comprender no por lo negativo, sino primero por lo positivo, su verdad, su cotidianidad, y luego viene el no a la guerra.

Bernardo cuenta su experiencia al salir con los muchachos al parque y observar los árboles. Surge la pregunta, por qué el árbol tiene la boca enterrada y nosotros la llevamos arriba, lo que conduce a una conversación, para llegar a comprender que se necesitó mucha vegetación para existir seres vivos con la boca arriba. De igual modo relata la parábola de los monjes peregrinos, con el caso de tener que cruzar una corriente caudalosa de agua, con una niña que no puede valerse por ella misma para pasar; un monje muestra desgano para apoyarla mientras otro la alza y la lleva al otro lado. La niña corre a su casa y los monjes se dan al reposo. El monje abúlico celebra la proeza del otro, quien no interviene, al insistirle; el monje cooperante le hace ver que ese proceder lo llevará a permanecer con la niña al hombro, así como los padres que no apoyan a sus hijos, los llevarán toda la vida, con esa sensación de culpa.

La maestra se inventó para los alumnos la parábola de la palabra. Narra como al principio era el vacío, luego los pensamientos se sucedieron en las personas hasta que ese juego de los pensamientos llevó al brote de las expresiones, las palabras, con la distinción de agua, árbol, enredadera, arbusto, flores,… Algunas palabras nadaron y surgieron los peces, las que volaron se volvieron pájaros y al sentarse a descansar surge la piedra. Después se dijeron mujer y hombre, caminaron y se amaron. Las palabras tuvieron nombre. Surge casa, mesa, se contaron historias, con aprendizaje a vivir con las palabras, dependiendo de estas y entre ellas.

De pronto aparece la inquietud por sentir qué es la noción de nación. Y el maestro Bernardo cuenta su experiencia en trabajo con estudiantes en los Llanos Orientales, un grupo como de cuarenta, en quienes no se repetía ningún apellido. Observó que tenían diversa procedencia geográfica. Entonces se comenzó a explorar las formas y maneras de las regiones, con sus características hasta de la música. Hicieron un juego divertido para reconocer los límites de Colombia y la ubicación de cada región. Los indígenas que había en el grupo compartían nación con las fronteras de Brasil o Perú. A Bernardo se le ocurrió al final decir: “Colombia limita por el norte con Cien años de soledad, al oriente y sur con La vorágine y al occidente con María, porque es el país del cuento y de la cultura de frontera.”

El discernimiento del derecho al trabajo toma como referencia una reunión de abuelos con los alumnos de sexto en la escuela. Los abuelos cuentan historias y se esclarece el caso del zapatero que se preocupa para que sus obras sean de calidad, bellas a la vista, cómodas al uso y duraderas. Esos diálogos incorporan la idea del juego en el trabajo, hacer las cosas con gracia, con gusto. Bernardo recuerda que en el hindú antiguo, el sánscrito, hay una sola palabra, ramlila, para significar juego y trabajo.

Bernardo escudriña el sentido y origen del juego. El niño aprende a caminar con el juego, y aprende a hablar sin que le enseñen, va asimilando las palabras que están por ahí, en el aire, y compone expresiones hasta graciosas. Así, para aprender a leer debe acudirse al juego, con palabras diseminadas en el aula relacionadas con elementos o productos que el niño relacione. De esa manera podrá llegarse al libro y promover la afición por la lectura. En el trabajo habrá que considerar no asumirlo como una carga obligante, sino con la gracia propia de generar recreación, formas creativas, con el derecho al tiempo libre.

Cada página del libro es de sorpresas, y en las cartas entre ambos hay encuentros de saber y fábula. Cuando se llega a explorar el sentido del derecho a la vida, Bernardo expone cinco componentes que lo integran: el derecho a no ser herido ni en el cuerpo ni en el alma; que nadie sea amenazado de muerte; disponer y cuidar cada uno espacios de intimidad o soledad; el derecho a crecer en la vocación, en el desarrollo integral, y el derecho a la ternura, al amor, a la risa. Complementa con los derechos a la libertad, al trabajo, a la propia fe, a pensar las cosas de una u otra manera, y el derecho supremo de oír al otro; este derecho es mayor que el derecho a opinar.

A final presenta tres parábolas, a la manera de cuentos pedagógicos, para acentuar la comprensión de la libertad, el buen seguro y el Estado de Derecho. Son dirigidas a la maestra de sus diálogos, pero ella no alcanzó a recibirlas, puesto que la habían matado, incluso su escuela tuvo padecimiento de tres tomas de la insurgencia armada, y dos niños al escapar fueron víctimas de las minas antipersona. La violencia de Colombia, la nuestra, deja rastros por doquier y Nicolás Buenaventura fue un singular pedagogo, pregonero de los derechos fundamentales, con indeclinable condición de pacifista: el derecho a la vida, a la salud, a la educación, al trabajo, a las diferencias, al respeto, al silencio, al sosiego, a la libertad, con el guardián de todos los derechos, el Estado de Derecho, entendido también como Estado de la Democracia. Y destaca los dos principales: el derecho a la Naturaleza y el derecho a la Paz.

Se suceden relatos, experiencias, historias, todo ello para aclimatar el proceso comunitario de aprendizaje, de aprender a pensar, a dialogar, a controvertir, a ejercer el respeto en las diferencias, a concertar en los conflictos y alcanzar el consenso o el acuerdo. Es un libro que en cada una de sus páginas reverbera el método, las opciones de motivar, con incorporación del juego en el proceso de aprendizaje, un juego que lleva a inventar maneras de preguntar, de ocurrencias en el decir, para conseguir la alegría en la escuela, en las relaciones interpersonales, con respeto en las diferencias e incorporación del conocimiento de los derechos, para su reividicación, al igual que los deberes.

El pedagogo colombiano Julián de Zubiría Samper, fundador y director del Instituto Alberto Merani (Bogotá) realizó, en el 2017, una bella y justa semblanza de Nicolás Buenaventura-Alder, que recojo a continuación [Ref.: Revista Semana, 15 de mayo de 2017]:

“En la vida uno tiene pocos grandes maestros. Son aquellos que nos impactan tanto, que pensamos y sentimos diferente después de haber sido sus alumnos. Ellos nos enseñan a comprendernos, a comprender a los otros y a comprender el contexto. Sin ellos es imposible alcanzar la lectura y el pensamiento crítico. Nos contagian de pasión e interés; nos enseñan a pensar de manera autónoma y a convivir respetando las diferencias. En parte, gracias a uno de ellos, he dedicado mi vida a transformar la educación. Hoy, en el día del maestro, quiero recordar a Nicolás Buenaventura Alder.

Interactué en tres momentos de la vida con el “maestro Nicolás”, como todos lo conocíamos. La primera, cuando de joven escuché en mi casa materna las historias sobre su padre Cornelio. La segunda, como su alumno de historia de Colombia; y la tercera, la más larga de todas, cuando culminó su extensa militancia en el Partido Comunista y se dedicó a lo que más sabía hacer: enseñarle a quienes conversábamos con él a hacerle preguntas a la vida. Fueron largas tertulias las que me permitieron conocer su faceta más impactante: el pensador profundamente creativo, comprometido y ético que era.

Cornelio, su padre, cuentero de oficio y quien murió antes de culminar su libro “Dios, el hombre y el Universo”, del cual, como era previsible, sólo alcanzó a escribir el primer párrafo, sostenía, con profunda originalidad, que en la vida eran más importantes los enemigos que los amigos. Hasta llegó a afirmar que la grandeza de un hombre se medía por la calidad de sus enemigos.

“Una buena parte de los amigos” – decía – “lo abandonan a uno un día, acaban por olvidarlo o por traicionarlo; muchos, incluso, sienten envidia del éxito que alcanzamos; en cambio, un buen enemigo es para toda la vida. Por eso” – concluía – “en la vida es muy importante tener buenos enemigos. Sin duda, hacen que nos esforcemos para alcanzar las metas imposibles”.

Nicolás heredó de su padre su infinita creatividad, la cual, contrario a lo que se cree, suele expresarse de mejor manera en las preguntas que en las respuestas. Para cualquier observador era evidente que tejía con enorme cuidado sus analogías para favorecer la comprensión y preguntaba de manera socrática para empoderar a sus interlocutores. Nicolás era, como son los grandes docentes, libre pensador, apasionado, comprometido, dialogante, profundo y reflexivo.

El periodo más largo en el que tuve la fortuna de interactuar con él fueron los años previos a que reconociera públicamente, en su libro ¿Qué pasó, camarada?, que el socialismo real nunca había existido y que, hoy en día, en lugar de luchar por la revolución había que garantizar la ampliación de la democracia y la consolidación de la sociedad civil. Seguramente hoy volvería a morir de tristeza si supiera que el país que ayudó a construir, le dijo No a los acuerdos de paz, que hay un grupo político que organizó “resistencia civil” contra la paz y que amenaza con hacer “trizas” los acuerdos en caso de volver al poder. Muchos también quisiéramos morir, al ver lo enferma de odio y venganza que sigue una parte de la sociedad colombiana. El populismo está haciendo estragos la débil democracia que teníamos.

Cientos de veces lo vi jugando de manera mágica con las palabras ante diversos auditorios, como sólo lo saben hacer los maestros más comprometidos. En ocasiones, Nicolás contaba una historia a la que intencionalmente había suprimido alguna esencial información para que, mediante preguntas hipotéticas, que se respondían con monosílabos, sus interlocutores pudieran hacer inferencias para terminar de interpretarla. Fue el primer maestro que me permitió concluir que el fin último de la educación no podía ser el aprendizaje, sino el desarrollo del pensamiento. He intentado ser fiel a él, jalonando el pensamiento hipotético-deductivo de los docentes con los que semanalmente me reúno en el extenso recorrido por América Latina que inicié desde aquel entonces. Sin saberlo, me volví discípulo de sus reflexiones, amante de sus preguntas, y seguramente, apasionado e intenso, como mi maestro.

Como los mejores maestros, se refería a los temas más complejos recurriendo a las analogías más sencillas y volvía a preguntar a quien se sentía poseedor de la verdad. Era incisivo con los dogmáticos. Al final de su vida concluyó, como Platón, que las revoluciones futuras llevarían a los intelectuales al poder. También me enseñó a creerlo. Un mundo no gobernado por políticos, sino por intelectuales y artistas, más cultos, reflexivos y sensibles.

Solía comentar que padecía problemas de identidad personal, ya que cuando él era niño, era tan reconocido su padre en Cali, que todos lo conocían como el hijo de Don Cornelio. Años después, cuando su hermano Enrique adquirió fama mundial por su trabajo al frente del Teatro Experimental de Cali, el TEC, se referían a él como el hermano de Enrique. Y al final de su vida, cuando su sobrino Nicolás Buenaventura Vidal recorrió el mundo contando historias, como antes lo había intentado su padre Cornelio, le decían: Ah, entonces, ¡tú eres el tío de Nicolás! Esa faceta siempre fue menos conocida: su exquisito humor y la capacidad ilimitada de burlarse de todo, hasta de sí mismo, como hacen los grandes.

Aunque tejía bellamente sus pensamientos, como buen conversador, escribió menos de lo que habló. Infructuosamente le insistí en la necesidad que tendríamos los educadores de que sistematizara sus reflexiones pedagógicas. Pero, como bien decía, en la vida era muy importante “hablar mierda”.

Nosotros tuvimos la fortuna de que nos acompañara varios años como profesor en el Instituto Alberto Merani. Cuando llegó, me preguntó por el programa que tendría a cargo y yo le dije lo que era apenas obvio: Que él venía a conversar con los alumnos sobre la vida y que yo quería que ellos aprehendieran al menos una parte de todo lo que yo sentía haber aprehendido de sus conversaciones.

Su compromiso ético, su transparencia, su obsesión por desarrollar el pensamiento crítico, su cultura y su lucha frontal contra el dogmatismo son lecciones de las cuales todos los maestros tendríamos que aprehender.

Me enorgullezco de haber sido su discípulo y me alegro enormemente por los docentes del país, por las grandes reflexiones pedagógicas, políticas y culturales que generó. Sólo los grandes hombres son capaces de repensar el sentido de la vida, después de permanecer anclados en un contexto tan inflexible y dogmático como ha sido el de la izquierda colombiana. Y me vuelvo a emocionar cuando recuerdo cada una de las muchas veces que nos sentamos, al pie de una pequeña mesa en la cocina de su apartamento en Chapinero, a dialogar y hacerle preguntas a la vida. Al fin y al cabo, maestros son los que nos cambian la vida. ¡Gracias, maestro!”

[Versión amplia de columna en “La Patria”, 11.X.2026; p. 18]

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