Nobleza y desafío: el pensamiento crítico de Carlos-Arturo Torres
Si cabe hablar de asignaturas pendientes, posiblemente una de ellas sea la revisión de la obra de Carlos-Arturo Torres (1867- 1911). Sus libros y las colaboraciones en publicaciones periódicas advierten una riqueza, inigualada hasta entonces, de tendencias, autores y problemas de carácter socio-histórico-cultural que puso en circulación en la Colombia de fines del siglo XIX y comienzos del XX. En un período de veintitrés años produjo una obra de importancia capital que abarca la poesía, el cuento, el teatro, la conferencia, la traducción, el género epistolar y el artículo periodístico. Torres fue un especial divulgador de la literatura, la filosofía y la historia universal en su tiempo; en este sentido, su labor de difusión y estímulo incluyó autores practicantes de las más diversas disciplinas, estilos, épocas y nacionalidades. Entre ellos se encuentran: Eugenio María de Hostos, Antonio Nariño, Jorge Isaacs, Gaspar Núñez de Arce, Leopoldo Lugones, Francisco Pi y Margall, Santiago Pérez Triana, Francis Bacon, William Shakespeare, Herbert Spencer, Emile Zola, John Morley, Edgar Quinet, Paul Bourget, Auguste Comte, Alfred de Vigny, Edgar Allan Poe, Victor Hugo y Lord Byron, con lo cual dejó evidencia no sólo de su vasta cultura general sino de su interés en proponer una poética de la experiencia humana.
La preocupación de Torres por el acontecer histórico-cultural colombiano y latinoamericano se incubó muy tempranamente en su drama Lope de Aguirre (1891) y en algunos de sus primeros poemas Poemas Fantásticos (s.f.) hasta alcanzar su madurez reflexiva con la publicación de Los Idolos del Foro (1909), a través de los cuales acertó en plantear poética y proféticamente objetivos, que implicaban un continuo proceso de reajuste y metamorfosis, una nueva conciencia crítica de su hora. Su pensamiento apoyado en reflexiones de Bacon, el positivismo de Comte y Spencer y la literatura francesa e inglesa delinearon sus propuestas en las que se advierte un claro intento por abrazar lo universal del pensamiento y la literatura. En este sentido, su visión original nutrida de las más diversas fuentes, buscaba ante todo la emancipación mental bajo cualquier contingencia a fin de encontrar salidas a la compleja realidad inmediata -la colombiana-, que constituyó el tema central y esencial de su vida.
No obstante de sus contribuciones, llama la atención la notable ausencia de estudios que den testimonio de la totalidad de su obra en la historiografía literaria y crítica colombianas. Quien busque responder a lo anterior comprobará, al dar una ojeada a la tomista bibliografía sobre la apasionante época finisecular, que la producción literaria de Torres ha sido la menos favorecida por los investigadores colombianos. Pareciera que las determinaciones y los procesos de legitimación que han regido el estudio de éste período han estado orientados más por un deseo de estar a la moda(lidad), contemporánea del “ismo”, o del “azul”, que por un interés de explorar ampliamente nuestra historia ideológica como parte de un proceso de formación cultural. Desentenderla de este rigor ha arrojado en la historia de la recepción literaria un balance excluyente y redundante a la vez. Para botón de muestra, las reseñas, antologías, comentarios, ediciones y estudios críticos, se han aglutinado mayormente en un mismo género, en este caso, la poesía y en particular han privilegiado a un par de autores: José Asunción Silva y Guillermo Valencia.
Con la excepción de unas cuantas aproximaciones que se le dedicaron fundamentalmente a Los Idolos del Foro (dentro y fuera de Colombia) es muy poco lo que se ha avanzado en una valoración comprensiva de su obra como lo ha señalado puntualmente Rubén Sierra Mejía. En la mayoría de estos trabajos como los de Ermilo Abreu Gómez, José Gaos, Manuel Antonio Bonilla, Carlos García Prada, Andrés Gónzalez Blanco, José María Quijano Willis, Armando Solano y Horacio Rodríguez Plata, predomina el excesivo elogio o el apresurado vínculo al Arielismo de José Enrique Rodó, en vez de que se le hubiera estudiado y ubicado en un contexto más amplio bajo una reflexión que abordara la obra en conjunto, que favoreciera la lectura de sus otros textos, y que se hubieran fomentado, por ejemplo, la difusión y el análisis de Estudios ingleses, Estudios varios (s.f.), que son el basamento de su pensamiento estético y crítico. Por otra parte, no deja de sorprender la ligereza con la que su coetáneo y compatriota Baldomero Sanín Cano intentó opacar los aportes de su obra al señalar que ésta poseía una tendencia dogmática, o incluso los comentarios del crítico peruano Luis Alberto Sánchez, quien le endilgó a Torres el rótulo de conservador, o los del crítico uruguayo, Alberto Zum Felde, que despojó la obra de Torres de toda originalidad al asimilarla al Arielismo, dejando la impresión de ser una mera caja de resonancia de las ideas de José Enrique Rodó.
Justo se hace reconocer, sin embargo, dos trabajos de la época que nos parecen pertinentes puesto que le dieron, a la obra de Torres, una visión más amplia de la que le otorgaron los críticos ya citados. Por un lado, el escritor peruano, Francisco García Calderón a raíz de una nueva edición de Los Idolos del Foro que coordinó, el crítico venezolano, Rufino Blanco Fombona en Madrid, escribió uno de los estudios más reivindicativos y comprensivos sobre este libro, y planteó el hecho de que la Obra poética (1907) y Estudios ingleses sentaron las bases del valor y cualidad de la obra futura de Torres; lo llama elogiosamente «poeta y hombre de acción, periodista y ministro, escritor y agente consular (…) director laico de conciencias libre… -y agrega García Calderón- que en un continente donde la doctrina se convierte en dogma y la libertad degenera en jacobinismo, este libro lírico y práctico promete renovaciones inesperadas. Es una crítica a nuestras supersticiones políticas que también son supersticiones mentales, estrecheces de tradición, deformaciones hereditarias, » con lo cual resaltaba su vitalidad poética, vocación pedagógica y espíritu continental. Fernando de la Vega, crítico colombiano, por otra parte, amplió el señalamiento sustancial de García Calderón y abordó su análisis no sólo desde una perspectiva personal sino que resaltó la función o el sentido que la poesía y el ensayo tenían en la obra del autor, en la conformación de su poética, y la relación que existía entre ambos: “A Torres, incubador de ideas, le señalaba una preciosa amplitud intelectual (…) en su obra poética atisba a cada paso el sentido especulativo, el ánimo preocupado por problemas trascendentales, y en las páginas del ensayista enmarca su risueño rostro el discípulo ferviente de Apolo”. Como piedra de toque, García Calderón y de la Vega pusieron el acento en una concepción más amplia, esto es, en la relación de los valores literarios con el ámbito histórico-cultural en la que se gestaba un proceso dinámico, de provocación mutua y creadora, de efectos recíprocos profundos entre lo que Torres vivió y escribió.
A partir de ahí, es fundamental tener en cuenta que, un pensamiento que no puso de manifiesto propuestas simplistas sino que las suyas tuvieron como base el mayor número de áreas del conocimiento humano para lograr un estado de tolerancia, libre de dogmatismos y fanatismos que desgarraban a la sociedad colombiana de comienzos del siglo XX, no se le puede juzgar a la ligera. Buena parte de sus reflexiones emitidas desde el espacio periodístico, giraron alrededor de cómo lograr la paz interna del país, de cómo consolidar los factores de relación y no de disolución que se habían perpetuado en la sociedad colombiana desde la época colonial. Este sólo aspecto, hace de Torres un caso ejemplar entre sus contemporáneos colombianos; él tuvo un papel protagónico al luchar frente a un medio adverso y tomar de ese mismo medio el tema de sus reflexiones e incorporar el sustrato de sus lecturas a su práctica discursiva, destinada a expresar propuestas y planteamientos que contribuyeran a la convivencia pacífica. Más aún, todo esto lo logró sin dar nunca la impresión de que la suya fuera una empresa simplemente partidista.
Por otra parte, el ya consabido fanatismo ultra católico de Miguel Antonio Caro y Rafael Núñez -en vez de neutralizar las ideas seculares de Torres-, se convirtió en terreno fértil para reafirmarlas y otorgarles un lugar en el contexto latinoamericano junto a las miradas críticas y liberadoras provenientes de otros pensadores del continente: las de Andrés Bello, las de Eugenio María de Hostos, las de José Martí, las de Manuel González Prada que en poemas y ensayos expresaron la urgencia de defender nuestra especificidad. De la misma manera, es esencial señalar su empatía intelectual con el pensamiento Immanuel Kant, pues ante una historia colombiana, y latinoamericana, tan desoladora, el uso de la razón permitiría a nuestras sociedades desarrollarse plenamente. En este sentido, la historia cobraba importancia significativa al encaminar las tensiones entre la individualidad y la sociabilidad hacia la búsqueda de la libertad. Kant sugería la unión de las naciones para llevar a cabo ese desarrollo de manera racional y pacífica. Las ideas y planes de Torres en torno a una sociedad libre de sectarismos o dogmatismos y tolerante, tanto en Colombia como en América Latina, se apoyaban en una idea semejante.
Contra el constructo cultural y la tradición conservadora de Caro y Núñez es que Torres reaccionó de manera contundente y, por ello, no es difícil suponer que con Los Idolos del Foro apeló al lector para que se detuviera, reflexionara y tomara conciencia del estancamiento intelectual en el que se hallaba la sociedad colombiana. Examinar el significado plural que se desprende del mismo título nos revela por una lado su actitud cuestionadora y por otro su vigencia: ya el ídolo convertido en obstáculo de la mente, en superstición, en palabra sonora, lo cual conlleva la posibilidad de iluminar (y precisar aún más), el punto de partida de algunos problemas capitales que afectaban el suceder político-cultural de Colombia a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En las primeras líneas de Los Idolos del Foro, Torres expresó de la siguiente manera su intención crítica: “Bien sabido es que Bacon llama ‘Idolos del Foro’ (Idola Fori) aquellas fórmulas ó ideas -verdaderas supersticiones políticas- que continúan imperando en el espíritu después de que una crítica racional ha demostrado su falsedad (…) La verdad de ayer conviértese, por modo tal, en la preconcepción perturbadora de hoy; (…) error dañoso por lo inoportuno o excesivo del culto que se le consagra, entenebrece, en los niveles inferiores, el horizonte de la inteligencia y de la razón (…) Estas palabras no sólo registran el interés de Torres por cuestionar la mentalidad “hidalgoeclesiástica” que había moldeado a la sociedad colombiana, sino que al titular su libro con uno de los conceptos de Bacon expuestos en el Novum Organum (1620), y dar inicio a este ensayo con una de sus definiciones, se estaba remitiendo al movimiento filosófico que Bacon impulsó y que culminó con Rousseau, Condillac, Voltaire, D’Alembert, Montesquieu, entre otros, esto es, a la Ilustración. Es decir, al conjunto de ideas que habían estimulado y generado un cambio a través de la reflexión independiente de los viejos modelos, en el que se depositaba fe en la racionalidad del criterio, opuesto críticamente a la autoridad de la tradición.
De ese modo, Torres entablaba el debate o la confrontación con Caro, quién expresaba la idea básica de su pensamiento en una forma silogística: «Las doctrinas políticas se derivan de principios morales y los principios morales de verdades religiosas (…) Tan cierto es esto que según se alteren las creencias teológicas, se altera, eso mismo, la idea del derecho y de los derechos (…) Estas consideraciones tienden a demostrar que las ciencias sociales o políticas se derivan de principios ultrafilosóficos o llaménse religiosos». Esta decisión de declarar, en última instancia, la superioridad de la religión (católica en este caso) de acuerdo con la mera petición de principio de ser verdadera per se, no podía sino llevar a una negación de cualquier ideología que negara esa primacía. Además, Caro recurrió a nombrar al enemigo con el nombre de liberalismo, pues este término parecía haber reunido durante ese siglo todas las posibles connotaciones que él quería rechazar: sentidos ideológicos, económicos, sociales, políticos y culturales: «Contra todas estas escuelas (…) se levanta el liberalismo /que/ igualando todas las creencias en su ostensible indiferencia es cordialmente anticatólico (…)». De ahí que no es arriesgado afirmar que, cuando Torres aludió a las «verdades de ayer» como «preconcepciones perturbadoras de hoy», se estaba refiriendo implícitamente a las normas impuestas por Caro, y compañía, arraigadas en el dogmatismo y el remoto misoneísmo católico-contrareformista, de donde procedían los criterios verticales, o «los ídolos», que pretendían tener validez universal y se hacían pasar como verdades absolutas.
Bajo esas condiciones, siguiendo a Torres, el acto literario se fortalecía de igual manera en el horizonte de la filosofía y la ciencia, y de ahí se explica su interés por el siglo de la Ilustración pero igual por la obra de Shakespeare, Bourget o De Vigny, quienes dejaron huellas claras en sus ensayos y poemas. Para Torres, la literatura era discurso social y, por lo tanto, se definía dentro de una sociedad entendida como un conjunto de actos comunicativos. Torres, por ejemplo, evoca a Voltaire para mostrarnos sus principios, pero ante todo una ética basada en la tolerancia, el anitfanatismo, la religiosidad deísta y la justicia. A Shakespeare o De Vigny nos los presenta no sólo como artistas creadores de un universo imaginario, por un lado, sino como mediadores entre los códigos de significación estéticos y las prácticas sociales que tenían lugar en la interacción cotidiana y por otro, como seres reflexivos porque explican en el ordenamiento recurrente de las prácticas sociales, el monitoreo en ese vasto conocimiento de las acciones humanas que los artistas, o creadores de la cultura, extraen de la materialidad social.
La obra de Torres ofrece aportes valiosos para el desarrollo de la crítica histórico-literaria en Colombia, si tomamos en cuenta que él fue un hombre de pensamiento singularmente profundo; poseía al mismo tiempo el sentido de la acción y el sentimiento de su dignidad, y por eso su vida fue, por sobre todo de lucha y de actitud reflexiva. Su obra poética y ensayística, en particular, fue producto de una labor ardua y tesonera; se erigió como un abre puertas al debate, al diálogo, que permitiera un mejor conocimiento y tratamiento de la realidad social y vital colombianas, digámoslo con una imagen, que se mantenían cerradas. De ahí que Torres expresara los encierros en los que se hallaba no sólo la literatura, sino las inexistentes mediaciones entre la sociedad civil y el estrecho neo-escolasticismo, que habían servido de base ideológica a los gobiernos de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro.
Hasta aquí, muy esquemáticamente, por supuesto, hemos intentado subrayar cómo Torres nos diseñó la época y la sociedad que le correspondió vivir, entendidas éstas como un complejo de actos de nobleza y desafío, en pleno arrinconamiento. El monólogo gubernamental, evidentemente, limitó las posibilidades del diálogo; aunque, en ese panorama, Torres encontró, a través del ensayo y la poesía, algún espacio en los que intentó superar los límites en vigencia. En ese contexto, la literatura colombiana de fines de siglo XIX y comienzos del XX conoció a través de la obra de Torres una posibilidad de cambio y apertura, por su amplio ensanchamiento temático que incluyó cuestiones estéticas y de penetración filosófica, sin desatender tampoco en un sentido de mayor inmediatez social los problemas colectivos de su entorno. Por esto puede afirmarse que el servicio de orientación teórica e ideológica que Torres ha de brindar consistentemente a la literatura posterior colombiana quedó definida a partir de su producción textual. Los variados intereses de Torres de organizar, de tratar de dar una orientación de pensamiento al país para sacarlo de la crisis en que estaba, trascendieron a su época y fueron implícitamente recuperados cuarenta y cinco años después. Es decir, desembocaron a la misma vertiente de donde surgió la obra del poeta, y ensayista colombiano, Jorge Gaitán-Durán, quien exhortó desde la reconocida revista Mito (1955) una vez más la búsqueda de consolidar un estado de tolerancia a fin de suscitar un cambio social y cultural en Colombia.
Desde esta perspectiva, no es difícil suponer que una obra intelectual como la de Torres, que criticó tanto a liberales y conservadores, haya sido deliberadamente marginada. Tanto unos como otros le cobraron sus críticas. En particular, aquellos discípulos de Caro que se encargaron aparentemente de escribir la Historia de las letras colombianas, Antonio Gómez-Restrepo en su Historia de la literatura colombiana (1956) y Luis-María Mora en sus Croniquillas de mi ciudad (1936) y Los Maestros de principios del siglo (1938). En este sentido, lo antedicho es una invitación a proseguir el análisis del material textual desconocido de Carlos-Arturo Torres, la indagación de su obra en la vida social, así como la comprensión de las afinidades inherentes en su trabajo entre poesía, filosofía y ciencia.