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NOTAS

Eramos tres… (por: Carlos-Enrique Ruiz). Murió el ingeniero civil Hugo Marulanda-López. Fuimos compañeros de banco escolar, y de tertulias, por espacio de doce años continuos: en el bachillerato del Instituto Universitario de Caldas, y en la Universidad Nacional de Manizales. Tuvimos permanente sintonía por inquietudes de espíritu, y por la profesión que elegimos. Estudiante aventajado, acucioso lector y escritor temprano. Compartíamos a diario, aún en citas zanahorias en un café de estudiantes, para intercambiarnos comentarios de lecturas y libros, en los que ambos subrayábamos con lápiz, cada uno bajo el impacto de la idea, como en el ejemplar aquel que conservo del “Fausto” de Goethe, de Editorial Iberia (Barcelona, 1954). Para muestra uno de aquellos, en resalte del propio Hugo: “…; en el aire, en las aguas, en la tierra, en todas partes, en fin, es cada vez más potente la fuerza creadora, y siempre brotan por doquier nuevos seres”. Se trataba, sin la menor duda, de poner en evidencia un sentimiento propio de esperanza, de sentido alentador frente al futuro. También recuerdo la mutua aventura, en el cuarto año del bachillerato, de entrarle a “Qué es eso de la Filosofía”, un breve y complejo texto de Martín Heidegger.

Hugo Marulanda descendía de estirpe de educadores, hijo de Don Marco-Tulio y Doña Florencia, y con hermanas y hermanos destacados, en su mayoría con aplicación en la docencia. Crecido en ambiente de libros, con tradición. En primero de bachillerato se aventuró a sacar el primer periódico, de una página, y así lo fue haciendo en cada año, hasta que en el sexto nos unimos para producir ese periódico bajo el nombre de “Atalaya”, escrito a mano como siempre ocurría, en homenaje a la librería de cabecera, regentada por el todavía vital personaje D. Jorge Escobar, con simbología inocultable en atisbos. El periódico circulaba ocasionalmente los lunes, en nuestro curso, dando la vuelta entre los traviesos compañeros, quienes rayaban o tachaban para manifestar desacuerdos o concordancias. Al final de su recorrido, el periodiquillo desaparecía, y nada de aquello quedó consignado para volver hoy, en curiosidad, por esos tímidos escarceos. Otra peculiaridad: durante toda la vida fue diestro en solucionar crucigramas, su distracción más fascinante. En el sexto año (hoy grado 11) llevó un diario en cuaderno que escribía en la propia aula, en medio de las clases, donde consignaba con rapidez y trazos seguros sus meditaciones sobre la vida y los aconteceres, en un tono influido por lecturas de autores como Sartre y Camus.

En la Universidad, como alumno del programa de Ingeniería Civil, tuvo actitud igualmente sobresaliente, tanto en los estudios formales como en las actividades conexas de partícipe apasionado en lides culturales y gremiales. Llegó a ser, por comprensión y solidaridad de los estudiantes, miembro del Consejo Estudiantil y representante en el Consejo de la Facultad, máximo organismo de gobierno por aquel entonces, con vocería calificada, de libre examen, sin complacencias inútiles ni actitudes rabiosas o meramente contestarias.

Hicimos parte de aquella generación que en 1964 consiguió el cambio, o refundación, en nuestra Sede de la UN en Manizales, con la llegada al decanato del Ing. Arch. Alfonso Carvajal-Escobar, tras un movimiento que permitió dar paso definitivo adelante, gracias al cual la Sede existe hoy con esplendor y desarrollo inocultables. Tiempo aquel de apoteosis en lo cultural y en la creación de ambiente propicio para el desenvolvimiento de las actividades sustantivas de una Universidad con ganas de salir adelante, pionera en la región.

Como otra singularidad resalto su capacidad de escribir con velocidad y corrección, aún directamente en aquellos esténciles para el artesanal mimeógrafo de libre acceso en el Consejo Estudiantil. Y destaco su participación como conferenciante, siendo todavía alumno, en la por entonces llamada “Primera semana de arte joven”, donde presentó un estudio suyo sobre Bertolt Brecht, que fuera publicado, por desgracia incompleto, en la “Revista Siglo 20” (1966): un ensayo de asombro.

Fue, asimismo, mi compañero de fundación de la Revista ALEPH en 1966 (hoy con ¡39 años de existencia y 131 ediciones!), creada bajo el estímulo del maestro Carvajal, nuestro Decano Magnífico. El otro compañero de la misma hazaña se nos había ido antes: Antonio Gallego-Uribe, un personaje fenomenal, inquieto por el cine, la fotografía, la literatura, incluso por la política, que no concluyó carrera y que pasados los años tampoco pudo amoldarse a la sociedad problemática que nos tocó, y en cualquier momento decidió irse por su propia voluntad. Vamos quedando más solos en el trasegar del mundo, por los despojos que van sucediéndose de manera inevitable en cada uno de los mortales. Al concluir carrera (1967), con título profesional en la mano, el destino nos puso a vibrar en los senderos que se bifurcan. Cada cual tomó su rumbo.

De ingeniero, Hugo fue constructor y diseñador de estructuras (“calculista”, en el argot del oficio), reconocido y respetado en el medio, además de catedrático calificado por años en el campo de las Matemáticas, en nuestra Escuela de Ingeniería, sin haber dejado de ser ferviente lector en los más disímiles temas, interesado por los problemas nacionales y en general de nuestro tiempo. Participó, por ejemplo, en la construcción de obras singulares como la “casa de máquinas” en la central hidroeléctrica de San Francisco (de la CHEC), y en el edificio del todavía llamado “Banco de Caldas”. Pero su vida fue limitándose a esos quehaceres, con aparición luego de enfermedad que soportó por años con paciencia benedictina, sin abandonar el trabajo diario. Y nunca se quejó de nada. Aceptó con resignación, quizá por comprensión de la fatalidad, lo que fue sucediéndole. Miraba profundo, con sus ojos azabaches, y saludaba amable lejos del acelere de voz de otros tiempos, sin dejar entrever angustia. En su pensamiento palpitaría la conformidad en la desazón que cruza de vértigo por las avenidas, al igual que por el destino de los transeúntes. Nada que hacer por el desdén del mundo. Su vida, lo comprendo ahora, fue un entrenamiento continuo para la soledad y el desapego.

Palabras de Antanas Mockus en el sepelio del Prof.Dr. Carlo Federici-Casa. No tengo un recuerdo exacto de las palabras que pronuncié al final de las exequias del Profesor Carlo Federici, pero fue algo así:

“Tal vez pueda decir unas cortas palabras a nombre de todos o de casi todos los alumnos del Profesor Carlo Federici. Nos encontramos despidiendo a un humanista. Un humanista es alguien que confía en el ser humano. Un humanista es alguien que confía en el conocimiento. Un humanista es alguien que confía en la posibilidad de que el ser humano sea mejor. Y un humanista es alguien que confía en que el conocimiento es el principal camino para el mejoramiento del ser humano. La principal semilla sembrada por el Profesor en nosotros los aquí reunidos, sus alumnos, sus colegas, sus amigos y sus familiares, es la semilla del humanismo. Nos corresponde seguir dejando germinar esa semilla y desarrollar esas convicciones fundamentales.”

Me hubiera gustado añadir: “Carlo Federici no ocultaba las emociones fuertes que sentía (muchas veces una lágrima fugaz asomaba y desaparecía, sin nunca rodar por el rostro). Esas emociones compartidas eran posiblemente lo que más nos unía. Permitían reconocer una comunidad moral, una comunidad de perspectiva”.

También: “La claridad en la enseñanza, la claridad en la comunicación, fueron imperativos éticos permanentes en la vida y obra del Maestro. Ello ayuda a comprender por qué ’He dado una clase’ fueron, según las personas más allegadas, sus últimas palabras. Su vida toda fue una sola clase de claridad humanista”. (Bogotá, 27 de enero del 2005)

Mensaje en memoria de Carlo Federici-Casa. Por intermedio de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, hicimos llegar a la familia del destacado científico y educador, Prof.Dr. Carlo Federici-Casa, nuestros sentimientos de solidaridad por la irremediable pérdida de una de los más destacadas personalidades de la inteligencia en nuestro país./ A no dudar, el profesor Federici fue protagonista académico por más de 70 años, desde sus disciplinas fundamentales, la Física y la Matemática, con desarrollos peculiares en teoría de la Lógica, habiendo pensado de nuevo la fundamentación de aquellas disciplinas, con fuerte conocimiento en la psicología de la educación, y con articulación ejemplarizante en el campo de la Filosofía. Fue un Maestro, de gran rigor, que estuvo en todo momento rodeado de alumnos a los que motivaba, con sano desafío, a pensar en teorías, en dudas, en hipótesis, que iba creando sin sujeción a lo consagrado en apariencia. Su creatividad no tenía límites en la comprensión de los problemas y en ver las más diversas soluciones, hasta encontrar la más apropiada. El debate que suscitaba entre quienes le rodeaban era siempre constructivo, todo un deleite para la inteligencia compartida./ La singularidad de sus contribuciones, como sabio inmigrante, deberá ser ponderada con justicia, para resaltar la dedicación absoluta que tuvo a la formación de nuevas generaciones de educadores y de científicos en Colombia, desde su arribo a Bogotá en 1948, con centro en la Universidad Nacional, Institución que debe reconocerle como paradigma ante su propia comunidad académica y en la sociedad colombiana./ Con dolor, y profundo respeto: Carlos-Enrique Ruiz y Sra. (22 de enero del 2005)

John B. Rawls: El hombre y su legado intelectual. (Por: Leonardo García-Jaramillo, editor del volumen). El viernes 19 de noviembre, en el marco del “II Foro Regional de Filosofía”, el Departamento de Filosofía de la Universidad de Caldas presentó los números 16 y 17 de su serie Cuadernos filosófico-literarios, en una edición especial dedicada a John B. Rawls (El hombre y su legado intelectual), uno de los filósofos políticos más reconocidos del siglo XX, recientemente fallecido.

La presentación estuvo a cargo del Prof.Dr. Oscar Mejía-Quintana, autor de, entre otros libros: El humanismo crítico latinoamericano; Derecho, legitimidad y democracia deliberativa; Justicia y democracia consensual; La problemática iusfilosófica de la obediencia al derecho y la justificación constitucional de la desobediencia civil y Teoría política, democracia radical y filosofía del derecho, quien ofreció una brillante conferencia introductoria al pensamiento de Rawls, filósofo que “será extensamente reconocido como el filósofo político más grande del siglo veinte. Su obra revivió y reformó toda el área y su profunda influencia sobre la manera como se entiende y se debate la justicia, tendrá enorme influencia en el futuro”. (Thomas Scanlon. Facultad de Filosofía de Harvard). Según el Presidente de la entidad que lo galardonó en 1999 con la Medalla Nacional de las Humanidades, William R. Ferris, Rawls “entrenó a muchos miembros de varias generaciones quienes ahora son los más distinguidos practicantes de la filosofía política y moral”. Para Joshua Cohen (Massachusetts Institute of Technology), su mayor mérito fue el haber puesto la filosofía al servicio de la democracia.

Sus dos principales libros A Theory of Justice (1971) y Political Liberalism (1993), manejan un estilo denso y muchas veces hipnótico que no permite más que el lento paso entre sus páginas por el implacable encadenamiento lógico que los caracteriza. Su obra edificó la mejor y más fundada defensa de una idea fundamental, en sentido kantiano: la libertad va unida a la igualdad y no puede desligarse de ella, y en su máximo nivel de generalidad, la “justicia como equidad” –que, dice Rawls, es el nombre de una concepción particular de justicia – sustenta la idea básica de que como los seres humanos no somos responsables de las propias circunstancias en las que nacemos, entonces nadie merece ser retribuido ni privado de bienes u oportunidades vitales como resultado de las mismas. Después de su fallecimiento se impone la tarea de completar, evaluar y precisar su interesante teoría, a lo que en cierto modo se pretende contribuir con los ensayos inéditos reunidos en el libro, que se encuentran agrupados en torno a tres centros de interés: “Aproximación a la persona de John Rawls”, “La justicia como equidad” y “Recopilación bibliográfica”.

El reconocimiento de la relevancia del debate filosófico-político en nuestro país y la imperativa necesidad de contribuir al mismo, son las razones que nos motivaron a presentar este trabajo que pretende aportar instrumentos de estudio, crítica y análisis al naciente impulso de renovación de una disciplina que desde años recientes ha empezado a dar muestras en Colombia de una cierta vitalidad, suscitada además en gran parte por el fallecimiento de Rawls, cuya importancia en la filosofía, pero también en la economía, la ciencia política y el derecho, imponen un estudio serio y juicioso de toda su obra, dado que las ideas de quien terminara siendo el más significativo filósofo de la política del siglo XX, deben ser miradas ahora desde la óptica de la alteridad para establecer qué otras claves y qué otros elementos pueden aportar en una reconsideración de su obra, pues una vez finiquitada por su propia muerte, rendimos culto a su memoria sin desconocer su legado intelectual, rastreando nuevas hipótesis, significados y aplicaciones que sirvan para darle una nueva orientación a sus ideas, para reabordarlas críticamente e incluso para reescribirlas.

Si bien al expresar agradecimientos se corre el riesgo de incurrir en omisiones imperdonables, prefiero correrlo antes que caer en el vicio moral del desconocimiento de las deudas intelectuales, por lo que no quisiera dejar de mencionar la deuda de gratitud hacia a sus autores, de quienes recibí el rigor de las críticas en aspectos específicos que sometí a su consideración en diversas versiones del texto general, y la desinteresada disposición a colaborar con el envío de sus ensayos. El profesor Alejandro Patiño siempre estuvo dispuesto a superar los avatares académicos y las trabas burocráticas. Asimismo los profesores Heriberto Santacruz, Carlos A. Ospina, Pablo R. Arango y Roberto Vélez, contribuyeron singularmente con un apoyo decidido al proyecto.

Autores: Thomas Pogge Ph.D. (Columbia University), Martha Nussbaum Ph.D. (Princeton University), Oscar Mejía Quintana Ph.D. (Universidad Nacional), Francisco Cortés Rodas Ph.D. (Universidad de Antioquia), Delfín-Ignacio Grueso Ph.D. (Universidad del Valle), María-Graciela Otoya Diehn M.A. (Universidad de Los Andes. Universidad Javeriana) y Leonardo García J. (Universidad de Caldas).

De las aventuras que puede vivir un lector (Reseña de libro de Piedad Bonnett, por: Álvaro Castillo-Granada). De las aventuras que puede vivir un lector (esos pequeños gestos que dotan de múltiples significados al acto de leer) hay uno que me llama especialmente me llama la atención, seduce: el aprendizaje de un escritor de su oficio. Eso se da cuando tenemos la posibilidad de ser contemporáneos, esa condición que nos permite ser testigos de ese ser que va dejando sus huellas en un papel, para que, después, otros las sigan. Tengo (entre otros le debo una dedicatoria hermosísima de Juan Gelman) el privilegio de haber visto nacer a la novelista Piedad Bonnett (sus poemas han ido acompañando diversas etapas de mi vida gracias a la lectura cómplice que inspiran desde sus unidades temáticas). Su primera novela, Después de todo, me estremeció al encontrarme con miradas a diversos estados del alma que todos hemos vivido desde un punto de vista íntimo y silencioso: el que observa y es arrastrado por la vorágine en que a veces puede convertirse la vida de un ser solitario, gris y triste en apariencia. Ahora me sorprendió con Para otros es el cielo, su segunda aventura novelística. Ya no sólo se trata de la complicidad (esa sensación que en el fondo buscamos todos los que nos adentramos en los bosques de letras) que puede encontrar el lector con el autor (sensaciones comunes, lugares identificables, citas y homenajes reconocibles), sino de, más bien, la habilidad que ha desarrollado, encontrado, la autora para envolver y atrapar al lector y hacerlo leer la obra desde la primera hasta la última hoja casi sin parar, casi sin respirar. No por lo que se cuenta sino por cómo se está contando. Un ritmo minucioso, redondo, veloz. Además, al no contarlo todo, al guardar detalles, fragmentos, lecturas, crea una sensación de extrañeza que nos hace ver la historia por encima del hombro, de soslayo, como en una partida de naipes donde no tenemos acceso a todas las cartas. Y no importa, esto nos hace inventar, sospechar, dudar. Las dos historias a las que tenemos acceso nos permiten intentar crear una tercera que jamás será escrita: sugerida y no confrontada. Decía al principio que es una aventura maravillosa el poder ser testigos del aprendizaje de un escritor. En este caso es una fortuna ver como Piedad Bonnett se va convirtiendo en una narradora, una contadora de historias que, a pesar de su aparente simplicidad, son capaces de despertar al lector que todos los seres llevan dentro y hacerlo leer un libro de una sola sentada como si estuviéramos en una sala de espera, a punto de emprender un largo viaje, y nos encontráramos con alguien que sabemos jamás volveremos a ver y sus palabras fueran lo más parecido a una revelación o un cuento de aventuras, como “esos amantes que guardan intactos sus deseos y el relato de sus experiencias para los escasos momentos que comparten, con intensidad, en una pieza de hotel”. Por un momento sólo existen esas voces que nos cuentan, por un momento somos esos seres que se emocionan, sufren y esperan. Para otros es el cielo es la novela de alguien que se atreve a contar y sugerir sabiendo que, lo importante, casi nunca aparece. Eso es lo que nos toca a los lectores imaginar y terminar de contar.

Parece que va a llover (libro de Ricardo Silva-Romero, Seix Barral, Colombia, 2005. Escribe: Álvaro Castillo-Granada). «Ya somos dos», Ricardo. El cielo se está encapotando, las nubes se reúnen, el azul lentamente va despojándose en gris. Parece que va a llover, todo lo indica, todos se preparan. Juana Villegas se encuentra en El Tiempo de esa mañana, hoy es 11 de febrero, con que otra Juana Villegas, que podría
ser ella dentro de treinta años, ha muerto y sus familiares invitan a sus parientes y amigos a la sala de velación y a su entierro. Al salir a la calle, son las siete de la mañana, lleva en su bolso, entre un millón de cosas su paraguas fucsia, el mismo que compró el día que dejó a su novio Rodrigo Sánchez en medio de un aguacero. Se topa con que mucha gente en la calle cree que ella es, sí, ella, la protagonista de la telenovela «María Cristina me quiere gobernar» (como dice la guaracha de Ñico Saquito). Juana
sabe que «a las seis y media de la tarde abortará: eso es lo que pasa. Le quedan diez horas y media para encontrar la forma de su vida. Ahora tiene toda Bogotá por delante y la ciudad es una suma de teléfonos, canecas y ascensores. El día ha comenzado para siempre, las nubes se niegan a moverse y a esta hora, con este horizonte de cenizas, todo parece más lejos». Así empieza su nueva novela, la tercera, construida rigurosamente con la precisión de aquellos relojeros que vemos a veces, en el centro o chapinero,
en un local pequeñito, con una lupa pegada al ojo, examinando minuciosamente las partes del reloj que permiten que creamos que el tiempo va avanzando. Pasando. Esa es su novela: la percepción de cómo pasa el tiempo mientras esperamos un instante decisivo y lo que acompaña esa espera, ese lento percibir del transcurso de los minutos, esa necesidad apremiante de que el tiempo corra, que pase rápido, que lleguen ya las seis y media. Esto en medio de una ciudad donde todos nos creemos únicos y que se da siempre sus mañas para no dejarnos escapar, pensar que no es con nosotros la cosa, que
estamos fuera de su alcance; un apagón, una sobrecarga en una estación de energía, puede cambiarnos la vida. Y mientras el tiempo va pasando, las horas acercándose, percibimos como «nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». Lo que pasó pasó. Es irremediable, irrepetible. No hay segundas oportunidades. No importa si nos quedamos dormidos como alguna vez le sucedió a Rip wan Winkle: el mundo sigue andando sin nosotros. Hay algo que siempre he admirado en su obra, Ricardo: la honestidad. Cuenta el pequeño mundo, la aldea, donde estamos y cabemos, sin poses ni aspavientos. Al observar inventa y hace posible. Esta novela, creo, es un nuevo paso en esa larga caminata, para algunos marcha y otros maratón, que es el oficio de escritor: contar historias, crear personajes con palabras, mostrar mundos que nos resulten extraños y familiares, verosímiles. Esa verosimilitud la da, entre otras cosas, el hacer que nosotros los lectores sintamos como los segundos pasan y nos acercan a la cita pendiente, como todo se relaciona con todo, tiene que ver, es una señal, un signo, las historias que dejamos pendientes siguen ahí inconclusas, como espinas clavadas en el corazón, y basta con que observemos, como Winnie The Pooh, el cielo, y digamos «Vaya, vaya: parece que va a llover» para que no llueva y lo que necesitamos suceda
hoy pase tal vez mañana. Sentí como llega la noche en su novela, Ricardo. Pocas obras pueden lograr esto. El 12 de febrero, tal vez, suceda lo que tenga que suceder porque ahora, afortunadamente, «ya somos dos».

 

Poesía de la exactitud (Reseña del libro: Carlos-Enrique Ruiz. “Sesgo de claveles”. Ediciones Sanlibrario, Bogotá 2004. Por: Juan-Carlos Acevedo. Suplemento «Papel Salmón», edición No.634, diario «La Patria», Manizales, Col., domingo 5 de diciembre del 2004; p. 8). El lenguaje poético que se lee en el último trabajo publicado por Carlos-Enrique Ruiz es simbólico lleno de elementos naturales como lluvia y viento, árboles y frutos, soles y montañas; elementos que acompañan -para dar forma- a temas tan viscerales y humanos como la soledad, la búsqueda filosófica del hombre, su angustia ante el misterio del amor y el asombro ante las palabras y el sueño.

Sesgo de claveles es un breve poemario que aparece publicado bajo la colección Sin Carátula de Ediciones San Librario en Bogotá. Aquí se hace necesario referir que esta colección consta de un tiraje de 70 libros que se viene publicando en la capital y que ha hecho ya ediciones (agotadas) de colosos de nuestra poesía americana como lo son Héctor Rojas-Herazo y Roberto Fernández-Retamar por citar dos figuras de nuestra lírica.
Profesor universitario e Ingeniero de Caminos, Carlos-Enrique Ruiz es reconocido como el persistente editor y el estricto director de una publicación ya tradicional en Colombia: la revista Aleph, la cual hace rato rebasó el centenar de ediciones y la cual bajo su lupa ha publicado los autores más destacados en varios campos de la literatura mundial. Sus publicaciones anteriores son Decires (1981) e Imagineria de Caminos (1989) y un sinnúmero de poemas publicados en diferentes periódicos, antologías y revistas de circulación local y nacional.

En esta ocasión son 44 los poemas de Carlos-Enrique Ruiz que en este libro le apuestan a una poesía minimalista, de lenguaje exacto que exige el uso de palabras precisas. El dominio de su tono le permite estar siempre en el tronco del poema y no irse por sus ramas.
Poesía que requiere de un lector atento, capaz de sentir el aleteo de mariposas o la caricia de la luz a través del poema, poder disfrutar de la mañana que crece en medio de la nostalgia o reconocer crueles momentos del hombre porque en estas páginas están ausentes los versos sensibleros, los poemitas lacrimógenos y el aplastante realismo sucio que invade páginas y páginas de nuevos libros.

La poesía contenida en Sesgo de claveles es una poesía propia para momentos de absoluto silencio y de comunicación silente entre poeta y lector; momentos donde se puede develar ese misterio que encierra un buen poema.

 

Nos escriben… Gracias CER, gracias Livia, gracias a toda la familia: También desde aquí queremos desearles unas felices festividades y un buen nuevo año. Que sigan contando con buenos vientos en su bellísima tarea de impulsar el conocimiento y la reflexión y la acción basada en conocimiento y reflexión. Antanas Mockus y Adriana (Bogotá, 26 de diciembre del 2004)

CER: Espero que llegaste al esmerado y admirable sitio de esa jornada parisina, que me ha impresionado. Cada ponencia dividida por capítulos, excelente./ Quería decirte que me conmovió tu texto sobre Hugo Marulanda. Tengo recuerdos claros del movimiento del 64 y eso que yo tenia solo 10 años. Las manifestaciones las vi, e incluso una mentirilla dije a mi padre y a Humberto: les dije que los lideres de los manifestantes llevaban pistolas al cinto y ellos se extrañaron con razón, no podían creerlo. Esa sería una fantasía revolucionaria infantil./ ….Y Atalaya y la huella que ustedes dejaron en el Universitario, las viví ahí desde mi primero al cuarto de bachillerato en el Instituto Universitario, cuando me echaron por promover y participar en cultura, ni siquiera por ser izquierdista. No me querían don Alfonso Palacio, ni don Ovidio Rincón… En cambio don Filemón si y don Héctor Rincón, el de Historia, que nos contaba las matanzas de los chulavitas…/ Bueno, no se, alguno de tus discípulos de Ingeniería me dio clases de matemáticas en Hoyofrío muchas veces, cuando yo tenia 11 o 12, pero ahora no me acuerdo quien. Tendría que preguntarle a Humberto, que tal vez debe saber; mi padre ya se fue hace 15 años. Yo era malísimo en matemáticas./ Y bueno, me conmueve que compartimos finalmente muchas cosas. Como no había el auge de la TV nosotros los adolescentes de fines de los 60 leíamos también a Goethe a los 14. Yo tengo mi edición subrayada!!!!. Y también tomamos tinto en Sorrento o en ese café frente al Colegio de Cristo donde vendían una deliciosa bebida amarilla en botellas de Coca Cola. En fin, estamos hablando de mediados del siglo pasado. Por último, lindo texto de amistad que entiendo muy bien. Bueno, mil abrazos, Eduardo García-Aguilar (París, 28 de diciembre del 2004)

Profesor CER: Gracias por todo… por ofrecernos esa gran sabiduría y despertar esas inquietudes y amor hacia el conocimiento y a todo lo que nos rodea… Por favor no me borre de su lista de correos, y espero que en los momentos donde le sea posible lo tenga presente para hacerme llegar estos interesantes artículos que usted maneja en la “Cátedra Aleph”: Yully-Marcela Daza. (Manizales, 28 de diciembre del 2004)

Querido CER: Acabo de leer tu mensaje acá, en Pensacola, Florida, donde vive mi hijo, que es el remoto lugar donde al diablo se le olvidaron las abarcas./ Para ti y tu familia les deseamos felicidad, éxitos y alegría./ Con la gratitud de tu amigo y admirador, Juan Gossain (USA, 31 de diciembre del 2004)

Apreciado CER: Espero que la vida y la realidad inmediata te trate bien. Esta tarde hablé con nuestro amigo en común, el maestro, Rafael Gutiérrez-Girardot, quien te envía afectuosos saludos./ Antes de que termine este año y pasemos el umbral hacia el nuevo van mis mejores deseos por un 2005 muy fructífero y a la vez adjunto mi promesa -y la sugerencia tuya- de mandarte una síntesis de mi extenso trabajo sobre el ensayista y poeta boyacense Carlos-Arturo Torres para la revista Aleph./ Quedas en plena libertad de hacer los cambios o correciones que consideres necesarios. Por ahora, te agradezco tu generosidad en abrirme las puertas de Aleph y recibe un cordial saludo y abrazo, Antonio García-Lozada (USA, 31 de diciembre del 2004)

Querido CER: Un sin fin de cosas buenas para ti, Livia y todos tus seres queridos. Gracias por tanta belleza, por tanta misión bien cumplida. Espero yo igual que este 2005 nos traiga menos entuertos envilecidos, menos violencia, menos egoísmo. Larga vida para Aleph, que tanto admiro./ Te quiere y respeta, Nancy Morejón (La Habana, 3 de enero del 2005)

Estimado CER: Que grato siempre recibir tus noticias! Te deseo también lo mejor a ti y tu esposa para este nuevo año. Espero que Manizales y Colombia sigan el mejor camino para este bien descrito por Morin en su expresión de destino común./ Aquí, en San Luis Potosí, las cosas van bien con la Alianza Francesa, el trabajo y las amistades en general./ Adriana, mi esposa, dirige un anexo que tuvimos que abrir por expansión del alumnado. Sue ya cumplió 12 años y parece de 15 por sus viajes y experiencias. Theo acaba de cumplir 7 años y mira la vida con sus grandes ojos y sonrisa de bienvenida./ Dentro de 2 años volveremos a Francia a la región de Avignon, donde estoy preparando un gran proyecto que me encargaron importantes músicos clásicos. Será un centro superior de enseñanza de música clásica con los mejores músicos de conservatorios europeos y con los mejores intérpretes del mundo. Estoy muy contento porque al fin Francia me va a dar lo que el mundo me dio: cooperación activa!/ Te mando un gran abrazo. Me hacen mucha falta los momentos gratos que pasamos en esa tierrita de Manizales. Frédéric Davanture (México, 4 de enero del 2005)
Querido CER: Te retornamos con creces los buenos deseos para el año que despunta. Que la vida transcurra, para ti, Livia, tus hijos y nietos, bajo el signo de Epicuro: sin dolor en el cuerpo ni aflicciòn en el alma. Según el sabio, única felicidad posible sobre la tierra./ Transmití tu cálido mensaje a Alfredo. Espero que esta vez logre vencer su fobia al espacio virtual y te envíe unas palabras./ Mientras tanto, recibe nuestro abrazo afectuoso, Valentina Marulanda (Caracas, 5 de enero del 2005)

Carlos-Enrique: muchísimas gracias por tus deseos. Debo confesarte que mi admiración por ti y el Aleph llevan varios lustros. Lamento no habértelo contado antes, aun cuando siempre que ha llegado a mis manos la revista la ha disfrutado y me ha llenado de alegría./ En este año tan quijotesco, espero que venzas todos los molinos de vientos que se atraviesen en tu camino ya que has sido un verdadero Quijote y como buen caballero andante, con el Aleph has ayudado a las letras colombianas a deshacer agravios, enderezar tuertos y enmendar sinrazones. Sigue adelante en la lucha./ También aprovecho la ocasión para desearle a los tuyos, un feliz y próspero año./ Un abrazo, Azriel Bibliowics (Bogotá, 6 de enero del 2005)

Hola, CER: Qué tristeza despedir a los amigos y sobre todo cuando han sido personas tan valiosas y compañeros de toda la vida. Conocí a Hugo y conocí a Antonio. Comparto tu dolor./ Te siento además angustiado por el posible fin de Aleph. Tienes que hacerte a la idea de que este tipo de publicaciones que aportaron tanto a nuestra cultura regional y nacional, están condenadas a desaparecer con los avances e impredecibles cambios en los medios de comunicación y con la arrasadora globalización de la cultura./ Afectuoso abrazo, Blanca-Libia Mejía R. (Bogotá, 9 de enero del 2005)

Estimado CER: Gracias por tu mensaje tan definidor, claro y humano. Desde aquí también esperamos que todo cuanto suceda en tu entorno esté enderezado hacia el bien de los que amamos, que en definitiva incluye al resto de los seres humanos, aun cuando no andamos siempre en plan de bienhechores. Muchas felicidades y progresos para tí, tu familia y la revista. Salud. Douglas A. Palma (Caracas, 10 de enero del 2005)

Apreciado CER: Como siempre, gracias por sus buenos oficios y su generosidad. Ya terminé su bello libro de poesía y disfruté muchas de sus laboriosas y detalladas esculturas de palabras. Se le nota la madurez al poeta y lo felicito. Con estimación, Orlando Mejía-Rivera (Manizales, 3 de noviembre del 2004)

Maestro CER: Gracias por el Sesgo de claveles, por donde dos veces he pasado, pero Distancia, Equívoco, Vigía y Rutina casi no dejaban apresurar los pasos; otros seguro también vendrán a jalar para que el alma no se ande con apuros. Muy bella edición. Felicitaciones. Carlos-Alberto Ospina H. (Manizales, 5 de noviembre del 2004)

Recibí “Sesgo de claveles” en medio de la tristeza provocada por la muerte súbita del más cercano y entrañable amigo de juventud. Leí los poemas sin ningún orden, todos traían a cuestas el eco, la resonancia o la imagen directa de una voz triste: » este deslumbramiento de ocasión/ quiebra las nueces en las manos». Un poeta no es culpable del humor contenido en un verso o de la nostalgia que motivan las imágenes: » se empuja la vida por entre desencantos/ para ocasionales eclosiones de dicha / …» Son extraños y atrapan de manera especial los títulos de los poemas, algunos son sugerencias (Mundano) y otros lugares en la geografía de la vida (Rutina). Mil gracias por compartir y acompañar. Un abrazo siempre, Mario-Hernán López B. (Manizales, 13 de noviembre del 2004)

Querido CER: Hoy me ha llegado su poemario «Sesgo de claveles» que casi ya he terminado de leer. Buena edición y los poemas me gustan. Me gusta esa solución del poema lírico que luego cierra con versos de carácter lógico o racional. Ese tipo de fusión o solución es bastante complicada de realizar, pero aquí en este poemario se logra de forma clara y precisa./ Lo único que me hace dudar es el título del libro. Lo considero pequeño, y no sé si la sugerencia o insinuación que conlleva, es verdaderamente efectiva para sintetizar el contenido… Reciba mi abrazo, y saludo: Enrique Moya (Viena, Austria, 19 de noviembre del 2004)

Querido amigo: Hace poco recibí el ejemplar dedicado de “Sesgo de claveles”, cuyo envío y dedicatoria mucho te agradezco. Me he detenido en el detalle de ese dibujo de cubierta, «Mirada al padre», hecha por un pintor de tres años. Todos los poemas, por su parte, contrarios al título del volumen, que emplea tres palabras, apenas se valen de una sola para su titulación. Mandares de San Librario, o bien del dios Toth, el dios egipcio de la escritura, que tenía cuerpo de hombre y cabeza de ibis./ Mi felicitación y mi gratitud por este libro.
Recibe un abrazo con todo mi afecto, Eugenio Montejo (Caracas, Venezuela, 22 de noviembre del 2004)

Estimado poeta y amigo: Recibí y leí enseguida sus poemas, que me gustaron muchísimo: le agradezco de corazón ese amistoso envío poético, lo que hago con alguna demora porque he tenido varias andanzas (un coloquio por el centenario de Carpentier, en Connecticut, entre otras cosas). Mis excusas por esa demora; pero junto con eso mis felicitaciones…/ Saludos muy amistosos y agradecidos, Pedro Lastra (Nueva York, 2 de diciembre del 2004)

Estimado CER: Acabo de regresar de Grecia donde presenté mi libro de traducción de poemas de Oscar Hahn, en un acto organizado por el Instituto Cervantes de Atenas. Estuvo también presente Oscar quien enseña en la Universidad de Iowa./ Al regresar hace unos días, encontré su interesante poemario «Sesgo de claveles» que leí de una tirada y con intención de volver a leerlo./ Muchísimas gracias por el envío y la generosa dedicatoria y que siga escribiendo. Reciba un abrazo cordial, Rigas Kappatos (poeta y ensayista griego residente en Bethesda, USA; 13 de diciembre del 2004)

Estimado Sr. CER: Reciba un cordial saludo de la Universidad de Illinois y muy en especial de la Biblioteca Latinoamericana y del Caribe./ El motivo del presente es para agradecerle e informarle que hemos recibido su excelente libro titulado «Sesgo de Claveles», el cual ya enviamos a añadir a nuestra colección./ Por lo anterior, le damos nuestras mas cumplidas gracias y quedamos a sus ordenes en todo lo referente a materia
bibliográfica. Silda L. Andrick; Office Operations-Latin American & Caribbean Library University of Illinois Urbana-Champaign (USA). 23 de diciembre del 2004.

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Edición No. 132