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N O T AS: El arte de la mediación; La biografía de Rafael Pombo; Beatriz-Helena Robledo con la literatura y las poblaciones vulnerables; Los maestros y el amor por la poesía

El arte de la mediación: espacios y estrategias para la promoción de lectura, libro de Beatriz-Helena Robledo. (Por Liliana Polo Ludeña; Revista Semana, 11.X.2019).  La publicación de esta semana, “El arte de la mediación: espacios y estrategias para la promoción de lectura” de Beatriz Helena Robledo, abre un interesante espacio para el análisis de un campo de actuación social y pedagógica cada vez más relevante en América Latina: la formación de lectores. En la actualidad, hay pocos estudios que aborden la mediación lectora desde una perspectiva de sistematización de las prácticas y de reflexión teórica a partir de ellas. El libro de Robledo alcanza este objetivo, y lo desarrolla en dos grandes apartados que a continuación reseñamos.La primera parte construye un panorama acerca de la promoción de la lectura  y sus principales componentes. Para ello, aborda un itinerario que inicia con la problematización de la definición misma de lectura. En ese sentido, se establece un diálogo con diversas teorías y corrientes de pensamiento (sociología de la lectura, estudios históricos sobre prácticas letradas, teoría transaccional, entre otros) que confluyen en una visión de la lectura como práctica cultural y social. En ese contexto, se plantea la interrogante acerca de qué entendemos por promoción de la lectura. Esta conceptualización reposa en una examinación de las formas de apropiación de la cultura escrita por parte de los sujetos, y sobre el desarrollo de las prácticas letradas como herramientas de participación democrática (una de las ideas centrales del texto). Posteriormente, encontramos los capítulos dedicados a los principales espacios en los que se constituye la promoción de la lectura: el hogar, la escuela y la biblioteca pública. Para cada uno de estos lugares se plantea una serie de estrategias de trabajo que aportan a los propósitos de acercamiento al libro. Los dos capítulos finales propicia la deliberación sobre los materiales y los criterios de selección para los programas de lectura.

La segunda parte, en cambio, opta por una selección de temáticas más variadas y no tan articuladas entre sí como en la primera parte del libro. En ese sentido, proponemos destacar algunos capítulos cuyas contribuciones ofrecen interesantes vías de reflexión. Por ejemplo, el tercer capítulo, “Escenarios de lectura: una geografía sin fronteras”, esboza un panorama de la promoción de la lectura en el contexto latinoamericano a partir de la referencia a proyectos ejecutados en México, Argentina, Brasil, entre otros. Esa mirada global, sumada a una intención descriptiva de lo que se ha realizado hasta ahora (dato rastreable en otros libros de Robledo ocupados, por ejemplo, en la situación de las bibliotecas escolares hispanoamericanas), ayuda al lector a situarse en un campo cultural todavía disgregado y poco sistematizado. También es notable el capítulo cuarto dedicado al tema de la promoción de lectura en escenarios tan amplios como el internet. Para ello, se analiza la “alfabetización informacional”, considerada hoy en estos tiempos de sobrecarga de información como una competencia básica para desenvolverse activamente en la sociedad. En otro ámbito, llama la atención el quinto capítulo sobre el propio itinerario lector de la autora, pues, parece sumarse a un reciente espacio de debate acerca de lo que Laura Devetach (escritora, narradora y docente argentina)  ha denominado las “textotecas internas” del sujeto lector. Esto último proporciona vías muy significativas para repensar la formación de lectores a partir de lo que los adultos recuerdan como más relevante en ese camino a modo de autobiografías lectoras. En ese camino se exploran las personas, situaciones, textos, ritmos, imágenes que nos unan a los libros y a la lectura.
En síntesis, este libro es un destacable aporte en los actuales esfuerzos de definición y caracterización de un campo cultural todavía en formación como es la promoción de la lectura, y a partir de ahí ofrece líneas de reflexión que pueden interesar tanto al especialista, debido  al rigor de pensamiento y del entramado teórico que lo sustenta, como al mediador no profesional, por el estilo claro y la intención divulgativa de la autora.

[El libro forma parte de la Colección Pedagógica José María Arguedas de la “Biblioteca Mario Vargas-Llosa” (Perú)]

En la presentación de la biografía de Rafael Pombo. (por Carlos-Enrique Ruiz. Fragmendo de la presentación del libro en la Ferria del Libro, Manizales, 04.X.2005). El libro de Beatriz-Helena sorprende desde el comienzo, por la estructura de rigor, por el ordenamiento de capítulos, y por el tono que cautiva desde las primeras líneas. La estructura se evidencia en el mismo título de aquellos, con el golpe de gracia del primero que captura al lector. Ellos son: La coronación de un poeta; La herencia familiar; Una niñez privilegiada; Entre el periodismo y la política; Edda, la poetisa; El poeta soldado; Travesía por el Magdalena; En Nueva York; La hora de tinieblas: una crisis existencial; Labor diplomática; Amor de poeta, amor desventurado; Un artista en Nueva York; El regreso a su tierra; Un mecenas del arte; Política, religión y homeopatía; Periodista; Traductor; El precio de la popularidad; Al final del atardecer, y El inicio de una larga vida. En términos generales sigue una secuencia cronológica y temática, pero en el interior de cada uno de ellos asume la revisión de contexto, con antecedentes, el momento que corresponde y los pasos que se vislumbran. En el estudio que hace sobre la condición de traductor, muestra la formación temprana de Pombo en idiomas, con lecturas de clásicos y la aventura afortunada en las versiones a nuestra lengua que hizo de Odas de Horacio, con meditación complementaria acerca de la herencia poética de la humanidad, en cita bien traída por la autora, en la que se aprecian los valores que concitan el respeto de Pombo: unidad, orden, justa proporción, seriedad, solemnidad, fe, caridad, esperanza, con destaque de la liraen los antiguos y del inmensurable espacio sonoro en los modernos. Subraya la autora el concepto favorable de ese trabajo que emitió el polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo. Las traducciones las hizo directamente del latín con apoyo en las versiones españolas de fray Luis de León, pero siempre exigiéndose expresar el sentimiento de la obra original, más que el rescate de la mera idea.

Pombo fue también traductor de Byron, Víctor Hugo, Lamartine, Bryant, Musset, Longfellow, Shakespeare, Goethe, Corneille, Racine, Dechamps, Henri Clément… Pero asumió temprano a Byron de paradigma -lo recuerda Beatriz-Helena-, por su capacidad de desprendimiento y por aquel acto heroico romántico de luchar por la libertad de Grecia en contra de los turcos invasores. Y se encontró, quizá de manera inconsciente, en los poemas de Byron que aludían a los amores no correspondidos y al dolor ocasionado por amores inalcanzables. Resalta igualmente la autora la identidad que consiguió Pombo con el espíritu romántico de Víctor Hugo.

El libro tiene la peculiaridad de un estilo de cronista analítica que se posesiona del personaje, recorriéndolo en sus facetas, sin descuidar los lineamientos de personalidad, pública pero en soledad. Y sorprende aún más cuando comienza su trabajo con la descripción apasionante de aquella jornada en la que Pombo recibió coronación de las manos del gobierno del Presidente Reyes, con multitudinaria acogida. Coronado como en tiempos clásicos de Grecia y Roma, en momentos en que -lo dice la autora- “las balas sonaban más duro que los versos”. Un poeta alérgico al polen fue rodeado de laureles y flores blancas, y sus sienes ceñidas con la corona de oro, en una circunstancia de un hombre en declive, con 72 trajinados años. Se trataba del 20 de agosto de 1905, el mismo de la creación del Departamento de Caldas, el de la mariposa verde, no del descuartizado de hoy.  Y del año de la producción central de Albert Einstein que desde la Física cambió la comprensión del Universo, y que nosotros advertíamos en las lecciones que nos impartía en la Universidad Nacional el profesor Alfredo Robledo-Isaza, el recordado e inolvidable padre de Beatriz-Helena, personalidad sinigual en talento y en talante. Convergencia ocasional de centenarios. Y convergencia curiosa de ingenieros: el padre de Pombo, ingeniero; Rafael, ingeniero; Alfredo Robledo, ingeniero, y, guardadas las justas proporciones, quien esto dice,… imaginero de caminos.

La autora se adentra en la vida del personaje, lo sigue en todos sus pasos, en los antecedentes de familia, desde la cuna, en los primeros años de familia, ante la autoridad inconmovible del padre, y en la infaltable ternura de la mamá. Lo acompaña en la imposición paterna de estudiar ingeniería, cuando ya su vocación estaba marcada por la poesía y el arte, por las humanidades. Y le corresponde a Beatriz-Helena verlo ingresar al ejército para combatir un gobierno “dictatorial”…, lo acompaña en su viaje por el río Magdalena, bajo el deslumbramiento de una naturaleza exuberante y apoteósica, conformada por gigantes palmeras, bosques de cedros, papagayos multicolores, guaduales enormes, ramajes de asombro, micos en cantidades, serpientes grandísimas, tortugas descomunales, caimanes en festín con un bagre, el olor provocativo de los árboles de mamey, níspero, zapote y de tantos frutales en flor. Al asistir Pombo en tierra, en una escala, a un novenario de bogas, con cantos tristes y desgarradores, la situación le lleva a recordar su poema “El músico y el poeta”, dedicado a un amigo violinista: Mi nota es la palabra; torpe y lenta;/ la tuya como el rayo en la tormenta,/ hiere al nacer, disípase al herir.// Músico al escucharte, yo me siento:/ dudo si estoy oyendo tu instrumento/ o escuchando mi propio corazón./, etc., etc.  La autora sigue conduciendo al personaje por múltiples escenarios del trópico, hasta ver una situación en medio del sostenido asombro: en tanto ingeniero aprecia las maltrechas obras del canal del Dique…

Y Beatriz-Helena lo lleva a Nueva York, y con él a nosotros, en la conquista de observaciones de la megaciudad, hasta verlo en la crisis cuando capta que en la metrópoli lo que predomina son relaciones afectadas por los negocios y la lucha por la sobrevivencia. Sinembargo, despierta o acentúa sus vocaciones por la música y el arte en general, al acercarse a los ambientes propicios.  Pero pasado el tiempo se sume en depresión profunda, la que vierte en su poema duradero “La hora de tinieblas”, lleno de dudas, de esperanza desfallecida, de negatividad por la incertidumbre de la vida, en su origen y destino. Dice, para el caso, en la estancia XVIII: ¡Esperanza que me engañas,/ Tentación que me provocas,/ Pasiones que con mil bocas/ Me desgarráis las entrañas;/ Ciencia que mi vista empañas,/ Orgullo que atas mi oído./ Razón que sólo has servido/ Para perder la razón…!/…¡Ay! Contra tántos ¿qué son/ Los que de polvo han nacido?/  

Pombo a los veinte años, en su diario, lo recuerda Beatriz-Helena, advierte que ha visto ya tres guerras y se formula preguntas cruciales, aún de vigencia en estos tiempos: ¿Qué maldición pesa sobre nuestra patria?, ¿Será siempre nuestro pueblo una firma en blanco?, ¿Siempre ha de pagar en mal lo que se le dé en bien?…  Y fueron nueve las guerras civiles en el siglo XIX, para un total de 70 revueltas armadas, comprendiendo las ocurridas en las diversas regiones. Tragedia nacional que no termina, y que ocasionó en aquel siglo la migración de personalidades sobresalientes, ante todo de educadores, de maestros, que fueron a dar, por ejemplo, a finales del XIX y comienzos del XX a Costa Rica, donde la selecta simiente fructificó en una sociedad civilista, ajena a la ley de las armas, y en cambio nosotros quedamos con la vertiente bélica, con ramificaciones en cada esquina.

De igual modo, Beatriz-Helena recrea con fervor para sus lectores, en ese cuidadoso trabajo de investigación, la vida en pormenores de Pombo, los escarceos amorosos del poeta-combatiente-humanista, sin perderle los asuntos esenciales en su periplo vital. Y nos muestra cómo el destino no permite que el gran hombre pueda tener con fidelidad una mujer a su lado, para el amor, el consuelo, el soporte espiritual y el estímulo en sus emprendimientos. La capacidad de enamoramiento de Pombo es pasión que no consigue armar un camino en común, entre dos. Pasan por su vida en ráfagas de dolor Guilma, Paula, Eva, Inés, Manuelita Arroyo, Manuelita Lindo, Edda, Elvira Tracy, Luisa, Carrie, Teresita, Nelly, Socorro Quintero…, a las que Beatriz-Helena califica de “perfectas, apasionadas, inocentes, puras, tiernas madres, coquetas, atormentadas… a todas las amó idealizadas, sin poder alcanzarlas nunca.”  Ese destino de Pombo lo asemeja, sin duda alguna, a nuestro Don Quijote en su delirio constante por la Dulcinea del Toboso. Y es también su par de espíritu en las campañas por componer entuertos y por alcanzar una vida en coexistencia de sociedad.

La producción literaria de Pombo se la matricula en el Romanticismo. “Pombo era romántico -dice Beatriz Helena- en su manera de sentir el amor, la naturaleza y la profunda relación con las manifestaciones de su tierra”.  Fernando Charry-Lara lo recuerda como “el mayor de nuestros poetas románticos”.  Y Nicolás Bayona-Posada, en su “Panorama de la literatura colombiana” lo aprecia de poeta descriptivo, elegíaco, amoroso, filosófico, patriótico, profundamente religioso, humorístico, didáctico, y esencialmente popular. Rafael Maya, no sin limitaciones, dice que las ideas capitales en la obra de Pombo fueron “Dios, la naturaleza y la mujer”.  En el epígrafe del libro, José Martí interpreta a Pombo atraído por “lo hermoso y lo débil”, en cuya producción se da una “belleza original y segura”, en novedosa manera de “hermosura mística”. De conjunto, quienes se han acercado a la obra de Pombo, coinciden en apreciar la naturaleza romántica del personaje, con matices en la interpretación de esa condición sobrecogedora.

Es de recordar que Rousseau usó el término romántico para simbolizar el sentimiento de melancolía y el ansia de infinitoque invade al ser humano en la contemplación de la naturaleza. A la par fueron por la vida en Pombo la melancolía y el deseo impenetrable de infinito, en la observación continua del entorno y en las ambiciones de ir adelante, cumpliendo etapas, en la conformación de una obra polifacética, e “inabarcable”, en término utilizado con acierto por Cobo-Borda. Pombo, buen romántico, era desbordado en sentimientos, con angustia metafísica a sobresaltos, desbordamiento místico y tortura continua por el amor idealizado.

El trabajo de Beatriz-Helena Robledo con la literatura y las poblaciones vulnerables (por Michèle Petit; Antropóloga francesa). “La literatura bajo sus múltiples formas (mitos y leyendas, cuentos, poesía, teatro, diarios íntimos, novelas, libros ilustrados, historietas, ensayos si están “escritos”), provee un apoyo notable para reanimar la interioridad, poner en movimiento el pensamiento, relanzar una actividad de construcción de sentido, de simbolización, y suscitar a veces intercambios inéditos. Y no siempre es privilegio exclusivo  de los opulentos que desde los primeros años están empapados de cultura escrita.

Volvamos a Colombia, donde Beatriz Helena Robledo recorrió el país para proponerles talleres basados en la lectura y la escritura a aquellos que vivieron muy alejados de los libros: adolescentes desmovilizados, antiguos guerrilleros o paramilitares, poblaciones que huyen del conflicto armado, niños que viven en la calle o en hogares… Donde vaya tiene una convicción: la literatura es pura vida, la vida misma (Robledo, Beatriz Helena. La literatura como espacio de comunicación  y convivencia. Lugar Editorial:  Buenos Aires, 2011). Les propone a todos los mejores libros ilustrados, los más bellos poemas, las más hermosas leyendas. E inventa mil estratagemas para que esos textos se deslicen en la experiencia de cada uno prestando atención a la singularidad de cada encuentro, de cada situación.

Los textos leídos abren  un espacio en ruptura con la situación de los participantes y relanzan su actividad psíquica, su pensamiento, sus palabras y sus intercambios, enviándoles ecos desde lo más profundo de sí mismos. Como para aquel exguerrillero, Julio, cuya voz no se había oído nunca y que, después de haber escuchado una leyenda, habló como no lo había hecho desde hacía años para evocar los mitos oídos durante su infancia, contar luego su propia historia (en la que se ve al pasar que leer también sirve, para reencontrar un lazo con la tradición oral). O ese otro muchacho también desmovilizado, que explicaba como los talleres de lectura habían contribuido a su educación sentimental,  a la formación de su sensibilidad, de su interioridad:

“Nosotros tenemos la cabeza, como se dice, envuelta, envuelta como en nudos. He venido organizando las ideas mejor, pensando, teniendo más calma, no haciendo las cosas como a la ligera, sino como más despacio y aprendiendo a tener sentimientos; porque nosotros allá tapábamos mucho eso y aquí… resulta que aquí no. Allá simplemente uno se olvidaba de los sentimientos, de lo que uno llevaba adentro”. (Ref.: Documento final, Proyecto Jóvenes de Palabra, Centro Regional para el fomento del libro en América Latina  y el Caribe, CERLAL; 2004,  p. 10)

A lo largo de los años, Beatriz-Helena Robledo pudo medir, las infinitas posibilidades que ofrecen la lectura  y la escritura para reconstruir el sentido de la vida, curar las heridas, ensanchar el mundo. Con los más frágiles, los más desprovistos de vínculos, ella observó cómo la literatura (gracias al arte de un mediador) creaba dentro de los participantes un anclaje, “un sedimento de verdad, de certeza afectiva”. Como ella llegaba a ser un espacio de posibilidades, de comunicación y de buena convivencia, otra manera de confrontarse al mundo, tanto interior como exterior.

[Tomado de:  Petit, Michèle. Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires, 2015. Pags. 66-67]

 

Acerca de la biografía de Rafael Pombo (por Isabel Calderón-Reyes; introducción de entrevista a B.H.R.; Revista El Librerfo, 2013). El 2012 fue el Año Pombo: con mayúsculas y por decreto. En mayo se cumplieron cien años de la muerte del poeta y el país aprovechó para recordar sus versos más famosos. El aporte de Ediciones B fue la segunda edición del libro Rafael Pombo: La vida de un poeta, escrito por la investigadora y escritora Beatriz Helena Robledo.

Cuando Rafael Pombo tenía 72 años, fue coronado poeta nacional. A la ceremonia en el Teatro Colón asistieron multitudes. Él se esforzó por ser amable cuando le pusieron la corona de oro sobre la cabeza, aunque no le hacía gracia la «coronación de su esqueleto». Después vinieron coronas de laureles y flores blancas, que lo enfermaron porque era alérgico al polen. Robledo recrea este episodio en el primer capítulo del libro. Lo que sigue después es una biografía meticulosa, en la que no se queda por fuera ninguna de las facetas del escritor.

 

Rafael Pombo y su biografía (por Beatriz-Helena Robledo, en entrevista concedida a Isabel Calderón-Reyes) Lo primero que se me ocurrió fue empezar por su muerte. Pero me dediqué a leer biografías para entender cómo estaban armadas y qué licencias poéticas me podía dar y en esas lecturas noté que empezar por la muerte era un lugar común. La coronación fue un momento muy triste pero muy importante en su vida. Parecía más un acto de defunción que un homenaje. No deja de ser irónico, porque aquello que estaba pensado como una celebración, e incluso como un acto de desagravio, él lo vivió de una manera muy dolorosa.

Cuando yo hice mi tesis de maestría en Literatura Hispanoamericana, estaba interesada en investigar un periodo de la literatura infantil colombiana. Al buscar autores de ese periodo, todos me remitían a Pombo. Y me encontré con un personaje nuevo, lleno de facetas que yo no había explorado. Cuando me llamó el editor de este libro a proponérmelo, me contó que había leído mi tesis y que por un capítulo que yo le dediqué a Pombo había decidido que yo debía hacer el trabajo.

Lo que más me cautivo fue su calidad humana. Si algo me enamoró, porque esa es la palabra, fue que Pombo era un hombre bueno, que le ponía el corazón a todo y era auténtico. También me encontré con esa personalidad suya, emocionalmente oscilante, y con esa pasión por el lenguaje, la poesía y el arte. Traté de abarcar tantas facetas como pude en la biografía: el Pombo periodista, el pedagogo, el activista político, el gestor cultural. ¡Y todavía nos falta mucho Pombo por descubrir! Por ejemplo: lo que escribió cuando vivía en Nueva York no está recogido. Y fueron 17 años muy productivos de su vida: desde los 21 hasta los 38.

En un momento dado me dije: Rafael Pombo no es Rimbaud ni Lord Byron. Quiero decir: su vida no fue muy interesante. Yo estaba frente a un señor bogotano, con una dimensión humana muy especial, pero con él yo nunca podría hacer una biografía como la que hizo Fernando Vallejo de Porfirio Barba Jacob. En cambio, Pombo estaba involucrado con todo lo que pasaba en Colombia. Mi trabajo fue tejer su vida con la historia del país. Y me pasé a vivir al siglo XIX para lograrlo. Lo grave es que me sentí comodísima en el siglo XIX. En el fondo soy una señora decimonónica

 

Los maestros y el amor por la poesía (por Beatriz-Helena Robledo. En pregunta de entrevista a B.H.R., realizada por Carmenza Botero, directora del “Proyecto Musical Malaquita).  Lo primero es que ellos se dejen tocar por la poesía y que le pierdan el miedo. Porque creo que estamos reproduciendo, de generación en generación, taras y miedos frente a la poesía. También métodos y pedagogías erróneas. Por ejemplo, eso de medir los poemas como si fueran sapos en la mesa de disección. Medir los versos, que creo que a muchos nos tocó (o les sigue tocando), hizo que quedaran vacunados contra la poesía. Que empiecen a leer. Eso lo digo en alguno de los prólogos: hay que rumiar la poesía; masticarla, volverla a leer. Hay un tiempo especial para la poesía. Entonces, les recomiendo que aprovechen también, en este mundo de las carreras y del afán, para darle un tiempo diferente a la poesía; es un tiempo en el que uno para, se desacelera, se regala un poema y lo saborea como lector. Una vez tocado el maestro por la poesía, se le abre el camino para tocar a los niños. Muchos maestros me dicen: -pero es que ni me oyen-. Aquí yo pienso que uno debe ayudarse con ciertos rituales, sobre todo si hay niños que no están acostumbrados a oír poesía. Tener siempre la tradición oral. Toda la que quieran. Toda. No sobra. La que venga, porque esa es la puerta de entrada a la poesía: el juego con las palabras, las retahílas, las adivinanzas, los trabalenguas, las rimas, los sin sentido, los estribillos de los juegos tradicionales… Todo eso, bienvenido. Pero además, para irlos iniciando en la poesía de autor, creo que uno puede utilizar una música que les ayude a relajarse, a distensionar el cuerpo; poner incienso. Y aunque parezca un poco loco, es iniciar con unos rituales que invitan a una disposición diferente para relacionarnos también, de manera diferente, con el lenguaje, con la palabra, con las imágenes. Hay que hacer mucho de eso. Más adelante ya vendrán los análisis. Yo les diría que lo único que deben hacer con el poema, es leerlo y disfrutarlo.

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Edición No. 195