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NOTAS: en memoria del escritor Hernando Salazar-Patiño (1943-2024)

Hernando Salazar-Patiño (por Rubén Sierra-Mejía, en “Herejías”, HSP, Ed. Biblioteca de Escritores Caldenses, Imprenta Departamental, Manizales 1983). Hernando Salazar-Patiño ha cultivado siempre la virtud de la irreverencia. No debe extrañarnos entonces que un libro suyo lleve por título, como nombre natural, el de Herejías. Los textos que lo conforman, escritos a lo largo de veinte años, poseen el propósito de provocar crisis en nuestras inveteradas maneras culturales, con sus abdicaciones ante las demandas de una sociedad que se siente incómoda con toda manifestación del intelecto que pueda poner al descubierto su miseria moral. La atención se centra, preferentemente, en la literatura, pues en ella se revela con mayor angustia la tendencia claudicante de nuestra inteligencia. Las páginas de Salazar-Patiño son herejías en una sociedad colombiana que no considera otra forma de pensar que la sumisión a cánones conservadores de comportamientos sumisos, pero en medios culturales en los que el intelectual ha ejercido tradicionalmente, como oficio que le es propio, la tarea de provocar a sus contemporáneos de nuevos valores y nuevos criterios para juzgar su presente y su pasado, no serían otra cosa que observaciones sobre los desvíos que seguiría el intelecto al renunciar a su función crítica y poder gozar así plácidamente, como recompensa a esa renuncia de las dádivas de una sociedad temerosa de que se desfigure la imagen que ha querido darse a sí misma.

Salazar-Patiño ha escogido deliberadamente el periodismo para expresar sus desviaciones de la tendencia general de la cultura colombiana. El lector debe tener presente que los textos recogidos en este volumen proceden casi todos de la actividad periodística del autor. Así se comprenderá entonces sus limitaciones, sus desaciertos a veces, la fugacidad del juicio, el uso preferente de la ambigüedad antes que de la precisión del concepto. Como textos periodísticos conservan la pátina de la premura pero también la capacidad de perpetuar un momento apenas perceptible en la historia. Sobresalen, no obstante ser escritos de prensa, por sus abiertas intenciones estéticas, enfilándose así en una tradición que ha hecho del periodismo una ocasión para el cultivo de la literatura.

Herejías es un libro que indudablemente provocará críticas. Me atrevo a afirmar que es el deseo de su autor, pues está lejos de sus pretensiones el instituir nuevos dogmas. Nada hay más proveniente del espíritu que no sea susceptible de controversia. ¿Y no son controvertibles acaso algunos conceptos que el autor deja deslizar acerca de la literatura o la generalización, arbitraria a mi modo de ver, de predilecciones personales como si fuesen de su generación? Ha asumido Salazar-Patiño el derecho que tiene el intelectual de equivocarse: sabe que la renuncia a ese derecho ha sido una de las actitudes claudicantes más notorias de nuestra intelectualidad. Ortega y Gasset, uno de los autores preferidos del autor de Herejías, escribió al finalizar sus meditaciones sobre La deshumanización del arte: “Es posible que cuanto he dicho sea un puro error.”

El viaje literario de Salazar-Patiño (por Eduardo García-Aguilar. La Patria, 04.II.2024). Poco antes de la pandemia el polígrafo y polemista manizaleño Hernando Salazar-Patiño vino a París en el marco de una larga gira por varias ciudades europeas, que lo llevó a Roma, Viena y Madrid, entre otras capitales. Instalado en un apartamento cerca de la famosa plaza de la Bastille, donde estuvo preso el Marqués de Sade, vino para quedarse solo unos días, pero al final extendió su estadía, pues sin duda esta ciudad lo estaba esperando desde hace tiempos y quería atraparlo con sus redes misteriosas.

La prueba es que cuando fuimos al cementerio Père Lachaise ocurrió algo que parecía surgido de la novela fantástica de Michel Bulgákov El maestro y Margarita. Apenas ingresamos, llegamos de frente y por azar a la tumba de su admirada escritora Colette y a su alrededor un grupo de teatro ataviado como en la época representaba aspectos de su vida y obra. Salazar Patiño, quien además tiene talento de actor, interactuaba con los comediantes, asombrados de verlo tan emocionado en medio de las tumbas de las grandes celebridades que pueblan la ciudadela de los poetas muertos donde reposan Molière, Proust, Oscar Wilde, Balzac, Miguel Ángel Asturias, Rufino J. Cuervo, Alain Kardec y Jim Morrison, entre otros.

Seguimos al grupo teatral, que se detuvo después en la tumba de Proust para escenificar aspectos de su vasta obra En busca del tiempo perdido y así saltamos como saltimbanquis de una tumba a otra siguiendo a los actores y a su selecto público, como si estuviésemos en un sueño literario o embrujados por el gato misterioso de Bulgákov. He ido decenas de veces al Père Lachaise con amigos, pero solo con Salazar Patiño podía sucederme algo tan fantástico, digno del teatro del absurdo de Eugène Ionesco. E igual me ocurrió con él cuando paseábamos por la famosa calle de Lappe, cerca de la Bastille, sitio malevo famoso a comienzos de siglo XX y escenario de filmes, poblado por decenas de bares como el famoso dancing Club Balajó, además de otros antros de música caribeña o de rock. Ahí también la simpatía y elocuencia del escritor manizaleño cautivó a los dueños de uno de los bares icónicos de rock, Le Bastide, que desapareció tras la pandemia, manejado por unos viejos ex hippies y donde se escuchaban en discos de vinilo todos los clásicos del género. Ellos querían homenajearlo y cerraron expreso el bar para eso, pero había tanto humo adentro que nuestro autor no pudo resistir e hizo mutis.   

La primera vez que vi al autor de Herejías (1983) y otros libros fue cuando para promocionar la revista cultural Siglo XX, en compañía de otros estudiantes de la Universidad de Caldas pasó por los salones del Instituto Universitario, donde yo cursaba, antes de que me expulsaran, el tercero de bachillerato. Después coincidimos en el legendario recital de Pablo Neruda en el Teatro Fundadores, como lo atestigua la foto icónica de Carlos Sarmiento, y más tarde, a lo largo de las décadas, nos encontramos en ferias del libro, fiestas, conferencias y coloquios, pero nada como esta afortunada visita suya a la ciudad luz, llena de milagros. París sabía que Salazar Patiño ha sido uno de los más fieles lectores y conocedores de la literatura francesa en Colombia. Por sus manos han pasado los grandes autores de este país, antiguos y modernos y además de Baudelaire, Rimbaud, Colette, François Mauriac, André Malraux, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre y Albert Camus, él conoce otros escritores secretos.

Por eso la ciudad de Santa Genoveva y Baudelaire lo recibió con sorpresas y guiños teatrales en cada esquina para agradecerle su fiel viaje de más de medio siglo por las letras francesas. Y no solo su viaje por las letras de la tierra de Montaigne y Rabelais, sino su pasión por la literatura de todas las lenguas y épocas y en especial la de su propia tierra, Manizales, a la que ha dedicado libros y minuciosas investigaciones sin fin, a veces muy polémicas. Durante su visita hablamos mientras caminábamos hacia el Père Lachaise o Bastille de sus grandes amigos manizaleños de su generación Héctor Juan Jaramillo y Jaime Echeverri, quien fue su vecino en la adolescencia, y evocamos figuras inolvidables de la cultura de Manizales como Fernando Mejía Mejía, José Vélez Sáenz, Edgardo Salazar Santacoloma, Jorge Santander Arias, entre otros muchos. Éramos dos manizaleños perdidos en estas calles lejanas, pero cercanos a nuestra tierra y su literatura, porque al final uno es de donde nació y estudió la primaria y el bachillerato. En esos segmentos de la vida inicial uno ya es el que será y el “ingenio inagotable” de Salazar Patino, como dice su amigo Jaime Echeverri, siempre se ha manifestado en la plaza de un viejo pueblo caldense como Salamina, Riosucio o Anserma o en Viena, Roma o París. 
 

Hernando Salazar-Patiño: una memoria que nos habla de la eternidad (por Germán-Eugenio Restrepo; QueHacer.co, 08.II.2024). Moriré un día del cual tengo ya el recuerdo: César Vallejo. ¿Dónde estará ahora, Hernando Salazar Patiño¿Qué presagió habitará su nombre y qué paisaje irrevelado mirará con sus ojos de griego impenitente? ¿Posará su mirada en una relectura de André Maurois, François Mauriac, Albert Camus, Werner Jaeger, Honoré de Balzac, Colette, Jean Paul Sartre  o Julio Cortázar? Quizá haga parte de la lluvia, de la neblina enquistada en la montaña o de un camino crepuscular atiborrado de cantos de pájaros o volverá a escribir el poema a un árbol que siempre miró en la madrugada.

Por eso el amigo, el maestro, el grato conversador y el infatigable contertulio, nos habla ahora desde la eternidad insomne de su nombre. Desde la atalaya de su palabra.

Como José Asunción Silva, Hernando amaba escribir y leer en alta noche y se jactaba de reírse de sí mismo, como si ello fuera una emblemática disposición estoica, para hacer del humor lo más excelso de su pensamiento humanista.

Amó los libros, tanto como la palabra hablada y escrita y cuando estuvo en París, lo que hizo fue regresar a una cultura que tenia pirograbada en su alma y su memoria. En reciente publicación, en el Diario La Patria, del escritor: Eduardo García Aguilar, titulado: El viaje literario de Salazar Patiño, bellamente se enuncia el periplo del escritor en la cautivante ciudad de Paris y fue como una premonición de ese otro viaje que nuestro amigo y escritor estaba por realizar.

En su obra: El juicio en parábolas (Editorial: Universidad de Caldas. Manizales. 1994), realiza con hondura una travesía por la literatura caldense, y deja un legado muy importante para  las futuras generaciones que se aproximen con asombro a su versátil y fecunda producción literaria. Su libro: Herejías (Editorial Imprenta Departamental. Manizales. 1983), lo leí con deleite y pasión cuando estudiaba derecho en la Universidad de Caldas, y es un texto llamado a perdurar en el tiempo por su exquisitez literaria y porque es PER SE parte del itinerario de un pensamiento que deslumbra, en una cultura colmada de vanas fantasmagorías.

Como profesor de la asignatura: Historia de las ideas políticas, disfruté como su discípulo de una cátedra que hizo de la historia una emoción de creatividad, y de la cultura griega, el bastión del desarrollo histórico de la humanidad. De los muchos autores que me compartió y enseñó,  André Gide con sus obras: Los monederos falsos (Editorial Oveja Negra.1984) y, Los alimentos terrestres (Editorial Seix Barral 1982), ocuparon inolvidables tardes de neblina y lluvia tomándonos un café en su departamento o caminando por la carrera veintitrés, hasta llegar a Sorrento para continuar con nuestro diálogo intermitente. Hubo noches también, en Manizales y en Bogotá, en nuestro departamento, donde  departimos con mi esposa: Isabel Cristina y con mi hija: Daniela , y otros amigos, de un delicioso  y fastuoso vino conversado, como símbolo ineludible de la celebración de la vida, del amor y de los encuentros fraternos e inevitables.

Ahora, Hernando recorre su biblioteca y busca un libro. Su libro. Lo acompañan sus peludas: Dharma y Hera. También sus gatos: Wong y Rosi, lo siguen en su incursión nocturna. Saborea un té caliente y humeante, y se sienta a leer en un cómodo sillón. Mira por la ventana la noche fría e infinita. Y evoca un poema de Pablo NerudaPensando, enredando sombras en la profunda soledad. Tu también estas lejos, ah más lejos que nadie.

Vi por última vez a Hernando Salazar en la Universidad de Manizales, cuando presentó mi novela: Diatriba de un ángel caído (Editorial Oveja Negra. Bogotá. D.C. 2022). Fue ese el último acto cultural al que asistió y precisamente en la academia que siempre tuvo para él un especial significado.

Nos despedimos esa noche en la puerta de su apartamento. Me fui caminando por las calles empinadas de Manizales, en una noche de augurios cabalísticos y entonces  entendí que el silencio de la madrugada y el silencio  de la muerte, se parecen.

Ahora que el alma de Hernando ha partido para el Oriente Eterno, aquí en Bogotá, en la soledad de mi biblioteca… Releo un libro… Herejías…

Y siento la presencia del amigo, del maestro, hablándome desde la eternidad…

El escritor Hernando Salazar-Patiño (por José-Miguel Alzate. Eje21, 01.XI.2018).  De esa generación de escritores caldenses que irrumpió en la vida literaria de Manizales con la aparición de la revista Siglo 20, fundada en 1963 en la Universidad de Caldas, Hernando Salazar Patiño es el único que permanece activo en el arte que desde las aulas universitarias tomó como opción de vida: la literatura. Humanista, abogado, escritor y polemista, este manizaleño que despierta entre la gente sentimientos encontrados es dueño de una pluma exquisita, que le permite elaborar una prosa cantarina, exultante a veces, en ocasiones polémica y, sobre todo, conceptual. Sus opiniones frente a la vida intelectual del departamento le granjean, con frecuencia, enemigos gratuitos. Sobre todo porque es un hombre vertical en sus posiciones.

Cinco libros marcan la producción intelectual de Hernando Salazar Patiño: Historia de Colombia(1976), Herejías(1983), Manizales bajo el volcán(1990) Juicio en parábolas(1994), y Nuestros clásicos: Bernardo Arias Trujillo(1994). A estas obras se le suman los cientos de artículos que sobre literatura ha publicado en diferentes medios, las polémicas cartas que se ha cruzado con figuras relevantes del pensamiento nacional, los documentados ensayos que ha escrito sobre autores nacionales, las columnas que en diferentes épocas ha publicado en La Patria y los textos que han sido incluidos en libros sobre Manizales y en la colección Colombia: ¡qué bella eres! Es decir, la suya ha sido una pluma en constante ebullición, que produce páginas matizadas por un lenguaje exquisito.

En el prólogo al libro Herejías, Jaime Echeverri dice que este escritor caldense posee “una soberbia inteligencia, un humor sardónico y mordaz a flor de labio, un ingenio inagotable y un profundo sentido de la justicia”. Estas palabras definen a Hernando Salazar Patiño. Y Héctor Juan Jaramillo, otro de sus compañeros de generación, dice de él: “Su activismo cuando se siente estrecho rompe formas y moldes en busca de la originalidad genial o de una sazón que está a punto”. Por su parte, Fernando Londoño Hoyos, en la introducción al libro Manizales bajo el volcán, expresa una verdad de a puño: que Salazar Patiño tiene acostumbradas sus costillas a palos y manteamientos. En esto tiene razón. Al escritor lo ensalzan y lo vapulean. Todo por esa personalidad francota que lo caracteriza.

Esas admiraciones y animadversiones que Hernando Salazar Patiño despierta en los círculos intelectuales de Caldas están sustentadas en sus propias creaciones literarias. Juicio en parábolas, obra que tiene como subtítulo Examen de un libro fallido, lo escribió para cuestionar el libro Manual de literatura caldense,  publicado por Fabio Vélez-Correa con tres personas más. Y Nuestros clásicos: Bernardo Arias Trujillo, surgió para dar respuesta a lo que  dijeron en un libro publicado por la Universidad de Caldas Roberto Vélez-Correa y Albeiro Valencia-Llano. De lo anterior se deduce que es un escritor que no traga entero, y cuestiona con argumentos literarios las obras que no llenan sus expectativas. Cuando habla sobre sus adversarios lo hace “como si estuviera recreando un monólogo joyceano”.

¿Ha sido injusta la crítica literaria con Hernando Salazar Patiño? Pienso que sí. Su obra ha sido mirada con un prisma subjetivo. Quienes se han acercado a  ella señalan que no ha escrito el libro que su inquietud mental podría dar. Pero su protagonismo en la actividad intelectual de Manizales es innegable. Tanto, que muchos de sus críticos advierten que es personaje de tres novelas sobre la ciudad: Tierra de leones de Eduardo García Aguilar, Como barrilete resuelto en flecos de Roberto Vélez-Correa y Recordando a Bosé de Orlando Mejía-Rivera. En los tres libros no sale muy bien librado que digamos. Esas alusiones a su nombre sustentan, de todas formas, que es un escritor importante, alguien a quien debe leerse porque tiene cosas interesantes para decir.

Manizales bajo el volcán es el mejor libro escrito por Hernando Salazar-Patiño. La obra es una expresión de amor filial por la ciudad de sus ancestros. Pero también un alegato literario sobre la ciudad que se fue, esa que tuvo figuras rutilantes en la política y en el arte, la que aprendimos a querer por el carácter de sus gentes y por el  aire de grandeza que en una época la identificó. Salazar-Patiño usa sus armas literarias para enseñarnos cómo esa Manizales que con palabra excelsa cantó Fernando Arbeláez en La Estación del olvido se convierte en paisaje idílico, donde hasta la caída de ceniza constituye un espectáculo. Así lo dice; “El olor azufrado, el aire plomizo, los árboles empavesados, las avenidas  blanquecinas, los carros prematuramente encanecidos, no son una visión  común en la ciudad.

Y, ¿qué decir de Herejías, el libro donde se recogen sus más polémicas columnas del diario La Patria, publicado en la Biblioteca de Escritores Caldenses? Esta es una obra donde están explícitas las preocupaciones temáticas de Salazar-Patiño, su admiración hacia esos autores que lo han marcado, su búsqueda constante del significado existencial de obras que lo han perturbado interiormente. Dos textos muy bien escritos despiertan el interés del lector: Crítica tecnificada, donde recomienda a los escritores no dejarse “infatuar por los aplausos de los corifeos, que en este medio son siempre más de entusiasmo momentáneo que de reflexiva serenidad”. El otro es la carta firmada con Eduardo López Estrada, dirigida a Jorge Santander-Arias, donde le hacen serias precisiones sobre Cien años de soledad.

Juicio en parábolas, el libro donde a manera de carta personal dirigida a Fabio Vélez-Correa hace reflexiones sobre los que en su concepto fueron desaciertos en la estructura del Manual de literatura caldense es una interesante disertación sobre el proceso creativo en el departamento. En sus 130 páginas Hernando Salazar-Patiño rescata del olvido nombres que en su momento aportaron para hacer grande a Caldas en el contexto literario nacional. Los juicios que emite son certeros, fruto de su dedicación a seguir las huellas de quienes tomaron la palabra para expresar sus angustias personales y para exaltar las costumbres que nos dan identidad. Este libro aporta opiniones para establecer cómo en el departamento siempre ha estado encendida la llama de la inquietud mental.

El cantor de Caldas (por Ramón Illán Bacca; El Tiempo, 09.VIII.1997). En realidad no es una biografía [“Bernardo Arias-Trujillo, claves de su vida y su obra”, por Hernando Salazar-Patiño] sino una serie de datos que toca al lector colocarlos en orden y reflexionar sobre este autor tal vez de lo más representativo de lo que Salazar llama grecolatinismo y acá grecoquimbayismo. Abogado, diplomático, periodista, escritor, poeta, precozmente aventajado y prematuramente muerto, Arias Trujillo fue lo que llamaríamos un caso de familia tradicionalmente conservadora, fue un liberal aguerrido. A pesar de ser una audacia menor de cuarenta años de los que llevó López Pumarejo al poder, fue anti-lopista. Si bien se sentía un dandy, con la necesaria traducción de Oscar Wilde, su novela tomó un tema costumbrista. Si bien su novela tiene ribetes de experimentalismo, en Caldas lo han convertido en un clásico, sospechoso de escribir una novela maldita, los caminos de Sodoma (la portada representa una mujer joven) se sintió perseguido y estigmatizado.

Murió a los treinta y cuatro años, la portada del libro presenta el rostro de un hombre como de cincuenta. El personaje insuficientemente conocido entre nosotros, no ha logrado despertar mayor interés. el llamado Grupo de Barranquilla en los años cincuenta veía en el grecoquimbayismo una retórica y un trascendentalismo que rehuía. Mientras en Caldas la intelectualidad bohemia leía a Baudelaire y la intelectualidad institucional devoraba a León Bloy y a Jacques Maritain, aquí se leía a Faulkner, Saroyan y Hemingway.

Esto se logra ver en el otro libro de Salazar Juicio en parábolas que no es un estudio sistemático sobre la literatura caldense sino una refutación a un manual hecho por un comité de profesores sobre esa asignatura. Como el mismo lo dice. Se bate con otros aceros bien distintos a los del colegaje arrullador y tolerante . De allí este libro desordenado con un nicheniano caos creador . Su argumentación en contra del otro libro (que no se nos dice como se llama) es por su falta de jerarquización, extenso repertorio y heterogénea mixtura.

En las omisiones que Salazar Patiño les anota, este cita algunos nombres conocidos entre nosotros y una extensa lista de escritores de los que nunca habíamos sabido de su existencia: hay autores de un solo libro, de uno que no se publicó de silencios creadores y de silencios desertores; amantes de su terruño natal, viajeros incansables, mucho suicida, y mucho rector. Está el negro Pacho cuyo poemario La quemadura del carbón fue traducida al francés y quién afirmaba: La poesía nació en mí como nace la luz en el fósforo .

Cierra la larga lista Leonardo Quijano, El caballero del aguardiente, quien al vivir y morir enloquecido por las calles de Manizales ha sido, según la expresión del propio autor, el personaje más tópico y recurrido por la ficción literaria de los escritores caldenses.

Para orientarnos en una mejor comprensión de lo que ha sido la literatura caldense está el folleto del mismo del mismo Hernando Salazar: Diez escritores, dos generaciones. En ella se nos presenta El Milenio expresión de las letras caldenses en los cincuenta y que reunió a un curioso grupo del más acendrado medievalismo intelectual.

Enemigos de la filosofía contemporánea, anticomunistas, antidemócratas, adoradores de Papini y con desconfianza a todo lo nuevo por principio y por pretexto, tenían una sensibilidad refinada que los unía a un decadentismo trasnochado.

¿Por qué se daba este tipo de cosas en Caldas? Salazar no nos lo explica pero hay que esperar los otros estudios que nos anuncia y que posiblemente se cifrarán más en el contexto que en el texto.

No hay que olvidar que a diferencia de esa Barranquilla de los cincuenta que estaba en una prosperidad a debe (léanse los estudios de Jorge Villalón y Gustavo Bell) y en lo que se daba una intelectualidad de libro ocasional, en el Viejo Caldas se daba por una estructura de propiedad de la tierra, una ancha y tal vez, la única clase media de origen predominante rural que ha tenido el país. Tradicionalista y clerical, sinembargo, o por lo mismo, tenía el respeto por la cultura y la academia apoyaba, sin entenderlas del todo, esas expresiones. Por eso la universidad fue protegida y sus mas representativos intelectuales ocuparon su rectoría. Esto explica que en estos libros Salazar nos ahogue con la cantidad de nombres, la mayoría glorias locales, pero que indican que la expresión cultural caldense es materia de muchos libros.

Héctor-Juan Jaramillo, 1944-2007 (por Hernando Salazar-Patiño; Ref.: Papel Salmón; «La Patria», Manizales 10.XI.07). Intensa y extensa fue la cultura de Héctor-Juan Jaramillo, la que utilizó para recomponer caminos con la realidad de lo mágico y levantar la más sólida terraza de la reflexión de acuerdo a lúcidos planos intuitivos. Cualquier género le sirvió al efecto.

La novela o la poesía, aún al alimón, el teatro para leer o imaginar, la ficción de la ciencia o el monólogo, la «conjetura histórica» o la escritura automática, la ruptura de los géneros o, lo más comprobable, su fusión. Pero fue el ensayo, experimental, desestructurador, recurrente y recursivo, de libre, inesperada, veloz asociación, su arma filosa, nueva en su forma, magistral en su manejo, fina en su corte. El ensayo tomó un cuerpo propio, original, colmado de líneas entrecruzadas, de capas «geológicas» y de transparencias, con encandilamientos en los meandros y en las zonas cavernosas y rica utilería de revestimientos y hasta disfraces.

Manizaleño, bachiller de los jesuitas, lo que propició incubar sus primeras «heterodoxias culturales»; inició estudios jurídicos que sustituyó a poco por los de Filosofía y letras. Entre 1964 y 1967, Héctor-Juan Jaramillo hizo parte del grupo de la «Columna de la Juventud» y de la redacción de la revista «Siglo 20». Catedrático en universidades bogotanas, colaboró en algunos lapsos con columnas en El Tiempo, La República y La Patria, algunas firmadas bajo el seudónimo de Julián Bermejo. En los últimos años, la lenta construcción, que no la sola elaboración, de sus obras, absorbió su tiempo interior y exterior. En 1988 aparecieron, editadas, las primeras. Ser Latinoamericano, «reflexiones abiertas sobre problemas claves de nuestra formación cultural y nuestro ser histórico», y El Festín de un Instante , bellísimo título para «un libro barroco, abigarrado y lleno de motivos cuya tensión lo recorre y hace saltar los límites del ensayo».

La proximidad por parentesco y condescendencia con la bonhomía erudita de Rodrigo Jiménez-Mejía, ofreció insospechados accesos a la buceadora adolescencia de Héctor Juan Jaramillo. De ello dio testimonio reciente, junto con sus hermanos y otros sobrinos, en el libro El goce de la sabiduría (2003), en homenaje al ilustre intelectual salamineño. Desde aquella época inicial, con una gravedad precoz, la obsesión por el humanismo en su sentido totalizador, antropocéntrico, griego y goethiano, renacentista y moderno, indujo a nuestro escritor a recorrer, sin anamorfismos, la cultura del hombre y lo humano de la cultura como un inmenso tríptico. Del grupo de Siglo 20, y quizás, de su generación, en el país, la capacidad de ahondar de este ensayista, poco común, en un tiempo y un ambiente de tratamientos epidérmicos, individualiza su posición mental. Una mentalidad agudamente filosófica y, a fortiori, poética. De surgir entre nosotros un sistema filosófico, nadie estuvo mejor dotado y con más vocación para fundarlo que Jaramillo. (…)

En estas montañas se ha dado siempre, reducida pero permanente, la que queremos llamar «civilización goethíana». (…)

A ella perteneció, por voluntaria y primicial opción, Héctor Juan Jaramillo. El estudio y repaso de la vida y la obra del poeta alemán, en sus “años de aprendizaje”, le dieron -junto con varias identidades- esa disponibilidad a abrirse a todas las ciencias y las artes, a mirar desde todos los ángulos, a tratar de alcanzar el fondo, a ir tras el “secreto”.

Se ha planteado la posibilidad de toda una metafísica desde Latinoamérica. Pero el proyecto de Jaramillo consiste en una ontología de lo latinoamericano. “Nosotros no cabemos en nosotros mismos pues llevamos el mundo adentro” afirma. De ahí que una constitución política continental, “la estética de nuestro propio sentir», y aun la concepción del tiempo, cuya circularidad ha sido familiar para nuestra literatura, harían parte de esa autoconciencia que puede estatuirse a partir del “sincretismo mestizo”. El corpus temático del escritor, comprendió la política en su historicidad y trascendencia, no en su anécdota ni en su diaria transitoriedad. Una cierta debilidad muy a lo Carlyle o a lo Emerson, por las individualidades, por los héroes o las personalidades fuertes, en fin, por el papel del individuo en la historia, le tentó hacia paralelos novísimos. Al filiar el origen de otra de sus preocupaciones, herencia muy española y más precisamente, orteguiana, el tema de las generaciones, Jaramillo-Jiménez definió el lineamiento de la concepción general de su pensar.

«Para situarnos basta acudir a una noción que proviene de la literatura, se maneja filosóficamente y es sociohistórica». Esta cita nos ayuda a enfrentarlo. Otra cosa es que se permitió experimentar no con las palabras sino con la escritura y la materia misma de la escritura y por ello reflexionar sobre las palabras y el lenguaje. (…) Ante una asimilación tan personalizada de toda una carga de pensamiento, en la que no falta ninguno fundamental, es casi imposible aislar sus vectores. Sabemos sinembargo que si Goethe marcó su juventud, fue Nietszche quien imprimió las etapas de su madurez. Sobre el genio alemán dictó unos cursos en la «Casa de Poesía Fernando Mejía-Mejía» y dejó un libro inédito. (…) Héctor-Juan Jaramillo jamás llegó a ser, lo que se dice, un hombre público. Se prescribió la famosa máxima de Leonardo da Vinci. «Si estás solo no perteneces más que a ti mismo». Permaneció con su fe en la palabra, «en su poder de conjugación cuyo laboratorio se da en el fondo de la intimidad». Y más allá de ellas, de la retórica, tras «ese espacio blanco de las voces, espejo de la página», donde su propia autenticidad intelectual y la que buscó señalar en los elementos que han compuesto nuestra evolución cultural, plasman su contextura.

La suma de textos cortos que integran muchas páginas de sus obras, nos recuerdan a veces a un Teodoro Adorno, aún en lo que tienen de inconclusos. Creemos que la riqueza cinematográfica de imágenes mentales, para pensar más que para ver, que nos acumula el múltiple, denso y sagaz pensamiento de Héctor-Juan Jaramillo, intenta ofrecernos todo un acto lúdico de la inteligencia en el escenario mismo de la vida.

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Edición No. 209