N O T A S
Emma Reyes (Escribe: C.E. Ruiz). Murió Emma Reyes (1920? – 2003), una mujer crecida en ausencia de Colombia, en el viejo continente. Huyó joven y se instaló por Montevideo, Buenos Aires, París, Roma, Tel-Aviv, Perigueux, Bordeaux… Su vida se fue haciendo desde pintar florecitas con gracia, en la juventud temprana, las que vendía para su sos tenimiento hasta plasmar, ya mayor, grandes lienzos y murales con la imaginación desbordada de un trópico que se le crecía en el pincel y en la palabra. Conversadora inagotable. La exuberancia de imaginación le dejaba trazos para relatos en verdad sobresalientes. Muchas personas habremos quedado con esa multitud de cartas suyas, de ortografía bestial pero de alucinante decir, que desplegaba al mundo en busca de ser ella entre todos. Su soledad europea la llenaba en reuniones, trabajo intenso de taller y escritos desparramados con semblanzas y alucinaciones.
Se acercó a grandes personalidades del mundo social, intelectual, de la plástica, y fueron algo así como sus hijos aquellos pintores que llegaron jóvenes a París en busca de ambiente y de oportunidades para desplegar sus talentos. Esa historia comenzó con Fernando Botero, y le siguieron Darío Morales, Antonio Barrera, Luis Caballero, Gregorio Cuartas, Gloria Roca…
Pocas veces regresó a Colombia, para una que otra exposición o cuando la semana santa aquella de Popayán del tremendo terremoto, por invitación del presidente Betancur, habiendo sobrevivido de milagro cuando reposaba en el hotel Monasterio. En las fotos de su juventud y madurez denota belleza de embrujo. En su casa de Bordeaux (en la calle Mazarin), epicentro de la Dordoña vinícola, recogió sus recuerdos, una vieja y bella casa de dos plantas con mansarda. En la misma tuvo su espacioso y ordenado último taller. Conservaba quizá el único retrato de mujer hecho por Luis Caballero: Emma ya en la madurez, con rostro adusto medio varonil. Se trataba de una interpretación de ese carácter recio que tuvo hasta sus últimos días.
En cartones plasmó dibujos deformes, imaginativos, como personajes del teatro cotidiano que es la vida. Trazos intempestivos y sueltos. En cuadros de formato grande brotaban flores exóticas y cortes de frutos jugosos y sensuales del trópico, o algunos rostros indígenas en su primera época. Emma Reyes, colombiana, se desprendió casi niña de su tierra natal (Bogotá) y tomó vuelo, por sesenta años de vida intensa en Europa, paseándose de una ciudad a otra con su atelier: Roma, París (en la calle Cassini, primero y luego en la calle Pernety), Jerusalén, Tel-Aviv… Perigueux, Bordeaux.
La vida de Emma parecía un tanto solitaria, con la cercanía eso sí de su esposo, el médico Jean Perromat, un jubilado de la marina francesa, lector de asombro en lenguas modernas y aún en latín y griego, y también por pocas personas por las que conservaba su confianza. Pero la comunicación escrita y el teléfono la mantenían bien informada de lo que pasaba en Colombia, sin poderle ver salida a este berenjenal que padecemos en la tierra del olvido. Su vida fue de lucha permanente por conquistar un espacio en el arte del mundo.
Desde temprano fue favorecida por opinión favorable de buenos catadores de la plástica, como Alberto Moravia, Germán Arciniegas, Marta Traba, Mario Volpi, F. Schiff, Max Aub, M. Mejía-Vallejo, Sandro de Feo, Th. Meyssels, entre otros. Livia y yo estuvimos con ella en 1998 y al decirnos adiós con abrazos y besos, confiamos en un nuevo encuentro algún día, que no llegó, para continuar explorando en la vida del arte, único refugio valedero del ser humano, en un mundo que no se cansa de guerras, crueldades e injusticias de todo tipo. Descanse en paz por siempre esa vida exultante de colombiana que no dejó de clamar, y aún de gritar, por la concordia, por oportunidad mejor para los niños y los jóvenes.
La ciudad y la nostalgia (Escribe: Danilo Manera). En Las ciudades invisibles de Italo Calvino, dice Marco Polo a Kublai Kan que la ciudad no revela su pasado, lo contiene, como las líneas de una mano. ¿Qué queda de una ciudad en el corazón de un hombre, qué queda de un lugar en el corazón de un libro? Talvez queden todos los pasos que han recorrido obsesivamente aquel mapa, con un repiqueteo, un traqueteo cotidiano que parece producido por una máquina de escribir con zapatos, ese andar que es a la vez huida y refugio, despertar y cansancio. Talvez quede esa media caricia que dejamos en una esquina, un buzón de correo, el zaguán de un edificio.
Esa media sonrisa de fingida indiferencia con la que se saluda un amigo de toda la vida, un afecto duro de matar. Media caricia y media sonrisa, como un tacto que se hace dulce y ligero encima del cuerpo amado.
Hay ciudades que uno sólo se imagina, y mejor no las encuentre nunca. Y hay ciudades donde uno vuelve, veinte años después, un plazo que nunca es nada como quiere el tango. Y vuelve por un amor perdido. Las ciudades de nuestra vida las construimos dentro de nosotros como veleros en una botella y si d e pronto se nos ocurre enamorarnos y nos llega la bendición de poseerlas, se quedarán para siempre idénticas a como eran cuando las amamos.
Y exactamente mientras mejor las comprendemos y mientras empezamos a narrarlas, exactamente entonces empezamos también a perderlas irremediablemente, como se pierde un amor. ¿Qué queda de una ciudad en el corazón de un hombre, qué queda de un lugar en el corazó n de un libro? Tal vez queden los pasos, las páginas, los adioses. Y esa media caricia abandonada en una esquina, una mesita de café o un portal. Esa media sonrisa de empacho y ternura con la que recordamos un afecto remoto, quizás imaginario. Detalles, despistes, sombras.
Pero nosotros la reconocemos aquella ciudad inventada, incluso cuando la ciudad verdadera ya no nos reconoce a nosotros, incluso cuando las direcciones de nuestra libreta han vencido, las calles mudaron de nombre, y a los viejos números de teléfono ya no contesta nadie. Porque con los años uno entiende que la nostalgia, de la que nace toda literatura, no es la gana de volver a un lugar, a un libro, a unos labios. La nostalgia es la conciencia de que el regreso se ha hecho imposible y de que en la vida se pierde mucho más que un amor.
ALEPH 124 (Escribe: Heriberto Santacruz-Ibarra, desde Málaga, España). Nos trae lo mejor esta edición. No desconocemos la importancia de las revistas «monográficas», que se ocupan de tratar de temas importantes. Pero qué bueno que ALEPH siga siendo una «revista», en la que, además de reencontrarse con gratas voces conocidas, se produce el espectro de la diferencia.
El artículo extenso de Ida Vitale es hermosísimo. No solamente estimula a recorrer las mismas rutas, sino que también suscita los deseos de conocerla a ella, personalmente. El artículo de José Fernando Isaza no solamente invita a mirar ese océano inmenso del saber más humano, sino también a comprender la importancia de la paz para el hombre. De especial significación ha sido el artículo de Carmelita Millán. Por dos razones. La primera, por el tema de su artículo, un tema que desde hace tiempo llevamos incrustado en el corazón.
A ese tema se había referido ya hace algunos años otra mujer de inmenso valor: Beatriz Restrepo Gallego, quien, desde un punto de vista filosófico, advertía al país -en El Colombiano- de lo que se le venía encima con la tragedia de los desplazados. Carmelita Millán se refiere a los mismo desde el punto de vista del teatro. Celebro que ALEPH haya dado cobijo a este artículo, no sólo por el tema, sobre el que es preciso insistir, sino también porque es de ella, una de las mujeres más inteligentes con las que yo me haya topado.
Cuando, aún desde una posición machista, se hace un recorrido en busca de inteligencias, se encuentra uno con parámetros de los cuales no caben dudas. Y en el campo femenino uno se encuentra con nombres tales como los siguientes: Carmelita Millán de Benavides; Carmenza Isaza-Delgado, Anielka Gelemur de Rendón, Livia González de Ruiz, Mirta Negreira-Lucas….. Bella la nota de Álvaro sobre su amigo, al final. Pero excelente la entrevista a Paco Ignacio Taibo II, de quien, desgraciadamente, nos quedamos sin ninguna nota informativa.
Comentaremos en otra ocasión los demás artículos, incluyendo los que ya podrían hacer parte de una «antología de cuentos horribles», de nuestra amiga super judía Lia Master. [2.VII.2003]
Vidas minúsculas de Pierre Michon (Escribe: Pablo-Felipe Arango). Un escritor que titubea, que no esta seguro de nada, que se debate entre ser escritor y no serlo, entre aceptar la celebridad que hoy en día lo avasalla o regresar a su anonimato. Ese es Pierre Michon. Un narrador alejado de la condición típica de escritor que todo lo sabe y en todo se inmiscuye. Un hombre que no posee opiniones contundentes sobre aquellos asuntos aparentemente trascendentales. Un escritor que no quiere endosarnos sus posiciones políticas, o mejor aun, que ni siquiera sabe si esas pretensiones están bien o mal.
El mismo Michon en entrevista concedida al poeta Marco Antonio Campos cita al crítico francés Jean Pierre Richard, quien ha afirmado que en la obra del autor francés hay “una retórica del titubeo o la duda”. En la misma entrevista Michon se refiere así a su técnica creativa: “No tengo demasiadas triquiñuelas como escritor; no sé demasiado mover los hilos. Tengo pocas ideas y repito incesantemente la dificultad que me cuesta crear”. Está dificultad que vino a romperse –parcialmente- de manera tardía, casi a los cuarenta años de edad, llego a suponerla como falta de Gracia, tal como lo advierte en un aparte de una de las historias que componen “Vidas Minúsculas”, su primer libro: “Cada mañana ponía la hoja sobre mí escritorio, y esperaba en vano a que la llenara un favor divino; entraba en el altar de Dios, los instrumentos del ritual estaban en su sitio, la maquina de escribir a mano izquierda y las cuartillas a mano derecha, el invierno abstracto a través de las ventanas nombraba las cosas con más precisión de lo que hubiera hecho el verano profuso; revoloteaban unos pájaros, que solo esperaban ser dichos, variaban los cielo, cuya variación podría reducirse a dos frases; vamos, el mundo no sería hostil si se volviera a engarzar en el vitral de un capítulo.
Estaba rodeado de libros, benévolos y llenos de recogimiento, que iban a interceder a mi favor; la Gracia seguramente no se resistiría a tan buena voluntad; la preparaba yo mediante tantas maceraciones (¿acaso no era pobre, despreciable, acaso no destruía mi salud con excitantes de todas clases?), tantas plegarias (¿acaso no leía todo lo que se puede leer?), tantas posturas (¿no tenía el aspecto de un escritor, su imperceptible uniforme?), tantas Imitaciones picarescas de la vida de los Grandes Autores, que no podría tardar en llegar. No llegó.“ “Vidas Minúsculas” fue tal como ya se ha informado el primer libro de Pierre Michon, publicado en 1984 por la editorial Gallimard, y traducido al español, primero por la editorial Seix Barral en México y luego por Anagrama (traducción de Flora Botton Burlá 2002), quien ya con anterioridad, en el año 2001 había publicado “Rimbaud el hijo”.
El primer libro de Michon es tal como lo ha advertido el mismo autor, un conjunto de historias de hombres y mujeres con los cuales y a lo largo de su provinciana vida, se ha encontrado. Sus padres y abuelos, el cura de un pequeño pueblo francés, los compañeros de estudio. Vidas complejas de gente sencilla como siempre sucede, porque efectivamente Michon descubre una clave esencial en la historia de la humanidad; los hombres importantes, los seres humanos públicos, casi pierden su vida personal, y pasan porque así lo quieren, a vestirse con una vida extraña. Cambian sus preocupaciones humanas por lo que consideran ellos son las preocupaciones de la sociedad. El hombre simple en cambio, no tiene para si sino su gran vida, su compleja vida, y no puede abandonarla ni cambiarla, así que la afronta, la padece o la goza. Ciertos críticos han pretendido descubrir una autobiografía en medio de las pequeñas biografías que componen el libro, y ello puede ser cierto en la medida que cualquier libro es la autobiografía de su autor. Pero en el caso de Michon no lo es más que en otros escritores. Por supuesto que él esta presente en todos los relatos, pero no de una manera deliberadamente autobiográfica.
Aunque bien podría suceder que la vida de Michon apareciera allí relatada, porque él es también uno de aquellos hombres sencillos, “…de esos a los que persiguen la perdida y el deseo de perder, y luego la teatralización y la repetición divagante de la perdida…”; acudiendo aquí a las palabras que emplea en el relato de la vida del cura Georges Bandy. La prosa de Michon es contundente y compleja, sin excesos o adornos presenta sí un abigarramiento que pretende agotar la idea o ideas que expone. En Michon no existe el suspenso ni la trama, su literatura es concreta. El escritor pretende contar la historia con las palabras exactas, lo que no significa necesariamente que sean pocas. No se entrega tampoco a las digresiones, conservando la obsesión por su idea. Pierre Michon es hoy en día, tal como lo advierten de manera unánime los críticos literarios, el más importante representante de la literatura en lengua francesa. Así lo presagió además el jurado del premio France Culture que se le concedió después de la aparición de “Vidas minúsculas”. Ahora nos resta a los lectores en lengua española, esperar la traducción de: “Vida de Joseph Roulin”, “El emperador de Occidente”, “Amos y siervos”, “El rey del bosque”, y “La gran Beune”, traducciones que ojalá también haga la Señora Flora Botton Burlá.