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Nuestros autores preferidos

Quienes quieran tratar por separado la política y la moral
nunca entenderán nada en ninguna de las dos

J.J. Rousseau

 

para Heriberto Santacruz-Ibarra

 

En varias ocasiones he hablado con Heriberto sobre nuestros autores preferidos. Él me ha comentado que siempre lee con el mayor deleite a Platón y a Rousseau, entre los filósofos clásicos; y a Bertrand Russell y a Claude Lefort, entre los contemporáneos.

De esos filósofos, hemos realizado ejercicios de admiración ante los libros de Rousseau y Lefort. Con insistencia nos ocupamos de aplaudir la influencia de Rousseau en Kant y repetidamente llegamos a concluir que la ética kantiana es más comprensible cuando se conocen sus raíces rousseaunianas. Pero la mayor lección de esos autores es que la ética y la política son inseparables, si se busca estudiarlas críticamente.

Ambos encontramos evidentes las palabras de John Rawls cuando afirma que la unión de la fuerza literaria con el poder del pensamiento que se observa en Rousseau no tiene parangón. Heriberto y yo compartimos dos firmes convicciones: la primera consiste en creer que la ética y la política son inseparables, para su análisis crítico; una estrecha relación que, antes que yo, Heriberto había aprendido quizás de Platón o de Russell, y que para mí ha sido más difícil de aclarar, pero que me ha resultado accesible gracias a Maquiavelo, quien, según las lecturas más fáciles habría separado la ética y la política. Pero según las preciosas lecturas de Isaiah Berlin y Claude Lefort, no existe tal separación; lo que se encuentra en el gran florentino es una ética política.

La segunda convicción que compartimos, consiste en creer en la interdependencia entre la calidad de la escritura y el poder del pensamiento. Por esa razón, no podemos aceptar las precauciones de Rawls o de Kant frente a los textos de Rousseau, pues según ellos son textos que pueden deslumbrarnos con su belleza y ocultarnos el sentido profundo de su pensamiento.

Estamos convencidos de que cuando un autor descubre un aspecto de la realidad humana, lo muestra mediante una escritura de gran calidad estilística: esa es la razón para que leamos con deleite nuestros filósofos preferidos.

Aparte de nuestras coincidencias, quiero destacar lo que más me sorprende y admira del lector que encuentro en Heriberto, y es su entera disposición frente a los autores que estudia, su actitud abierta y desprevenida, ajena a cualquier esquema preconcebido; una actitud que yo no tengo, y que quisiera tener.

Él tiene la paciencia de esperar e insistir en los textos hasta que brillen las ideas o los argumentos que protegen esas ideas y lo hace sin proyectos previos, donde los grandes autores ocupen un lugar asignado de antemano, que es un defecto que yo tengo, debido a la obsesión por encomendarme siempre a la santísima trinidad, que fue la enseñanza que recibí de mi madre el primer día que me llevó al colegio; cuando me aseguró que lo mejor que podía hacer cada vez que buscara la luz era encomendarme a la santísima trinidad.

Por ejemplo, a la santísima trinidad del racionalismo moral: Descartes, el padre; Rousseau, el hijo y Kant el espíritu santo. También, a la santísima trinidad de los intérpretes de la Revolución Francesa: Maistre, el padre; Constant, el hijo, y Alexis de Tocqueville el espíritu santo. Pero sólo después de estar seguro de que entre la ética del derecho de Kant y la Declaración de los Derechos de 1789 existe un lazo profundo por la inspiración rousseauniana que tienen una y otra. Nada de esos nexos secretos aparece en Heriberto, pues él no ve la necesidad de un eje articulador entre unas ideas y otras o unos autores y otros.

Siempre que lo escucho, me hace pensar en Isaiah Berlin y su pluralismo de los valores, quizás el mayor descubrimiento de la ética del siglo XX, pues Berlin encontró que diferentes convicciones morales, ideales políticos o formas de vida valen la pena y que no se puede pretender una síntesis superior.

A la luz del descubrimiento de Berlin, apoyado en Maquiavelo y Vico, se hace inútil buscar un principio articulador entre concepciones éticas que incluso pueden llegar a ser incompatibles; como por ejemplo la ética cristiana y la ética política en la que creía Maquiavelo.

Comprender el pluralismo valorativo exige la percepción que tiene Heriberto de la variedad de la vida, del carácter multicolor de las convicciones y de las opiniones y de lo valiosas que son diferentes opciones vitales o diferentes propósitos, tanto de la vida privada como de la vida en común.

Yo tiendo a pensar que hay algo por debajo de la variedad que caracteriza la sociedad liberal moderna, con sus elecciones diversas hasta el vértigo. Es lo que he encontrado en Claude Lefort y Tzvetan Todorov, y es que por debajo de la variedad liberal está la democracia, que es la raíz donde se apoyan las libertades, incluso la libertad de expresión; y que lo más propio de la democracia está en los límites del poder, de cualquier poder, incluida la libertad de expresión. Tiendo a creer que el liberalismo depende de la democracia y se sostiene en ella.

En el momento de su jubilación, Heriberto y yo hablamos de la necesidad de estudiar a Rousseau más como un continuador de Maquiavelo que como un precursor de Kant; es tal vez una forma de analizarlo más provechosa para entender el drama de nuestra sociedad, que parece requerir más democracia que liberalismo. El concepto moral central del liberalismo es el acuerdo, mientras que el concepto moral central de la democracia es el conflicto. Sin duda que se necesitan acuerdos sobre lo fundamental, pero es preciso dejarle espacios al conflicto social, que era la forma como Maquiavelo resolvía la contradicción profunda entre los gobernantes y los gobernados, pues no quieren lo mismo; por otro lado, es preciso evitar la ruina y la inestabilidad del Estado, lo cual requiere de escenarios y derechos para las reclamaciones populares.

Es sencillamente porque Rousseau era un lector de Maquiavelo y porque existe en el Contrato Social una contradicción que no tiene solución entre el gobierno y el pueblo soberano, por lo que es preciso establecer unas vías de participación que abran la puerta a las libertades y permitan consolidar el Estado de Derecho. Maquiavelo es el autor político que más influyó en Rousseau, pues en los párrafos más importantes del Contrato Social aparece citado directamente en italiano; además, el pensamiento político de Kant es enteramente liberal, lo que no puede decirse de Maquiavelo ni de Rousseau, quienes aunque no son antiliberales, son claramente republicanos y democráticos. Sobre otros autores muy estudiados por Heriberto, como Spinoza, Stuart Mill o John Rawls es poco lo que hemos hablado, pues preferimos ocuparnos de los que tenemos en común.

Al escuchar las palabras de tantos estudiantes de Heriberto, el día de su homenaje en octubre del año pasado, yo pensaba que él había logrado lo que Raymond Aron considera como el propósito principal del profesor, que no es otro que permitir a los estudiantes que aprendan a admirar a los grandes maestros. Si ese es el criterio para evaluar el trabajo de un gran profesor, creo que Heriberto ha cumplido con tal propósito de una manera ejemplar.

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Edición No. 172