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La palabra nómada de Eduardo García-Aguilar

“Durante cuatro meses trabajé como lavador de platos en el restaurante Tjüren Ferdinand, en la periferia de Estocolmo”. Con estas palabras empieza el periplo de Eduardo García-Aguilar por las Urbes luminosas (1) bajo un epígrafe de Paul Morand: “El estatuto de extranjero es de verdad el único que hoy hace posible vivir”. Panamá, Roma, París, Bogotá, Barcelona, San Francisco, Ciudad de Guatemala, México, Manizales, Riohacha (capital de la Guajira), Cartagena, son los escenarios de un nervioso deambular de seres guiados por una inestable condición de nómadas insatisfechos.

Los personajes de García-Aguilar –como Maqroll el Gaviero en la obra de Alvaro Mutis- saltan de un lugar a otro, a cual más exótico. En el colmo del afán trashumante, el autor proyecta una compleja red de metro que permite viajar a través de largos túneles subterráneos y emerger de repente en diversos puntos del globo: en Marruecos o en Túnez, en Java o en Melbourne. Así, el admirado lector de Rubén Darío, el extranjero que vive en una buhardilla en Barcelona, es visto en Trieste, en Carrara, en Bridisi, a orillas del mar Caspio, en París, Estocolmo, Bulgaria y Yugoslavia. En el reverso de esa superficie planetaria, proliferan los túneles, concavidades, escaleras de caracol y tapices rodates, “galerías secretas” de reminiscencia cortazariana que hacen del mundo un solo escenario poliédrico e inagotable.

Sinembargo, lejos del prestigio del que están tradicional y literariamente revestidas, las ciudades visitadas aparecen deterioradas y son objeto de una “pequeña guía maldita”, como París, donde: “Las calles estaban repletas de basura. Un olor nauseabundo se agregaba al centenario aroma de vejez citadina. En algunas esquinas la montaña de bolsas con detritus alcanzaba una altura de dos metros. Árabes de turbante y negros de Nigeria se acercaban sigilosamente y rescataban algunas cosas de la asquerosa confusión que reinaba en la calle faubourg du Temple”.

De San Francisco no se describen los barrios con generosas vistas sobre la bahía, ni los pintorescos tranvías, sino a “negros, hispanos, blancos, drogadictos, traficantes, mendigos” malviviendo en la calle Leavenworth, en el Market, lleno de hoteles y vecindarios baratos, de restaurantes chinos e italianos y “hamburgueserías de a dólar el menú” (p. 75)

Pese a todo, hay refugios para la desesperanza. En “las buhardillas del fin del mundo”, se recuerda que “las buhardillas de las ciudades maravillosas suelen ser territorio propicio para ejercer la alegría de la imaginación”. Situadas en amplios corredores de edificios siniestros, las buhardillas, en tanto espacio reducido, sirven como las cuevas de los antiguos anacoretas, para alimentar la propia denuncia. Sus habitantes son, por lo general, extranjeros. Subir a ellas es descubrir una ciudad sobre la ciudad. Esas buhardillas son un espacio privilegiado comparado con las estaciones de tren, donde “hay siempre un extraño ambiente de viaje, una sensación indeterminada de inestabilidad, de rumbos sin brújula” (P. 91). Allí en viejos vagones abandonados, habitan personas también abandonadas, retazos de vidas que componen una verdadera urbe alternativa cuya “luminosidad” no es más que un cruel sarcasmo.

El mismo García-Aguilar, en El viaje triunfal (TM Editores. Bogotá.1993) vuelve a pasear a sus personajes por el mundo entero, parodiando el Grand Tour de la Ilustración y el “viaje sentimental” decimonónico en páginas de ritmo frenético, en cuyas pausas obligadas puede reflexionarse: “unos van y otros vienen”, como le dice en Calcuta un viejo aventurero a Arnaldo: “Yo me quedo ahora a vivir mi crepúsculo y tú sales a vivir el alba. Es cuestión de salir al escenario y hacer mutis a tiempo. Somos actores, no lo olvides, y la escenografía es todo esto que ves a tu alrededor. Más vale acostumbrarse a no sufrir las partidas  y dejar que el pasado se diluya, conformándote, en la sangre de tu arte” (p.110)

En el transcurso de este viaje, que de triunfal tiene poco, Arnaldo empieza a escribir Urbes luminosas. En la intertextualidad propuesta entre dos títulos que son publicados el mismo año –1993- García-Aguilar anuncia en tono apocalíptico que su obra será “algo nuevo”, ya que “el mundo de hoy se fragmenta, todo estallará: mi obra será el testimonio de un desmoronamiento” (p. 143). La visión de la Ciudad de México desde el piso 28 de la Torre latinoamericana, anuncia ese estallido. En la ciudad, contemplada como “una amiga silenciosa y cómplice” (p. 141) en el relato “Crónica de la urbe luminosa”, se descubren destellos de incendios lejanos, mientras una placa metálica de esmog baja al atardecer sobre sus avenidas y calles. En ese momento, la torre cimbra, se inclina, empieza a elevarse hacia el cielo, convertida en un cohete. “El viaje triunfal” de García-Aguilar termina en esa “urbe luminosa” de bíblica connotación.

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(1) Urbes luminosas. Escritores colombianos de la diáspora. Instituto colombiano de Cultura. Bogotá 1993;  p. 157

 

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Edición No. 173