Pedagogía y Pensamiento. En memoria de nuestro Prof. Bernardo Trejos-Arcila (1927-2020)
Habrá un año en que habrá un mes en que habrá una semana en que habrá un día
en que habrá una hora en que habrá un minuto en que habrá un segundo y,
dentro del segundo, habrá el no tiempo sagrado de la muerte transfigurada.
Clarice Lispector
Formación y docencia
En educación es constante hablar con preocupación de la Pedagogía, como conjunto de principios y de instrumentos o métodos para fortalecer y motivar los procesos de enseñanza/aprendizaje. Hay todo tipo de escuelas que dictaminan sobre el asunto. Pero la mejor guía es aprender por el ejemplo de los maestros, de quienes en su ejercicio han dejado impronta en sus alumnos. Me referiré a Bernardo Trejos-Arcila (1927-2020), nacido en Riosucio y de muy niño viene a dar con sus padres a Pereira, donde cursa la primaria y la secundaria. Por su facilidad para los idiomas, aprende inglés y dicta clases que le permiten reunir algún dinero para irse a Bogotá, de 17 años, a estudiar en el programa de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Trabaja en simultaneidad para sostenerse enseñando en colegios. Luego se desempeña como locutor en la Radiodifusora Nacional de Colombia. Autodidacta en historias de la música y del arte.
Fue nuestro profesor (años 50 del siglo pasado) en el Instituto Universitario de Caldas, en asignaturas de Filosofía, latín, francés, con extensión en apreciación musical. Ameno e ilustrado expositor, receptivo de las inquietudes de los estudiantes, con respeto y estímulo al librepensamiento. Antes de comenzar la clase atendía preguntas, incluso sorprendía cuando se le consultaba sobre alguna cita en otro idioma que se encontraba en lecturas, y con precisión la identificaba y traducía. Políglota, conocedor de lenguas clásicas y modernas, incluido el hebreo.
Durante ocho años en Manizales fue docente, de cátedra en el área de humanidades en la Universidad Nacional sede Manizales, y de tiempo completo en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Caldas, con asignaturas como “Historia de la Cultura”, que cursé con él. Su mayor tiempo de labor estuvo en la Universidad Tecnológica de Pereira, donde ocupó los cargos de director de Extensión Cultural, director del Instituto de Bellas Artes y rector (e), en varias oportunidades. En la condición de rector interino le correspondió asumir una profunda crisis en la Institución (1972), la que sorteó con prudencia ejemplar, hasta el punto que al dar informe público a la comunidad universitaria reunida, fue aplaudido en cálido reconocimiento. Conferencista y ensayista de originalidad y rigor.
Su aplicación en la docencia la destacaron sus alumnos por la sabiduría, la dedicación, la calidad expositiva y la mística por el oficio.
En 1953 publicó en la revista “Ideas y Valores” (Vol. 2, No. 7/8, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá; pp. 679-691) un singular estudio intitulado “Los juicios impersonales en Lógica”. En él se ocupó de llevar una meditación a partir de considerar que el hombre vive inquietudes y zozobras profundas ante los nuevos problemas hasta conseguir respuestas y claridades, para retornar a la calma. Examina el caso de las “investigaciones lógicas”, de gran complejidad, sin aclararse en forma debida. Su investigación se centra en los llamados “juicios impersonales”. Parte de la consideración de lo impersonal como en las expresiones “hace frío” o “llueve”, de comprensión cabal, con soporte que cita de Alexander Pfänder (1870-1941) en su tratado de “Lógica” (1921), con quien polemiza. Define el problema al decir que se denominan “juicios impersonales” porque hay dificultad total en aprehenderlos (“hace frío”, “llueve”) en razón de esquivarse el “concepto-sujeto”, pero de esa situación no se puede deducir que no existan. Examina las diferentes respuestas que se han dado, y al avanzar pone el ejemplo de la proposición “hace hambre”, que no permite introducir la idea de lugar, para responder al “dónde”, pregunta que para el caso no tendría lugar. De esta manera sigue explorando en otros ejemplos, hasta establecer que hay juicios impersonales puros, ajenos al establecimiento de las nociones de lugar y de tiempo, por ejemplo, al decir “conviene estudiar”. Para el desarrollo de su tesis apela a la gramática castellana, que consagra dos clases de proposiciones: las regulares cuasi-reflejas de tercera persona, y las posiciones anómalas, que pueden ser impersonales de tercera persona (singular o plural) y cuasi-reflejas.
Al avanzar con exposición de rigor, en cierto momento sintetiza su planteamiento, al aseverar que “en los juicios impersonales el fenómeno-acción, expresado en forma verbal, tiene por auténtico sujeto el respectivo fenómeno-objeto concomitante. Es de advertir que ambas cosas se implican tácitamente en la expresión verbal correspondiente.”
Concluye el estudio comprobando la falta de solidez y exactitud filosóficas en los aportes de Pfänder y de otros, en sus intentos de fijar un sujeto lógico en los juicios impersonales.
En 1986 se publicó un volumen, “Filosofía de la Cultura”, tema de su principal interés, que aborda con elementos de la ciencia, la técnica y el arte, en la dimensión antropológica. Publicó del orden de cincuenta ensayos en revistas, con temas de música, artes plásticas y filosofía, que deberán recopilarse y difundirse en varios volúmenes.
Le correspondió impartir la “Oración de Estudios”, para nosotros los bachilleres del Instituto Universitario de Caldas, el 20 de noviembre de 1961, en la cual expuso, con docta escritura y dicción cuidadosa, problemas de la época que él identificaba en la crisis de los valores espirituales y el auge de la mediocridad, con identificación de dos de sus causas: el afán de ‘confort’ y la vanidad por los progresos de la ciencia. Señaló en la juventud la indiferencia, el letargo, la “actitud dolorosa de remanso tranquilo”, con llamado a disponer con pasión de las energías en ideas de llevar adelante. Como ejemplos de banalidad señaló la tendencia a desaparecer el amor, como pasión vehemente que ha construido gran parte de la historia humana, y la fe que encendió la mente de Pablo de Tarso y generó la grandeza de Agustín de Hipona.
Sobre el afán de ‘confort’ examinó sus causas, con la primera en el “espíritu de comodidad”, la preponderancia del pasarla fácil, sin ánimos de llevar adelante grandes propósitos, con dedicación y entereza. Asimismo señala la abulia del estudiante para memorizar lo fundamental, practicar lo que aprende, analizar y sistematizar los elementos de un determinado estudio, con profundización del mismo en lecturas complementarias. Se cae en la posibilidad como deseo de adquirir las verdades científicas sin esfuerzo. También indicó lo negativo de entregarle al estudiante todo molido, con falta de motivación para emprender la búsqueda de conocimiento con aplicaciones de esfuerzo, limitando las posibilidades mentales de la persona. En ese momento entrevió efectos desfavorables en el avance de la técnica, cuando todavía no se imponían los procesos informáticos de la tecnología, a pesar de los logros para facilitar labores e intensificar la producción en lo útil para la sociedad. Con gracia de advertencia señaló los efectos de la inactividad en el tedio y la melancolía.
En cuanto a la vanidad por los progresos de la ciencia, como segunda causa de la mediocridad, señala la excesiva confianza que se ha depositado en ella, a pesar del asombro en sus desarrollos. De tercera causa señaló la “crisis del respeto”, con pérdida del sentido de la admiración, dando paso al auge de la soberbia. Hacen falta referentes de personalidades de altos niveles académicos, en las diversas disciplinas, que puedan motivar el procurar asemejarse a ellas. Pero se impusieron los triunfadores en el fútbol y el ciclismo, que son venerados en la sociedad, con desconocimiento de quienes sí han dado aportes sustantivos para el desarrollo humano. Señaló con acierto la manera como el deporte se impuso para el lucro en la modalidad de profesionalismo, en desmedro de fomentarlo para fortalecer la salud, con despliegue formativo de la sociabilidad y la solidaridad.
Trejos-Arcila, personalidad de recordar y exaltar en disciplinas del pensamiento y la pedagogía, terminó su disertación invocando la necesidad de “corazones bravíos, conciencias diamantinas, espíritus apasionados por lo grande.” Con indicación de lo que engrandece a los pueblos: la cultura, la moral elevada, el aporte espiritual al progreso de la condición humana, con respeto a la Naturaleza, el medio natural del que somos origen y parte.
Meditación sobre la muerte
Cuando la Escuela de Filosofía de la Universidad de Caldas cumplió cincuenta años de existencia, se publicó un grueso volumen con ensayos aportados por profesores de todos los tiempos. En él se acogió un ensayo de Bernardo Trejos-Arcila, con una singular investigación sobre la muerte, en términos de una meditación que se sucedía por pasos profundizando en el tema. En él se apoyó en referencias de algunos pensadores para dar marco al desarrollo de su pensamiento e, incluso, para polemizar con algunos de ellos.
Comienza aseverando que el ser humano es el único ser que entierra a sus muertos. Anota la consideración de Malthus quien considera que el equilibrio económico en comunidades superpobladas se da por medio de catástrofes, pestes y guerras. Incorpora la palabra “tanatología” con la anotación de haber sido creada por Metchnikoff en 1901, para designar la “ciencia de la muerte”. El ensayo se desarrolla como una profunda meditación, a partir de esclarecer la naturaleza ontológica de la muerte.
Repasa la razón de ser de las cosas en el mundo, cuya realidad se consolida por el conocimiento que el hombre adquiere de ellas, lo cual le permite aseverar que el ser humano es el que le da significado al mundo y que por el conocimiento gradual de este vislumbra como las cosas adquieren coherencia y valor. Pero en tanto la muerte existe, el hombre como las cosas se desdibujan con pérdida de significado. Asimismo, al definirse solo el mundo en presencia de la vida humana, esta a su vez adquiere significado por la relación y cercanía con los otros y por la complejidad de los entornos, lo que define su “circunstancia”. Expresión que lo lleva a referirse a José Ortega y Gasset, quien afirmó: “Yo soy yo y mi circunstancia”, en la medida de ser en el mundo, con la obligante interrelación con los entornos de existencia diversa. Esta alusión lo lleva a citar a Martin Heidegger, en la expresión “Existir es estar en el mundo”. Congrega la comprensión de los dos personajes en ser el hombre una amalgama de la individualidad y del medio ambiente que lo involucra.
En su meditación, Trejos-Arcila da el paso de afirmar que la muerte no tiene ubicación en el mundo, sino que resulta ser la más pura, completa y absoluta nada. Ve necesario que la Ontología se ocupe de la muerte, como teoría que es aquella de los objetos, ya que la muerte es un objeto. Precisa la idea de objeto (“objectum”) en su significado etimológico, “algo que está arrojado delante de mí para que yo lo asuma”. Estas consideraciones lo llevan a reconocer que la muerte, como el amor y el miedo, es una experiencia personal, puesto que nadie puede morir por mí. Cita a Pascal quien dice: “siempre morimos solos”. Se acerca a Kierkegaard para apoyarse en la idea de la unicidad de cada ser en el mundo, quien asegura que “somos una sociedad de únicos”.
Pasa a confrontar la vida identificada como ocupación permanente, con la muerte que es el cese de actividad. Acuña la expresión “futurición” en dos direcciones: la mirada al futuro desde el presente, y lo inteligible desde el pasado. La vida es de manera continua una ambición de conquista del futuro con ansias de libertad, con escape de las conexiones de causa en el mundo. A su vez aclara que la muerte se entiende desde la vida y la vida se comprende por la situación de la muerte. La vida y la muerte son los parámetros definitorios de la existencia.
Vuelve a Ortega al tomar la idea de “razón vital”, en diferencia a la “razón teórica tradicional”, lo cual amerita explorar en la formulación de una nueva lógica. En esta línea de consideraciones, el autor propone establecer la “razón tanática” con el significado de “razón de la muerte”. Pasa a considerar una visión armónica en la que la vida y la muerte se presentan como dos realidades que se compenetran y completan mutuamente. Al continuar en su investigación aborda una sentencia paradójica de San Agustín que dice “Oh vida de los que mueren, oh muerte de los que nacen”, la que analiza con detenimiento. Asevera que la primera parte –“Oh vida de los que mueren”- es de contenido religioso, mientras que la segunda –“Oh muerte de los que nacen”- la reconoce en su contenido existencial; la muerte comienza cuando nacemos. Avanza en la meditación al establecer que la muerte es un ingrediente de la vida, desde el pasado biológico, pero a la vez forma parte integral con la vida, aun con mirada desde el futuro.
En la parte consecutiva, alude a Ramón y Cajal para identificarse con su opinión acerca de la manera como la notificación del desahucio genera profunda tristeza, a pesar de haberse conseguido iluminar el espíritu con la ciencia, el arte y los ideales.
Consideraciones anteriores le conducen a explorar en el existencialismo, en especial en los pensamientos de Heidegger y Sartre, confrontando sus apreciaciones. Para el primero, el hombre es un “ser-para-la-muerte”, y siempre es un proyecto de vida por cumplir. Para el segundo, el hombre es un “ser-para-la-vida”. En Heidegger también encuentra que la preocupación por las cosas es la posibilidad que tiene el hombre de huir de sí mismo, de la conciencia de que es un ser para la muerte. Estima que la posición de Heidegger es deprimente, por cuanto estamos condenados a la muerte y esta a su vez es una componente sustantiva de la vida. Y rescata en Sartre, a quien de igual modo reconoce con actitud negativa, la manera como asume la vida en los valores de creatividad y libertad.
De esta manera el autor anota que surge el tema del valor, en ese análisis de la vida y la muerte, llegándose a considerar que la vida no es un valor supremo, puesto que en la historia conocemos vidas sacrificadas por diversos valores superiores: lo justo, lo verdadero, lo moral y lo religioso. En su meditación, Trejos-Arcila identifica dos calidades humanas: la superficial o mediocre, y la profunda. En la primera están quienes se dejan arrastrar por todo lo alienante, en preocupaciones y demás, sin encarar el propio destino. A su vez, el hombre profundo enfrenta con valor el carácter temporal de su destino.
En estas consideraciones llega a estimar que la muerte es algo así como la flor de la vida, puesto que sin la consideración de ella la existencia del ser humano no tendría sentido o consistencia, según su expresión. Concluye que la vida se ama no tanto por ella misma, sino por ciertos valores que le dan soporte y sentido, sin los cuales la vida sería profundamente angustiosa.
En su estudio sobre la muerte, Trejos-Arcila ha desarrollado reflexiones personales, con método y estilo literario, en un ir desgranando fases de interpretación para, en conjunto, apreciar lo ineludible de la identidad vida-muerte, muerte-vida. Cada nacimiento es un camino que se abre, despejado, hacia un final ineludible, donde se llega a especie de nada. Sinembargo, el autor en cuestión, por su apego confesional de hondas raíces, vislumbra las posibilidades “de nuestro espíritu hacia los lejanos parajes del más allá.”
La consideración de este ensayo de Trejos-Arcila me lleva a un transitorio refugio en el libro “La muerte” (Pre-Textos, 2002), del también filósofo, musicólogo y profesor universitario francés Vladimir Jankélévitch (1903-1985), bajo influencias preponderantes de Henri Bergson (que conoció personalmente y tuvo con él prolongada correspondencia), de Friedrich Schelling (de quien escribió una tesis) y de Georg Simmel, que a su vez provenía en su obra de Weber, Kant, Nietzsche, Dilthey.
Jankélévitch en su obra se enfrenta al misterio de la muerte. Concibe que la vida no alude a la nada, puesto que solo habla de la vida, y el instante de la muerte apunta al misterio. Instante que concibe imposible de imaginar y por consiguiente inverosímil en su posible narración. En este sentido considera que por más que nos aproximemos a ese momento de la muerte, con toda la finura de herramientas, no habremos de descubrir otra cosa que el hecho simple, elemental y concreto de morir. Las narraciones a ese respecto no hacen más que especular, fabular, crear leyendas y aun mitos. Y hace, más bien, digamos, una apología del haber vivido, del haber amado, del haber sido.
A su vez, expresa que la filosofía se ocupa de hacer sensible lo asombroso del camino de la vida, mientras se está con vida, sin estar compungido por la llegada de la muerte, que de todas maneras despejará el asombro. Acude a Séneca en la recomendación de vivir cada instante como si fuera el último. Y manifiesta, más por el deseo, la actitud del sabio que llega a no estar perturbado por su final físico, con la comprensión serena de ese momento. También refiere la condición de Sócrates, el “amante de la verdad”, quien en el proceso de morir por efecto de la cicuta hace evidente la prioridad de poner atención a la palabra, al saber, antes que al portavoz, con la advertencia de no subordinar los medios a los fines, es decir, no es para nada conveniente utilizar cualquier medio para lograr un fin propuesto. Con llamado final para que el sabio tenga ecuanimidad, como actitud natural, ante el incidente de la muerte.
Sinembargo, el común de los mortales vivimos asediados por la eventualidad ineludible de la muerte, y se quisiera pensar en el imposible de no morir antes de tiempo. La referencia de Trejos-Arcila a Ramón y Cajal tiene ese lamento, llegar a la muerte cuando se tiene una obra realizada, con proyectos en camino para mayores avances, con logros esperados de significación.
Cultura, ciencia, técnica, arte, religión
Me propongo en este apartado ocuparme del libro “Filosofía de la Cultura”, de Bernardo Trejos-Arcila, publicado por la Universidad Tecnológica de Pereira (1986), en el cual se reúnen ensayos con un hilo conductor, desde las consideraciones fenomenológicas y los conceptos de individuo y persona, pasando por las relaciones de la Cultura con lo espiritual y material, la civilización, la naturaleza, la ciencia, la técnica, la economía, la educación, la filosofía, hasta ocuparse de la Cultura en la vida, en el humanismo, como entidad dinámica, lo plural en la Cultura, la crisis.
La noción de Cultura tiene muchos apegos y diversidad de comprensiones. De recordar el comienzo del singular y bello libro “Dos horas de literatura colombiana”, de Javier Arango-Ferrer, al decir: “Cultura es embellecer la necesidad”. Una relación directa entre las formas y expresiones de la cultura, a partir de los requerimientos cotidianos del ser humano, que logra manifestarse con apreciaciones seductoras, homologables a la belleza. Y en esa gracia de singularidades, Eduardo Caballero-Calderón expresó que “La cultura es lo inútil por excelencia, pero para el hombre es lo necesario.” Con algo de mayor rigor, Amin Maalouf, al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (2010) expresó que la misión de la cultura es formular preguntas esenciales: “¿Quiénes somos? ¿Dónde vamos? ¿Qué pretendemos construir? ¿Qué sociedad? ¿Qué civilización? ¿Y basados en qué valores? ¿Cómo usar los recursos gigantescos que nos brinda la ciencia? ¿Cómo convertirlos en herramientas de libertad y no de servidumbre?” Maalouf consideró que la cultura debe tener un desempeño protagónico en épocas descarriadas, como la nuestra, asevera, por considerar que hay inocultable retroceso ético, con recrudecimiento de circunstancias de identidad, los nacionalismos acentuados con violencia, y debilidad de la solidaridad entre las naciones, con erosión de los valores democráticos. Y nuestro William Ospina compromete la precisión no dejando la palabra cultura solo articulada a la entretención y al espectáculo, sino que ella denota “el florecer de los lenguajes de la vida en comunidad, los bálsamos de la memoria y las fiestas de la creatividad cotidiana.”
Trejos-Arcila en su libro discierne sobre todos estos aspectos y establece distinciones, con búsqueda de nociones fundamentales expresables en términos con su origen y desarrollo. Así, establece que la palabra cultura en su etimología proviene del latín “colere”, infinitivo para designar el cultivo de la tierra. De esa expresión vino “cultus”, en el sentido de labor, beneficio de la tierra y enseñanza, con llegada a la palabra “cultura”. Examina como desde el Renacimiento se dieron formas antitéticas con “cultura” y “civilización”, a veces entendidas de manera similar. Pero cultura resulta ser expresión globalizante que comprende otras formas: ciencia, técnica, arte, filosofía, religión. Civilización tiene origen cercano en “civilitas”, política o arte de gobernar; también en nexo con “civitas”, la ciudad, el estado, y con “civis”, el ciudadano. Con la claridad más avanzada de comprender “civilización” referida a una connotación social, con las actitudes y maneras del hombre de la ciudad frente al del campo. De esa manera, el autor establece que no hay diferencia sustantiva entre los dos conceptos, a pesar de estar “civilización” implícita en “cultura”.
En su meditación llega a conceptuar que cultura es la expresión más amplia que designa formas de vida, de pensamiento y de producción, incluidas las más avanzadas y las más primitivas, con la premisa de ser resultado de la creación del hombre y asumidas por el mismo, y no por acción de las fuerzas naturales. Luego establece las diferencias que se dan entre “cultura material” y “cultura espiritual”; la primera comprende aspectos espaciales, físicos, de objetos cuantificables en medición y en extensión, y la segunda apunta a lo cualitativo, sin forma en el espacio, ni medible, que sería la dimensión espiritual. Al analizar luego la cultura como ingrediente de la vida, concluye que “la cultura no es un sistema definitivo sino particularmente dinámico en vía de incesante rectificación, ampliación, restauración, etc.”
Establece el concepto de “objetos culturales” para designar los modos como se expresa el espíritu humano, en formas existentes, en creaciones mentales como la ciencia, en ejecuciones materiales como la técnica, o de sentimientos como el arte, o de elaboraciones teóricas como la filosofía. Con acogida a las tradiciones, las costumbres, el lenguaje, entre muchas otras expresiones. Y hace énfasis en la condición creativa del espíritu humano, con aplicaciones útiles y en perspectivas teóricas que afiancen el desarrollo de las ideas, también de provecho en los diversos campos del conocimiento. Los objetos de la cultura disponen, a la manera de lo expresado por Francisco Romero, de cuerpo y de alma, lo que se percibe sensiblemente y el contenido psíquico-espiritual.
Al considerar que el ser humano se construye el mundo propio, o al menos lo intenta, surge un nuevo problema, en su anhelo de autonomía plena, relacionado con la naturaleza exterior y su propio ser, en confrontación del cuerpo y la psique, de un lado, y del otro el “espíritu absolutista”, con secuelas de la vida hacerse drama, aparecer el desasosiego, la angustia, la inestabilidad personal, sin conseguir escape de las leyes naturales. Es el conflicto entre las ambiciones humanas de libertad y autonomía, con los deseos siempre insatisfechos de comodidad y bienestar, y las coyundas de una naturaleza indómita, con manifestaciones inesperadas.
En los estimativos sobre la ciencia y la cultura, el autor tiene una posición crítica sobre la deificación de la ciencia, que identifica como “idolatría”, con la tradición decimonónica del positivismo, en la convicción que no todo es objeto del método científico, que hay campos inexplorados por la ciencia, los cuales el hombre debe abordar en las propias circunstancias, con abundancia de hechos carentes de explicaciones científicas.
El ser humano no es solo pensante e intelectual, como viviente ama y odia, se deprime y exalta, lucha y se angustia. Son muchas las situaciones en las cuales actúa irracionalmente, sin tomar decisiones o asumir actos con análisis lógico. Incorpora la idea de “ilusión” como acicate de muchas acciones incluso heroicas, ajenas al cálculo racional. Con exageración, y desacierto, anota que la ciencia es “superficial”, que tan solo se ocupa de “la epidermis de las cosas”, para insistir la manera de completarse su labor con la filosofía y la “experiencia religiosa”. No toma en cuenta las investigaciones en ciencia fundamental de la física, la matemática, la biología, la química, que han llevado a conocimientos inexpugnables de servicio a la sociedad, por la mayor comprensión de la Naturaleza en sus fenómenos, con aprovechamiento de aquellos para el sostenimiento de la vida, y en el conocimiento del origen y desarrollo del mundo y del universo.
Al estimar la ciencia como parte de la cultura, reitera la naturaleza de esta en tanto “un repertorio ordenado de soluciones y respuestas inmediatas a los conflictos del hombre frente a sí mismo, la sociedad y la naturaleza”, procedentes de los más variados campos de la creatividad humana.
Considera el tema de la técnica, con la caracterización de los objetos que se producen con determinados propósitos, pero con desarrollos crecientes al punto de volverse dominio o preponderancia en la sociedad, con la producción creciente atinando a los intereses económicos, con incentivos al consumismo y resultados de la inequidad creciente en la población. Llega a mencionar la manera asombrosa en los desarrollos de la cibernética, con los computadores, la informática en general y la automatización. Asimismo, señala la creciente injerencia de multinacionales en la producción, con apoyo científico, de interés unilateral en la masificación del consumo, la competencia despiadada, en especie de subordinación de la ciencia a la técnica. Se ha erigido la técnica en salvadora, en panacea, en esperanza suprema, con apogeo del pragmatismo y desapego a la investigación científica, al arte, a la filosofía, con el exagerado deseo de estar en ella el despunte de la felicidad.
La preocupación de Trejos-Arcila sobre el dominio de la técnica, tiene también semejanza con lo planteado por el filósofo Danilo Cruz-Vélez, que me permito recordar.
El poder en el mundo es de la técnica derivada de las ciencias que en el siglo XVII fundara Galileo. Técnica que ha dotado de mejores recursos a la sociedad a la manera de máquinas y dispositivos que liberan tiempo a las personas, que quizá debiera aprovecharse en labores formativas, creativas y recreativas. Pero no suele ocurrir así. La automatización de procesos industriales suple necesidades de personal. Y es tal el desarrollo de las nuevas “tecnologías” que pareciera no haber límites. El momento del mundo, con esa visión del desarrollo ha llevado a un palpable y riesgoso deterioro del medio natural, con ingredientes como la contaminación radioactiva y la que se deriva con mercurio de la explotación minera, al igual que los desechos plásticos, entre otros.
Cruz-Vélez se refiere a la posibilidad de producir nuevas formas de vida con características planeadas con antelación, y califica de “pavorosa” la cercanía de llegar a disponer del “robot humano”. Asimismo considera que la lucha contra la técnica de los ‘roussonianos’ y ecólogos es inútil, con su afán de retornar a la naturaleza, puesto que la técnica es el “supremo poder histórico de nuestro tiempo”. Lo que propone es un nuevo humanismo que reconozca el dominio de la técnica pero que pueda salvar a los seres vivos de sus peligros. Saber esencial que solo puede tener lugar en la Universidad, con el conocimiento científico que da lugar a la técnica. Universidad que se ocupe de la creación de una atmósfera favorable al examen del sentido en la razón de ser y en el destino de la humanidad.
Llama la atención Trejos-Arcila sobre la imperiosa necesidad que tienen los sistemas educativos de apuntarle, desde y con la cultura, a la configuración de un hombre nuevo, que concilie en armonía lo pragmático y lo contemplativo, en especie de conjunción del hacer con el pensar y el sentir, dotado para reflexionar en profundidad sobre las situaciones y los problemas, con capacidad de actuar de manera responsable, comprometido con el bien común. Por supuesto, un planteamiento ideal, con los buenos deseos ante los cuales el mundo no parece conmoverse.
En el apartado que dedica a la relación de cultura con el medio animal, explora la condición de los animales en comparación con las habilidades generadas por el lenguaje en los humanos. Señala la incapacidad que tienen “para la intuición de símbolos lingüísticos”, con limitación a las formas instintivas de comunicación. En esta meditación, el profesor Trejos-Arcila también desconoce investigaciones como las realizadas sobre las abejas y las hormigas por Maurice Maeterlinck, al igual que los estudios de Konrad Lorenz, Premio Nobel de Medicina (1973), quien demostró la posibilidad real de intercomunicación con los animales. Los libros de Lorenz son estudios científicos de rigor; dijo: “Para poder escribir sobre la vida de los animales se ha de tener una sensibilidad cálida y sincera hacia toda criatura viviente.”
Otro científico ocupado de manera principal en la hormigas, es Edward Wilson, quien trató también el tema de la “eusocialidad”, como producto de la selección natural que les lleva a una eficiente organización del trabajo. De recordar esta concepción de Wilson: “Nuestra vida está limitada por las dos leyes de la biología: todas las entidades y procesos de la vida obedecen a las leyes de la física y de la química, y todas las entidades y procesos de la vida han surgido por evolución mediante selección natural.” Aún más, Wilson se ocupó de estudiar el impacto de los genes en la cultura, y de la cultura en los genes, proceso de gran importancia en las ciencias naturales, las ciencias sociales y las humanidades.
Estudios de los científicos mencionados, entre otros, contradicen la aseveración de Trejos-Arcila: “El animal… es inculto y atécnico, logra comunicarse con sus semejantes pero carece de verdadero lenguaje.” Pero, por supuesto, estos deslices en las meditaciones del eminente profesor no deslucen para nada la naturaleza y desarrollo de su trabajo. Se trata, para el caso, de una especialidad que le es ajena.
Se necesita disponer de otros medios de comprensión para percibir las conductas de los animales en sus propios medios, y en las maneras de comunicarse entre ellos, por comunidades, e incluso entre variedades insospechadas. Los especialistas que he mencionado dan cuenta de esos procesos. Sinembargo, la valoración del lenguaje y de la comunicación entre humanos tiene la singularidad de la especie, con la limitación no generalizada de las maneras de interactuar con otras.
Trejos-Arcila tuvo conciencia de los terribles riesgos que se corren para la supervivencia de la vida en el planeta; al respecto dice: “La amenaza de muerte por la que atraviesan todas las formas de vida en el mundo contemporáneo, impone una enérgica e inmediata toma de conciencia… , y la urgencia de decidir… si nos comprometemos en una lucha sin tregua ni reticencia en defensa de la cultura.” Está implícita la crisis del “cambio climático” ocasionada, en lo fundamental, por la acción destructiva y contaminante del hombre que ha alterado el medio natural, a riesgo de tener consecuencias de un proceso irreversible.
En los dos apartados siguientes, del libro en cuestión, Trejos-Arcila se ocupa de reflexionar sobre las relaciones entre la cultura y la erudición, la cultura y la economía, con consideraciones sólidas, incluso al criticar a Marx por subordinar la cultura a la economía, e insiste en el carácter integrador de la cultura. Observa lo inconveniente en la formación de especialistas, cada vez con mayores ramificaciones, en las universidades. Especialistas que tienen gran conocimiento en las áreas limitadas del conocimiento que le son propias, pero ajenos a los conocimientos más amplios, a una cultura del saber, integradora, de bagaje en miradas amplias, con perspectiva histórica e interdisciplinar. Esta situación le lleva a criticar que las universidades no están formando personas cultas, que debería ser su objetivo central. En concordancia, más adelante, critica que la universidad nuestra está más dedicada a la información que a la formación, cuando su misión trascendental es la de ser “guía y faro de los destinos de los pueblos.”
Otro apartado lo dedica a la relación entre cultura y educación, donde se ocupa de situaciones cruciales. Estima que la educación debe tener una dinámica permanente de renovación, respetuosa de las diferencias, ajena a la ortodoxia y al dogmatismo, plural en integración de situaciones sociales en las personas y en concepciones. De muy especial interés su punto de vista sobre la necesidad de la educación formar en el librepensamiento, disponer de actitud crítica, con capacidad de analizar y controvertir concepciones ideológicas y de apreciaciones sobre el mundo. Dice que las posiciones dogmáticas generan actitudes fanáticas, ajenas a la consideración de lo otro, de lo diferente, asumiendo que si no se piensa como el fanático entonces el otro será un enemigo. Actitudes irracionales e intolerantes han llevado a la humanidad a guerras, a masacres masivas, con intención de eliminar al que definen como contrario, incluso a poblaciones enteras.
La erudición culta, es decir el cúmulo de conocimientos razonados, trabajados con minucia, lo llevan a exponer situaciones de la tradición religiosa, con elementos de las diferentes vertientes, de manera desapasionada, y censura el radicalismo cristiano de la Edad Media. Señala el binomio burguesía-protestantismo, liberal y progresista, originario del moderno capitalismo, y al binomio autoridad civil-catolicismo, caracterizado por preservar la tradición en educación y vida social, en los aspectos de la moral religiosa, la política y el derecho, con orientación autoritaria y conservadora. E incursiona en la tradición de la literatura y de las artes.
En cuanto al arte refiere dos campos plenamente identificados: el figurativismo, que prolongan la identidad clásica del Renacimiento italiano y del realismo flamenco, y el abstraccionismo, distanciado de las formas reales, con modalidades en el “cubismo analítico” (Cézanne) y el “cubismo sintético o constructivista” (Picasso). En lo abstracto identifica un “arte trans-empírico y trans-naturalista”, con “arte meta-físico”, en el caso de Chirico, y trascendente en el caso de Mondrian. En Arquitectura contemporánea señala la preponderancia del “funcionalismo”, comenzado por el alemán Adolfo Loos y continuado con mayores desarrollos por Le corbousier, Perret, Lloyd Wright, entre otros.
Es de subrayar la pasión de Trejos-Arcila por la Música, con estudios profundos, personales, en campos de la historia y de la teoría. Incluso fue afinado tenor, con actuaciones en actos de “izada de bandera” en el Instituto Universitario de Caldas, en tiempos de su docencia allí. Expresa que la Música es el principal aporte de la cultura en Occidente, por el descubrimiento y utilización de la polifonía, con desarrollos de la polifonía vocal a la polifonía instrumental, con implicaciones notables en la armonía y en las composiciones orquestales. Hace mención ilustrada de lo más contemporáneo en el contrapunto polifónico instrumental, con las combinaciones armónicas de Stravinsky, la “música concreta”, la “música electrónica”, el “dodecafonismo” o “música serial” de Schönberg y continuadores.
En el apartado que dedica a estudiar la cultura como humanismo, a partir de considerar la cultura como “la totalidad de productos elaborados por la actividad creadora del hombre”, reconoce que hay creaciones bienhechoras que estimulan la convivencia social, y otras dañinas que la ponen en riesgo, pero ambas son obra del hombre, por antagónicas que sean. En la formación de las personas y la sociedad estará el compromiso de construir senderos con bases seguras y orientaciones claras hacia el bien común. En esa actitud debe plantearse el tema de la libertad, que tiene que ver con las maneras de actuación personal y colectiva, bajo premisas de idoneidad y respeto.
Trejos-Arcila considera que la libertad es el soporte de la dignidad humana, pero a la vez un compromiso y responsabilidad con la persona misma y con los demás. La libertad es parte sustantiva de la cultura, y se entenderá que esta adquiere sentido al configurar lo esencial de la vida propia. Hay una acción recíproca del hombre y la cultura, de mutuas creación e influencia.
El profesor Trejos-Arcila fue un creyente y practicante de la religión católica, pero en su ejercicio docente y en sus ensayos tuvo la excelente condición de no caer en el fanatismo ni hacer catequesis. Estimuló en sus alumnos la libertad de pensamiento, sobre la base de la argumentación y de las convicciones no radicales. Considera con equilibrio racional la religión parte constitutiva del “cuerpo multifacético de la cultura”, al igual que otras modalidades: la magia, la ciencia, la técnica, el arte, la música.
Dedica un apartado del libro a estudiar el nexo de religión y ciencia. Alude a los más antiguos primitivos que adoraban el oso, según hallazgos. Señala que en esos comienzos se va dando el sentido de la trascendencia, con referencia al arte paleolítico con representaciones que se han interpretado como fetiches, por las creencias mágicas ligadas a la fertilidad de la tierra y en las imágenes rupestres de animales se ha interpretado la afinidad con la cacería de subsistencia. Pasa por recordar la presencia del hechicero o chamán, para identificar el surgimiento del “animismo” una manera de concebir la existencia de dos mundos, el visible y el de los espíritus, con el consiguiente surgimiento del culto a los muertos. El animismo lo aprecia como conductor al sentido de la trascendencia, la concepción de un mundo metafísico o espiritual, con irrupción posterior del sacerdote como mediador de esos dos mundos. Repasa en la historia el surgimiento de creencias religiosas con huellas en testimonios del arte y edificaciones por Mesopotamia, Egipto, China, India, Grecia y Roma. Relaciona también la manera como en ciertas civilizaciones la música hace parte de los rituales religiosos.
Relata el modo como en la Edad Media se impuso el cristianismo, desde la promulgación por Edicto de Constantino en el 313 y en el 380 Teodosio lo adoptó como religión oficial del imperio romano. Relaciona las manifestaciones de la cultura que tuvieron de manera preponderante una impronta cristiana, en teatro, música, educación, literatura, artes plásticas, con catedrales, monasterios, escultura y pintura con expresiones de monumentalidad. Por supuesto las “cruzadas”, de triste y doloroso recuerdo, y la filosofía de sello escolástico.
Repasa el Renacimiento en sus signos de rebeldía contra lo significativo de la Edad Media, y señala el arte maravilloso con temática cristiana y relieve de las formas humanas, al igual que el surgimiento del método inductivo experimental con Galileo y el surgimiento del interés por el conocimiento de la naturaleza, con reflejo en las pinturas de paisajes. Aparecen las pugnas religiosas y el poder excedido del cristianismo, en su cúpula, con todos los excesos de riquezas y desajustes morales que lo llevaron al derrumbe, con irrupción de la Reforma protestante, lo cual estremeció a la iglesia católica que ocasionó la “contrarreforma”, y condujo a una reorganización del papado.
Su meditación acerca de este complejo tema la redondea aseverando que la religión es uno de los ingredientes básicos de la cultura y comunica sentido de trascendencia a la existencia humana, además expone que no es posible en la práctica alcanzar una cultura absolutamente laica.
El libro termina con un análisis de la “crisis de la cultura” y establece polémica con las aseveraciones de Spengler en sus pronósticos de la decadencia de Occidente, frente a otros autores. Repasa los orígenes en los griegos, el paso por la Edad Media y el Renacimiento, encontrando que hay culturas que tienen el signo de la extinción pero dejan elementos que sobreviven y se fusionan con nuevas fases de la sociedad humana. Lo que lleva al autor a decir: “desde el más remoto pasado histórico aún nos siguen llegando ecos sonoros y claros de antiquísimas constelaciones culturales.” Llama la atención por el surgimiento o resurgimiento de la barbarie en tanto no se tenga continua vigilancia con “estatura moral e intelectual”.
El autor concluye en observar que en Occidente va surgiendo especie de nueva civilización, con desplazamiento de modelos anteriores en la ciencia y en la filosofía, hacia una tendencia no individualista sino socializante. Se trata de estar viviendo un tiempo de crisis, con incertidumbres y temores por la brusquedad en acontecimientos imprevisibles que de pronto se suceden, pero subraya que también las crisis son oportunidades para tejer la esperanza. Concluye con estas palabras: “Aún no está decidido nuestro futuro y quizás una dorada claridad de aurora está más allá de esta caliginosa sombra de inseguridad que hoy nos circuye.” Pero quizá el futuro nunca estará decidido por la preponderancia de la incertidumbre, generadora de inseguridad y miedo.
En Aleph, junio del 2020