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Poemas inéditos

Este realmente no es el momento

Este realmente no es el momento

de pintar basiliscos,

los intrincados trazados de sus lomos,

ni de hacer la apología del animal doméstico,

gato, perro o periquillo.

Uno lo mira, el cielo,

sin nubes y mucho más azul

que aquel tan amorosamente descrito por poetas,

cubriendo el mundo intermedio de los hombres.

Ningún obstáculo. Sino

al contrario, necesario elemento

de sus proezas, sus idas y venidas,

testigo en el fondo inalterable

a pesar de las mudables nubes,

que guarda su secreto

hasta el último momento de luz iridiscente,

acogiéndolo todo.

No, el animal no tiene, ¿o tiene?

lugar en este instante,

gato, perro o periquillo

observando a su amo hacer el tonto,

con los ojos tapados,

doméstico y sumiso.

Canción del señor en el campo

Yo no fui quien nació cuando nací,

yo no recuerdo nada de mi vida,

yo me veo morir y no soy yo,

yo ignoro si he aumentado de estatura

y jamás me he visto crecer un solo pelo.

Cuando alguien que dice conocerme

me saluda, yo protesto y le digo:

Perdone usted, ¿decía? Y si él me dice:

“¿No es usted tal y tal?, yo lo conozco,

conozco a su padre y a su señora madre,

hemos hablado mucho, hemos bebido juntos”,

le respondo: “Yo no bebo, no hablo, no veo,

yo no tengo ni padre ni madre”.

A mí nadie me ha visto, que yo sepa,

y ahora que me levante de esta silla

me llamaré por otro nombre

y tendría que mirar algún retrato

para saber quién era el que estaba sentado.

Yo me indigno, yo no hice lo que hice,

yo protesto, que no me den razones, que no estoy,

y diga que el señor está en el campo esta semana.

Reporte económico

“Trabajarás con el sudor de tu frente”, así maldijo Dios a Adán. Y es así como Adam Smith concibe el trabajo.

K. Marx

Adán, no el del Edén, sino Smith,

y el viejo Carlos de las grandes barbas

se encuentran en un puente de Londres.

El judío teutón se abalanza

contra el sajón flemático,

éste lo elude y el falso teutón

cae en las aguas heladas del Támesis,

famoso por las ninfas

que otrora cantaran en sus riberas.

Un coro de alabanzas se levanta

a razón de un chelín por cada voz.

“Todo tiene su precio”, dice Adán,

y Carlos se hunde en el río de la historia,

turbio y lleno de una fauna pedestre.

Glú-glú-glú. Dios entonces

lo recibió en su seno y le dijo:

“Carlos, Carlos, esto te sucede

por llevarme la contraria,

pero Yo soy generoso y soy magnánimo,

dame todo lo que tienes en los bolsillos

y Yo te daré la mejor de mis nubes

muy cerca de la nube de Adán,

de Adán el del chelín, no el del Edén”.

“Eso sería el infierno, dijo Carlos.

“En efecto”, díjole Dios

con truenos y relámpagos,

“pues haz de saber

que todo tiene un precio,

hasta en el Cielo,

pregúntale a Adán si no es así,

al del Edén o al del chelín”.

Utopías

El paraíso terrenal, el jardín del Edén

-para Adán, la vasta tierra entera:

¿no era mejor un sitio sin el árbol

de la ciencia del bien y del mal

y montañas, y más de cuatro ríos?-

es cosa, se sabe, de sueños y de ensueños,

materia de esas tierras fantásticas y exóticas,

creadas por hombres que imaginaron

mundos mejores que éste en que vivimos,

sólo islas a veces, pequeños estados ideales,

perfectos, armoniosos, pacíficos y gratos,

con jerarquías férreas y mucha disciplina,

o donde todos los hombres eran iguales

en comunidades, gremios, falansterios

y en idílicos y hermosos jardines naturales

o ciudades simétricas, higiénicas y bellas,

del remoto pasado o el lejano futuro

en fulgentes Atlántidas o urbes futuristas,

nebulosas comarcas y fantásticos edenes

de habitantes con perfecta salud y larga vida

entregados a dulces y espirituales usos,

o a los mismos oficios de siempre, sin sudor

y sin lágrimas, con orden y justicia, o sólo orden;

amables tiranías, o comunas anárquicas y laxas.

Ácratas mansos, soñadores exactos,

Utóposes ilusos todos ellos: Platón,

Moro, Bacon, Campanella, Fourier

y Owen, Huxley, Orwell y todo el resto,

con sus barcos de papel y castillos en el aire,

sus pesadillas, visiones o leyes ideales;

y también los que buscaron y lucharon

por el Edén perdido en la dura tierra

que pisaban, para hacerla buena y suave

y pródiga, y que pusiera deliciosos frutos

en sus bocas, y donde en brazos del amor

olvidarían el mundo, el tiempo y el espacio.

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Edición No. 136