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Policarpa Salavarrieta. ¡Viva la Pola!

(Ref.: Libro al viento. Bogotá: Alcaldía de Bogotá/ Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte/  Secretaría de Educación del Distrito/ Fundación Gilberto Alzate-Avendaño: Bogotá,  2009)       

 

Ya se ve, pues, que comenzábamos  á adiestrarnos en esto de matar,
en que tantos progresos hemos hecho después.

José María Epinosa. Memorias de un abanderado

Dice José María Ibáñez que un oficial patriota oriundo de Bogotá, Joaquín Monsalve quien sufría prisión por sus compromisos políticos fue el autor del anagrama de Polycarpa Salavarrieta: yace por salvar la patria, el cual circuló clandestinamente y no se publicó hasta 1820 en el Correo del Orinoco que aparecía en la ciudad de Angostura. Monsalve pudo suponer que Policarpa como nombre helénico, se escribía con y, por lo cual acomodó dicha letra en la palabra yace.

La Pola yace por salvar la patria

EL ANAGRAMA DE LA POLA

LA P O L A Y A C E

P O R S A L V A R

L A P A T R I A

 

P O L I C A R P A S

A L A V A R R Y E 

T A 

Capítulo I

 

Villa de San Miguel de Guaduas. Corría el año 1792, o quizás el de 1793. No, mejor el de 1796. Eso no está claro aún para la historia. Lo que si podemos afirmar es que un día de alguno de esos años nació Gregoria Polonia Salabarrieta, hija de doña Mariana Ríos Chamorro, de origen boyacense y de Joaquín Salabarrieta Morales, quien llegó a la Villa en 1781 con José Antonio Galán, como miliciano de los comuneros.

Hoy en día se da por sentado que su lugar de origen es Guaduas, pero Rafael Pombo aseguró que había nacido en Mariquita, y José Caicedo y Rojas afirmaba que en Bogotá. Pedro María Ibáñez por su parte insistió en que la Pola, como la llamaron sus amigos más cercanos, era oriunda de Guaduas y que no se había encontrado su partida de bautizo debido a que la página del libro donde estaba, había sido arrancada para ocultar asuntos familiares de algún vecino de la misma villa. Quizás no importa tanto el lugar donde nació como aquel en que se crió y pasó su infancia y gran parte de su adolescencia: la Villa de Guaduas fue reconocida oficialmente como la cuna de La Pola en 1894 cuando además se ordena erigir en esta ciudad un monumento en su memoria.

Nuestra historia está hecha en parte de rumores y de chismes y en parte de verdades. Tal vez por no haber encontrado su partida de bautizo al contrario de la de sus otros ocho hermanos, es que muchos años más tarde Rafael Marriaga escribiera una biografía inventando que la Pola había sido fruto de un desliz de don Joaquín y que eso explicaba que no estuviera registrada en la parroquia de Guaduas. Esta historia hizo temblar de rabia y desconcierto a los honorables miembros de la Academia de Historia y muchos otros historiadores, quienes despliegan pruebas y argumentos para limpiar el origen de nuestra heroína más querida y recordada. Y no es para menos. El aporte de esa joven valiente a la causa revolucionaria no lo puede empañar una partida de bautizo extraviada en el desorden de los archivos parroquiales de una época testimoniada sobre todo por los diarios y cartas de muchos de nuestros patriotas. De su temprana infancia se sabe poco, pues no es común documentar la historia de los niños. Lo que si tiene registro es la fecha en que Polonia Salabarrieta queda huérfana. En 1802 cuando una epidemia de viruela azota Santafé de Bogotá mueren sus padres. Ya había perdido a dos de sus hermanos: Maria Ignacia y Eduardo. En 1798 se había trasladado toda la familia a la capital donde don Joaquín adquiere una casa de tapia y teja en el barrio Santa Bárbara. Sin embargo conserva parte de sus bienes y negocios en Guaduas y a donde viaja con regularidad. En Santafé nacen los dos últimos hijos: Francisco Antonio y Vicente Bibiano María.

Hay consternación en el barrio de Santa Bárbara. Siete niños han quedado huérfanos y el mayor de los varones, José María de los Ángeles solo tiene doce años. La Parroquia se muestra solidaria y el presbítero Salvador Contreras se hace cargo del entierro y del testamento. Manda a vestir el cuerpo de don Joaquín con el hábito del Seráfico padre San Francisco siguiendo la voluntad del difunto, celebra misa en la iglesia parroquial de Santa Bárbara y paga veinticinco pesos y cinco y medio reales por la misa, el cajón de madera, los cantores, el sacristán mayor y el menor, las misas del alma, cera y paños. Paga las deudas del difunto y entrega a sus hijos los bienes entre los que se declara la casa de Santa Bárbara valorada en mil pesos con su tienda accesoria, sala, alcoba, cuartos, cocina y huerta; doce mulas, siete caballos los cuales se hallan en poder de Manuel Salgado vecino de Facatativa; un sillón nuevo con su ropaje de terciopelo carmesí con sus chapas de plata, buen freno y la jáquima también chapeada de plata valorada en ciento veinte pesos.

La lista del testamento es larga pues se enumera cada una de las pertenencias de los esposos Salabarrieta, desde sus ropas, pasando por el menaje de la casa, hasta las joyas de doña Mariana que demuestran la mediana prosperidad que había alcanzado don Joaquín con sus negocios de mulas: cinco pares de zarcillos de oro, unos de amatistas, otros de piedras azules, otra de esmeralda y dos pares de filigrana; una cadena de oro con su corazón de lo mismo, seis sortijas, cuatro de oro con sus esmeraldas, otra de plata; una gargantilla de perlas con dos cuentas de oro, entre muchas otras piezas de valor.

La muerte de los progenitores disuelve la familia. Es necesario cerrar la casa pues está infectada de viruela. José María y Manuel ingresan a la comunidad de los Agustinos, Ramón y Francisco Antonio viajan a trabajar a una finca en Tena y Catarina la mayor de todas se hace cargo de Polonia y de Bibiano y decide regresar a Guaduas a vivir con su madrina Margarita Beltrán, hermana de Manuela. Más tarde Catarina se casa con Domingo García y se llevan a los dos pequeños a vivir con ellos, a la misma casa donde Catarina había pasado su infancia.

Polonia es una niña inquieta y muy despierta y demuestra avidez por aprender. Es por esto que Margarita Beltrán intercede ante los padres franciscanos para que pueda ingresar a la escuela del Convento de la Soledad. Allí aprende a leer y a escribir, estudia la doctrina y la historia española y aprende a tocar la guitarra y a cantar. Cuando escribe su nombre por primera vez, conoce la historia de su apellido: se entera que Salabarrieta proviene de Solabarrieto, apellido vizcaíno que significa de la nueva heredad, conocido en Santafé en el siglo XVII por don Juan Martínez de Solabarrieta, cuyos descendientes se establecieron en Vélez y el Socorro, Santander, de donde era originario su padre. Mucho tiempo después se cambia la b larga por v y es por eso que hoy en día su apellido es Salavarrieta.

Le gustaba escuchar la historia de la fundación del convento pues era como conocer el origen de la villa de Guaduas. Admiraba la figura del padre Tomás de Morales quien se había empeñado en buscar al dueño y señor de los guaduales, don Benito Sánchez, encomendero acaudalado, con el fin de convencerlo de ceder una parte de sus tierras a la orden franciscana para que la comunidad construyera una recoleta destinada a la meditación. Era una historia que se remontaba al siglo XVI. Sin embargo, sólo hasta 1622 se inicia la construcción del convento, el cual se convierte en hospedaje de muchos de los viajeros que pasaban por el camino real entre Honda y Santafé. Polonia se quedaba jugando en el jardín del convento después de las clases, recorriendo sus huertas que llegaban hasta la orilla del río. Los españoles habían llevado allí por primera vez los limones y otros frutos que no existían en América como las naranjas de Andalucía. Saboreaba con gusto las uvas negras también importadas de España y los deliciosos nísperos traídos de las Antillas. Supo que en esos mismos jardines, su compatriota Francisco Javier Matis había aprendido botánica y a dibujar con tanta precisión y belleza que fue escogido por José Celestino Mutis como dibujante de la Expedición Botánica.

La demanda de hospedaje por parte de los viajeros es cada vez mayor. No todos pueden quedarse en el convento a donde llegan los más ilustres, ni en La Casa de los Virreyes o Casa del camino de Guaduas del corregidor Joseph Acosta, a donde llegan sólo los más prestigiosos, incluidos los españoles de alta alcurnia. Catarina y su esposo decidieron entonces acondicionar parte de su casa para recibir a los huéspedes que por allí pasaban, siguiendo la tradición de don Joaquín Salabarrieta. Polonia convertida en una adolescente vivaz y atenta, ayuda a su hermana a atender a los transeúntes, combinando estas labores con clases de corte y confección en casa de las señorita Cañizares, española pobre quien enseñaba a un grupo de jovencitas de Guaduas. Acondiciona además una parte de la casa para dar clases de lectura y escritura a los niños de Guaduas.

Indagando un día con Margarita Beltrán sobre su padre se entera de la historia del movimiento comunero. Margarita le cuenta cómo los españoles implantaban cada vez más impuestos con el fin de financiar la guerra con la Gran Bretaña, impuestos que estaban arruinando a los comerciantes hasta el punto que la gente empezó a protestar. Le contó cómo su hermana Manuela quien tenía una tienda en el Socorro tuvo la valentía de arrancar las listas de impuestos pegadas en las paredes gritando “¡Viva el rey, muera el mal gobierno!”. A ella se unieron otros y la protesta fue extendiéndose a las otras provincias del norte: San Gil, Girón, Charalá, Vélez, hasta que unidos se fueron marchando a Santafé. Corría el año 1781. El jefe de esta revuelta era Juan Francisco Berbeo quien logró conquistar adeptos hasta reunir cerca de 20.000 hombres armados de picas, lanzas, hondas y arcabuces. Acamparon en Zipaquirá el 26 de mayo. Después de muchas deliberaciones en Santafé, por parte de la Audiencia, con el visitador regente Gutiérrez de Piñeres, logran aceptar la intermediación del arzobispo Caballero y Góngora, quien se desplaza a Zipaquirá con otros funcionarios para llegar a algún acuerdo con Berbeo. A Polonia le pareció muy justo el pedido de los comuneros de abolir los impuestos, pero sobre todo aquello de exigir que se privilegiara en algunos empleos a los americanos por sobre los españoles, pues por lo general ocurría lo contrario y éstos se creían los amos y consideraban inferiores a los nativos. Se redactó entonces un acuerdo consistente en treinta y cinco puntos, según el cual las autoridades se comprometían a abolir los impuestos en su totalidad, a garantizar la seguridad de los involucrados en el movimiento y a expulsar al visitador Gutiérrez de Piñeres. Este pacto se conoció con el nombre de Capitulaciones de Zipaquirá.

Mientras tanto José Antonio Galán, quien no creía en la promesa de los españoles de respetar las capitulaciones, marcha al occidente a interceptar las comunicaciones entre Santafé y Cartagena. Después de vencer al enemigo que lo persigue, entra triunfante a Guaduas donde encuentra apoyo, sobre todo de aquellos que manufacturaban cigarros y aguardiente. Además de dinero y armas le regalan una silla con incrustaciones de plata para su cabalgadura. Luego prosiguió el caudillo hacia Mariquita donde dio libertad a los esclavos de las minas de Malpaso declarando, en nombre del Común, abolida la esclavitud. 

Las sospechas de Galán resultaron ciertas. Las autoridades incumplieron las capitulaciones y después de perseguir a los comuneros, logran apresar a Galán junto con sus compañeros el 13 de octubre en Ocaña. Fue trasladado a Santafé y ajusticiado el 1 de febrero de 1782. Polonia se siente orgullosa de que su padre hubiera hecho parte de este movimiento y hubiera acompañado a un verdadero defensor de los intereses del pueblo. Pero quedó aterrada de lo que Margarita le contó después. Le parecía increíble que pudiera existir tanta crueldad y tanta barbarie. No les bastó ahorcar a Galán, sino que su cuerpo fue despedazado destinando cada parte a un lugar diferente para escarmiento de aquellos que intentaran desafiar la autoridad virreinal. La cabeza fue llevada a Guaduas y puesta en una jaula de madera a la entrada de la villa, en un madero de considerable altura y en la parte más pública, mirando para el pueblo de Charalá, donde había nacido. Era tan impresionante la imagen que varios testigos describen el horror. Entre ellos el padre Mora Díaz quien relata:

Varios días estuvo sangrando aquí la cabeza de Galán, ensartada en una pica para escarmiento de los insurgentes. Todos los transeúntes vieron esos ojos cerrados, cárdenos, y esos cabellos desgreñados flotando a merced de los vientos. Las aves del cielo revoloteaban primero alrededor de la pica, luego se sentaron sobre el trofeo de muerte y por último picoteando los ojos y el cráneo dejando exhaustas las cuencas (Hincapié Espinosa: 1952,  p. 83)

La joven quedó consternada. No podía quitarse la imagen de la cabeza. Volvió a pensar en su padre tan cercano a Galán, con quien luchó y recorrió los caminos defendiendo los intereses de  los desposeídos. Tuvo que haber sido muy difícil para él ver allí su cabeza descomponiéndose y sin poder hacer nada. Un espectáculo macabro, le decía la gente, cuando empezó a preguntar más sobre el horrible suceso. Entiende ahora por qué a ese lugar de la exhibición lo llaman El Chuzo. A partir de entonces empezó a escuchar con más cuidado las conversaciones de los visitantes que se alojaban en su casa, y se despertó en ella un fuerte deseo de aprender sobre la libertad de los pueblos. Conoce sobre la Revolución Francesa, sobre la Declaración de los Derechos del Hombre y se entera de que el general Antonio Nariño había hecho la traducción del francés al español en 1794. Supo que debido a este documento que circulaba clandestinamente entre las gentes, empezaron a aparecer pasquines, protestas y a organizarse en diferentes regiones del país grupos de conspiradores contra la opresión del tirano español. Supo también que Nariño había sido capturado y puesto en prisión y enviado a las mazmorras de Cartagena y que también había pasado por Guaduas.

Un día de 1808 cuando estaba en el mercado, acompañando a su hermana a comprar las viandas para abastecer la comida de los huéspedes, conoce a los hermanos Leandro y Alejo Sabaraín, hijos de Joaquín Sabaraín, quien era funcionario de las Reales Minas de Plata de la provincia de Mariquita y quienes eran naturales de Honda. De inmediato hubo atracción entre Alejo y Polonia, eran casi de la misma edad y por las conversaciones que empezaron a sostener compartían también las mismas inquietudes políticas. Alejo era delgado y alto con grandes cejas y ojos negros y quedó prendado no sólo de la figura esbelta y ágil de Polonia, sino y sobre todo de su inteligencia. Desde entonces Alejo procura ir más a menudo a Guaduas a compartir con Polonia las conversaciones con los transeúntes del camino real y las veladas que Polonia ameniza con su guitarra y su dulce voz cuando entona las coplas que ensaya para las fiestas.

Quisiera vestir de azul

como se visten los cielos

no hay cielo que no sea azul,

ni amor que no tenga celos. 

O los ensayos de baile con sus amigas las cintureras, quienes además de fabricar sombreros de paja, o de enrollar cigarros perfumados,  zurcir encajes de filigrana, elaborar confituras y colaciones, o preparar la horchata y la naranjada, que semanalmente muestran en la Plaza Mayor los sábados en la noche, danzan y cantan con tanta gracia que la gente entonaba cada vez que las veía:

Miren qué cinturita,

miren qué talle;

cómo quieren que un hombre

se meta a fraile!

Taralalá, taralalá…la…la

se meta a fraile!

 

Polonia había aprendido a bailar de maravilla el torbellino, el bambuco y la polca.

Pero no todo era alegría y tranquilidad en la Villa de Guaduas. Las noticias y rumores sobre conspiraciones, juntas, enfrentamientos entre criollos y realistas aumentaban cada día. Alejo venía cada vez menos, o cuando aparecía, sólo hablaba de noticias políticas: le había contado que el general Napoleón Bonaparte había puesto en el trono español a su hermano José y que en Santafé se había pronunciado en contra de este designio Camilo Torres. Torres proponía seguir el ejemplo de las provincias españolas que se proclamaron soberanas para apoyar al rey Fernando. El 19 de abril de 1809 corrió la noticia falsa de la retirada de Napoleón de España, y en la Nueva Granada se levantó un grito unánime de ¡Viva Fernando VII!

El 12 de junio se celebró una misa solemne ofrecida por el cabildo, antes de las elecciones de representantes del Nuevo Reino en las Cortes de Sevilla, suprema autoridad legislativa; en la terna de preselección de los santafereños se encontraba Camilo Torres. Fue electo Luis Eduardo Azuola, y Camilo Torres quedó como asesor del cabildo santafereño. Desde esta posición Torres escribió su célebre “Memorial de agravios”, como respuesta del cabildo de Santafé a la Junta Central Española, ante la intención de permitir la presencia de americanos en la Junta, pero en un número irrisorio. En el Memorial, Torres expuso las quejas de los neo–granadinos. Sin dejar de alabar a la autoridad española, criticó su política y exigió la igualdad de derechos políticos para criollos y peninsulares; expuso cómo el actual sistema educativo era un gravísimo error para la difusión de conocimientos; cómo España no recibía sino los beneficios que podía obtener de América, pero no oía sus males. La crueldad de las autoridades españolas en la colonia generaba un proceso de inconformidad tal, que se produjeron varias manifestaciones de rebelión. El 13 de enero de 1810 se conoció en Santafé que había sido controlada la insurrección en los Llanos Orientales y decapitados los patriotas revolucionarios José María Rosillo y Vicente Cadena.

El domingo 22 de julio hay algarabía en la villa de Guaduas. Los rumores pasan de voz en voz. Los hermanos Salabarrieta han madrugado a la Misa Mayor para poder atender durante el día las demandas de la posada. A la salida se enteran de lo que ha ocurrido en Santafé dos días antes, el 20 de julio de 1810: se había declarado el grito de independencia. Se unieron todos a la celebración y a los gritos de ¡Viva la independencia! Polonia se sumó a la manifestación junto con su hermano Bibiano. Esa noche se enteraron de lo que fue la última gota que faltaba para derramarse el vaso: unos criollos estaban organizando el recibimiento del señor Antonio Villavicencio, ilustre quiteño quien venía en representación de la Regencia. Don Antonio y Francisco Morales fueron al almacén del chapetón González Llorente, comerciante de la calle real a prestar un jarrón muy fino importado de España y éste les respondió con groserías, gritándoles que le importaba un carajo los americanos, los insultó hasta el punto que uno de ellos le asentó un puño a González Llorente y se armó la de Dios es Cristo. La gente se fue aglomerando, el tumulto fue creciendo, la gente se fue armando de palos y picas y empezaron a gritar: ¡Mueran los chapetones! Los comerciantes empezaron a cerrar sus negocios y a unirse a la multitud, los vendedores de la plaza de mercado se unieron a la protesta –pues era viernes, día de mercado en Santafé–; las campanas de las iglesias tocaron a rebato y la multitud se dirigió a la casa del Virrey, reclamando: ¡Junta, Cabildo abierto! ¡Queremos que se nos escuche! El Virrey se negó varias veces a permitir el cabildo abierto. El pueblo, al ver las repetidas negativas del Virrey, llegó al colmo de la exaltación y envió a un grupo de patriotas dirigido por José María Carbonell, Don Salvador Cancino, Don Benedicto Salgar y don Antonio Malo, según relata José María Ibáñez en sus Crónicas de Bogotá, y exclama:

¡Qué carnes se le pondrían al Virrey y qué entrañas a la orgullosa Virreina, después de la ostentosa arrogancia de las dos negativas, cuando se vieron forzados a conceder el Cabildo extraordinario, siguiendo el juicioso consejo de Don Juan Jurado. (Ibáñez: 1915,  p. 337).

Continúa Ibáñez:

Don Juan Jurado abrió la sesión del Cabildo, cuando ya anochecía, a nombre del Virrey, y con el carácter de extraordinario. A las seis de la tarde las campanas de todas las iglesias de la ciudad tocaban a fuego. La alarma aumentaba naturalmente. El pueblo que llenaba la plaza aclamó a José Acebedo Gómez como su Tribuno. La guardia de la cárcel fue desarmada y rendida a pedradas por el populacho. Las masas eran dirigidas con inteligencia por varios patriotas exaltados. En esas circunstancias el Cabildo extraordinario se constituyó en Cabildo abierto. (Ibáñez: 1915,  p. 338). 

Ese mismo día empezaron a llegar a Guaduas los españoles escapados de Santafé rumbo a Cartagena. Días después llegaron el Virrey Amar y Borbón y su esposa Francisca Villanova custodiados por un escuadrón de caballería. Se alojaron en casa de los Salabarrieta. A la virreina le cayó en gracia la joven guadueña. La Pola había oído del mal carácter de la virreina y quien era ella la que daba las órdenes al marido. Esta mujer era poco querida por el pueblo santafereño. Aprovechó esta circunstancia y el hecho de que ya estaban de regreso a su patria para expresar todo su pensamiento frente a la causa independentista y la necesidad de que los pueblos se gobernaran por ellos mismos. La Virreina la escuchó admirada por la inteligencia de la joven y antes de irse le auguró, sin siquiera sospecharlo, su destino: “Cuídate mucho, Polonia, eres muy joven y bella; los tiempos son difíciles. –No vayas a precipitarte a un destino trágico.”

El grito de independencia de 1810 fue apenas el anuncio de un proceso de lucha que se iba complicando poco a poco. No era un grito mágico como pasaba en los cuentos maravillosos que había escuchado Polonia de labios de su madre en su temprana infancia. Comprendió la verdadera dimensión de una revolución, cuando se enteró que los jóvenes estaban siendo llamados a alistarse en los ejércitos patriotas para defender la libertad. Se sentía el desorden, la zozobra y empezaban a encarecerse las cosas y a escasear los alimentos. Los viajeros traían noticias cada vez más preocupantes. Cartagena lanzó una proclama invitando a todas las provincias a reunirse en Medellín para organizarse en un gobierno federal que mantuviera la independencia de cada una. Nariño, liberado de la prisión en Cartagena, emprendió viaje a Santafé para tratar de impedir una división que consideraba inoportuna y fatal. Era defensor de un gobierno centralista, sobre todo en momentos en que aún se necesitaba la unión para enfrentar a los realistas que aún eran bastantes.

A diferencia de otros países, en la Nueva Granada los diferentes estados en lugar de luchar por la independencia, lo hicieron por la autonomía. Es así como la primera provincia en declarar su independencia autónoma fue Cartagena, el 11 de noviembre de1811. El 16 de julio de 1813 siguió su ejemplo Cundinamarca y posteriormente Antioquia, Neiva y Tunja. Las independencias de estas provincias dieron inicio al primer periodo de vida independiente de la Nueva Granada, llamado Primera República, pero también conocido como Patria Boba. El origen de este nombre se debe a las dificultades que enfrentaron los criollos para lograr el gobierno del territorio y que desembocaron en una guerra civil.

El día que Antonio Nariño llegó a Guaduas, Polonia se unió a quienes salieron jubilosos a recibirlo con cohetes y vivas. Escuchó su discurso sobre la necesidad de unirse para salvar la revolución. También vio como la gente le hacía una burla a un oidor que había perseguido a Nariño y que se había ocultado hasta entonces quien le gritaba:

¡Pícaro, miserable criollo, ruin, sinvergüenza! ¡Te contestara yo con un dogal al cuello!… Te viera yo ahorcado como a un perro rabioso, Te… La multitud enardecida se volcó sobre el chapetón con ganas de matarlo gritando:  –¡Muera el chapetón!… Abajo los tiranos!… ¡Ahorquémosle, ahorquémosle! ¡Muera! ¡Muera! ¿Quién tiene una cuerda? –¡Matarle no! Hagámosle una pegadura, lo que será mucho más divertido, gritó Justo Cáceres, personaje típico de Guaduas quien había sido educado por los padres de la Recoleta y había estado en Santafé en la revuelta del 20 de julio.

 

–Si, si, invéntate un chiste, Justo!

–No hay un burro por ahí?

–Como no!.. Aquí hay uno, cabalmente, con una carga de agua!

–Acérquenlo acá! Bien, quítenle los barriles, y en su lugar pondremos al señor oidor, con la cabeza para el rabo!

–Bien pensado!

–ja, ja, ja

–Magnífico!

–Viva el chistoso Justo!

                  (Hincapié Espinosa: 1952,  p. 105)

 

Lo pasearon amarrado al burro por toda la plaza hasta dejarlo frente a la casa del alcalde, José María Acosta, quien al día siguiente lo puso en camino de Cartagena. Polita, como la había empezado a llamar Alejo, pensó que este era un castigo merecido y que mientras el chapetón salía humillado hacia su patria, Nariño seguía su camino triunfante hacia Santafé.

Cada vez veía menos a Alejo. Este se había entregado de lleno a la defensa de la patria y se había vinculado a las actividades de la Junta de Gobierno que se formó en Mariquita, ingresó al batallón que allí se organizó y a principios de 1811, participó en el conflicto civil armado entre Honda y Ambalema.

Sin la compañía de su novio, Guaduas se hacía aburrida y tediosa. Pola sentía la necesidad de estar en el centro de las actividades, sentía que allí en la villa se estaba perdiendo de algo importante. Quería ir a Santafé y ver con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo. Intentó convencer a su hermana Catarina con la disculpa de completar su educación y de ampliar su clientela como costurera con las damas de la alta sociedad santafereña. Eran tiempos difíciles y el dinero era escaso. Polonia ya no era una niña y podía empezar a velar por su propio sustento. Así descargaría un poco a Catarina, quien se veía cansada de llevar toda la responsabilidad de la familia. Ella ya había tanteado la voluntad de doña María Matea Martínez Zaldúa de Fernández de Herrán, hermana del doctor Manuel María Martínez Zaldúa y Plaza, muy amigo de la familia, de recibirla en su casa a través del párroco de Quebradaseca, doctor Zaldúa, su cuñado, quien apreciaba mucho a los Salabarrieta, en especial a la Pola por sus modales e inteligencia. Polonia había estado ya en esa casa cuando era pequeña, después de la muerte de sus padres. Esta familia la había acogido mientras su hermana Catarina se organizaba en Guaduas. No se trataba de un viaje definitivo. La idea era pasar temporadas en Santafé y otras en Guaduas. Al fin y al cabo los Zaldúas viajaban a Honda con mucha frecuencia.

Fue así como en enero de 1812, Gregoria Polonia, llamada por todos cariñosamente La Pola, viajó a Santafé con la familia Zaldúa y fue recibida en casa de doña Matea como niñera y dama de aguja. Le hacía ilusión estar cerca de sus hermanos José María y Manuel, a quienes veía sólo en épocas navideñas y quienes se habían declarado republicanos centralistas partidarios de Nariño.

La modista en Santafé

La Pola tenía vagas imágenes de su temprana infancia en Bogotá y recordaba algunos espacios de la casa de los Zaldúa Herrán. En plena juventud la ciudad prometía experiencias diferentes a la de la pequeña villa de Guaduas y aunque en el recuerdo Santafé aparecía más grande, no pudo menos de sorprenderse con el agite de los caballos y el murmullo de los transeúntes. Su primera salida fue a la Calle Real en compañía de doña María Matea y sus hijas, quien las llevó a comprar telas para que La Pola les hiciera los trajes que lucirían para el cumpleaños de una amiga de la familia. La joven costurera quedó sorprendida de los caprichos de las señoritas, quienes revolvieron toda la mercancía buscando los géneros que consideraban más adecuados para la ocasión y luego la forma como doña María Matea regateaba los precios hasta lograr que el pobre comerciante les dejara la mercancía lo más barato posible. Varias veces tuvo que acompañarlas La Pola a devolver las telas compradas porque una vez en casa, no quedaban satisfechas. El comerciante alegaba porque le devolvían la mercancía desempacada, pero no le quedaba más remedio que resignarse y acomodarla lo mejor posible. Este era el comportamiento habitual de las señoritas de Santafé. La habilidad de la joven calentana con las tijeras y la aguja, su temperamento alegre y cordial le abrió las puertas de varias familias prestantes de la ciudad para convertirse en su costurera de cabecera.

 

 

Notas bibliográficas

 

Cap I

 

  • Hincapié Espinosa, Alberto. La villa de Guaduas. Editorial Minerva:

Bogotá, 1952

  • Ibáñez, Pedro María. Crónicas de Bogotá. Tomos i y ii . 2ª ed. Imprenta

Nacional: Bogotá, 1915

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Edición No. 195