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Poty, el chino de las Islas

Todos sabemos  lo que la civilización le debe a los orientales y en especial a los chinos, pero pocos en la isla  saben y en el interior del país  menos, la contribución de los chinos de Cantón a las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

A finales del  siglo XVIII en su goleta “Victory” el capitán Victor Abrahams Bernard, trajo a las islas  los primeros ciudadanos  chinos, un total  de ocho, que camufló haciendo que se introdujeran en barriles de madera en el puerto de Limón, Costa Rica, y los desembarcó  en el cayo East South East o cayo Bolivar. Los  pescadores que estaban en el lugar, les dieron el aventón  a la isla de San Andrés.

Ellos presentaron sus identificaciones y se conocieron siempre por ellos. Llegaron a formar parte de los nativos o raizales de las islas.  No sobra informar que  nunca hubo discordias entre la comunidad que habitaba las islas, con estos nuevos allegados y menos con la Ley.

Habían llegado de Centroamérica  y salieron de allá camuflados para salvarse del mal trato recibido donde eran vendidos como esclavos negros, en Costa Rica, donde los habían contratado para la construcción de la red ferroviaría  al Atlántico o sea de San José, la capital, a la provincia costeña de Límon. Igual que ellos, otros también se habían fugado hacia otras naciones de Centroamérica.

Desde un principio los contratados chinos e italianos se quejaron del mal trato recibido en Costa Rica, negándose a trabajar y huyendo del lugar, obligando a  los contratistas a buscar exesclavos y  sus descendientes negros en islas del Caribe para trabajar en la construcción.

Existía en aquel entonces mucha comunicación de nuestras islas con Limón, en el comercio de verduras, frutas y animales domésticos.

Estos ocho chinos, y los demás  que fueron llegando a las islas, se dedicaron a labores culinarías y comercio. Fueron los primeros en abrir tiendas de barrio para vender al público, y ofrecer comida diaria a los pocos empleados  del gobierno del interior del país.

Es muy conocido en la isla un plato denominmado  “ChopSue”, distinto al que ofrecen los restaurantes orientales con el mismo nombre en otros lugares. Esta delicia llegó a formar el menú dominical de muchas familias en las islas.

Tampoco se puede desconocer el nacimiento de la primera mujer de origen chino en la Isla, Camsang, conocida como “Camy”.  Sus padres fallecieron y fue adoptada por otra de las familias chinas.

Según relatos de viejos marineros, en una ocasión un capitán trató de ingresar treinta chinos  sacados ilegalmente de Limón, pero el  Prefecto de las islas, de entonces, prohibió su estadía. No se volvió a saber de ellos. Y según parece tampoco volvieron a Limón.

Entre los primeros ocho que llegaron a las islas,  llegó  POTY. No sabemos si el sonido de la palabra significaba algo en su lenguaje, pero en las islas Poty significa la mezcla de brea y alquitrán que se unía  para calafatear con estopa  a las goletas en construcción o en reparación (Caulk with poty).

Al Poty chino lo conocí como un hombre de poca estatura, peso y edad imposible de calcular, piel blanca en comparación a la  mayoría de los nativos, con poco cabello y pocos dientes, facciones típicas de su raza.

Usaba unos lentes de aros metálicos seguramente de oro, que descansaban en la punta de su nariz, lentes que seguramente trajo de la china, ya que nunca salió de la isla.

Vestido siempre de pantalón de algodón no muy blanco, con una pita para sostenerlo en la cintura y con una camiseta siempre sudado de cuello alto y mangas cortas. Caminaba no  muy recto, con cierta inclinación hacía el piso y calzado siempre con chanclas de cuero. Nunca lo escuché hablar su idioma pero se defendía con el creole nativo con acento chino.

Lise finish = (cuando se acababa el arroz) en vez de Rise finish = Se acabó el arroz.

Pero Poty debió haber llegado joven, con todos su dientes y cabello, y caminando recto. Se había casado con Tabes, cuyo nombre completo era Betsy Bent Mitchell. Ella, como todas las mujeres que se casaron con los chinos en las islas, era de familia muy conocidas y de ascendencia blanca. En la historia sobre la etnia  china en las islas, aparecen varios  de ellos casados con hermanas de una misma familia.

Nunca vi a Poty reunido con otros chinos de la isla, o tampoco con nativos.

Vivía con Tabes  en una casa de un solo piso, en la hoy Avenida  20 de Julio, (hoy Ferretería Apolo) frente a la casa de mi abuela. Y lo que sería la sala la convirtieron en una tienda, con un mostrador de madera que yo consideré, a los 10 años, innecesariamente alto. En las paredes muchas repisas vacías, como esperando que llegara mercancía para llenarlas. Fácilmente con un drone se podría hacer el inventario de la tienda de Poty.

Las puertas y ventanas de la tienda vivian abiertas, dia y noche, la únicas veces  que las cerraban, cosa que nosotros los niños nos cerciorábamos, era durante el paso de funerales hacía las iglesias.

En las repisas, unas botellas a medio consumir,  que tenían la etiqueta de licores de distintas marcas, menta, brandy y whisky que los marineros de las goletas y trabajadores de las plantaciones de coco llegaban a solicitar. Servía el licor a menudeo, los clientes llegaban y él les servía un trago, lo tomaban, pagaban y salian del lugar. También vendía pan que él y Tabes hacían. Ofrecía también en la tienda, harina y  mantequilla, aceite de coco, kerosine, y un vermífugo llamado  “salt fisic”. Y encima del  mostrador  una botella de caramelos de menta color blanco con rayas rojas, que él mismo confeccionaba.

Caramelos  redondos  y delgados, cortados a tres pulgadas, a dos centavos cada uno. Según se decía,  eran especialmente para los de las iglesias que compraban un  trago y necesitaban disimular el olor. Pero los niños  descubrimos los confites y el no se negó a que los compráramos. Claro, escondidos de mi abuela y la abuela vecina, quienes alegaban la falta de sanidad, con mezcla de azúcar y licor de menta en vez de esencia de menta.

Nunca le conocí la voz a Tabes; vivía sentada en el balcón de la casa y entraba a la tienda de vez en cuando, miraba las botellas de licor y según parece calculaba la cantidad en cada una. Casi siempre bajaba una de la estantería y a pico de botella lo probaba.

No era fácil conseguir los dos centavos valor de los caramelos, pero discubrimos que si asistíamos al catecismo que la hermana Alicia de Providencia organizaba los domingos en la casa de los Humphries, a las cuatro de la tarde, por nuestra dedicación y fiel asistencia nos regalaban medallas de plata, con imágenes de santos.

La asistencia no era muy concurrida. Los niños católicos eran contados. Esto permitía  solicitar más medallas por repetir bien las oraciones del padrenuestro y el credo, la hermana terminaba premiándonos con dos medallas a cada uno.

Un primo, llamado Alberto, que vivía en la cuadra  con su buena madre  y  que tenía alma de músico pero corazón de gamin, nos contó lo que él había descubierto con las medallas, y  los niños de la cuadra de la Avenida 20 de Julio, entre el parque Bolivar y la Estación de la policía, decidimos probar lo descubierto.

El nos mostró como quitarle la argolla a la medalla en ciertas partes de las recién  tres cuadras de la  pavimentada 20 de julio, buscando un lugar donde el agua de cemento se filtraba por las formaletas de madera y al secar formaba una fina lima. Se le  entregaba al viejo Poty como una moneda de dos centavos. Y ¡resultó! Resultó, hasta el día que Tabes se dió cuenta y en adelante al entregarle la  medalla a Poty, se cercioraba con los dedos si la moneda estaba lisa o presentaba desigualdades en su alrededor, lo cual quiere decir que Poty usaba las gafas como recuerdo.

Poty  también vendía El Chance, un servicio que  consistía en dejar anotado su nombre en un número, del 00 al 99 y  pagar  cinco centavos o más y esperar hasta el domingo a las 12 del día, cuando los tres radios  que estaban conectados a la  batería de 12 voltios de los tres únicos carros estacionados a propósito, en lugares  específicos, transmitían el número que había premiado la lotería de Panamá. Con cinco centavos ganabas tres pesos.

No nos dimos cuenta, cuando Poty y Tabes se despidieron de la comunidad,  pero no hay duda que para muchos viejos de hoy, como Eno, James, Hartley, Boots y yo, quedó en el recuerdo uno de los chinos que llegó a las islas  y compartió su vida y sus caramelos con licor de  menta con nosotros.

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Edición No. 200