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Presentación de «Cuando nada concuerda»

En la introducción a su nuevo libro de ensayos Cuando nada concuerda (2013), Eduardo Escobar se refiere al nadaísmo como la escuela en donde se formó con el liderazgo de Gonzalo Arango (ídolo juvenil del siglo XX), y cientos de autores representativos de la literatura y el pensamiento universales.

En catorce (14) amplias y densas páginas, intituladas Justificación, hace un recuento del nadaísmo y la época que le dio inicio, y cómo las inquietudes de entonces le llevan a profundizar en los temas que se esbozaban y luego han constituido el motivo principal de sus preocupaciones.

En esta obra el autor se aparta del viejo experimentalismo, como corresponde a un tratado literario y filosófico. Refiriéndose al nadaísmo y otros movimientos juveniles de la época, señala: “nuestra aventura habría de culminar, no en un holocausto planetario, sino en una cadena de conflictos focalizados, en el hedonismo barato de la cultura convertida en circo, y en un empobrecimiento generalizado de la vida y el pensamiento”.

Libro importante por su argumentación, ameno por el sonreído humor, interesante por su posición crítica sobre temas históricos, filosóficos, científicos y sociales, constituye un análisis inteligente e ilustrado de los temas propuestos. Hacer el análisis del análisis resultaría en extremo pedante e inoficioso, por lo cual estas palabras se limitan, no sin modestia, a dar razón del libro, en el que se destacan: la erudición, la sabiduría en los juicios, la visión totalizadora, el detalle oportuno y revelador, el rigor crítico, la honradez de criterio, el estilo sobrio y ameno.

En el segundo ensayo (31 páginas), bajo el título La pregunta de Dios, expone sucintamente la historia y la persistencia de la idea de los dioses, o de un Dios totalizador. La conclusión resulta evidente, aunque no expresamente formulada. Porque tal idea no es gratuita. Incluye estas citas: “Dawkins afirma que las religiones, como manifestaciones culturales, contribuyeron a la integración de los grupos humanos”. Y “Según Habermas es preciso preservar la religión para la creación de grandes ideales colectivos vinculantes”.

El tercer ensayo, La higuera estéril (30 páginas), se ocupa de varios escritores, en especial Singer, Bellow y Kafka. Es el tema y el dilema del pueblo judío, “cuyo rabino Itzjak Shapira, en un libro titulado La Torá del Rey, a imitación del remoto Moisés, declara en pleno siglo XXI que se debería matar a todos los niños palestinos mayores de 13 años, pues podrían crecer para hacer daño a Sión”. Entre lo dramático y lo estético va sacando conclusiones, hasta llegar a Borges, a quien se permite calificar como escritor meramente decorativo.

El cuarto ensayo (16 páginas) se titula El problema del Patas, y en él analiza el controvertido mito del infierno: “Tomás de Aquino acabó pensando que uno de los goces del Cielo residía en la visión de las miserias sin fin de los condenados”. “Orígenes desarrolló una idea por la cual todos los seres, incluido el Diablo, retornarían a Dios de donde salieron, y combatió con energía la condenación eterna, que se estableció como dogma en el año 218”. “Pablo VI afirmó que el Diablo es un ser vivo, objetivo y actuante; no una simple abstracción, ni un mero símbolo del mal”. “Juan Pablo II negó el infierno como un lugar tétrico de oscuridad impronunciable, convirtiéndolo en alegoría, en símbolo o metáfora de un estado revulsivo de la conciencia”. Conclusión lógica: “Tal vez inventamos el Infierno para no renunciar al optimismo de que existe un lugar peor que el mundo como lo hemos hecho”.

Imperio y necesidad de la mentira (22 páginas), se titula el devastador quinto ensayo. El título lo dice todo, ilustrado con abundantes ejemplos, entre los cuales baste uno para confirmar la tesis: “Stalin fusilaba a los organizadores de los censos que no adecuaban los números a las exigencias de la tiranía soviética”.

La moda y la farsa (sexto ensayo, 21 páginas), se refiere a la moda masculina desde tiempos antiguos hasta el presente de yines rotos con celular de millón en el bolsillo, que hubiera desconcertado a Tartarín Moreira, auténtico dandy, erguido cual estatua en el marco de una puerta por los años cincuenta del siglo pasado. En contra de sus escasos salarios, en los liceos de Antioquia no faltaron profesores cuyo dandismo, aunque auténtico, empezaba a descaecer. Común también lo fue en poetas de la época, que lo supieron llevar con propiedad natural y estudiado desdén por la informalidad que se avecinaba.

Sucedió en un equívoco paraíso (séptimo ensayo, 14 páginas). Tema: nadaísmo y drogas. Escribe el autor: “Yo puedo decir por experiencia que el uso de esos benditos venenos mejoró muchas cosas en mí y que me enriqueció, poniéndome en contacto con dimensiones del ser y de la mente que la educación tradicional no pudo procurarme. Y vi peores fracasos personales en la marrulla del alcohol y en los usuarios de las drogas psiquiátricas admitidas por el Establecimiento, las mismas que usan los obispos y los banqueros para conciliar el sueño y apaciguar los remordimientos, las mismas que usaban mis padres para poder soportarme y descansar del acoso de los sobregiros, y las mismas que mataron a Darío Lemos”.

Aunque resulte arriesgado señalar alguno de los ensayos como más importante que otros, porque todos lo son, puede decirse que el octavo, titulado Autores prohibidos (15 páginas), reviste el mayor interés por constituirse en un proceso contra los enemigos de la libertad de expresión, así en las artes como en la vida. Capítulo recomendable en especial a los jóvenes que aspiran a convertirse en escritores.

Cuando Gonzalo Arango, después de abandonar los estudios académicos, inicio su primer trabajo asalariado en la biblioteca general de la Universidad de Antioquia, aún existía el Index y los libros correspondientes se encontraban separados en una sala cerrada. Pero Gonzalo tenía la llave.

Resulta sorprendente comprobar la cantidad de obras y autores prohibidos por razones religiosas tanto como políticas. “La lectura de Dante –dice el ensayo– se convirtió en crimen en la URSS por razones doctrinarias incomprensibles”. En la actualidad se aplican otros métodos que producen el mismo resultado sin la vergüenza de la prohibición directa. Con la particularidad de que los mismos autores, desde siempre, han ejercido el veto contra sus colegas. “Nadie es tan necio como para admirar a Cervantes, dijo Lope de Vega”.

“Vigencia de Albert Camus” (13 páginas), es el noveno ensayo, un paralelo entre Sartre y Camus, del cual sirven como síntesis dos fragmentos del principio y el final:

“El siglo XX vio el fin de la pintura, el ruido vino a reemplazar la música del pasado, rebajó la literatura a simple apéndice de la industria editorial, y dudando de todo acabó contentándose con los libros de autoayuda, con Paulo Coelho, las iglesias de garaje, los rituales de velas de colores y el conjuro chamánico, en una regresión inesperada”.

“Camus, surgido de una familia muy distinta a la de Sartre, argelina y pobre, creció al aire libre, amante del fútbol, más cerca de la vida que de los dogmas, del sentimiento que de las fantasías de la academia, y de Montaigne que de Voltaire, queda con la razón de su lado. Como esperaba, el terror revolucionario acabó por pervertir la verdad y por infectarla. Había escrito que quien tortura acepta una sombra en su victoria, y como no puede sentirse inocente, debe cargar su culpabilidad sobre las víctimas. Y por eso solo mantiene una vigencia inesperada que Sartre ya perdió. A Camus le sobraba lo que le faltó al otro, o lo que el otro reprimía: la ternura. Y esto lo hace superior en esta época desalmada, enferma y viscosa”.

Un mago visto por un profesor inglés (Décimo ensayo, 14 páginas). El mago, obviamente, es García Márquez en relación con su obra, amigos y episodios de su vida. El profesor inglés no se los voy a decir. Sería imprudente de mi parte. Siempre debe dejarse algo para la imaginación del lector. Es mejor que ustedes mismos lo averigüen.

Décimo primer ensayo, 17 páginas, titulado Acerca de “Habla, memoria”, publicada en Nueva York en 1966. Se refiere a Vladimir Nabokov y su autobiografía. Por tanto, también a otros escritores y personajes de la época y, en general, a su principal literatura. Lo define como “uno de los poetas mayores de la prosa en el siglo XX”.

Refiriéndose al género de las autobiografías, anota el ensayista: “El hombre es el único mamífero, hasta donde sabemos, proclive a la soberbia de pensar que vivió una vida merecedora de la curiosidad de sus congéneres, incompatible con la de los demás y digna de ser divulgada en los mostradores de los libreros”. “César y Jenofonte recurren a la primera persona del singular en sus escritos apenas como por descuido. El Yo es una sofisticación del progreso de la civilización, como el culto de los niños y la veneración por las mascotas. Y por alguna extraña razón todo el mundo está convencido de que posee uno”.

La inocencia envenenada es el título del decimosegundo ensayo (12 páginas). En él plantea el viejo asunto de las relaciones íntimas entre adultos y menores, teniendo en cuenta que el concepto de mayoría de edad no es igual en todas las naciones, ni lo ha sido en todas las épocas. Y entre menores, de ambos o del mismo sexo. Abunda en ejemplos, históricos o literarios, de los cuales algunas citas pueden ilustrar esta reseña, empezando con el llamado descubridor: “A Cristóbal Colón le fueron enviadas de regalo por las tribus de las costas de Venezuela niñas entre los nueve y los doce años que el mismo Colón calificó de putas y reputas”. “¿En cuál esquizofrenia vive una sociedad que pretende cerrar páginas obscenas en la red, pero acepta que un poderoso multiplicador cultural como un Premio Nobel propague lo mismo?” “En China el abuso infantil era casi desconocido hasta la proliferación de las sectas evangélicas que, en el siglo XX, llegaron detrás del auge económico en la occidentalización galopante”. “Los disolutos señores de las ciudades del Renacimiento, y antes los reyes cristianos del medioevo, a fin de mantener la unidad de sus dominios, desposaron niñas muchas veces. “Raimundo, príncipe de Antioquía, en tiempos de las cruzadas, casó con Constanza, una criatura de ocho años de edad, hija de Bohemundo y Alicia. Pero al mismo tiempo, siguiendo las antiguas y aciagas costumbres de la hipocresía, los cronistas reseñan el escándalo de los cruzados cristianos ante los sultanes que tomaban por concubinas a esclavas de catorce años”. Llegando a la época actual, señala la tragedia de que los colombianos, al tráfico de la coca, le hayan añadido el mercado libre de la cuca.

Progreso y confusión (28 páginas), es el decimotercer ensayo. Contiene un análisis histórico de la cultura en el siglo pasado a través de obras capitales, avances científicos y acontecimientos políticos y sociales, todo lo cual se resume en el título. “Por malo que haya sido el siglo XX –concluye– contó con un cuerpo de guías geniales encargados de esclarecer el presente y de proyectar las soluciones del porvenir”. En cuanto a la democracia, dice que es en el fondo la tiranía del número en un mundo enamorado de la estadística.

En el punto muerto de la escritura (19 páginas), capítulo de cierre, las últimas desoladas conclusiones no dan pábulo al optimismo, como si algo de suma importancia se acabara para siempre. Dice: “Vivimos una civilización malsana, malvada, pervertida por las razones de la codicia”. Dice con respecto a las artes que, habiendo alcanzado su culminación, retroceden a sus comienzos: “Occidente, con rigor sistemático, acabó por confundir en su exploración el canto con el aullido, y devolvió la danza a las convulsiones prehistóricas que parecían superadas en el tango”. Lo mismo de la pintura y demás artes. Pero el pesimismo no es gratuito. Está sustentado en extensas y documentadas reflexiones.

Se espera que las abundantes citas den una mejor idea de la obra que el concepto personal del expositor. En la brevedad de una plática poco más debe añadirse.

Gracias sean dadas a Eduardo Escobar por haber escrito un libro tan erudito y amañador.

 

Jardín Botánico, Medellín, 2013 09 14

 

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Edición No. 168