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R.H. Moreno-Durán: Palabra Mayor

(Escribe: Luz-Mary Giraldo. En: “Cronopios”, diario virtual para hombres y mujeres de palabra, fundado en 1990; Bogotá, miércoles 23 de noviembre del 2005. Palabras pronunciadas en el acto de despedida al escritor Rafael Humberto Moreno Durán, el 22 de noviembre del 2005). Dedicado al oficio de lector y escritor, Rafael Humberto Moreno-Durán, R. H., hizo de la literatura su casa y el centro de su vida. Todos sabemos que Mónica y Alejandro fueron su ancla y esto hacía que el camino para la creación estuviera listo. En una reciente y aún inédita entrevista que le hiciera su entrañable Alma Mater a través de Unimedios, confesaba las cosas por hacer y las ya hechas y con orgullo manifestaba la satisfacción de las tareas adelantadas, de lo cumplido y concluido, de los proyectos posibles a pesar de que el camino se le presentaba cada vez más breve y más duro. Creyó en la literatura como esperanza y “palabra mayor” y hasta su último momento de lucidez escritura y lectura estuvieron de su lado. Queda su obra viva en su hijo, en sus ensayos, cuentos y novelas, en su valioso aporte a la literatura y la cultura como autor imprescindible y memorable, queda en Mónica. Queda el eco de su memoria sin par, de su palabra oportuna, el recuerdo de su inteligencia y su conocimiento, la gracia con que más de una vez nos hizo reír, la evocación de la frase mordaz con que nos hizo pensar, rabiar o vacilar, la certeza de que nos representaba con solvencia y altura en cualquier lugar. Queda el valor de la amistad solidaria, el calor de su afecto, el recuerdo de su compañía.

Para los que tuvimos la oportunidad de ser sus amigos, quienes estuvimos en su casa y lo gozamos como anfitrión, quienes en los viejos o los nuevos tiempos fuimos sus contertulios, quienes encontramos en sus libros otra forma de felicidad, sabemos que su vida adquiere otro significado y su ausencia otra forma de proximidad. Donde quiera que esté está con nosotros. Lo recordarán meninas, mandarinas y matriarcas y seguramente desde una caja de Pandora saldrá oportuna su voz para decir, como un “contemporáneo del porvenir”, que sigue aquí, dispuesto a hacer de la vida y la literatura una fiesta, del dolor una broma y del horror una burla o una caricatura.

Si la música gregoriana confirmaba en él la existencia de la divinidad, también la poesía era puerta del misterio y del silencio. Repito con él “Oración” de Else Lasker-Schuller que sirvió de antesala a uno de sus libros y que refleja su concentrada y silenciosa forma de estar ante lo Otro:

Busco por doquier una ciudad

que ante sus puertas tenga un ángel.

Doblegada, sobre el hombro

sostendré su ala inmensa

y como un sello en la frente luciré su estrella.

Concentrémonos, Alejandro, Mónica, todos, en la frase del rabino Chanoch citada por Sebald: “Mira el libro, cuando se mira en él, no se llora”.

(Escribe: Luz-Mary Giraldo. En: “Cronopios”, diario virtual para hombres y mujeres de palabra, fundado en 1990; Bogotá, miércoles 23 de noviembre del 2005. Palabras pronunciadas en el acto de despedida al escritor Rafael Humberto Moreno Durán, el 22 de noviembre del 2005). Dedicado al oficio de lector y escritor, Rafael Humberto Moreno-Durán, R. H., hizo de la literatura su casa y el centro de su vida. Todos sabemos que Mónica y Alejandro fueron su ancla y esto hacía que el camino para la creación estuviera listo. En una reciente y aún inédita entrevista que le hiciera su entrañable Alma Mater a través de Unimedios, confesaba las cosas por hacer y las ya hechas y con orgullo manifestaba la satisfacción de las tareas adelantadas, de lo cumplido y concluido, de los proyectos posibles a pesar de que el camino se le presentaba cada vez más breve y más duro. Creyó en la literatura como esperanza y “palabra mayor” y hasta su último momento de lucidez escritura y lectura estuvieron de su lado. Queda su obra viva en su hijo, en sus ensayos, cuentos y novelas, en su valioso aporte a la literatura y la cultura como autor imprescindible y memorable, queda en Mónica. Queda el eco de su memoria sin par, de su palabra oportuna, el recuerdo de su inteligencia y su conocimiento, la gracia con que más de una vez nos hizo reír, la evocación de la frase mordaz con que nos hizo pensar, rabiar o vacilar, la certeza de que nos representaba con solvencia y altura en cualquier lugar. Queda el valor de la amistad solidaria, el calor de su afecto, el recuerdo de su compañía.

Para los que tuvimos la oportunidad de ser sus amigos, quienes estuvimos en su casa y lo gozamos como anfitrión, quienes en los viejos o los nuevos tiempos fuimos sus contertulios, quienes encontramos en sus libros otra forma de felicidad, sabemos que su vida adquiere otro significado y su ausencia otra forma de proximidad. Donde quiera que esté está con nosotros. Lo recordarán meninas, mandarinas y matriarcas y seguramente desde una caja de Pandora saldrá oportuna su voz para decir, como un “contemporáneo del porvenir”, que sigue aquí, dispuesto a hacer de la vida y la literatura una fiesta, del dolor una broma y del horror una burla o una caricatura.

Si la música gregoriana confirmaba en él la existencia de la divinidad, también la poesía era puerta del misterio y del silencio. Repito con él “Oración” de Else Lasker-Schuller que sirvió de antesala a uno de sus libros y que refleja su concentrada y silenciosa forma de estar ante lo Otro:

Busco por doquier una ciudad

que ante sus puertas tenga un ángel.

Doblegada, sobre el hombro

sostendré su ala inmensa

y como un sello en la frente luciré su estrella.

Concentrémonos, Alejandro, Mónica, todos, en la frase del rabino Chanoch citada por Sebald: “Mira el libro, cuando se mira en él, no se llora”.

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Edición No. 136