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Raíces de injusticia, semillas de justicia

Los países originados en la colonización europea, entre los siglos XVI y XIX –en América, África, Asia, Oceanía– se fundaron sobre una injusticia: el despojo a los indígenas. En América, otra vino a sumarse a ésta: la esclavitud de los africanos.

Claro, había ya injusticia entre los españoles mismos, desde su sociedad de origen y su organización para la empresa de conquista.

En el nuevo continente, el régimen castellano sostuvo con tal base, durante trescientos años, la injusticia cotidiana de la explotación colonial.

La injusticia se ha imbricado en nuestra cultura y sigue operando desde nuestro inconsciente. Es nuestra responsabilidad encontrar cómo es que seguimos perpetuando esa heredad oscura, y cómo podremos librarnos de ella para poder ser justos.

La herencia cultural no sigue las leyes de Mendel. A través de la educación, se transmiten imágenes (e imaginarios), emociones y conductas, en una palabra, actitudes, en procesos que comparten la familia, la sociedad y el estado. De allí la imporancia de estudiar qué actitudes estamos incubando. ¿Cómo se originaron esas actitudes? ¿Cuál es su base? ¿Cómo valorarlas? ¿Cómo modificarlas? ¿Cómo generar unas actitudes más propicias a la justicia?

Ellas se construyen históricamente, en respuesta a unas circunstancias. Una vez construidas, tienden a permanecer más allá del tiempo en que surgieron, hasta cuando se hace conciencia de que ya no son adecuadas a la época, y se llega al conocimiento de que hay que deconstruirlas y elaborar unas nuevas, más convenientes a los cambios que han ocurrido. Esto pasa tanto con los individuos como con los grupos humanos, y requiere esfuerzos y procesos complejos. Las actitudes forjadas durante décadas y aún siglos pueden tardar tiempos en desaparecer. Las que se necesita desarrollar, pueden tardar en volverse predominantes. De allí la urgencia de reflexionar sobre el tema y de obrar en consecuencia.

Las primeras décadas del siglo XVI dieron lugar en América a actitudes tales como la del conquistador, la del colono, la del derrotado. Estas actitudes siguen obrando hoy. La consolidación de naciones solidarias y firmes en este continente requiere hacer que pasen de verdad a la historia para dar lugar a otras nuevas que permitan unas relaciones sociales más justas.

El conquistador se imagina portador de una tecnología y de una cultura muy superior a la que observa en el territorio al que ha llegado. Allí, él es casi soberano, pues el poder que le ha enviado está muy lejos, y no puede controlarle efectivamente. En esas circunstancias su ética es la de su poder y su fuerza. Al comienzo puede tener en cuenta los tejidos de alianzas y rivalidades que observa en la población local, pero sólo para utilizarlos hacia sus propios fines. Cuando ha terminado la conquista, tanto los locales que le apoyaron como los que combatió serán igualmente despreciados.

La cultura local, en la actitud de conquista, tiene muy poco valor, más allá de utilizarla para la dominación, como hizo Hernán Cortés con el mito de Quetzalcóatl. La población local es apenas un recurso para ser explotado.

Las expresiones culturales locales, despreciadas, tienen que ceder su lugar y su tiempo a las del conquistador. Pero éste no está realmente interesado en sustituir una cultura por otra; sus fines son de explotación económica. En este sentido quizá tenga que guardar algunas formas, es posible que en el centro de poder político formal –la lejana metrópoli en el siglo XVI, la capital nacional en el presente– se intente maquillar la empresa de expoliación dándole el color misional de llevar, antes la civilización, hoy el desarrollo, a las tierras distantes.

Es el considerar al otro no más que como una fuente de riqueza por explotar, despreciando sus creencias, su conocimiento, su cultura, lo que está en el núcleo de la actitud conquistadora. No es posible ignorar esa cultura por completo; hay que conocerla para poder explotarla más efectivamente. El fin utilitario del conocimiento de la cultura dominada hace parte de tal actitud. No se la estudia para ayudarla a desarrollarse, a encontrarse a sí misma: por el contrario, se la estudia para expoliarla y dominarla mejor.

Los conflictos entre un conquistador y otro se resuelven mediante la lucha armada (ocasionalmente, jurídica) entre unos y otros. Cada conquistador tiende a ocupar el máximo territorio posible. Colón quiso ser el amo de todas las tierras descubiertas; las disputas por límites jurisdiccionales marcaron toda la época de la conquista. Esto pareció disminuir hasta cierto punto con las instituciones coloniales. Hoy hace de nuevo parte del juego de los actores armados de todo tipo.

La manera conquistadora de administrar el conocimiento es fundamental. Se pretende manipular la imagen del proceso de conquista y expoliación que se va formando en el centro de poder. Hay que mantener convencido al rey –al senado, al poder judicial, a la población distante– de que todo se está haciendo según las reglas. El conquistador no cree necesario seguirlas al pié de la letra, pero cuando se hace algo que no esté ajustado a ellas hay que mantenerlo oculto por todos los medios. Crea una verdad conveniente y trata de que prevalezca a toda costa. Impone una ley del silencio a los locales que han vivido la realidad tal como fue. En el presente, los periodistas son víctimas de los riesgos de su oficio, que va directamente contra la elaboración de tales verdades acomodadas.

Esto dará luego origen a una honda desconfianza que tendrá sus efectos en las instituciones coloniales.

La colonia recoge de la conquista el legado del conflicto entre realidad y verdad pretendida (en el caso del poder, verdad oficial). De allí el origen de la desconfianza que va a requerir pruebas y certificaciones de que lo que alguien afirma es verdad. Se hace indispensable una serie de instituciones, se instala toda una burocracia para verificar lo que se dice. Se emplean grandes cantidades de tiempo, energía y recursos en mentir, desmentir, probar, sustentar.

A la larga, tras tanto esfuerzo, algunos colonos van perdiendo la fe que conceden a su propio juicio. Llegan a no considerarse capacitados para juzgar; los juicios válidos se emiten en la metrópoli o en las instituciones que la representan. Si alguien se atreve a emitir un juicio, su acto no es reconocido por nadie y su juicio no tiene ningún valor mientras no tenga la Autorización del Superior Gobierno. Otros, por el contrario, llegan a creer que su capacidad de manipular las instituciones y las imágenes sociales de la realidad no tiene límites.

En cuanto al conocimiento colonial, éste se maneja como un privilegio; si dejara de serlo y se difundiera públicamente perdería su carácter y su efectividad para la dominación. Es en la capital de la colonia donde se conforma más pronto tal rasgo de actitud. Es allí a donde llega el correo: las oportunidades, los recursos, la ciencia que vienen de la metrópoli (hoy, de las áreas más desarrolladas del mundo) son monopolizados por grupos bien ubicados –las élites nacionales– que los aprovechan en su favor.

La colonia conlleva una jerarquización social y espacial más compleja que la de la conquista. La relación de dependencia internacional ha sido muy mencionada en América Latina, pero se menciona mucho menos la dependencia en el interior del país. Geográficamente, la colonia es un juego de cajas chinas: la capital colonial, dominada por la metrópoli, juega a dominar, a ser metrópoli para el resto del territorio. Cuando llega la independencia, las capitales no encuentran fácilmente cómo pasar de ser centros de dominación a ser centros de servicios para el territorio nacional.

En el interior de las ciudades, aparece desde el comienzo la segregación entre las áreas simbólicas del poder, las residencias privilegiadas, y las residencias de los servidores –una gran aglomeración de pobladores sin acceso a lo más significativo y valioso de la ciudad. La inversión y con ella la calidad del espacio urbano refuerzan esa segregación, que a veces se expresa física y rotundamente. La ciudad crece polarizándose.

La actitud del colono tiene además una dimensión de defensa, pues la colonia sólo domina una parte del territorio, y fuera del área dominada está el otro, el enemigo.

La organización defensiva se da a escala territorial regional, pero también a escala urbana: en las ciudades actuales, los conjuntos cerrados son el correlato de las ciudadelas señoriales.

La independencia se justificó con ideales tomados de los enciclopedistas y los revolucionarios franceses y estadounidenses, lo que generó un conflicto entre el ideario de libertad, igualdad y fraternidad que había servido para convocar a los jóvenes americanos y convencerlos de enrolarse en los ejércitos libertadores, y el proyecto de continuar con la explotación, pero ahora en beneficio de las élites locales. Casi desde un comienzo, muchos criollos, americanos descendientes de españoles, y los mestizos que pudieron hacerlo, habían intentado desviar en su provecho algo del flujo de recursos coloniales hacia la metrópoli. Al ver que España caía en manos de los franceses, vieron la oportunidad de apoderarse por completo de tal flujo para ellos mismos, haciendo suyo un proyecto viciado desde su origen.

Habría que mencionar también una actitud de derrota. Se caracteriza por una dolorosa convicción y sensación de impotencia para influir en la realidad, que no deja ninguna posibilidad de acción fuera del desprecio y la falta de compromiso con los proyectos colectivos que otros –percibidos como los vencedores– procuran realizar. No es posible convocar a los derrotados en propósitos de interés común, pues para ellos ese interés no existe. Cuando algún proyecto se logra volver realidad, no se puede esperar que ellos participen en su cuidado. Por el contrario, cuando pueden, expresan lo que sienten a través del vandalismo y la violencia. El compromiso con el cuidado del espacio público suele ser un buen indicador de qué tan derrotado puede sentirse un pueblo.

Estas actitudes de conquista, colonia y derrota descritas están en la raíz de una larga cadena de injusticia que se nutre a sí misma a través de ellas y los actos que originan. Habría que generar una actitud que las pueda sustituir y que genere actos justos. ¿Cuál es esta actitud?

En Colombia, desde la constitución de 1991, se han comenzado a identificar sus bases: la solidaridad, el respeto a la cultura ajena, la confianza, la honestidad. Estos valores deben ser base de creencias y emociones compartidas, dar marco a la creatividad de proyectos y acciones, y poderse usar como criterios para valorar los actos y los logros.

Pero eso no es sino un comienzo. Se debe luchar contra una inercia que ha tenido vigencia durante siglos. El esfuerzo por neutralizarla debe ser magno, constante, consciente. Para lograrlo hay dos dimensiones que son claves.

Una es la identidad. Consiste en que la entidad social –la nación, por ejemplo– se reconoce a sí misma como una en toda su integridad y su diversidad, e igualmente reconoce a otras entidades sociales diferentes de la misma manera. Al alcanzar la identidad, quedan en el pasado cualesquiera expresiones de menosprecio por otros. La identidad permite el reconocimiento humano mutuo y equitativo.

La otra es la educación, el instrumento para que la actitud nueva llegue a ser una realidad arraigada y fructífera. Una educación a la que todos puedan tener acceso, en la que no haya privilegios. Una educación que convierta las viejas actitudes, raíces de injusticia, en un recuerdo del pasado, y que dé presencia, futuro y realidad a nuevas actitudes, semillas de justicia.

Ese conflicto se extiende hasta el presente, y aún no acaba de transformarse del todo en político, porque se sigue acudiendo en variedad de circunstancias a las armas.

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Edición No. 147