Reina Roffé: el arte de nombrar y dar la palabra
Es solitaria y observadora, es silenciosa y parece desvalida -como tantos personajes de su ficción- pero es firme y auténtica -como pocas personas reales. Es vital en sus proyectos, pero domestica su alegría siempre tenue y sin exageraciones. A veces, es excesivamente prudente para la risa, otras invita a cantar viejos temas de los sesenta para mitigar el cansancio que produce un embotellamiento en la ruta que atraviesa El Escorial de regreso a Madrid.
Donde hay una vivienda pequeña, ve una casa de muñecas; donde hay un lago, lo describe encantado; donde hay una aldea serrana construida sobre piedra fría ella insinúa madera petrificada; mantiene el acento porteño cuando habla, pero se le han filtrado algunos términos castizos que le enriquecen la lengua y la hacen mágica.
Sabe de especias y sabores, cocina con el placer de homenajear a los afectos. En los rincones del mueble vajillero guarda café exótico, té de anís, ramas de canela y chocolates envueltos en papeles plateados. También guarda otros secretos.
Adora las limonadas bien frías en las tardes de agosto español y que le cuenten más sobre los amigos de Buenos Aires a los que ve fugazmente en cada viaje de regreso al hogar, Balvanera. Conserva enormes cajas de fotografías para recuperar el recuerdo de cierta reunión de amigos, de cierto peinado de moda, de cierto paisaje con nieve y bufandas, pero si se perdiesen, ella misma sería una gran caja de memorias propias y ajenas, personales y colectivas, de aquí y de allá con todo el océano en el medio.
Lee Clarín y Página 12 cada mañana desde la ventana virtual de su pantalla como un ritual de pertenencia, cultiva la amistad con la misma dedicación que un orfebre talla su joya. El mejor escenario para crear es su espacio cotidiano: sus plantas, sus libros, sus papeles, «su cuarto propio». Le gusta hablar de sus tíos solterones y músicos, de su actitud de nena espía, de ese profesor que le leyó los primeros textos -Haroldo Conti- y le sentenció que estaba «condenada a la literatura».
Gran preguntona sabe hacer de la entrevista un trampolín donde el escritor -su par, su cómplice- acepta la conversación como una reflexión a dos voces sobre la práctica de la escritura.
Reina Roffé actualiza en cada texto un contrato con la ética y la estética: fiel a la enseñanza de Vladimir Nabokov: persigue aquella lúcida premisa sobre la necesidad de «saber acariciar los detalles» tanto al escribir como al leer, tanto al participar de una fiesta popular -con procesión, virgen, alcalde y todo- como al compartir una nostalgia, tanto al disfrutar del cine como de una caminata.
Coleccionista de viajes y de lecturas todo es una enorme cámara para filmar los borradores de su próximo texto: la sierra, el mar, las ciudades antiguas, Santa Teresa de Ávila, el tango y las tías de la niñez y los recuerdos que regresan infatigables. Cada gesto que mira y retrata, cada objeto, cada rostro se funde a otros gestos, objetos, rostros y dan la matriz de un nuevo personaje que pugna por tener identidad. Su universo está regido por el temperamento de los verdaderos creadores: la pasión por nombrar.
Esta mujer conoce su oficio como nadie: sin mezquindad, sin rodeos, con la sabiduría de quien otorga al ocio un valor sagrado y encuentra en sus amigos los mejores vasos comunicantes para continuar un diálogo ininterrumpido, Reina Roffé es una mujer que sabe dar la palabra.
R/R: un juego de espejos Rulfo/Roffé
Las biografías constituyen ese extraño borde genérico donde la construcción hace del texto una narración que puede leerse como literatura sólo si se cumple con un requisito: que esté bien escrita. Juan Rulfo. Las mañas del zorro cumple gozosamente con esa imposición.
A las primeras indagaciones que dieron por resultado un libro de cita obligatoria para los estudiosos rulfianos –Juan Rulfo: Autobiografía armada-, Reina Roffé ha sumado en 2003 una nueva investigación tan necesaria como esperada.
Si es verdad aquello que dice André Gide en sus Diarios sobre que un artista no debería «contar su vida tal como la ha vivido, sino vivirla tal como la contará», bien podría afirmarse otra alternativa: si la vida es relato, lo mejor que puede pasarle a un artista es que otro artista la narre por él.
Esta reciente biografía del autor de Pedro Páramo muestra un fascinante doble juego: mientras Roffé dispone para el lector las marcas de una vida singular -como todas-, pero biografiable -como pocas-, y nos presenta a Rulfo, está haciendo gala de su arte de escritora. No ya en el entramado de ficciones -que no se trata de eso en este caso-, sino a partir de una ética y estética de la palabra.
Las contradictorias fechas y lugares de nacimiento que se disputan el honor de ser cuna de Rulfo -y que el propio autor variaba, negaba y confundía voluntariamente-, le permiten trabajar un concepto muy interesante sobre ese afán por mentir o inventar: «la metamorfosis de la verdad». ¿No es acaso eso mismo una posible definición de «literatura»? ¿No estaba haciendo literatura, Rulfo, cuando daba un dato falso y percibía su efecto en el interlocutor? ¿No puede pensarse, entonces, que vivir era para Rulfo «vivir en literatura» aunque no diera a conocer textos impresos nuevos, siempre anunciados y prometidos? ¿No era su vida misma una mueca burlona de su quehacer literario?
Roffé es una autora que tiene mucho del maestro mexicano, conoce muy bien la intensidad de silencio que constituye al sujeto creador; tal vez por eso, las conclusiones y perspectivas que se desgranan en la biografía de Rulfo iluminan de una manera original no solo la obra del gran escritor jalisciense sino también -y a la par- , la producción y «las mañas» de la autora de La rompiente.
Ruptura, cielo y mujeres aladas
¿Cómo se textualiza la memoria individual y colectiva? ¿Qué otras versiones del discurso oficial circulan en el imaginario colectivo? ¿Cómo se transforman la retórica y las estrategias discursivas si el sujeto que escribe es mujer? ¿Cómo se reescribe la tradición del género de la escritura íntima? ¿Qué elementos pone en tensión la narrativa que ficcionaliza un modo de enunciación privada? ¿Con qué diferentes «tretas» se impugna el discurso imperante? ¿Con qué otras voces dialogan/ se enfrentan / asocian/ polemizan los libros de Reina Roffé en el sistema literario?
La rompiente y El cielo dividido configuran dos lenguajes narrativos centrales en la producción de Reina Roffé: en ambas se cruzan dos «líneas de fuerza», género y canon, en ambas se transgrede la hegemonía sexual/textual y la cristalización del sistema literario.
Las dos novelas diseminan interrogantes sobre el sujeto de la escritura y la intimidad: ¿Cómo contar? ¿Qué se cuenta? ¿Cuándo la vida contamina a la literatura y viceversa? Y, fundamentalmente, ¿cuáles son las estéticas en contrapunto que se cruzan en el interior de una ficción?
Podríamos definir La rompiente como una novela–diario íntimo que reescribe el canon y narra el género: apuntes marginales que son nombrados como confesión, biografía, «abismo de una historia» como modos de reparar el exilio y la anhedonia (enfermedad cuyos síntomas son infelicidad y displacer en las cosas que otros hacen con disfrute). Esta es la novela que desgarrada por el exilio se propone encontrar una voz/mujer capaz de contar la historia de otra manera.
El lugar donde se opera esta búsqueda es el cuerpo y el modo de operar, la ruptura. Así, La rompiente subvierte la escritura normalizada, articula la resistencia en el discurso y plantea de modo original una relación diferente entre mujer y narrativa.
Reina Roffé ha expresado en más de una oportunidad: «lo formal cumple un rol fundamental…toda la novela es una indagación para ver de qué manera distinta se pueden contar las historias que protagonizamos».
Enfrentada al discurso oficial de la narrativa consagrada, el texto de Roffé narra desde el margen, escribe la imposibilidad de narrar y asume que contar es una puesta en abismo donde azar, verdad, ficción e historia se relativizan en la metáfora del juego.
La dinámica del texto sabe forzar el lenguaje: lleva un gesto irónico hasta el extremo de la ambigüedad poética. Cuando superpone la idea de alimentación con la de sexualidad renegando de los «aconsejados huevos fritos» como remedio para tapar un agujero tan prosaico y elemental como el hambre, recurre al doble y cede la palabra a una voz que interroga con profundidad existencial: «¿A quién se le ocurre tapar un agujero con un par de huevos?»
La afloración del nombre propio de la autora en cada una de las tres partes de la novela -«Como una reina ofendida» , «La incertidumbre reina«, y «La reina de la casa»- tejen el nombre propio y la genealogía femenina en contrapunto con las sombras masculinas.
Roberto Arlt (y su mítico encuentro del astrólogo y la prostituta), Borges («destino particular y latinoamericano»), Camus (en el viaje a Marruecos y el sentimiento de extranjería) y Kafka ( con su metáfora de Ante la ley: «Se vio mucho después… a la puerta de la Biblioteca de Leyes de la Universidad… No estaba autorizada a entrar… Una sensación de estar siempre a la puerta de las cosas habitadas por los otros»).
En lugar de silenciarse -como efecto de esas referencias consagradas- Roffé escribe/indaga un nuevo canon que tiene la huella de Alejandra Pizarnik, Margarite Duras, Silvia Plath, Virginia Wolf, Simone de Beauvoir.
«Ahora sangra»: son las palabras finales de la novela. Sangre como iniciación y marca de lo femenino: metáfora de un productivo antes que reproductivo.
El cielo dividido trabaja otras «líneas de fuerza»: erotismo más explícito, viajes de ida y de vuelta, diferentes «cautiverios» -enfermedad, locura, paso del tiempo, silencio- y fugas de lo homogéneo: con este mapa textual la lectura se transforma en una experiencia que va saliendo de la asfixia y la «anhedonia» para desarrollar más las historias, los encuentros y las pasiones.
La escritura del erotismo es a la vez un espacio doble: el de una práctica discursiva y el de una práctica cultural. La letra asume un ejercicio que narra el cuerpo y el placer, la política y el deseo. Que impugnan la norma impuesta y se detienen en “cocciones lentas y muy especiosas, como le gusta decir a Roffé, mientras habla del placer de la comida o de los otros placeres.
Con el eco de aquel primer título luego descartado –A la intemperie-, siete mujeres que se aman y se odian, que se rechazan y se buscan, circulan entre bibliotecas, cuartos y reuniones de diálogos fracturados. Los personajes transgreden el registro de lo ‘ya dicho’ a partir de la estética la versión y de la versión vuelta a contar, con matices, con cambios, con perspectivas que desafían la verdad.
No perdonar, no olvidar, no claudicar es la consigna de la novela y en el centro late una esperanza: sanearse de la masacre instalada por la dictadura militar y estar presente, de regreso «en casa» en los primeros años de la democracia como un modo de reivindicar la utopía.
En los cinco cuentos que conforman la reciente aparición de Aves exóticas, el incidente menor e imperceptible, lo cotidiano desfigurado por la emoción o la memoria falsa son los puntos de partida para una cierta práctica del fabular-se: recrear con el maquillaje de la ficción las marcas autobiográficas del alma. Alguna vez Roffé confesó una certeza disfrazada de pregunta: «¿De qué otro lugar sino del miedo, o de qué otra cosa se puede escribir, sino de viajes, crímenes y exilios?»
Si la literatura, en tanto práctica social, aparece como una zona privilegiada para leer las diferentes formas de representación, los textos de Reina Roffé constituyen verdaderos observatorios para dirigir la mirada hacia un panorama narrativo y ensayístico de resonancias múltiples: los proyectos nacionales y el país como identidad colectiva, los efectos que la lectura produce en la construcción de la subjetividad, el exilio, la lengua, la política, el sexo, la herencia sociocultural femenina, los mandatos y lo silenciado por el sistema.
En sus novelas y cuentos hay escritoras, locas, viajeras, exiliadas, niñas, amantes, cautivas; hay mujeres que no vuelan como en la saga de Aureliano Buendía, pero que son raras aves exóticas que deslumbran por su infinita lucidez en medio del desamparo y el olvido.
Obra publicada
Llamado al puf. Pleamar, Buenos Aires, 1973.
Monte de Venus. Corregidor, Buenos Aires, 1976.
La rompiente. Puntosur, Buenos Aires, 1987.
Juan Rulfo: Autobiografía armada, Montesinos, Barcelona, 1992
El cielo dividido. Sudamericana, Buenos Aires, 1996.
Conversaciones americanas. Páginas de Espuma, Madrid, 2001.
Juan Rulfo. Las mañas del zorro. Espasa Biografías, Madrid, 2003.
Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras. Leviatán, Buenos Aires, 2004.
