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La relación adulto-niño en experiencias de educación

No pretendemos plantear afirmaciones definitivas, pues perderían su sentido en el transcurso de estas velocidades sociales, evitando también el riesgo de negar una multiplicidad de particularidades de los niños y las niñas convocados, desde sus diversos entornos culturales barriales. Procuramos si contribuir a la creación de espacios tanto institucionales como ciudadanos que enriquezcan, en vital vecindad, los universos de reflexión y decisión con todo lo que a la infancia se refiere.

Una búsqueda central contiene todo el proceso: la relación entre adultos y niños, complejo mundo de gestualidades dispersas, de preguntas sin respuestas, de tímidas iniciativas que se mantienen a inexplicables distancias. Poco sabemos los adultos de los niños y poco saben los niños de nosotros los adultos. Contradicción de imaginarios que quieren para nuevos conflictos, aplicar viejas soluciones, quedando como resultado un aire de incomprensión, de sin-sentido, de desolación.

¿Quién debe preocuparse más por quien? Con toda seguridad los adultos por los niños, pues por largo tiempo han sido propietarios de las decisiones. Pero los niños también deben preocuparse por los adultos, pues poco conocen de su convulsionado universo, origen de muchas de sus dificultades para comprender lo nuevo en el universo de los niños. La exigencia es muy potente, muy fascinante, que demanda de cada uno de nosotros la preocupación amorosa, en campos de real confianza, con gran sentido de crear conjuntamente, tema central para los que hacer de la familia, de la academia, del mundo empresarial, de las instancias de la gobernanza. Doble vía adulto-niño, niño-adulto, por los caminos del encuentro, la conversación, el foro abierto, rituales mayores de la existencia.

Preguntarnos por esta relación es ponernos en un contexto que nos posibilite entre unos y otros, crear campos problemáticos, desde la investigación, hasta campos de construcción cultural que permitan el surgimiento de contenidos e historias verdaderas, testimonios que permitan descubrir la explicación de tan prolongadas diferencias que culminan en terribles ausencias. Desde los entornos familiares, escolares, sociales, culturales, podríamos proyectar pequeños nichos, en decires de la profesora Miriam Salazar, que nos pongan en la tarea de construir mundos micros, garantes de verdaderas transformaciones, en la medida que se sepan proteger como nichos de creatividad propositiva. En la familia padres e hijos, en la escuela profesores y estudiantes, en el barrio líderes y comunidad, en la ciudad transeúntes adultos y transeúntes niños, en las secretarías de despacho y los niños de las esquinas, en las autopistas de la riqueza y en el vacío de las mesas, en los espacios públicos y los privados; en la iglesia los sacerdotes y los fieles, en el espacio público los policías y los ciudadanos.

Relación adulto-niño, tema para todos los habitantes de la ciudad, en la cuadra y la oficina, en el barrio y la empresa, en el anden y los pasillos, en el aire, la tierra y el mar. En la escuela y la universidad, en los almacenes y los bancos, en las bicicletas y los carros, en los ríos y las quebradas. Los adultos y los niños juntos dibujándole pentagramas a la vida por vivir, para el mayor de los rituales operáticos…..la creación de nuevas formas de estar juntos.

Un segundo contenido central: La Escuela. Segundo hogar en milenarias tradiciones, desde los tiempos del ruido hasta nuestros días. Sobran las afirmaciones de que la gran solución de los problemas de este siglo está en la educación. Pero preguntamos, ¿en cuál? Los altos niveles de AUSENCIA son ya una nueva pregunta, que requiere de respuestas de este tiempo y no acumuladas formas de responder que sólo servirían  como explicación de nuestra prolongada melancolía.

Negación de todo lo posible a la cual, todos los niños le demandan comprensión, paciencia, acompañamiento, afecto, alegría y sobre todo juego. Nuestros niños quieren aprender jugando, verdad de a puño por estos tiempos que corren. No contribuirán jamás a esta exigencia, el cansancio, la repetición, los dictados, los excesos de autoridad, los llamados al regaño con  altavoces del estigma. Profesor que no juega…..niños que heredan la derrota. Centros educativos, espacios que poco estimulan las necesidades estéticas de nuestros niños, clasificados inexplicablemente como oficiales, privados, urbanos y rurales. ¿Quién está llamado a contribuir para que el niño se descubra como hacedor de lo posible? ¿Quién para que el niño pueda pelear contra sus miedos, sus dudas, sus timideces, sus abismos existenciales? ¿Quién para valorar el juego como la territorialidad del deseo?

´´Queremos baños limpios, colegios bonitos, seguros, sin robos, sin expendios de drogas´´, listado fantasmal para su psiquis de niños y adolescentes. Necesitamos de una equidad básica, para encontrarnos en algunos puntos comunes, como puntos de partida para mejores recorridos. Al mismo tiempo dicen los niños, ´´no queremos pelear, debemos respetar a nuestros profesores, necesitamos ser más responsables´´, listado autocrítico que nos anuncia a unos niños y adolescentes con básicas conciencias del compartir humano. Si el aula no libera al niño y al juego, difícilmente lo hará la calle, anárquica película en movimiento. En decir de las lejanas abuelas, si el hogar es el a-b-c de los afectos, la educación tendría que serlo de las preguntas y el juego…..la escuela entonces parece reclamarse a sí misma una inaplazable transformación.

Un tercer tema inevitable: El espacio público. Históricamente como el lugar de la ciudadanía, sendero de la democracia. Este es quizá el más polémico, el más caótico, el más confuso, resultado de confusas improvisaciones.

El avance en la producción de la economía trajo consigo el reino de los carros, por ejemplo, olvidando igual espacio para el ciudadano, en nuestro tema central, olvidando los espacios del juego para los niños. Reino de la anarquía individual, en el cual todo se permite para efecto de catástrofes colectivas. Reino de nadie, contra todos los habitantes, que en eco de sus lejanas infancias se convierten en reclamos aislados sin disciplina alguna. Todos los componentes de lo humano parecen huérfanos de un mínimo orden colectivo. El reposo, el paseo, el viaje, la contemplación, el encuentro con el otro. Cotidianas necesidades que no encuentran su propio sentido o razón de ser como necesidades. La calle es un peligro, el paisaje está taponado por empinados edificios.  Como señores por su casa, los carros y sus velocidades son siempre amenazantes. Los viejos parques, territorialidad de los vicios de incomprendidos hombres y mujeres que deterioran nuestra propia convivencia. Los andenes parecen presidios de nuestros pasos, valores conceptuales que penetran nuestra psiquis para frustración de nuestros deseos. Los mendigos como una esquina de nosotros, en permanente súplica para obtener lo que, en un orden básico, sería un derecho de todos.

El espacio público está enfermo, como enfermas están todas las ciudades del mundo, con sus niños asomados temerosamente por las ventanas, incontenible anuncio de la catástrofe mayor.

Necesitamos reinventar el espacio público, redefinirlo como el encuentro con el otro para que cada hombre y cada mujer del planeta encontremos posibilidad a los sueños cultivados desde las sinagogas del miedo. Necesitamos transformar las ciudades, para los nuevos lugares del encuentro en la esperanza. Espacios públicos que nos recuperen la confianza festiva en los otros, hasta hoy forasteros de nuestros propios recorridos. En el espacio público, como posibilidad para todos, está la ruta de las reconstrucciones del afecto, el abrazo, la voz, la mirada, el inconfundible ritual de estar, vivir, sentir, pensar y crear juntos.

Un cuarto tema: El medio ambiente, en igualdad de interés y preocupación. Silencioso universo de modernas hecatombes impredecibles que acomplejan nuestros despertares humanos. El sol ya no parece sol como tampoco parece luna la luna. El agua es más que agua, anuncio de la muerte prematura. Las montañas pierden su reposo natural para aumento de los velorios. El aire contaminado corta de raíz el proyecto de viaje a muchos niños del planeta. Los pájaros pierden la altura del vuelo para descender a pestilentes ríos contaminados. Los ríos, en impensada sequía, aniquilan el paso de las serpientes, cinturones del bosque. La capa de ozono, cicatrizando cancerosamente nuestros frágiles cuerpos en las playas de los viejos enamoramientos.

El hombre en su desenfreno y poco pensar su paso por la tierra, cultivó todo lo enunciado, creyendo que no le tocaría a él, poniendo en peligro el desarrollo de la humanidad. Guatari nos habló de las tres ecologías, siendo una de ellas la social, la humana. Que forma de aniquilarnos día y noche y en derroche. Cada cuerpo parece condenado por una violencia acumulada, heredad que parece ser, no dejará títere con cabeza. Nuestra violencia diaria es una amenaza para la tímida mirada de los niños del mundo, que horrorizados, tratan de preguntarle una explicación a sus desgastados peluches o a sus mudas muñecas de trapo. Violencia en la palabra, contra el cuerpo. Violencia en la imagen desde los monopolios de la publicidad. Violencia en la televisión, cuarto poder de la truculencia informativa. Violencia en los estadios y en los bares, en los parques y las esquinas. Violencia en la moda que incomoda. Violencia en el amor y el desamor. Violencia en la acumulación y la carencia. Violencia en los gestos y los susurros. Violencia en nuestras gestualidades culturales. Nuestra ecología social es un terrible referente para el a-b-c de los niños, quienes en todo cuanto escriben y pintan, la denuncian como el sendero peligroso hacia la derrota final.

Si no logramos recomponernos desde nosotros mismos, el destino de lo humano perecerá y los niños quedarán como loquitos monotemáticos narrando al viento sus sueños de celofán.

Dejamos para el final de este tímido texto, el tema capital de los niños: El juego. Razón de ser de la historia humana, esencia de cualquier proyecto de civilización. Los niños quisieran poder jugar en cualquier lugar, pero los avisos del ´´prohibido pasar´´, del ordenador adulto, los arrincona en sus deseos. El juego se dirige en la escuela y se prohíbe en la iglesia. El juego desaparece del hogar, pues al no estar papá y mamá, gestualidad laboral de estos tiempos, los niños padecen horas que parecen siglos, teniendo que resignarse a esperar a la señora del peor ceño fruncido: La Soledad.

Pero qué extraño, igual vivencia para muchos niños que van en carro de la casa al colegio y del colegio a la casa, solo que la soledad cambia de rostro, pues en este caso, es la ausencia de otros niños, con los cuales, en sus recorridos, podrían preguntarse el sentido del mundo.

´´Quiero un día entero con mis papás para dedicarlo sólo a jugar. Que los adultos jueguen más con los niños. Queremos menos edificios y más juegos en los barrios´´. Multitud de expresiones a quemarropa con las que los niños denuncian a las ciudades pensadas sólo para los adultos, que acomplejan sus propias cotidianidades. Necesitaríamos globalizar el juego, la ternura y la caricia. Globalizar las preguntas de los niños, para que la tierra, a veces pacha mamá y a veces infante niña dolida y golpeada por el color de la sangre, quiera ser niña y pacha mamá partera de la abundancia y la primavera. Globalizar la oportunidad de consultar a los niños qué quieren jugar, con qué quieren jugar y dónde quieren jugar. Que no exista un solo aviso en ningún lugar del mundo, por lejano que sea, anunciando el perverso prohibido jugar. De seguro los niños ya globalizaron la alegría inexplicable, la paciencia, el amor sin cuenta de cobro, su visión del juego como el renacimiento de toda fiesta humana.

Los niños, con nosotros, en lo que de niño nos queda, tienen la fuerza y la inteligencia para reinventar el mundo, la ciudad, la escuela, la familia. Nada podrá contener tan bellamente, lo tristemente perdido, como el juego. Claro que necesitamos superar desde las metas del milenio el hambre y el sida, pero superados sin el juego estaremos reproduciendo la amenaza. El juego es la prevención natural de todas las enfermedades, que en este siglo surgen por el estrés y el desamparo. El juego será también, por estas rutas, el garante de nuevas grandes economías.

Desde el juego y en la primera hora del alba los niños nos llevan el sol a la cama. Ciudades del juego, musicalidad que seduce el regreso de los pájaros y la frescura del paisaje. La contaminación auditiva de las ciudades del mundo podrá cambiar por las sinfonías de los niños tatuando las calles, las plazas, los recintos, las iglesias, las prisiones. La contaminación del aire demanda de la política altos niveles de decisión profunda y no procedimientos de alto rendimiento trivial-publicitario. Y mucho cuidado, pobladores del mundo, contaminadas están la palabra y la pregunta, el silencio y la mirada, la vecindad y las distancias, el amor y el desamor, el poder y la autocracia.

Como metáfora mayor, el juego es la prevención de todas las guerras por venir, las del agua y las de la soledad y quizá la más trágica de todas: la guerra por encontrar al otro, a los otros, para poder sobrevivir-vivir-pervivir con el juego y nada más que con el juego. 

                                                     Un doblez para ti,

                                                     Un doblez para él,

                                                     Un doblez para todos,

                                                     Un barquito de papel.

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Edición No. 200