«Cuando nada concuerda», de Eduardo Escobar
De Eduardo Escobar he visto algunas fotos y quizás dos videos, entre los cuales uno en el que responde a ciertas preguntas de Gloria Valencia de Castaño. Maravillas de internet que pretenden suplantar la presencia pura, para decirlo de algún modo. Maravilla, insisto, ya que es por ese medio que he conocido al Eduardo Escobar de carne y hueso; aunque virtual para mí, pues resido en un país muy lejano de su San Francisco cundinamarqués. Pues bien, esa presencia se me impone ahora con todo su peso, metido como estoy en su Cuando nada concuerda. Placer de lectura.
Si he comenzado con esta confesión intimista es porque las reflexiones que siguen pueden adolecer del desconocimiento global del autor y de su obra. Que el lector sea magnánimo, entonces, así como su autor, a quienes ofrezco aquí esta serie de fragmentos descosidos que intentan cohesionar lo que la lectura del libro me despierta.
Primero el título, enigmático y transparente a la vez. Cuando nada concuerda no quiere decir quizás otra cosa que lo que la frase sugiere. El fondo que subtiende los artículos que lo componen dejan ver algo así como un desacuerdo fundamental entre el lenguaje y las cosas, entre realidad e interpretación, entre tema propuesto y análisis correspondiente. Todo ello como una manera de sugerirnos que la realidad es mucho más rica y compleja de lo que a veces la suponemos ser. La muerte de Dios es harto más de lo que esa frase dice. El Patas no se reduce a un espantapájaro con cuernos, y las obras de Kafka, Nabokov, Flaubert, Thomas Bernhardt, Celine, Bashevis Singer y otros no se agotarán nunca en el entramado crítico que elaboremos a partir de ellas. Eduardo Escobar nos regala así en sus diversos textos un rico enmarañamiento de puntos de vista a partir de un autor, de una sentencia famosa o de esos objetos fantasmáticos, y reales a la vez, que conforman el vasto espacio de la literatura universal. Nada concuerda, pues, de hecho, porque todo desborda sus propios límites, posee inumerables capas y recovecos. Nada es sencillo ni unívoco a primera vista. Ni a una segunda o tercera tampoco.
Pero, ¿y si nada concuerda significara lo contrario? ¿Si la nada del título apuntara sibilinamente a esa Nada simbólica que representó el Nadaísmo? ¿Si así nos estuviera diciendo que ese Nadaísmo iconoclasta y revoltoso concuerda con lo que se propone, es decir, con la crítica ejercida a lo largo de las páginas del libro? Nadaísmo revivido que se empeña en desmenuzar el objeto tratado, desenmarañándolo a punta de tesón. La referencias al Nadaísmo en cuanto movimiento son innumerables en el cuerpo del libro; algunas reveladoras, casi impúdicas, pero, por lo general, poco autosatisfechas, aunque en lo esencial positivas. Y con toda razón. Eduardo Escobar no reniega de lo hecho, pero no cae al mismo tiempo en la sola complacencia. La nada del Nadaísmo concuerda y nos da análisis certeros y casi sabihondos. Pero siempre escépticos y desencantados. Lúcidos.
Eduardo Escobar no es ya el nadaísta inserto en un grupo provocador y vanguardista. Ahora es uno de sus herederos, continuador de su visión irreverente y ácida. Si esa es una de las consecuencias de tal movimiento, viejo ya de unas décadas, pues debemos alegrarnos, nosotros coetános, de tener entre nuestras filas a seres de esta talla. Independientes y despiertos. Se equivocaron aquellos que en esa época se arrancaban los cabellos escandalizados por el atrevimiento de esos jovenes apologistas de la nada, y que, agoreros, predecían su decadencia. El nihilismo fue fructífero, sin duda, y en muy alto grado. Para la muestra: el autor de este libro, y el libro mismo, al que aquí intento, torpemente, de acercarme.
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La escritura que impregna el libro se deja leer en voz alta. Es un estilo musical, diría, algo arrollador, que resuena a través de sus frases bien cinceladas. Combinación de períodos cortos y largos (algunos hacen 11 líneas) que dan un ritmo que seduce al lector, que lo cercan. Es un estilo asimismo que sabe emplear la palabra justa y la palabra rara. Se aconseja leerlo con un diccionario al lado.
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La erudicion, ahora. Ella es también arrolladora, pero nada profesoral, pesada e insistente. Todo lo contrario. Eduardo Escobar se mueve por entre la biblioteca del mundo con una facilidad desconcertante, y todo ello sin una sola nota a pie de página. Ligero, danzarín, aunque bien cargado de libros. Es una erudición precisa, que aclara una idea, que la profundiza, sin ser exhibicionista. Cuando nada concuerda es así un homenaje a la lectura, a la buena lectura, a la recogedora de perlas entre la maraña de frases y algas. No es pues de extrañarse que el análisis de los temas, autores y libros propuestos esté marcado por la idea inédita y la mirada atinada. Pues leer bien es desentrañar.
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Uno de los platos fuertes del libro se titula La pregunta de Dios. Podría decirse que en él Eduardo Escobar regresa, con una nueva carga, a su pasado de seminarista. Ahora es un demoledor y un desencantado, vuelvo a repetir, sin cesar de ser un tanto respetuoso del Espectro de los Espectros, como lo llama con una cierta familiaridad distanciante. En ese texto el autor nos indica que no basta con proclamar la muerte del Gran Fantasma, pues éste se inmiscuye y desliza por entre todos los intersticios. Nuestra cultura, nuestros resabios y reflejos chapotean en la salsa pegajosa que alimenta al Dios mayúsculo e intimidante. Tal vez Dios somos nosotros mismos, afirma en él en un momento. Juicio acertado, de sonoridad feuerbachiana, que subraya la existencia altamente simbólica del Máximo Espectro, para no decir Máximo Líder. El prudente « tal vez » del inicio de la sentencia es una ejercicio de moderación retórica : quiero creer.
Páginas más adelante la misma idea se adapta esta vez al Diablo : « Quizás el Diablo somos nosotros mismos cuando nos proponemos hacer el Mal y cuando nos proponemos hacer el Bien que con frecuencia resulta tan mal ». Por esa vía el autor hace gala, como en otros de sus capítulos, de una más de sus visiones penetrantes que desentraña las ilusiones de la ideología nutrida en las buenas intenciones. En ese contexto el autor cita al primer Máximo Gorki —antes de que por miedo al tirano y amor al privilegio sucumbiera más tarde al encanto de Stalin—, crítico de los bolcheviques que masacraron a los funcionarios del zar [y al zar y a toda su familia, agrego] en nombre de la dicha futura de las masas y del Reino de la Tierra. Masacre que no se detuvo en esa ilustre familia, como hoy lo sabemos. Todavía se polemiza a propósito del número de víctimas de ese enorme crimen de masas ; cantidad harto superior, no hay que olvidarlo, al que la historia le acredita a los designios de Hitler. Ahora bien, esa apreciación del autor es tanto más valiosa, en cuanto ella responde a una critica distanciadora de su propio pasado de militante de una idea en cuanto ilusionado político. Como tantos otros, por lo demás. Entre ellos, el que aquí garabatea estas letras.
El solo bemol que podría anotársele a ese análisis percutante sobre el Dios magnificado, consiste en recordar que el arco de punto y el arbotante no son metáforas totalmente apropiadas para apuntalar la peculiar existencia de Dios. Esos dos elementos arquitectónicos, a los que Eduardo Escobar recurre, son verificables a cualquier dedo interrogador. No así Dios, quien no deja de ser precisamente un Gran Espectro, es decir, un ente situado en otras esferas distintas al simple sentido táctil. Su existencia es de otra naturaleza, a pesar de que el Gran Mayúsculo desempeña, en ciertos espíritus, funciones similares a la de esos dos arcos sostenedores.
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Termino estas notas manifestando mi sorpresa al constatar que Eduardo Escobar le atribuye a Jorge Luis Borges las características propias a la obra de García Márquez: ser decorativa, ligera y con tendencias a escandalizar. Por mi lado, entre ambos escritores mi preferencia se inclina, sin ninguna vacilación nacionalista, del lado del argentino. Al menos en sus libros y poemas no cesamos de encontrar materia por mascar, para no decir rumiar. Caso opuesto al del ilustre compatriota y premio Nobel. En éste todo se diluye en la maestría de la lengua. El relato, la historia evacúa el resto. Nada más queda. Y sobre todo: ni el más mínimo rasgo de un pensar.
Recuerdo, para concluir, que en cuestiones de gusto nadie es rey.
Lausana, enero de 2014