Rubén Sierra, en diálogo
El primer ensayo filosófico que escribí, dice Rubén Sierra en Tarea inconclusa (2004:81), “está dedicado al estudio de la idea de hombre en José Eusebio Caro”. Como obligado a dar explicación, añade que no es el único que ha dedicado a las ideas en Colombia pues en los últimos años el pensamiento colombiano ha sido tema central de su interés como docente y como escritor. Esto pese a que los filósofos en Colombia piensan que así “traiciona(n) la actitud propia de una disciplina que se mueve en sus investigaciones en un nivel abstracto…” (La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas, 2008:16).
En ese primer ensayo de Rubén se perfila ya una actitud que lo caracteriza: independencia en el pensamiento, agudeza para la crítica, amor a la polémica y al debate de lo político en Colombia. Justamente su más reciente publicación es una compilación de textos de filósofos sobre aspectos de la crisis colombiana (La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas, 2008). Rubén considera que si bien pensar una crisis trae riesgos y no es un tema estrictamente filosófico ni académico, vale la pena examinar temas que desbordan la comunidad de filósofos y son de interés en la opinión pública. Le surgen entonces preguntas sobre ¿cómo hacer para que el trabajo filosófico no sea de interés sólo de la comunidad de filósofos?, o ¿cómo incidir en la opinión pública y cómo hacer que teorías filosóficas se conviertan en parte de la visión del mundo de quienes comparten una misma cultura? (Ibíd.: 14 y 17).

Miremos cómo ha sido el trayecto particular de la conformación de Rubén Sierra a partir de preguntarle por el campo filosófico al que entró en 1958. Recorro los pocos metros que me separan de su casa y le propongo trabajar con esta pregunta. Mientras saborea un wiski, como lo suele hacer en las largas discusiones con sus amigos, me dice con más auto ironía que pomposidad: “Entré a hacer filosofía durante el primer año del Frente Nacional. La Nacional era entonces una universidad con un personal académico consecuente con una ideología [conservadora] más que con calidad académica. Pero comenzaron a regresar de Europa profesores nuevos, después de una estancia de estudios y refugio de la situación que se vivía en Colombia: Rafael Carrillo y Danilo Cruz Vélez. Danilo asumió un seminario en la Nacional durante dos años y era un profesor extraordinario, llevaba la clase bien preparada y era un gran expositor. Por entonces ya había llegado a la Universidad Nacional Jaime Jaramillo Uribe con quien entré en contacto, pues en ese momento la carrera de filosofía tenía dos años en común con quienes después optaban por literatura e historia. También le reconocíamos valor por sus clases de literatura española a José Pratt, refugiado español. La Facultad de Filosofía se había creado en 1946, pero por las condiciones de la dictadura conservadora apenas se estaba formando cuando entré. Los estudios se centraban en la cultura griega y el pensamiento moderno: Descartes, Kant, Hegel. De los contemporáneos, se destacaba Heidegger, quien era la figura más descollante de la filosofía en ese momento. Teníamos cuatro años de griego y latín, y tuve la fortuna de tener como profesor a Juozas Zaranka y me hice desde entonces muy amigo de él. Llegamos a leer Antígona en griego. Terminábamos con los estudios de métrica. El, estudio de otros filósofos, lo hacíamos extra clases; estudié mucho a Sartre, quien no existía para el currículo e incluso había cierto repudio hacia él de los profesores… pero los jóvenes, Jorge Orlando Melo, Germán Rubiano, Germán Colmenares, lo leíamos”.
Rubén escucha mis preguntas desde su sillón, rodeado de sus libros – una biblioteca con más de 8.000 volúmenes seleccionada con esmero – de su envidiable colección de cine y música, cerca de la escultura de Nijole Sivicas y pinturas de Samudio. Le pregunto entonces ¿Cómo llegó a filosofía y a la UN desde la provincia?: “Salamina, de donde soy, es un pueblo de lectores. Nos prestábamos los libros y había un amigo sastre, un viejo que recuerdo con mucho cariño, porque además de leer vorazmente, era un exquisito bebedor de aguardiente. Los estudios de filosofía en el bachillerato se reducían a demostrar, silogísticamente, que Sócrates está muerto porque era mortal. Y para esto, pensaba, no se necesita saber filosofía, pero yo leía mucho. Encontré en la biblioteca de mi casa un libro de García Morente que nadie me recomendó, Lecciones preliminares de la filosofía, que era una compilación de sus clases. Él era un refugiado español en Argentina; ese fue mi primer contacto con la filosofía.
¿Cómo veía esto su familia?, le interrogo: “Mi papá no puso objeción. Él era un hombre de fincas, sobretodo cafeteras y de ganado. Él compraba muchos libros y había en mi casa una biblioteca relativamente grande. Una vez un primo materno le preguntó por qué compraba tanto libro si no los leía. Dijo, ‘mire, tengo trece hijos, espero que alguno se aficione a la lectura’. En una ocasión, como él viajaba con frecuencia a Bogotá y a Manizales, me preguntó qué libro quería. Los Hermanos Karamazov, le dije. Me llevó las obras completas de Dostoievski. Naturalmente perdí ese año [en el colegio] pues me dediqué a Dostoievski”. “Fui a Medellín a terminar el bachillerato, interno en el Liceo de la Universidad Bolivariana. Naturalmente, no resistí el encierro y regresé a Salamina a terminarlo, pero decidí venir a Bogotá. Tenía el magnetismo de la gran ciudad, y coincidió con que una hermana ya casada se vino a Bogotá. No había sino dos universidades: La Javeriana y La Nacional, y yo no resistía a los curas. ¡Quería tener acceso a la cultura con libertad! Por eso viene la Facultad de Filosofía y Letras de la Nacional”.
¿Cómo se desenvolvió en ese campo y cuáles sus influencias principales?, indago: “Mi interés inicial fue la antropología filosófica sobre la que escribí varios artículos dedicados a figuras (Max Scheler y Francisco Romero) que escribieron directamente sobre el tema, o a pensadores que abordaron aspectos que me permitieron elaborarlos para ofrecer una visión coherente acerca del problema del hombre, como Aristóteles y José Eusebio Caro. Comencé de estudiante por escribir reseñas de libros filosóficos en la Revista Ideas y Valores, aunque ya había escrito algo (sin mucho valor) en La Patria en Manizales. Por algunas reseñas, los autores se molestaron: un jesuita, Jaime Vélez Correa quien había escrito un folleto sobre la filosofía en Colombia y también porque critiqué a Jaime Gaitán Durán porque figuraba como filósofo. He sido así, [como criticón] desde estudiante y no me he amansado!”. “Luego fundamos con G. Colmenares y J. O. Melo la revista Esquemas, de la que salieron cinco números”.
“Viajé a Alemania apenas terminé estudios, en 1962, con el ánimo de quedarme en Heilderberg (no recuerdo el motivo de esa decisión) y la conocí antes de viajar a Munich. El Instituto Goethe me envió a un pueblito a estudiar alemán, desde donde viajaba todos los sábados a Munich a visitar museos y a ir a conciertos. Me atrajo Munich como un imán y dije, me quedo aquí. Entré a la pinacoteca y lo primero que veo es Van Gogh, luego Rubens. La ciudad tenía una maravilla de programación musical. Me quedé tres años. Cuando entré a la Universidad de Munich, no tenía en mente un título y uno tomaba los cursos de manera libre. Me inscribí en cursos sobre pensadores que tenían que ver con el existencialismo, y en alguna ocasión asistí, sin inscribirme, a uno de filosofía analítica. Debo advertirle que esta filosofía no era el fuerte de la Universidad de Munich. Lo hice porque yo ya había leído en Bogotá dos textos que me produjeron mucha curiosidad: el Tractatus de Wittgenstein, que había publicado la Revista de Occidente, y el célebre artículo de Carnap, “La superación de la metafísica por medio del análisis del lenguaje”, que publicó la Universidad Autónoma de México.
Para mis estudios de antropología filosófica, además de E. Cassirer y Max Scheler, sentí mucha atracción por Malinowski y Taylor; después por Lévi-Strauss. Aproveché mucho el texto de L. Bolk, sobre hominización (traducido torpemente por humanización) del hombre en mis cursos que dicté después en al Universidad de Caldas y luego en la Nacional. También me dediqué a ver arte; tuve mi primer contacto directo con la ópera, fue con Tosca. En casa, mi papá no escuchaba música, compraba música clásica y ópera como compraba libros. El Boletín de la Radio Nacional lo recibía en Salamina y fue para mí una gran orientación en mi afición a la música”.
¿Cómo forjó una producción, a partir de qué inquietudes, atravesada por qué circunstancias vitales? le pregunto: “Regresé de Alemania y viajé enseguida a Salamina a pasar vacaciones de diciembre. Fue cuando recibí la llamada, si no me acuerdo mal, de José Fernando Ocampo, quien era decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Caldas, de si quería ser profesor allí. Estuve dos años y medio, me gustó Manizales, pero no daba lo que quería. Por entonces escribí mi primer artículo sobre la idea de hombre de José Eusebio Caro, pues como dije, siempre me interesó el pensamiento colombiano (Boletín Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango y luego en Ensayos filosóficos, 1978). Al poco tiempo me fui a filosofía en la Universidad del Valle, durante un semestre. Luego se dio que necesitaban un profesor en la Nacional, así que entré en 1969, con un ambiente muy distinto del que había conocido. Ya estaban claramente separadas las áreas de filosofía, literatura e historia, ahora en la Facultad de Ciencias Humanas. El curso de lógica clásica que tomé Alfred Trendal me hizo interesarme por esta disciplina que había rechazado en mis estudios de bachillerato. Fuera de algunas notas de clase para estudiantes, nunca he escrito sobre lógica.
Me sirvieron las clases de antropología filosófica para escribir algunos ensayos que fueron recogidos (no todos) en el libro Ensayos filosóficos (1978). Después hubo un cambio de pensum en la carrera y Ramón Pérez, quien era el director del Departamento de Filosofía, me pidió asumir la cátedra de positivismo lógico. Eso me sirvió para abandonar la antropología filosófica y profundizar en analítica. Cuando empecé a trabajar, en pregrado y en postgrado, en filosofía analítica, escribí sobre el tema. Algunos de esos artículos se publicaron en el libro Apreciación de la filosofía analítica (1987), editado por la Universidad Nacional”.
“Sucedió que en 1971 tenía un cargo administrativo; renuncié y dije que no estaba de acuerdo con el rector Luis Duque Gómez. Era el gobierno de Misael Pastrana Borrero. Duque Gómez me destituyó. Dijo incluso en la prensa que me había destituido por estar en desacuerdo, lo que le valió muchas críticas. Fueron dos años. Tenía entonces una hija y tuve que trabajar en cinco partes distintas: en las universidades de Los Andes, Externado, Distrital, Gran Colombia, Libre. Dicté cinco cursos distintos en tres universidades. Trabajaba hasta las 10 p.m. También trabajé durante el día como corrector de estilo en Antares. ¡Estudiaba en los cafés para ver cómo un curso de epistemología servía para filosofía del derecho! En 1975, por insistencia de Ramón Pérez Matilla, me reintegraron a la Universidad Nacional y estuve hasta 1992, cuando me jubilé. En 1977 presenté la propuesta de crear los postgrados de filosofía y en mayo de 1978 se abrió la maestría y quedó aprobado el doctorado, sujeto a los resultados de la maestría. Pero fue tal la oposición al doctorado dentro del propio Departamento, que tuvo que llegar otra generación para ponerlo en marcha. En ese mismo año, junto con Luis Enrique Orozco, Guillermo Hoyos y Magdalena Holguín, se creó la sociedad de filósofos, con fines académicos”.
Rubén Sierra ha tenido un interés particular en lo que él llama el problema de la rigidez del lenguaje con que se tratan los problemas que se quieren llevar a una lector ajeno a los filósofos (La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas, 2008, pp. 17). Por eso no son raros sus compromisos primero con la dirección de la Biblioteca Nacional y luego en la dirección de la Revista Gaceta de COLCULTURA (1989-1992). En la Biblioteca, dice Rubén, se logró que se asegurara la conservación de la memoria biográfica y hemerográfica del país: que se dedicara sólo para un usuario especializado, cosa bastante polémica. “Habría que observar que una biblioteca nacional, además de prestar servicios de información a lectores profesionales, tiene también una tarea similar a la de museo, o sea la conservación del patrimonio bibliográfico de un país. Como el archivo conserva memoria documental. Así fue la adquisición de libros que hice, dirigida a libros de y sobre Colombia. En esa época no escribí, pero en las horas muertas hice el trabajo de recolección de escritos de Carlos Arturo Torres, que me había sugerido Rafael Gutiérrez Girardot (Carlos Arturo Torres. Obras. 2 tomos, 2001 y 2002). A Carlos Arturo Torres lo marginaron los liberales porque se opuso a la guerra de los Mil Días y dijeron que los había traicionado. En un artículo posterior a la publicación de las obras de Torres, titulado “El intelectual frente a la guerra” desarrollé la idea (otros dirían la hipótesis) de que Idola Fiori es una versión sistemática del pensamiento de Torres de que la guerra civil es una idea antiliberal, antidemocrática, que termina generando caudillos, tan enemigos de la libertad como aquellos contra quienes hicieron la guerra. Para sostener esa opinión argumenté apoyándome en los artículos de prensa que escribió Torres tanto en La crónica como en El nuevo Tiempo, periódicos suyos dedicados a combatir como liberal al liberalismo que propuso e hizo la Guerra de los Mil Días. Ese fue mi refugio intelectual del trabajo administrativo”.
“No creo en la llamada filosofía latinoamericana. Critiqué eso en el artículo “Lo propio y lo extraño” donde sostengo que para hacer filosofía latinoamericana basta con hacer buena filosofía, pero sin negar que el filósofo nuestro debe pensar problemas propios de nuestra realidad. Con lo que estoy en desacuerdo es con el embeleco de Enrique Dussel. Pero sí me interesa el pensamiento colombiano. Por eso coordino desde el año 2000 la Cátedra de Pensamiento Colombiano en el Departamento de Filosofía. Allí no se hace historia sino que se trabaja con historia. “Pensar con la historia” es un concepto de Carl R. Schorske que se refiere a la utilización del “material del pasado” así como al empleo “de las configuraciones en las que lo organizamos y comprendemos”, “para orientarnos en el presente en que vivimos”. En la Cátedra de Pensamiento Colombiano se toma un tema desde distintas perspectivas y disciplinas, Ya hemos hecho tres libros: Miguel Antonio Caro y la cultura de su época, El radicalismo colombiano del siglo XIX y La república liberal: política y cultura (este último en prensa). Estarían también los dos libros, también colectivos, sobre la crisis colombiana. Ahora trabajo sobre Bolívar, sobre las pretensiones del conservatismo colombiano de fundarse en ideas bolivarianas. También dicto un curso en la Universidad Nacional de pensamiento colombiano del siglo XIX a partir de tres preguntas ¿Qué somos?, ¿Cómo gobernarnos? Y ¿Que ciudadano queremos?”.
Son tres preguntas, que siguen en la mente de los colombianos del común. Preguntas que permiten conectar las abstracciones de la filosofía con las preocupaciones de las personas corrientes. Perry Anderson (1995) nos recuerda que si bien Max Weber insiste en que el científico y el político se diferencian en sus fines y en sus medios, también el propio Weber nos enseña que la clave de ambas vocaciones es la combinación de una intensa pasión con una férrea disciplina. Pasión y disciplina están entreveradas en Rubén en Sierra. Las posturas de Rubén me llevan a la afirmación de Edward Said en las conferencias Reith en 1993: un intelectual es algo más que un trabajador especializado. Un intelectual es un trabajador del conocimiento especializado, pero es alguien que tiene un papel público específico en la sociedad, que no es un simple profesional sin rostro. Está dotado de una capacidad para representar, para encarnar una actitud, una opinión para y a favor de un público, sin tratar de contentar a su auditorio. Y Said añade algunas características que, digan si no, parecen escritas para Sierra: el intelectual así visto suscita perplejidad en su auditorio, incluso puede ser antipático; es un rebelde y también es un testigo, con más auto ironía que pomposidad (Said, 2007:30-31).
Referencias citadas
Anderson, Perry. 1995. Campos de batalla. Bogotá: Tercer Mundo Editores.
Said, Edgard.2007. Representaciones del intelectual. Barcelona: Random House Mondadori S. A.
Sierra Mejía, Rubén (ed.). 2008. La crisis colombiana. Reflexiones filosóficas. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia- Facultad de Ciencias Humanas
———————- 2004. “Tarea inconclusa” en Camacho Álvaro (comp.).Artesanos y disciplinas. Hacer ciencias humanas en Colombia. Bogotá: Universidad de Los Andes, Facultad de Ciencias Sociales, CESO, pp. 73- 87.
———————– (Presentación, prólogo y notas). 2001 y 2002. Carlos Arturo Torrres. Obras. Tomos I y II. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.
Sierra-Mejía, R. & Gómez- Müller , A. (eds.). 2002. La filosofía y la crisis colombiana. Bogotá: Taurus- Universidad Nacional de Colombia.