Cargando sitio

Rulfo, García-Ponce y Octavio Paz

I. Las mañas del zorro

He devorado la primera biografía exhaustiva sobre Juan Rulfo. Se llama: Juan Rulfo. Las mañas del zorro (Espasa, 2003), y ha sido escrita por la argentina Reina Roffé.

La figura misteriosa de Rulfo se va develando poco a poco, rozando con acierto aspectos tan polémicos de su personalidad como su tendencia a ser mentiroso, a falsificarse a sí mismo, lo que lleva a su autora a decir con ironía que las mentiras de Rulfo debían ser interpretadas mejor como “las metamorfosis de la verdad”.
De igual manera su silencio creativo después de publicar Pedro Páramo, con sólo 38 años de edad. ¿Por qué Rulfo no volvió a escribir? La Roffé menciona y sustenta varias hipótesis: el temor a escribir otro libro que no tuviera la calidad literaria de El Llano en llamas y de Pedro Páramo; su adicción por el alcohol; su inseguridad como escritor e intelectual; o simplemente que lo que tenía que decir estaba en esos únicos dos libros. De todas estas hipótesis la primera parece ser la más aceptada por su autora, de ahí el titulo del libro “Las mañas del zorro”, que da cuenta de un episodio en una feria del libro de Buenos Aires, cuando fueron invitados Rulfo, Arreola y Monterroso.

A la pregunta de siempre, de porqué no había vuelto a publicar, Rulfo tomó un ejemplar del libro de Monterroso La oveja negra y otras fábulas, y leyó un cuento titulado El zorro escritor. Allí Monterroso cuenta la historia de un zorro que escribió dos buenos libros y cuando la gente le preguntaba por el nuevo libro, él contestaba que su astucia de zorro le permitía ver las intenciones de la gentes, las cuales deseaban que el zorro publicara otro libro para que se volviera un mal escritor.

Parece ser que ahí estuvo el punto sicológico más frágil en la personalidad de Rulfo, que lo bloqueó para seguir escribiendo, o mejor, para publicar lo escrito. Él tenía la idea paranoica, aunque es cierto que los paranoicos también tienen enemigos verdaderos, de que el mundillo intelectual de México no lo quería, e incluso que lo odiaban. De allí su ironía con personajes como Octavio Paz, en especial, y su tendencia a sentir que ellos querían que volviera a publicar para agredirlo y despedazarlo.

La Roffé sustenta que en realidad eso no fue así, y que el prestigio y el reconocimiento a la figura de Rulfo fue muy grande y auténtico en México. Sinembargo, algo de razón debió tener Rulfo, pues no se necesita vivir en México, o en Colombia, o en cualquier otro lugar del planeta, para saber que el mundo de los escritores y de los intelectuales es un mundillo mezquino de envidias explícitas o soterradas, en donde la antropofagia simbólica y las vanidades alborotadas pululan cuando algún escritor logra cuajar una verdadera obra literaria. Me imagino la envidia ante un Rulfo apocado, que no se sabía expresar en público, pobretón, borracho, pero con esa joya inmortal, de menos de 150 páginas, que es Pedro Páramo.

Ahora bien, lo que también queda claro es que independiente de las razones que tuvo para no volver a publicar, él si sufrió el resto de la vida por su impotencia ante la escritura misma. De ahí que es errado ubicar a Rulfo dentro del “síndrome de Rimbaud” o el “síndrome de Bartleby” como lo hizo Vila Matas en su buena novela Bartleby y Compañia. No, Rulfo al contrario de Rimbaud que renunció a escribir por decepción absoluta hacia la literatura, o de Bartleby, el personaje del cuento de Melville, que prefirió “no hacerlo”, sufrió por no seguir escribiendo, o por considerar que sus escritos posteriores nunca estuvieron a la altura de su obra anterior y, por tanto, no merecían ser publicados.

Más bien Rulfo podría ser ubicado en el “síndrome de Sísifo”. Alguien que comenzaba un cuento o una novela y luego de trabajarle durante mucho tiempo rompía lo escrito y comenzaba de nuevo. Éste Sísifo no cargaba la piedra del mito original, sino el olor de las miles de hojas escritas quemadas en el fuego, y la profunda melancolía de un hombre para quien su vida era escribir y sentía que había extraviado su talento narrativo. 

Los amigos del escritor (Giardinelli, Arreola, Alatorre, Campbell), entrevistados por Roffé, confirman su tristeza, su autocrítica despiadada, su masoquismo al quitarle todo el valor a sus escritos posteriores a Pedro Páramo. Sinembargo, creo que debió ir tranquilizándose con el tiempo, al ver la dimensión mítica de su novela, inagotable en sus significados y símbolos, recorrida cada vez más por millones de lectores de todo el mundo, pero, a la vez,  intacta en su misterio como los grandes clásicos del pensamiento humano.

Será en otra oportunidad que me referiré a una relectura de Pedro Páramo, que más que una versión del purgatorio cristiano de Occidente, tan bien estudiado por Le Goff en su Nacimiento del purgatorio, creo que es una versión de uno de los infiernos aztecas, ubicado también en esta tierra. Es decir, la cartografía de Comala en buena parte pertenece a la tradición precolombina y a la creencia híbrida en las ánimas, que son el resultado de una combinación del catolicismo popular español y la teogonía azteca y maya. De alguna manera este hombre de Jalisco, huraño, ensimismado, terminó siendo el arquetipo de un Sócrates literario, que enseñó más con sus silencios que con sus palabras.

II. Vagabundo del lenguaje

El escritor mexicano Juan García-Ponce recibió el importante premio literario Juan Rulfo, versión 2001, por su extensa y valiosa obra que abarca los géneros de la dramaturgia, el ensayo, el cuento, la crítica de arte y la novela. Ha publicado más de cuarenta libros en sus 69 años de vida, y en todos ellos se revela el significado de su literatura: la escritura inventa la realidad vivida, porque el recuerdo que tenemos del pasado siempre lo alteramos con la imaginación.

De allí su intento de comprender ese acto ambivalente de escribir para olvidar lo que somos y recordar lo que nunca fuimos, por eso el arte no debe parecerse a la vida, sino “la vida al arte”. Gran conocedor de autores como Borges, Musil, Klossowski, ha logrado ensayos donde muestra como “el absoluto jamás se alcanza” y, por ello, estos escritores utilizan las palabras para exorcizar la “imposibilidad” de saber quiénes somos o qué somos.

En su monumental novela Crónica de la intervención, que supera las mil páginas, lleva esta búsqueda desesperada al campo de las relaciones eróticas: las transgresiones del cuerpo son una forma de pretender encontrarnos a través de la desnudez del otro, sólo existimos cuando los ojos enamorados, o apasionados, del otro nos inventa como seres reales y oscuros objetos de deseo.

La dificultad de amar radica en la imposibilidad de conocernos más allá de la superficie del cuerpo y de la imagen del rostro, pues siempre hay algo que se nos escapa, ese “noúmeno” kantiano que se esconde tras la máscara del “fenómeno” de nuestra apariencia.

El erotismo y el problema de la identidad se unen en García-Ponce para hacer de sus ensayos, y sus novelas, una unidad de lenguaje donde la pornografía y la teología son parte de una misma búsqueda de sentido existencial. Si Dios ha muerto sólo es posible encontrar lo sagrado en el erotismo de los cuerpos desnudos, el espíritu habla a través de los susurros del orgasmo del amado.

Desde hace varios años García-Ponce sufre de una esclerosis lateral amiotrófica, igual que el físico Hawking, y su voz y su cuerpo están paralizados casi por completo, pero su mente sigue igual de lúcida y de vagabunda. Lo imagino ahora en su silla de ruedas (adaptada a un computador especial para que los movimientos en clave morse de sus párpados se conviertan en palabras e ideas), recordando sus mujeres y sus lecturas, sus obsesiones por la relación entre el cuerpo y el alma, su erudición enciclopédica y su profunda vocación de escritor, comparable a la de sus compatriotas Octavio Paz y Alfonso Reyes.

Por último, en un ensayo sobre Junger, García-Ponce expresó algo que hoy se le puede aplicar a él mismo: “El escritor contemporáneo es un proscrito, alguien que no acepta el mundo en el que le ha tocado vivir y se retira a los impenetrables bosques del lenguaje”. El premio Juan Rulfo fue un justo reconocimiento a un escritor de minorías que nunca logró con sus obras los tirajes de “best seller”, pero que ha merecido el respeto y la admiración de todos aquellos que aman la literatura auténtica, esa que se construye con la eternidad de las ideas y no con las efímeras modas del mercado y la publicidad.

III. Para releer

Ahora me doy cuenta de que mi texto no iba a ninguna parte,
salvo al encuentro de sí mismo. Advierto también que las repeticiones
son metáforas y que las reiteraciones son analogías: un sistema de espejos
que poco a poco han ido revelando otro texto.
Octavio Paz. El Mono Gramático.
La obra de Octavio Paz vista en su totalidad, parece ser una enciclopedia de saberes diversos, donde confluyen todos los géneros literarios (poesía, ensayo, cuento, drama, novela -en parte así puede ser leído también el Mono gramático-, crónica, biografía, autobiografía, estampas costumbristas, crítica de arte, periodismo cultural), las disciplinas intelectuales (filosofía, antropología, sociología, historia, poética, politología, filología, lingüística, semiótica, sexologia, teoría de las ideas, teoría literaria, filosofía de la religión, mitología), y las diversas culturas humanas (europea, hispanoamericana, latinoamérica, norteamericana, precolombina y mexicana).

Cualquier texto de Paz permite, desde una lectura dirigida y especializada, una profundización que descubre cómo detrás de cada palabra e idea habitan continentes de sabiduría temática.

Sinembargo, siendo válidas y fundamentales las aproximaciones disciplinarias y verticales al universo paciano, creo que también es esencial abordar este universo desde una perspectiva transversal, donde se nos deben olvidar, incluso, las clasificaciones enciclopédicas antes mencionadas y más bien penetrar en una obra unitaria: esa única página de catorce tomos que escribió Octavio Paz, que no tiene solución de continuidad ni compartimientos aislados entre sí.

La obra de Paz se asemeja simbólicamente a la imagen de la rueda taoísta: un centro vacío, múltiples radios paralelos que unen el vacío interno y el círculo exterior y un movimiento veloz que funde, en un instante, las partes de la rueda en un único punto que flota en el aire. Aquí la rueda está hecha de silabas, palabras, frases, espacios en blanco y flota en el silencio. Su movimiento es circular y, por ello, el mismo Paz insiste en que recordemos los vasos comunicantes de su creación y reflexión, la casa de espejos que son sus textos, las correspondencias secretas entre la escritura, el cosmos y los cuerpos.

Propongo, entonces, una relectura de la obra completa de Paz que parte de los siguientes preceptos conceptuales:

1- Ejercicio del pensamiento analógico, que permita descubrir nexos de sentido transversal entre los diferentes textos de Paz. Es decir, planteo una “epistemología transversal” que al igual como se viene haciendo con la obra de Borges, logre desplazamientos epistemológicos de un área a otra, sin detenerse en las barreras artificiales de la intersdisciplinariedad y la transdisciplinariedad.

De ahí que la obligatoria traducción de términos disciplinares, se cambia por una transmutación contextual de significados que no requieren traducción terminológica. Hasta cierto punto la obra de Paz se concibe, en este sentido, como la metáfora de Wittgenstein: la obra es la tierra y cada semilla (idea) sembrada en distintas partes crece de forma diferente, pero, a la vez, es el mismo tipo de semilla.

La epistemología transversal toma, por ejemplo, la semilla “búsqueda del presente” de Paz y la sigue en sus procesos simultáneos de crecimiento en distintos campos (culturas, géneros, disciplinas) de la tierra (obra). La “Búsqueda del presente” es una misma semilla creciendo de una forma en su poesía, de otra forma en su ensayística política o sociológica, en sus textos de poética, etc. De esta manera se puede establecer una pintura transversal en donde las distintas imágenes de la semilla “búsqueda del presente” forman un nuevo cuadro, otro rostro constituido por la totalidad de los textos-frutos germinados.

2- Concibo la obra de Paz en tres planos imbricados y simultáneos: Mapa, camino y cuerpo. Los mapas dan las claves de su filosofía, en donde los caminos revelan su simbología poética y los cuerpos fragmentados — cual esqueleto de su universo — poseen, en el fondo, la posibilidad de ser unidos en un único cuerpo y armar así el rompecabezas de la “estética y la naturaleza” humana que está esparcida en la obra paciana.

De los cuerpos que están en su ensayo sobre Sade, a los cuerpos y no-cuerpos de la conjunción del tantrismo hindú y el budismo tibetano; de la disyunción cristiana protestante entre cuerpo y no-cuerpo, de la afirmación mexicana y latinoamericana de que “somos nuestro cuerpo” del laberinto de la soledad, del cuerpo erótico de la llama doble al cuerpo místico de Sor Juana Inés de la Cruz; del cuerpo despedazado por el rito sacrificial azteca, al cuerpo de palabras de la amada deletreada por el poeta en todos sus poemas, se vislumbra en el universo de Paz una nueva encarnación del mito de Osiris y de Orfeo con su cuerpo despedazado y su extraña relación con la propuesta de que la poesía es “la otra voz”. Unión del plano del cuerpo y del plano del mapa. Orfeo, la voz de la poesía, sólo puede volver a decir y mostrar si su cuerpo fragmentado en pedazos dispersos vuelve a ser unido. La “otra voz” que Paz anuncia como el único antídoto contra el mercado y la técnica, depende de la reunificación de los cuerpos fragmentados por los discursos etnológicos, antropológicos, filosóficos y, sobre todo, tecno-científicos.

Pero la “otra voz” que requiere la reunión de los cuerpos sólo se puede comprender desde el mito y el símbolo. Unión, entonces, de los tres planos: el mapa, el cuerpo y los caminos simbólicos. Aparece la denuncia de Paz en voz alta: Ya no tenemos cuerpo, porque ya no tenemos mito, o mejor, porque olvidamos los mitos que expresan los símbolos que nos constituyen como humanos hijos de la modernidad. Recuperar los símbolos que viven debajo de nuestra piel es volver a oír la “otra voz” de la poesía y reinventarnos como cuerpo único, metáfora del universo, modelo del arquetipo no-humano.

3- ¿Desde dónde habla Octavio Paz?, ¿Quién es el que habla cuando él escribe? Este no es un problema planteado desde la erudición o la tradición clásica. Encontramos en autores como Goethe, Mann, Eliot, tantas lecturas y universos como los de Paz o los de Borges. Sinembargo, en Goethe o en Eliot se nota desde donde hablan y se sabe cuando hablan: desde el centro de Weimar, desde una calle de Londres, en el siglo XVIII y a principios del XX.

Es decir, la universalidad de sus obras tienen claros acentos europeos. Admiran a lo otro, pero no son lo otro. Y aquí está un aspecto clave, y diferencial, en la lectura de la obra de Paz: su obra parece pertenecer a un autor fuera del tiempo-espacio y sin sangre racial o monocultural. Paz habla de México, de China, de la India, de Europa, de los Estados Unidos, de las civilizaciones extinguidas maya o tibetana, con un tono proveniente de “un lugar que no existe”, de un tiempo simultáneo donde pasado y futuro están expresados en el eterno presente del poema.

De ahí su clave epistemológica: por una filosofía del presente, por una poética del instante, por el poema que es “La Casa de la presencia” donde poesía e historia se entremezclan. Por esa lectura-escritura de la experiencia humana que en Paz ya no parece poseer las diferencias de raza, religión, cultura, sino la “reconciliación” de la totalidad de lo “humano” en un único y eterno “presente”. Ese “tiempo carnal, tiempo mortal” que Paz propone al final de Conjunciones y disyunciones, como un territorio que no es prohibido ni inalcanzable, pero que requerirá para ser revelado de una alianza entre poesía y rebelión. Rebelión que es revolución y que para Paz significa una transformación de la naturaleza humana. Si Octavio Paz no habla y escribe desde un lugar específico, una cultura única y un tiempo encarnado en la historia, su obra representa un nuevo pensamiento sin categorías conocidas y recuerda la profecía de Vasconcelos: lo latinoamericano llegará a ser la “raza cósmica”, el hibridaje o mestizaje cultural de donde se fundará otra sociedad humana.

Pero para esta caracterización expuesta Octavio Paz no está solo, pues también la encontramos en otros autores contemporáneros como Borges, aunque Alfonso Reyes, Pedro Henriquez-Ureña, Baldomero Sanín-Cano, entre otros, son sus principales precursores. De ahí esa invitación de Paz a pensar desde lo latinoamericano sin dejar de ser universal y a ser universal sin desconocer lo latinoamericano como otra parte de lo universal.

Compartir:
 
Edición No. 148