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NOTAS: La paz en Colombia, Temas que hacen pensar (reseña), Festival de poesía de Medellín, La lumbre inmóvil (reseña), En memoria de H.J. Jaramillo, Nos escriben…, Hemos recibido

Preparándonos para la paz en Colombia (por: José Ignacio Nieto S., Ph.D., profesor/investigador, jubilado, en la Universidad de Montreal). Ante todo quiero felicitar a Carlos-Enrique Ruiz con motivo de los cincuenta años de la revista Aleph y además agradecerle la oportunidad que me ha brindado de expresar mis opiniones sobre el tema Ciencia y Humanismo, el cual me parece sabiamente escogido para celebrar estos cincuenta años de esa revista de cultura, única en nuestro país, que con tanto fervor y éxito él la ha estado dirigiendo.

Pensando que con ese tema se nos invita a poder expresar nuestras opiniones sobre cómo, por ejemplo, puede contribuir la ciencia a que vivamos de acuerdo con grandes ideales humanísticos como son, por ejemplo, los de paz, justicia, libertad quisiera precisar que para mí ciencia en este caso representa la búsqueda de verdades a fin de distinguirla de la tecnociencia, la cual hoy en día está muy presente en casi todas las actividades humanas y representa, para bien o para mal, todo un poder que se puede utilizar con fines económicos o políticos.

Creo que si se quiere sinceramente promover esos ideales humanísticos hay que preguntarse, por ejemplo, si es posible vivir en fraternidad cuando muchos viven en la pobreza, y a veces en condiciones indignas, mientras unos pocos  controlan con su excesivo poder económico la vida política de un país y, por consiguiente, limitan las aspiraciones sociales del sector pobre de la población. Esa pregunta conduce a otra más general en el terreno social, la cual es si es posible gozar de libertad si no hay igualdad, naturalmente de derechos, y creo que ahí la igualdad es fundamental.

Preguntas de este tipo incomodan a cierta gente, pero uno tiene  que hacérselas. Nunca olvido una anécdota que acostumbraba contar Dom Helder Camara, obispo de Recife, en Brasil, quien, en la época de la llamada guerra fría, decía « Si le doy de comer a los pobres me llaman un santo, pero si pregunto porqué son pobres entonces me tildan de comunista «     

Creo que para poder vivir en paz, ya sea en nuestro país o en todo el mundo, hay que estar como vacunado contra el fanatismo y creo que la mejor manera de lograrlo es mediante una educación formativa que estimule la curiosidad  y la  discusión de las ideas, cosa que debería promoverse por lo menos en la universidades como lo ha estado haciendo Carlos-Enrique con la cátedra Aleph en la sede de Manizales de la Universidad Nacional de Colombia y con su libro »Educación y humanismo en la vida universitaria » , magnífico testimonio de su labor en ese campo.

Creo firmemente que para que la educación pueda promover en forma efectiva la paz y la convivencia ella tiene que ser formativa y estimule tanto la curiosidad como la discusión. En ese tipo de educación puede jugar un papel muy importante la llamada Matemática Pura, la cual es para mí una de las más bellas creaciones del genio humano y cuya contribución a la Informática ha sido fundamental. Con la Matemática, y ahí incluyo a la Lógica, aprendemos a razonar, a hacer demostraciones y el conocimiento que ella nos ofrece de múltiples paradojas lógicas son de un enorme valor cultural. Por ejemplo, toda persona  que haya pasado por una escuela debería haber aprendido que hay preguntas que no se pueden contestar ni con un sí ni con un no. Ella además nos enseña que muchas veces es más fácil resolver un problema particular si se le formula en una forma más general, precisamente porque así uno ve la esencia del problema. Algo semejante sucede en el campo social : por ejemplo, es más fácil y mejor enseñarle a la gente a pescar que darle cada vez un pescado.

Creo que lograda la tan anhelada paz en nuestro país el estado colombiano debería hacer todo lo necesario en materia de educación para que haya más justicia social. Por un lado tratando de cerrar esa brecha que existe actualmente entre la educación pública y la privada, producto de esa otra brecha social que le da a los hijos de familias de mejores recursos económicos la ventaja de poder tener acceso a una mejor educación en colegios privados. Por otro lado el estado debería darle mucha mayor importancia a la educación formativa, no sólo para ayudar a curar heridas dejadas por la violencia y el sectarismo político, sino también para combatir ese gran mal nuestro que es la corrupción. Para lograr esto se necesitan espíritus críticos que vigilen a nuestros gobernantes.

Sin esa vigilancia ciudadana nuestros gobernantes abusarán del poder e impondrán la incompetencia y la corrupción, situación que uno puede constatar en esas regiones abandonadas y subdesarrolladas del país, las cuales representan esa otra Colombia desconocida por muchas personas que viven en sus grandes ciudades. Con la corrupción arriesgamos de perderlo todo, desde los dineros públicos hasta nuestra libertad, ya que la corrupción permite que unos pocos adquieran un tremendo poder político y económico. Esto nos muestra que el precio de la libertad es una permanente vigilancia.   

El estado colombiano tendrá, pues, que formar profesores mejor calificados no sólo en ciencias sino también en la enseñanza de idiomas, entre otros la del inglés para abrirnos más al mundo, como también en la enseñanza de la historia y la geografía tanto humana como física de nuestro país a fin de conocerlo mejor y poder quererlo más. Así tendríamos “Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma”, como escribiera García Márquez en su bello artículo “Por un país al alcance de los niños”.

Gran parte de mi vida la he vivido en Montreal, ciudad canadiense en la cual no sólo conviven dos culturas, la francesa y la inglesa, sino además las que representan todos esos inmigrantes que viven aquí y que la hacen una ciudad verdaderamente cosmopolita. Esa convivencia no ha sido fácil, a veces ha habido fricciones culturales, sobre todo lingüísticas, y polémicas relacionadas con la laicidad del estado, las cuales han surgido debido a la presencia de múltiples confesiones religiosas, pero gracias a una gran labor educativa hecha a través de foros de discusión públicos muy bien organizados sobre temas en litigio Montreal nos da a los colombianos un interesante ejemplo de convivencia ciudadana del cual podemos aprender mucho, no sólo para darle buenos cimientos a la paz que buscamos sino también para mejorar las condiciones de vida actuales de la gente proponiendo foros, previamente bien preparados, sobre temas de interés general, como son los de la salud, la educación, etc.

En Mompós, mi ciudad natal (también conocida como Mompox) he propuesto tales foros, hasta ahora en vano, pues, por desgracia es víctima de la corrupción electoral y, por consiguiente, de la incompetencia. Eso ¡duele! 

 “Temas que hacen pensar” (por: Heriberto Santacruz-Ibarra; profesor jubilado de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Caldas). Es el título del más reciente de los libros del doctor Jorge Mora–Caldas (Ed. Graficolor, Pasto 2016; ISBN: 978-958-46-8140-9; 476 pp.), ilustre ciudadano y escritor nariñense. A diferencia de los temas especializados sobre cuestiones jurídicas, económicas, históricas, biográficas, autobiográficas que constituyen los núcleos de su ya abundante producción intelectual, en éste nos encontramos frente a una compilación de ideas y de temas intemporales.
Existen numerosas y disímiles compilaciones de frases célebres –a las que gracias a internet se pueden consultar con facilidad– que condensan en pocas palabras una gran sabiduría. ¿Es Temas que hacen pensar una más de tales compilaciones? No. Puesto que se trata de un trabajo en principio impensado y comenzado desde la más temprana juventud del autor.
Desde los primeros contactos de la vida del autor con los libros, adoptó la costumbre de ir pegando sobre folios de papel –que hoy llamamos “reciclable”–papelitos en los que escribía ideas que llamaban su atención, fragmentos de discursos de oradores, de políticos, de obras de los escritores que fueron construyendo su forma, tanto de pensar, como de sentir y de actuar en su vida pública y privada, es decir, su personalidad. Ideas y temas que suscitan variantes propias de su pensamiento, aportes que matizan, que amplían, que explican, que contextualizan. Por todo esto no se trata de una más de las compilaciones –de por sí interesantes– de frases célebres.

El libro está compuesto de nueve capítulos. Frases que inspiran el aspecto ético y estético del ser humano, que ocupa más de la mitad del volumen. Los capítulos dos y tres concentran la atención en ideas de carácter político, tanto de pensadores colombianos como extranjeros, con énfasis particular en la idea republicana (no populista) de “patria”. Los capítulos cuatro, cinco, seis y siete los dedica a refranes, poemas, coplas y dichos populares humorísticos. En los capítulos ocho y nueve se reproducen cartas y mensajes valorativos de obras anteriores a ésta, así como las referencias agradecidas de la Universidad de Nariño y de otras instituciones de nuestro Departamento a las que generosamente donó el autor buena parte de su voluminosa biblioteca.

Se trata de un libro que conviene tener a mano en la mesita de noche, que se puede leer en desorden y abrirlo en cualquier página. Siempre se encontrará un “tema para pensar”, sin que importe mucho, a la hora de la verdad, quién lo haya propuesto. Claro está que la información sobre el autor, cuando la hay, puede suscitar en el lector la curiosidad por saber más acerca de ese tema o de ese pensamiento y, en consecuencia, ahondar y ampliar las lecturas de tal autor, lo que ocurre especialmente en los capítulos II y III, Jorge Mora–Caldas compila ideas fragmentos y anotaciones de personajes y conductores de la vida política, tanto de nuestro país como de otros países.

Aunque la mayoría de capítulos tienen una cierta unidad temática, fundamentalmente hablan de virtudes o de valores, es decir, de guías, tanto para la acción como para la interacción humanas, lo que equivale a decir, tanto para la vida moral como para la vida política de los seres humanos.

Temas para pensar admite por lo menos dos niveles de lectura. El primero, que corresponde al campo político, se refiere a temas como el del amor, el del trabajo, el del valor de la mujer, con énfasis particular en el de la madre; el valor del tiempo, el de la voluntad, el de la sinceridad, el de la verdad, el del conocimiento, el del valor de los libros, el de la importancia de la educación, el de la amistad y cientos más de virtudes o de valores que Aristóteles no alcanzó  a pormenorizar en su tablas de virtudes de sus libros sobre ética.

Un segundo nivel de lectura nos remite a los valores o virtudes que han configurado la sicología y la personalidad del autor del libro, en consonancia, por supuesto, con los planteamientos, valores y virtudes de sus queridos autores que a lo largo de su intensa vida han llenado sus horas de estudio y han modelado su quehacer, tanto en su vida pública como en su vida privada.

Para ilustrar lo que acabo de decir, transcribo solamente dos de los temas suscritos por el autor de este libro, los que corresponden a los números 2 y 732.

El primero de ellos dice: El hombre no vive para sí solo sino para el bien de los demás, con deberes por cumplir para ese cometido, trabajando en la tribu o en el campo; en la montaña, en los ríos y en el mar; en el telar o la fragua, haciendo el trueque, asociándose, enfrentando imponderables y siempre superándose en la odisea de la vida.

El segundo dice: Superarse, trabajar y servir, ¡he ahí un programa para la vida!

Estas dos ideas nos dan una clave para comprender el hilo conductor del libro, aunque también para acercarnos al enfoque que denominé “segundo nivel de lectura”. Las dos ideas no necesariamente tienen que ir juntas, aunque en este caso sí lo están. Me explico.

Lo que Jorge Mora-Caldas ha hecho durante toda su vida no es otra cosa que realizar ese programa al que nos exhorta: Superarse, trabajar y servir. Bastante haríamos para vivir en paz si cada uno nos dedicáramos a realizar ese proyecto, sin mayores pretensiones, con lo que alcanzaríamos una vida buena. Mas, en el caso del autor, su vida pública estuvo enmarcada por la idea que nos transmite en el primero de los temas señalado, que se refiere no solamente al desarrollo de la vida del individuo, sino también a la dimensión política del ser social, dedicado no solo a no hacer daño, sino también a promover el bien común.

Para finalizar este breve comentario no sobra decir, por una parte, que los capítulos están separados por fotografías que, en sí mismas, son otros tantos temas para pensar, y, por otra, resaltar que, como en ocasiones anteriores, la dispendiosa elaboración de este libro ha estado acompañada del trabajo editorial intuitivo de la esposa del autor, Merceditas Santacruz.

No cabe duda de que estamos frente a otro de los importantes aportes de Jorge Mora–Caldas, a la altura de sus 91 años, al acervo cultural nariñense.

El “26 Festival Internacional de Poesía de Medellín, 2016” (por: Graciela Maturo). No es poca cosa consignar que en Medellín, entre los días 18 y 25 del mes de junio del presente año de 2016, convergieron   alrededor de 180 poetas de todo el mundo  convocados por Fernando Rendón y un equipo de colaboradores, para el acto significativo y heroico de leer poesía.  En tiempos tan inestables para el mundo, y en un país que se ha caracterizado por la violencia durante  por lo menos 70 años – justamente en esos días se firmó, coincidentemente, el comienzo de un convenio de paz entre el Gobierno y las  fuerzas rebeldes instaladas desde hace muchos años en el país-   hombres y mujeres de todos los continentes se reunían para leer, decir o cantar su  poesía. Dos celebraciones fueron convocantes: la profundización de los ritos de Eleusis, que fueron  desplegados en eruditas lecciones por el estudioso Carl Ruck,  como  una de las claves del proceso cultural de Occidente, y el homenaje a Jean-Arthur Rimbaud, el poeta de las Iluminaciones, quien  guió a los poetas posteriores a su breve vida  hacia un espinoso camino: hacerse videntes. En ambos casos se estaba más allá o más acá de la “literatura” y los procesos estéticos;  se trataba de promover cambios profundos que tenderían a crear  modificaciones en la conciencia de los hombres y cambios culturales aún  hoy  pendientes.

Esta atmósfera planeaba sobre el Festival, con  el sostén de cursos, proyecciones, documentales, actos públicos que se extendían a otras ciudades, y al menos dos tipos de actividades conexas: el proyecto Gulliver, volcado a la formación de niños en esta dirección, y el proyecto Gaia, tendiente a instalar una conciencia del cuidado ecológico del mundo que habitamos.

Todos conocemos la difusión e importancia  alcanzada en la actualidad por la palabra poética, que a su vez es objeto de la mayor manipulación política en todo el planeta.  Es posible que también este Festival sea utilizado, pero siempre habrá un  margen que escape a esa pretensión.  Es importante constatar que el  Festival, llegado a su versión Vigésimo Sexta, se interesó por las relaciones entre vida espiritual, filosofía y poesía. En esa dirección transcurrieron los cursos ofrecidos durante tres días por los dos argentinos que fuimos invitados: Hugo Mujica y quien suscribe estas líneas.  Con nuestros matices y diferencias propias, ambos sustentamos una idea espiritual sobre el lenguaje y la poesía,  y difundimos el enfoque heideggeriano que relaciona  a los filósofos-poetas presocráticos con la poesía de Hölderlin y los poetas del último siglo.

En cuanto a las lecturas, numerosas y variadas, de poesía, nos  fue posible constatar las enormes diferencias que separan actualmente a la poesía europea de la aportada por poetas de otros continentes. Africanos, asiáticos y algunos latino-americanos llevaron adelante un mensaje videncial y salvífico, ligado a la confianza en la palabra y en el canto; de hecho los poetas africanos cantaban sus poemas,  poniendo en evidencia una actitud originaria, próxima a la revelación y la comunión musical. Entre los europeos prevalecía, en tanto- sin que esto sea un juicio de valor o una negación- un aire de fin de mundo, signado por el escepticismo y el vacío.  Nos impresionó, entre otros actos, el presidido por  una poeta danesa, que consistía en mostrar un mundo de juguetes mecánicos, acompañados por voces inconexas;  el acto culminó cuando esos juguetes fueron puestos a funcionar simultáneamente: era  una imagen innegable del mundo actual mecanizado, sin comentario alguno.
 

“La lumbre inmóvil” de Oreste Donadío (por: María-Dolores Jaramillo; profesora titular, jubilada, de la Universidad Nacional de Colombia). Oreste Donadío, pintor, poeta y grabador,  acaba de publicar un bello libro de poesía titulado La lumbre inmóvil. Lo conforman versos de intimidad adolorida. Confesiones, pintura y poesía. Recuerdos desgarrados y ensoñaciones azules que persiguen al poeta hasta grabarse y esculpirse en los versos.  Ilumina las heridas de la infancia, los deseos del cuerpo, o los recuerdos de  familia que persisten, se evocan y  exorcizan en palabras.   

El  sugerente título  habla de la luz que proyectan los recuerdos. De la memoria que   encienden  los versos. Y la pintura de la carátula, del mismo autor,  armada de  retazos, geometrías,  señales y signos en azul y gris,  hace contrapunto con los tonos y las pinceladas poéticas  del libro. 

Se iluminan   recuerdos heridos. A veces, ecos de otros poetas  convocan las breves formas del recuerdo: fragmentos, imágenes fugaces,  trozos, y momentos. Los versos de T.S. Eliot,  Juan de la Cruz, Luis Cernuda, Horacio Benavides, o Giovanni Quessep se entrelazan  en composiciones  mixtas de recuerdos vividos o leídos. Soñados o deseados. Una imagen  abre o cierra un recuerdo breve  y adolorido o un círculo feliz. El poeta pinta, recupera, ilumina y fija en el poema. Y el verso  inmoviliza sombras y resplandores, y transforma las heridas y deseos en lenguaje.

Siete secciones de recuerdos recobrados componen el libro, guiadas por un pensamiento, una imagen, o una pequeña y temblorosa certeza. Cierra el poemario  «La fiesta de los derrotados», que cifra el desencanto  y la amargura de una intimidad desgarrada.    Pero a su vez convoca  «la lumbre inmóvil» de la esperanza, la dulzura de » venideras  músicas gestadas en la sombra», y los acordes  del corazón.

Es un libro de cuidadosa calidad poética, singulares asociaciones, unidad de contrarios, y eficaz  adjetivación. Llama la atención del lector  la auténtica y  espontánea sensibilidad que se expresa a través de un lenguaje metafórico y sugestivo, para hablarnos  de «noches consteladas, parques de infancia, follajes relucientes,  latidos de mar,  un mantel acribillado por la discordia,  viajes de lejanía,  infancia sin raíces,  violación silenciosa,   casa vacía, u orillas inalcanzables» . Después de  «Los invisibles pájaros del alma»  (Beca de creación en poesía 2010), y En las arenas del mundo (Premio Nacional de poesía Ciudad de Bogotá 2011),  Oreste Donadío nos ofrece un nuevo, entrañable y conmovedor testimonio poético: 

«Cierra  los ojos frente al mar,

escucha como el viento labra el jade,

escucha su retórica de sal,

ensimismado verbo de espuma despeñándose,

y olvida lo que sabes, olvida lo demás.»

        (El árbol y la nube, la flor y el ave, sección III)

 

«Si tu no vienes se perderán los siglos

que presagiaron este encuentro,

la danza de los planetas y la tierra

gestando nuestra carne enamorada.

Y de pronto, al vislumbrar en esa esquina

el palpitar de tu cuerpo

sé que ha llegado a la ciudad desierta,

a este cuerpo sediento, una salvaje primavera.»

        (Llamas de una misma sed, sección V)

 

En memoria del escritor Héctor-Juan Jaramillo (por: Jaime-Eduardo Jaramillo J.; profesor titular, jubilado, de la Universidad Nacional de Colombia). Héctor Juan quiso ser un filósofo, no sólo desde sus vastas lecturas sino en varios aspectos de su vida. Así, nunca buscó honores y reconocimientos, ser famoso o tener muchos bienes materiales. No obstante, en diversas etapas de su existencia él tuvo una reconocida influencia intelectual y ética en sectores de amigos y sobre estudiantes y muchas personas interesadas en los menesteres culturales.

En los años 60, Héctor Juan fue uno de los principales animadores y orientadores de la revista Siglo 20 en Manizales, en la cual participaron también Jaime Echeverri, el papá de Andrea, Humberto de la Calle, el actual Negociador de paz (con quien Héctor Juan compartió la dirección de este órgano cultural, en 1965), Hernando Salazar Patiño, quien leyó el discurso de homenaje a Rubén Sierra en Salamina, así como otros inquietos universitarios de la época. Esta importante revista: pluralista, tolerante y vanguardista, abierta a corrientes de las artes y las letras de todo el mundo (de la cual se ha pensado hacer una antología), tuvo una notable influencia en la modernización y apertura intelectual y cultural de Manizales y Caldas en la época.

Héctor Juan ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Javeriana y estuvo allí entre 1963 y 1964. Néstor Gutiérrez, condiscípulo suyo en aquellos años, me ha comentado que era reconocido por su excéntrico corbatín, su elegancia y su pulcritud, y también por su cultura y brillantez intelectual. Asimismo,  evoca de Héctor-Juan que muchas veces llegaba tarde a clase, porque se trasnochaba leyendo a sus autores favoritos. Entre sus condiscípulos y amigos, que aún lo recuerdan, estaba Daniel Samper-Pizano (quien afectuosamente lo apodaba “El paisa”, Hernando Gómez-Buendía, director de Razón Pública una de las más influyentes revistas digitales en Colombia y Juan-Camilo Restrepo. Cuando este último viajó a Manizales, como Ministro de Hacienda en los 90, les comentó a sus acompañantes que sólo iba a hacer una pausa en su apretada agenda, para visitar a un condiscípulo suyo que admiraba y estimaba. Así, Restrepo estuvo en el apartamento de Palermo conversando amablemente con mamá y Héctor Juan.           

Después de una nueva e intensa estadía en Bogotá, a comienzos de los años 70, Héctor Juan regresó a Manizales y, como todos ustedes saben, vivió en un relativo encierro en la inolvidable casa de La Castellana. Su mayor alegría era compartir y conversar con los familiares que llegaban a visitar a papá y mamá o iban de paso para Salamina. Pero, tal como lo expresa el bello artículo de Orlando Mejía Rivera, en esos años algunas personas, que no eran familiares suyos, también lo visitaban. Me consta que su nombre y su figura – para muchos un tanto misteriosa y elusiva – eran en cierto sentido míticas en Manizales, para muchos estudiantes universitarios y entre personas que trabajaban en el periodismo, la universidad y las artes. Lo reconocían (aunque muchos no lo conocían personalmente), por su amplísima cultura, su deliberado aislamiento de la vida social, sus reflexiones inconformes, profundas y personales, su modo de ser, distante pero amable, y su esfuerzo para entregar lo mejor de sí en las conversaciones con quienes lo visitaban.

En los años 90, Héctor Juan recobró una cierta vida social y, de este modo, dirigió un inolvidable Taller, en la Casa de poesía Fernando Mejía en Manizales. Desde allí, con su particular y efectivo método pedagógico (que pude conocer), contribuyó a la formación de una nueva generación de poetas en Caldas que hoy son muy reconocidos, como Carlos Mario Uribe, director del Festival de Poesía de Manizales y Juanita Echeverri (un amor “platónico” suyo, en sus últimos años), a quien Carmen María y Rosita encontraron este fin de semana en Villa de Leiva, justamente impartiendo un Taller de Poesía.

La antología de textos ensayísticos, literarios y poéticos de Héctor Juan, que también contiene semblanzas de diversas personas sobre su vida y su obra, la cual editamos sus hermanos (como expresión de una petición suya, realizada en sus últimos días), ha circulado en Manizales y entre amigos y gente joven en Bogotá, a quienes  les interesan sus textos cortos, eruditos e incitantes. Me consta que este libro es hoy en día un referente significativo para un sector de jóvenes vinculados a las actividades culturales en Manizales.

Como lo expresa Mejía Rivera, la  independencia y honradez intelectuales de Héctor Juan, su deseo de aportar a los otros sus conocimientos y experiencias, su desdén del “qué dirán”, eran rasgos inconfundibles de su personalidad que aún hoy muchos recuerdan.
Los afectuosos intercambios de correos entre miembros de la familia, a partir del artículo aparecido en La Patria, constituyen una ocasión para rememorar la profunda huella que dejó Héctor Juan entre un círculo de personas más amplio del que conocíamos, y para visibilizar, del mismo modo, rasgos muy positivos de su personalidad, tal vez  opacados por su encierro y por otros aspectos de su idiosincrasia y de su vida.

Nos escriben…Mi querido Maestro Carlos-Enrique:/  ¿Cómo pudiste hacer oídos sordos ante la estupidez colombiana que de salida descalifica una aventura del pensamiento como la que has llevado a feliz puerto durante tantos años, sin titubear, sin rendirte? Y sobre todo en ese silencio de los honestos que prefieren la modestia para no dejar de interrogarse interrogando la realidad. Al lado se han derrumbado las falsas profecías, se han deshecho los paraísos prometidos y con toda seguridad has perdido a muchos a quienes creíste amigos, compañeros de fatiga. Spinoza conservó el abrigo apuñaleado para no dejar de recordar que la tarea del espíritu se hace a solas./ Mi admiración siempre, extendida a Livia.  Darío Ruiz-Gómez, [escritor]  (Medellín, 22 de abril de 2016)

“Apreciado maestro Carlos-Enrique:/ …. Te leí en ‘La Patria’ hace 8 días y te escuché en la noche en la Cadena Caracol, en el programa de lectura, platicando sobre Aleph. Te reitero mis felicitaciones por esa obra titánica y emblemática de la cultura. Comparto tus apreciaciones sobre el rector José-Félix Patiño, el ilustre y Rector Magnífico en la Sede UN-Manizales, Alfonso Carvajal-Escobar, y tus aproximaciones alrededor de nuestro Humberto de La Calle./ Un afectuoso abrazo a ti  y a la maestra Livia.” Jorge Raad-Aljure (Manizales, 17.IX.2016)

 “Le escribo para felicitarlo a usted, a su señora esposa y a la revista Aleph por todos los reconocimientos recibidos en estos últimos días./ Ustedes son faros de la cultura de nuestro territorio y de nuestro país./ ¡Felicitaciones! y que sean muchísimos más./ Pd: Excelente el programa radial del domingo en caracol.”  Germán-Eduardo Gómez U. (Bogotá, 13.IX.2016)

“Estimado Carlos-Enrique:/ Recibí la amable invitación de Alberto Jaramillo para asistir a la ceremonia de aniversario de la SCIA. Hubiera querido estar allí para saludarte y felicitarte por los éxitos de Aleph./ Me alegra igualmente el reconocimiento que se te ha hecho por parte de la Universidad Nacional, nuestra Universidad./  Como dice nuestro común amigo Augusto-León Restrepo media centuria dedicados a la cultura y a la buena redacción es digna de reconocer./ Espero verte pronto, estimado Carlos-Enrique, para darte un efusivo abrazo de felicitación personal./ Tu amigo y alumno de siempre./  Germán Cardona-Gutiérrez (Bogotá, 08.IX.2016)

“Estimado y admirado Carlos-Enrique:/ Me uno al homenaje ofrecido a la Revista Aleph con motivo de llegar a 50 años de ininterrumpida presencia en la cultura./ Un abrazo a Livia/ Con aprecio.” José-Fernando Isaza (Bogotá, 03.IX.2016)

“Apreciado Carlos-Enrique:/ El video que nos compartes reitera el justo reconocimiento, en la región y en el país, a tu incansable obra como creador, editor, académico, administrador y gestor cultural./ Un abrazo” Jaime-Eduardo Jaramillo J. (Bogotá, 29.VIII.2016)
 

Hemos recibido… “Paisajes del espíritu – Ensayos de crítica de la cultura”, de Gerhard Masur, compilación y prólogo de Gonzalo Cataño; Ed. Academia Colombiana de Historia, Bogotá 2016. “El hombre que soñaba películas en blanco y negro”, novela de R.H. Moreno-Durán, Ed. Alfaguara, Bogotá 2016. “El hombre dormido y la bella de noche” (Singular y asombrosa experiencia humana), de Lyla-Piedad Velosa y César Junca; Ed. Impresol Ediciones, Bogotá 2016. “Universidad, política y cultura – La rectoría de Gerardo Molina en la Universidad Nacional de Colombia 1944-1948”, de Jaime-Eduardo Jaramillo J., Ed. UN, Bogotá 2007/08. “La sombrilla planetaria – Modernidad y postmodernidad en la cultura”, de Fernando Cruz-Kronfly, Ed. Sílaba Editores, Medellín 2016. “La palabra inicial – La mitología del poeta en la obra de Heidegger”, de Hugo Mujica, Ed. Sílaba Editores, Medellín 2016. “Su reverencia”, de Mauricio Jaramillo-Londoño, Ed. Taller de Edición Rocca S.A., Bogotá 2014. “Para conocer a García-Márquez”, de José-Miguel Alzate, Ed. Academia Caldense de Historia, Manizales 2015. “Temas que hacen pensar”, de Jorge Mora-Caldas, Ed. Graficolor, Pasto 2016. “Ciudad antes del alba – Antología poética”, de Eduardo Gómez, Ed. Universidad de los Andes, Bogotá 2015. “La vida cotidiana – Poemario”, de Eduardo Cote-Lamus, Ed. Universidad de los Andes, Bogotá 2015.

De José Félix Patiño-Restrepo: “María Callas – La Divina. Prima dona assoluta. La voz de oro del siglo XX”, cuarta edición, Ed. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá 2012; “Humanismo, medicina y ciencia”, Ed. UN, Bogotá 2011

Boletín de la Academia Colombiana de la Lengua, números 263-266 (2014), 267-268 (2015) y 269-270 (2015)Revista “Anales de la Literatura Chilena”, año 17, No. 25 (junio 2016), Ed. Universidad Católica de Chile. “Revista Casa de las Américas” No. 281 (“Letras e ideas de Uruguay”), La Habana, octubre/diciembre 2015; No. 282 (Sobre Rubén Darío, Gabriela Mistral, Ernesto Cardenal), enero/marzo 2016.

 

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Edición No. 179