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N O T A S

Guillermo Botero-Gutiérrez (1917-1999), escultor, a los 100 años de su nacimiento (por: Carlos-Enrique Ruiz).  El arte es una expresión consustancial a la vida en la Naturaleza, de múltiples e inesperadas manifestaciones. Desde los trazos ingenuos de los primitivos pobladores del planeta, hasta las más elaboradas formas en el plano y en el espacio, producto de la destreza en mirada y manos. También apreciamos expresiones naturales, producto de la evolución en todo lo que nos circunda, que podemos admirar como arte por su belleza, incluso por lo extraño en el modo de manifestarse.
El pasado 17 de abril se cumplió el centenario del nacimiento de Guillermo Botero-Gutiérrez, nuestro escultor y artista plástico mayor, una personalidad de recordar siempre, de historia asombrosa que relató en su autobiografía: “Y fue un día” (UN, 1997). Alumno-fundador de la Escuela de Bellas Artes de Manizales (1932), becado en 1941 por la gobernación del departamento de Caldas para continuar estudios en Chile. Durante veinte años permanece fuera de Colombia, con estudio y trabajo al lado de grandes maestros en la escultura. Lector atinado, con temprano afloramiento de la palabra sabia y poética, al lado de su oficio llevado en dedicación absoluta. Vive en Chile, Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay,… con labor en talleres de otros y montaje de los propios. Deja obra regada por esos lugares, y regresa a Colombia en 1961, radicándose en Manizales, con su taller y su trabajo incansable en creación y exploración de todo tipo de materiales. Estimó que estos tienen alma y con su trabajo descubría las maneras de manifestarse los sentimientos de aquellos.
 
                                                             Bocetos del escultor Guillermo Botero-Gutiérrez (1917-1999). Colección privada

Su primera esposa fue Emma Reyes, joven que acercó en Montevideo, con quien fue a dar a Caacupé, en el Paraguay, con la ambición de trabajar maderas del Chaco. La relación no duró mucho, se separaron por lo legal, y Emma se fue a París con una beca, saliendo de Buenos Aires, y despedida definitiva. Emma se hizo de profesión pintora y tuvo talleres en Roma, Tel-Aviv, París, con residencia definitiva en Burdeos. Otra historia.

Nuestro Botero hizo exposiciones de sus obras en varios países latinoamericanos y, por supuesto, en su propia tierra. Asumió conferencias con su fácil e ilustrada palabra, acerca de su obra y del arte que le apasionaba, con fuente en los clásicos de todos los tiempos, y con elocuencia en Buenos Aires y Montevideo. En la Universidad Nacional de Manizales hizo charla espléndida en los años 70s.

En Montevideo casó por segunda vez con la educadora Mirta Negreira-Lucas, e hicieron su casa-taller cerca al mar, a la cual regresaban, normalmente los dos, cada año, una vez instalados en Manizales. Bella, ilustrada y consagrada mujer, que fue su soporte fundamental. Botero se hizo a la finca de su padre, “La María”, en cercanías de la ciudad, de once hectáreas que supo aprovechar en cultivo del café, árboles maderables sembrados cuando fue niño, frutales, y aprovechamiento y control del agua, a tal punto que siendo tierra de pendientes no tuvo deslizamientos. Inteligencia práctica aprovechada en el beneficio de la tierra, su soporte económico principal, sin desprenderse de su condición de artista escultor.

Botero muere en 1999, y Mirta se va en definitiva a Montevideo, a la casa-taller, su refugio de los últimos años en cuasi-soledad, entre recuerdos tantos, con algunas obras del Maese que cuidaba con esmero, y en especial el “Profeta Elías” (1969) de su preferencia, talla en aguacatillo de 48 cms. de altura. Allí muere (2007). Y quedan gravitando en nosotros sensaciones de admiración y afecto, por ambos.

Concluyo este recuerdo haciendo llamado para restaurar las cerámicas de la Plaza de Bolívar, sobre el tema del 20 de Julio, en dos murales elaborados con técnica clásica antigua, artesanal en grado mayor, incluso con la fabricación por él de los esmaltes apropiados, en proceso de investigación-experimentación: “Preludio de lanzas llaneras” y “Vientos de libertad”. El descuido y la incivilidad las tienen maltrechas en alto grado. La Industria Licorera de Caldas, quien las financió, debería asumir la restauración, con apoyo técnico del Ministerio de Cultura, y la venia de Alcaldía y Gobernación./  Los dioses del Olimpo lo tengan a buen cuidado./  [Publicado en “La Patria”, domingo 14 de mayo de 2017;  p. 20]

 

Jesús Mejía-Ossa, vuela a la eternidad. A los casi 90 años muere en Medellín el Maestro de Maestros, D. Jesús Mejía-Ossa, en sus comienzos maestro rural, luego antropólogo cultural, investigador del folclor colombiano, educador en escuelas de arte y en universidades, de amplia obra en periódicos, revistas, libros. Su último trabajo, publicado en libro, fue un paralelo entre las pintoras Débora Arango y Frida Kahlo, “dos almas gemelas bajo el cielo de América” (Ed. Save, Medellín 2013). 

La Revista Aleph fue su casa, con artículos e indagaciones de primera mano sobre el saber en las comunidades indígenas, afro, mestizas… Amistad entrañable desplegaba a los cuatro vientos. 
Aquí dos videos que testimonian su personalidad, de grata comunicación, pedagogo sin restricciones, abierto a la comprensión de Colombia en sus regiones y del Mundo:
https://www.youtube.com/watch?v=–Q4Qr0ojtIhttps://www.youtube.com/watch?v=xDTa_xgF2dY

 

Reseña del libro “Cabos sueltos –  La lectura como pecado capital”; Medellín: Ed. EAFIT, 2017  (por: Maria-Dolores Jaramillo).  Cabos sueltos es un nuevo libro de ensayos recién horneado. Eduardo Escobar  presenta una reflexión lúcida sobre muchas lecturas esenciales y hace gala de  su amplio  conocimiento, ironía y delicioso humor. El libro lo compone un prólogo galante que invita a la lectura y sus múltiples beneficios, y dieciocho ensayos sobre los autores colombianos, más significativos, descuidados o polémicos, contrastados y acompañados de otros pares universales.

 

Es un ejercicio crítico y comparatista de cuidadosa selección que complementa el ciclo ensayístico de Cuando nada concuerda (2013), y ofrece  nuevas miradas de autores que  no estudiaron los nadaístas en su juventud. Cabos sueltos es un libro de posiciones decantadas, y magnífica escritura de  madurez.

El subtítulo  del libro refiere “La lectura como pecado capital”, y se desarrolla en el primer capítulo, del mismo nombre.  Afirma la lectura como el mayor y más arraigado de los vicios. El ensayo lo componen unas reflexiones de alta conciencia sobre el vicio lector. Elogia la lectura como compañera inseparable y su poderosa y vital  concupiscencia.  “Vicio primordial”. Vicio impostergable. Vicio sin equivalente. “Vicio excluyente”. Vicio insaciable. Práctica alucinatoria. Espacio de rebusque. Ejercicio de  persecución de la luz. Búsqueda interminable. Perdición y repetición constante. Y “un oficio que jamás termina” de recolectar, sembrar y cosechar emociones, dudas e insatisfacciones…

El capítulo 6 sobre “Autores aplazados” es  muy interesante.  Hace un recorrido crítico de los poetas colombianos oficiales y  el escritor regresa a sus primeras lecturas y relata cómo los fue encontrando: Guillermo Valencia, Julio Flórez,  Epifanio Mejía, Silva o Jorge Isaacs. Incluye en esta revisión un   amplio reconocimiento de  la escritura de Tomás Carrasquilla. Destaca su importancia. Su completa vigencia. Su interés y valor literario. Su vitalidad y talento. Su penetración en lo humano. Señala sus «acrobacias», lo “festivo y lo cómico». Y   Carrasquilla,  juguetón, gracioso y carnavalesco, recupera su justo lugar al lado del  gran poeta, León  de Greiff.

Es un capítulo fundamental de reflexión y análisis. Un recorrido crítico con singular claridad y fuerza. Los argumentos brillan. Y se hacen esenciales e imbatibles. Hay páginas gloriosas por la abundante risa que suscitan. Por las deliciosas burlas y pullas que acompañan el afinado pensamiento.

El capítulo 7 titulado “El síndrome de Siracusa en Fernando González”, es muy bello. Posiblemente uno de los  mejores ensayos del libro. Un capítulo absolutamente necesario. Porque lo que  dice no existe quien lo pueda decir. Porque insiste en explicar, aclarar, hacer justicia y recuperar el honor…que es una muy noble y necesaria tarea en la cual muy pocos están empeñados. Porque la comprensión de cada acto y movimiento le ofrece al lector la credibilidad en la coherencia y el sentido común del escritor y filósofo envigadeño. Porque la lectura de la historia, la escritura, el pensamiento y la vida del escritor de Otraparte permite unas relaciones y explicaciones que no se obtienen sin cruzar y acercar tan  numerosos elementos históricos, biográficos, y literarios. Un conocimiento directo, de primera mano, e información verificada.

Eduardo Escobar hace una semblanza bella, justa y generosa. Es un texto lleno de asombro y poesía. Dice muchas cosas nuevas  sobre Fernando González. Más claras. Mejor explicadas, como la egoencia. La amencia. El remordimiento de haber obrado bien. La admiración por la energía vital de Mussolini o  Juan Vicente Gómez. Señala su coherencia y también sus contradicciones. Su ingenio. Sus debates entre la duda y la fe. El sacrificio del deseo sexual por el privilegio del conocimiento.

Defiende a Fernando González como filósofo. Su alta  capacidad reflexiva, interrogativa y analítica, como calidades inseparables del pensador. Un hombre que se pregunta por sí mismo…que quiso descifrarse…comprenderse…Y conocerse a sí mismo…filosofa. La búsqueda del conocimiento de sí mismo es esencial en la investigación filosófica de Fernando González. Este ensayo nos ayuda a pensar que  los nuevos filósofos, desde Montaigne en adelante,  son igualmente fragmentarios, breves, y aforísticos, sin por eso dejar de ser filósofos.

El ensayo dibuja un  muy afectuoso retrato  para varias lecturas. Es un capítulo extraordinario por la fidelidad de los recuerdos, por la cercanía   auténtica, la sintonía esencial entre dos intimidades,  por la claridad y pertinencia de   las explicaciones, por el conocimiento profundo y cuidadoso de la obra y los estudios críticos, por la comprensión de las palabras, gestos, ideas y afirmaciones de Fernando González, por la puntería de los argumentos y asociaciones  para que el lector pueda entender las verdaderas intenciones e intereses del escritor, porque logra desmentir y derrumbar muchas infamias y maledicencias…y destacar  aspectos valiosos y únicos de su personalidad y su vida.

“El mundo  sanchopanza” titula el capítulo 8. Se comprueba aquí el conocimiento y la pasión por las biografías cervantinas. Es un trabajo  de amplia risa y erudición. De muy largo estudio e investigación. Con  muchísimas lecturas, y contraposición de tesis. Un estudio comparatista desde la más afinada  teoría literaria: observa las diversas reacciones de escritores de diferentes lugares y tiempos ante la lectura de El Quijote. Es un interesante ejercicio  de  teoría de la recepción. Sumamente moderno. Ofrece el estudio y cotejo de algunas principales  reacciones lectoras de la obra de Cervantes. Destaca la mirada de Auerbach, Kundera, Borges, Lugones,  J. Goytisolo, Sterne, Nabokov, y Dostoievski. Y aporta un aspecto muy interesante y novedoso: las reservas y distancias de los dos escritores rusos frente al libro cervantino. Y, como a lo largo de todo el libro, enriquece la lectura la exposición de ideas y argumentos en contravía  que  invitan a pensar y a analizar muchos puntos de vista distintos.
El capítulo 13, “Aguirre, editor” es un ejercicio magistral. Tiene la luminosidad y la fuerza fulminante del rayo. Eduardo Escobar se defiende con vigor. Desarma mucha  especulación mojigata afirmada por años sobre los nadaístas. Su texto ayuda a construir la verdad y a reflexionar sobre apartes y anécdotas de la historia del nadaísmo tendenciosamente falsificados. Es un texto hermano de las diatribas   más   aguerridas de Gonzalo Arango contra las injurias y calumnias recibidas de Jorge Zalamea. Un trabajo de necesaria plomería: el escritor escarba, destapa, limpia…Y permite reanudar el flujo del agua.
Es un libro profundo. Totalizador. Bien estructurado. Lleno de chispazos e ironía. Muy bien argumentado. Bellamente escrito. Entusiasta. Y con un exquisito y abundante humor.

 

Reseña del libro “El paisaje cafetero de Olga de Chica” (por: Jairo Ruiz-Mejía). Con textos de Fernando Macías-Vásquez y fotografías de William Trujillo, hoyos editores publicó el libro “El paisaje Cafetero de Olga de Chica”, en abril de este 2017. Una recopilación de cerca de cien fotografías de algunos de los cuadros  de  la pintora, nacida en Filandia, hoy Quindío, pero en aquel 1921, perteneciente al Gran Caldas.

Trabajo arduo, este de reunir en un bello libro de 160 páginas, una significativa muestra de la obra pictórica de una mujer que construyó su propio camino en el andar artístico nacional e internacional. Luego de estudiar Artes en la Universidad de Caldas, con la firmeza de una convicción estilística y con la sensibilidad en sus entrañas, se dispone, en la segunda mitad del siglo pasado,  a construir un mundo policromático, en cuadros al óleo, en un estilo conocido como  primitivista o “naif” (palabra interpretada como  “natural”, “inexperto”, “crédulo” y “simple”). Al decir del autor del libro, Fernando Macías, “el arte de combinar la simplicidad y la naturalidad en una obra, no revela carencia de técnica o formación artística, sumado a que, los auténticos primitivistas tienen cuantiosa historia y sus cuadros no son sencillamente algo hecho sin sentido, como ciertos desprevenidos los catalogan”. Cuando este estilo pictórico es practicado a propósito, con absoluta convicción y dominio, como lo hizo nuestra pintora Olga de Chica -fallecida en diciembre último- plantea con ello desapegarse de las reglas del arte realista y expresar a plenitud su espíritu libre y creador. El lector se encontrará con una colección de pinturas que muestran la visión de una artista iluminada por una deliciosa candidez, pero al mismo tiempo, una profunda sensibilidad. Sensibilidad por el campesino, por el recolector, por el paisaje, por la armonía entre el hombre y la naturaleza,  por la Colombia que se resiste a desaparecer ante la violencia infame. Se podrá deleitar, el curioso lector, de unos cuadros hechos con la filigrana de un artesano,  iluminados con la sabiduría de una artista. En ellos, podemos apreciar: “…cafetales de grano maduro y campesinos con sus indumentarias típicas; frondosos guayacanes de subido color, lagos repletos de algas y peces, plataneras, huertos, jardines y pescadores; juegos, bailes, instrumentos musicales; mariposas, pavos liebres, faisanes, gaviotas…”, al decir de Macías Vásquez. Sus obras, igual que nuestro aromático café, están diseminadas por geografías diversas. UNICEF eligió algunas de ellas para que aparecieran en las tarjetas navideñas sus bellas ilustraciones, en especial, referidas al “Paisaje Cultural Cafetero”. Es pues reconfortante encontrar  en el mercado del libro este tipo de obras que testimonian la labor de  artistas del talante de Olga de Chica; quien, tal vez, pensaba igual que Pablo Picasso: “Pintar como los pintores del Renacimiento me llevó unos años, pero pintar como un niño me llevó toda una vida”.

“Pintar como los pintores del Renacimiento me llevó unos años, pero pintar como un niño me llevó toda una vida”.

  

Mirando tus libros, Nicolás  (en memoria de Nicolás Suescún; para Margarita; por: Álvaro Castillo-Granada). Mirando tus libros, las dedicatorias de tus libros, las que me hiciste en algunos casos a regañadientes porque en el fondo sabías que no era necesario, ¿para qué escribir con letras en una página lo que está escrito con el alma en actos?; volviéndolas a leer una a una, hasta detenerme en la primera que me hiciste en Los cuadernos de N (“para Alvaro colega, hermano, que como yo ha vivido entre libros y para los libros, éste, mío, fragmentario, pero con algo, espero de poesía, con mucho afecto, Nicolás Bogotá, Dic. 5/94”), que me llevaste para mi asombro a la librería donde en ese entonces trabajaba y me entregaste con esa sonrisa de tímido/pícaro que siempre te acompañó, como quién no quiere la cosa pero sabe que desea hacerla.

Mirando tus libros recorro los espacios, el circuito de nuestra amistad larga, muy larga… Una amistad en la que entregaste todo sin pretender hacerlo, sin saberlo, sin quererlo. Porque ese eras tú: un hombre que vivía y habitaba la literatura sin poses ni aspavientos. Respirabas y pulsabas literatura como el aire y la sangre que necesitamos para vivir. Sin nombrarla, sin hacer de ella una panacea o una tribuna. Como si leer y escribir fueran lo más natural del mundo. Lo más simple. Lo más sencillo. Lo más obvio.

Oírte hablar de tus autores favoritos (cosa que no hacías todo el tiempo) era adentrarse no en un bosque encantado sino en un camino asfaltado, un laberinto de calles, en el que lo fascinante era ir descubriendo paso a paso, esquina a esquina, todas las voces que nos pueden hablar para permitirnos encontrarlas en nosotros mismos y de ahí, a partir de ese encuentro azaroso, ver el mundo con otros ojos. Nombrabas autores como nombrar esquinas: posibilidades de aventuras.

Y estabas cuando tenías que hacerlo. Cuando eras necesario y útil. Recuerdo cuando quedé desempleado y sin rumbo claro en 1998. Me invitaste a tu casa y sacaste tu agenda para buscar a quién pudiera yo venderle libros a domicilio. Ese instante, ese gesto tuyo, se quedó grabado en mi alma con tinta roja indeleble (como deben fijarse los recuerdos).

Recuerdo ahora ese viaje maravilloso que hicimos, junto a Álvaro Rodríguez Torres, Alvarito, a un “Encuentro de la palabra” en Riosucio (Caldas), gracias a la complicidad de Sonia Cárdenas. Estabas feliz. Dichoso. Rodeado del afecto inmenso y la admiración de una multitud de jóvenes que de repente se encontraron con un escritor que era más joven, contemporáneo e irreverente que cualquiera. Un escritor que nunca perdió la capacidad de asombrarse y de estar en el mundo. Una noche hubo una lectura tuya de Los cuadernos de N. Te rodeaba una multitud que no cesaba de gozar ante la revelación que se le estaba dando: la literatura está en la vida y hace parte de ella sin poses ni artificios. Sin estruendos. No dejaban que interrumpieras la lectura de tu libro. Creo que lo leíste todo. Llegó un momento en que dijiste “Los estoy viendo triple”.

 Cuando en el 2004 se celebró el centenario del nacimiento de Pablo Neruda me encargaron hacer una exposición en su honor en la Biblioteca Nacional de Bogotá. Trabajamos intensamente junto a Alvarito. Una mañana me llamaste y me dijiste que fuera a tu casa. Al llegar tenías en tus manos la edición de Obras completas de Neruda que publicó la editorial Losada en 1962. Un tomo rojo inmenso algo trajinado por el tiempo. Estaba dedicado a ti por Pablo Neruda en 1965, en París. Me le extendiste con esa sonrisa tuya que veo ahora y que me va a acompañar siempre. “Quiero que tú lo tengas pero tienes que darme otro igual”. Sin poder creer (pero creyéndolo) el acto que estabas haciendo te dije que “Sí, claro. Yo tengo uno igual”. Y los intercambiamos. Ese libro permanece junto a mí como uno de mis más grandes tesoros.

Confiaste en mí para ser el editor de tres libros tuyos en Ediciones San Librario: Los cuadernos de N, Este realmente no es el momento y tu traducción de Un verde pensar bajo una sombra verde, de Andrew Marvell. Aprendí del oficio junto a ti que me enseñabas sin hacerlo. Hablando y mostrando. Dejando que yo descubriera.

En el 2005 te propuse hacerte una entrevista. Aceptaste intrigado. Respondiste una a una mis preguntas en tu biblioteca (la misma que muchos años después ordenamos y clasificamos junto a Margarita durante varios fines de semana. Casi no terminamos porque cada libro que sacabas o dejabas era motivo de una conversación que era para mí una revelación). La conversación fluyó de una manera extraordinaria. Tus recuerdos rodaron uno tras otro sin parar. Esa entrevista fue después publicada por la revista Número y Casa de las Américas. Don Roberto Fernández Retamar me escribió preguntándome si tú estarías interesado en ser jurado del premio Casa. Yo le respondí que con toda seguridad lo estarías. Le di tu correo, te llamé, te escribió y en enero de 2006 compartimos junto a Margarita, tú Margarita, unos días maravillosos en La Habana. Hay una foto entrañable que te tomé caminando por el parque Lennon. Llevas puesta una camiseta con un ave de Magritte. Andas distraído dejando que tu mirada se pose y se vaya como un pájaro de nubes y espacios.

Estaba esta mañana mirando tus libros, las dedicatorias que me escribiste, después de enterarme de la noticia de tu partida. Hablé con Margarita. Hacía unos días había ido a verte. Me despedí con un beso en tu frente. El único beso que te di en casi treinta años de amistad. Junto a los libros había una revista del Departamento de Humanidades de la Universidad Industrial de Santander de 1970 donde estaba incluido un cuento tuyo: “De pronto uno se despierta”. Había metido en ella (como acostumbro hacer con los autores que amo y admiro) recortes de periódicos y revistas. Encontré unas hojas impresas con poemas tuyos (entonces inéditos, después incluidos en Poemas Noh) que me habías regalado. Leí el primero en voz alta:

 

La voz de nadie

La palabra de un hombre

Es como la de nadie

Ambas deben oírse

Pero más la de nadie

Que es la de todos

 

Ese eres y serás tú: alguien que quiso ser nadie y de tanto quererlo y pretenderlo se convirtió en uno solo, inolvidable e irrepetible: Nicolás. Me quedo contigo, con tus libros, con tus sonrisas, con tu mirada de pícaro, con “el retorno a casa”, compañero…  (Bogotá, 15 de abril de 2017)

 

Nos escriben…  “Estimados Moisés y Carlos-Enrique:/ Me interesó mucho el artículo de Moisés sobre ciencia y medios universitarios. En particular, me llamó la atención la alianza del científico y el periodista para difundir los resultados del trabajo universitarios, especialmente el de carácter científico. 
Sería muy conveniente que ese periodista tuviera una formación como periodista científico para facilitar la interacción con el profesor. Entiendo que en nuestro país no existen programas de pregrado o posgrado en periodismo científico, apenas una que otra cátedra.
Podría ser el momento para que nuestras escuelas de periodismo facilitaran la formación de pregrado en periodismo científico (con asignaturas comunes con otros tipos de periodismo). Lo exige la importancia de la ciencia y tecnología en la vida social.
Y de interés sería la formación de posgrado en periodismo científico, ofrecida a científicos y a periodistas científicos (o tal vez a otro tipo de periodismo) con el respectivo título de pregrado. Nuestros profesores no están acostumbrados a dirigirse al público en general pero existen excepciones: miren por ejemplo el artículo del profesor Óscar Mesa Sánchez, de la Facultad de Minas, sobre el aire de Medellín y publicado en El Espectador (creo que solo en la versión digital). Debe resaltarse que el periódico no se asustó con tablas y gráficos. Me permito adjuntarlo [http://www.elespectador.com/noticias/nacional/antioquia/el-cielo-que-perdimos-en-medellin-articulo-693981].
Gracias a Moisés por esa revisión tan completa y esclarecedora sobre un actual y palpitante problema. Y a Carlos-Enrique por su oportuna publicación en Aleph No.180.
Con un abrazo,/  Darío Valencia-Restrepo” (Medellín, 19.V.2017)

  

Comentarios sobre escritos de William Ospina y Fernando Vallejo, acerca de la Ciencia (por: Darío Valencia-Restrepo; en relación con artículo de William Ospina: Las bolas de Cavendish y la risa de Fernando Vallejo”; en: “El Espectador”, 07.V.2017). “Cómo harán esos pobres con Newton, que es mucho más difícil de leer, y como tú demuestras, menos preciso. Se escandalizan de que un colombiano se crea con derecho a discutir a Galileo o a Newton. Como si no fuera el deber de todo lector leer críticamente cada texto.”
El elogio de la ignorancia. Vallejo tiene derecho a criticar textos científicos, como los de Galileo y Newton, pues para ello no es necesario estudiar física.
Tomemos este otro pasaje:
“Su tema secreto son las afinidades entre la ciencia y la literatura. Mostrando que ambas viven la misma agonía, la de convertir el mundo en palabras, la de atrapar la realidad en el lenguaje.” 
Como Ospina y Vallejo no entienden ni jota de ciencia, tratan de asociarla con la literatura, campo en el cual pueden decir algo.
Y uno más:
“El pobre Galileo y el pobre Newton son dos literatos patéticos que intentan atrapar la realidad en palabras, pero han renunciado de antemano a la imaginación, a la fantasía, a la emoción, a la metáfora.”

Calificar a Galileo y Newton de literatos es, otra vez, un esfuerzo inútil por reducir la ciencia a la literatura. Decir que el científico ha renunciado a la imaginación, etc. es otra prueba de que no entienden nada del trabajo de un matemático o un físico. Sin imaginación, por ejemplo, no tendríamos la teoría de la relatividad. Los pobres son Ospina y Vallejo que ignoran la ciencia. Como no comprenden nada a este respecto, su defensa es despreciar la ciencia. Solo unos ignorantes se atreven a considerar pobres a Galileo y Newton, dos cumbres de la cultura y la civilización.

Dice Vallejo:

“A mí que no me vengan a asustar con su garrapateo de ecuaciones”.

Ni Ospina ni Vallejo se han dado cuenta de que el lenguaje de la ciencia es la matemática, en buena medida las ecuaciones. Como no entienden lo que significa una ecuación, hablan de garrapateo para no tener que ocuparse de algo que desconocen. En su manualito, Vallejo muestra que tiene problemas con la aritmética de primaria, el álgebra de bachillerato, las unidades físicas… En tanto que Ospina muestra sus dotes de comentarista científico cuando calificó hace algunos años a Vallejo de físico y biólogo.

Y termina Ospina:

“…sientan la nobleza de Fernando Vallejo, que es capaz de reírse con gracia de Dios y del átomo, pero sabe callar conmovido ante el dolor de un perro.”

Vallejo y Ospina son los únicos del mundo que se ríen del átomo. Y si ambos se conmueven ante el dolor de un perro, por fin acertaron en algo.

En fin, Carlos-Enrique, dan ganas de llorar. En un país que no muestra interés por la ciencia, dos figuras de la literatura ayudan para que se la mire con desprecio./ Un abrazo,  Darío Valencia-Restrepo (Medellín, 7.V.2017)

“Me asombra la capacidad de diálogo que ha desarrollado. El diálogo, por lo que percibo, le hace ser sensato y le permite transmitir tranquilidad y seguridad a las partes involucradas; la resolución de conflictos, por consiguiente, logra hacerse de la manera más óptima.
Dudo de que haya leído mal, pero no comprendo por qué escribe que la pestaña «Historia», puesta en la web de Aleph, no tiene mayor interés. Se trata de su vida, de las acciones que ha hecho que, sin ningún género de duda, son muy respetables y sumamente admirables. No pretenda escatimar méritos hacia usted porque aunque es cierto que la modestia permite avanzar con sigilo y sin estruendos, también es verdad que el no reconocimiento de las buenas labores que se ha realizado en el trasegar de la vida se convierte en una actitud egoísta y perniciosa. Le debemos a usted, Carlos-Enrique, demasiado, incluso en pequeñas cosas: fíjese que nadie, ni siquiera la SMP de la ciudad, se había atrevido a denunciar nuevamente la falta de mantenimiento de los murales de la Plaza de Bolívar y usted lo hizo abiertamente el domingo pasado a través de su columna dominical.
Como ese, hay suficientes ejemplos que rescato y podrá comprobar la veracidad de su frase al decir que no podremos cambiar al mundo, pero sí influir en nuestro pequeño entorno. Por favor, no reste importancia a esa pestaña «Historia» porque en ella se logra dar un enfoque de la calidad de ser humano que es usted. Lo aliento para que siga contribuyendo, mediante la academia y los medios de comunicación, con mejoras que transforman nuestra sociedad.
Tenga buena noche.  Martín-Eduardo Estrada R.” (Alumno-Ingeniero, Versión 30 de la “Cátedra Aleph”, UN-Manizales; 16.V.2017)
P.S.: “Qué bueno que pudo comprobar, junto a su esposa, la veracidad que guardan mis comentarios frente a usted. Si ella quedó en silencio, emocionada por lo que escuchaba, no era porque yo le escribiera a usted ese mensaje, sino porque también ella lo admira y está en sintonía con esas apreciaciones; le emociona saber que todo ello es verdad. Feliz día. M.E. Estrada R.” (17.V.2017)

 

Hemos recibido… “Crítica Literaria”, en tres volúmenes, de Hernando Téllez (1908-1966) (Ed. Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 2016/2017; edición establecida, introducida y anotada por Carlos Rincón), con el complemento de folleto con manuscritos y transcripciones de notas de trabajo del eminente crítico literario; “Queda la palabra Yo – Antología de poetas colombianas actuales”, selección de Verónica Aranda y Ana Martín-Puigpelat (Ed. Instituto Caro y Cuervo, Bogotá 2017); “Cabos sueltos – La lectura como pecado capital”, de Eduardo Escobar (Ed. Eafit, Medellín 2017); “Nicanor Restrepo-Santamaría 1941-2015”, Colección de ensayos sobre la vida y la obra del eminente hombre público, empresario y gestor de paz (Ed. Sura, Medellín 2017); “El paraíso cafetero de Olga de Chica”, pintora primitivista, de Fernando Macías (Ed. Hoyos Editores, Manizales 2017); “Amor en tierra firme”, selección de poemas del maestro Guillermo Rendón G. (Ed. Instituto Bókkota de Altos Estudios, Manizales 2016); “El viajero que nunca llega y otros ensayos”, de Eduardo Gómez (Ed. Universidad de los Andes, Bogotá 2017); “Viajes de campo y ciudad – BibloCarrito R4”, de Laura Acero-Polanía (textos y transcripciones. Ed. Melífera-Júbilo Editorial, Bogotá 2017); “Razón, política y pasión – 3 defectos del liberalismo”, de Michael Walzer (Ed. La balsa de la Medusa, Madrid 2004; obsequio de Heriberto y Mónica).

 

Patronato histórico de la Revista.  Alfonso Carvajal-Escobar (א), Marta Traba (א), José-Félix Patiño R., Bernardo Trejos-Arcila, Jorge Ramírez-Giraldo (א), Luciano Mora-Osejo (א), Valentina Marulanda (א), José-Fernando Isaza D., Rubén Sierra-Mejía, Jesús Mejía-Ossa (א), Guillermo Botero-Gutiérrez (א), Mirta Negreira-Lucas (א), Bernardo Ramírez (א), Livia González, Matilde Espinosa (א), Maruja Vieira, Hugo Marulanda-López (א), Antonio Gallego-Uribe (א), Santiago Moreno G., Rafael Gutiérrez-Girardot (א), Eduardo López-Villegas, León Duque-Orrego, Pilar González-Gómez, Graciela Maturo, Rodrigo Ramírez-Cardona (א), Norma Velásquez-Garcés (א), Luis-Eduardo Mora O. (א), Carmenza Isaza D., Antanas Mockus S., Guillermo Páramo-Rocha, Carlos Gaviria-Díaz (א), Humberto Mora O. (א), Adela Londoño-Carvajal, Fernando Mejía-Fernández, Álvaro Gutiérrez A., Juan-Luis Mejía A., Darío Valencia-Restrepo, Marta-Elena Bravo de H., Ninfa Muñoz R., Amanda García M., Martha-Lucía Londoño de Maldonado, Jorge-Eduardo Salazar T., Ángela-María Botero, Jaime Pinzón A., Luz-Marina Amézquita, Guillermo Rendón G., Anielka Gelemur, Mario Spaggiari-Jaramillo (א), Jorge-Eduardo Hurtado G., Heriberto Santacruz-Ibarra, Mónica Jaramillo, Fabio Rincón C., Gonzalo Duque-Escobar, Alberto Marulanda L., Daniel-Alberto Arias T., José-Oscar Jaramillo J., Jorge Maldonado (א), Maria-Leonor Villada S. (א), Maria-Elena Villegas L., Constanza Montoya R., Elsie Duque de Ramírez, Rafael Zambrano, José-Gregorio Rodríguez, Martha-Helena Barco V., Jesús Gómez L., Pedro Zapata P., Ángela García M., David Puerta Z., Ignacio Ramírez (א), Georges Lomné, Nelson Vallejo-Gómez, Antonio García-Lozada, María-Dolores Jaramillo, Albio Martínez-Simanca, Jorge Consuegra-Afanador (א), Consuelo Triviño-Anzola, Alba-Inés Arias F., Alejandro Dávila A.

 

 

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Edición No. 181