Jorge Arias de Greiff: científico-librepensador y la institucionalidad de la «beatería»
… es necesario que tengan los jóvenes de ambos sexos para el logro de los fines que se proponen los gobiernos, una educación pública eficaz, gratuita, igual, sabia y sostenida. Francisco José de Caldas (Cf. “Semanario del Nuevo Reino de Granada”, 1808)
Para comprender la condición humana nos hará falta una definición de la historia mucho más amplia de la que se utiliza convencionalmente. Edward O. Wilson (Cf. “El sentido de la existencia humana”, 2014)
En el mundo científico y académico se dan personalidades de diverso talante, pero son pocas las que llegan a ser referentes, estimadas por su rango intelectual, científico o artístico, de tal modo que los estudiantes y en general la comunidad académica puedan reconocerlas en condición de paradigmas. Es el caso de Jorge Arias de Greiff, un ingeniero civil, de la estirpe de artistas y científicos, astrónomo heredero de Tales de Mileto, Aristarco, Eratóstenes, Copérnico, Galileo, entre otros; portador de la ciencia moderna que fundaron Kepler, Descartes, Newton… Historiador, también heredero de Heródoto y de los clásicos disidentes, ajeno a las ortodoxias imperantes en cada época, casi siempre las mismas, con religiones y caudillos. Indagador, de inagotable deseo de conocer y saber, con la premisa de librepensador a la manera de un Sócrates contemporáneo, y de un Baruch Spinoza.

Como sus tíos más reconocidos: León y Otto de Greiff, ha tenido la pasión de la música, melómano siempre y ejecutante del corno francés, con partitura a mano, en grupo que conformaron jóvenes, por los años 50 del siglo pasado, en el barrio Chapinero de Bogotá. Fue acunado por su mamá Leticia, en especial cantándole la “Plegaria de Elizabeth” del Tannhäuser de Richard Wagner. Y complementa su ingreso temprano a la música con los cuartetos 11 y 16 de Beethoven, la sinfonía inconclusa de Schubert, como también las sinfonías 5ª, 6ª y 7ª de Beethoven, unas oberturas de Wagner, los Maestros Cantores de Nürenberg, fragmentos de Parsifal y La Valkiria. De Gustav Mahler conserva el gusto por “La canción de la Tierra” y las sinfonías 4ª, 5ª y 9ª. Y la ópera es su fortaleza mayor, con programa semanal que hasta hace poco tenía en la emisora de la Universidad Tadeo-Lozano, incluso con entonada lectura de argumentos.
Se empinó en la vida fortalecido en el espíritu, en mayor grado por la educación adquirida, en primaria y bachillerato, en el “Gimnasio Moderno”, institución pionera en el modelo de “Escuela Activa” de Giner de los Ríos, Montessori, Decroly, Freinet y Nieto-Caballero, con la característica de aprender haciendo y pensando, que le permitió desde los primeros años escolares incorporar en su vida un método de trabajo basado en la observación directa de la naturaleza y la reflexión sobre lo observado, con escrituras y diálogos, tutoriado por profesores estimulantes, con recia formación pedagógica y disciplinar, como don Manuel Piquero y don Miguel Fornaguera, ambos propiciadores de excursiones para aprender de la naturaleza. Experiencia que lo capacitó para estar activo con las manos, haciendo y deshaciendo desde las nimias curiosidades hasta la elaboración de soluciones efectivas. Manos regidas por la curiosidad y el pensamiento, desplegado en iniciativas y dudas. Tuvo en Matemáticas, en el mismo Gimnasio Moderno al profesor franco-suizo Henry Yerly, en Química al profesor francés Leo Lanau-Vergne, ambos luego docentes en la Universidad Nacional.
Con esa formación básica, Arias de Greiff realiza “sobrao” –como dice él- la carrera de ingeniería civil. Aptitud desplegada en la capacidad científica, en el ejercicio de la racionalidad y de la argumentación, la destreza en la investigación, ceñido al gusto permanente por la música, con capacidad de aprender por sí mismo, no sujeto a dogmatismos y cuadrículas magisteriales. Poseedor de una memoria abrumadora, que conserva en la lucidez de sus actuales 94 años.
Como alumno del programa de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional de Colombia acentuó aficiones por la matemática, los ferrocarriles (locomotoras, la curiosidad mayor), los aviones, el espacio celeste. Y al incorporarse temprano a la docencia en la misma institución asume asignaturas en especial de matemáticas, física y el cálculo numérico, llegando a ser el primer profesor ocupado de la Mecánica Celeste, disciplina que le llevó a la dirección del Observatorio Astronómico Nacional que ejerció por más de siete lustros.
No tiene aficiones marcadas por la literatura, pero si tuvo acceso, temprano en la vida, a obras clásicas, pero con sus aplicaciones a la meticulosa indagación en fuentes primarias y su capacidad lógica, ha desplegado una escritura sobria y precisa. Pero no deja escapar oportunidades para ejercer la crítica con cierto aire de humor, ironía y hasta sarcasmo. Ha analizado, por ejemplo, la tradicional expresión de “patria boba”, identidad de la primera década del siglo XIX, prolongada en lo simbólico en el tiempo, que con la debida justificación transforma en la expresión: “historia boba de la patria”, que lo condujo a comprender e insistir en el recurso de la ciencia para contribuir a reparar las “cojeras de la historia”. Y devela en sus estudios y análisis la “engañosa artificiosidad” en el tratamiento de la historia y de la ciencia, en veces con artificios de mitos, al amparo del que reconoce como “desahogo de prepotentes”, en la consideración de “centro y periferia”, que por demás califica a estas categorías como “torpes engendros de los imperialismos de hoy”.
Su punto de vista al respecto del tratamiento que se daba a la historia entre nosotros lo expuso en los siguientes términos:
… asuntos tan complejos que deben ser entendidos, no simplemente narrados, exaltados o justificados… ¿y por qué historia justificativa? ¿No será ello la patentización del complejo de culpa de los españolísimos criollos de la nobleza blanca o cuasi blanca y de los historiadores de la patria muchas veces sus descendientes directos? Todo ello debe ser repensado, replanteado, dejando a un lado imaginarios independentistas de delirante gloria inmarcesible que automáticamente llevan a una horrible noche tanto inventada como ocultada.
(Cf. “Nuevas miradas a la Independencia”, Rev. Credencial No. 211, julio 2007)
Revisa el proceso de la Independencia, a partir de la migración peninsular y el surgimiento de enfrentamiento, acudiendo a fuente primaria como en el caso de informe secreto presentado al rey de España en 1823, en el cual se cuenta de esa confrontación entre “indolentes y engreídos criollos” acaparadores de tierras a costa de los indígenas, y los “peninsulares de medio pelo”, con la complicidad en el saqueo a los aborígenes. En ese rastreo encuentra que en los antepasados de Francisco José de Caldas hay un 85% de varones con origen peninsular: “chapetones casados con criollas de abolengo payanés”, estas igualmente descendientes en proporción similar de chapetones y criollas linajudas. Por otra parte, considera que la confrontación entre el absolutismo y el liberalismo, en España y América, quedó oculta por la “beatería esencialista, simplista y ahistórica, de las historias oficiales de las independencias”.
Mención especial merece su hallazgo del manuscrito original de carta de Caldas a Humboldt, del 17 de noviembre de 1802, en los archivos de este en la Biblioteca Alemana del Estado, en Berlín, a la cual le faltaban el nombre del destinatario y la firma de Caldas, por haber sido mutiladas, pero Arias de Greiff la identifica al considerar la caligrafía, la fecha y el lugar de origen, sin que hubiese descartado que esa mutilación fuese debida al mismo Humboldt, a quien califica de “bárbaro” en el manejo de manuscritos. Resultado que obtuvo al atender invitación de la Academia Alemana de Ciencias, en Berlín, después de haber participado en la “XIII Asamblea General de la Unión Astronómica Internacional”, realizada en Praga en 1967. Carta que da a conocer en el facsímile del manuscrito autógrafo, al año siguiente del hallazgo, con la transcripción moderna y artículo introductorio, en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia (No. 99, Vol. XXVI, 1968). Carta que había sido reportada en fragmento en obra de Hermann Schumacher en 1984, con versión al español por Paz-Urrutia no auténtica y con equívocos.
De igual modo, en los archivos del barón descubre el manuscrito que Caldas le entregó a Humboldt con las Observaciones astronómicas hechas en Timaná y en Popayán, entre 1795 y 1799, que comparte en registro facsimilar en el Apéndice 2 de su obra “La Astronomía en Colombia” (1993), y en el Apéndice 3 de la misma obra recoge otro facsímil de original encontrado en los archivos de la Universidad Javeriana, con el listado de instrumentos y libros elaborado por Humboldt en Quito (1802) para que fueran adquiridos con destino a Caldas, aprovechando los recaudos de dinero acopiados en Popayán para ese fin.
Su capacidad exploratoria en temas y problemas lo lleva a participar de un grupo de profesores ocupados de la historia, polarizado entre las ciencias naturales y las ciencias sociales, en el cual consigue la comprensión de identidad en ambos campos por la ciencia, con el criterio de la historia de la ciencia ser siempre social.(*) Igual con la dicotomía de ciencias duras y ciencias blandas, al establecer que estas, en tanto ciencias sociales, tienen complejidad mayor. En la Introducción de su libro “La Astronomía en Colombia” de manera categórica fija la posición:
En rigor de rigores la expresión ‘Historia Social’ es un pleonasmo; toda historia verdadera es total, es el progreso de las sociedades humanas, es entonces social… Por lo demás, ‘Historia Social’ no es más que una ‘moda’, una de tantas, que para despistar genera el academicismo conservador anglosajón.
(Cf. “La Astronomía en Colombia”, Ed. Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; Colección Enrique Pérez-Arbeláez No.8, Bogotá 1993)
Su ubicación en el campo de la historia social de la ciencia tuvo un antecedente como de veinte años de estudio y meditación, con incursión previa en teóricos de la historia en obras de Leo Koffler, Carol Kosic, Antonio Gramsci, Josep Fontana, Eric Hobsbawm, Pierre Vilar, Ciro Cardoso y Héctor Pérez-Brignoli.
Su salto a la historia de la ciencia lo lleva a trabajo intenso en archivos de diversos lugares: en el Museo Naval de Madrid, con aplicación en el archivo central de la Marina Real, donde se hizo a valiosa documentación sobre la Expedición Fidalgo y temas relacionados con Francisco José de Caldas. Igual escudriñó archivos en la Universidad de Harvard, en Quito, en Berlín, La Habana… y por supuesto en varias ciudades de Colombia (Bogotá, Medellín, Popayán…)
En esos preparativos incursiona también en el estudio del marxismo, con los ya referidos Hobsbawm y Gramsci, y con la obra del propio Marx, sobre la cual anota que en ella no habla en forma categórica sino en condicionales. Por otra parte, aclara que Marx estimó que los bienes de producción deben ser comunitarios, pero quien puso en práctica esa orientación los asumió para el Estado. Y lo que ocurrió fue que sus ejecutores tomaron esos estudios de manera radical y dogmática, llegándose al colapso por todos conocido en los regímenes que adoptaron el esquema. También observa que a Marx se le ve de acuerdo con la lente que se tenga; así, señala, “Marx es un sociólogo para los economistas, filósofo para los sociólogos y economista para los filósofos”.
Es de anotar la manera como Arias de Greiff aborda el estudio de los problemas dándoles vuelta, con miradas desde distintos puntos, lo que le permite obtener consideraciones y análisis diferentes a los consagrados en la historia formal. En sus apreciaciones involucra la palabra “beatería” para significar el modo inflexible, reverencial y acartonado como se han tratado los acontecimientos de la historia y sus personajes, lo que no deja de ser un manejo superficial, sin que esos tratadistas penetren en lo sustantivo. E interpreta que lo “hagiográfico” es un eufemismo para referir la “biografía beata”.
Los conocimientos teóricos no limitan en Arias de Greiff las observaciones sobre maneras que se han tenido de ocultar o desconocer salidas en falso de personajes de la historia y de acontecimientos que demandan tratamiento cuidadoso con apoyo en indagación en fuentes primarias. Así, en su estudio sobre la vida y la obra de Julio Garavito, valora sus contribuciones, en especial en los campos de la Geodesia Astronómica, la Mecánica Celeste y el movimiento de la Luna en su órbita, pero señala las limitantes en sus actitudes como “hijo de la regeneración, de la ideología conservadora, centralista, unanimista, integrista y retardataria”, en sus palabras, lo que le llevó a cometer errores al desconocer, incluso, contribuciones de Albert Einstein, en el propósito de reconstruir el mundo físico. Mente científica nublada la de Garavito como consecuencia de la ideología política señalada. Pero resalta, entre otras, los desempeños de Garavito como formador de matemáticos en los ingenieros civiles, con mayor aplicación a la astronomía, permitiendo capacitar número significativo de ingenieros astrónomos.
Jorge Arias de Greiff consiguió que la “Unión Astronómica Internacional”, en su Asamblea de Praga (1967) acogiera su propuesta de asignar un lugar en el lado opuesto de la Luna con el nombre “Cráter Garavito”, que tiene un diámetro de 80 kilómetros, localizado en el hemisferio sur, en reconocimiento al sabio colombiano Julio Garavito-Armero.
Considera, asimismo, que José Celestino Mutis (“un espíritu que la Ilustración había traído a América”) ha sido un “personaje inflado en Colombia”, parte de la “beatería”. Y le atribuye mañas para ser designado por la corona, por ejemplo, astrónomo en la medida que tuviese a su lado quien lo fuera, llamando la atención por la manera como se autodenominaba “oráculo del reino”. Por iniciativa de Mutis se creó la “Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada” (1783), que no dispuso proyecto cartográfico alguno, el cual fue asumido luego por Caldas, en la condición de geógrafo.
En cuanto a Francisco José de Caldas considera que le faltó formación matemático-científica para poder consolidar sus hallazgos, incluso estima que Humboldt se aprovechó de ellos, como en el caso del trabajo publicado por el prusiano de manera apresurada al regresar a Europa intitulado “Ideas para una geografía de las plantas”, quizá con las ideas de Caldas tomadas de sus conversaciones. La limitación científica de Caldas la resalta en su descubrimiento de la proporcionalidad entre la temperatura de ebullición del agua (con abandono del barómetro) y la presión atmosférica, en tanto altura de la columna de mercurio, de un cierto lugar, para la medición de alturas en las montañas, el cual le presentó a Humboldt, quien le anotó con intencionada desinformación los supuestos hallazgos de Saussure, con el valor de una constante. Humboldt toma la tabla de Caldas que correlaciona aquellos dos factores, ordenándolos para acierto de manera creciente, lo que Caldas no hizo. Es decir, una oportunidad perdida por el payanés, cuestión que pudo resolver utilizando una ecuación de segundo grado, anota Arias de Greiff.
Es de recordar que Caldas se inspiró en Sigaut de la Fond (profesor de física y química, París, s. XVIII) y en las experiencias de Heberden con la idea de medir la altura de las montañas con utilización del termómetro, en las cuales observó incongruencia puesto que no consideraron la variación de temperatura con el momento del clima en cada uno de los puntos de la montaña. Y en su propia meditación Caldas asevera:
… el calor del agua hirviendo es constante a igual presión atmosférica, si se obra sobre una agua pura y en vaso conveniente; es menor este calor cuando se disminuye la presión, y es proporcional a esta. ¿No es este el más bello método para determinar tanto la presión atmosférica como la elevación de los lugares, con tanta exactitud como lo puede hacer el barómetro y quien sabe si libre de los efectos de las atracciones del calibre de los tubos, de la pureza del mercurio, de la forma y diámetro de la cubeta que siempre afectan a este?
(Cf. “Sobre el origen del sistema de medir las montañas y sobre el proyecto de una expedición científica” (1802, probablemente). En: “Obras completas de Francisco José de Caldas. Ed. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá 1966)
En los estudios de Arias de Greiff sobre la vida y la obra de Caldas también se asoma el señalamiento de la “beatería caldasiana”, por aquellos que insisten en que el abogado que devino hombre de ciencia (luego “Coronel Ciudadano”, en las guerras civiles), tuvo solo equipos de su propia construcción, lo cual fue en sus comienzos, y luego accedió a equipos avanzados para la época. También despeja lo errado del supuesto que habita el lugar común de haber sido Caldas un producto de la formación que le impartiera Mutis.
De sus pesquisas por archivos los rescates que ha hecho son de singular significación. Está el caso del historial y la obra del primer antecesor, el tatarabuelo, de su estirpe materna en llegar a Colombia, Carlos Segismundo de Greiff, militar, ingeniero, matemático, cartógrafo, políglota sueco nacido en 1793 y muerto en Remedios, Antioquia, en 1870, con formación académica que le condujo a participar en la elaboración del mapa de Suecia (1821) y viene a Colombia en 1826 para trabajar en la condición de ingeniero en minas de Antioquia, con vinculación a empresas del sector en Anorí. Refiere Arias de Greiff que esta personalidad de múltiples vocaciones trazó un camino a Murindó (reconocido como “camino de Don Carlos”), en los años 40 del siglo XIX, que le dio a Medellín salida al mar, aprovechando la navegabilidad del río Atrato, y asimismo propuso la construcción de un canal interoceánico, con beneficio de aquella vía fluvial. Trabajo que lo condujo a elaborar mapa que reposa en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Se desempeñó como “Agrimensor Oficial de la Nación”, nombrado por el presidente de Colombia, cargo que le condujo a estudiar la geografía del Departamento de Caldas, y en especial elabora mapa del territorio de Chinchiná, salvaguardado en el Archivo Nacional, asimismo elaboró otro mapa que muestra la posesión de tierras en Caldas por parte de cinco familias. Testimonios que consigue publicar en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia, en 1970 (Cf. Vol. XXVII, No. 102; pp. 131-151)
Otra de sus pesquisas con profunda vocación ha sido sobre la “Expedición Fidalgo”, en especial en lo que tiene que ver con el archipiélago de San Andrés y Providencia, con sacada a luz de documentos como el mapa de Santa Catalina y Providencia, de 1809, del Archivo General de la Nación; el “Derrotero de las islas Antillas” de 1826 en la Biblioteca Nacional de Colombia; el “Derrotero de la Expedición Fidalgo” de 1891 en la Biblioteca Luis Ángel Arango, y la “Colección de documentos inéditos sobre la geografía y la historia de Colombia” (un tomo dedicado a la Costa Atlántica con algunos documentos de la Expedición Fidalgo), de 1891, en la misma Luis Ángel Arango.
Capítulo también de resaltar en la obra de Arias de Greiff es su encuentro con la “Astronomía precolombina” o, más bien, con la “Etnoastronomía”, lo cual ocurrió con unos primeros conocimientos de comunidades indígenas cuando, recién egresado de ingeniero civil fue a dar a Tierradentro para levantar planos y hacer trazado de acueductos, pero su interés mayor por la época eran la orografía y los nevados, con especial interés en acercarse al nevado del Huila. A mediados de los años ochenta prepara un proyecto, con Elizabeth de Reichel-Dolmatoff, para el congreso de iberoamericanistas realizado en la Universidad de los Andes (1985); alcanzan algo de financiación y con Gloria Triana visita la comunidad Puinave en Inírida, y con Juan Mayr accede a la Sierra Nevada, en especial a la comunidad de los Kogui, para indagar sobre temas relacionados con la Astronomía. En esa aproximación descubre que a los indígenas no les interesa la secuencia temporal de las estrellas sino su posición en el horizonte, con identificación de grupos, por ejemplo, de las Pléyades, de la “Cruz del Sur”, y “Las tres marías”, que están saliendo o poniéndose, al igual que el conocimiento de la salida y puesta del Sol, en relación con las épocas de lluvias, de sequías y de las siembras. Asociado ese conocimiento en las comunidades indígenas a sus propias cosmogonías y a los rituales relacionados con los cuerpos celestes, incluidos el Sol y la Luna, para controlar, activar o mitigar las fuerzas de la naturaleza. Y alcanza a comprender la no pertinencia de referirse a esos conocimientos en términos de “ciencia”, puesto que más se trata es de “vivencias cotidianas”. (*)
La constante preocupación del maestro Arias de Greiff por los temas de la educación lo lleva a recordar de manera frecuente el mensaje del presidente considerado por él como el mejor de toda la historia de Colombia, Alfonso López-Pumarejo, que dirigió en 1935 al Congreso de la República, en el cual enuncia la determinación del Gobierno en la necesidad de hacer de la educación el primer deber del Estado con fortalecido ambiente popular, bajo la urgencia de formar ciudadanos que habiten el país, lo aprovechen y fortalezcan en forma debida. En cuanto a la Universidad Nacional de Colombia, determina la creación de departamentos científicos de compartir en todas las facultades, fortalecerla como un “conjunto moral” y despliegue de actividades en deportes, conciertos, exposiciones, como atmósfera de cultura determinante. En esa idea integradora de Universidad, el presidente López-Pumarejo enunció también su papel en la formación del “espíritu de sociedad, de convivencia y sujeción a una disciplina seria y elástica, que forme su carácter.” Y asimismo hay que recordarlo por la creación del campus universitario en Bogotá, la “Ciudad Blanca”, la “Ciudad Universitaria entre prados y jardines”, que congregó unidades dispersas, para despliegue del “espíritu universitario”, en tanto “espíritu de sociedad”. (Cf. “Mensaje presidencial al Congreso de 1935”. Mensajes Presidenciales 1934-1938, Imprenta Nacional, Bogotá 1939). Por otra parte, es de no olvidar, López-Pumarejo fue el primer expositor en la “cátedra libre”, con asistencia apoteósica en el “Salón de Grados”, creada por los estudiantes en la Universidad Nacional, con Miguel Abadía-Méndez, presidente (1926-1930) al final de la hegemonía conservadora. Cátedra a la cual los estudiantes, herederos de la rebelión de Córdoba, llevaron conferencistas nacionales, para el fomento de la ‘cultura general’.
Con este asidero, Arias de Greiff enuncia la responsabilidad primordial de la Universidad en la formación de profesionales idóneos, capaces y honrados, sin olvidar que fungió de rector en la Universidad Nacional de Colombia, unos meses de 1972, en los cuales afrontó con firme y argumentada oposición, incluso con intervención en el Congreso de la República, un intento de mala reforma que impulsó el gobierno de aquel entonces.
La situación actual la ve compleja y expresa que hay que “despotrerizar a Colombia”, en un país donde los ganaderos poseen del orden de 40 millones de hectáreas, algo así como el 35% del territorio nacional, y aprovechar las ventajas comparativas que tenemos por el Sol y el agua. Parte de una propuesta del exministro de Agricultura, Juan-Camilo Restrepo, para sugerir que una tercera parte de los potreros debe dedicarse a la producción de alimentos, otra tercera parte a regenerar bosques con especies nativas de maderas finas, con aprovechamiento sostenible, lo cual pudiera permitir que Colombia en 30 o 50 años llegase a ser una potencia maderera, y la tercera parte restante dedicarse a la ganadería no de potrero sino con el ganado en establos alimentado con forraje, que también permitiría ocupar mano de obra en la cosecha del mismo. Propuesta sensata para un gobernante con ascendiente en las comunidades y capacidad de riesgo para poner en marcha un programa de esa naturaleza.
Jorge Arias de Greiff es personalidad de asombro, en múltiples matices, científico que devino historiador, pero ante todo por su recia personalidad, con independencia de orientación y de criterios, con todos los honores de la Universidad Nacional de Colombia, de respetabilidad nacional e internacional por su singular obra, la cual merecería recogerse como “Obra Completa” en compromiso conjunto de la Universidad Nacional de Colombia y la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Sería el mejor homenaje en vida al ilustre y destacado académico.
*
Discúlpenme que concluya esta intervención con las siguientes palabras, en honor del científico y académico, Maestro Don Jorge Arias de Greiff, escritas al amparo de la suite “Los Planetas” de Gustav Holst (1874-1934), en interpretación de la Filarmónica de Nueva York (1971), con la dirección de Leonard Bernstein:
El ahora endilga esperanza
en medio de lo rudo del camino
congraciado con la luz del mediodía.
Almenas de colores vierten sonido en imágenes
por la comprensión del mundo
desde el marco de esta ventana
hasta la puesta del Sol
en lo cíclico de los crepúsculos.
Diálogo de miradas reconforta el espíritu de los silencios
en cada amanecer
cuando las estrellas ocultan los candiles.
Pasos de sigilo emprenden la retirada de las lunas
y el porvenir atisba en los cristales.