Sentir en rojo, pensar en azul, decir en blanco, actuar en verde
Preliminares
Son diversos los puntos de vista desde los cuales se puede enfocar el complejísimo problema de la relación entre el pensamiento, el lenguaje y la acción humanos. Ahora bien, de la simple comparación entre este problema y el título de este ensayo se puede derivar un primer distanciamiento, que consiste en el hecho de que mi enfoque incluye de manera explícita la esfera del sentimiento, sin la cual la relación con las otras esferas me parece mutilada. Claro que la reflexión se puede concentrar legítimamente en la relación, por ejemplo, entre el pensamiento y el lenguaje, o entre el lenguaje y la acción o entre el pensamiento y la acción, como ocurre en la conocida expresión de Marx, en el sentido de que de lo que se trataría no es ya de comprender el mundo sino de transformarlo.
Ampliado de tal manera el horizonte de nuestra reflexión, hay cabida para un enfoque desde la filosofía moral, que es el que propiamente me interesa ahora, perfilándose entonces nítidamente las dos grandes corrientes modernas que dan cuenta, tanto del origen como del fundamento de la acción humana: de una parte Hume y los utilitaristas, de otra Kant, hablando, claro está, en términos muy generales.
Debemos también tener presente desde estas palabras preliminares cuál es la pregunta que está en el fondo de este asunto, a saber: ¿cómo debemos actuar? No ¿cómo actuamos?, sino ¿cómo debemos actuar? No sobra insistir en la necesidad de tener esto muy claro. A la pregunta ¿cómo actuamos? Nos responden las distintas ciencias humanas o sociales: la antropología, la sociología, la economía, la psicología, incluso las ciencias médicas. Y lo hacen fundamentalmente mediante descripciones, que, aunque no necesariamente, pueden requerir del control de variables mediante experimentos.
La pregunta ¿cómo debemos actuar?, aunque tiene un matiz normativo, no es esto principalmente lo que conviene resaltar, sino el anuncio de la posibilidad de actuar de diversas maneras gracias a la posibilidad de la libertad, como acertadamente lo ve Kant. Yo prefiero utilizar la expresión «posibilidad de la libertad» y no libertad sin más, porque sabemos con claridad que el ser humano puede alienarse, tanto desde el punto de vista individual como desde el punto de vista de grupos o sociedades enteras. Si no fuese por la libertad o por la posibilidad de la libertad el animal humano no diferiría más del resto de especies animales de lo que difieren entre si los felinos o los ofidios, especies que, no obstante ser tan distintas, sus comportamientos obedecen al repertorio de sus respectivos instintos, algunos de los cuales comparten con el animal humano.
Es gracias a la libertad que el hombre es «un ser cultural por naturaleza», como lo ha definido el antropólogo y filósofo Arnold Huelen. Todo el mundo cultural humano, desde remotos tiempos, es el resultado de la acción humana, aspecto éste sobre el que volveré con cierto detalle al adentrarme en el tema de nuestra reflexión.
Finalmente, dos preliminares más. En primer lugar, algo que debe quedar claro desde el principio, es lo concerniente a la vieja disputa individuo sociedad, un problema que fue pensado con maravilloso vigor y osadía por Rousseau, a diferencia de los demás contractualistas. Se sabe que Rousseau imaginaba al hombre primitivo como un solitario, que no necesitaba de los demás; la formación de la sociedad fue, para el ginebrino, un suceso posterior. En el otro extremo, Hobbes no se interesó de este problema. Él parte sin más de la consideración del hombre en sociedad, en estado de naturaleza, es decir, de guerra, cuya solución tiene que ser mediante la elaboración de un contrato que la haga imposible o muy difícil y se pueda así conseguir un buen vivir del individuo. Las teorías contractualistas dieron lugar a la expansión, hasta hoy vigente, de la idea de estado de derecho, o de civilidad, como el mecanismo adecuado para la convivencia social, estado que sólo algunos países en el mundo han podido conseguir y del cual nosotros, colombianos, estamos todavía muy lejos, por no decir que de hecho nos encontramos en el estado de naturaleza tal como lo concibieron Hobbes, Locke y Kant.
Yo creo que este problema es todavía mucho más profundo de lo que los contractualistas, tanto clásicos como contemporáneos, han considerado y que es indispensable volver sobre él, pues de su poca comprensión derivan consecuencias desastrosas para las sociedades contemporáneas, sobre todo para las nuestras, las del tercer mundo, que no acaban de entrar en el estado de derecho. Aunque en este ensayo no me ocuparé de él, me parece conveniente hacer explícito mi punto de vista, que es el que he encontrado en un bello libro del historiador Arnold Toynbee, Los griegos: herencias y raíces, con el que me identifico, por lo que a continuación transcribo sus palabras:
Así, la herencia de la presente generación de la humanidad es, por lo menos, tan antigua como el universo, cuya edad quizá sea infinita. Esto puede ser sostenido respecto a todas las sociedades humanas de hoy en día. Las sociedades son realidades de un orden que difiere del de los individuos. Constituyen redes de relaciones entre seres humanos, y una red social no es ni organismo ni persona: es una institución. Si nos representamos mentalmente a una sociedad recurriendo a imágenes orgánicas o mentales, sucumbimos a las falacias del antropomorfismo, caemos en engaños que desvían tanto intelectual como moralmente. Pero, aun así, las sociedades humanas y los hombres comparten esta característica: recibieron una herencia del pasado. Las sociedades humanas vivientes -como los seres humanos que pertenecen al mundo de los vivos- recibieron una herencia de amplitud uniforme y que puede ser infinita. Nuestras sociedades probablemente tengan una historia más larga que la del ser humano, pues nuestros antepasados difícilmente habrían podido llegar a ser humanos si antes no hubiesen logrado convertirse en animales sociales.[[Toynbe, Arnold. Los griegos: herencias y raíces. México: Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 11.]]
En segundo lugar, una observación respecto del título de este trabajo. Los colores: rojo, azul, blanco, verde, en realidad no significan nada, no aluden simbólicamente a nada y, por lo tanto, se puede utilizar el nombre de cualquier color. Ellos están cumpliendo la función de indicar la independencia posible de las cuatro distintas esferas del ser humano: el sentimiento, el pensamiento, el lenguaje y la acción.
Dicho todo lo anterior, entremos pues en materia, no sin antes decir que el ser humano -incluso de manera más radical: que el espíritu humano- es el conjunto de esas cuatro esferas que, aunque independientes, están inextricablemente relacionadas.
Actuar
Voy a comenzar por la esfera de la acción humana. Como ya lo había anunciado, el hombre es un ser cultural por naturaleza. La cultura, ya sea del pasado, ya sea del presente, es el resultado de la acción libre del hombre. Libre en el sentido de que no está determinada por las leyes de la naturaleza, aunque no sea totalmente independiente de éstas. La acción cultural humana se manifiesta en los productos culturales, que son el resultado de seguir reglas y reglas y reglas. Aunque reglas plásticas, es decir, modificables y finitas. ¿Cómo actúa el hombre culturalmente? Siguiendo reglas, bien heredadas del pasado, por lo cual la cultura se transmite, bien renovadas o creadas, por lo cual la cultura se recrea o surge en nuevas formas. Con algunos ejemplos comprenderemos mejor lo que quiero decir. El hombre hace helados, hace casas, baila, pinta, hace teorías científicas, crea tecnologías, crea religiones. ¿Y cómo lo hace? Pues siguiendo reglas, que en buena medida aprende de manera inconsciente, como ocurre también con las reglas de la lengua.
Desde este punto de vista tan general, la esfera de la acción no puede estar desligada de la esfera del sentir, del sentir necesidades. Detengámonos en la arquitectura, un elemento cultural tan antiguo como el hombre mismo. Responde sin duda, en principio, a la necesidad del abrigo, pero debido a la conjunción de las otras dos esferas, la del pensamiento y la del lenguaje, la habitación humana deja de ser la simple madriguera o el árbol. La esfera del sentir es la esfera de la inmediatez, del corto plazo. La esfera del pensar es la esfera del cálculo, de la proyección, de la lentitud, del mediano y largo plazo, aunque no pueda estar desligada de la esfera del sentir.
Aunque este camino no lo voy a recorrer, si podríamos preguntarnos si en este aspecto tan general del hacer humano pudieran darse esas cuatro esferas en colores distintos. Pienso que no. Por ejemplo: si sintiendo la necesidad de hacer un helado, el producto resultante fuera una torta. Creo que en este sentido, las distintas esferas tendrán que estar en el mismo color, aunque quizá puedan estar en matices distintos, pero del mismo color.
El camino que me interesa aquí seguir es el de un tipo particular de acción, el de la acción con respecto al otro, por lo que mejor es decir «interacción», término que usaré en adelante. En el ámbito de la interacción humana es en donde se repliega y desarrolla la dimensión moral del hombre, de donde se infieren por lo menos dos corolarios inmediatos. 1) Todo hombre es un ser moral. 2) La moralidad humana es un asunto social. Aceptado esto, tenemos que aceptar que no puede existir un ser humano amoral, así como también que no puede haber moral individual, de modo semejante a -recordando a Wittgenstein- la imposibilidad de la existencia de lenguajes privados.
Los asuntos del bien y del mal, de lo justo y lo injusto, de lo correcto y lo incorrecto, que son los términos propios de la dimensión moral, desafortunadamente son asuntos exclusivamente humanos. Nada tienen que ver con los dioses. Bastante molestia fue para Zeus el tener que ordenar que se les entregase a los hombres el pudor y la justicia para evitar su aniquilación.
¿De dónde surgen el bien y el mal, la justicia y la injusticia? Pues de sentir en un color, pensar en otro, decir en otro e interactuar en otro. De la independencia llevada al aislamiento y la ruptura de esas cuatros esferas del espíritu humano, lo cual es posible gracias a la libertad. Y aquí conviene insistir en que la dimensión moral se da propiamente en el campo de la cuarta esfera, la de la acción con respecto al otro, la de la interacción, como la he denominado. Es allí donde se aplica propiamente el lenguaje moral. Pero sobre esto tendremos que volver.
Sentir
Esta esfera, situada al otro extremo originario del actuar, es la que nos conecta con la realidad natural y no es libre, si bien es moldeable en cierto sentido por el devenir cultural. De ella se han ocupado buena parte de los filósofos, quienes, haciendo sutilísimas distinciones -como es el caso de Hume o el de Hobbes- han tratado del tema de las pasiones. La pasión es lo opuesto a la acción. No obstante, para lo que ahora nos interesa voy a preferir el punto de vista de Rousseau y a señalar dos o tres ideas de él al respecto, tomadas del famoso texto Profesión de fe del presbítero saboyano, que aparece en el libro IV de su Emilio, no sin antes detenerme un momento en algo que me parece muy interesante. Para Rousseau, ser inteligente es ser activo y se es activo cuando se juzga. Dice lo siguiente:
Demos tal o cual nombre a aquella fuerza de mi espíritu que aproxima y compara mis sensaciones, llamémosla atención, meditación, reflexión o como queramos; siempre es cierto que está en mí y no en las cosas, que yo solo soy quien la produzco, aunque sólo sea con motivo de la impresión que en mí hacen los objetos. Sin ser árbitro de sentir o no sentir, lo soy de examinar más o menos lo que siento.
Luego no soy un ser meramente sensitivo y pasivo, sino un ser inteligente y activo; diga lo que quiera la filosofía, me atreveré a pretender la honra de pensar. Sólo se que la verdad está en las cosas y no en mi espíritu que las juzga, y cuanto menos mío pongo en los juicios, más cierto estoy de acercarme a la verdad: de manera que mi regla de abandonarme más al sentimiento que a la razón, la confirma la razón misma.
Aunque el anterior pasaje refuerza lo que vengo diciendo, las ideas de Rousseau en las que me voy a apoyar son las siguientes, fulgurantes, paradójicas y, por lo tanto, tremendamente controvertibles: “…necesariamente -dice en el texto mencionado- sentimos antes de conocer; y como no aprendemos a querer nuestro bien y evitar nuestro mal, sino que la naturaleza nos infunde esta voluntad, del mismo modo, el amor de lo bueno y el odio de lo malo son tan naturales en nosotros como el amor de nosotros mismos. Los actos de conciencia no son juicios, son afectos… Y más adelante: “podemos ser hombres sin ser doctores”.
Sentimos amor u odio, alegría o tristeza, deseo o aversión. En términos generales, pero demasiado generales según pienso, placer o dolor, que son una de las bases de la fundamentación ética del utilitarismo, y por supuesto, del hedonismo en todas sus variantes.
Si he de ser consecuente con algo dicho antes, tendré que sostener, inclinándome hacia los planteamientos kantianos, que lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, lo correcto o incorrecto no se aplican a la esfera del sentir. Siento rabia, siento odio, siento «el deseo de la mujer del prójimo» y nada de esto es malo, injusto, incorrecto. Lo será desde el momento en que interactúe y cómo interactúe con el otro.
Dije hace un momento que la utilización de los términos placer y dolor era excesivamente general y ello ha dado lugar a numerosas confusiones y a interminables discusiones. La acción humana en general, seguramente que sí está directamente conectada con la esfera del sentir, y que toda la vida cultural esté relacionada con sentir y aumentar el placer y sentir y disminuir el dolor, lo que hace posible la supervivencia de la especie, aunque haya caminos equivocados y hasta suicidas, que se pagan caro con la vida de miles o millones de individuos y hasta con la de sociedades y culturas enteras, como es el caso de nuestra civilización, que ha desembocado en la cercanía de un camino sin retorno al haberse afectado el equilibrio que hace posible la vida misma.
Pensar
La esfera del pensamiento humano, que también podríamos llamar «la racionalidad», es sin duda la que más se puede independizar de las demás esferas, hasta convertirse en eso que algunos filósofos llaman la «razón instrumental», contra lo que otros han reaccionado proponiendo lo que llaman la «inteligencia sentiente», que no es otra cosa que el llamado a la necesidad de conectar en el mismo color el pensar con el sentir; en recuperar la piedad de la que hablaba Rousseau y también María Zambrano.
Puesto que para mí este es un campo minado, por prudencia me circunscribiré a la relación entre la esfera del pensar y la del interactuar. En efecto, podemos pensar lo que queramos de otra persona, aunque decir «lo que queramos» es decir demasiado, pues, al menos en la cercanía, está relacionado lo que pensemos de esa persona con lo que sintamos respecto de la misma. Manteniéndonos en este nivel, vemos que no hay problema sintamos o pensemos lo que queramos mientras no interactuemos. Pero aquí vamos acercándonos al tema.
Camino con una persona en la montaña .Si yo siento afecto por esa persona, y pienso de ella que es graciosa, amable, etc., dígaselo o no se lo diga, y ella se topa con un paso difícil, de vida o muerte, aún con riesgo de mi vida, la ayudo; en tal caso las cuatro esferas de mi espíritu están en el mismo color y mi acción sería una acción buena. Pero el asunto no es tan fácil. ¿Podría ocurrir que siendo las tres primeras esferas del mismo color, la cuarta fuese de color distinto? En el ejemplo ¿podría ocurrir que me quede cruzado de brazos o, incluso, que la empuje hacia la muerte, formas ambas de acción?
Se puede hacer muchas combinaciones de colores. Por ejemplo. Siento aversión por la persona que me acompaña en el camino. Pienso muy mal de ella. Le digo lo que siento y pienso. Llegados al mismo momento crítico puedo actuar de distintas maneras: o me cruzo de brazos, o lo empujo hacia la muerte o le doy la mano. Si me cruzo de brazos o lo empujo, las cuatro esferas de mi espíritu estarán en el mismo color, seré totalmente coherente. Si le doy la mano, la esfera del actuar será de otro color.
Aquí se nos viene a la memoria la expresión evangélica: «por sus frutos los conoceréis», que podría suscribir un utilitarista, pues según este enfoque, lo que importa finalmente son los actos los resultados y no las intenciones, pero que mejor analizada es falsa o por lo menos imprecisa. Bien podría ocurrir, en el ejemplo anterior, que quien siente odio, piensa mal y dice lo que piensa y siente, le extienda la mano a su enemigo, pero finalmente de manera inútil, pues todo su esfuerzo por salvarle fue vano. No podemos decir que esa fue una mala acción porque el resultado, el fruto de ella, fracasó.
Decir
En el caso del lenguaje, una esfera que también puede independizarse hasta casi la ruptura o dislocación, conviene señalar, como en el caso del placer o del dolor, su peligrosa generalización.
El aspecto que me interesa del lenguaje es el de «decir es hacer», es decir, el del lenguaje como interacción humana, que es el propio de la esfera que se puede independizar del sentir, del pensar o del actuar. Un par de ejemplos bastan para ilustrar esto. Si estoy cantando en un teatro o leyendo una conferencia ante un auditorio o comunicando la noticia de un acontecimiento, yo no estoy propiamente interactuando, aunque sí esté actuando. Pero si yo te insulto, o te alabo, o te digo una mentira, en estos casos estoy interactuando, y es en tales casos en los que caben los términos del lenguaje moral: bueno, malo, etc. Creo que esto será ya suficientemente claro.
El ejemplo paradigmático del aislamiento de la esfera del decir es sin duda el de la mentira, que cumple un papel tan importante en la filosofía moral kantiana, pues pienso que subsume los demás ejemplos, como es el caso con el de incumplir una promesa. Si yo incumplo una promesa porque algo se me atravesó en el camino, pues estoy en situación parecida al del enemigo que aún dándole la mano a quien estaba por caer, no pudo salvarla. Si no hay obstáculo para cumplir mi promesa, pero no la cumplo, pues estamos ante un caso particular de la mentira.
Creo que el acto más propiamente humano, que nos distancia radicalmente del resto de especies animales es el de la mentira o mendacidad, con su cara opuesta, la veracidad. Muy probablemente este acto tenga raíces biológicas en el fenómeno de la mimetización Pero en el decir mentiras o decir la verdad -que no es, claro está, la verdad científica- es en donde propiamente se manifiesta la más pura autonomía del ser humano, pues a pesar de lo que sienta, positivo o negativo; a pesar de lo que piense; positivo o negativo, en el decir verdad o decir mentira se enfrenta con el otro y en ambos casos lo reconoce, para bien o para mal, lo cual no hay que entenderlo como si yo estuviese desplazando la dimensión moral de la esfera de la interacción a la esfera del lenguaje. La dimensión moral sigue siendo aplicable tan sólo a la esfera de la interacción, si bien es preciso tener en cuenta lo dicho hace un momento en el sentido de que un aspecto del lenguaje se solapa con la interacción, o es interacción.
Hume y los utilitaristas o Kant
A todas éstas ¿cómo debemos actuar? Por una parte, Hume y también los utilitaristas se apoyan en la esfera del sentir. Así ocurre cuando Hume hace su conocida afirmación en el sentido de que «La razón es, y sólo debe ser, esclava de las pasiones, y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas». O en el caso de los utilitaristas, cuando hacen del principio de la felicidad, esto es, del placer y del dolor, el fundamento de la acción, es decir la respuesta a cómo debemos obrar. Por otra parte, la respuesta de Kant se apoya en la esfera del pensar, propiamente hablando en la esfera de la racionalidad. Lo anterior lo afirmo a sabiendas de que es una visión en blanco y negro, puesto que si la reflexión en las obras de esos pensadores se hace con rigor y amplitud suficientes, lo que encontramos es una cantidad de vasos comunicantes.
Aún así, no tengo dudas de que la respuesta kantiana nos soluciona muchos mas problemas de los que resuelve la postura de Hume y la del utilitarismo, lo que se ve fácilmente al volver al ejemplo de los paseantes en la montaña. Al haber llevado Kant la abstracción al nivel del formalismo de su imperativo categórico, las distintas esferas del espíritu humano conservan su coherencia interna, que no la puede establecer ni la esfera del sentir, ni la esfera del decir. Es verdad que Kant considera como acciones morales solamente las que siguen el imperativo categórico, lo cual, dicho sea de paso, no garantiza la rectitud o la bondad de la acción, si de tener en cuenta los resultados se trata, como exigiría el utilitarista.
Ahora bien, aún cuando las líneas generales de la filosofía moral kantiana resuelven, como he afirmado, muchos más problemas, puesto que permiten una gran coherencia entre las distintas esferas del pensar, lo que yo le reprocho es que no haya tenido en cuenta que la más clara coherencia entre esas esferas puede causar, en el campo de la interacción, mucho daño. No hace falta ir a los ejemplos extremos de los náufragos que disponen de una sola tabla de salvación, o al del perseguido por alguien que pretende acabar con su vida. Se trata de situaciones extremas frente a las cuales la esfera del sentir influye por fortuna sin pasar casi por las esferas del pensar y menos del decir.
Lo dicho anteriormente no quiere sinembargo decir, que haya que rehusar los planteamientos que fundan la respuesta a la pregunta cómo debemos obrar o interactuar en la esfera del sentir y mucho menos si se tiene en cuenta que el utilitarismo bien entendido nos exige hacer el cálculo de las consecuencias, por lo tanto, el ejercicio pleno de la esfera del pensar o de la racionalidad, con el fin último de evitar el daño a las demás personas y, por lo tanto el dolor y el sufrimiento.
Lo que sí podemos sacar en claro de todo lo anterior es que el comportamiento moral del hombre requiere de una prudente coherencia de las distintas esferas de su espíritu, sin la cual la convivencia se torna imposible y «la vida del hombre (…) solitaria, pobre desagradable, brutal y corta», en palabras de Hobbes. (Leviatán, cap. 13.)
Por lo que respecta a la dimensión moral, es decir, al campo de la interacción, creo que nos toca volver a Aristóteles y a su filosofía de la virtud y de la vida buena, pues esta filosofía involucra un aspecto fundamental del que carecen las fundamentaciones a las que he aludido. Me refiero al proceso educativo sostenido sin desmayo que es necesario realizar para que florezca una coherencia prudente entre cada una de las cuatro esferas exploradas y, aunque en distintos tonos o matices, conserven el mismo color Los principios, sea el del placer y el del dolor, sea el imperativo categórico en la conjunción de sus distintas variantes, no son suficientes para el crecimiento, la formación y el desarrollo pleno de los seres humanos con una vida de la que se pueda decir lo contrario de lo que disgustaba a Hobbes, es decir de una vida buena como la pensaba Aristóteles y que dos terceras partes de la actual población del mundo siguen añorando, o ya ni la añoran por no saber que puede existir.
Por lo tanto de lo anterior, una ética o filosofía de lo moral para los tiempos que corren, no solamente para las interacciones de la vida cotidiana, sino que nos sirva también para pensar los problemas acuciantes de nuestras sociedades contemporáneas en peligro de extinción debido a la dislocación de la esfera del pensar, que de todas maneras tiene consecuencias profundas en el nivel planetario, puesto que ha abandonado la esfera del sentir y del decir, tendrá que tener en cuenta las filosofías de ambas corrientes, que pueden sintetizarse en dos conceptos: el de respeto por el otro y el de responsabilidad. Pero aquí saltamos al aspecto político de la dimensión moral del hombre y nos salimos de las coordenadas que me había trazado.
