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«Ser lluvia en el verano, CER Aleph todo el tiempo»

Carlos-Enrique Ruiz (CER) completa ahora 40 años consagrado a múltiples labores creativas, entre ellas la publicación de la Revista Aleph, que edita en Manizales y circula por el mundo entre privilegiados del gusto que proporciona la alegría de leer.

Una bella conmemoración ha sido la aparición de su libro Las lluvias del verano, donde es fácil palpar cómo este CER es un singular Ser que desde la trinchera del pensamiento y la palabra batalla con mística y ahínco, casi silencioso, en medio de esta atmósfera de estrépitos que él llena de susurros y certeros disparos que en lugar de matar logran la resurrección de la palabra y el sueño de los vigías de las cosas que pasan.

¡Qué poesía tan extraña esta de Las lluvias del verano! No hay tempestad ni música ni rodeos melifluos para pescar lectores deslumbrados ante el efectismo —que siempre abundarán en nuestros predios, porque así como nunca fuimos bien educados para amar, tampoco hallamos el equilibrio de la estética— y por eso los lugares comunes y la cascarita del adjetivismo o el pincelazo verbal tenue, predispuesto para tatuar la atmósfera, nos hacen resbalar y prorrumpir en suspiros propios de quien cae en la trampa y se deja robar mientras se arroba. ¡Pero qué contrastes también en la poética de Las lluvias del verano! Porque llueven, sí, flores y florilegios y no obstante conservan su palpable impermeabilidad bajo el aguacero del sentimentalismo: hay agapantos, amapolas, pétalos, claveles, sauces, cañadas, paliques y alambiques y trabucos y evanescencias y transparencias y sosiegos y sonrojos y sin embargo no cae en lo manido ni en lo cursi y deja —en cambio— a quien lo lee y lo asume, la sensación de quien avanza por un camino con la certeza de que ha de llegar al otro lado: el verano de las lluvias.

Las lluvias del verano es un libro de cuestiones del decir, así bautizado por su autor Carlos-Enrique Ruiz, un ingeniero de caminos que ya con ese título gana el derecho a la poesía.

Yo no lo sé, pero pregunto y me pregunto: ¿Existe o existió alguna vez la carrera profesional de ingeniería de caminos? ¿Puede haber un oficio más poético que ingenierar caminos? ¿Y el verbo ingenierar existirá o lo estoy inventando? A mí me vale para ser poeta, que es tanto como ser ingeniero de palabras. Y también para sentir que estoy leyendo un extrañísimo libro de poesía donde encuentro espacios de antes sin frontera que ahora son objeto de burla, o el asedio de otras vidas víctimas del instante porque no quieren mirar a las estrellas.

El libro de un poeta ingeniero de caminos, la poesía de un filósofo cómplice de la razón pero amante del verso y a la vez de un versificador que filosofa o la brújula díscola de un viejo lobo de mar y amar, la sinfonía sin partitura de un músico que habita en un pueblo de calles empinadas y es habitado por otro pueblo de encumbrados sueños y enarboladas palabras.

En este otoño tropical, llueve… y es verano en el libro que ahora veo con su portada de flores de Emma Reyes. (Ref.: «El Nuevo Siglo», Bogotá, Col., domingo 01 de octubre de 2006)

(Escribe: Ignacio Ramírez). Carlos-Enrique Ruiz (CER) completa ahora 40 años consagrado a múltiples labores creativas, entre ellas la publicación de la Revista Aleph, que edita en Manizales y circula por el mundo entre privilegiados del gusto que proporciona la alegría de leer.

Una bella conmemoración ha sido la aparición de su libro Las lluvias del verano, donde es fácil palpar cómo este CER es un singular Ser que desde la trinchera del pensamiento y la palabra batalla con mística y ahínco, casi silencioso, en medio de esta atmósfera de estrépitos que él llena de susurros y certeros disparos que en lugar de matar logran la resurrección de la palabra y el sueño de los vigías de las cosas que pasan.

¡Qué poesía tan extraña esta de Las lluvias del verano! No hay tempestad ni música ni rodeos melifluos para pescar lectores deslumbrados ante el efectismo —que siempre abundarán en nuestros predios, porque así como nunca fuimos bien educados para amar, tampoco hallamos el equilibrio de la estética— y por eso los lugares comunes y la cascarita del adjetivismo o el pincelazo verbal tenue, predispuesto para tatuar la atmósfera, nos hacen resbalar y prorrumpir en suspiros propios de quien cae en la trampa y se deja robar mientras se arroba. ¡Pero qué contrastes también en la poética de Las lluvias del verano! Porque llueven, sí, flores y florilegios y no obstante conservan su palpable impermeabilidad bajo el aguacero del sentimentalismo: hay agapantos, amapolas, pétalos, claveles, sauces, cañadas, paliques y alambiques y trabucos y evanescencias y transparencias y sosiegos y sonrojos y sin embargo no cae en lo manido ni en lo cursi y deja —en cambio— a quien lo lee y lo asume, la sensación de quien avanza por un camino con la certeza de que ha de llegar al otro lado: el verano de las lluvias.

Las lluvias del verano es un libro de cuestiones del decir, así bautizado por su autor Carlos-Enrique Ruiz, un ingeniero de caminos que ya con ese título gana el derecho a la poesía.

Yo no lo sé, pero pregunto y me pregunto: ¿Existe o existió alguna vez la carrera profesional de ingeniería de caminos? ¿Puede haber un oficio más poético que ingenierar caminos? ¿Y el verbo ingenierar existirá o lo estoy inventando? A mí me vale para ser poeta, que es tanto como ser ingeniero de palabras. Y también para sentir que estoy leyendo un extrañísimo libro de poesía donde encuentro espacios de antes sin frontera que ahora son objeto de burla, o el asedio de otras vidas víctimas del instante porque no quieren mirar a las estrellas.

El libro de un poeta ingeniero de caminos, la poesía de un filósofo cómplice de la razón pero amante del verso y a la vez de un versificador que filosofa o la brújula díscola de un viejo lobo de mar y amar, la sinfonía sin partitura de un músico que habita en un pueblo de calles empinadas y es habitado por otro pueblo de encumbrados sueños y enarboladas palabras.

En este otoño tropical, llueve… y es verano en el libro que ahora veo con su portada de flores de Emma Reyes. (Ref.: «El Nuevo Siglo», Bogotá, Col., domingo 01 de octubre de 2006)

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Edición No. 139