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Síntesis identitaria en el Archipiélago: crisis y emergencia de lo isleño

Un mar de aguas no tan profundas, de orillas casi siempre cercanas, de exotismo colorido. Sus rostros, sus gustos, sus sabores y olores, todo lo caribeño, tan atractivo como indefinido. El mundo entero se transforma a cada instante, y a ese mismo ritmo el Caribe se expresa en su multitud de formas y posibilidades. La región del Gran Caribe es un escenario de experimentación. Colombia tiene en su Caribe la insularidad mágica del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Tan referido últimamente por el litigio territorial iniciado por Nicaragua, este conjunto de islas es, como el resto del Caribe y el Mundo, el recipiente y el emisor de identidades complejas que se intercalan en un orden de caos. En el pleno de la era de la información, a la velocidad de los procesos de la globalización, las islas enfrentan amenazas externas que profundizan puntos de quiebre en las coyunturas del auto-reconocimiento identitario. 

Identidades sanandresanas y la globalización

 

En San Andrés confluyen identidades diversas, muchas de ellas cargadas con la migración forzosa tatuada en sus idiosincrasias. No solamente la población afrodescendiente que se asentó desde la primera colonia puritana inglesa en la isla de Providencia ha heredado esa huella, sino también la migración –favorecida a través de marcos legales–, de familias con difíciles condiciones de vida en el Caribe continental; y la llegada de árabes y musulmanes hijos de generaciones de migrantes que escaparon de la violencia por la territorialidad de las identidades del Medio Oriente.

Entre tantos inputs tan distintos, existe en cocción algo llamado sanandresano, lo isleño. Ese algo isleño apenas empieza a emerger de entre las sombras de lo continental; de la revisión de las herencias de lo africano y de las transformaciones que sufrió en el escenario de choque del Caribe; de lo musulmán y lo árabe como componente menor pero igualmente importante; de lo costeño, de lo paña. En ese rondón en el que se mezclan pero se mantienen los ingredientes primarios, empiezan a manifestarse expresiones de lo que es auténticamente sanandresano. 

Aquello sanandresano confluye en una palabra que se ha venido colando en los discursos, y que ha promovido la visibilización de los retos que enfrenta la isla y la visión de lo raizal. La raizalidad, la apuesta discursiva por encontrar cómo lo esencialmente denominado como raizal ha permeado las identidades externas y ha configurado el proceso de creolización. El sanandresano es hoy una mezcla de influjos culturales que empieza a promoverse a través de los medios de representación cultural en las expresiones artísticas, la música, la plástica, la escritura, y en general, en los roles que desarrollan los performers de lo caribeño (Benítez Rojo, 1998).

Stuart Hall propone a partir de una definición de identidad cultural que “al igual que los muchos puntos de similitud, también hay puntos críticos de diferencia profunda y significativa que constituyen ‘eso que realmente somos’; o más bien, ‘en lo que nos hemos convertido’ puesto que la historia ha intervenido en nosotros.” (Hall, 2010, p. 351). Esa intervención de la historia en lo propio se profundiza en los momentos de quiebre. San Andrés hoy atraviesa un momento de quiebre, debido a las múltiples amenazas a la sostenibilidad del modelo sobre el que ha sido edificada la realidad insular de este Caribe colombiano.

Pareciera que el Archipiélago atraviesa por un periodo que favorece la revisión de las estructuras sobre las cuales ha sido cimentada. El cambio climático, la geopolítica mundial y las agendas internacionales, y el tema de la garantía de derechos humanos a las minorías étnicas, han confluido en un mismo momento para condimentar la competencia por recursos finitos y vitales: agua y territorio.

Las tendencias de migración, de aumento en las densidades demográficas, de crisis por escasez de recursos, se reproducen igualmente en San Andrés a una escala local. Los conflictos por el agua empiezan a agudizarse a medida que la temperatura aumenta y las lluvias no llegan, y las necesidades de la población flotante de turistas, trasladan esos conflictos a la radicalización de los discursos identitarios que condenan o rechazan el derecho al acceso a ambos recursos vitales. La realidad global se experimenta desde lo macro a lo micro, desde lo global a lo local, y esas tendencias pueden significar un punto de quiebre que transforme para siempre la realidad de las islas.

Breve relación de crisis recientes: el fallo de La Haya y la escasez de agua

El fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya sobre la reclamación nicaragüense de aguas territoriales colombianas, trajo incertidumbre y respuestas ambiguas y coyunturales para una cuestión que sacudió estructuralmente a las islas. El territorio ganado por Nicaragua limitó la pesca en sus versiones industrial y artesanal, y ocasionó incertidumbre frente a la forma en la que desde la Colombia continental se interpreta la insularidad sanandresana, esa porción de su mapa que representa una potencialidad aún inexplorada.

Como parte de las consecuencias del fallo, las identidades se dividieron entre los que consideran que las cuestiones en juego en el escenario de la CIJ comprometen el futuro de las islas, y quienes consideran que no tienen un impacto real en la caótica interacción en el campo social insular. A pesar de la pérdida prácticamente irrecuperable del territorio, el litigio abrió la puerta a un proceso necesario y positivo dentro de la consolidación de una identidad isleña: la confrontación, y la visibilización de una porción de la historia que ha sido desdibujada.

Una semana antes de la declaratoria de competencia de la CIJ sobre las dos nuevas demandas de Nicaragua del 17 de marzo, el viceministro de relaciones exteriores estuvo en la Asamblea Departamental escuchando las inquietudes de voceros de la comunidad. Todas las intervenciones apuntaban al mismo hecho: la afirmación de que el Estado colombiano y sus instituciones se relacionan débilmente con lo sanandresano, no lo comprenden. El encuentro pareció el intento de atiborrar en tres horas las largas lecciones de historia que han sido borradas de los currículos educativos.

Según el reconocido escritor jamaiquino Stuart Hall, el padre de los estudios culturales, la cultura nacional configura una entidad simbólica que provee de lealtad y de legitimidad a los proyectos nacionales encargados de promover los proyectos modernizadores. Un medio básico para reproducir ese simbolismo es la educación nacional (Hall, 2010). La configuración de los currículos educativos resulta ser la base de la promoción de valores identitarios específicos, y la invisibilización de las historias de lo local supone tarde o temprano el inicio de un proceso que Edouard Glissant denominó de reversión (Glissant, 1989)

La invisibilización de la cuestión histórica se resuelve con la reversión, pero su resolución no termina ahí. Es necesario un proceso de síntesis, en el que se reconocen los elementos que han alimentado a la propia identidad desde ese momento original que se recuerda y se evoca como un mito creacional. En el Archipiélago, desde la población de las primeras familias puritanas en la isla de Providencia, numerosos influjos han impactado las ideas de reconocimiento propio y han integrado la forma en la que se representa lo sanandresano.

La síntesis, según Glissant, caracteriza el ser caribeño. Este proceso de reconocimiento y de discernimiento sobre la transformación de la raíz es clave en las sociedades del Caribe en general. En San Andrés, la escasez de recursos y la distribución desigual de los beneficios por el modelo de explotación turística, han comprometido esa síntesis y han profundizado las grietas entre las identidades.

El discurso raizal, que es compartido y asimilado incluso por quienes no entran en la categoría de raizal según sus condicionamientos esencialistas, se ha quedado en la reversión, y apenas empieza a emerger a través de conceptos como la raizalidad, la formación de una identidad creole, una forma de representarse que supera al vínculo generacional con el territorio, y que se relaciona desde los elementos culturales que se reproducen por los sujetos como resultado de la convivencia con el pueblo originario.

En medio de una coyuntura de escasez de agua, la molestia por lo ajeno, por lo visitante, por lo que todavía se percibe como lo otro, resulta en medidas de choque apoyadas en el discurso del derecho sobre lo propio y la exclusión de otros al acceso del mismo derecho. En días recientes, sectores de la población se organizaron para bloquear zonas de barrios sobre todo tradicionales de la isla, para manifestar el inconformismo por el acceso diferencial al recurso hídrico, disponible ininterrumpidamente en zonas hoteleras, y distribuido desigualmente a la población que habita las islas.

El inconformismo acabó en la declaratoria de calamidad pública, y en la atención por parte de instituciones y medios de comunicación nacionales. El problema fue abordado sin un lente en particular. Igual que las declaratorias de calamidad pública por sequía en otras zonas del país a causa del Fenómeno de El Niño que ya cumple tres años de visita, la situación sanandresana fue explicada como escasez a causa de la sequía. Los factores que agravan la sequía y que la convierten en una amenaza a la estabilidad social en las islas, son factores estructurales del proyecto de sociedad.

El abuso evidente de la capacidad de carga de la reserva de biosfera, el aumento en las tasas de natalidad ocasionado por marcos legales inadecuados, y el modelo turístico extraccionista, fueron ignorados en el manejo de la información hacia la opinión pública. El tema de fondo es el paradigma, la abstracción máxima del modelo de desarrollo al que intenta integrarse a las islas, uno que convive con los parámetros de la sustentabilidad solo formalmente, y que carece de la rapidez de aplicación necesaria para generar una sensación de avance en la opinión pública local.

De su lado, la declaratoria de competencia de la CIJ sobre las nuevas demandas del Estado de Nicaragua ha alimentado la sensación de que en el interior del país no se entiende a la insularidad en la que se convive en este lugar. Los argumentos de la defensa colombiana han sido ampliamente criticados por carecer de los dos elementos más fuertes para las agendas internacionales, que hubieran podido significar un cambio, incluso, en la decisión del 2012: la existencia de un pueblo indígena en situación de vulnerabilidad de derechos humanos, y la necesidad de conservar el ambiente y los recursos naturales comprendidos en la figura de la reserva de biosfera Seaflower de la UNESCO.

La sensación de que el otro no reconoce la diferencia en la forma en la que dirige lenguajes y discursos se fortaleció tras la decisión de la corte el 17 de marzo, y tras la visita del presidente Juan Manuel Santos al día siguiente, visita que evitó una rueda de prensa abierta, y que ocasionó protestas por parte de miembros de la comunidad raizal a las afueras del palacio de gobierno. Sin el ejercicio de los espejos, sin poder reflejarse fielmente en el espejo que el otro propone, la síntesis de lo caribeño enfrenta un reto grande.

La sensación de crisis es generalizada. Se sabe que el año ha traído los tres meses más calientes desde 1880, no solamente en el archipiélago sino a nivel mundial. El aumento de la temperatura favorece la ebullición de los inconformismos y la situación de enfrentamiento de intereses, dada la importancia del acceso al agua y los cuestionamientos reiterados al acceso diferencial. De igual forma, parecen emerger más rápidamente con el cambio climático las debilidades internas que se han ido asentando a lo largo de décadas.

En el 2016 se esperan subsecuentes crisis por la falta de un sistema de alcantarillado y de tratamiento de aguas residuales que hoy se vierten al mar y que rebosan hacia la vía pública desde los pozos sépticos del sector hotelero; la crisis de un botadero de basuras a cielo abierto, que dispone de las casi 80 toneladas de residuos que se producen a diario en la Seaflower; y la crisis de la sobrepoblación.

Cada vez es más frecuente en redes sociales la denuncia y el inconformismo por empleados que vienen del interior del país y logran conseguir permisos para residir en el territorio. Precisamente, en el pleno de la era de la información, son las redes sociales las que permiten una medición de la opinión local, una medición de lo que ignora y lo que conoce, y del proceso de síntesis en el que se encuentra. Todos estos elementos, empero, permiten afirmar que las islas se encuentran en un punto de quiebre, y toda crisis supone dificultades que se pueden superar aprovechando las oportunidades que contiene implícitas.

Las oportunidades en la crisis

El Archipiélago debe adaptarse a los cambios globales. Sin duda la isla no está sola en una batalla entre debilidades y amenazas. Las tendencias mundiales son las mismas, la profundización de quiebres identitarios fundamentada en el acceso a los recursos, y la falta de acceso ocasionado por un cambio en las tendencias climáticas. En medio de la crisis, hasta ahora, hay varias lecciones positivas que vale la pena resaltar.

En primer lugar, la opinión pública está cada vez más unificada en torno de la insostenibilidad del modelo económico de las islas. Recientemente se celebró la Cátedra Archipiélago, un esfuerzo entre la Universidad Nacional Sede Caribe, el programa de Maestría de Estudios del Caribe, el Centro de Pensamiento del Gran Caribe, y el Área Cultural del Banco de la República, para crear un espacio de difusión de conocimiento e intercambio de saberes y opiniones con la comunidad.

El espacio sirvió para socializar el conocimiento en torno del manejo del recurso hídrico y del modelo económico sanandresano. La socialización del conocimiento académico y técnico obtenido al respecto de ambos temas fue recibida con una asistencia significativa en el espacio de la cátedra, y el interés se ha medido sobradamente a través de las interacciones con las noticias relacionadas producidas por medios locales y nacionales, medidas a través de redes sociales.

La unión en torno de algo que amenaza la supervivencia y la calidad de vida de todos los que habitan el territorio es fundamental para hacer esa síntesis de lo caribeño. La conciencia sobre la pertenencia a un lugar, sobre los lazos que fortalecen el sentimiento de arraigo, es vital para poder pensar en un proyecto social de largo plazo. La isla requiere el fortalecimiento de las visiones compartidas, de los referentes comunes, de las metas conjuntas, para limitar el cortoplacismo y la incertidumbre en los que se encuentra sumergida.

En segundo lugar, es justamente esa visión común la que permite la formación de un capital que puede ser indicador del nivel de desarrollo de una sociedad. El capital social, la capacidad para establecer lazos de confianza entre los actores sociales, es un factor en fortalecimiento en el Archipiélago. Las acciones comunitarias en torno de problemas en común, y la obtención de resultados y de reconocimiento sobre dichos problemas, genera capital social y sustenta la afirmación de que la unión hace la fuerza.

La educación, que empieza a incluir elementos de la cultura local a través de la promoción de un módulo de cátedra raizal en los currículos escolares, se vuelve clave para moldear y dirigir positivamente ese capital en consolidación. Esta modificación en la educación nacional, permitirá generar nuevos códigos de relaciones no solamente entre los sanandresanos y su entorno, sino puntos de conciliación entre los imaginarios de los continentales sobre el territorio insular caribeño colombiano.

Por último, el fallo de La Haya y el nuevo caso en curso en esa instancia favorece la visibilidad de las problemáticas que enfrenta el Archipiélago. Es una oportunidad para proponer un discurso con un lenguaje constructivo que permita abordar integralmente, desde lo local, lo nacional y lo internacional, un debate sobre la sostenibilidad de las islas, e incluso, convertirlas en un ejemplo regional y global de soluciones estructurales a problemas estructurales, a partir de una coyuntura de quiebre propia del momento que atraviesa el Planeta.

Momentos como este, en el que confluyen tantos factores a favor de la presión por un cambio real, deben aprovecharse de forma conciliadora. El Archipiélago debe articularse a las tendencias globales, y es la crisis la que permite hacerlo más rápidamente en un momento en el cual se acumularon décadas de intentos que acabaron en división y confusión. Hoy las tecnologías de la información permiten identificar al instante los puntos de convergencia, y es en esos puntos donde es necesario profundizar. La síntesis de lo caribeño está a la espera del performance sanandresano.

El momento actual implica que al resolver la crisis, se consoliden las expresiones culturales que representan lo local en un diálogo constante con lo otro. En efecto, el arte, la literatura, la música, ocupan un lugar crucial en el proyecto de síntesis. Para terminar, Antonio Benítez Rojo propone la máxima todo espejo es un texto en el cual el observador se lee a sí mismo. El Archipiélago es el salón de los espejos en el que se redactan hoy tratados enteros, y los observadores estamos ahora en un proceso de revisión multiangular. Que la síntesis sea el resultado.

 

Bibliografía

 

Benítez Rojo, A. (1998). La isla que se repite. Casiopea

Hall, S. (2010). Sin garantías. Trayectorias y problemáticas de estudios culturales. (C.W. Eduardo Restrepo, Ed) Envión Editores.

Glissant, E. (1989). Introduction.  From a “Dead End” Situation. En E. Glissant, Caribbean Discourse. Selected Essays. (pág.6).  University Press of Virginia.

Glissant, E. (1989). Caribbean Discourse. Selected Essays. University Press of Virginia

 

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Edición No. 177