Cargando sitio

Sobre la novela histórica «Raquel la judía», de Lion Feuchtwranger

El autor

De los autores que escriben novela histórica sobre los judíos en la península ibérica Lion Feuchtwanger (LF) puede ser el de mayor relieve. Nació en un hogar judío en Munich en 1884 y murió en California en 1958. Su vida no giraba alrededor del judaísmo sino de la cultura alemana. Estudió filosofía y literatura y obtuvo su doctorado en 1918 en filología y filosofía. Su ocupación fue la de autor de piezas de teatro y novelas, llegando a ser uno de los escritores más leídos del tormentoso período de la República de Weimar.

Volcado sin tapujos a criticar a Hitler y a su partidito desde sus inicios, estuvo en la primera línea de la lista para ser acosado y perseguido. Cuando Hitler fue convocado por el anciano perverso Hindenburg a formar gobierno en 1933 LF se encontraba en los EU, y el embajador alemán le aconsejó no regresar a Alemania. En efecto, al comienzo del nuevo gobierno su casa fue saqueada por el régimen. Vivía en Francia cuando ésta declaró la guerra a Alemania, y fue encerrado por su condición de alemán en un campo de concentración, del cual pudo huir con muchas dificultades y escapar por España y Portugal para viajar a Estados Unidos en donde fue recibido como refugiado.

Sus simpatías con el régimen soviético, incluso con el régimen de Stalin cuando visitó la URSS en medio de los juicios de la gran purga, fueron motivadas por su impaciencia por los flirteos de Francia y Gran Bretaña con el fascismo, bajo el modelo de appeasement. No aparecen referencias sobre su respuesta al pacto Molotov-Ribbentrop. En los últimos años de su vida respaldó la creación y existencia del Estado de Israel.

Escribió varias obras que dieron mucho que hablar a la crítica. Raquel la judía (RLJ) (Raquel: The Jewess of Toledo; a Jewish Woman in 12th-century Castile) fue una de las últimas. Vio la luz en 1954, tan sólo cuatro años antes de morir el autor, y tuvo buena acogida entre el público, pero no fue ni es considerada por los críticos como particularmente notable. Por ejemplo, en la corta biografía en la Enciclopedia Británica ni siquiera se la menciona entre sus últimas obras. Algún crítico considera que RLJ es un hito fundacional en la corriente literaria de la novela histórica que comenzó a ser muy popular en las últimas décadas del siglo XX.

El cuento

Ibrahim, 55 años, comerciante muy rico de Sevilla, amigo y consejero “del emir Abdullah”[1] de esa capital de la Andalucía almohade, está en el patio interior del “Castillo de Castro”, en Toledo, meditando una decisión crucial en su vida: ha sido llamado por el primer ministro de Castilla, don Manrique de Lara, para poner en orden las finanzas del rey Alfonso VIII de Castilla, destrozadas en parte porque quince meses atrás “el pendenciero don Alfonso”, un joven rey-caballero, había invadido temerariamente territorio almohade (después se inventaron que no era ‘invasión’ sino ‘reconquista’). Entre victorias y derrotas, en todo caso mucho desgaste, ambas partes acuerdan una tregua. Envió don Alfonso a un embajador especial, Ibn Schochan, su “alfaquí” judío[2] a negociar un armisticio con el emir Abdullah. El acuerdo, en el cual extraoficialmente Ibrahim participó como asesor de la contraparte, incluyó una tregua de 8 años.

Toma Ibrahim varias decisiones trascendentales para su vida:

(1) Aceptará la solicitud de la corona de Castilla. Como es usual en estas situaciones (¿siempre?) la oferta es del tipo ‘préstame un dineral, tú, rico judío mercachifle, y lo cobras de diferentes tipos de impuestos, con una comisión’. Como si un Estado latinoamericano le pidiera un préstamo al Banco Mundial y éste se encargara en adelante de cobrar los impuestos para pagarse.

(2) En vista de que es claro que el reino de Castilla y Toledo[3] lo necesita, Ibrahim está en una buena posición negociadora, así que negociará condiciones a su favor, entre ellas, ser nombrado Escribano Mayor.

(3) Ibrahim es converso al islam por decisión que su padre tomó cuando toda su familia tuvo que huir de Sevilla por presión de los almohades. Sólo quedó el chico convertido al islam. Su amigo el emir le advierte que ya no lo puede proteger, pues bajo los gritos de guerra santa de ambas partes la tolerancia queda anulada. El Toledo cristiano es el sitio para estar, pues la ciudad ya tiene una tradición de tolerancia hacia los judíos. Aprovechará para regresar abiertamente a su religión judía, que venía practicando secretamente en Sevilla. Tomará su verdadero nombre, Yehuda Ibn Esra. Su apellido proviene de una familia prestigiosa con presencia tanto en emiratos como en reinados, durante varias generaciones.

(4) Muy importante para él: comprará el castillo de Castro, que había sido de su influyente familia, el “Kasr ibn Esra”, pero que les había sido arrebatado por los de Castro cuando Toledo se rindió a los cristianos de Alfonso VI.

(5) Todo esto lo ha decidido por vocación personal, pero siente el llamado de Dios para proteger a los suyos. La alta posición que va a ocupar le permitirá como mínimo frenar la guerra santa en la península, que es inminente por el ambiente que vive el cristianismo de invitaciones a nuevas cruzadas, estrechamente relacionada con la prédica de la violencia propia de la nobleza de caballeros. Ibrahim tiene claro que las primeras víctimas de esas guerras santas han sido los judíos, y que eso volverá a ocurrir. Los judíos necesitan la paz.

Tomadas las decisiones, se reúne con el rey para firmar los documentos. Asisten la reina Leonor y el primer ministro don Manrique de Lara. Una sesión difícil por la actitud del rey-caballero, quien detesta al judío pero necesita su dinero, y le fastidia tratar con ese tipo de “mercachifles” que creen que lo que importa es la economía y que la paz se consigue con negociaciones, cuando para un rey-caballero la solución es la espada. Ante las solicitudes del judío que el rey considera excesivas, el rey advierte:

“Parecéis un hombre insaciable, Ibrahim de Sevilla.

El mercader respondió con calma:

–Soy difícil de saciar…, porque debo saciaros a vos, Majestad. Quien está hambriento sois vos. Yo adelanto el dinero. Lo que luego haya de percibir, es aún un interrogante…

Ibrahim anuncia al rey que en Toledo ya no será más Ibrahim. Ha regresado a Toledo precisamente porque puede volver a ser Yehuda ben Esra.

Explica lo que hay que hacer en el reino, arruinado por las guerras:

“…Acabáis de cerrar un tratado para mantener en paz vuestras tierras durante ocho años. ¡Qué inmensa cantidad de riquezas pueden ser extraídas, durante estos ocho años, de vuestras montañas, del fértil suelo y de los ríos! Sé de hombres que están en condiciones de enseñar a vuestros siervos cómo pueden hacer más productivos los campos y aumentar sus rebaños y manadas. Y veo el hierro que encierran vuestras montañas fluir en cantidad inagotable. Veo cobre, lapislázuli, mercurio, plata, y procuraré manos hábiles que lo extraigan todo, lo preparen, lo mezclen, lo fundan y lo forjen. Traeré gente de los países islámicos que instalarán talleres de armas que nada tendrán que envidiar a los de Sevilla y Córdoba. Y hay un artículo del cual en este reino del norte apenas se ha oído hablar, artículo llamado papel, en el cual se escribe más fácilmente que en el pergamino… Y así las Ciencias, el Pensamiento y la Poesía ganarán en riqueza y profundidad en vuestras tierras, señor y señora…” (23)

El rey se lamenta de la muerte del antecesor de Ibrahim, el buen ibn Schocham, aunque le parece una maldición un compromiso de paz por ocho años.

Yehuda trabaja febrilmente. Entre otras cosas, remodela el castillo de Castro contratando a arquitectos y artesanos de Sevilla, pues Toledo es un hueco.

En los cien años que llevaba en poder de los cristianos, Toledo había perdido mucho de su grandeza y esplendor de la época islámica… (41)

Llegan de Sevilla para habitarlo Yehuda, sus hijos Raquel y Alazar, y su amigo y protegido, Musa Ibn Daud, médico, sabio, filósofo, poeta musulmán, que ya no cree en ningún fanatismo, en boca del cual pone en algún momento de la novela:

“Sólo pocos comprenden que no vivimos sino que somos vividos”.

Y claro está, un séquito numeroso de sirvientes domésticos y empleados de apoyo para la tarea a la que se ha comprometido y para administrar sus negocios.

Muy pronto conoce Yehuda al belicoso arzobispo de Toledo don Martín de Cardona, quien tenía entre ojos a los judíos. Además del odio a los que mataron a Cristo, está el hecho de que los judíos tributan los diezmos directamente al rey y no a la Iglesia Eso es lo que quiere decir en la península cristiana que ‘los judíos son propiedad del rey’. Continuamente reclama al rey que contrata judíos para altos cargos, especialmente en las finanzas, a pesar de la prohibición papal de hacerlo, a lo que siempre responden el rey y don Manrique -en un caso también doña Leonor- con ‘dejáte de pendejadas, todos lo hacen’. LF pone en boca del arzobispo una cita de una declaración papal:

Guardaos, príncipes de la cristiandad. Cuando compasivos abrigáis en vuestro seno a los judíos, os lo agradecen… como el ratón en la talega, la serpiente en la chupa y la yesca en la manga…

Y le advierte:

Ese hombre se os ha acercado excesivamente, don Alfonso. Ha anidado como un reptil en vuestro corazón.

Explicándole al rey su iniciativa de contratar a Ibrahim, Manrique le había dicho:

Por espacio de un siglo, enzarzados en hacer la guerra de conquista, no hemos podido ocuparnos de la Economía… necesitamos la sagacidad de los judíos, de su elocuencia y de sus relaciones comerciales. Fue una suerte para los príncipes cristianos que los musulmanes expulsaran de Andalucía a sus judíos. Así, ahora vuestro tío de Aragón puede tener a su Joseph Ibn Esra, y el rey de Navarra a su Ben Serach.

–También mi padre –intervino doña Leonor– tiene su Aaron de Lincoln… (20)

También conoce Yehuda al secretario del arzobispo y confesor del rey, el canónigo don Rodrigo, que está escribiendo una historia de la península y para ello dirige una pequeña escuela de traducción. Ambos estarán siempre muy presentes en los acontecimientos de la novela.

Los enfrentamientos de Yehuda con el rey son recurrentes. Éste le reclama dinero para sus combates. El primer choque que urge a Alfonso VIII es someter al linaje castellano de los Castro. A ellos los expulsó de la ciudad y les quitó el Castillo que era de los Ibn Esra, el que compró, remodeló y habita Yehuda. Los hermanos Fernán y Gutierre de Castro están con sus mesnadas haciendo fechorías, con el fin de provocar al rey, pues en caso de que el rey los enfrente éstos se declararán vasallos del rey de Aragón, Fernando II, tío de Alfonso VIII, con quien tenía continuos enfrentamientos, y se desatará una guerra en la que perdería Alfonso y desparecería el reino de Castilla y Toledo. Yehuda le niega el dinero, con contundente realismo sobre los riesgos, y le ofrece una alternativa que requiere de diplomacia. El rey acepta por la fuerza de la realidad expuesta, Yehuda irá a Aragón y el rey se compromete a no adelantar acción alguna mientras regresa con el resultado.

En ausencia de su “judío mercachifle… quien pretende zanjar querellas de caballeros por artes de mercader” (61) el rey convoca el reducido Consejo de la Corona. Con el respaldo del belicoso arzobispo, organiza una guarnición de “quinientas lanzas” para vigilar a los de Castro, incumpliendo el compromiso con Yehuda.

Llega la noticia de que accidentalmente un soldado dio muerte a uno de los hermanos Castro, lo que necesariamente desembocará en una guerra con Aragón. Reconociendo su responsabilidad sobre lo ocurrido y sus consecuencias nefastas, Alfonso VIII viaja a Burgos, en donde se encuentra su consorte. Eso le permite no tener el fastidio de ver a Yehuda haciéndole cara de censura por su acto temerario que puso a Castilla en grave peligro.

Estando en burgos con doña Leonor, fallece repentinamente el rey de Aragón. Alegría total, pues el joven príncipe heredero, Pedro su primo, es admirador del rey-caballero Alfonso, y por su propia iniciativa no respaldará una propuesta de los Castro para enfrentar conjuntamente a Castilla. Y Leonor encontró la manera de ligarlo a Castilla: ofrecerle en matrimonio a la mayor de sus tres hijas, Berenguela, de 13 años. Eso le daría al primo la expectativa, de continuar Alfonso sin hijos varones, de unir las coronas de Aragón y Castilla. Le ofrece también el ingreso a la orden de caballería, de manos de Alfonso VIII. Se preparó al acto en Burgos. La reina invita a la ceremonia, por la debida consideración, al judío y sus dos hijos. Allí conoció el rey a la bellísima Raquel, cuya desenvoltura -por ejemplo, criticando los “lóbregos edificios” castellanos frente a las bellas construcciones musulmanas- le causó esa repulsión que llaman en los folletines ‘amor a primera vista’.

En el acto de ordenamiento de caballero, Alfonso adicionó arteramente el compromiso de vasallaje de Pedro. Éste se sometió, abrumado por la circunstancia, pero al terminar el acto dio la espalda a los festejos programados y abandonó Burgos con su séquito. Ante la imprudencia del rey, el objetivo trazado por Leonor y Yehuda, mejorar las relaciones con Aragón, no se cumplió. Al contrario, queda casado un conflicto permanente, que tendrá consecuencias. Ante el conflicto, Yehuda aconsejó que la encantadora reina Leonor viajara a Zaragoza, capital de Aragón, con algunas ofertas de fortalezas y similares. El joven príncipe convertido en rey acepta no enfrentar a Castilla, pero repudia por el momento el matrimonio con Berenguela. Informado por Leonor del éxito de su gestión…“Alfonso amó a su mujer, de la que le habían nacido tres hijas, con el mismo ardor de la primera noche que la conociera”. De ese entusiasmo nacería un hijo.

A lo lejos se producen acontecimiento que influirán sobre la historia de la península. Saladino recupera Jerusalén para los musulmanes. El papa lanza otra cruzada, que en las cuentas de la historiografía sería la tercera, y promueve el cese de hostilidades entre los reinos cristianos de la península para que expulsen a los moros en lugar de pelear entre sí. Alfonso se entusiasma, pues algo así lo liberaría de la tregua con el imperio almohade de Sevilla. Convoca el Consejo del Reino al que no asiste Yehuda por discreción. Con el arzobispo coinciden en que la guerra santa incluye la frontera de la cristiandad con los musulmanes en la península: “conminándolos a lanzarse resueltamente contra los musulmanes en su península y contra el anticristo de occidente, el califa almohade Jakub Almansur”(84). Don Rodrigo el canónigo lo convence de que no es adecuado romper la tregua con los almohades. Pero posterior a la reunión, hace venir al judío a su servicio para anunciar su decisión de encabezar la guerra santa en la península. Yehuda le muestra que sería perjudicial para la prosperidad económica en marcha.

“¡Mi economía! … Habéis de comprender, fastidioso calculista, que no va en ello “economía” alguna sino la honra de Dios y del rey de Castilla” (87)… ¡Procuradme el dinero! ¡Doscientos mil para empezar! … ¡Ahora!”.

Yehuda alegó que no le era posible y el rey lo insultó, quedando las relaciones maltrechas. Pero Yehuda aceptó la iniciativa del papa de cobrar, incluso a los judíos, el “diezmo de Saladino”, con destino a financiar la cruzada. El rey no podía negar la lealtad del judío, “…Es un perro astuto” (89).

En uno de sus paseos Alfonso visitó “La huerta del rey”, en donde estaba abandonado el “Palacio de Galiana”, construido por el emir moro Galafre para su hija. Quería mostrar a la insolente joven judía que los reyes cristianos también podían construir palacios como los de los musulmanes, aunque el rey la consideraba “suntuosidad femenina… los musulmanes se hallan afeminados con todas sus alfombras y tapices”. El rey visita el palacio Ibn Esra, en donde vive el judío con el que se hallaba disgustado, y allí conversa con su hija, y en forma de reto aceptado le anuncia que le demostrará que él puede también construir lujos como los de Sevilla. Encarga al judío reconstruir el palacio, lo que requiere nuevamente artesanos y arquitectos musulmanes, pues en la atrasada Toledo no los había. Raquel resulta asustada, pues ve que el rey pretende más que conversar.

Como estaba previsto, la tercera cruzada comienza en Europa matando judíos. Castilla se mantiene neutral, logro en buena parte de Yehuda. No hay condiciones económicas para la guerra santa contra los almohades; más bien, le demuestra al rey, Toledo debe aprovechar las oportunidades económicas de la neutralidad para crecer económicamente y emprender una campaña después. Reciben los judíos de Toledo la petición de auxilio de judíos que huían de las matanzas en Francia. Yehuda propone, en lugar de enviarles dinero, conseguir que el rey acepte recibir seis mil judíos para que se establezcan. Una promesa riesgosa de difícil cumplimiento.

El rey ha permanecido en burgos con Leonor y su nuevo hijo, Fernán Enrique. Regresa a Toledo desesperado por honrar su calidad de caballero y pelear contra los moros. Nuevamente el judío le muestra la inconveniencia.

El palacio de la Galiana está terminado. El rey solicita a Yehuda que le organice la visita al resultado, y le ordena que lleve a su hija Raquel. En la visita, el rey anuncia que su deseo es regalar el palacio a Raquel, lo que se entiende como una invitación a que sea su concubina. Sujeta ella el asunto a la decisión de su padre. Es una propuesta difícil para un judío, y para una judía, pues Raquel, criada especialmente como musulmán, desde su llegada a Toledo había decidido abrazar el judaísmo. Las prácticas judías y musulmanas en esto del concubinato eran diferentes.

Yehuda pasa muchas angustias, y consulta a su amigo el sabio Musa:

“Ese rey cristiano quiere tener a mi hija para holgar con ella. Le regala la quinta de recreo de La Galiana que edifiqué por encargo suyo. Debo huir, o entregársela. Si huyo, oprimirá a todos los judíos que se hallen bajo su poderío y se habrá perdido el asilo de los muchos que son perseguidos [debido a la nueva cruzada] en tierras del rey de Francia”. (129) “¿Es que debo pagar el bienestar de muchos con la prostitución de mi hija?” (131).

El sabio, musulmán al fin y al cabo, lo regaña por su identificación de concubinato y prostitución. Y le sugiere: “Pregúntaselo a ella”.

“¿Te causa repugnancia?”. “No, padre mío; ese rey no me causa repugnancia”. (132).

Comienza así el romance.

El autor destina algunos capítulos a la convivencia de los enamorados y los conflictos que significaba su concubinato. Eran dos personalidades distintas: la una criada en el hedonismo musulmán, el otro un guerrero-rey que rinde culto a la violencia y encarna la ética caballeresca del honor y la venganza cruel. La una, musulmana y judía, el otro cristiano, sometido a las presiones de sus cercanos por la religión de su concubina, una carga explosiva en el ambiente ya instalado de intolerancia de las cruzadas. Don Rodrigo estaba escandalizado y trataba de convencerlo de abandonarla, pero…

“sabía que el pecador era insensible a la terrible hediondez de su pecado, sordo al escándalo de su delito” (151).

El novelista deja entrever que el populacho de Toledo no se escandalizaba, que reconocía la belleza de la concubina a la que llamaban la fermosa.

El rey y su concubina, diríamos hoy, se comprendían y toleraban sus diferencias. Ambos intentaron, desde su respectivo nivel y vocación, ‘redimir’ al otro: el rey intentó la conversión de su Raquel al cristianismo; Raquel por supuesto no intentó la conversión del rey, pero sí transformar su gusto por la violencia. Ambos se rindieron: el rey no insistió, Raquel le obsequió una armadura fabricada en Sevilla, que eran de mejor calidad que las que en esos días se fabricaban en Toledo. En general, todo en Sevilla era mejor que en la atrasada Toledo cristiana.

Angustiado Yehuda por conseguir la autorización para el ingreso de los 6000 judíos de Francia, conversa varias veces con el rey, quien no decide. No queda otro recurso que sugerir a su hija que interceda ante el rey con la solicitud. El rey explota: la acusa de no ser más que el instrumento de su padre, y la violenta. Raquel abandona La Galiana.

Ante el conflicto en ‘su hogar’ el rey quiere olvidar su amorío preparándose para la guerra. Comunica su decisión a don Manrique. Éste le recuerda las dificultades según el Escribano.

“Nuestro judío -replicó altanero don Alfonso- no ha contado en sus cálculos con un factor: la honra. Sobre lo que es la honra entiende tan poco como yo de su Talmud”. (186)

Manrique saca el argumento mayor: es evidente que para iniciar la guerra, a ella tiene que unirse sinceramente el odiado primo de Aragón. Como eso no es posible, el rey acepta esperar.

Finalmente, el rey enamorado llama a Yehuda, le pide detalles y garantías sobre el ingreso a Toledo de los seis mil judíos, y accede ante los argumentos… porque quería dejarse convencer. Y solicita al ‘suegro’ que elabore el documento oficial de aceptación de la inmigración. Ordena que lo lleve a La Galiana y que le indique a su hija que quisiera que ella asistiera a la firma. De nuevo en La Galiana la relación se renueva y profundiza.

Leonor ya se preocupa porque el capricho de Alfonso se prolonga. Supone que la guerra haría que el rey olvidase a su judía. Comenzó su campaña difundiendo la idea de que la paz era ofensiva a los ideales cristianos y caballerescos. Esto, pensó, azuzaría a su rey-caballero.

Adelantó Leonor por su iniciativa conversaciones para llegar a acuerdos con Aragón, y escribe a Alfonso para que la visite; ella no puede ir a Toledo porque debe cuidar a su hijo cuya salud requiere vigilancia. El rey quiere hacer la guerra santa contra los musulmanes de la península; estaría dispuesto a pasar por alto las objeciones de Yehuda y Manrique sobre la necesidad de aliarse con Aragón, pero no quiere que esta alianza se consiga mediante acuerdos que impliquen concesiones de las cuales se ufanaría el primo que detesta. El primo, por su parte, tenía vivo el rencor por la ofensa durante su investidura como caballero, y era claro que esperaba una oportunidad para vengarse.

El rey se dirigió a Burgos a negociar el acuerdo con Aragón, con ayuda de Leonor, y llevó a Yehuda y Manrique.

“Preciso de la astucia de [mi] judío” (200).

El rey de Aragón delegó para las negociaciones en Burgos a su asesor Joseph Ibn Esra, pariente de Yehuda, que jugaba el mismo papel que éste en la corona de Aragón. Ambos eran leales a su monarca, pero tenían un objetivo en común: aplazar, incluso impedir, la guerra santa en la península.

Los detalles generales del pacto entre Aragón y Castilla se acordaron pronto, algunos a disgusto de Alfonso, como devolver el castillo de los Castro. Yehuda, sagazmente, dijo que aceptaba el sacrificio si era por una buena causa, a lo que añade, refiriéndose a uno de los Castro:

“el barón rebelde se excede en sus exigencias al rey, pero yo no estoy versado en cuestiones de honra”.

Pero más adelante hizo ver que los puntos económicos del acuerdo con Aragón eran muy intrincados e importantes, pues a largo plazo definirían qué reino sería más poderoso. Para mediar en los arreglos sobre la guerra santa, se aceptó la sugerencia de Yehuda de nombrar como árbitro a Enrique II de Inglaterra, el padre de Leonor. Una propuesta que nadie podía rechazar. Yehuda sabía que Enrique II no tenía afán en conseguir un pacto entre los dos reinos cristianos. Para reforzar su estrategia, escribe Yehuda una carta al judío Abraham de Lincoln, asesor cercano a Enrique II. La cofradía internacional de los judíos.

Llevaba Alfonso tres meses en Burgos, en donde sentía censura por todas partes por su concubinato con la judía. Deseaba todos los días volver a La Galiana. En ese momento recibe un golpe contundente: muere su hijo. El matrimonio de Berenguela con Pedro vuelve a ser de gran interés para el joven rey de Aragón, lo que facilita las negociaciones para iniciar la guerra santa. El rey vive la contradicción de la muerte de su hijo varón, el deseo de la guerra y las presiones por iniciarla y su deseo de volver con su judía. Sus dilemas son descritos profusamente:

 “Raquel nunca había tenido ojos o corazón para sus virtudes caballerescas, sus dones regios…, antes bien le resultaban despreciables. Odiaba la guerra. Pertenecía a los débiles, a los cobardes, que sólo sirven de estorbo a los valerosos en el camino que les ha sido prescrito por Dios. Era una villana en esencia, judía de la cabeza a los pies…”

Se decide: ante el cambio de circunstancias, anuncia la decisión de regresar a Toledo y anunciarle a Raquel que lo de ellos ya no va más. Le dice a Leonor:

“¡La echaré fuera!”

Regresa a La Galiana, con esa decisión como paso previo al inicio de su guerra santa a dos meses vista, pues la alianza con Aragón se sella con el matrimonio. La determinación del enamorado se ablanda frente a su amada. Sin embargo, al día siguiente de su reencuentro coge valor y le dice que todo ha terminado, que se va para la guerra. Raquel se desmaya, y cuando vuelve en sí le anuncia la causa: está embarazada. Eso cambia todo. La alegría del rey es inmensa. De ser un varón, hasta podría ser su sucesor. Se va para la guerra, pero espera volver con su judía y con su hijo.

Los Ibn Esra de Aragón y Castilla se daban sus mañas para retrasar el comienzo de la guerra: las dificultades del acuerdo del que se esperaba mediación de Enrique II se trasladaron a la dote para el matrimonio concertado.

Yehuda entretanto donó una bella sinagoga construida como a él le parecía adecuado, y consiguió que el rey la visitara, en plena cruzada cristiana en Europa. Y apareció la criatura: un varón, lo que abre un nuevo conflicto: ¿bautizarlo o circuncidarlo?

Para congoja de Yehuda, reciben la noticia de la muerte de Enrique II, la pieza clave en la maquinaria política para dilatar el inicio de la guerra. El sucesor, Ricardo Corazón de León agilizaría la entrada a la guerra de los dos reyes cristianos. El rey está feliz:

“¡Ahora ya la tengo… mi guerra!…”

exclamó gozoso ante Yehuda (238) quien, como es su deber, le promete que la prosperidad económica que ha logrado Castilla le permite dotar con todo lo necesario a sus ejércitos. El rey anuncia su viaje a Burgos a finiquitar los detalles de la boda de su hija con el joven rey de Aragón, pero, para terror de Yehuda, quiere bautizar a su hijo antes de viajar. Tremenda discusión, que disgusta al rey, quien no ignora que su contradictor es… ¡su consuegro!

“¡Acabad ya con esas paparruchas! Sabéis tan bien como yo que no quiero tener por hijo un judío”. “También fue judío Jesucristo, Majestad – replicó Jehuda.”

Yehuda todo lo que consigue es que la decisión sobre circuncisión o bautizo se aplace, bajo un comprometedor juramento de que no procederá a la ceremonia judía mientras Alfonso esté en Burgos.

La reina consorte del finado Enrique II y suegra de Alfonso VIII, Leonor de Aquitania, asume la regencia de Inglaterra mientras su hijo Ricardo se dedica a lo que le gusta, la cruzada. Viaja a Burgos con cuatro propósitos: seleccionar la nieta que desposará al futuro rey de Francia; asesorar a su hija sobre cómo deshacerse de la judía y de su padre; culminar el arbitraje solicitado a su finado consorte sobre los intereses de Aragón y Castilla; y ayudar a concertar la estrategia y las alianzas necesarias para la guerra contra los musulmanes en la península.

Selecciona a Blanca; la otra nena, Urraca, se desposará con el futuro rey de Portugal Alfonso II. Como casamentera y conspiradora, la de Aquitania no tenía parangón.

En cuanto a su segundo propósito, dice a su hija que la guerra tiene victorias y derrotas, y los musulmanes son enemigos serios. Las derrotas brindan también oportunidades. De la derrota de Castilla, mientras se restablece el orden, cada uno culpará al otro…

“—y para muchos será tu Escribano judío el culpable y el traidor. Tú, naturalmente, lo defenderás… Deberás esforzarte en contener la ira del pueblo. Mas, ¿quién puede hacerlo?” (255)

En cuanto a la guerra, hay que aprovechar que los musulmanes cumplen los acuerdos. Es muy importante que Alfonso dé la imagen de querer respetar la tregua entre Castilla y el califa almohade. De otra manera, ejércitos muy numerosos y bien preparados atravesarían el estrecho y en esas batallas es muy probable perder. “Al principio, Castilla debería permanecer neutral” (274). Aragón invadiría con algún pretexto la Valencia musulmana, y muy pronto solicitaría la ayuda de Castilla. Visto así, la intervención de Castilla no aparecería como una violación de la tregua vigente. Esta estrategia era conveniente, pero ofendió al fogoso caballero Alfonso, pues el crédito del primer choque le tocaría a su detestado primo. La ilustre regente sabía de los recelos de su yerno, por eso los conjuró en una comprometedora ceremonia familiar a cumplir lo pactado: primero entraría a la guerra Aragón, luego Castilla y Toledo.

Desde que Yehuda conoció la muerte de Enrique II entendió que la guerra era inevitable. Ya en los meros preparativos de la nueva cruzada muchos judíos habían sido masacrados en Inglaterra, durante y después de la posesión de Ricardo Corazón de León. Calculó que ni él ni Raquel tenían salvación, pues la derrota de Castilla era completamente predecible, pero el niño sí. Convence a su hija que le permita raptarlo y entregarlo a alguien que no revelaría en dónde se encuentra, mientras dura la guerra. Ella accede con inmenso dolor.

El rey regresa de Burgos entusiasmado por iniciar la guerra pero primero a bautizar a su hijo y monta en cólera cuando Raquel le cuenta que Yehuda lo ha raptado. Energúmeno tiene que reconocer que el judío tiene razón, pero además, ha atrapado al rey. La mejor manera de proteger a su futuro Sancho es que el niño no esté en Toledo mientras él hace la guerra. Y sólo si Yehuda está vivo podrá recuperar a su hijo.

Ante el ruido de guerra, arriban a Toledo embajadores del califa. Le recuerdan al rey la tregua firmada, en todo caso advirtiendo que actuarían contundentemente si el reino de Castilla y Toledo rompe el compromiso. La amenaza creíble es siempre la mejor estrategia si se desea la paz, en al Andalus o en Ucrania. Contra todo lo concertado en Burgos, Alfonso despide a los embajadores con insultos y amenazas y les declara la guerra. Obliga a Yehuda a escribir y firmar conjuntamente con él un documento. El califa lo recibe y la grosería le servirá para enfurecer a sus ejércitos. Devuelve el documento con un mensaje en el reverso, anunciando que irá ‘a por él’, como dicen agramaticalmente los españoletes de hoy.

La suerte está echada. Alfonso pasa la última noche con su Raquel, y se despide, con su armadura de caballero, para ir a la guerra, alimentado por su imagen de sí mismo y los valores de la caballería. No le importó traicionar el acuerdo firmado en Burgos con Aragón a instancias de Leonor de Aquitania y frente a las familias de ambos reyes presentes. Razonó quiméricamente que la estrategia misma diseñada en Burgos para acabar con los sarracenos estaba equivocada. Consideró como feicnius los informes de sus espías sobre el numerosísimo ejército que estaba marchando en la península para enfrentarlo. Y para rematar, planeó la batalla de Alarcos más movido por la enjundia que por la sensatez. Una derrota monumental para los cristianos, que puso en entredicho la existencia misma del reino.

“Desde la batalla de Zallaka, acontecida hacía ciento doce años, no habían logrado los musulmanes una victoria tan aplastante en la península” (315).

Pasó como habían previsto las Leonoras, sin mucho esfuerzo adivinatorio: en los desórdenes que surgieron, era evidente que había dos culpables: la judía, que hacía caer el castigo de Dios por el pecaminoso concubinato, y su padre, un judío traidor que trabajaba para el califa almohade. La turba los busca, dirigida por alguien de los Castro, que entretanto habían llegado de Aragón, y los matan. Como había previsto Yehuda, la muerte de los dos calmó a la turba, que no prosiguió contra la judería. Ésta, por cierto, había aportado 3000 solados al ejército, la mayoría de los cuales perecieron en la aventura del rey.

El tremendo rey-caballero, ligeramente herido, perdió el conocimiento al recibir en la fortaleza de Calatrava la noticia de la muerte de Raquel y su padre. Con sus muertes, además, había perdido para siempre los rastros de su hijo. Hizo preguntas… Era evidente que hubo una maquinación en la que estaban involucrados su Leonor y la dinastía de los Castro.

La victoria de doña Leonor fue pírrica.

“nunca más tocaría a la asesina de Raquel…”… “Nada había logado con quitar de en medio a Raquel…” Marchitaste mi corazón cuando mataste a Raquel…”

Alfonso VIII no le pidió que se quedara en Toledo, como era el deseo de ella, y la dejó marchar de regreso a Burgos. Y si bien la judía y su padre habían muerto, un poco el alma de Alfonso también:

“ni siquiera estoy triste… me he vuelto más sereno (384)…”.

El judío fue reemplazado por otro judío, don Efraim Bar Abba, el presidente de la aljama de Toledo (barrio judío). Bar Abba ayudó a Alfonso a negociar una tregua aceptable con Sevilla, esta vez a 12 años, tregua que cumplió.

“Doce años habré de esperar para mi campaña… [la] conduciré con cautela. No habrá ya nada allí del dichoso, del bienaventurado e intrépido denuedo de antaño”.

Conjuntamente con don Efraim, exhuman los cuerpos de Raquel y Yehuda, enterrados en La Galiana. Acompañados de una inmensa procesión del pueblo agradecido por la pujanza económica del reino y admirador de la fermosa, llevan los cuerpos al cementerio de la Aljama, para darle judía sepultura.

La voz narradora se transforma en el breve párrafo final. Solamente en los últimos dos renglones habla Lion Feuchtwanger:

“Yo mismo me he detenido ante la ruinosa puerta y he contemplado la ya borrosa inscripción árabe con la que La Galiana saluda al huésped: “Paz, Salud, Bendición” [4].

Entre la historia y el cuento en la novela histórica Raquel la judía

“Macondo existe, es Aracataca”

No. Las obras de García Márquez no son novela histórica, pero la afirmación anterior revela el peligro: creerse las novelas. Un buen número de colombianos cree, como yo durante muchos años, que en el conflicto en las bananeras el ejército había matado 3000 trabajadores. La fuente: Cien años de soledad.

Si este riesgo existe en esta novela cumbre del estilo más alejado de la historia, el realismo mágico, mucho mayor es en el caso de las novelas históricas. En la oportunidad de alguna efeméride de don Lión, alguien en el periódico Haaretz escribió:

“Casi todo el trabajo de Feuchtwanger –principalmente novelas, pero también obras de teatro – es ficción histórica, en donde la ficción a menudo tiene precedencia sobre la exactitud histórica”.[5]

Claro, pues don Lión no es ni historiador ni hispanista. No pretendió tampoco hacer historia novelada, en la cual el ajuste a los hechos conocidos es primordial. Eso debía saberlo y asimilarlo el lector para obtener de la novela algo más que un rato de esparcimiento con un cuento bien contado, y, por cierto, éste lo es. Como es fácil confundirse, la advertencia de Haaretz es pertinente. Los ingenuos agradecemos la alerta.

la consigna es estar siempre alerta, pero sin exagerar. Cualquier novela histórica tiene algo de historia. No pueden reemplazarse los nombres de Alfonso VIII, Alfonso VII, Alfonso VI, Leonor de Aquitania, Leonor de Plantagenet, Enrique II y muchos otros (casi todos, según veremos) por nombres de una serie de ficción como Game of Thrones, o The Lord of the Rings.

¿En dónde nos situamos, entre la advertencia ya hecha de no creer todo, y otro riesgo, cual es no creer nada? No dar crédito a nada puede hacer perder una buena parte, si no casi toda, de la calidad de la obra, y lo que podemos entender y aprender de ella. Sí, de la literatura también se aprende. Y no tomar en cuenta nada, recuerda al mono manteco de Norteamérica, ese líder que llama feicnius a toda noticia que no es a su favor.

Relación con la historiografía, como hechos-históricos-ampliamente-reconocidos

La situación histórica en la que ocurre el drama es muy real: la mayoría de los personajes y los acontecimientos que los enmarcan son reconocidos, y no sólo reyes, papas, batallas y lugares. El autor hace algunos traslados temporales para situarlos en el período del drama, y sí, el resultado es un cóctel –sabroso, condición que está reivindicada– que puede ser, por decir lo menos, delicado si lo pasamos por alto, tanto como si pensamos que la novela no es más que una historia de amor frustrado enmarcada en unos cuantos nombres y hechos.

Una advertencia sobre las fuentes del siguiente análisis: esta reseña no es la que haría un historiador. La fuente inicial, como es usual, es Wikipedia. Google aporta páginas especializadas, artículos aparecidos en secciones culturales de la prensa y una que otra columna de opinión. Hay también libros de investigadores reconocidos en la tradición académica seria. En la búsqueda se descubre que el conflicto de las tres religiones modulando la competencia de matones exitosos –reyes/emires de pequeños territorios– está aún presente, pues hoy en día vivimos una exacerbación del recurso a la historia para justificar ambiciones de políticos territoriales. El sesgo se manifiesta en lo que se dice, en los sustantivos y adjetivos que se prefieren, y también en lo que deja de decirse, o sea, en lo que se considera no importante.  

Bajo esta advertencia sobre los límites de esta reseña, veamos los hechos que reconoce la historiografía y sus discrepancias con la novela.

LF afirma con rotunda precisión que Leonor tenía 29 años en el momento del primer encuentro con Yehuda. Ella nació en 1160, así que el inicio del drama es en 1189, y los 7 años de convivencia con la judía, según las crónicas de Alfonso X citadas en el primer epígrafe, llevan a 1196 como año final. Coincide bien con la fecha de la batalla de Alarcos, que tuvo lugar en 1195.

Hay bastantes traslados para efectos dramáticos. Algunos: el infante Fernando que en la historiografía nace en este período (1189) a la pareja Alfonso-Leonor sobrevivió con buena salud hasta 1211, y estaba planeado que fuese el sucesor. LF lo confunde adrede con el hijo que murió muy pequeño, el segundo de la pareja, en al año 1181. Le asigna al niño que murió el nombre de Fernán Enrique; Enrique es el nombre histórico que corresponde al último hijo conocido, que siendo un niño de 10 años le sucedió en el trono en 1214 y muere accidentalmente en 1217, durante la regencia de su hermana Berenguela.

Según la novela, Alfonso VIII estaba obsesionado con los ideales caballerescos, y por ello en parte era imprudente. Éste es un punto central en el drama que nos pinta LF. El aventurerismo habría sido la causa de sus derrotas más notables. En efecto, la derrota que los almohades propinaron a sus ejércitos en sus incursiones por territorio de éstos por los años 1182-1186 (años aproximados, pero anteriores al inicio de los acontecimientos de la novela[6]) obligó a tratados de paz que fueron negociados por el rey a través del judío Yusuf b. al-Jaffar. Más adelante el negociador fue “el judío Ibrāhīm ben al- Jaffar”, quien después repitió luego de la batalla de Las Navas de Tolosa (ver referencia en la nota anterior).

Los judíos eran políglotas, buenos negociadores y, ¡muy importante!, podía culpárseles de cualquier cosa (no sólo en la edad media: también sucedió en la rendición oficial de Alemania en 1918 y luego en el acuerdo de Versalles). La historiografía mayormente describe los anteriores a la batalla de Alarcos como acuerdos de dos años que se fueron renovando[7], mientras en la novela se habla de ocho años, y Alfonso VIII, en alianza con otros reinos visigodos[8], traicionó la tregua en Alarcos. La ruptura inadecuada de la tregua en un documento escrito por parte de Alfonso VIII, que originó una nota del califa en el reverso, está documentada, y se pasa por alto en casi todas las reseñas de vidas y acontecimientos que se pudieron consultar con un par de clics en Google[9].  

La batalla de Alarcos fue un desastre para el reino en su momento llamado Castilla y Toledo, como lo pinta la novela, y alguna crónica historiográfica dice que su derrota ocurrió por apresuramiento: no haber aguardado los refuerzos que se esperaban de sus aliados de los reinos visigodos:

“Un nuevo califa almohade, Abu Yusf Almansur, le desafió en Alarcos. El rey, envalentonado y temerario, no quiso esperar el refuerzo del rey de León, y cargó sin dejar reserva alguna en retaguardia.”[10]

Más comparaciones entre la novela y la historiografía:

Manrique Pérez de Lara fue protector cuando niño y por tanto preferido de Alfonso VIII, y el enfrentamiento entre los linajes de los Lara y los Castro es histórico y fue tenaz. Pero don Manrique el de verdad llevaba varios años muerto en 1189, e incluso su hermano, Ñungo Pérez de Lara, quien le sucedió y ejercía gran influencia sobre el rey. El arzobispo Martín de Cardona parece ser una fusión de dos personajes: Pedro de Cardona, quien fue una piedra en los borceguíes para los judíos toledanos y Martín López de Pisuerga, arzobispo-guerrero que acompañó a Alfonso VIII en varias batallas, pero murió en 1208, mientras en la novela muere 1195/6. LF pone en boca del arzobispo comentarios sobre los judíos como:

“Dios los había condenado a eterna servidumbre y era deber de los príncipes cristianos mantener humillada la cerviz de los malditos”

Especial atención merece el “canónigo Rodrigo” de la novela, confesor del rey. Parece haberse inspirado mayormente en Rodrigo Jiménez de Rada, quien en efecto escribió una historia de los reyes de España, fue diplomático al servicio de Alfonso VIII, y murió en 1247. Pero en la novela el canónigo aparece también ocupado en traducciones. Presenta a Raquel al judío llamado Benjamín, su más eminente colaborador, inspirado seguramente en Benjamín de Tudela (1130 – 1173), un políglota notable oriundo de Navarra. En la historia, la Escuela de traducción de Toledo, nombre que cobija un trabajo hecho en Toledo, se inicia con Raymond de Toledo, un monje benedictino nacido en Gascuña, arzobispo de Toledo entre 1125 y 1152, quien ejerció notable influencia sobre Alfonso VII, el abuelo de Alfonso VIII. Fue Toledo el sitio donde podían fructificar las traducciones, por la presencia de mozárabes y judíos que eran políglotas, pero también, porque al entregársele la ciudad a Alfonso VI (algunos llaman conquista) en 1086, Toledo tenía una biblioteca notable de libros clásicos que en la atrasada Europa se citaban sin contar con algún ejemplar. El más prolífico traductor fue Gerardo de Cremona (1114-1187), monje italiano que viajó y tradujo una importante cantidad de libros con ayuda de los políglotas presentes en Toledo, precisamente en la época de la novela.

Leonor de Aquitania en efecto visitó, siendo muy mayor, a su hija Leonor para decidir la infanta que desposaría al futuro Luis VIII de Francia, pero eso fue en el año 1200, 5 ó 6 años después de lo que se narra. Enrique II de Inglaterra fue árbitro en conflictos entre Alfonso VIII de Castilla y el reino de Navarra, pero eso fue en 1177, antes de los acontecimientos de la novela.

Los acontecimientos gruesos por supuesto son históricos, en caso contrario no sería novela histórica. Saladino toma Jerusalén en 1187, acontecimiento que conmovió profundamente a la Europa cristiana. El papa Clemente III declara una guerra inclemente contra los anticristos, y anuncia clemencia divina por sus pecados para quien participe en la guerra santa y mate musulmanes. Matar a nombre de la fe cristiana asegurará el perdón de los pecados y la salvación. Los reyes cristianos de las unidades políticas territoriales peninsulares, con fluctuantes fronteras, guerreaban entre sí y el papa los conminaba a dejar sus permanentes guerras entre ellos para enfocarse en acabar con los infieles, en este caso almohades, quienes habían logrado unificar buena parte de lo que había sido al-Ándalus con el concurso de ejércitos que atravesaban el estrecho de Gibraltar. Alfonso VIII tuvo una pésima relación con su tío rey vecino y su hijo y sucesor, o sea su primo. La cultura belicosa, las loas a la violencia, de los reyes-caballeros era tal y como está narrado, así como los trovadores que ensalzaban la violencia, sobre lo cual la novela tiene pasajes extensos.

Algunos acontecimientos y personalidades de detalle también fueron tal cual: el asesor judío de Enrique II, Abraham de Lincoln, es histórico y la matazón de judíos en Inglaterra durante la posesión de Ricardo Corazón de León y en los días posteriores fue tal y como la describe la novela. El desplante que Alfonso hace a su primo en la investidura de caballero ocurrió tal cual, aunque no en la ciudad de Burgos, y su primo tuvo oportunidad de sacarse el clavito, episodio sobre el cual la novela no alcanza a pasar. El castillo de La Galiana sobrevive hoy en día[11], parcialmente en ruinas arregladas para turistas, y tiene en el frontispicio la inscripción “paz, salud, bendición”. En cambio, no he podido encontrar nada sobre la existencia de un castillo de Castro o casillo ibn Esra.

Llama la atención una discrepancia entre la novela y la historia: todo lo que LF narra sobre Aragón y sus reyes: su tío Alfonso II y el hijo de éste y por tanto su primo, Pedro II, fue en realidad con el rey de León, su tío Fernando II de León y su hijo Alfonso IX de León. Es una discrepancia tan sistemática y evidente que difícilmente puede uno suponer que no fue advertida por el autor. ¿Por qué trastocó la historia, cuando el drama no lo necesita?

Yehuda Ibn Esra (o Ezra)

Para analizar el ajuste entre la historia y la novela, y entender las motivaciones del autor, es necesario pasar por Yehuda Ibn Esra. Yehuda está materialmente en todas las páginas de la novela, mucho más que Raquel. Ésta parece ser más bien el gancho que usa LF para para atraer lectores y tener así la posibilidad de exponer al personaje de su interés: Yehuda.

¿Existió?

Tal cual, no. La ausencia de referencias a él no ‘demuestra’ nada, pues hay reseñas para el gran público en las que ningún judío existió y otras reseñas en las que los fanáticos de las guerras santas sólo fueron los musulmanes. Pero es imposible que hubiera ocurrido el episodio apoteósico final, la exhumación de los cuerpos de Yehuda y Raquel para ser sepultados en el cementerio judío, en una procesión de agradecimiento, sin ninguna mención en toda la historiografía.

Por lo que hace a los Montescos y Capuletos, derramaron tantas lágrimas a consecuencia de este desgraciado accidente que, desahogada con ellas su cólera, vinieron al fin a reconciliarse, alcanzando así la piedad lo que nunca pudo la prudencia ni el consejo[12].

Este comentario sobre la lección de la tragedia de Romeo y Julieta hace pensar en el motivo de LF para este remate: la fuerza dramática.

Según la investigadora Rica Amram, dos de las cuatro familias más importantes de la aljama (judería) de Toledo eran la ibn Shushan y la ibn Ezra[13].

Ibn Shushan recuerda al Ibn Schochan de la novela, al que Alfonso VIII se refiere con nostalgia para menospreciar a Yehuda, y que puede ser el personaje histórico real en el cual se inspira LF. Joseph ben Solomon ibn Shoshan (1135 – 1205), nasí (príncipe) de la aljama de Toledo, tuvo una relación muy estrecha con Alfonso VIII y según parece fue muy influyente en asuntos domésticos y de política exterior[14]. Fue quien construyó una imponente sinagoga, para los sefardíes actuales la Sinagoga Ibn Shoshan, de la cual es propietaria y administradora hoy en día la iglesia católica, como sinagoga-museo bajo el nombre de Sinagoga Santa María la Blanca. Es un nombre escandaloso para los herederos de los sefardíes, más aún porque la sinagoga quedó convertida en un bien mostrenco luego de las terribles masacres de judíos en el año 1391.

Sin embargo, aunque Ibn Shoshan el real pudo ser la personalidad histórica principal en la construcción del personaje de la novela, Yehuda parece más bien la combinación de éste y otros judíos muy influyentes que realmente existieron en el período y en épocas cercanas. La familia ibn Esra (o Ezra, o ben Ezra) existió, fue influyente en varios campos, durante siglos, y actuó tanto en Toledo como en otros reinos de dominio cristiano, e incluso en algunos de dominio musulmán. Abraham ibn Ezra (1092 – 1167), conocido como “el sabio”, “el grande”, “el admirable”, era de Tudela (Navarra) y viajó mucho, pasando por Toledo. Algunos afirman que fue quien orientó al célebre traductor Gerardo de Cremona frente a la lengua árabe[15]. Es más, hay un personaje con el nombre del protagonista que también es mencionado en algún diálogo de la novela:

“En 1135 reina el nieto de Alfonso VI, Alfonso VII que pone… en un alto cargo… a Yehuda ben Yosef ibn Ezra… quien convence al rey que acoja en Toledo a los judíos de Al-Andalus constreñidos por la crueldad de los invasores norteafricanos”.[16]

En efecto, Toledo y Castilla en general fueron refugio para los judíos que huyeron de la invasión almohade. Todo indica que también para los que huyeron de las matazones originadas en los llamamientos a la segunda y la tercera cruzadas, esta última durante el período de la novela. ¿Recibió Alfonso VIII de manera específica a 6000 judíos huyendo de Francia? ¿Aportó la aljama judía 3000 soldados al ejército de Alfonso VIII, buena parte de los cuales perecieron en Alarcos? Posiblemente sí aportaron, pues los judíos no tenían nada bueno que esperar de los almohades, de los cuales habían huido años atrás.

Raquel y la leyenda de Raquel

Cada una de las tres partes en las cuales está dividido el libro tiene dos epígrafes. El primero dice ser tomado las tres veces de la obra de carácter histórico Crónica General de Alfonso X el sabio, nieto de Alfonso VIII, escrita hacia 1270:

“…Cobró el rey apasionado amor por una judía de nombre Fermosa y olvidose de su mujer”

“…Y encerrose con la judía por casi siete años enteros, no pensando ni en sí mismo, ni en su reino, ni ocupándose de cosa alguna…”

“…Con lo que los grandes determinaron dar muerte a la judía…”

Los segundos epígrafes son del romancero español, específicamente de Lorenzo de Sepúlveda, 1551. Algunos versos citados:

El amor como es tan ciego

al rey lo había engañado,

pagose de una judía

de ella estaba enamorado.

Fermosa tenía por nombre…

Wikipedia en castellano tiene una entrada sobre Raquel, con la siguiente introducción:

¡Este párrafo inicial se refiere a la escurridiza dama, no a la leyenda! Fino apunte de humor de Wikipedia, quizá el único en toda la enciclopedia: “citas requeridas” dizque para verificar las leyendas.

¿Esas citas requeridas son posibles? Se diría que sí: ahí está la Estoria de España, escrita bajo la supervisión de Alfonso X entre 1270 y 1274, después ampliada y modificada bajo el nombre de Primera Crónica General[17]. Se supone que no es literatura, y la Estoria da por hecho que Raquel existió. Alfonso X nació en 1224, sólo diez años después de la muerte de su abuelo Alfonso VIII, de manera que la conducta de su abuelo difícilmente habría pasado inadvertida ‘en casa’. Es más plausible la existencia de Raquel que la suposición de que Alfonso el Sabio se dejó meter el embuste de una conseja de las redes sociales de la época.

El amancebamiento Raquel-Alfonso repugna a algunos, o a muchos, o a casi todos, no a LF, y posiblemente a nadie después de leer su novela. Así que la repugnancia puede ser el primer móvil para negar la verosimilitud de la historia, mucho más en el contexto cultural visigodo del siglo XIII.

Hay interesantes y sesudos análisis, pasados y recientes, que quieren explicar las razones por las cuales apareció la leyenda, eso sí, a partir de que la tal Raquel no existió. Una historia escrita seriamente, Historia de los Judíos en España: desde los tiempos de su establecimiento hasta principios del presente siglo (1847) se refiere así a la leyenda:

«Por respeto al saber de los hebreos españoles, don Alfonso VIII, llamado el Bueno, les concedió [a los judíos] en el fuero de Cuenca derechos de ciudadanía, conformes al uso, en aquella edad, é igualándolos en todo á los cristianos. De la protección dada á los judíos por este monarca nació la fábula indecente de los amores que le atribuyen con una hermosa hebrea, llamada Raquel, los cuales fueron el escándalo de España. Pero estas son novelerias inventadas por el vulgo, no obstante que el sabio rei don Alfonso X las estampase en la crónica general de España entre otras consejas de la plebe que afean obra de estilo tan levantado i de tanto mérito.»[18]

Al autodenominado “portal del judaísmo en España”, Sfarad.es, tampoco le entusiasma la leyenda, y coinciden con este autor:

“Las malas lenguas -y las peores plumas- decían que el favor real a los judíos se debía a que el monarca tenía amores adúlteros con una hermosa judía llamada Raquel.[19]”

El favor a los judíos, se alega aquí, venía de tiempo atrás, de la misma conquista de la ciudad por el rey visigodo Alfonso VI, y esto se quiere desechar con la conseja de la caída del rey en las garras de una judía hermosa:

“…Se calcula que un octavo de la población toledana era judía; la mayor aljama de todas en esta época, pues el rey Alfonso VIII dispensaba gran socorro y otorgaba no menor privilegio a los hebreos. No en vano, esta ciudad, al ser conquistada por Alfonso VI bisabuelo de Alfonso VIII, a los judíos no se los tocó; es más, se les cuidó, pues poseían conocimientos culturales favorables a los planes castellanos”.

“En Toledo el rumor del ayuntamiento carnal entre el rey la judía pululaba por las callejuelas hasta irse haciendo … de alcance cada vez más lejano. Tanto es así que llegó a Roma. Al papa Inocencio III no sólo le disgustaba el adulterio real, sino que además le espantaba que, de tal contubernio prohibido, surgieran tantos privilegios y prebendas para los judíos toledanos…

Analistas cuidadosos muestran que la leyenda fue variando: por ejemplo, Lope de Vega fue quien le dio el hermoso nombre judío a la judía fermosa: Raquel. Muestran cómo de algunos pases de pluma en pluma de la Estoria aparecieron los 7 años, número que no estaba en la primera versión reconocida del texto que vio Alfonso X.

La repugnancia no es de hace seis siglos, ni cuatro siglos, ni dos siglos. Antonio Pérez Henares, quien escribió una biografía novelada de Alfonso VIII (El rey pequeño, 2018), pero no es historiador, se enoja:

Artífice [Alfonso VIII] de la victoria más determinante a la que pareciera que ahora no se quiere otorgar ese rango. No solo eso, una pertinaz patraña pesa sobre su imagen. La presunta historia de la Judía de Toledo con la que el rey estuvo en adulterio y encerrado, ¡durante siete años!, desatendiendo sus obligaciones y perdiendo por ello en Alarcos, que en absoluto se compadece con la cercanía continua y los embarazos de la reina.

Lo que indigna a este historionovelista es que no se le da el mérito adecuado al rey Alfonso VIII:

“Un rey que bien al contrario, y como concluía el gran historiador Gonzalo Martínez Díaz en su biografía, «hizo brillar la paz, la justicia y el respeto a la autoridad del monarca, sin que las crónicas y la documentación nos registren un acto despótico, cruel y arbitrario».”[20]

Para otros,

“La leyenda de los amores del rey castellano Alfonso VIII y Raquel, la bella judía de Toledo, se forjó para justificar la derrota de este rey en Alarcos…”[21].

En esta referencia hay una atractiva reseña histórico-cultural de cómo el adulterio real explicaría la derrota de Alarcos en 1195 como castigo de Dios, y el cambio de conducta hacia una de mayor moralidad -no se menciona el ¿feliz? asesinato de la judía- habría tenido como premio la victoria de Navas de Tolosa en 1212. García Martín hace un recuento de la funcionalidad para los cronistas de la época de este enfoque de penas y castigos divinos. Más que un interés en la descripción de los hechos tal como fueron -que sólo vendría con la Ilustración y luego negarían los retropostmodernos-, les importa el mensaje moral y el reforzamiento de la idea de que las victorias se explican por el cumplimiento del designo de la providencia.

Se ve que la línea entre hagiografía y biografía sigue siendo borrosa hoy día, pero es materialmente inexistente en las crónicas sobre las cuales, por ausencia o presencia, se pretende verificar por lo menos los aspectos gruesos de la leyenda. En el siglo XVII hubo una competencia por santificar dos reyes. Sólo lo consiguió Fernando III El Santo (risas); Alfonso VIII su abuelo no lo logró. Amaia Arizaleta y Stéphanie Jean-Marie analizaron las fuentes sobre las cuales se podría decidir la canonización, tres hagiografías cuyos autores estuvieron cerca del rey, en las que “se propone un retrato regio que linda muy a menudo con la imagen de la santidad”:

“…un relato que, si hubiera que calificarlo genéricamente, se encuentra a caballo entre los castigos y la historiografía, episodio centrado en la conocida leyenda de la Judía de Toledo. El esquema de caída y gloria es también aquí perfectamente funcional:

  • Pecado y castigo: amores del rey con su amante judía y derrota de Alarcos.
  • Penitencia: construcción de las Huelgas.
  • Recompensa: victoria de las Navas de Tolosa.”[22]

Conclusión sobre si Raquel es un personaje real o una leyenda: mejor mirar directamente la literatura.

Alfonso VIII vs Raquel en la literatura

Según el citado Pérez Henares, la presencia de Alfonso VIII en la literatura es escasa. La biografía de Wikipedia tiene una sección sobre el rey en la literatura, en la que aparecen 19 obras literarias relacionadas con el rey. Nada mal, pero… casi todas ellas son sobre la judía. García Martín tiene una nota con una lista que pretende ser exhaustiva de obras literarias en las que aparece la judía:

A Las paces de los reyes y la judía de Toledo de Lope de Vega le siguieron La desgraciada Raquel de Antonio Mira de Amescua (1625); Alfonso Octavo, rey de Castilla. Príncipe perfecto, detenido en Toledo por los amores de Hermosa ó Raquel, hebrea muerta por el furor de los vasallos (poema narrativo) de Luis de Ulloa y Pereira (1650); La Judía de Toledo de Juan Bautista Diamante (1667); El rey don Alfonso el Bueno de Pedro Francisco Lanini Sagrado (1675); Raquel de Vicente García de la Huerta (1778); Rachel ou la belle juive. Nouvelle historique espagnole de Jacques Cazotte (1790); Die Jüdin von Toledo de Franz Grillprazer (1851); mediado el siglo XX, Lion Feuchtwanger, gran amigo de Bertolt Brecht, quizá eleva el tema a obra maestra con su documentadísimaSpanische ballade” o “Die Jüdin von Toledo” (1955, novela adaptada al teatro por Kristo Šagor en 2012) pues, además, teje el relato desde el punto de vista judío. En España se ha visto también una explosión de obras recientemente como Fernando el Temerario de José Luis Velasco (1990); El alma de la ciudadde Jesús Sánchez Adalid (2007); El sanador de caballos de Gonzalo Giner (2008) y La Historia de Fermosa: la amante de Alfonso VIII de Abraham S. Marrache (2009).[23]

Cliqueando en Google apareció una que no está en la lista, el drama La judía de Toledo o Alfonso VIII, de Eusebio Asquerino, 1842[24]. Hay novelas recientes, como La maldición de la reina Leonor de Peridis, publicada en 2017. Al igual que el patito feo con Betty la fea, la estructura dramática de la amante judía continúa siendo explotable.

En la novela de Peridis el protagonismo se lo roba Leonor de Plantagenet, pues el objetivo del novelista, compatible con la era actual del feminismo, es reivindicar el papel de las reinas. Para mostrar cuán importante es Leonor, inventa que es la asesina directa de Raquel, envenenándola un poco como la bruja a Blancanieves. El móvil: acabar con el castigo divino que el Dios cristiano aplica sobre el rey amancebado, que consiste en impedir al matrimonio tener un hijo varón.

Irrumpe Lion Feuchtwanger

LF es suficientemente fiel al contexto en el que transcurre el drama, y su novela suficientemente documentada, para poder exclamar, aunque seguramente no lo hizo: ‘no me importa si Raquel existió o no’.

Lo que hizo LF fue intervenir en tres asuntos que evidentemente sí existen:

  • La leyenda, tan viva que aún en nuestros días es fuente de novelas y dramas.
  • La literatura a la que ha dado lugar, que realimenta la leyenda.
  • Las especulaciones, inclusive las académicas, sobre la historia.

Un amor prohibido, escandaloso: rey guerrero, cristiano por convicción aunque también porque le era funcional, enamorado de una bella judía, culta, no una futura yidishe mame sino hedonista por haber sido criada como musulmana en Sevilla, hija de un judío converso viudo que practicó en secreto los ritos de su religión mientras estuvo en Sevilla pero regresó al judaísmo en Toledo, que no despreciaba ni las costumbres, ni los ritos ni la doctrina del islam; hombre muy rico, culto y protector de un sabio musulmán agnóstico, todo esto en plenas cruzadas almohades y cristianas… Todo esto es un cóctel, más que un sancocho, sensacional… e increíblemente realista.

Cada cual ve lo que quiere ver. Se atribuye a un judío ateo (¿un poco antisemita?) haber dicho “La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”. Parece más justo afirmar que revelar los campos, momentos y circunstancias en los que los judíos de la península fueron protagonistas, es tarea de los judíos mismos. Hay biografías de Alfonso VIII en las que parece que no había judíos. Esa manera de pintar la historia no es la sensación que percibe el lector con Raquel, Yehuda y las circunstancias verificables en las que LF insertó la aventura, aunque la aventura misma sea ficticia.

LF no puede pasar por alto algo que poco importa a los demás, la especialidad de los judíos desde el exilio de Babilonia, esto es, sobrevivir como minoría y ser prósperos… en promedio, pues también hay “clases” entre los judíos: los hay prósperos, paupérrimos, fanáticos a su manera, agnósticos y hasta ateos. En particular en medio de las guerras y fanatismos protagonizadas por sus ‘primos religiosos’, especialmente los cristianos.

Como se trata de una novela histórica el autor pone en pensamientos, palabras y obras de personajes similares a los que existieron lo que pudieron haber pensado como argumento y percibido como sentimiento, pronunciado y hecho en un espacio en el que los judíos no sólo existen, importan a ellos mismos (lo que es evidente), sino además, importaron objetivamente a la sociedad en que vivían como minoría influyente.

El drama amoroso no es marginal, aunque arriba se señaló que el personaje que está siempre presente es Yehuda, y que el tema de la novela es ‘los judíos’, y no ‘el concubinato inter-religioso’. LF irrumpió en una literatura en la que predominaba o la repugnancia por la relación, o cierto ‘morbo, gustillo’ de los lectores y por tanto de los autores por lo indebido. Dos personalidades que logran amarse a pesar de las diferencias no sólo religiosas, sino especialmente, culturales. El tremendo conflicto que vivía el rey sobre sus sentimientos y sus valores. El lector que escribe esta reseña después de leer la novela hubiera querido que, a pesar de la tragedia, hubiera sido verdad. Que hubiera sido verdad que el rey fue un caballero impetuoso e irresponsable -según parece lo fue, pero hypotheses non fingo–  hasta que le tocó vivir no sólo la derrota de Alarcos, sino el asesinato de su amada y también de su suegro, y perder el rastro de su hijo. Aprendió del amor y de una cultura distinta que la violencia no debe ser un objetivo de vida.

Wikipedia tiene una entrada sobre la novela[25], no muy atinada. Ahí se afirma que “Lion Feuchtwanger dijo que con esta novela no pretendía glorificar el heroísmo descabellado de aquella época, sino revivir y reflejar el mundo caballeresco de la Edad Media.” No cita la fuente de este decir, y nuevamente, cada quien lee lo que quiere. ¿Quién pretende que en la novela se glorifica el heroísmo descabellado? Todo lo contrario.

La novela cumplir 70 años en 2025. No está de moda. El autor de esta reseña encontró un ejemplar en una librería de viejo. Sin embargo, hay dos temas en los que el tratamiento que hace LF es muy actual.

Para describir el primero empleo los términos que puso recientemente en uso Antonio Escohotado: la sociedad comercial frente al orden clerical-militar.

Un rasgo específico de RLJ es la atención al desarrollo económico. La producción de riqueza está siempre presente, es el fuerte de Yehuda, y se contrasta con la violencia como fuente de riqueza y poder. Yehuda le explica al rey:

“Vuestros burgueses os satisfarán de mejor grado y con más puntualidad los impuestos a vos que a los barones… El trabajo de vuestros campesinos y la actividad industrial y mercantil de vuestras ciudades son vuestra fuerza, Majestad…”

Lo que indigna al rey:

“mis barones son caballeros y no mercachifles o leguleyos…”

Los judíos no podían llevar su vida en una sociedad militar. Yehuda no era simplemente un cobrador de impuestos: se puede recaudar mucho dinero por impuestos sólo si hay prosperidad económica. Era un ministro de hacienda, o mejor, de desarrollo económico. No hay ocasión en que el diálogo entre el rey y Yehuda no pase por el desprecio del rey-caballero-cristiano, cuya matonería es compatible con ‘idealismo y honor’, justificando la violencia frente al “mercachifle judío” que añora la paz. La ‘sociedad comercial’ es la de los judíos, lo que ha sido secularmente su estigma, frente al pobrismo-populismo cristiano. Así como el lector siente en muchos pasajes estar releyendo El proceso civilizatorio de Norbert Elias, le parece estar inmerso a lo largo de todo el libro en la argumentación de los tres tomos de Los enemigos del comercio de Escohotado.

El otro tema es la relación entre el islam y el judaísmo. Un aspecto que claro está no puede pasarse por alto, es el geopolítico-religioso. La novela también se siente actual, y cumple una tarea propia de una buena novela histórica: confundir, o sea, relativizar la frontera bueno-malo, en donde cabe relativizar, en este caso entre las tres religiones.

Algunas coincidencias permiten casi asegurar que LF tuvo entre sus fuentes las célebres conferencias ofrecidas por el rabino Joseph Krauskopf en Kansas, en 1886:

“Los judíos y cristianos exiliados, incitados a la rebelión por la tiranía política y religiosa de [los visigodos], conspiraron con los invasores mahometanos, y las puertas de España se abrieron al pueblo de Arabia, y el credo de Mahoma a Europa. Los judíos exiliados regresaron a su país [¡Sefarad, no Jerusalén!], y los bautizados a su adorada fe, pues los árabes moros toleraron tanto al pueblo hebreo como a su fe. La habilidad, la industria y la inteligencia unidas de moros y judíos los convirtieron en la gente más próspera e intelectualmente desarrollada de Europa durante siglos, en un momento en que el resto de Europa estaba adormecida en un letargo como de muerte, mentalmente embrujada, industrialmente estancada, políticamente esclavizada, moralmente degradada y religiosamente encadenada a la ignorancia y la superstición por un sacerdocio corrupto. Durante ocho siglos judíos y moros trabajaron codo con codo, y durante todos estos siglos, los judíos, con algunas excepciones políticamente tolerados y religiosamente libres, adquirieron gran riqueza e importancia comercial, ocuparon honrosos cargos políticos y llenaron un espacio social e intelectual nunca igualado en Europa antes o después.”[26]

¿Demasiado encomiástico? En algunos apartes, sí, como LF en las primeras páginas respecto de al-Ándalus:

“Los nuevos señores traían consigo una cultura superior y convirtieron el país dominado en el más bello, mejor organizado y más populoso de Europa.

Logrando del suelo una insospechada fertilidad mediante inteligentes sistemas de irrigación y aplicaron a la minería una técnica nueva sumamente desarrollada. Sus telares producían ricos tapices y selectos tejidos, sus artesanos y escultores labraban delicadas tallas y sus curtidores ejecutaban toda clase de artículos de piel. Las labores que salían de sus forjas, en objetos tanto para la paz como para la guerra, tenían el más perfecto acabado. Espadas, dagas y puñales eran más bellos y templados que los de los pueblos no musulmanes, las armaduras más resistentes y las armas de mayor alcance… La navegación de los musulmanes españoles, dirigida por experimentados matemáticos y astrónomos, era rápida y segura… Artes y ciencias tenían un esplendor como jamás lo hubo en aquellas latitudes… Un extremado plan educativo permitía la instrucción a cualquiera. La ciudad de Córdoba contaba con tres mil escuelas… Eran clementes con los sometidos y traducían el evangelio al árabe… En cuanto a numerosos judíos que bajo la dominación de los godos habían sufrido rigurosas medias de excepción, ahora gozaban de una absoluta igualdad ciudadana… Más de 3 siglos duró este esplendor…

La importancia de Yehuda o los eventuales personajes históricos sobre los cuales se inspiró LF en el desarrollo económico de Toledo también puede ser exagerada, pero su verisimilitud está en deuda en esta reseña, pues abunda la historia política y la cultural, pero la económica es escasa.

Pero el párrafo no es mero pensar con el deseo. Bernard Lewis, un investigador muy riguroso de la relación entre las tres religiones, no se aleja mucho de su contenido:

“…la sociedad islámica concedió tolerancia. Existe la voluntad de coexistir con personas de otras religiones que, a cambio de la aceptación de algunas restricciones y discapacidades, pueden disfrutar del libre ejercicio de sus religiones y de la libre conducción de sus propios asuntos. No hay un verdadero equivalente a esta tolerancia en la cristiandad hasta que las Guerras de Religión finalmente convencieron a los cristianos de que era hora de vivir y dejar vivir.”

“Durante los ocho siglos que los musulmanes gobernaron parte de la Península Ibérica, los cristianos y también los judíos permanecieron e incluso florecieron.  Las consecuencias de la reconquista cristiana, tanto para judíos como para musulmanes, son bien conocidas.”[27]

La frontera entre cristianismo e islam dejó de estar en la península ibérica. Se trasladó especialmente a oriente, al imperio otomano. Los judíos expulsados de diferentes geografías de Europa, especialmente de la península, encontraron otra vez en un espacio islámico, el imperio Otomano, un lugar para vivir y progresar, durante siglos.

LF no parece haber sido un sionista activo, como lo fue un poco a regañadientes Einstein y no lo fue Isaiah Berlin. En todo caso los tres respaldaron la creación del Estado de Israel. Imposible para un judío no haberlo hecho en 1948 y en los difíciles siguientes años. De pronto LF pone en boca de Benjamín lo que él piensa sobre esta eterna tragedia:

Suspiramos por la Tierra Santa… imploramos por la llegada del Mesías, pero la verdad es que no deseamos en modo alguno que el mesías venga, pues entonces quedaría destruida nuestra directa vinculación con dios. Los otros tienen Estado y tierra y Dios…  Nosotros, los judíos, tenemos sólo a dios… La esperanza de Sión es mejor y hace la vida más rica que el tener a Sión.

Su libro no pasa por alto cómo los almorávides y los almohades arruinaron la convivencia entre moros y judíos y un número apreciable de éstos buscó refugio en los reinos cristianos del norte. Aun así, y a pesar del duro contexto geopolítico de la época en que se escribió, la novela es claramente favorable a los musulmanes: su histórica tolerancia, sus gustos, su estética, su industriosidad; y por el otro lado, el lector es dirigido a censurar a los cristianos de la época de la narración. Al fin y al cabo, en aspectos doctrinarios importantes los musulmanes y los judíos se parecen entre sí más que a los cristianos -excepción muy importante: el judaísmo no pretende convertir a la humanidad a su verdadera fe. Especialmente, los musulmanes no tienen de qué vengarse, pues no hay una semana santa musulmana en la que se acuse a los judíos de haber dado muerte a la tercera parte de la trinidad, un dios que no es tan único.

RLJ fue escrita en un momento muy distinto del actual: la SGM había terminado sólo diez años atrás; aún era difuso el orden que se estaba intentando construir a través de las Naciones Unidas, el derecho internacional y la promoción de los derechos humanos; el horror del holocausto y el comportamiento de las democracias frente a los judíos en la década del 30, mostraron que el propósito del sionismo era insoslayable; los tales “mandatos” inglés y francés en el medio oriente apenas se estaban desmantelado y comenzó a generarse el inevitable desorden actual; se había creado a partir de esos mandatos el Estado de Israel en tremendo y cruel conflicto con el mundo musulmán, pues no se habían cumplido las buenas intenciones de la declaración de fundación:

“Extendemos nuestra mano a todos los estados vecinos y a sus pueblos en una oferta de paz y buena vecindad, y los exhortamos a establecer vínculos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío soberano asentado en su tierra. El Estado de Israel está dispuesto a realizar su parte en el esfuerzo común por el progreso de todo el Medio Oriente”[28].

Como que no funcionó así, quizá por la naturaleza misma de las cosas. En este caso, las cosas son las organizaciones políticas estatales del tal “estado-nación”.

¿Geopolítica, o religión? ¿Choque de religiones? ¿Choque de civilizaciones?

“Algunos occidentales, entre ellos el presidente Bill Clinton, han afirmado que Occidente no tiene problemas con el islam, sino sólo con los extremistas islamistas violentos. Mil cuatrocientos años de historia demuestran lo contrario. Las relaciones entre el islam y el cristianismo, tanto ortodoxo como occidental, han sido con frecuencia tempestuosas. Cada uno ha sido el Otro del otro.”[29]

De pronto Huntington tiene razón. Es un asunto actual, complicado. Pero ¿en dónde están aquí los judíos?

En el momento en que LF estaba escribiendo la novela, la cosa ya se había dañado. ¡Quién quita que la escribiera para recordarnos que las cosas habían sido distintas!

Paz en la tumba de Raquel, Yehuda y Alfonso VIII. Pero especialmente, en la de Lion Feuchtwagner, a quien agradecemos su estupenda novela, que tanto nos permite aprender de la vida, y del mundo de hoy heredado del de ayer.

Notas

[1] Los encomillados “…” contienen palabras textuales del libro citado; los encomillados ‘..’ contienen palabras o frases pronominales para las que se solicita al lector tener paciencia con el autor de esta reseña.

[2] El traductor selecciona la palabra alfaquí, pero claramente es un recaudador de impuestos; es más, parece un ‘ministro de desarrollo económico’.

[3] Nombre oficial del reino en su momento.

[4] En lugar de “paz”, el traductor emplea aquí la palabra de origen árabe, ya en desuso: alafia.

[5] https://www.haaretz.com/jewish/2014-07-07/ty-article/.premium/this-day-german-jewish-author-of-jew-suss-born/0000017f-dbda-db5a-a57f-dbfa56120000 . Traducción para este texto.

[6] Hay una narración de los períodos de guerra con los almohades en https://dbe.rah.es/biografias/6382/alfonso-viii . Sin embargo, es algo hagiográfica. Según algunos historiadores, los almohades no pretendían la expansión, preferían las treguas, y estaban enfocados en su lucha contra Mohamed ibn Mardanis (1124-1172), “el rey Lobo” de la taifa de Murcia. En cambio, los que ahora llaman “españoles”, reconocidos en la novela como “visigodos”, sí pretendían invadir, bajo lo que después se llamó ‘recuperar’, ‘reconquistar’.

[7] https://dbe.rah.es/biografias/6382/alfonso-viii

[8] En las crónicas medievales se utilizaban para referirse a los habitantes de la antigua Hispania los términos Hispani, Christiani y Gothi https://elretohistorico.com/la-primera-cruzada/#:~:text=%E2%80%8E%20%E2%80%93%20%E2%80%8E1099)-,
La%20Primera%20Cruzada,combatir%20a%20un%20enemigo%20com%C3%BAn
.

[9] “[Alfonso VIII] llegó hasta Algeciras en 1194; desde allí envió una carta de desafío al emir almohade al-Mansur, que estaba en el Magreb; éste respondió enfurecido en el dorso de la misma carta diciendo que iba a venir y lo iba a deshacer. En efecto, el almohade se presentó en al-Andalus con un gran ejército, y derrotó a Alfonso VIII en la batalla de Alarcos el 19 de julio de 1195. https://historiaespana.es/biografia/alfonso-viii-castilla.

[10] Antonio Pérez Henares, https://www.abc.es/cultura/abci-alfonso-viii-vencedor-navas-tolosa-201803250123_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fcultura%2Fabci-alfonso-viii-vencedor-navas-tolosa-201803250123_noticia.html . El subrayado es de aquí.

[11] Obsérvese el pie de foto, que asegura que el amancebamiento duró siete meses. Más adelante se comenta sobre estas precisiones de la leyenda.

[12] “Tomada de las obras italianas de Bandello y puesta en francés por Pedro Boisteau, conocido por Launay DE DOS AMANTES QUE MURIERON EL UNO DE VENENO Y EL OTRO DE TRISTEZA.” https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/julieta-y-romeo–0/html/ff0366ae-82b1-11df-acc7-002185ce6064_144.html

[13] El arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada y los judíos de Toledo: la concordia del 16 de junio de 1219. Cahiers d’Études Medievals, 2003, 26, 73-85. https://www.persee.fr/doc/cehm_0396-9045_2003_num_26_1_2012 .

[14] https://www.jewishencyclopedia.com/articles/8022-ibn-shoshan , https://www.encyclopedia.com/religion/encyclopedias-almanacs-transcripts-and-maps/ibn-shoshan

[15] Arthur Herman: The cave and the light.

[16] https://www.sfarad.es/los-amores-alfonso-raquel-lo-vino-despues/

[17] https://es.wikipedia.org/wiki/Estoria_de_Espa%C3%B1a

[18] No os asustéis por la ortografía. El libro fue escrito por Adolfo de Castro (1823-1898) en 1847, a título de historiador. Simpatiza con los judíos: “Adolfo de Castro exalta la cultura judía medieval, reconociendo el error y la injusticia histórica de la expulsión, así como su calidad de españoles por derecho propio…” (reseña de amazon.com). Una interpretación interesante de la invasión inicial del califato Omeya: el maltrato injustificado de los visigodos motivó a los judíos a convencer a los musulmanes que invadieran la península. Adolfo de Castro no sitúa a los judíos sólo como un factor a tener en cuenta para explicar lo que ocurrió a partir de 711, nononó. Los judíos fueron LOS PROMOTORES de la invasión musulmana. Así explica su expulsión en 1492, la cual repudia, pero indicando algo así como ‘quién les manda’.

[19] https://www.sfarad.es/los-amores-alfonso-raquel-lo-vino-despues/ .

[20] https://www.abc.es/cultura/abci-alfonso-viii-vencedor-navas-tolosa-201803250123_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fcultura%2Fabci-alfonso-viii-vencedor-navas-tolosa-201803250123_noticia.html . Escribió una novela histórica sobre la vida Alfonso VIII: El rey pequeño (2016).

[21] Amores de Alfonso VIII y Raquel, la judía de Toledo. Josefa García Martín, en Alcazaba: Revista histórico cultural, 12-13, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5372858

[22] Amaia Arizaleta y Stéphanie Jean-Marie: En el umbral de santidad: Alfonso VIII de Castilla. En: Prácticas hagiográficas. https://books.openedition.org/pumi/28458?lang=es .

[23] Emilio Ramón García: “La maldición de la reina Leonor o cómo dar voz y sustentar los pilares del reino”. Estudios Humanísticos. Filología 39 (2017). 225-243, nota 3. (file:///C:/Users/Admin/Downloads/Dialnet-LaMaldicionDeLaReinaLeonorOComoDarVozYSustentarLos-6241853.pdf ). El énfasis es añadido aquí.

[24]https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/30/La_judia_de_Toledo%2C_%C3%B3%2C_
Alfonso_VIII_%28IA_lajudiadetoledo00asqu%29.pdf.

[25] https://es.wikipedia.org/wiki/La_jud%C3%ADa_de_Toledo .

[26] Joseph Krauskopf: Jews and Moors in Spain, 2020 [1886], e-artnow. La traducción y los corchetes rectangulares son de aquí.

[27] Bernard Lewis: Cultures in Conflict: Christians, Muslims, and Jews in the Age of Discovery. Oxford University Press, 1995. Traducción de aquí.

[28] El párrafo tal cual es tomado de los episodios finales de El talmud de Viena, del novelista español G. H. Guarch.

[29] Samuel P. Huntington: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial. Paidós 2005 [1996].

Compartir:
 
Edición No. 205